El placebo eres tú

El placebo eres tú


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9Tres historias de transformación personal

En este capítulo conocerás a algunas personas que vuelcan la energía de su conciencia en el mundo inmaterial más allá de los sentidos, y aceptan una y otra vez una posibilidad, hasta que se materializa en su vida.

Historia de Laurie

A los 19 años a Laurie le diagnosticaron displasia fibrosa poliostótica, una rara enfermedad degenerativa ósea. Esta debilitante dolencia se caracteriza porque el cuerpo sustituye el hueso normal por tejido fibroso de menor calidad y la proteína que sostiene la estructura del esqueleto se vuelve anormalmente delgada e irregular. El proceso atípico de crecimiento asociado al síndrome hace que los huesos se ensanchen, debiliten y rompan. La displasia fibrosa puede darse en cualquier parte del esqueleto, y en el cuerpo de Laurie se manifestó en el fémur derecho, el acetábulo de la cadera derecha, la tibia derecha y en algunos de los huesos del pie derecho. Los médicos le dijeron que esta enfermedad era incurable.

La displasia fibrosa es una enfermedad genética que no suele manifestarse hasta la adolescencia. En el caso de Laurie, se pasó un año cojeando dolorosamente por el campus de la universidad sin saber que la padecía, hasta que le diagnosticaron una fractura femoral. Al enterarse de que tenía un hueso roto se quedó desconcertada, porque no se había dado ningún golpe. Aparte de tener anatómicamente un pie más grande que el otro, hasta entonces no había visto ninguna evidencia de su dolencia. Había llevado una juventud relativamente activa llena de actividades como correr, bailar y jugar al tenis. Cuando empezó a cojear incluso se estaba empezando a entrenar para participar como culturista en una competición.

Tras el diagnóstico, la vida de Laurie cambió de la noche a la mañana. Su traumatólogo le advirtió que su cuerpo era frágil y extremadamente vulnerable. Insistió en que caminara solo con ayuda de muletas hasta que le fijara la fecha de la intervención quirúrgica: primero le realizaría un injerto óseo y luego le insertaría en él un clavo femoral de Russell-Taylor. Tras oír las noticias, Laurie y su madre se pasaron una hora llorando a lágrima viva en la cafetería del hospital. Era como si estuvieran viviendo una pesadilla. Laurie se sentía como si su vida se hubiera terminado de pronto.

Su percepción de sus limitaciones —tanto reales como imaginadas— empezó a dominar su vida. Para evitar más fracturas siguió las órdenes del traumatólogo y usó diligentemente las muletas. Tuvo que dejar su reciente trabajo como becaria de mercadotecnia en una gran compañía fabricante de productos de Manhattan y en su lugar empezó a llenar sus días con citas médicas. Como su padre le insistió en que fuera a ver al mayor número de traumatólogos posible, su llorosa madre se dedicó a llevarla de una consulta médica a otra durante las semanas siguientes.

Cada vez que Laurie veía a un nuevo médico, esperaba pacientemente escuchar una distinta opinión médica, pero volvía a recibir las mismas malas noticias de siempre. En solo varios meses diez traumatólogos habían sopesado su dolencia. El último que fue a ver tuvo sin embargo una distinta opinión: le dijo que la cirugía que los otros médicos le aconsejaban no la ayudaría en absoluto, porque el clavo insertado solo reforzaría el hueso afectado en el lugar más débil, causando más fracturas en las zonas más vulnerables de encima y debajo del clavo. Le aconsejó que se olvidara de la cirugía y que siguiera desplazándose con muletas o en silla de ruedas, o que simplemente fuera sedentaria el resto de su vida.

A partir de entonces Laurie estuvo metida en casa la mayor parte del tiempo por miedo a fracturarse un hueso. Se sentía impotente, inútil y frágil, llena de ansiedad y autocompasión. Al cabo de un mes volvió a la universidad, pero se pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en un piso que compartía con cinco chicas más. Cultivó la impresionante capacidad de desarrollar una seria depresión clínica que iba empeorando día a día.

El temor a su padre

El padre de Laurie había sido un hombre violento desde que ella tenía uso de razón. Incluso cuando los hijos eran ya adultos, cualquier miembro de la familia debía estar preparado para la ira de los veloces puños de aquel hombre en los momentos más inesperados. En ese hogar todo el mundo vivía a todas horas en un estado de alerta, preguntándose cuándo estallaría el siguiente ataque de cólera. Aunque Laurie no se dio cuenta en aquella época, la conducta de su padre estaba estrechamente vinculada a su dolencia.

Los recién nacidos pasan la mayor parte del tiempo en estado delta. Durante los doce primeros años, los niños van pasando poco a poco al estado zeta y luego al alfa, antes de alcanzar el beta, en el que seguirán la mayor parte de su vida adulta. Como ya he señalado antes, cuando te encuentras en zeta y alfa eres sumamente sugestionable. Como los niños pequeños no disponen todavía de una mente analítica para corregir lo que les ocurre o para darle sentido a una situación, toda la información que absorben de sus experiencias se almacena directamente en el subconsciente. Y como a esa edad son más sugestionables, en cuanto una vivencia les afecta emocionalmente, se fijan en quién o en qué la ha causado y acaban formando recuerdos asociativos relacionados con esa emoción. Si la ha causado el padre o la madre, con el paso del tiempo la vinculan a esas personas y creen que las emociones que sienten de la experiencia son normales porque aún no tienen la capacidad para analizar la situación. Así es como las vivencias de la niñez temprana se convierten en estados del ser subconscientes.

Si bien Laurie no sabía esto cuando le diagnosticaron su enfermedad, los episodios con una gran carga emocional que vivió de pequeña con su padre se grabaron en su sistema de memoria implícita, más allá de su mente consciente, y acabaron programando su biología. Como su reacción a la cólera paterna —sentirse débil, indefensa, vulnerable, estresada y aterrada a diario— se convirtió en parte de su sistema nervioso autónomo, memorizó químicamente aquellas emociones y el entorno envió a los genes relacionados con su enfermedad las señales para que se activaran. Al ser una respuesta automática, mientras siguiera atrapada en su cuerpo emocional Laurie no podría cambiar. Solo podría analizar su estado del ser que reflejaba las emociones de su pasado, aunque las respuestas que necesitara se encontraran más allá de esas emociones.

