El placebo eres tú

El placebo eres tú


Primera parte: Información » 9 Tres historias de transformación personal

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Cuando Candace volvió a ver a su médico varios meses después del diagnóstico, él se quedó anonadado por el cambio de su paciente. Las analíticas habían salido perfectas. En la primera serie de pruebas de febrero del 2011, los niveles de la hormona estimulante de la tiroides (TSH, del inglés thyroid-stimulating hormone) fueron de 3,61 (eran elevados) y el conteo de anticuerpos de 638 (revelaba un gran desequilibrio). Pero en septiembre del 2011 sus niveles de TSH se habían normalizado a 1,15 y el conteo de sus anticuerpos fue de 450, un nivel saludable, aunque ya no siguiera tomando ninguna medicación. Se había curado a sí misma en menos de un año.

El médico quiso saber qué había estado haciendo para obtener unos resultados tan asombrosos.

Parecía demasiado bueno para ser verdad. Candace le explicó que al ver que había sido ella la que había creado su enfermedad, decidió hacer un experimento consigo misma para descrearla. Le contó que al meditar a diario y tener emociones elevadas, había estado enviando epigenéticamente señales nuevas a genes nuevos en lugar de dejar que las emociones poco sanas siguieran enviando señales a los antiguos genes. Le explicó que había estado imaginándose a diario en quién quería convertirse y que había dejado de reaccionar a todas las situaciones de su entorno exterior como un animal en el estado de supervivencia: luchando, huyendo, pateando o gritando. Su entorno seguía siendo básicamente el mismo, pero ahora ella respondía siendo más afectuosa consigo misma.

El médico exclamó de lo más sorprendido: «¡Ojalá todos mis pacientes fueran como tú, Candace! ¡Tu historia es increíble!»

Candace no sabe exactamente cómo se ha curado. Ni tampoco le importa. Lo único que sabe es que ahora es otra persona.

Al cabo de un tiempo cené con Candace, cuando hacía meses que había dejado de medicarse y ya no tenía ningún síntoma. Gozaba de una salud envidiable, el cabello le había vuelto a crecer y se sentía de maravilla consigo misma. Me dijo una y otra vez que ahora le encantaba la vida que llevaba.

Yo le respondí riendo: «Te has enamorado de la vida y ella te devuelve con creces tu amor. Y haces bien en sentirte así, porque ¡eres la que has estado creando esta situación a diario durante meses!»

Candace me contó que confiaba en la existencia de un campo infinito de potenciales y sabía que había algo más allá de ella que le había ayudado a curarse. Lo único que había hecho era trascenderse a sí misma, entrar en el sistema nervioso autónomo y sembrar las semillas para una nueva vida. Y sin saber cómo, había ocurrido sin más, y a partir de entonces se había sentido mejor que nunca.

Ahora lleva una vida totalmente distinta a la de cuando le diagnosticaron la enfermedad de Hashimoto. Es soda empresarial de un curso de desarrollo personal sobre superación personal y autoestima, y también trabaja en una compañía. Mantiene una afectuosa relación de pareja, ha hecho nuevas amistades y goza de nuevas oportunidades en el mundo de los negocios. Una personalidad nueva acaba creando una realidad personal nueva.

Un estado del ser es una fuerza magnética que atrae situaciones afines a él, de ahí que cuando Candace se enamoró de sí misma, también atrajo una pareja cariñosa. Como se sentía valiosa y llena de respeto hacia sí misma y por la vida en sí, empezaron a surgirle oportunidades que le permitieron contribuir con su granito de arena, ser respetada y crear un mundo mejor. Y cuando adquirió su nueva personalidad, la antigua era como si perteneciera a otra vida. Su nueva fisiología empezó a crear unos mayores niveles de alegría e inspiración y entonces su enfermedad quedó atrás, en el pasado, junto con su antigua personalidad. Candace se había convertido en otra persona.

Aunque esto no significa que ahora sea adicta a la alegría, sino que ha dejado de serlo a la infelicidad. Cuando empezó a sentirse más feliz, descubrió que en la vida siempre podemos sentir más dicha, alegría y amor, porque cada experiencia produce una distinta mezcla de emociones. Empezó a desear realmente los retos de su vida para averiguar hasta qué punto podía convertir esa información en transformación.

