El placebo eres tú
Primera parte: Información » 7 Actitudes, creencias y percepciones
Página 17 de 31
7Actitudes, creencias y percepciones
Un chico indonesio de 12 años, con la mirada perdida, abre la boca y acepta gustoso los pedazos de vidrio que le dan algunas personas de la multitud reunida en un parque de Jakarta para ver la «kuda lumping», una danza javanesa tradicional realizada en estado de trance. El chico mastica el vidrio y se lo traga como si fuera un puñado de palomitas o de galletas sin sufrir daño alguno. Este joven de la tercera generación de los kuda lumper, lleva desde los 9 años ingiriendo vidrio en otros espectáculos místicos parecidos. Él y otros 19 miembros de este grupo de danza tradicional recitan un hechizo javanés antes de cada espectáculo, convocando a los espíritus de los difuntos para que residan en uno de ellos durante la danza de ese día y los proteja del dolor[1].
El chico y sus compañeros del grupo de danza son, en ciertos aspectos, como los predicadores manipuladores de serpientes de la región de los Apalaches descritos en el primer capítulo y que al recibir la unción del espíritu se ponen a bailar con entusiasmo alrededor del pulpito con serpientes venenosas enroscadas a los brazos y los hombros. Acercándoselas peligrosamente a la cara, son por lo visto inmunes al veneno de sus mordeduras. Los bailarines también se parecen a los miembros de la tribu sawau de Fiji, en la isla de Beqa, que caminan durante horas sin inmutarse sobre piedras blancas ardientes calentadas previamente en una gran pira de leña y brasas, facultad que según dicen un antepasado de la tribu recibió de un dios y la transmitió más tarde a sus descendientes.
El chico que come cristales, los predicadores que manejan serpientes y los fiyianos que caminan sobre fuego no se paran a pensar ni siquiera por un instante: ¿Me funcionará esta vez? Ninguno siente una pizca de vacilación. La decisión de masticar vidrio, coger víboras cobrizas o caminar sobre piedras ardientes trasciende su cuerpo, el entorno y el tiempo, por lo que su biología cambia para permitirles hacer lo imposible. Su fe a toda prueba en la protección de sus dioses les impide dudar.
El efecto placebo se le parece porque las creencias arraigadas también son un componente esencial y, sin embargo, este elemento no se ha analizado demasiado, ya que por el momento en las investigaciones sobre la conexión mente-cuerpo la mayoría de los estudios científicos solo han analizado los efectos de los placebos en lugar de la causa. Tanto si el cambio en nuestro estado interior se debe a la fe en la curación, al condicionamiento, a la liberación de emociones reprimidas, a la creencia en los símbolos o a una determinada práctica espiritual, la pregunta sigue sin responder: ¿qué ha sucedido para crear alteraciones tan profundas en el cuerpo? Y si descubrimos a qué se deben, ¿podemos cultivarlas?
De dónde vienen nuestras creencias
Nuestras creencias no son siempre tan conscientes como pensamos. Tal vez nos dé la impresión de aceptar una idea, pero si en el fondo no creemos que sea posible, nuestra aceptación no será más que un proceso intelectual. Como para que se dé el efecto placebo tienes que cambiar lo que crees de ti mismo y lo que es posible en cuanto a tu cuerpo y tu salud, debes comprender qué son las creencias y de dónde vienen.
Supongamos que una persona aquejada de ciertos síntomas va a ver al médico y este le diagnostica una enfermedad basándose en sus conclusiones objetivas. El médico le hace el diagnóstico y el pronóstico, y le da opciones en cuanto al tratamiento basándose en los resultados habituales. Tan pronto como el paciente oye al médico decir «diabetes», «cáncer», «hipotiroidismo» o «síndrome de fatiga crónica», le vienen a la cabeza una serie de pensamientos, imágenes y emociones basadas en sus experiencias pasadas. Como, por ejemplo, tal vez sus padres padecieron la enfermedad, vio una película en la tele en la que uno de los personajes se moría a causa de ella, o incluso leyó algo en Internet que hizo que el diagnóstico le asustara.
