El placebo eres tú
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4El efecto placebo en el cuerpo
Un frío y despejado día de septiembre de 1981, un grupo de ocho hombres septuagenarios y octogenarios subieron a varios vehículos y viajaron durante dos horas al norte de Boston, hasta llegar a un monasterio de Peterborough, en New Hampshire. Eran los participantes de un retiro de cinco días de duración en el que les iban a pedir que fingieran volver a ser jóvenes, o al menos tener veintidós años menos. El retiro lo organizaba un equipo de investigadores dirigido por la psicóloga de Harvard Ellen Langer, que a la semana siguiente llevaría al monasterio a otro grupo formado por ocho ancianos. A los participantes del segundo grupo, el grupo de control, les pedirían recordar activamente cómo eran veintidós años atrás, aunque sin intentar fingir tener esa edad.
Cuando el primer grupo de participantes llegó al monasterio, descubrieron que estaban rodeados de todo tipo de pistas que les ayudaban a recrear aquella época del pasado. Ojearon antiguos artículos de la revista Life y del Saturday Evening Post, vieron por la televisión películas y programas que eran populares en 1959, y escucharon por la radio canciones de Perry Como y Nat King Cole. También hablaron de acontecimientos «actuales», como la subida al poder de Fidel Castro en Cuba, la visita a Estados Unidos del primer ministro ruso Nikita Khrushchev e incluso de las hazañas deportivas de la estrella del béisbol Mickey Mantle y del gran boxeador Floyd Patterson. Todos estos elementos estaban ingeniosamente concebidos para ayudarles a imaginar que realmente tenían veintidós años menos.
Transcurridos los cinco días de retiro de cada grupo, los investigadores evaluaron los distintos parámetros de los participantes y los compararon con los que les habían registrado al inicio del estudio. Los cuerpos de los sujetos de ambos grupos habían rejuvenecido fisiológica, estructural y funcionalmente, aunque los del primero (los que fingieron ser más jóvenes) rejuvenecieron mucho más que los del grupo de control, que se limitaron a recordar cómo se sentían veintidós años atrás[1].
Los investigadores descubrieron mejoras en cuanto a la altura, el peso y el modo de andar. La altura de los participantes aumentó al mantenerse más erguidos, sus articulaciones se volvieron más flexibles y sus dedos se alargaron al disminuir la artritis. Su vista y su audición también mejoraron, al igual que su fuerza de prensión. La memoria se les agudizó y sacaron una mejor puntuación en las pruebas de cognición mental (la puntuación del primer grupo aumentó en un 63 por ciento comparado con el 44 por ciento que obtuvo el grupo de control). Los participantes se volvieron más jóvenes literalmente durante esos cinco días, ante los propios ojos de los investigadores.
Langer escribió: «Al final del estudio yo estuve jugando al fútbol americano —aunque reemplazamos los placajes por toques, siguió siendo fútbol— con aquellos hombres, algunos habían prescindido incluso de la ayuda del bastón para andar»[2].
¿Cómo ocurrió? Era evidente que fueron capaces de activar los circuitos cerebrales que les recordaban quiénes habían sido veintidós años atrás y entonces la química de su cuerpo había respondido magníficamente de algún modo. Además de sentirse más jóvenes, se volvieron más jóvenes físicamente, tal como lo demostraba una medición tras otra. Los cambios no solo estaban en su mente, sino que también se apreciaban en su cuerpo.
Pero ¿qué les ocurrió en el cuerpo para producir una transformación física tan asombrosa? ¿Qué podía haber causado todos esos cambios medibles en la estructura y la función física? La respuesta es sus genes, que no eran tan inmutables como crees. Así que analizaré un poco qué son exactamente los genes y cómo actúan.
La desmitificación del ADN
Imagínate una escalera o una cremallera en forma de espiral y te harás una buena idea del aspecto del ácido desoxirribonucleico (conocido más popularmente como ADN). Almacenado en el núcleo de cada célula viva de nuestro cuerpo, el ADN contiene la información en bruto, o las instrucciones, que nos hacen ser quienes somos y lo que somos (aunque como verás dentro de poco, estas instrucciones no son una impronta inalterable que nuestras células deban seguir toda nuestra vida). Cada mitad de esa cremallera del ADN contiene los correspondientes ácidos nucleicos que, juntos, se llaman pares de bases, cada célula está formada por unos tres mil millones de ellos. Los grupos de largas secuencias de estos ácidos nucleicos se llaman genes.
Los genes son pequeñas estructuras únicas. Si sacaras el ADN del núcleo de una célula de tu cuerpo y lo extendieras de punta a punta, mediría casi 2 metros de largo. Y si sacaras todo el ADN de tu cuerpo y lo extendieras de un extremo a otro, equivaldría a la distancia que una nave espacial recorrería si fuera hasta el sol y volviera de él ciento cincuenta veces[3]. Pero si tomaras todo el ADN de casi los siete mil millones de personas del planeta y lo apretujaras, cabría en un espacio tan pequeño como el de un grano de arroz.
Nuestro ADN usa las instrucciones impresas en sus secuencias individuales para producir proteínas. La palabra proteína viene de protas, que en griego significa «de fundamental importancia». Las proteínas son las materias primas usadas por el cuerpo para construir no solo estructuras tridimensionales coherentes (nuestra anatomía física), sino también realizar las complicadas funciones y complejas interacciones de nuestra fisiología. Nuestro cuerpo es en realidad una máquina productora de proteínas. Las células musculares elaboran actina y miosina; las de la piel, colágeno y elastina; las del sistema inmunita- rio, anticuerpos; las de la tiroides, tiroxina; algunas de las oculares, queratina; las de la médula ósea, hemoglobina; y las pancreáticas, enzimas como las proteasas, las lipasas y las amilasas.