La última lección que extrajo fue que su enfermedad y sus retos no eran de nadie más, sino de ella. En su antiguo estado del ser había estado convencida de ser víctima de su relación, de las circunstancias exteriores y de lo que le pasaba en la vida. Percatarse de su error, responsabilizarse de sí misma y de su vida —y comprender que lo que le había sucedido no tenía nada que ver con el exterior— fue tremendamente inspirador y al mismo tiempo uno de los mejores regalos que podía haber pedido.

Historia de Joann

Joann había estado viviendo la mayor parte de su vida a un ritmo trepidante. Esta mujer de 59 años, madre de cinco hijos, era también una esposa entregada a su familia, una empresaria de éxito y una emprendedora que hacía malabarismos para compatibilizar los quehaceres domésticos, la dinámica familiar, una carrera prometedora y un próspero negocio. Si bien su objetivo era mantenerse cuerda, sana y equilibrada, no podía imaginar otra clase de vida que la existencia intensa, arrolladora y ocupada que llevaba. Estaba viviendo a tope, demostrando a todos lo activa y aguda que era su mente. Joann se desvivía a todas horas por hacer el máximo de tareas posible, ejecutándolas al mismo tiempo a un nivel excepcional. Era una líder admirada a la que muchos recurrían a diario para pedirle consejo. Sus coetáneos la llamaban «superwoman» y así era, o al menos eso era lo que ella creía.

Pero todo acabó abruptamente en enero del 2008, cuando, tras salir del ascensor, Joann se derrumbó a 15 metros de distancia de la puerta de su piso. Aquel día no se encontraba bien y había ido a un centro médico a hacerse un chequeo. En cuestión de segundos su mundo dio un giro de 360 grados y se descubrió aferrándose a la vida.

Después de ocho meses de someterse a pruebas, los médicos le diagnosticaron esclerosis múltiple secundaria progresiva (EMSP), una enfermedad crónica que se caracteriza porque el sistema inmunitario ataca el sistema nervioso central. Los síntomas varían mucho dependiendo de cada uno, pero pueden empezar creando entumecimiento en una pierna o un brazo y acabar derivando en parálisis e incluso en ceguera. Los síntomas no solo pueden ser físicos, sino también conllevar problemas cognitivos y psiquiátricos.

En los últimos catorce años los síntomas de Joann habían sido tan vagos y esporádicos que no les había dado importancia, creía que se debían al frenético estilo de vida que llevaba. Pero ahora su trastorno tenía una etiqueta y le sentó como una sentencia a cadena perpetua sin ninguna posibilidad de recibir la libertad condicional. Se descubrió arrojada en las profundidades del mundo médico occidental, acosada por sus fuertes creencias de que la esclerosis múltiple era una enfermedad incurable.

Varios años antes del diagnóstico, Joann había dejado aparcado el negocio familiar en Calgary para cambiar de vida y mudarse a Vancouver, en la costa oeste de Canadá, algo que su familia llevaba años deseando hacer. Después de la mudanza Joann se enfrentó a un reto tras otro mientras la situación económica y los recursos familiares se iban reduciendo, hasta que se quedaron en una situación muy precaria. La autoestima, la confianza en sí misma y la salud de Joann se resintieron mucho. Su estado mental y físico empezó a declinar en cuanto descubrió que era incapaz de superar su entorno. La situación económica fue empeorando día a día, a la vez que los factores estresantes aumentaban. Al poco tiempo la familia ni siquiera podía cubrir sus necesidades básicas de comida y un techo bajo el que cobijarse. A principios del 2007 Joann, a la que todo el mundo tenía por una superwoman, tocó fondo y antes de acabar el año la familia regresó a Calgary.

La esclerosis múltiple es una enfermedad inflamatoria en la que las vainas de mielina protectoras de las células nerviosas del cerebro y de la médula espinal se deterioran, junto con las fibras nerviosas, por lo que el sistema nervioso no puede comunicarse con distintas partes del cuerpo ni transmitir señales adecuadamente. El tipo de esclerosis múltiple que Joann desarrolló era progresiva, avanza con el tiempo y suele acabar causando problemas neurológicos permanentes, sobre todo en la etapa avanzada. Los médicos le dijeron que la enfermedad era incurable.