En cuanto el paciente ve al médico y oye su opinión profesional, acepta automáticamente la enfermedad, cree lo que ese médico tan seguro de sí mismo le dice, y luego se entrega al tratamiento y a los resultados, y además lo hace sin analizarlo en absoluto. El paciente se deja sugestionar (y es vulnerable) por lo que le dice el médico. Si acepta entonces las emociones del miedo, la preocupación y la ansiedad, y también la tristeza, los únicos pensamientos posibles que tendrá (o autosugestiones) serán los que equivalen a cómo se siente.
Aunque el paciente intente tener pensamientos positivos sobre que se acabará curando, su cuerpo se seguirá sintiendo mal porque ha recibido el placebo inadecuado, lo cual le ha producido un estado del ser inadecuado, la señalización de los mismos genes y la incapacidad de ver o percibir cualquier posibilidad nueva. Estará a merced de sus creencias (y de las del médico) sobre el diagnóstico.
Cuando personas como las que aparecen en los siguientes capítulos se curaron a sí mismas con el efecto placebo, ¿qué hicieron diferente? En primer lugar no aceptaron la irrevocabilidad del diagnóstico, pronóstico o tratamiento. Ni creyeron en el resultado más probable o en el destino futuro que el médico les resumió de manera autoritaria. Ni tampoco siguieron el diagnóstico, el pronóstico ni el tratamiento sugerido. Al tener una actitud distinta a la de los que sí aceptaron, creyeron y siguieron lo que les dijo el médico, experimentaron un distinto estado del ser.
No se dejaron sugestionar por el consejo ni las opiniones del médico, porque no se sentían aterrados, victimizados ni tristes. En su lugar se mostraron optimistas y entusiastas, y estas emociones les produjeron una nueva serie de pensamientos que a su vez les permitió ver nuevas posibilidades. Como tenían distintas ideas y creencias sobre lo que era posible, no condicionaron al cuerpo a sufrir la peor situación imaginada, ni esperaron el mismo resultado previsible que las personas que habían recibido el mismo diagnóstico, ni le asignaron el mismo significado a diferencia del resto que tenía la misma enfermedad. Y al asignarle un distinto significado a su futuro, tuvieron una distinta intención. Comprendieron la función de la epigenética y la neuroplasticidad, de ahí que en lugar de verse pasivamente como víctimas de la enfermedad, usaran esos conocimientos para volverse proactivos, estimulados por lo que aprendían en mis talleres y cursos. Por eso cosecharon unos resultados distintos y mejores que los de otros pacientes con el mismo diagnóstico, al igual que las limpiadoras del hotel obtuvieron mejores resultados después de que los investigadores les dieran más información.
Piensa ahora en una persona común y corriente que recibe un diagnóstico y anuncia de inmediato: «¡Esa enfermedad no podrá conmigo!» Alguien puede no aceptar la enfermedad y el resultado que el médico le comunica, pero la diferencia está en que la mayoría de la gente no ha cambiado realmente su creencia sobre no estar enfermo. Para cambiar una creencia es necesario cambiar el programa subconsciente, ya que una creencia, como pronto aprenderás, es un estado del ser subconsciente.
Las personas que intentan cambiar algo de su vida solo con la mente consciente nunca salen de su estado habitual para reprogramar sus genes, porque no saben cómo hacerlo. Por eso no se curan. Son incapaces de entregarse a la posibilidad, ya que les resulta imposible dejarse sugestionar por cualquier otra cosa que no sea lo que les dice el médico.
¿Es posible que una persona no responda al tratamiento o siga enferma por vivir a diario en el mismo estado emocional, aceptando, creyendo y siguiendo el modelo médico sin analizarlo, basándose en la actitud de millones de personas que hacen exactamente lo mismo? ¿Acaso el diagnóstico médico de nuestros tiempos modernos no equivale en realidad a un maleficio vudú?
Me gustaría ahora analizar un poco más las creencias, pero antes quiero señalar que cuando tienes una serie de pensamientos y sentimientos hasta que se vuelven habituales o automáticos, estás creando una actitud. Y como lo que piensas y sientes produce un estado del ser, las actitudes no son más que estados del ser más cortos. Pueden variar de un momento a otro a medida que tus pensamientos y sentimientos cambian. Cualquier actitud puede durar minutos, horas, días o incluso una o dos semanas.