En cuanto a Laurie le diagnosticaron la displasia fibrosa, su madre proclamó a toda la familia que la medicina moderna había declarado oficialmente que su hija era «frágil», o sea que estaba a salvo de la violencia física paterna. Aunque su padre siguió maltratándola emocional y verbalmente durante quince años hasta el día en que él murió, la enfermedad de Laurie curiosamente la protegió de los maltratos físicos.

Laurie se identifica con su enfermedad

La sensación malsana de seguridad que Laurie adquirió se convirtió en un medio para sobrevivir. Por eso empezó a aprovecharse del trato especial que recibía (que casi siempre necesitaba). Como cuando le cedían un asiento en el autobús o en el metro lleno de gente, o sus amigas hacían cola para asistir a un espectáculo mientras ella las esperaba sentada en un banco cercano, o le ofrecían una mesa en un restaurante abarrotado en cuanto entraba en él. Laurie descubrió que su enfermedad le iba de maravilla. Empezó a depender de su dolencia para conseguir lo que quería. Ahora se las manejaba mejor en un mundo que siempre le había parecido inseguro. El beneficio emocional de manipular su realidad de esta forma para conseguir lo que quería acabó gustándole y además Laurie recibía mucho más de lo que necesitaba para no estresar su cuerpo y evitar así lesionarse. Al poco tiempo, acabó identificándose con su enfermedad.

Más tarde empezó a exhibir una actitud rebelde propia de la última etapa de la adolescencia en contra de la vida que creía que los médicos, sus padres y el destino le habían obligado a llevar. A los seis meses de recibir el diagnóstico, le dio por negar su enfermedad. Decidió ser la primera culturista «tarada» y volvió a dedicarse al deporte con absoluta devoción. Obcecadamente obsesiva, mientras sudaba tinta y se obligaba a tener una actitud positiva, se las ingenió para levantar pesas de manera que no se lesionara los miembros.

Creía que al luchar con el dolor su salud mejoraría, pero sus esfuerzos le salieron mal, porque la mayor parte del tiempo se sentía fatal y su dolor aumentó. Como ocurre a veces con los pacientes con displasia fibrosa poliostótica, Laurie también desarrolló una escoliosis y la espalda le dolía horrores a diario. A llegar a la veintena empezó a tener artritis en la columna y por todo el cuerpo.

Después de terminar la carrera, pese a estar viajando constantemente entre su nueva casa y su nuevo trabajo, Laurie se volvió muy sedentaria y se sintió incluso más aislada todavía de la vida. El miedo, la ansiedad y la depresión no la abandonaron. Envidiaba a la mayoría de las personas de su edad y perdió amistades e intereses románticos por vivir más como sus padres mayores que como una chica joven.

A finales de la veintena usaba ya un bastón a todas horas para desplazarse, incluso cuando todavía no tenía ninguna de las 12 serias fracturas que acabó teniendo. Como si todo esto no bastara, también desarrolló peligrosas microfracturas. Sus huesos eran tan frágiles que bajo las fisuras microscópicas le aparecieron otras fracturas por estrés más grandes que se conectaron con las de otras zonas de huesos debilitados, creando fracturas incluso mayores que aparecían en las radiografías.

Sobre los 30 años Laurie tenía más problemas de espalda que su padre de 72 años y había envejecido prematuramente. Se quedaba en cama durante días y faltó tantas semanas al trabajo que se vio obligada a dejarlo. Decidió no empezar de momento los estudios de posgrado porque el ascensor de la facultad que la había aceptado como alumna no funcionaba. Tuvo que olvidarse de las fiestas, los museos, las compras, los viajes, los conciertos y otras actividades que conllevaban estar mucho tiempo de pie o andando. Se quedó atrapada en el bucle de pensar y sentir del que antes he hablado: pensando por dentro lo limitada y lo frágil que era mientras su cuerpo manifestaba por fuera esta limitación y fragilidad. Cuanto más vulnerable y débil se sentía, más vulnerable y débil se volvía mientras seguía teniendo fracturas que sustentaban su creencia de ser frágil, y más se identificaba con su enfermedad y validaba su estado del ser.

Además de tomar medicamentos para fortalecer los huesos, decidió hacer una dieta especial y tomar distintas vitaminas y suplementos alimenticios, pero nada parecía detener las fracturas. Se podía romper un hueso solo por subir un tramo de escaleras o bajar del bordillo. Era como esperar en cualquier momento la siguiente serie de pesadillas.

Curiosamente, cuando Laurie no usaba muletas ni cojeaba parecía estar totalmente sana. La mayoría de las personas suponían que su bastón era una especie de accesorio excéntrico y muchas no creían que tuviera una enfermedad debilitante, lo cual hacía que a veces le costara recibir el tratamiento especial que necesitaba, llenándola de frustración. Intentar convencer a los demás de su enfermedad afianzó su identidad de persona enferma, aumentó su intención de demostrar que tenía una incapacidad y reforzó su idea de estar discapacitada. Mientras los demás hacían todo lo posible por ocultar sus propias debilidades y vulnerabilidades a todo el mundo, Laurie descubrió que ella en cambio estaba proclamando las suyas a los cuatro vientos constantemente.

Invertía mucha energía en intentar controlar lo máximo posible su entorno. Se fijaba en todo lo que comía y bebía, evaluando todo cuanto ingería. Calibraba hasta el milímetro cualquier paseo que diera por el vecindario. Incluso calculó el peso máximo que podía llevar del supermercado: 5 kilos, que era también el límite de peso que podía ganar antes de que sus huesos empezaran a empeorar.