Todos los elementos producidos por estas células son proteínas. Las proteínas controlan el sistema inmunitario, digieren la comida, curan las heridas, catalizan las reacciones químicas, mantienen la integridad estructural del cuerpo, producen moléculas elegantes para que las células se comuniquen entre ellas y hacen muchas otras cosas más. En resumen, las proteínas son la expresión de la vida (y de la salud de nuestro cuerpo). La figura 4.1 te muestra una interpretación simplificada de los genes.
Durante sesenta años, desde que James Watson y Francis Crick descubrieran la doble hélice del ADN, se creía lo que en 1970 Watson afirmó ser en un artículo de la revista científica Nature[4] un «dogma fundamental»: que nuestros genes lo determinan todo. Y a medida que iban surgiendo evidencias contradictorias por todas partes, los investigadores tendían a descartarlas afirmando que eran simples anomalías en un sistema complejo[5].
Al cabo de cuarenta y tantos años, en la mente del público en general sigue predominando la idea del determinismo genético. La mayoría de la gente tiene la falsa idea de que nuestro destino genético está predeterminado y que si hemos heredado los genes que nos hacen vulnerables a determinados cánceres, cardiopatías, diabetes o cualquier otro trastorno, no podemos hacer nada, al igual que no podemos cambiar el color de nuestros ojos o la forma de nuestra nariz (a no ser que nos pongamos lentillas y que recurramos a la cirugía estética).
Las noticias de los medios de comunicación respaldan esta idea sugiriéndonos una y otra vez que determinados genes causan esta o aquella enfermedad. Nos han programado para creer que somos víctimas de nuestra propia biología y que nuestros genes, además de tener un poder decisivo sobre nuestra salud, bienestar y personalidad, dictan incluso nuestros asuntos humanos, determinan nuestras relaciones interpersonales y prevén nuestro futuro. Pero ¿somos quienes somos y hacemos lo que hacemos porque nacimos de ese modo? Este concepto implica que el determinismo genético está profundamente arraigado en nuestra cultura y que hay genes para la esquizofrenia, la homosexualidad, el liderazgo y un sinfín de cosas más.
FIGURA 4.1Esta representación simplificada muestra una célula con el ADN alojado en el núcleo. El material genético está formado por hebras individuales parecidas a una cremallera retorcida o a una escalera, llamadas hélices del ADN. Los peldaños de la escalera son los ácidos nucleicos emparejados que actúan como códigos para fabricar proteínas. Un gen es una hebra de ADN de una determinada longitud y secuencia, y se expresa al producir una proteína. Distintas células del cuerpo crean distintas proteínas tanto para mantener la estructura física como las funciones.
Pero estas ideas basadas en noticias del pasado han quedado obsoletas. En primer lugar, no existe por ejemplo ningún gen para la dislexia, el ADHD (trastorno por déficit de atención; del inglés attention deficit hyperactivity disorder) o el alcoholismo, ni tampoco cada enfermedad o variación física está ligada a un gen. Y menos del 5 por ciento de los habitantes del planeta nacen con alguna enfermedad genética: como la diabetes tipo 1, el síndrome de Down o la anemia drepanocítica. En el 95 por ciento restante que desarrolla esta dase de dolencias se debe al estilo de vida o a las conductas[6]. Lo contrario también es cierto: no todas las personas que nacen con los genes asociados a una enfermedad (por ejemplo, alzhéimer o cáncer de mama) acaban desarrollándola. Nuestros genes no son como unos huevos que acaban eclosionando un día u otro. No funcionan así. En realidad, las verdaderas preguntas son si cualquier gen presente en nuestro organismo ya se ha expresado o aún no, y qué es lo que estamos haciendo para señalarle al cuerpo que lo active o lo desactive.
Nuestra forma de ver los genes cambió enormemente cuando los científicos descifraron por fin el genoma humano. En 1990, al comienzo del proyecto, los investigadores esperaban acabar descubriendo que tenemos 140.000 genes distintos. Creían que equivaldrían a esta cantidad porque los genes fabrican proteínas (y supervisan su producción), y el cuerpo humano produce 100.000 proteínas distintas, y además se necesitan 40.000 proteínas reguladoras para fabricar otras proteínas. De modo que los científicos que intentaban descifrar el genoma humano previeron encontrar un gen por proteína, pero al finalizar el proyecto en el 2003 se quedaron asombrados al descubrir que en realidad los seres humanos solo tenemos 23.688 genes.
Desde la perspectiva del dogma fundamental de Watson, esta cantidad de genes no basta para crear nuestro complejo cuerpo, ni para mantenerlo, o ni siquiera para hacer que el cerebro siga funcionando. Si no se encuentra en los genes, ¿de dónde viene toda la información necesaria para crear tantas proteínas y para mantenernos con vida?
El genio de tus genes
La respuesta a esta pregunta llevó a una nueva idea: los genes debían trabajar en una cooperación sistémica los unos con los otros para que muchos se expresaran (activaran) o inhibieran (desactivaran) al mismo tiempo en la célula; la combinación de los genes que se activan en un determinado momento es lo que produce todas las distintas proteínas de las que dependemos para vivir. Imagínate la guirnalda de lucecitas de un árbol navideño: algunas parpadean juntas y otras se apagan al mismo tiempo. O los edificios de una ciudad recortados contra el horizonte nocturno, con las luces de las habitaciones de cada edificio encendiéndose o apagándose a medida que transcurre la noche.