Al principio Joann estaba decidida a no dejar que la esclerosis múltiple la definiera. Sin embargo su discapacidad física empeoró rápidamente, junto con un declive cognitive. A medida que sus limitaciones aumentaban, tuvo que depender de los demás para los cuidados básicos. Debido a sus problemas sensoriales y motores, se vio obligada a usar muletas, un andador y una silla de ruedas. Al final tuvo que desplazarse con un escúter para minusválidos.

Cuando su vida se derrumbó era lógico que Joann se viniera abajo. Su cuerpo le hizo al fin el favor que se había estado negando a sí misma, es decir, la obligó a pararse en seco y exclamar «¡Basta!» Se había exigido demasiado. Si bien en los primeros años de su carrera había triunfado, creía ser una fracasada la mayor parte del tiempo al estar constantemente juzgándose a sí misma y pensando que podía hacer mejor su trabajo. Nunca estaba satisfecha consigo misma. Por más cosas que hiciera, nunca le bastaban.

Y lo más importante era que no quería dejar de llevar ese frenético ritmo de vida, porque lo usaba para evadirse de su sensación de fracaso. Estaba siempre volcada en el mundo exterior —en sus distintas experiencias con personas y cosas en distintos momentos y lugares de su vida—, para no tener que fijarse en su mundo interior de los pensamientos y sentimientos.

Joann se había pasado la mayor parte de su vida apoyando a los demás —celebrando sus éxitos y animándoles—, pero nunca dejaba que nadie viera lo que iba mal en su vida. Ocultaba su dolor a todo el mundo. Se pasaba el día dando energía, pero nunca la recibía de los demás, no se lo permitía a sí misma, por eso había estado toda la vida negándose su propia evolución personal al no expresar nunca lo que sentía. Es lógico que cuando Joann intentó cambiar su mundo interior usando las condiciones de su mundo exterior, manifestara inevitablemente solo fracasos.

Cuando al final se vino abajo, se sentía tan débil y abatida que apenas le quedaban fuerzas para luchar por sobrevivir. Todo aquel tiempo que había estado viviendo en un estado de emergencia, reaccionando constantemente a las condiciones de su mundo exterior, la había dejado sin vitalidad, consumiéndole toda la energía de su mundo interior, el lugar donde se produce la regeneración y la curación. Se había quedado vacía.

Joann cambia su mente

Pero lo que Joann sabía con certeza era que las lesiones cerebrales y medulares que aparecían en las IRM (imagen por resonancia magnética) no habían sucedido de la noche a la mañana. Su cuerpo se había ido consumiendo poco a poco desde el mismo núcleo: el sistema nervioso central. Después de estar ignorando los síntomas durante todos esos años, ahora había llegado al punto de «perder los nervios» porque le daba miedo mirar en su interior. Aquellas sustancias químicas diarias habían estado llamando sin cesar a las puertas de sus células y al final los genes vinculados a las enfermedades habían respondido a la llamada activándose.

Postrada en cama, se fijó la primera meta de ir deteniendo la progresión de la esclerosis múltiple. Había leído mi primer libro y sabía que su cerebro no distinguía entre lo que ella podía crear con sus pensamientos y una experiencia real externa, y que la práctica mental le permitiría cambiar su cerebro y su cuerpo. Empezó a imaginarse haciendo yoga, y a las pocas semanas de practicarlo a diario logró adoptar varias posturas físicas —incluso algunas de pie—. Estos resultados la motivaron enormemente a seguir con ello.

Cada día Joann «bombeaba» su cerebro y su cuerpo con sus pensamientos. Al igual que los sujetos del capítulo 5 que al repasar mentalmente los ejercicios de piano crearon los mismos circuitos neurológicos que los que los practicaron físicamente, estaba instalando los circuitos en su cerebro como si ya estuviera caminando y moviéndose con su cuerpo. ¿Recuerdas los sujetos de varios estudios sobre levantamiento de pesas que aumentaron su fuerza muscular levantando pesas y flexionando los bíceps mentalmente? Joann, al igual que ellos, sabía que podía hacer que su cuerpo sintiera que ya se estaba empezando a curar al cambiar literalmente su mente.

Al cabo de poco ya fue capaz de levantarse durante unos instantes y más tarde consiguió andar con la ayuda de un bastón. Le temblaban las piernas al hacerlo y seguía desplazándose con un escúter, pero al menos ya no estaba postrada en cama autocompadeciéndose. Había logrado dar un giro a su vida.