Por más agotador que fuera, era lo único que Laurie sabía hacer. Su abanico de opciones se fue reduciendo cada vez más mientras limitaba las cosas que podía realizar físicamente para intentar evitar cualquier fractura. A medida que su estilo de vida se fue limitando, su mente también se fue estrechando. Sus miedos aumentaron, su depresión empeoró y, pese a sus esfuerzos, al final no pudo evitar tener que dejar de trabajar.

La mujer que en el pasado había corrido, bailado y participado en competiciones de culturismo ahora no podía practicar más que yoga para mantenerse en forma, y a finales de la treintena ya ni siquiera podía hacer hatha yoga. Durante años el único ejercicio que estuvo realizando fue respirar vigorosamente sentada en una silla (aunque a principios de la cuarentena su médico le permitió por fin nadar un poco).

Intentó varias veces curarse por medio de terapeutas, médicos holísticos, terapia energética, sonidoterapia y homeopatía, buscando siempre soluciones en el exterior. Unas pocas veces se había sentido mejor después de una sesión de terapia energética y había ido directa al traumatólogo para pedirle que le hiciera nuevas radiografías, pero al ver que todo seguía como siempre volvía a deprimirse. Se decía: Igual no me queda más remedio que resignarme. Cada mañana se despertaba abrumada, aterrada y convencida de que no podría soportar lo que la vida le tenía reservado.

Laurie aprende lo que es posible

Laurie y yo nos conocimos en el 2009 después de que ella vio la película documental ¿¡Y tú qué sabes!? El concepto de que una persona podía probablemente crear una vida totalmente nueva le fascinó. La conocí mientras yo cenaba antes de seguir con el taller que impartía en un centro de retiro a las afueras de Nueva York. Charlamos de mis cursos sobre el cambio personal y aquel agosto se inscribió enseguida a mi siguiente clase.

Cuando Laurie asistió por primera vez a mi taller, oyó que era posible cambiar su cerebro, sus pensamientos, su cuerpo, su estado emocional y su expresión genética. Hablé en él de los cambios físicos, pero Laurie tenía creencias muy arraigadas sobre su enfermedad y su cuerpo, y además se había quedado anclada emocionalmente en el pasado. No tenía ninguna intención de curarse, ni siquiera creía que fuera posible. Había acudido a mi taller simplemente porque deseaba sentirse mejor consigo misma.

Laurie aplicó los principios que yo enseñaba lo mejor posible, pese a no creer poder sentirse diferente. En cuanto terminó su primer taller de fin de semana, lo primero que hizo fue dejar de compartir su diagnóstico con todo el mundo. Aunque no pudiera controlar sus emociones, concluyó que al menos podía controlar lo que decía en voz alta. Así que a no ser que necesitara pedir una silla en una fiesta o explicarle al chico con el que se había citado por qué no podían ir a dar un paseo, dejó de mencionar su enfermedad. Eligió centrarse en el objetivo de sentirse bien por dentro, mantener una profunda conexión con una fuente divina desconocida, conseguir un maravilloso trabajo en el que sobresaliera, encontrar a su alma gemela y mantener relaciones estrechas y sanas con sus amigos y familiares.

Laurie se concentró luego en cambiar algunas formas de comportarse. Se dedicó a observar sus pensamientos y palabras y se recordaba una y otra vez que debía dejar sus viejos hábitos repetitivos y destructivos. Siguió meditando y participando en mis cursos. Para darle un significado a lo que estaba haciendo, releía religiosamente las notas que tomaba en clase y se mantuvo en contacto con el máximo número de alumnos posible. Con el paso del tiempo Laurie empezó a sentirse mejor y más útil y fuerte durante un pequeño aunque perceptible porcentaje del día. Se decía a sí misma «cambia» veinte veces diarias, en cuanto advertía que su mente regresaba al pasado. Aunque los pensamientos negativos volvieran a acosarla de pronto un centenar de veces al día, poco a poco fue adquiriendo algunos pensamientos nuevos, los anotaba en un papel e intentaba creer en ellos con toda su alma.

Se dedicó a esta tarea con fervor, pero le llevó casi dos años sentir realmente esos nuevos pensamientos. En lugar de ser presa de la frustración, se recordaba a sí misma que si le había llevado tantos años crear la enfermedad procedente de su estado emocional, también tardaría lo suyo en descrearla. Al mismo tiempo, se decía que antes de que surgiera su nuevo yo, su yo antiguo debía morir en el sentido biológico, neurológico, químico y genético.

Las circunstancias de su mundo exterior empeoraron antes de que ella mejorara. Una inundación destrozó su hogar y otras situaciones del piso donde vivía le crearon nuevos problemas de salud. Laurie me contó que cada vez que se sentaba a meditar y repasaba la que sería su vida ideal, se sentía como si se estuviera diciendo una mentira, y luego al abrir los ojos y encontrarse de nuevo con sus circunstancias de siempre, le sentaba como un bofetón en la cara. La animé a dejar de definir la realidad con los sentidos y a seguir intentando cruzar el río del Cambio.

Laurie siguió asistiendo cojeando a mis talleres, algunas veces malhumorada y otras, agradecida, persistiendo en su esfuerzo. También reunió al mayor número posible de alumnos de su ciudad para meditar juntos. Como apenas había alguna situación en su vida que fuera agradable, pensaba: ¡Qué diablos! Al menos mientras estoy con los ojos cerrados viviré durante una hora al día una realidad distinta en la que el cuerpo no me duele, estoy en una casa segura y tranquila, y mantengo una relación plena y afectuosa con el mundo exterior y con mis amigos y familiares.