Aunque esto no ocurre al azar. El genoma o las hebras del ADN saben lo que cada una de las otras partes está haciendo en una interconexión sumamente coreografiada. Cada átomo, molécula, célula, tejido y sistema del cuerpo funciona a un nivel de coherencia energética que equivale al del estado del ser intencionado o involuntario (consciente o inconsciente) de la personalidad individual[7]. Así que es lógico que los genes puedan activarse (encenderse) o desactivarse (apagarse) debido al entorno del exterior de la célula, lo cual algunas veces significa el entorno dentro del cuerpo (el estado del ser emocional, biológico, neurológico, mental, energético e incluso espiritual), y otras, al entorno exterior al cuerpo (un trauma, la temperatura, altitud, contaminación, bacterias, virus, comida, alcohol, etcétera).
En realidad, los genes se clasifican por la clase de estímulo que los activa y desactiva. Por ejemplo, los genes que dependen de la experiencia o la actividad se activan cuando estamos teniendo experiencias nuevas, asimilando una nueva información y curándonos. Estos genes generan síntesis proteicas y mensajeros químicos para ordenar a las células madre que se metamorfoseen en cualquier tipo de células que uno necesite en ese momento para curarse (dentro de poco trataré con más detalle las células madre y su papel en la curación).
Los genes que dependen del estado conductual se activan durante periodos de un intenso estado emocional, de estrés o de diferentes niveles de conciencia (como el sueño). Tienden un puente entre nuestros pensamientos y el cuerpo, es decir, son la conexión mente-cuerpo. Estos genes nos ayudan a entender cómo podemos influir en nuestra salud a través de estados mentales y corporales que fomentan el bienestar, la resistencia física y la curación.
Los científicos ahora creen que es incluso posible que nuestra expresión genética fluctúe a cada momento. Las investigaciones están revelando que nuestros pensamientos y sentimientos, y también nuestras actividades —es decir, nuestras decisiones, conductas y experiencias—, producen unos profundos efectos curativos y regenerativos en nuestro cuerpo, como descubrieron los participantes del estudio del monasterio. Tus genes son por tanto influidos por tus interacciones con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo, por tus prácticas espirituales, y también por tus hábitos sexuales, la cantidad de ejercicio que haces y la clase de detergentes que usas. La última investigación realizada demuestra que cerca del 90 por ciento de genes participan en colaboración con las señales procedentes del ambiente[8]. Y si nuestras experiencias son las que activan una buena cantidad de genes, en este caso un ambiente propicio influye en nuestra naturaleza. ¿Por qué no utilizar entonces el poder de esas ideas para hacer todo lo posible para maximizar nuestra salud y minimizar nuestra dependencia al recetario?
Como Ernest Rossi escribe en La psicobiología de la expresión genética: «Nuestros estados mentales subjetivos, nuestro comportamiento motivado conscientemente y nuestra percepción del libre albedrío pueden modular la expresión genética para optimizar la salud»[9]. Las personas pueden alterar sus genes en su propia generación, según las últimas ideas científicas. Si bien el proceso de la evolución genética lleva miles de años, al cambiar de conducta o vivir una experiencia novedosa puedes alterar la expresión de un gen en cuestión de minutos y transmitirla a la siguiente generación.
En lugar de ver los genes como tablillas de piedra en las que se ha esculpido nuestro destino, es mejor considerarlos como depósitos que contienen una cantidad inmensa de información codificada o incluso como bibliotecas enormes llenas de posibilidades para la expresión de proteínas. Pero no podemos recuperar la información almacenada para usarla como lo haría una compañía que pidiera un artículo de su almacén. Más bien es como si no supiéramos qué hay en el almacén o cómo acceder a él, por eso usamos una parte muy pequeña de lo que disponemos. De hecho, solo expresamos un 1,5 por ciento de nuestro ADN, el 98,5 restante permanece latente en el cuerpo. (Los científicos lo llaman «ADN basura», pero en realidad no es basura, lo que pasa es que aún desconocen cómo se utiliza todo este material, aunque al menos saben que una parte de él es el que se ocupa de crear las proteínas reguladoras.)
«En realidad los genes contribuyen a dar forma a nuestras características, pero no las determinan —escribe Dawson Church en su libro El genio en sus genes—. Las herramientas de nuestra conciencia (nuestras creencias, oraciones, pensamientos, intenciones y la fe) suelen tener una correlación más potente con nuestra salud, longevidad y felicidad que los genes.»[10] Al igual que nuestro cuerpo no es solo un saco de carne y huesos, nuestros genes tampoco son simplemente información almacenada.
La biología de la expresión genética
Vamos a analizar ahora con más detenimiento cómo se activan los genes. (Distintos factores intervienen en ello, pero para ceñirnos al tema de la conexión mente-cuerpo, lo explicaré de forma simplificada.)
En cuanto un mensajero químico (por ejemplo, un neuropéptido) del exterior de la célula (del entorno) se acopla a la estación de acoplamiento de la célula y atraviesa la membrana celular, entra en el núcleo, donde se encuentra con el ADN. El mensajero químico modifica o crea entonces una nueva proteína y la señal que acarreaba se traduce en información una vez dentro de la célula. Luego entra en el núcleo de la célula por una ventanita y, dependiendo del contenido del mensaje de la proteína, busca en el interior del núcleo un cromosoma en concreto (una sola pieza del ADN enrollado que contiene muchos genes), como lo harías tú si buscaras un determinado libro en los estantes de una biblioteca.
Cada una de estas hebras está protegida por una cubierta proteica que actúa como un filtro entre la información contenida en la hebra del ADN y el resto del entorno intracelular del núcleo. Para poder seleccionar el código del ADN, esa cubierta ha de ser eliminada o desenvuelta para que el ADN quede expuesto (al igual que tienes que abrir el libro elegido de la biblioteca antes de poder leerlo). El código genético del ADN contiene la información que está esperando ser leída y activada para crear una proteína en concreto. Hasta que esta información no se exponga en el gen al desenvolver la cubierta proteica, el ADN seguirá latente. Es un almacén en potencia de información codificada esperando ser descifrada o abierta. El ADN se puede considerar como una lista de potenciales que está esperando recibir instrucciones para fabricar las proteínas que regulan y mantienen todos los aspectos de la vida.
