El príncipe roto
Capítulo 27
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Capítulo 27
Reed
Llevo a Ella a la playa. Algo que siempre me ha encantado de nuestra casa es lo cerca que está del mar. La playa no es grande: no son más que unos quince metros de arena que se quedan en solo tres cuando la marea se traga la costa desde uno de los lados, mientras que, por el otro, la formación rocosa crea un muro natural desde el patio trasero hasta la orilla.
Pero es nuestra. Silenciosa, tranquila y, lo más importante, privada.
Coloco una pesada manta de lana, la cubro con un cobertor y pongo el resto de las provisiones encima.
—Siéntate mientras yo preparo una hoguera.
Ella se quita los zapatos y los deja al lado de la manta antes de tomar asiento. Vislumbro unas uñas pintadas de un color oscuro antes de que sus pies desaparezcan bajo sus piernas.
Siempre hay una pila de madera que arrastra la marea contra las rocas, y, al cabo de unos minutos, ya he hecho una hoguera lo bastante grande como para que nos dé un poco de luz y de calor. No quiero que mi chica pase frío.
—Verte hacer una hoguera es extrañamente raro —comenta mientras elijo los mejores trozos de madera.
Me giro hacia ella y sonrío.
—Los manitas somos como el porno para las tías. Os gusta que podamos hacer cosas.
—Si fuese una mujer de las cavernas te arrastraría a mi cueva —coincide conmigo.
—¿Así funcionaba por aquel entonces? ¿Los hombres hacían fuego y, luego, las mujeres llegaban, pegaban al hombre con el mejor palo de la pila y se acostaban con él?
—Así es, pero dejamos que los hombres escriban las historias porque sus frágiles egos necesitan un empujón.
Echo un tronco más al fuego para mantener el calor y después me cubro con la manta. Ella alisa el cubrecama sobre mis piernas cuando me tumbo a su lado. Durante un rato, contemplamos el fuego y escuchamos el chisporroteo de la madera al romperse por el calor. Estar tan cerca de Ella es algo simple y placentero. El océano es vasto, el cielo, interminable, y Ella y yo estamos juntos. Por fin.
Sus pies descansan junto a mis pantorrillas cubiertas por los vaqueros. Tengo el brazo colocado alrededor de su espalda y la mano sobre su dulce trasero. Ojalá llevara el uniforme para pasar la mano por debajo y encontrar solo piel desnuda, calor y suavidad.
—Gracias por conseguir que me readmitieran en el trabajo —dice Ella.
—¿Qué te hace pensar que he sido yo?
Me observa con ironía.
—¿Quién más lo habría hecho?
Yo sonrío avergonzado.
—Lo digo en serio, Reed. Gracias.
Alejo la mano de su cuerpo y la coloco bajo la cabeza. Si quiere hablar, hablaremos. Es decir, mi miembro se va a ahogar en mis vaqueros, pero merecerá la pena si es lo que quiere.
—Es lo menos que podía hacer. Fue culpa mía que te despidiera.
—La verdad es que no, pero te lo agradezco de todos modos.
Entonces, la mano de Ella viaja por mi muslo, y yo cierro los ojos. Estoy seguro de que su caricia tiene la intención de animarme, pero solo unos centímetros más a la izquierda y me aliviará. Tomo un par de bocanadas de aire.
—Las cosas en el colegio ya no van tan mal como antes. ¿Eso también ha sido obra tuya? —pregunta.
Mueve la mano hacia arriba y recorre con un dedo mi camiseta de manga larga hacia abajo.
¿Intenta volverme loco a propósito? Giro la cabeza para mirarla, pero ella observa el agua.
Vuelvo a tumbarme y centro la atención en encontrar la Osa Mayor y no en cómo me gustaría que me levantara la camiseta y que trazara un camino sobre mis abdominales con el dedo.
—Pero todavía se meten contigo —admito—. Hablé con Wade y algunos otros chicos. Les dije que quería saber si pasaba algo, pero ambos sabemos que Jordan está detrás de todo esto. Si fuese un tío, la llevaría al aparcamiento y le daría una paliza en la cara hasta que cagase sus propios dientes.