Por ejemplo, si tienes una serie de buenos pensamientos afines a una serie de buenos sentimientos, puedes decir: «Hoy tengo una buena actitud». Y si tienes una serie de pensamientos negativos afines a una serie de sentimientos negativos, puedes decir: «Hoy tengo una mala actitud». Si tienes la misma actitud las suficientes veces, se vuelve automática.
Si repites o mantienes ciertas actitudes el tiempo suficiente y las unes, acaban generando una creencia. Una creencia no es más que un estado del ser más duradero, básicamente las creencias son pensamientos y sentimientos (actitudes) que no cesas de tener y sentir una y otra vez hasta que se graban en tu cerebro y luego condicionan emocionalmente a tu cuerpo. Se podría decir que te has vuelto adicto a ellas, por eso te cuesta tanto cambiarlas y sientes un vacío en el estómago cuando las ves peligrar. Como las experiencias se han grabado neurológicamente en tu cerebro (generando tus pensamientos) y se han expresado químicamente como emociones (generando tus sentimientos), la mayoría de tus creencias se basan en tus recuerdos del pasado.
Cuando tienes los mismos pensamientos una y otra vez al pensar y analizar lo que recuerdas del pasado, esos pensamientos activan y refuerzan los programas inconscientes automáticos. Y si tienes los mismos sentimientos basados en experiencias pasadas y sientes lo mismo que sentiste cuando te ocurrieron, estás condicionando al cuerpo a ser subconscientemente la mente de esa emoción, y estará viviendo inconscientemente en el pasado.
Y si la repetición de lo que piensas y sientes con el tiempo condiciona a tu cuerpo a convertirse en mente, y acabas programándolo subconscientemente, en este caso las creencias son estados del ser subconscientes e inconscientes procedentes del pasado. Y también son más duraderas que las actitudes, pueden durar meses o incluso años. Y como duran más, se programan con más fuerza en ti.
En mi infancia me ocurrió algo que se me quedó grabado y que ilustra esta cuestión de maravilla. Crecí en el seno de una familia italiana y cuando hacía cuarto de primaria, nos mudamos a otra ciudad con gente tanto de origen italiano como judío. Ese año, en mi primer día de clase, el profesor me dijo que me sentara en un grupo de seis pupitres junto con tres niñas judías. Fue el día en que me dieron la noticia de que Jesús no era italiano. Fue uno de los días más memorables de mi vida.
Cuando volví a casa por la tarde, mi bajita madre italiana no cesó de preguntarme cómo me había ido mi primer día de escuela, pero me negué a responderle. Después de ignorarla una y otra vez, agarrándome del brazo me insistió en que le dijera qué me pasaba.
—¡Creía que Jesús era italiano! —exclamé enojado.
—Pero ¿qué estás diciendo? —repuso—. ¡Jesús es judío!
—¿Judío? —le solté—. ¡No puede ser! ¡Si en todas esas fotos parece italiano! Y además la abuela le está hablando en italiano todo el día. ¿Y qué hay del Imperio Romano? ¿Es que Roma no está en Italia?
La creencia que tenía —que Jesús era italiano— estaba basada en mis experiencias pasadas y lo que pensaba y sentía sobre Jesús se había convertido en un estado del ser automático. Me llevó tiempo abandonar esta creencia, porque no es fácil cambiarlas cuando están tan arraigadas. Aunque huelga decir que lo conseguí.
Sigamos analizando ahora el concepto un poco más. Si combinas una serie de creencias relacionadas, forman tu percepción. O sea que tu percepción de la realidad la sustenta un estado del ser basado en las creencias, actitudes, pensamientos y sentimientos que has tenido durante mucho tiempo. Y como tus creencias se convierten en estados del ser subconscientes e inconscientes (es decir, ni siquiera sabes por qué crees ciertas cosas, o no adviertes tus creencias hasta que las analizas), la mayor parte de tus percepciones —tu forma de ver las cosas subjetivamente— se convierten en la visión subconsciente e inconsciente de tu realidad del pasado.
De hecho, según han revelado ciertos experimentos científicos tú no ves la realidad tal como es, sino que la llenas sin darte cuenta con tus recuerdos del pasado, que es lo que se ha grabado neurológicamente en tu cerebro[2]. Cuando las percepciones se convierten en implícitas o no declarativas (como he señalado en el capítulo anterior), se vuelven automáticas o subconscientes, o sea que de manera automática estás siempre alterando la realidad subjetivamente.
