El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 26

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Capítulo 26

En el partido de fútbol, todos parecen conocer a Callum Royal. O, por lo menos, quieren aparentar que lo conocen. La gente se levanta de su asiento en las gradas y lo saluda. Algunos lo paran en la parte de abajo, antes de encontrar un sitio libre. Estrecha varias manos. Más de uno habla sobre la muerte de su esposa, y eso me parece una falta de respeto. Su mujer falleció hace dos años. ¿Por qué sacan el tema? Pero Callum sonríe y les agradece que se acuerden de él y de su familia. Tardamos media hora en subir por las gradas y encontrar un sitio libre en la zona de los padres.

—¿Estás segura de que no quieres sentarte con tus amigas? —Señala una zona central que está preparada con los colores azul y dorado. Entrecierra los ojos—. Todas las chicas que llevan el jersey del equipo se sientan ahí.

Sacudo los hombros, vestida con el jersey de Reed. A pesar de haber frustrado a Reed, no me lo he puesto para ir a clase. Pensé que si me sentaba con Callum, el jersey parecería una muestra de apoyo familiar en lugar de una muestra de apoyo a Reed. Callum lleva el de Easton y le sienta muy bien. El jersey de Reed me queda enorme.

—No, estoy bien. Tenemos que guardarle sitio a Val —recuerdo.

A excepción de Val, la gente del Astor Park me parece gilipollas. Las bromas en el colegio han disminuido, aunque no del todo. Mi taquilla estaba atascada el otro día y no pude abrirla a tiempo para llegar a clase pronto. Gracias a Dios, el profesor aceptó la excusa. Esta semana, en Educación Física, mi ropa interior desapareció y tuve que ir sin ella durante el resto del día.

Cometí el error de contárselo a Reed y él me arrastró a un aula de Música para «verlo con sus propios ojos». Eso me hizo llegar tarde a Biología. Easton, que va conmigo a clase, adivinó al instante por qué y me picó sin piedad.

—¿Tú jugabas al fútbol americano cuando ibas al colegio, Callum? —pregunto mientras observamos el calentamiento del equipo, concentrado en levantar las piernas de forma extraña.

—Sí, jugaba como ala cerrada.

Sonrío. Los términos de fútbol americano suenan tan mal.

Callum me guiña el ojo como si supiese lo que pienso.

—Y tu padre jugaba en la misma posición que Reed. Era apoyador.

—¿Sabías que mi madre tenía dieciséis años cuando conoció a Steve?

Pensé en la diferencia de edad el otro día y no pude evitar horrorizarme un poco. Callum tiene más de cuarenta y ambos fueron al colegio juntos, así que Steve tendría su misma edad. Mi madre tenía diecisiete años cuando me tuvo. Dieciséis cuando quedó embarazada. Así que supongo que Steve era un casanova incluso entonces. Aunque nada de ello hace que me alegre de su muerte.

—No me había parado a pensar en eso nunca, pero tienes razón. —Callum me mira, incómodo—. Las chicas que se paseaban por los bares de la base… era difícil saber su edad a ciencia cierta.

Pongo los ojos en blanco.

—Callum, cuando tenía quince años bailaba en locales nocturnos. Sé que es difícil. Solo he dicho en voz alta algo que se me ha pasado por la cabeza.

—Steve no se habría aprovechado de una mujer. No era así.

—Nunca he dicho que lo fuese. Mamá nunca hablaba mal del donante de esperma.

Callum hace una mueca.

—Ojalá lo hubieses conocido. Era un buen hombre. —Chasquea con los dedos—. Deberíamos ir a visitar a algunos de nuestros antiguos amigos SEAL. No conoces a un hombre hasta que duermes en un agujero en el desierto con él durante siete días.

—Eso suena verdaderamente horrible. —Arrugo la nariz—. Creo que prefiero ir de compras.

Él ríe.

—Vale. Ah, aquí está Valerie.

Se levanta y saluda a Val para que venga y se siente con nosotros.

Sonríe cuando toma asiento a mi lado.

—Ey, tía, ¿qué tal?

—Bien, pero estás aquí para salvarme de las historietas del ejército de Callum.

Val nos mira de forma inquisitiva, y Callum se explica.

—Le contaba a Ella que debería conocer a los compañeros de su padre en la marina.

—Ah. Yo vi a Steve una vez. ¿Te lo había contado?

—No. ¿Cuándo? —pregunto con curiosidad.

—En el baile de otoño del año pasado. —Se inclina para mirar a Callum—. ¿Te acuerdas? ¿No trajiste a los chicos en helicóptero?

Me quedo boquiabierta.

—¿En serio? ¿En helicóptero?

Callum estalla en carcajadas.

—Lo había olvidado. Sí. Estábamos probando un nuevo prototipo y Steve insistió. Recogimos a los chicos y a las chicas con las que fueron al baile y les dimos una vuelta de una hora por la costa antes de aterrizar en los terrenos del colegio. A Beringer le dio algo. Tuve que hacer una donación para rediseñar el paisajismo. —Esboza una amplia sonrisa—. Valió la pena.