A principios del 2012, durante uno de mis talleres progresivos, Laurie experimentó un gran avance en su experiencia meditativa. Todo su ser se estremeció en el sentido literal y figurado. Fue como si físicamente sintiera una agitación tremenda y luego una gran liberación. Se puso a temblar, el rostro se le contrajo y sus brazos se agitaron convulsivamente mientras hacía todo lo posible por seguir pegada a la silla. Sintió una alegría inexplicable. Lloró y rio, y de su boca salieron unos sonidos que no pudo explicar. Había liberado todo el miedo y el control que había usado para no venirse abajo. Por primera vez en su vida sintió una presencia divina y supo que no estaba sola en la vida.

Laurie me dijo: «Percibí algo, alguien, una presencia divina, y esta conciencia conocía mi existencia y se preocupaba por mi bienestar, pese a no creer yo que pudiera existir algo así. Esta conciencia me había estado prestando atención y además sabía que para mí ese cambio era una tarea hercúlea». Por fin se había conseguido relajar y calmar, y sintió que toda la energía que había estado volcando al intentar controlar sus movimientos físicos y su vida se empezaba a liberar.

Cuando acudió a mi siguiente curso, advertí que Laurie andaba sin cojear y sin el bastón. Se veía feliz y risueña, y se reía de sí misma en lugar de estar irritada, enfurruñada y con el rostro desencajado por el dolor. Estaba transmutando el miedo en valentía, la frustración en paciencia, el dolor en alegría, la debilidad en fuerza interior. Estaba empezando a cambiar por dentro y por fuera. Su cuerpo, liberado de la adicción a esas emociones limitadoras, vivía ahora menos en el pasado y se estaba dirigiendo hacia un nuevo futuro.

A principios de la primavera del 2012 el traumatólogo le dijo durante una revisión de rutina que dos tercios de la fractura que tenía en el fémur desde los 19 años (fractura que aparecía en todas sus ciento y pico radiografías) había desaparecido. No supo cómo explicar este fenómeno, pero le sugirió que empezara a hacer ejercicio con una bicicleta estática en el gimnasio durante diez minutos, dos veces a la semana. El mensaje le sonó a música celestial y ella así lo hizo.

Éxitos y reveses

Todos los esfuerzos de Laurie por cruzar el río del Cambio empezaban ahora a fructificar. Por fin veía que estaba haciendo alguna clase de progreso físico. Cada día, mientras iba más allá de su cuerpo, su entorno y el tiempo, también trascendía su personalidad vinculada con su realidad exterior presente y pasada, yendo más allá de su cuerpo habituado y adicto emocionalmente, y del futuro previsible que siempre había esperado basándose en sus recuerdos del pasado. Gracias a sus esfuerzos para superar su mente analítica, reemplazar sus ondas cerebrales por otras que fomentaran un estado más sugestionable, vivir en el presente y entrar en el sistema de programación donde se había grabado el trauma emocional de su niñez, por fin estaba empezando a cambiar.

Laurie empezó a creer de verdad que estaba curando su cuerpo por medio de sus pensamientos. Y que la antigua fractura relacionada con su yo antiguo se estaba curando al convertirse literalmente ella en otra persona. Ya no activaba ni reforzaba los circuitos de su cerebro vinculados con su antigua personalidad, porque ya no pensaba ni actuaba como antes. Dejó de revivir su pasado con las mismas emociones y de condicionar su cuerpo a la misma mente. Estaba «desmemorizando» su yo antiguo y recordando su yo nuevo, es decir, activando y reforzando nuevos pensamientos y acciones en su cerebro al cambiar su mente y enseñar emocionalmente a su cuerpo a ponerse en la piel de su yo futuro.

Durante su meditación diaria Laurie estaba enviando nuevas señales a nuevos genes al cambiar simplemente su estado del ser. Y esos genes estaban fabricando nuevas proteínas que curaban las proteínas responsables de las fracturas relacionadas con su «mal-estar». Basándose en lo que había aprendido en los talleres, concluyó que sus células óseas necesitaban recibir la señal adecuada de su mente para desactivar el gen de la displasia fibrosa y activar el de la producción de matriz ósea normal.

Laurie me dijo:

Sabía que a lo largo de los años todas esas fracturas se habían manifestado estructuralmente de la expresión poco sana de las proteínas de mis células óseas, porque había estado viviendo con las emociones de supervivencia del miedo, el victimismo y el dolor, y me sentía frágil. Mi mente había sido lo bastante poderosa como para manifestar a la perfección esta fragilidad en mi cuerpo. Al memorizar subconscientemente esas emociones en él, había programado la activación de los genes. Y mi cuerpo, como mente, siempre estaba viviendo en el pasado. Concluí que si mis huesos estaban hechos de colágeno —que es una proteína—, y que si quería que mis células óseas fabricaran colágeno sano, debía entrar en el sistema nervioso autónomo, ir más allá de la mente analítica, acceder al subconsciente, reprogramar una y otra vez mi cuerpo con información nueva y dejar que recibiera nuevas órdenes a diario. Cuando me comunicaron la buena noticia, me sentí como si ya hubiera cruzado la mitad del río del Cambio.

Laurie siguió meditando y asistiendo a mis talleres. De vez en cuando el cuerpo le volvía a doler, pero la frecuencia, la intensidad y la duración del dolor disminuyeron considerablemente. Hizo el máximo de cambios posibles en su vida. Cambió de gimnasio para cambiar de ambiente. Se aplicaba el desodorante empezando por la derecha en lugar de por la izquierda. Cuando se acordaba de ello, cruzaba los brazos poniendo el izquierdo encima del derecho en lugar de hacerlo más cómodamente a la inversa. Se sentaba en una silla distinta en casa. Dormía en el lado opuesto al que dormía antes en la cama, aunque tuviera que ir al otro extremo de la habitación al acostarse por la noche y levantarse por la mañana.

Laurie me dijo: «Por ridículo que parezca, estaba intentando darle a mi cuerpo la mayor cantidad posible de señales distintas y como no podía permitirme mudarme a una mansión en los Hamptons, tendría que conformarme con esos pequeños cambios».