Por ejemplo, sabes que tu coche es el tuyo porque lo has conducido muchas veces. Tienes la misma experiencia de él a diario porque apenas cambia. Piensas y sientes lo mismo sobre él cada día. Tu actitud sobre tu coche ha creado una creencia acerca de él que a su vez te hace percibir tu vehículo de una determinada forma, como por ejemplo, que es un buen coche porque casi nunca se estropea. Y aunque aceptes automáticamente esta percepción, en realidad es una percepción subjetiva, ya que otra persona puede tener un coche de la misma marca y modelo que, sin embargo, se estropee siempre, por lo que tendrá creencias y percepciones distintas a las tuyas sobre el mismo vehículo, basadas en su experiencia personal.
De hecho, si eres como la mayoría de las personas, probablemente no te fijes en varios aspectos de tu coche hasta que alguno falle. Esperas que te funcione como el día anterior y que en el futuro lo siga haciendo como lo ha hecho en el pasado, el día anterior y los que le precedieron, esta es tu percepción. Pero cuando no te funciona bien, no te queda más remedio que prestarle más atención (como escuchar el sonido del motor con más detenimiento) y ser consciente de la percepción inconsciente que tienes de tu coche.
En cuanto la percepción de tu coche cambia porque ya no funciona como antes, lo percibes de distinta manera. Lo mismo sucede con las relaciones que mantienes con tu pareja y tus compañeros de trabajo, con tu cultura y tu raza, e incluso con tu cuerpo y tu dolor. De hecho es el modo en que funcionan la mayoría de las percepciones sobre la realidad.
Por tanto, si quieres cambiar una percepción implícita o subconsciente, debes volverte más consciente y menos inconsciente. Prestarle más atención a todos los aspectos relacionados contigo y con tu vida en los que no te fijas demasiado. Mejor aún, debes tomar conciencia, estar más atento y advertir aquello de lo que no te dabas cuenta.
Pero no es fácil hacerlo, porque si vives la misma realidad una y otra vez, tu forma de pensar y sentir relacionada con tu mundo actual seguirá creando las mismas actitudes, y estas a su vez inspirarán las mismas creencias, que generarán las mismas percepciones (como se ilustra en la figura 7.1).
FIGURA 7.1Tus pensamientos y sentimientos proceden de los recuerdos del pasado. Cuando piensas y sientes de una determinada forma, empiezas a crear una actitud. Una actitud es un ciclo de pensamientos y sentimientos de corta duración experimentados una y otra vez. Las actitudes son estados del ser cortos. Si combinas una serie de actitudes, creas una creencia. Las creencias son estados del ser más duraderos y tienden a volverse subconscientes. Cuando unes varias creencias, generas una percepción. Tus percepciones tienen que ver con las decisiones que tomas, las conductas que manifiestas, las relaciones que eliges y las realidades que creas.
Cuando tu percepción se vuelve tan natural y automática que no te fijas en cómo es la realidad (porque esperas automáticamente que todo siga como siempre), estás aceptando y admitiendo de manera inconsciente esa realidad, que es lo que le ocurre a la mayoría de la gente que acepta y admite sin darse cuenta lo que el modelo médico convencional les dice sobre un diagnóstico.
La única forma de cambiar tus creencias y percepciones para crear una respuesta placebo es cambiar tu estado del ser. Tienes que ver por fin tus antiguas y limitadas creencias como lo que son —grabaciones del pasado—, y estar dispuesto a abandonarlas para aceptar otras nuevas sobre ti que te ayudarán a crear un nuevo futuro.
Cambia tus creencias
Pregúntate a ti mismo: «¿Qué creencias y percepciones sobre mí y mi vida he estado aceptando sin darme cuenta para poder cambiar y crear este nuevo estado del ser?» Es una pregunta en la que necesitas reflexionar detenidamente porque, como ya he señalado, ni siquiera somos conscientes de muchas creencias que damos por ciertas.
A menudo aceptamos cierta información del entorno que nos «bombea» para aceptar determinadas creencias que pueden o no ser ciertas. De cualquier modo, en cuanto las aceptamos, afectan no solo a nuestro rendimiento, sino también a las decisiones que tomamos.