—Vaya. No me extraña que las chicas se pisen unas a otras para salir con los Royal.

—Ella —dice Callum con fingida consternación—. Mis hijos son la viva imagen de la virilidad masculina. Es su forma de ser lo que atrae a las mujeres y no su poder adquisitivo.

—Eso te lo creerás tú.

Alguien inicia una conversación con Callum antes de que pueda responder. Cuando se inclina hacia otro lado, Val me da un pequeño codazo.

—Así que todo el mundo vuelve a estar feliz en el palacio de los Royal, ¿no?

—No sé. ¿Parece que nos llevamos bien?

—Esta es la primera vez desde que Maria falleció que Callum Royal asiste a un partido de sus hijos —comenta ella con cierto énfasis—. No soy la única en darme cuenta. Todos os miran de forma diferente.

—¿En qué sentido? 

Escudriño al público, pero no percibo la diferencia. 

—La gente se ha dado cuenta de que os lleváis bien. Tú le caes bien, pero no de la forma en que la gente piensa. Os reís y él habla bastante. Es diferente. Callum es una persona importante, y muchos de los adultos que están aquí quieren caerle bien.

—O quieren acceso a su cuenta bancaria.

Val se encoge de hombros.

—Es lo mismo. Quizá te sea útil en el colegio. Si los padres de estos capullos supiesen que no se trata bien a la pupila de Callum Royal, se suspenderían muchas pagas.

—Ya no se meten tanto conmigo —admito—. Lo peor esta semana ha sido la desaparición de mi ropa interior.

—Sí, ya he oído que fue algo trágico para ti. —Val pone los ojos en blanco—. Quizá el ladrón esté más cerca de lo que crees.

Sonrío.

—Reed no necesita robarme la ropa para ponerme las manos encima.

—Qué asco —suelta con cariño.

—Tú eres la mejor persona que ha estado en mi cama —le aseguro—. ¿Qué tal con Hiro?

—No sé. Está bueno y eso, pero no me pone.

—¿Y Wade?

Según Val, se han saltado la cuarta clase de hoy para liarse en el armario de suministros de la escuela, pero no me ha dado más detalles.

—Tiene demasiada práctica. Solo dice tonterías. No sé cómo reaccionaria si una chica le dijese que lo quiere. Puede que esa sea su peor pesadilla. Al igual que la nuestra es que nos entren arañas por la boca. —Un escalofrío me recorre el cuerpo—. La suya sería que sus legiones de chicas se levantasen y le dijeran: «Wade, te quiero. Vayamos en serio». Apuesto a que se despierta por la noche sudando y aterrado.

—Veo que has pensado mucho en ello.

—Es mejor que pensar en Tam.

—Cierto.

El público se levanta a la vez cuando empieza a sonar el himno nacional y se interrumpe nuestra conversación. Callum está a mi lado, rígido. Supongo que algunos hábitos tardan en desaparecer. Val está a mi derecha. Mi chico está en el campo. Llevo el apellido Royal estampado en la parte trasera del jersey que he tomado prestado.

Nunca me he sentido tan aceptada. Es raro e increíble, y no puedo dejar de sonreír. Astor Park da una paliza al equipo visitante y, al terminar el partido, lo único que comenta la gente es que las eliminatorias están a la vuelta de la esquina.

Mientras nos dirigimos a la salida, Callum se detiene a unas dos filas del suelo y se inclina sobre varias personas para dar palmadas sobre los hombros de un pequeño hombre enjuto.

—Mark, ¿cómo estás? —pregunta Callum educadamente.

Se me empiezan a tensar los hombros cuando percibo la frialdad en el tono de Callum.

—¿Puedes bajar un minuto? Tengo que hablar contigo.

No es una petición, sino una orden. Todos lo comprendemos porque todos los que están en la fila se levantan a la vez para hacer sitio a Mark.

—Ese es mi tío —me susurra Val al oído.

Nunca he visto a los padres de Jordan, y Callum no nos presenta. En lugar de eso estira un brazo, casi como si creara una barricada, y obliga a Mark Carrington a bajar delante de nosotros. Mark se detiene al final de la grada, pero ve algo en la cara de Callum que lo hace apresurarse a bajar al suelo.

—¿Qué pasa? —murmuro, intentando no abrir demasiado la boca.

Val me mira perpleja. Callum no me ha dicho que me marche, así que lo sigo, y Val camina detrás de mí.

—Ya estamos lo bastante lejos –exclama Callum cuando estamos a unos seis metros de las gradas.

—¿De qué va esto, Royal?

Callum me agarra de la muñeca sin mirar y me obliga a dar un paso adelante.

—Creo que no has conocido a mi pupila. Ella Harper. Es la hija de Steve.

El señor Carrington empalidece, pero me tiende la mano. Se la estrecho, desconcertada.

—Encantado de conocerte, Ella.

—Igualmente, señor. Soy amiga de Val. 

La acerco a mí al igual que Callum me ha puesto a su lado.

Val saluda ligeramente con la mano.

—Hola, tío Mark.

—Hola, Val.

—Es bonito, ¿verdad? —pregunta Callum—. Que mi pupila y la tuya sean amigas.