Incluso pegó notas por todas partes para acordarse de ser consciente y tener pensamientos y sentimientos sobre su futuro. Escribió en las notas: «Siento agradecimiento», «¡Pensamientos elevados!» y «¡Amor!», y luego las pegó detrás de varias puertas.

También pegó una en el salpicadero de su coche en la que ponía: «Tus pensamientos son poderosísimos. Elígelos con sabiduría». Esta clase de alentadoras notas y afirmaciones no era algo nuevo para Laurie, pero antes no creía en ellas porque no sabía cómo cambiar sus creencias.

A finales de enero del 2013, cuando fue a ver de nuevo al traumatólogo, este le dijo por primera vez en veintiocho años que no se apreciaba ninguna fractura en las radiografías, ni una sola. Sus huesos estaban perfectamente, sin lesiones. Laurie me escribió: «No puedo expresar con palabras la alegría que me ha producido esta noticia. Ahora me siento fuerte y animada. Sé que ya he cruzado más de la mitad del río del Cambio».

Sus células óseas estaban ahora programadas para fabricar proteínas nuevas y sanas. Su sistema nervioso autónomo estaba restableciendo el equilibrio físico, químico y emocional de su cuerpo. Una inteligencia superior la estaba curando y Laurie sabía que ahora podía confiar en ella y ponerse más en sus manos. Su cuerpo seguía respondiendo a una nueva mente.

Al cabo de un mes de la cita con el traumatólogo, Laurie voló a Arizona para asistir a uno de mis talleres avanzados. Cuando hacía una hora que había llegado, recibió una llamada de la ayudante del médico para decirle que los resultados de la prueba de sangre y orina que acababan de recibir indicaban que su enfermedad seguía en estado activo. Su médico le aconsejaba volver a someterse a una terapia intravenosa a base de bisfosfonatos por primera vez en muchos años.

A Laurie se le cayó el alma a los pies. Las radiografías del traumatólogo le habían dejado con la impresión de volver a estar sana, pero las pruebas del laboratorio indicaban lo contrario. En cuestión de segundos había perdido la perspectiva y estaba segura de haber fracasado. Cuando me comunicó la noticia, la tranquilicé diciendo que su cuerpo seguía viviendo en el pasado y que solo necesitaba un poco más de tiempo para ponerse al día con su mente. Le sugerí que siguiera trabajando en ello durante varios meses más y que luego se volviera a hacer los análisis de orina.

Inspirada por algunos de los participantes de nuestros talleres que se habían curado, Laurie regresó a casa e hizo sus prácticas con fervor, sintiendo en sus meditaciones con más viveza e intensidad que nunca la vida que podía tener. Dejó de imaginarse con los huesos curados y simplemente se imaginó como una mujer vital, resplandeciente, fuerte, joven, saludable y llena de energía. Repasó mentalmente y aceptó emocionalmente todo cuanto quería, que no era otra cosa que un cuerpo que funcionara bien, que le permitiera caminar sin ningún problema. Se dijo que la anciana que había sido de los 19 a los 47 años ya formaba parte del pasado.

Una mente nueva, un cuerpo nuevo

Durante los meses siguientes Laurie empezó a sentirse más feliz, contenta, libre y sana. Empezó a pensar con más claridad en su futuro. Raras veces le dolía el cuerpo y andaba sin la ayuda del bastón.

Al llegar el mes de mayo del 2013, esperaba con temor la cita para hacerse los análisis. La aplazó para junio. Después habló de sus dudas y su angustia con un estudiante experimentado en los talleres, y este le aconsejó que pensara en algunas cosas positivas que se le ocurrieran relacionadas con ir al hospital y hacerse las pruebas. En ese momento Laurie se dio cuenta de que disponía de muchos recursos emocionales positivos y revitalizadores, como lo limpio que estaba el hospital, lo servicial que siempre se mostraba el personal y lo agradable que era ese lugar donde cuidaban de uno. Era exactamente el cambio de enfoque que necesitaba.

El día de la cita, mientras conducía camino del hospital, dio las gracias por el día soleado, por la fluidez del tráfico, por su coche, por la pierna que le ayudaba a conducir, por su visión perfecta, por el espacio libre que encontró enseguida en el aparcamiento y por otras cosas parecidas. Más tarde me contó: «Entré al hospital, les di mi nombre, cerré los ojos y medité en la sala de espera hasta que me tocó el turno. Oriné en un recipiente, se lo entregué a la enfermera y me fui, dando las gracias por el simple acto de andar. Y dejé de aferrarme a la situación, totalmente. En lo más hondo de mí aceptaba el resultado, fuera cual fuese. Esta actitud me permitió olvidarme de él por completo, porque no esperaba nada. Me sentí contenta, de hecho me sentí obsesivamente agradecida. Dejé de analizar las cosas y confié en la vida».

Se acordó de que yo le había dicho que en cuanto empezara a analizar cómo o cuándo se curaría estaría volviendo a su viejo yo de siempre, porque el yo nuevo nunca pensaría con tanta inseguridad. Laurie prosiguió: «Y de repente me sentí agradecida en el presente porque sí, adelantándome a la experiencia. No esperaba que los resultados me hicieran sentir feliz o agradecida, sino que me encontraba en un estado de auténtica gratitud y amor hacia la vida, como si ya hubiera ocurrido lo que deseaba. Y no necesitaba algo del exterior para ser feliz. Ya me sentía llena y feliz, porque ahora dentro de mí había una mayor plenitud y satisfacción».

En el mundo exterior no tenía prácticamente nada a «gran escala» con lo que medir el éxito, la satisfacción y la seguridad: como un sueldo, una casa, una pareja, un negocio, un hijo o ni siquiera un trabajo de voluntariado reciente del que se sintiera especialmente orgullosa. Pero Laurie gozaba del amor de sus amigos y de los miembros de su familia con los que conectaba. Y además ahora sentía un nuevo amor hacia sí misma. Había descubierto que antes nunca se había querido, solo se había interesado por ella misma. Más tarde me contó que era un matiz que no habría captado en el pasado cuando su mente era tan estrecha. Se sentía muy satisfecha consigo misma y con su vida. Me dijo: «Y por primera vez desde que emprendí este viaje ya no me importaba el resultado de la prueba. Me sentía feliz conmigo misma».