En cuanto la proteína selecciona el cromosoma, la cubierta que recubre el ADN se abre. Entonces otra proteína regula y prepara toda una secuencia genética del interior del cromosoma (considérala como un capítulo del libro) para leerla de cabo a rabo. En cuanto el gen queda expuesto y es leído se elimina la cubierta proteica, y la proteína reguladora que lo lee produce otro ácido nucleico llamado ácido ribonucleico (ARN).
Ahora el gen se expresa o activa. El ARN sale del núcleo de la célula para unirse a una nueva proteína procedente del código que acarrea el ARN. Ha pasado de ser un plano con un potencial latente a convertirse en una expresión activa. La proteína creada por el gen puede ahora construir, unir, interactuar, restablecer, mantener e influir sobre muchos distintos aspectos de la vida tanto dentro de la célula como fuera de ella. Las figuras 4.2 A, 4.2 B, 4.2 C y 4.2 D muestran una visión general del proceso.
El cuerpo, a modo de un arquitecto reuniendo toda la información necesaria para construir una estructura a partir de un plano, recibe las instrucciones que precisa para crear las moléculas complejas que nos mantienen vivos y que actúan según cuáles sean los cromosomas de nuestro ADN. Pero antes de que el arquitecto lea el plano, es necesario sacarlo de su tubo de cartón y desplegarlo. Hasta entonces no es más que información latente esperando ser leída. Con la célula también ocurre lo mismo: el gen se mantiene inerte hasta que la funda proteica se abre y la célula decide leer la secuencia genética.
Los científicos creían que todo cuanto el cuerpo necesitaba era la información en sí (el plano) para empezar a construir, por eso fue en lo que más se centraron. Apenas se fijaron en el hecho de que se desencadena toda una cascada de acontecimientos al darse la señal fuera de la célula, que en realidad determina cuáles son los genes de su biblioteca que la célula decide leer. La señal, como sabemos, puede provenir de pensamientos, decisiones, conductas, experiencias y sentimientos. Así que es lógico que si logras cambiar estos elementos, puedas influir también en tu expresión genética.
FIGURA 4.2 ALa figura 4.2 A ilustra la señal epigenética entrando en el sitio receptor de la célula. En cuanto el mensajero químico interactúa al nivel de la membrana celular, se envía otra señal en forma de una nueva proteína al núcleo de la célula para seleccionar una secuencia genética.El gen todavía tiene una funda proteica que le protege del entorno exterior, y esta ha de abrirse para que pueda ser leído.
FIGURA 4.2 BLa figura 4.2 B muestra cómo se abre la funda proteica que recubre la secuencia genética del ADN para que otra proteína, llamada proteína reguladora, la desenrolle y lea el gen de un determinado lugar.
FIGURA 4.2 CLa figura 4.2 C muestra cómo la proteína reguladora crea otra molécula, llamada ARN, que organiza la traducción y la transcripción del material codificado genéticamente en una proteína.
FIGURA 4.2 DLa figura 4.2 D ilustra la producción de proteína.El ARN fabrica una nueva proteína de los componentes básicos individuales de proteínas llamados aminoácidos.
Epigenética: cómo unos simples mortales como nosotros podemos jugar a ser Dios
Si nuestros genes no son los que condicionan nuestro destino y si en realidad contienen una enorme biblioteca llena de posibilidades esperando a que las saquemos de los estantes y las leamos, en este caso ¿qué es lo que nos permite acceder a estos potenciales que podrían afectar en gran medida nuestra salud y nuestro bienestar? Los participantes del estudio del monasterio pudieron sin duda acceder a ellos, pero ¿cómo lo lograron? La respuesta se encuentra en la epigenética, un campo relativamente nuevo.
La palabra epigenética significa literalmente «por encima del gen». Se refiere a controlar los genes no desde el interior del ADN, sino desde los mensajes procedentes del exterior de la célula, es decir, del entorno. Estas señales causan un grupo metilo (un átomo de carbono ligado a tres átomos de hidrógeno) para que se adhieran a un determinado punto de un gen, y este proceso (llamado metilación del ADN) es uno de los principales procesos que activan o desactivan los genes. (Otros dos procesos, la modificación covalente de histonas y el ARN no codificante también los activan o desactivan, pero los detalles de estos procesos no son necesarios para el tema que estoy tratando.)
La epigenética nos enseña que nuestro destino no depende de nuestros genes y que un cambio en la conciencia humana puede producir cambios físicos en el cuerpo, tanto en la estructura como en las funciones. Es posible modificar nuestro destino genético activando los genes que queremos y desactivando los que no queremos al trabajar con los distintos factores del entorno que los programa. Algunas de estas señales vienen del interior del cuerpo, como los sentimientos y los pensamientos, y otras de las respuestas del cuerpo al entorno exterior, como la contaminación y la luz solar.
La epigenética estudia todas estas señales externas que le dicen a la célula lo que debe hacer y cuándo ha de hacerlo, analizando tanto las causas que activan, o ponen en marcha, la expresión genética (reactivación) y las que la inhiben o desactivan (re-silenciamiento), y también la dinámica energética que regula el proceso de la función celular a cada momento.
La epigenética sugiere que aunque nuestro código del ADN nunca cambie, son posibles miles de combinaciones, secuencias y estructuras en un solo gen (al igual que son posibles miles de combinaciones, secuencias y estructuras de redes neuronales en el cerebro).