—Sin duda, esa es una bonita imagen…
Yo resoplo.
—¿Preferirías que la llevase al centro comercial y nos comprásemos pulseritas de la amistad a juego?
—No sé. ¿Acaso la violencia soluciona algo? Pegaste a Daniel y yo te ayudé a humillarlo, pero eso no va a hacer que se marche a ninguna parte. Ni siquiera parece… avergonzado.
Las manos de Ella descansan ahora sobre el dobladillo de mi camiseta.
—Es un teatrero —respondo—. Se le da bien fingir que todo va bien, pero lo han echado del equipo de lacrosse y su campaña para ser el próximo presidente del consejo estudiantil está acabada. —Yo frunzo el ceño—. Y no es suficiente.
—Pero es un comienzo. —Ella me acaricia el brazo. Su caricia inocente origina un fuego bajo mi piel que me quema más que la hoguera que arde a un par de metros de distancia sobre la arena—. Y hablando de Jordan… tu padre ha amenazado al suyo en el partido de hoy.
—¿Sí? —Soy incapaz de ocultar mi sorpresa.
Ella asiente.
—Dijo algo sobre que no le gustaría en absoluto que me pasase algo malo y que eso afectase su relación comercial.
—Bien hecho. No creía que fuera capaz, ni que supiera lo que ocurre en el Astor.
—Creo que sabe más de lo que creemos. También me ha lanzado indirectas sobre lo nuestro.
Yo sonrío.
—¿Sobre lo nuestro…?
—Que quizá que lleve tu jersey significa algo.
Utilizo su pelo como excusa para tocarla y coloco un par de mechones tras su oreja.
—Sé lo que significa para mí. ¿Vas a decirme lo que significa para ti?
Ella me coge de la muñeca y posa sus labios sobre mi palma. Parece una marca, su marca. Quiero cerrar el puño para que se quede en mi piel para siempre.
—Significa que todas las otras chicas tienen que renunciar a ti. Eres mío. —Levanta sus brillantes ojos y los fija en los míos—. Tu turno.
Tengo que tomar aire de nuevo, esta vez porque siento que tengo el corazón en la garganta.
—Significa que el resto de los tíos tienen que mantenerse lejos de ti. Eres mía. —Con impaciencia, la coloco sobre mi regazo—. Quiero solucionar todos tus problemas. Quiero hacer que Jordan te deje en paz. Quiero que Brooke desaparezca de nuestra vida. Quiero que todo sea perfecto, brillante y hermoso para ti.
—¿Desde cuándo eres tan romántico? —pregunta en un tono de burla.
—Desde que te conocí.
Dios. Si alguno de mis amigos me viese, iniciarían una búsqueda para dar con el paradero de mis pelotas. Pero no me importa. Lo que acabo de decir iba completamente en serio.
Ella acuna mi cara entre sus manos.
—Bueno, no necesito nada de eso —susurra, con sus labios a escasos centímetros de los míos.
—Haría cualquier cosa. Dime qué necesitas.
—A ti. Solo te necesito a ti. Siempre has sido tú.
Me besa. Sus labios rozan suavemente los míos y, con un beso, me promete que me pertenece. Que es mía y siempre lo ha sido. Incluso desde antes de conocernos era mía y yo suyo. Luché contra ello durante demasiado tiempo, pero ahora me rindo. Ahora lo quiero.
Le devuelvo el beso y la coloco encima de la manta para sentir su cuerpo entero contra el mío. Al principio, nuestros movimientos son inocentes. No le quito el jersey ni meto la mano dentro de sus pantalones, aunque desearía hacer ambas cosas. Nos limitamos a besarnos hasta que ella empieza a moverse de forma impaciente debajo de mí.
Abre las piernas y yo me acomodo entre ellas, pegando mi erección contra su suave entrepierna, que me da la bienvenida. Aparta las manos de mi cabeza y las lleva hasta la parte baja de mi camiseta. Yo llevo una mano a la espalda y me la quito.
—¿No tendrás frío? —pregunta, medio en burla medio en serio.
—No creo que tuviese frío ni aunque empezase a nevar. —Le tomo la mano y la aprieto contra mi pecho—. Estoy ardiendo.