Dos venturosas semanas más tarde llegaron los resultados de la prueba. La ayudante del médico le anunció: «Los resultados de las pruebas son totalmente normales. Tus valores son de 40. Y eso que hace solo cinco meses sacaste 68, unos niveles demasiado elevados».

Laurie había cruzado el río del Cambio y ahora se encontraba en la orilla de una nueva vida. En su cuerpo ya no quedaba ningún rastro de su pasado. Era libre, había vuelto a nacer.

Más tarde me dijo:

De pronto se me ocurrió que mi identidad como «paciente» y «persona enferma» se había vuelto más poderosa que cualquier otro papel que yo desempeñara en la vida. Había fingido ser esa persona, pero sabía que en el fondo no lo era. Invertía toda mi atención y energía en ser una paciente en lugar de en ser una mujer, una novia, una hija, una empleada o incluso una persona feliz y plena. Ahora sé que no me quedaba energía para ser cualquier otra cosa hasta que dejé de volcarme en mi personalidad y mi yo antiguos y puse toda mi atención y energía en un yo nuevo. ¡Qué agradecida me siento de ser ahora realmente yo!

Laurie no lamenta nada ni guarda ningún rencor en especial, ni tampoco cree haber malgastado su vida en el pasado. Tal como ella lo expresa: «No quise juzgarme, machacarme ni deprimirme por mi pasado porque esta decisión me habría arrebatado mi sensación de plenitud. Al contrario, veo mi pasado como una bendición, porque he superado mis limitaciones y ahora me encanta ser quien soy. Me siento en paz. He cambiado realmente a nivel biológico y celular. Me siento orgullosa del mensaje de que la mente puede curar al cuerpo, y créeme, yo soy a quien más le ha sorprendido».

Historia de Candace

Candace apenas llevaba un año saliendo con su pareja y la relación ya estaba haciendo aguas. Tras vivir los primeros meses juntos, ella y su novio se pasaban todo el día peleándose, acusándose por nada, desconfiando el uno del otro constantemente y echándose la culpa sin cesar. Como ambos se sentían celosos e inseguros, su comunicación era frustrante, por decirlo de manera suave. Los dos se sentían acosados por expectativas que el otro no podía satisfacer ni por asomo. Presa de una rabia inusitada, Candace se descubrió peleándose con su novio a grito pelado y teniendo berrinches incontrolables. Esas trifulcas le hacían sentir más inútil, victimizada e insegura aún. Esta forma de comportarse era nueva para ella, antes nunca se había sentido tan enojada, frustrada o disgustada, y en sus 28 años de vida jamás había tenido una sola rabieta.

Pese a intuir que no era bueno para ella seguir en esa situación, Candace estaba enganchada emocionalmente a su relación malsana. Y con el paso del tiempo su adicción a esas estresantes emociones se convirtió en su nueva identidad. Su realidad personal estaba creando esa nueva personalidad. El ambiente que la rodeaba controlaba cómo pensaba, actuaba y se sentía. Se había convertido en una víctima atrapada en su propia vida.

Inundada por la poderosa energía de las emociones de supervivencia, empezó a actuar como una adicta, necesitando el subidón emocional de esos sentimientos y creyendo que había algo a su alrededor que le hacía sentir, pensar y reaccionar de una determinada manera. No podía pensar ni actuar más allá de cómo se sentía. Prisionera de ese estado emocional, no hacía más que volver constantemente a los mismos pensamientos, decisiones, conductas y experiencias de siempre una y otra vez.

Candace estaba en realidad usando a su novio y todas las condiciones de su mundo exterior para reafirmar quien creía ser. Su necesidad de sentir enojo, frustración, inseguridad, falta de valía, miedo y victimismo estaba vinculada con aquella relación. Aunque la situación no le sirviera para alcanzar su mayor ideal, le daba demasiado miedo cambiar para atajarla. A decir verdad, se llegó a apegar mucho a esas emociones porque reforzaban su identidad, prefería sentir esos sentimientos tóxicos constantemente antes que dejar la relación y aceptar algo nuevo para pasar de lo conocido a lo desconocido. Candace al empezar a creer que ella era sus emociones, memorizó una personalidad basada en el pasado que había creado.

Tres meses más tarde las cosas empezaron a ir de mal en peor. Su cuerpo no pudo soportar el estrés de aquel intenso estado emocional y perdió casi una tercera parte del cabello al caérsele a mechones en cuestión de semanas. También comenzó a sufrir fuertes migrañas, fatiga crónica, problemas gastrointestinales, falta de concentración, insomnio, aumento de peso, dolor constante y un millar de otros síntomas debilitantes que la estaban destruyendo silenciosamente.

Candace era una joven muy intuitiva y dedujo que este «mal-estar» se lo había creado ella misma con sus problemas emocionales. Solo de pensar en su relación, ya perdía el equilibrio fisiológico al prepararse para otra pelea, activando las hormonas del estrés y el sistema nervioso autónomo con sus pensamientos negativos. Y cuando pensaba en su pareja o hablaba o se quejaba de su relación con su familia y sus amistades, estaba condicionando su cuerpo a ser la mente de esas emociones. Experimentaba la conexión mente-cuerpo al máximo, y al no poder desactivar la respuesta de estrés, empezó a re-silenciar sus genes. Sus pensamientos la hicieron enfermar literalmente.