Al estudiar el genoma humano, los científicos vieron que se podían dar tantos millones de posibles variaciones epigenéticas que la cabeza les empezó a dar vueltas solo de pensarlo. El Proyecto del Epigenoma Humano se inició en el 2003 en Europa, justo cuando el Proyecto del Genoma Humano estaba finalizando[11], y algunos investigadores han afirmado que cuando se termine «hará que el Proyecto del Genoma Humano parezca los deberes de unos niños del siglo quince hechos con un ábaco»[12]. Volviendo al modelo del plano, podemos cambiar el color de lo que construimos, la clase de materiales, la escala de la construcción e incluso la ubicación de la estructura —haciendo una cantidad casi infinita de variaciones— sin cambiar el plano en sí.
Un buen ejemplo de la epigenética en acción sería unos hermanos mellizos idénticos que compartieran exactamente el mismo ADN. Si aceptamos la idea del predeterminismo genético —que todas las enfermedades son genéticas—, en ese caso los hermanos mellizos deberían tener exactamente la misma expresión genética. Sin embargo, no siempre manifiestan las mismas enfermedades de la misma forma, y a veces uno manifiesta una enfermedad genética que el otro no desarrolla. Aunque tengan los mismos genes, pueden mostrar distintos resultados.
Un estudio español lo ilustra a la perfección. Un equipo de investigadores del Laboratorio de Epigenética del Cáncer del Centro Nacional del Cáncer en Madrid estudió a 40 pares de mellizos idénticos de 3 a 74 años de edad. Descubrieron que los mellizos más jóvenes que llevaban estilos de vida parecidos y que habían pasado más años juntos, tenían patrones epigenéticos similares; en cambio, los mellizos de más edad, sobre todo los que llevaban estilos de vida distintos y habían pasado menos años juntos, tenían patrones epigenéticos muy distintos[13]. Por ejemplo, los investigadores encontraron que la diferencia en la expresión genética se cuadruplicaba entre un par de mellizos de 50 años en comparación con otro de 3 años de edad.
Los mellizos habían nacido exactamente con el mismo ADN, pero los que llevaban diferentes estilos de vida (y vidas diferentes), acabaron expresando sus genes de muy distinta forma, sobre todo con el paso de los años. Para usar otra analogía, los mellizos de más edad eran como las copias exactas del mismo modelo de un ordenador. Los ordenadores recién salidos de fábrica llevaban los mismos programas informáticos, pero con el paso de los años cada uno le fue añadiendo distintos programas adicionales. El ordenador (el ADN) seguía siendo el mismo, pero dependiendo de los programas que cada mellizo había añadido (las variaciones epigenéticas), un ordenador funcionaría y actuaría de una forma muy distinta al otro. Así que cuando tenemos pensamientos y sentimientos, nuestro cuerpo responde a ellos con una compleja fórmula de cambios y alteraciones biológicas, y cada experiencia desencadena verdaderos cambios genéticos en nuestras células.
La rapidez con la que se dan estos cambios puede ser asombrosa. En solo tres meses, un grupo de 31 hombres con bajo riesgo de sufrir cáncer de próstata lograron reactivar 48 genes (la mayoría relacionados con la inhibición de tumores) y re-silenciar 453 genes (la mayoría relacionados con el desarrollo tumoral) al seguir un régimen intensivo de nutrición y un estilo de vida saludable[14]. Los varones que participaron en un estudio dirigido por Dean Ornish de la Universidad de California en San Francisco, adelgazaron y se les redujo la obesidad abdominal, la tensión arterial y el perfil lipídico a lo largo del estudio. Ornish observó: «Lo más importante no es la reducción del factor de riesgo o la prevención para que no llegue a ocurrir algo malo, ya que estos cambios pueden darse con tanta rapidez que no es necesario esperar años para ver los beneficios»[15].
Y lo más impresionante aún es la cantidad de cambios epigenéticos que tuvieron lugar en un estudio sueco de seis meses de duración, realizado con 23 varones sanos con un ligero sobrepeso, que pasaron de llevar una vida relativamente sedentaria a asistir a clases de spinning y aeróbic dos veces por semana. Los investigadores de la Universidad de Lund descubrieron que esos sujetos habían alterado epigenéticamente 7.000 genes, ¡casi el 30 por ciento de los genes del genoma humano![16]
Estas variaciones epigenéticas pueden incluso heredarlas nuestros hijos y pasárselas a su vez a nuestros nietos[17]. El primer investigador que lo demostró fue Michael Skinner, director del Centro de Biología Reproductiva de la Universidad Estatal de Washington. En el 2005, Skinner dirigió un estudio en el que se expuso a pesticidas a ratas preñadas[18]. Las crías macho de las ratas hembra expuestas tuvieron unos índices de infertilidad superiores y una menor producción espermática, revelando cambios epigenéticos en dos genes. Estos cambios estuvieron también presentes en cerca del 90 por ciento de ratas macho de las cuatro generaciones siguientes, aunque ninguna de ellas hubiera sido expuesta a ningún pesticida.
Nuestras experiencias procedentes del entorno exterior son solo una parte de la historia. Como ya has ido aprendiendo, el significado que le damos a esas experiencias produce un aluvión de respuestas físicas, mentales, emocionales y químicas que también activan genes. Nuestra forma de percibir e interpretar la información que nuestros sentidos captan como información objetiva —tanto si es cierta como si no lo es—, y el significado que le damos producen cambios biológicos importantes a nivel genético. Nuestros genes interactúan con nuestra mente consciente en complejas relaciones. Se podría decir que el significado que le damos a nuestras experiencias está continuamente afectando las estructuras neuronales que influyen en quiénes somos a nivel microscópico, lo cual influye a su vez en quiénes somos a nivel macroscópico.