Cuando empezó a meditar a diario para silenciar la cháchara de su mente, advirtió lo triste y enojada que estaba. Las puertas de la presa se abrieron de golpe. Descubrió que se sentía débil, aislada, rechazada e inútil la mayor parte del tiempo. Desequilibrada, desorientada y desconectada, le daba la impresión de haber perdido una parte esencial de sí misma. Observó cómo hacía lo imposible por complacer a los demás, olvidándose de sí misma, y su incapacidad de vivir sin culpabilizarse. Admitió que siempre estaba intentando controlar el caos en el que parecía estar envuelta sin lograrlo nunca. En el fondo siempre lo había sabido, pero había decidido ignorarlo, siguiendo adelante a toda costa fingiendo que todo le iba bien en la vida.

Por más doloroso que fuera, Joann se dedicó a observar cómo había creado su propia enfermedad. Decidió advertir todos los pensamientos, acciones y emociones subconscientes que la definían como la personalidad que había creado esa realidad personal. Sabía que en cuanto observara quién estaba siendo, podría cambiar esos aspectos suyos. Cuanto más se percataba de su yo inconsciente y de su estado del ser, más cosas descubría de sí misma.

A principios del 2010 Joann advirtió que la progresión de la esclerosis múltiple se había ralentizado y decidió fijarse el objetivo de frenarla. En mayo, cuando le mencionó esta idea a un neurólogo que le preguntó cuáles eran sus metas en cuanto a su enfermedad, él dio por terminada la cita bruscamente. Pero este incidente en lugar de desanimarla hizo que se propusiera alcanzar su objetivo con más fuerza aún.

Joann lleva su curación a un nuevo nivel

Cuando asistió a mi taller en Vancouver, no podía andar sin ayuda. Durante el fin de semana les pedí a los participantes que generaran una firme intención en su mente y la combinaran con una emoción elevada en su cuerpo. El objetivo era volver a condicionar al cuerpo a una mente nueva, en lugar de seguirlo condicionando con las emociones del estado de supervivencia. Quería que abrieran su corazón y le enseñaran a su cuerpo emocionalmente cómo sería vivir en el futuro deseado. Era el ingrediente que le faltaba a Joann en su práctica mental diaria. Aceptar la idea de llegar a andar de 6 a 8 metros solo con la ayuda del bastón le entusiasmó. Ahora estaba añadiendo el segundo elemento del efecto placebo a la ecuación: esperar con entusiasmo el resultado deseado.

Esta combinación —convencer a su cuerpo emocionalmente de que ya estaba experimentando en el presente la curación futura— la llevaría al siguiente nivel. Su cuerpo, como mente inconsciente, tenía que creérselo para que le funcionara. Si conseguía sentir la dicha de estar sana y agradecerlo antes de curarse, su cuerpo saborearía una muestra de su futuro en el presente.

Le sugerí que prestara mucha atención a sus pensamientos, ya que eran los responsables de su enfermedad. Le insistí en que fuera más allá de la personalidad asociada con su dolencia para crear tanto una personalidad como una realidad personal nuevas. Ahora podía darle un significado y una intención a lo que estaba haciendo.

Tras asistir a ese taller, Joann al cabo de dos meses participó en otro más avanzado en Seattle. Como el día antes de ir se le había estropeado el escúter usó su silla de ruedas motorizada para desplazarse. A pesar de que al principio se sintió más vulnerable por esta razón, en el taller advirtió al poco tiempo que se movía mejor. Su recuerdo asociativo relacionado con la experiencia positiva del último evento y la esperanza de obtener mejores resultados incluso en ese taller fue lo que inició ese proceso. Si el 29 por ciento de los pacientes sienten náuseas antes de recibir los tratamientos de quimioterapia (como has visto en el capítulo 1), entonces quizá era posible que algunos participantes del taller experimentaran una sensación de bienestar anticipatorio al volver a ese tipo de ambiente. Fuera cual fuese el detonante, Joann vio una nueva posibilidad y empezó con entusiasmo a aceptar emocionalmente ese futuro en el presente.