A los seis meses de vivir juntos, la relación de Candace con su pareja no podía ir peor, le producía muchísimo estrés. Pese a estar segura de que los síntomas de su cuerpo eran una señal de advertencia, subconscientemente siguió eligiendo la misma realidad de siempre, que ahora se había convertido en su estado del ser habitual. Bombardeando su cuerpo con emociones negativas del estado de supervivencia, le estaba enviando a los genes inadecuados señales inadecuadas. Se sentía como si se estuviera muriendo por dentro y sabía que debía recuperar las riendas de su vida, pero no tenía idea de cómo hacerlo. Siguió con su novio un año más al no reunir el valor para dejarlo, viviendo a todas horas llena de rabia y resentimiento. Tanto si tenía o no derecho a sentir estas emociones, Candace veía cómo su cuerpo lo estaba pagando muy caro.

Candace paga las consecuencias

En noviembre del 2010 cuando por fin fue a ver a un médico, le diagnosticaron la enfermedad de Hashimoto (también conocida como tiroiditis de Hashimoto o tiroiditis linfocítica crónica), una enfermedad autoinmune que se caracteriza porque el sistema inmunológico ataca la glándula tiroides, produciendo un hipotiroidismo (tiroide hipoactiva) con brotes ocasionales de hipertiroidismo (tiroide hiperactiva). Los síntomas de la enfermedad de Hashimoto son aumento de peso, depresión, manía, intolerancia al calor y al frío, embotamiento, fatiga crónica, ataques de pánico, ritmo cardíaco anormal, hipercolesterolemia, bajo nivel de azúcar en la sangre, estreñimiento, migrañas, debilidad muscular, rigidez articular, calambres, pérdida de memoria, problemas visuales, infertilidad y pérdida de cabello, muchos de los cuales los sufría Candace.

Durante la consulta, el endocrinólogo le dijo que su enfermedad era genética y que no había nada que hacer. Padecería la enfermedad de Hashimoto el resto de su vida y debería tomar medicación para la tiroides indefinidamente, porque el conteo de sus anticuerpos nunca cambiaría. Pese a descubrir más tarde que no tenía antecedentes familiares en cuanto a esta enfermedad, la suerte parecía estar echada.

Recibir un diagnóstico le dio a Candace el inesperado regalo de tomar conciencia de la realidad. Saltaba a la vista que necesitaba una llamada de atención y ahí la tenía. El deterioro físico de su cuerpo la había hecho reflexionar en el pasado y ver la verdad de quién había estado siendo. Comprendió que ella había creado la enfermedad autoinmune que la estaba destruyendo lentamente a nivel físico, emocional y mental. Había vivido en un estado constante de emergencia, volcando toda su energía en mantenerse a salvo en el mundo exterior sin reservar ni una pizca para mantener su mundo interior. Y su sistema inmunológico ya no podía aguantarlo más.

Pese al miedo cerval que le daba cambiar y también lo desconocido, al cabo de cinco meses decidió cortar con su pareja. Vio que esta malsana relación no le hacía ningún bien. Candace se preguntó: ¿Qué es mejor? ¿Seguir con esta relación tan disfuncional y hundirme más aún en un pozo sin fondo? ¿O elegir la libertad y nuevas posibilidades? Esta es mi oportunidad para llevar una vida nueva y distinta.

La adversidad de Candace se convirtió en la génesis de su evolución personal, introspección y expansión. Se descubrió al borde del precipicio, deseando lanzarse a lo desconocido. Su decisión de saltar al vacío y de cambiar se transformó en una experiencia apasionante. Así que saltó a esa infinidad de posibilidades y potenciales, movida por su deseo de dejar de hacer lo que no le convencía, para reprogramar su código biológico.

Fue un momento decisivo en su vida. Como había leído mis dos libros anteriores y había asistido a uno de mis primeros talleres, sabía que si aceptaba su diagnóstico y las emociones del miedo, la preocupación, la ansiedad y la tristeza que le causaba, se autosugestionaría y creería solo en los pensamientos afines a esos sentimientos. Podía intentar pensar de manera positiva, pero como su cuerpo se sentía mal, sabía que esto no le iba a funcionar. Hacerlo habría sido elegir el placebo equivocado, el estado del ser equivocado.

Candace decidió no aceptar su enfermedad. Declinó respetuosamente el diagnóstico del médico, recordándose a sí misma que la mente que crea la enfermedad es la misma que crea la salud. Sabía que debía cambiar sus creencias sobre la enfermedad que la comunidad médica le había atribuido. Eligió no dejarse sugestionar por los consejos ni las opiniones del médico, porque no se sentía aterrada, victimizada ni triste.

A decir verdad, se sentía optimista y entusiasmada, y estas emociones generaron una nueva serie de pensamientos que le permitieron ver una posibilidad nueva. No aceptó el diagnóstico, el pronóstico ni el tratamiento que el médico le propuso; ni creyó apresuradamente en los resultados y el destino más probables; ni se entregó permanentemente al diagnóstico o al plan de tratamiento. No condicionó a su cuerpo a la peor situación posible, ni esperó el mismo resultado previsible que los demás, ni le dio el mismo significado que le dieron otros pacientes con la misma enfermedad. Al tener una distinta actitud, su estado del ser también era ahora distinto.

Candace se pone manos a la obra

Si bien Candace no aceptó su enfermedad, le quedaba un largo trecho por recorrer. Sabía que debía cambiar su creencia sobre su dolencia y tomar una decisión que conllevara una energía más poderosa que la de los programas grabados en su cerebro y la de las adicciones emocionales de su cuerpo, para que este pudiera responder a una mente nueva. Solo entonces su energía cambiaría hasta el punto de reprogramar sus programas subconscientes y eliminar su pasado neurológica y genéticamente, lo cual fue exactamente lo que empezó a ocurrir.

A pesar de haberme oído decir todo esto antes y de conocer esta información intelectualmente, nunca lo había aplicado a su propia vida. En el primer taller al que asistió tras recibir el diagnóstico, se veía agotada y estuvo todo el rato adormilada en la silla. Yo sabía que Candace estaba luchando.