El estudio de la epigenética también plantea estas preguntas: ¿qué ocurriría si nada cambiara en tu entorno exterior? ¿Si hicieras lo mismo con las mismas personas a la misma hora cada día, cosas que te llevarían a las mismas experiencias que generarían las mismas emociones que enviarían la misma clase de señales a los mismos genes?
Se podría decir que mientras percibas tu vida desde la perspectiva del pasado y reacciones a las condiciones con la misma arquitectura neuronal y desde el mismo nivel mental, te estarás dirigiendo a un destino genético predeterminado muy concreto. Además, lo que crees sobre ti y tu vida, y las decisiones que tomas debido a esas creencias, también hacen que les sigas enviando los mismos mensajes a los mismos genes.
La célula solo puede crear miles de variaciones del mismo gen para reescribir una nueva expresión de proteínas que cambie tu cuerpo cuando se activa de una forma nueva, al recibir nueva información. Tal vez no puedas controlar todos los elementos del mundo exterior, pero puedes manejar muchos aspectos de tu mundo interior. Tus creencias, tus percepciones y tu forma de actuar con el entorno exterior influyen en tu entorno interior, que sigue siendo el entorno exterior de la célula. Esto significa que tú eres —y no tu biología preprogramada— el que tiene las claves para tu destino genético. No es más que una cuestión de encontrar la llave que encaje en la cerradura adecuada que te permita liberar tu potencial. ¿Por qué entonces no ver tus genes como lo que realmente son, como un caudal de posibilidades, unos recursos de potencial ilimitado, un sistema codificado de órdenes personales? Ya que en verdad son un montón de herramientas para la transformación, palabra que significa literalmente «cambiar la forma».
El estrés nos hace vivir en el estado de supervivencia
El estrés es una de las principales causas de cambios epigenéticos porque hace que tu cuerpo pierda el equilibrio. Se da en tres formas: estrés físico (trauma), estrés químico (toxinas) y estrés emocional (miedo, preocupaciones, agobio, etcétera). Cada una de estas clases puede desencadenar más de mil cuatrocientas reacciones químicas y producir más de treinta hormonas y neurotransmisores. Cuando se desencadena esta cascada de sustancias químicas de hormonas del estrés, tu mente influye en tu cuerpo a través del sistema nervioso autónomo y experimentas la fundamental conexión mente-cuerpo.
Lo más curioso es que el estrés estaba concebido para ser adaptativo. Todos los organismos de la naturaleza, incluidos los seres humanos, están programados para afrontar un estrés a corto plazo a fin de disponer de los recursos necesarios ante situaciones de emergencia. Cuando percibes una amenaza en el mundo exterior, se activa la respuesta de lucha o huida del sistema nervioso simpático (un subsistema del sistema nervioso autónomo), y entonces tu ritmo cardíaco y tu tensión arterial aumentan, tus músculos se tensan y tu cuerpo libera hormonas como la adrenalina y el cortisol para prepararse para huir o afrontar el peligro.
Si te persigue una manada de lobos salvajes y hambrientos o un grupo de guerreros violentos y tú los dejas atrás, tu cuerpo volverá a la homeostasis (su estado equilibrado normal) al poco tiempo de desaparecer el peligro. Es la manera en que nuestro cuerpo está diseñado para actuar cuando se encuentra en un estado de supervivencia. El cuerpo pierde el equilibrio, pero solo por un breve tiempo, hasta que el peligro se esfuma. Al menos esta reacción se concibió para esto.
Lo mismo sucede en el mundo moderno, aunque el escenario suele ser algo distinto. Si cuando conduces por la carretera te corta el paso un coche, puede que te asustes por un momento, pero luego te das cuenta de que no te ha pasado nada y al dejar de temer sufrir un accidente tu cuerpo vuelve a su estado normal, a no ser que esta sea una de las innumerables situaciones estresantes con las que te has topado ese día.
Si eres como la mayoría de las personas, una serie de incidentes enervantes te mantendrá con la respuesta de lucha o huida activada —en un estado de desequilibrio— la mayor parte del tiempo. Tal vez el coche que te ha cortado el paso sea la única situación peligrosa real con la que te has topado a lo largo del día, pero el tráfico de camino al trabajo, la presión de tener que preparar una gran presentación, la pelea con tu pareja, el importe de la tarjeta de crédito, el ordenador que se quedó colgado y la nueva cana que viste al mirarte al espejo hacen que las hormonas del estrés sigan circulando por tu cuerpo casi a todas horas.
Entre recordar experiencias estresantes del pasado y prever situaciones estresantes del futuro, todos estos episodios estresantes a corto plazo que se repiten una y otra vez acaban amalgamándose en un estrés a largo plazo. Bienvenido a la versión del siglo veintiuno de vivir en un estado de supervivencia.
En el estado de lucha o huida, tu energía se moviliza para que el cuerpo pueda echar a correr o luchar. Pero cuando no recuperas la homeostasis (porque sigues percibiendo una amenaza), pierdes energía vital. Cuando la usas para otro propósito, en tu mundo interior dispones de menos energía para el crecimiento, la reparación celular y los proyectos regenerativos a largo plazo a nivel celular y de curación. Las células se desactivan, ya no se comunican entre ellas y se vuelven «egoístas». No es el momento para el mantenimiento habitual (y menos todavía para hacer mejoras), porque tu cuerpo está usando tu energía para defenderte de la «amenaza». Cada célula se preocupa solo de ella, con lo que la comunidad de células dejan de actuar juntas. El sistema inmunológico y el endocrino (entre otros) se debilitan a medida que los genes de estas células relacionadas con ellos se ven afectados al desactivarse las señales químicas procedentes del exterior.