¿Recuerdas el estudio del capítulo 2 sobre las jóvenes que antes de hacer una prueba de matemáticas leyeron unos informes científicos falsos acerca de que los hombres eran mejores en matemáticas que las mujeres? Las que leyeron que la ventaja se debía a la genética, sacaron una puntuación más baja que las que leyeron que se debía a los estereotipos. Aunque ambos informes eran falsos —los hombres no son mejores en matemáticas que las mujeres—, las jóvenes del grupo que leyeron que tenían una desventaja genética, se lo creyeron y luego sacaron una menor puntuación en la prueba. Lo mismo les sucedió a los estudiantes blancos a los que les dijeron antes de hacer la prueba que los asiáticos sacaban notas algo mejores en matemáticas que los blancos. En ambos casos, cuando a los estudiantes los «bombearon» para que creyeran inconscientemente que no obtendrían una buena puntuación en matemáticas, les acabó sucediendo, aunque lo que les habían dicho fuera totalmente falso.
Teniendo esto en cuenta, échale un vistazo a la siguiente lista de algunas creencias limitadoras comunes y advierte cuáles puedes albergar sin que te hayas percatado de ello:
Soy una nulidad en matemáticas. Soy tímido. Tengo malgenio. No soy listo ni creativo. Me parezco mucho a mis padres. Los hombres no lloran ni son vulnerables. Nunca tendré pareja. Las mujeres son inferiores a los hombres. Mi raza o cultura es superior a las otras. La vida es un tema muy serio. La vida es muy difícil y todo el mundo va a la suya. Nunca voy a triunfar. Para triunfar en la vida tengo que trabajar duro. Nunca me pasa nada bueno. No tengo buena suerte. Las cosas nunca me salen como yo quisiera. Siempre voy corto de tiempo. Mi felicidad depende de los demás. Cuando consiga lo que quiero seré feliz. Es difícil cambiar la realidad. La realidad es un proceso lineal. Los gérmenes me hacen enfermar. Engordo fácilmente. Necesito dormir ocho horas. Mi dolor se ha vuelto crónico y ya nunca desaparecerá. Se me está pasando el arroz. Existe un canon de belleza y punto. Divertirse es una frivolidad. Dios está en el exterior. Como soy una mala persona, Dios no me quiere…
Podría seguir y seguir citando frases, pero ahora ya sabes a lo que me refiero.
Como las creencias y percepciones se basan en experiencias del pasado, cualquiera de esas creencias que albergas sobre ti viene de tu pasado. Así que ¿son reales o te las has imaginado? Aunque en un momento dado de tu vida fueran reales, no tienen por qué seguir siéndolo ahora.
Pero no las vemos de este modo porque somos adictos a nuestras creencias, a las emociones del pasado. Las vemos como verdades y no como ideas que podemos cambiar. Si tenemos creencias sólidas sobre algo, aunque tuviéramos delante de las narices la prueba de que son falsas, no lo veríamos, porque lo que percibimos es totalmente distinto. En realidad nos hemos condicionado a creer en toda clase de cosas que no siempre son verdad, y muchas tienen un efecto negativo en nuestra salud y en nuestra felicidad.
Ciertas creencias culturales son un buen ejemplo de ello. ¿Recuerdas la historia del maleficio vudú del capítulo 1? El paciente estaba convencido de que se iba a morir por la maldición de un sacerdote vudú. El hechizo funcionaba solo porque él (y las otras personas de su misma cultura) creían en el vudú, pero lo que en realidad le había echado la maldición no era el vudú, sino su propia creencia.
Otras creencias culturales pueden causar muertes prematuras. Por ejemplo, los estadounidenses de origen chino que han nacido en un año que en la astrología y la medicina chinas se considera que trae mala suerte, cuando tienen una enfermedad mueren cinco años antes, según los investigadores de la Universidad de California en San Diego, que estudiaron los informes de fallecimientos de casi treinta mil estadounidenses de origen chino[3]. El efecto era más fuerte en los más apegados a las tradiciones y creencias chinas y los resultados también se aprecian en prácticamente todas las causas importantes de muertes estudiadas. Por ejemplo, los chino- estadounidenses nacidos en los años vinculados con la tendencia a enfermar por bultos y tumores, murieron de cáncer linfático a una edad en la que eran cuatro años más jóvenes que los chino-estadounidenses nacidos en otros años o que los estadounidenses con cánceres similares.