Durante la última meditación realizada en el taller Joann vivió un momento mágico, sintió un tremendo cambio interior y algo que la emocionó profundamente. En cuanto accedió a su sistema nervioso autónomo, y este recibió las instrucciones y se ocupó de todo, notó que su cuerpo cambiaba de pronto. Se sintió animada, feliz y libre. Después de meditar se levantó de la silla siendo una mujer distinta, ya no era la misma que se había sentado en ella, se encontraba en un nuevo estado del ser. Se encaminó a la parte frontal, sin usar ni siquiera el bastón, y cruzó la sala ufana, con los ojos abiertos de asombro y riendo como una niña. Pese a haber estado inactivas durante años, ahora podía sentir y mover las piernas.

Lo había conseguido y ¡estaba exultante! Para mi sorpresa, Joann había enviado señales nuevas a nuevos genes durante esa meditación. ¡Había cambiado su estado físico en una hora!

Cuando fue más allá de su identidad de padecer esclerosis múltiple, se convirtió en una persona distinta y en ese momento fue cuando dejó de intentar frenar, detener o revertir su enfermedad. Dejó de intentar demostrarse nada a sí misma, y de demostrárselo a su familia, a los médicos o a cualquier otra persona. Entendió y sintió por primera vez que su verdadero viaje había tenido que ver con la plenitud, que es en lo que consiste siempre una curación verificable. Se olvidó de tener una enfermedad oficialmente confirmada y la desvinculó de esa identidad por un momento. La libertad que esto le produjo y la amplitud de la emoción elevada fueron lo bastante poderosas como para activar un nuevo gen. Joann sabía que la esclerosis múltiple no era más que una etiqueta, como la de «madre», «esposa» o «jefa». Había cambiado esa etiqueta desprendiéndose simplemente de su pasado.

Más milagros

Cuando Joann al terminar el segundo taller llegó a su casa tres días más tarde, se asombró al constatar que los milagros seguían manifestándose. Mientras hacía yoga, ahora ya lo practicaba con el cuerpo —y no solo mentalmente—, advirtió que podía levantar un pie del suelo. Intentó levantar el otro… ¡y lo consiguió! Luego notó que podía doblar el pie por primera vez en años. Y mover los dedos del pie, algo que no había conseguido desde hacía mucho tiempo.

Atónita e impresionada, se echó a llorar de pura alegría. En ese instante supo que todo era posible, no gracias a alguna medicación o procedimiento externo, sino a los cambios internos que había hecho. Sabía que podía ser su propio placebo.

En muy poco tiempo Joann aprendió por sí sola a volver a caminar. Al cabo de dos años, sigue andando sin ayuda y ahora se muestra más jovial y llena de vida. Su cuerpo se ha vuelto más fuerte y puede hacer muchas cosas que había creído no poder realizar nunca más. Y lo más importante es que se siente viva y llena de una infinita alegría. Se siente completa, y como ahora es capaz de recibir, sigue recibiendo curación.

Hace poco me dijo: «Mi vida es mágica, está llena de increíbles sinergias, abundancia y regalos inesperados de toda índole. Borbotea, brilla y vibra con este nuevo reflejo de mí misma mucho más claro. ¡Esta soy yo, la verdadera mujer que he estado intentando controlar y ocultar la mayor parte de mi vida!»

Joann vive ahora la mayor parte del día sintiéndose agradecida. Todavía dedica un rato a advertir sus pensamientos y sentimientos, es decir, cultiva su estado del ser a diario, fijándose en lo que se dice a sí misma y también en lo que piensa de los demás. En sus meditaciones se observa y advierte cómo actúa. Es consciente de sus pensamientos y es muy raro que se inmiscuya alguno que no quiera tener.

Su neuróloga actual está de acuerdo con las decisiones que Joann ha tomado y se ha quedado atónita por sus progresos. Al final ha aceptado el poder de la mente, Joann se lo ha demostrado con sus analíticas y sus informes médicos en los que no aparece la menor traza de esclerosis múltiple.

Laurie, Candace y Joann alcanzaron sus espectaculares remisiones espontáneas sin recurrir a ningún medio exterior. Se curaron al trabajar su interior, sin usar medicamentos, cirugías, terapias o cualquier otra cosa salvo su propia mente. Se convirtieron en su placebo.

Echemos ahora un vistazo científico a los cerebros de algunos otros participantes de mis talleres que cosecharon unos cambios igual de espectaculares, para ver exactamente qué es lo que ocurre durante estas asombrosas transformaciones.

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