Es como vivir en un país donde el 98 por ciento de los recursos se destinasen a la defensa y no quedara nada para invertir en colegios, bibliotecas, construcción y reparación de carreteras, sistemas de comunicación, agricultura y otros proyectos parecidos. Las carreteras se llenan de baches. Las universidades sufren recortes y el nivel académico de los estudiantes baja. Los programas de bienestar social que se ocupaban de los pobres y los ancianos se suprimen. Y no hay bastante comida para alimentar a todos los habitantes del país.
Por eso es lógico que el estrés a largo plazo se asocie con la ansiedad, la depresión, los problemas digestivos, la pérdida de memoria, el insomnio, la hipertensión, las cardiopatías, las embolias, el cáncer, las úlceras, la artritis reumatoide, los resfriados, la gripe, el envejecimiento prematuro, las alergias, el dolor físico, la fatiga crónica, la infertilidad, la impotencia, el asma, los problemas hormonales, las erupciones, la pérdida del cabello, los espasmos musculares y la diabetes, para citar solo algunos trastornos (todos ellos, por cierto, se deben a cambios epigenéticos). En la naturaleza no existe ningún organismo diseñado para aguantar los efectos del estrés a largo plazo.
Varios estudios demuestran sin duda que las instrucciones epigenéticas para la curación se desactivan cuando vivimos en un estado de emergencia. Por ejemplo, un equipo de investigadores del Centro Médico de la Universidad Estatal de Ohio descubrió que el estrés afectaba a más de ciento setenta genes, 100 de los cuales se desactivaban por completo (como muchos que crean directamente proteínas para facilitar la curación adecuada de las heridas). Los investigadores señalaron que las heridas de los pacientes estresados tardaban un 40 por ciento más de tiempo en curarse y que el «estrés inclinaba la balanza genómica hacia los genes que codificaban las proteínas responsables de la detención del ciclo celular, la muerte y la inflamación»[19]. Otro estudio que analizó los genes de 100 ciudadanos de Detroit se centró en 23 sujetos aquejados del trastorno por estrés postraumático[20]. Las variaciones epigenéticas de esos sujetos aumentaron de seis a siete veces más, y la mayoría tenían que ver con la debilitación del sistema inmunitario.
Investigadores del Instituto del Sida de la UCLA descubrieron que el VIH se propagaba más deprisa en los pacientes más estresados, y además cuanto mayor era el grado de estrés del paciente, menos respondía a los fármacos antirretrovirales. Los medicamentos funcionaban cuatro veces más en los pacientes que estaban relativamente tranquilos, comparados con los que tenían una tensión arterial, una hidratación cutánea y un ritmo cardíaco en reposo que indicaban que eran los más estresados[21]. Basándose en esos descubrimientos, los investigadores concluyeron que el sistema nervioso afecta directamente la replicación viral.
Aunque la respuesta de lucha o huida fuera en un principio muy adaptativa (porque mantenía a los hombres de la prehistoria con vida), ahora es evidente que cuanto más esté activado el sistema de supervivencia, de más tiempo carece el cuerpo de los recursos necesarios para mantener una salud óptima, de modo que el sistema se acaba convirtiendo en maladaptativo.
El legado de las emociones negativas
A medida que liberamos hormonas del estrés, creamos un sinnúmero de emociones negativas altamente adictivas, como ira, hostilidad, agresividad, competitividad, odio, frustración, miedo, ansiedad, celos, inseguridad, culpabilidad, vergüenza, tristeza, depresión, desesperanza e impotencia, por citar unas pocas. Cuando nos centramos en pensamientos de recuerdos amargos o en situaciones horribles que nos podrían pasar en el futuro, olvidándonos de todo lo demás, no dejamos que el cuerpo recupere la homeostasis. De hecho, con un mero pensamiento podemos activar la respuesta de estrés. Si la activamos y luego no podemos desactivarla, acabaremos desarrollando algún tipo de enfermedad o trastorno —ya sea un resfriado o un cáncer— a medida que re-silenciamos más y más genes en un efecto dominó, hasta alcanzar nuestro destino genético.
Por ejemplo, si esperas que te ocurra una situación conocida y luego te centras solo en ese pensamiento y en nada más, aunque solamente sea por un momento, el cuerpo empezará a cambiar fisiológicamente para prepararte para ella. El cuerpo está ahora viviendo en ese futuro conocido en el momento presente. Debido a este fenómeno, el proceso de condicionamiento activa el sistema nervioso autónomo y libera automáticamente las correspondientes sustancias químicas del estrés. Así es como la conexión mente-cuerpo puede llegar a actuar en tu contra.
En este tipo de casos, estás manifestando los tres elementos del efecto placebo en perfecta simetría. En primer lugar, empiezas a condicionar a tu cuerpo a sentir el subidón de energía procedente del aluvión de sustancias químicas generado por la adrenalina. Si este aluvión de sustancias químicas de tu interior lo asocias con una determinada persona, objeto o experiencia de un momento y lugar en concreto de tu realidad exterior, solo de pensar en ese estímulo ya estarás condicionando a tu cuerpo para que active la respuesta. Y con el paso del tiempo lo acabarás condicionando a ser la mente al crear con tus pensamientos ese estado emocional de excitación: al pensar en una posible experiencia con alguien o algo en un determinado tiempo y lugar. Si esperas que en el futuro te ocurra una situación basándote en una experiencia del pasado, al esperarla e imaginártela emocionalmente, estarás cambiando la fisiología de tu cuerpo. Y si además le das un significado a tus conductas y experiencias, estarás reforzando el resultado con tu intención, y entonces tu cuerpo cambiará o no dependiendo de lo que creas saber sobre tu realidad y sobre ti.