Sus dedos se curvan sobre mi pecho y exploran mi cuerpo con cuidado. Sé que no tiene mucha experiencia, pero nunca he estado tan cachondo; nunca he estado tan cerca del límite. Ni siquiera durante mi primera vez. Podría apartarle la mano y poner fin a esto con la excusa de que no soy capaz de controlarme, pero quiero que me toque.
Me coloco sobre ella, apoyado sobre los codos. Me recorre las costillas con los dedos. Me mide el pecho con las manos y siento un enorme placer cuando me doy cuenta de lo grande que soy comparado con ella. Me acaricia los hombros con las palmas de las manos y, luego, desciende por mi espalda. Tiemblo encima de ella, como un animal salvaje listo para liberarme, a la espera de su señal.
Joder. Esta chica me vuelve loco.
Utiliza mi cuerpo como palanca y se alza para pasarme la lengua por el cuello, justo donde se nota mi pulso frenético.
Es demasiado. Giro y me tumbo de espaldas. Mi pecho sube y baja como si hubiese participado en un maratón.
—¿Qué ocurre? —pregunta, y se acurruca a mi lado.
Entrelazo mis dedos con los suyos.
—Háblame. Ayúdame a tranquilizarme.
—¿Estás seguro de que no quieres que te ayude de otra forma?
Eso me hace sonreír.
—Más tarde. Ahora mismo quiero tumbarme y disfrutar de tu compañía.
—¿Siempre es así?
—¿A qué te refieres?
Permanece callada durante un momento y, al cabo de un rato, contesta:
—Siento que mi corazón está a punto de estallar.
—Lo dices como si estuviera matándote.
—A veces lo parece. En ocasiones me asusta lo que me haces sentir.
Aprieto su mano con fuerza entre mis dedos.
—Yo también siento lo mismo, y no, nunca me he sentido así hasta ahora.
—¿Ni siquiera con Abby?
Me doy cuenta de que se arrepiente de hacer la pregunta enseguida, de que se le ha escapado.
Ladeo la cabeza y la observo con atención.
—Ni siquiera con Abby. ¿De verdad quieres hablar de ella?
—Un poco. —Hace una mueca—. Pero no tenemos que hacerlo si no quieres.
La acerco a mí para que no haya ni un solo centímetro de separación entre nuestros cuerpos. No me gusta hablar de Abby con ella. No porque sienta algo por Abby, sino porque no la quería como ella me quería a mí, y eso me hace sentir culpable.
—Empecé a salir con Abby después de que mi madre falleciera —admito—. Hasta ese momento, nunca había tenido una relación seria con una chica. Sí que me liaba con alguna de vez en cuando. No era como East, pero sí que tonteaba con chicas, y perdí la virginidad con una chica de último año cuando tenía quince años. La muerte de mamá me afectó y perdí un poco la cabeza. Pensaba cada cosa… —Me detengo y añado a regañadientes—: Bueno, supongo que todavía es así, pero entonces Abby apareció en mi mundo. Me recordaba a mi madre. Pensé que estar cerca de ella sería como si mi madre hubiese vuelto.
—¿Funcionó?
—Durante un tiempo, pero… no echaba tanto de menos a mi madre. O sea, sí que la echaba de menos, pero sabía que Abby no iba a interesarme para siempre. Es demasiado callada. Demasiado… pasiva, supongo. —Me aburría como una ostra a su lado, pero decir eso sería una grosería, y no quiero que Ella empiece a pensar que he vuelto a comportarme como un gilipollas—. Rompí con ella antes de Navidad. ¿Te das cuenta de que nunca es un buen momento para romper con alguien? Es una locura. Gid siempre decía que no podías romper con una tía antes del baile de invierno ni tampoco justo antes de vacaciones. Pero yo lo hice, porque retrasarlo no nos hacía bien a ninguno de los dos. Ella no era feliz. Se acercó a mí incluso después de dejarlo, y, cuanto más lo hacía, más me arrepentía de haber salido con ella.
Ella frota la mejilla contra mi hombro.
—¿Por qué suena como si te sintieras culpable?