Todos estos ejemplos demuestran que somos sugestionables solo por lo que creemos que es verdad de manera consciente o inconsciente. Un esquimal que no crea en la astrología china está tan poco predispuesto a dejarse sugestionar por la idea de que es vulnerable a cierta enfermedad por haber nacido en el año del tigre o del dragón, como lo estaría un episcopaliano a la idea de que el maleficio de un sacerdote vudú podría matarle.
Pero en cuanto cualquiera de nosotros acepta y cree en un resultado y se entrega a él sin darse cuenta o sin analizarlo, se deja sugestionar por esa realidad en particular. En la mayoría de la gente este tipo de creencias, implantadas en el sistema subconsciente más allá de la mente consciente, es lo que les provoca la enfermedad. Así es que ahora te haré otra pregunta: ¿cuántas creencias personales basadas en experiencias culturales tienes que tal vez sean falsas?
Cambiar de creencias quizá cueste, pero no es algo imposible, solo piensa en lo que sucedería si te cuestionaras tus creencias inconscientes. ¿Y si en lugar de pensar y sentir Nunca tengo bastante tiempo para hacer todo lo que debo hacer, pensaras y sintieras Vivo en el sin tiempo y puedo hacer todo cuanto debo hacer? ¿Y si en lugar de creer El universo se ha confabulado en mi contra, creyeras El universo me apoya y actúa a mi favor? ¡Qué gran creencia! ¿Cómo pensarías, vivirías y andarías por la calle si creyeras que el universo te apoya? ¿Qué crees que sería lo que esto cambiaría en tu vida?
Cuando cambies una creencia, empieza a hacerlo aceptando que es posible, cambia luego tu nivel de energía con la emoción elevada de la que he hablado antes y, por último, deja que tu biología se reorganice. No hace falta que pienses cómo o cuándo ocurrirá esta reorganización biológica, ya que entonces activarías la mente analítica, con lo que entrarías en el estado beta en el que eres menos sugestionable. En su lugar, toma simplemente una decisión con firmeza. Y en cuanto la amplitud o energía de esta decisión sea más potente que los programas grabados en tu cerebro y que la adicción emocional de tu cuerpo, habrás ido más allá del pasado, tu cuerpo responderá a la nueva mente y podrás crear un verdadero cambio.
Tú ya sabes cómo hacerlo. Piensa en alguna ocasión en la que decidiste cambiar algo de ti o de tu vida. Seguro que hubo un momento en el que te dijiste: ¡No me importa cómo me sienta [cuerpo] / ¡Ni lo que está pasando en mi vida [entorno] / Y ¡me da igual cuánto tarde en conseguirlo [tiempo] / ¡Lo voy a lograr!
Al instante se te puso la carne de gallina porque entraste en un estado alterado del ser. En cuanto sentiste esta energía, empezaste a enviarle a tu cuerpo una nueva información. Te sentiste inspirado y saliste de tu estado del ser habitual, porque a través de los pensamientos tu cuerpo pasó de vivir en el mismo pasado de siempre a vivir en un nuevo futuro. En realidad tu cuerpo dejó de ser la mente y tú te convertiste en ella. Cambiaste una creencia.
Los efectos de la percepción
Al igual que las creencias, nuestras percepciones de las experiencias pasadas —ya sean positivas o negativas— afectan directamente nuestro estado del ser subconsciente y nuestra salud. En 1984, Gretchen van Boemel, en aquel tiempo directora adjunta de electrofisiología clínica en el Instituto Doheny Eye de Los Ángeles, reveló un ejemplo asombroso de ello al advertir una inquietante tendencia en las mujeres camboyanas que le enviaban como pacientes. Aquellas mujeres, todas tenían de 40 a 60 años, vivían cerca de Long Beach, en California (lugar conocido como Pequeño Phnom Penh por sus cerca de cincuenta mil residentes camboyanos), estaban teniendo serios problemas visuales, como ceguera, en una proporción anormalmente elevada.
Físicamente, los ojos de las mujeres estaban sanos. La doctora Van Boemel les hizo tomografías cerebrales para evaluar hasta qué punto les funcionaba el sistema visual y comparó los resultados con su capacidad visual. Descubrió que todas tenían una agudeza visual normal, a menudo de 20/20 o 20/40, pero cuando intentaban leer una tabla optométrica, su visión era nula. Algunas de las mujeres no podían captar la luz y ni siquiera cualquier sombra, aunque físicamente sus ojos estuvieran perfectamente.