Pero tanto si crees como si no que el estrés en tu vida está justificado y es válido, sus efectos nunca son buenos ni saludables. Cuando estás estresado tu cuerpo cree que te persigue un león, que cuelgas del vacío en un peligroso acantilado, o que luchas contra caníbales hambrientos. Los siguientes ejemplos procedentes de varios estudios científicos revelan los efectos físicos del estrés.
Investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad Estatal de Ohio confirmaron que las emociones estresantes desencadenan respuestas hormonales y genéticas al evaluar cómo el estrés afectaba la rapidez con que se curaban heridas cutáneas de poca importancia, un marcador importante en la activación genética[22]. A un grupo de 42 parejas casadas les produjeron pequeñas ampollas por succión en la piel y luego les controlaron durante tres semanas los niveles de tres proteínas que se expresan en la curación de heridas. A las parejas que participaban en el estudio les pidieron para empezar que conversaran sobre un tema neutral durante media hora y más tarde que hablaran de alguna pelea conyugal que hubieran tenido.
Los investigadores descubrieron que después de que las parejas discutieran sobre algo en lo que estaban en desacuerdo, les bajaba ligeramente el nivel de proteínas asociadas con la curación (revelando que los genes se habían re-silenciado). Pero la reducción aumentó —cerca de un 40 por ciento— en aquellas parejas que habían acabado discutiendo acaloradamente en una pelea salpicada de sarcasmos, críticas y muestras de desprecio.
Las investigaciones también respaldan el efecto contrario: reducir el estrés con emociones positivas produce cambios epigenéticos que mejoran la salud. Dos estudios fundamentales llevados a cabo por investigadores del Instituto Benson-Henry de Medicina Mente-Cuerpo del Hospital General de Massachusetts en Boston, analizaron los efectos de la meditación, conocida por generar en la expresión genética estados de ánimo serenos e incluso gozosos. En el primer estudio, realizado en el 2008, 20 voluntarios recibieron un entrenamiento de ocho semanas de duración sobre varias prácticas relacionadas con la conexión mente-cuerpo (como diversas clases de meditación, yoga y oraciones repetitivas) conocidas por inducir la respuesta de relajación, un estado fisiológico de un profundo descanso (se describe en el capítulo 2)[23]. Los investigadores también hicieron un seguimiento a 19 personas que llevaban tiempo practicando a diario las mismas técnicas.
Al finalizar el estudio, los principiantes en esta clase de prácticas mostraron cambios en 1.561 genes (reactivaron 874 relacionados con la salud y re-silenciaron 687 relacionados con el estrés), y una reducción de la tensión arterial y el ritmo cardíaco y respiratorio. Y los meditado- res expertos también expresaron 2.209 genes nuevos. La mayoría de los cambios genéticos tenían que ver con mejorar las respuestas del cuerpo ante el estrés psicológico crónico.
El segundo estudio, realizado en el 2013, reveló que la activación de la respuesta de relajación había producido cambios en la expresión genética al cabo de tan solo una sesión de meditación tanto en los participantes novatos como en los experimentados (los que llevaban mucho tiempo meditando fueron, como es lógico, los que obtuvieron más beneficios)[24]. Entre los genes reactivados se encontraban los relacionados con la función inmunológica, los que metabolizan la energía y los que secretan insulina, y entre los genes re-silenciados, los que tenían que ver con la inflamación y el estrés.
Esta clase de estudios ponen de relieve la rapidez con la que podemos cambiar nuestros propios genes. Por eso la respuesta placebo puede producir cambios físicos en cuestión de segundos. En los talleres que doy por todo el mundo, mis colegas y yo hemos presenciado cambios importantes e inmediatos en la salud de los participantes después de solo una sesión de meditación. Por medio de sus pensamientos, se transformaron a sí mismos y activaron genes nuevos de nuevas formas. (Dentro de poco describiré algunos de esos casos.)
Cuando vivimos en un estado de supervivencia, con la respuesta de estrés activada constantemente, solo podemos centrarnos en tres cosas: el cuerpo físico (¿Estoy bien?), el entorno (¿Dónde hay un lugar seguro?) y el tiempo (¿Durante cuánto tiempo me estará acechando esta amenaza?) Estar constantemente centrados en estos tres elementos nos hace menos espirituales, conscientes y lúcidos, porque al final nos acostumbramos a estar absortos en nosotros mismos y a centrarnos más en nuestro cuerpo y en otras cosas materiales (como lo que poseemos, dónde vivimos, cuánto dinero ganamos, etcétera), y en todos los problemas que tenemos en nuestro mundo exterior. Esta actitud hace que al final nos obsesionemos con el tiempo —y que estemos imaginando constantemente las peores situaciones basándonos en nuestras experiencias traumáticas del pasado—, porque siempre vamos escasos de él y nunca tenemos bastante para todo lo que queremos hacer.
Se podría decir que las hormonas del estrés hacen que las células de nuestro cuerpo se vuelvan egoístas para asegurarse de que sobrevivamos y, al mismo tiempo, que nuestro ego se vuelva avaro, por lo que acabamos convirtiéndonos en unos materialistas que definimos la realidad a través de nuestros sentidos. Acabamos cerrándonos a nuevas posibilidades, porque cuando nunca salimos del estado crónico de emergencia en el que vivimos, la mentalidad de «yo ante todo» que impregna nuestro modo de pensar se refuerza y perdura, con lo que nos volvemos demasiado indulgentes con nosotros mismos, interesados y prepotentes. Y al final, acabamos definiéndonos como un cuerpo viviendo en el entorno y el tiempo.