—Porque me siento así —gruño.
—Pues no deberías. No es culpa tuya. Si fuiste sincero con ella y no le prometiste cosas que no tenías la intención de cumplir, sus sentimientos son algo con lo que ella debe lidiar.
—Tú eres la única chica a la que he prometido algo —respondo con brusquedad.
—Hazme una promesa ahora mismo.
—Por ti, prometería cualquier cosa.
—Prométeme que nunca te andarás con rodeos conmigo. Que si te arrepientes de estar conmigo, me lo dirás.
Me giro y me coloco sobre ella. Luego, le sujeto las manos por encima de la cabeza y digo:
—Te prometo lo siguiente: nunca me arrepentiré de un solo segundo que pasemos juntos.
La vuelvo a besar para silenciar su desacuerdo. No es la promesa que ha pedido, pero es la única que puedo hacerle, porque nunca me cansaré de ella.
Me separo de su boca, le beso la mandíbula y desciendo por su suave cuello. No se hace una idea de lo preciosa que es; de cómo su pelo dorado, sus fieros ojos azules y su esbelto cuerpo hacen que a los tíos del colegio se les ponga dura cuando camina por el pasillo. No tiene ni idea porque no es como las otras chicas del Astor. No es superficial, egoísta ni engreída.
Es simplemente… Ella.
—No sabes cuánto me ha excitado que llevaras mi jersey al partido —le susurro al oído con voz ronca antes de morderle el lóbulo
—¿Sí?
—Oh, sí.
Sus dedos danzan con más necesidad y deseo sobre mi piel. Coloco mi muslo entre sus piernas y Ella frota su entrepierna contra mí.
—Quiero aliviarte. —Pego mi cuerpo contra el suyo—. Déjame hacerlo.
—¿Aquí? ¿Ahora?
Está escandalizada a la vez que intrigada.
—No hay nadie en varios kilómetros a la redonda.
Subo el jersey y la camiseta que tiene debajo hasta que su piel queda completamente al descubierto. Dibujo un pequeño círculo con la lengua alrededor de su pezón y ella arquea la espalda hacia arriba, insatisfecha por mi juego.
Entre risas, me llevo el pezón a la boca. Cuando le acaricio la punta con la lengua, ella jadea. Entierra las manos en mi pelo y tira de mí para que me acerque más a ella. Como si necesitase animarme más. No la soltaría por nada del mundo, aunque subiera la marea o se formase un huracán.
Me deslizo hacia abajo cubierto por la colcha y le quito los vaqueros.
—Eres preciosa, nena. Perfecta.
Después, tengo otras cosas que hacer con la boca aparte de hacer cumplidos que no le hacen justicia. A mi lado, sus talones se clavan en la arena. Me agarra los hombros con los dedos mientras la beso y juego con ella hasta que se vuelve loca y es incapaz de pensar con claridad. Yo la tengo tan dura que incluso me duele, pero no me importa. Cuando estoy con Ella se convierte en el centro de mi universo. Me excita tanto verla rozar el éxtasis.
Ella tiembla, se estremece y repite mi nombre. Yo subo por su cuerpo y la abrazo con fuerza hasta que su corazón desbocado se ralentiza. Aprovecho ese tiempo para ordenar a mi propio cuerpo que se controle. Siento una necesidad horrible, aunque es fácil olvidarse de ello cuando tu chica suspira de placer entre tus brazos.
—Empieza a hacer frío. ¿Quieres entrar? —pregunta somnolienta.
La verdad es que no. Me gustaría quedarme aquí con ella hasta el próximo milenio. Me alejo a regañadientes.
—Claro.
La ayudo a vestirse y la beso mil veces. Luego, agarro las mantas, me las echo sobre el hombro y le doy la mano.
—Reed.
—¿Sí?
—Te echo de menos por la noche.
Siento un ardor en el pecho. Antes de que se marchara, dormía en su cama todas las noches. Nunca tenía suficiente.
Le aprieto la mano antes de responder:
—Yo también te echo de menos.
—¿Quieres volver a dormir conmigo?
—Sí.
Solo es una palabra, pero es la respuesta que daría siempre que me pidiera algo.