Cuando acudió al siguiente taller, llevaba poco más de un mes tomando la medicación para la tiroides que regulaba el desequilibrio de su estado químico, y se veía más atenta e interesada. Las historias que conté durante el fin de semana le resultaron sumamente inspiradoras. Al oír que algunas personas se negaban a ser víctimas de las circunstancias de su mundo exterior y que se daban esas curaciones tan extraordinarias, decidió ser su propio proyecto científico.

De modo que emprendió el viaje. Sabía, por los conocimientos de epigenética y neuroplasticidad adquiridos en mis talleres, que ya no era una víctima de la enfermedad y usó sus conocimientos para ser proactiva. Al darle un distinto significado a su futuro, lo encaró con un distinto propósito. Cada día se despertaba a las cuatro y media de la madrugada para meditar y empezar a condicionar su cuerpo a una mente nueva. Procuró vivir el presente, ya que vio que no lo había estado haciendo.

Como quería ser feliz y estar sana, se esforzó al máximo para recuperar su vida. Aun así, al principio no le resultó fácil hacerlo y se sintió muy frustrada al ver que no conseguía sentarse a meditar durante un determinado espacio de tiempo. Había condicionado el cuerpo a ser la mente llena de frustración, ira, impaciencia y victimismo, y era lógico que este se rebelara. Candace debía obligarlo a vivir el presente como si estuviera adiestrando a un animal indisciplinado. Cada vez que lo hacía, lo estaba condicionando a una nueva mente al tiempo que se liberaba un poco más de las cadenas de su adicción emocional.

Cada día procuraba en sus meditaciones ir más allá de su cuerpo, el entorno y el tiempo. Se negaba a levantarse siendo la misma persona que la que se había sentado a meditar, porque la antigua Candace era la que se había convertido en una persona enojada, frustrada y adicta químicamente a sus circunstancias exteriores. Y ya no quería ser esa persona nunca más. Se escuchaba en sus meditaciones, esforzándose en cambiar su estado del ser, y no descansó hasta llegar a amar la vida porque sí, en un estado de puro agradecimiento.

Aplicó todos los conocimientos adquiridos de mis talleres, CD y libros (se los leyó más de una vez), y de las notas que había tomado en mis cursos. Estaba grabando una información nueva en su cerebro a fin de prepararse para una nueva experiencia curativa. Descubrió que cada vez era más capaz de evitar activar y reforzar las antiguas conexiones neurológicas de la ira, la frustración, el resentimiento, la arrogancia y la desconfianza, y de activar y reforzar las nuevas conexiones neuronales del amor, la alegría, la compasión y la bondad. Sabía que estaba reduciendo las conexiones antiguas y creando otras nuevas. Y cuantas más veces procuraba conseguir un estado de fortaleza interior, más se transformaba.

Con el correr del tiempo se fue sintiendo muy agradecida por estar viva, y vio que allí donde había armonía, la incoherencia no tenía cabida. Se decía a sí misma: Ya no soy la Candace de antes, ni sigo reafirmando más esa existencia. Perseveró en ello durante meses y meses. Y cuando se descubría volviendo a ese nivel más bajo en el que se sentía enojada o frustrada por las condiciones de su mundo exterior, o enferma o infeliz, procuraba enseguida cambiar de chip. Al cambiar rápidamente su estado del ser, iba acortando los periodos en que esas emociones se apoderaban de ella, volviendo cada vez menos a su cambiante y temperamental personalidad de antes.

Algunos días se sentía tan mal que no quería levantarse de la cama, pero lo hacía de todos modos y meditaba. Se decía que cada vez que transmutaba esas emociones inferiores en emociones elevadas, se estaba liberando biológicamente de su pasado y «bombeando» su cerebro y su cuerpo para vivir un nuevo futuro. Empezó a ver que merecía la pena seguir con su trabajo interior y al poco tiempo en lugar de costarle hacerlo, ya le salía sin más.

Gracias a su tenacidad diaria, advirtió al cabo de poco un gran cambio y se empezó a sentir mejor. En cuanto dejó de ver el mundo con una mente llena de miedo y frustración y lo contempló con una mente compasiva, afectuosa y agradecida, empezó a comunicarse con los demás de otra manera. Ahora gozaba de más energía y podía pensar con mayor claridad.

Se dio cuenta de que ya no reaccionaba de la misma forma a las circunstancias habituales de su vida, porque sus antiguas emociones basadas en el miedo ya no seguían grabadas en su cuerpo. Estaba superando sus reacciones viscerales, ahora veía que antes le irritaban ciertas personas y situaciones por culpa de sus propias emociones negativas. Se estaba liberando de ellas.

Parte de su proceso de cambiar consistió en advertir los pensamientos que le venían a la cabeza durante el día sin que se diera cuenta. En sus meditaciones decidió que nunca más le pasarían desapercibidos. Decidió no volver jamás a las conductas y hábitos de su antiguo yo bajo ninguna circunstancia. Hizo borrón y cuenta nueva en el sentido biológico, neurológico y genético, reservándose un tiempo para crear un yo nuevo, y su cuerpo empezó a liberar energía. Es decir, estaba pasando de ser partícula a ser onda al liberar las emociones reprimidas como energía en su cuerpo. Su cuerpo había dejado de vivir en el pasado.

La energía liberada le permitió ver el panorama de un nuevo futuro. Candace se preguntó: ¿Cómo me quiero comportar? ¿Cómo me quiero sentir? ¿Cómo quiero pensar? Al levantarse por la mañana durante meses y meses sintiéndose muy agradecida, estaba enseñando emocionalmente a su cuerpo que su nuevo futuro ya había llegado, por lo que enviaba señales nuevas a genes nuevos, y su cuerpo recuperó la homeostasis. Candace descubrió que la compasión era la otra cara de su ira, que la paciencia y la gratitud eran la otra cara de su frustración, y que en la otra cara de su victimismo le aguardaba una creadora deseando crear alegría y bienestar. Era la misma intensa energía en ambas caras, pero ahora ella podía liberarla mientras pasaba de ser partícula a ser onda, del estado de supervivencia al de creación.

Delicioso, delicioso éxito

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