Mark asiente con vacilación.

—Sí, tener amigos es bueno.

—Ella es muy importante para mi familia y me alegra que la comunidad del Astor Park la acepte. Me desagradaría enormemente escuchar que alguien la trata mal de alguna forma. Estoy seguro de que tú no lo consentirías, ¿verdad, Mark?

—Por supuesto que no.

—Tu hija es bastante popular en el Astor, ¿no es así? 

El tono de voz de Callum es tan suave que podría estar comentando el tiempo, pero hay algo en sus palabras que hace que Mark empalidezca de nuevo.

—Jordan tiene muchos amigos.

—Bien. Sé que su amistad se extiende a Ella al igual que mi benevolencia hacia tu familia.

Mark se aclara la garganta.

—No me cabe duda de que Ella encaja a la perfección dentro del círculo de mi hija.

—Yo también lo creo, Carrington. Ahora, ya puedes ir con tu familia. —Callum mira a Mark para indicarle que se marche y, luego, se gira hacia nosotras—. ¿Por qué no vas a buscar a los chicos mientras aviso a Durand para que traiga el coche?

—Eh… claro —tartamudeo, pero en cuanto empieza a marcharse tengo la necesidad de descubrir lo que sabe, así que suelto la mano de Val y voy tras él—. Callum, espera.

Él me hace caso.

—¿Sí?

—¿Por qué has hecho eso?

Me mira con impaciencia.

—No soy el primero en enterarme de las cosas. Siempre le dejaba eso a Maria, pero, al final, siempre me entero de todo. Me he enterado de que tu coche no estaba en casa porque alguien lo bañó en miel. Sé que East y Reed pelean los fines de semana y sé que no llevas esto por espíritu de equipo. —Agarra los puños del jersey de Reed, después los suelta y, con una sonrisa torcida, me da la vuelta en dirección al campo—. Busca a los chicos, cielo, te veré en casa. No llegues muy tarde y mantente cerca de tus hermanos. —Entonces, se detiene y suspira—. Bueno, supongo que no son tus hermanos, ¿eh?

Dios, espero que no. Confusa, vuelvo al lado de Val.

—¿Acaba Callum de amenazar a mi tío Mark? —pregunta ella igual de confusa.

—¿Eso creo?

—¿Le has contado lo del coche?

Niego con la cabeza.

—No, estaba demasiado avergonzada. Reed se encargó de llevarlo a limpiar. Me lo han devuelto hoy.

—Está claro que Callum sabe algo.

—Es evidente. ¿Pero crees que su charla con tu tío cambiará las cosas de verdad?

—Claro. El tío Mark podría dejar a Jordan sin dinero. Si pensase que algo que ella haya hecho puede amenazar su negocio, a Jordan le caería una buena encima.

—Mmm. Ya veremos. —No estoy convencida del todo.

Val me aprieta la mano.

—Supongo que ahora te toca perder tu propia ropa interior después de Educación Física.

Le saco la lengua.

—¿Y quién dice que llevo ropa interior ahora mismo?

—Por favor, decidme que os vais a besar —interrumpe Easton. Sonríe cuando lo miramos.

—Si lo hiciésemos, no sería por ti —replico.

—Oh, no me importa. Solo quiero verlo. A poder ser, cuando estemos en un sitio un poco más privado, con mucha más luz y mucha menos ropa.

—Tienes que tener más de dieciocho años para presenciar el espectáculo —se burla Val.

—Entonces ya sé lo que quiero para mi cumpleaños. Es en abril. Empezad a planear. Me gustan los disfraces de chica del servicio sexy.

—Halloween ya ha pasado, hermano —dice Reed cuando llega a nuestro lado. Se inclina y me da un rápido beso en la mejilla—. ¿Qué planes tenemos?

Easton sacude la pierna con impaciencia.

—Sea lo que sea, decidid rápido. Estoy cansado de estar de pie.

Reed y yo intercambiamos una mirada de preocupación.

—Acabas de jugar un partido —le recuerdo a Easton.

—Exacto. Estoy rebosante de adrenalina y necesito desfogarme. Mis vicios preferidos son el sexo, el alcohol y las pastillas. Ambos me prohibís beber y ponerme ciego, así que solo me queda el sexo.

Easton lanza a Val una mirada penetrante, y ella ríe y levanta una mano.

—Yo no me ofrezco voluntaria. No creo que mi pobre cuerpo pueda soportar todo lo que necesitas moverte. Vayamos a encontrar a alguien para ti. Seré tu guía espiritual en las costas peligrosas de los líos colegiales.

—Dejo mi delicado cuerpo en tus manos. —Easton rodea los hombros de Val con un brazo—. Os toca arreglároslas solos.

Yo alzo una ceja.

—¿A ti también te sobra adrenalina?

Reed guiña un ojo.

—En parte es cierto.

—No tengo ganas de ir a ninguna fiesta.

Una sonrisa traviesa se extiende por su cara.

—¿Ah, no? Tengo algunas ideas sobre cómo celebrar la victoria después del partido. ¿Quieres oírlas?

Le devuelvo la sonrisa.

—Creo que sí.

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