Cuando la doctora Van Boemel decidió trabajar con Patricia Rozée de la Universidad Estatal de California de Long Beach para investigar a esas mujeres, descubrieron que las que tenían peor visión habían estado la mayor parte de su vida viviendo en la época de los jemeres rojos o en campos de refugiados cuando el dictador comunista Pol Pot estaba en el poder[4]. El genocidio perpetrado por los jemeres rojos fue el responsable de la muerte de al menos 1,5 millones de camboyanos entre 1975 y 1979.
De entre las mujeres estudiadas, el 90 por ciento habían perdido durante aquel tiempo a miembros de su familia (algunas de ellas hasta diez), y al 70 por ciento las habían obligado a ver a sus seres queridos —a veces incluso a toda la familia— siendo brutalmente asesinados. «Aquellas mujeres vieron cosas que su mente no podía aceptar», dijo Rozée en Los Angeles Times[5]. Su mente simplemente se cerró y se negaron a ver cualquier otra cosa: cualquier otra muerte, tortura, violación y estado de inanición más.
A una mujer la obligaron a mirar cómo mataban a su marido y a sus cuatro hijos y se quedó ciega al instante. Otra tuvo que presenciar a un soldado jemer rojo golpeando brutalmente a su hermano y a sus tres sobrinos hasta matarlos, incluyendo uno de tres meses al que estamparon contra un árbol varias veces hasta acabar con él. Después de ver todas estas atrocidades empezó a perder la visión[6]. Esas mujeres también sufrieron maltratos físicos, hambre, humillaciones indecibles, abusos sexuales, torturas y jornadas de veinte horas de trabajos forzados. Aunque ahora estaban a salvo, muchas de ellas dijeron a los investigadores que preferían quedarse en casa, donde no podían evitar revivir los recuerdos de las atrocidades una y otra vez en sus pesadillas recurrentes y en los horribles pensamientos que les venían a la cabeza.
Tras documentar un total de 150 casos de ceguera psicosomática en las mujeres camboyanas de Long Beach —el mayor grupo conocido de esta dase de víctimas en todo el mundo—, Van Boemel y Rozée presentaron su investigación en el encuentro anual de la Asociación Psicológica Americana en Washington, D. C. El público se quedó fascinado.
Las mujeres de este estudio no se volvieron ciegas o casi ciegas por alguna enfermedad ocular o problema físico, sino porque las escenas vividas les impactaron hasta tal punto emocionalmente, que literalmente «lloraron hasta no poder ver nada más»[7]. El gran impacto emocional de ser obligadas a presenciar lo inaguantable hizo que no quisieran ver el mundo nunca más. Las traumáticas escenas les produjeron cambios físicos en su biología —no en sus ojos, sino lo más probable es que fuera en su cerebro—, con lo que su percepción de la realidad cambió para el resto de su vida. Y como no podían dejar de revivirlas en su mente una y otra vez, su visión nunca mejoraba.
Aunque sea un ejemplo extremo, lo más probable es que nuestras experiencias traumáticas del pasado también nos produzcan efectos parecidos. Si tienes problemas de visión, ¿qué es lo que has decidido quizá no ver por las dolorosas o aterradoras vivencias que tuviste en el pasado? Y si tienes problemas auditivos, ¿qué es lo que no estás dispuesto a oír en tu vida?
La figura 7.2 ilustra cómo llega a suceder. La línea de la tabla refleja una medición relativa del estado del ser de una persona. Se inicia más o menos a un nivel normal o básico, antes de que ocurra el incidente. Cuando la línea sube de golpe, indica una fuerte reacción emocional a un episodio, como cuando esas mujeres vivieron las atrocidades de los soldados jemeres rojos. La horrible experiencia quedó grabada neurológicamente en su cerebro y cambió químicamente su cuerpo, y también su estado del ser: sus pensamientos, sus sentimientos, sus actitudes, sus creencias y, por último, sus percepciones. Como esas mujeres decidieron no ver el mundo nunca más, su biología lo reflejó creando nuevas redes neurológicas y enviando nuevas señales químicas.
FIGURA 7.2Una experiencia con una gran carga emocional vivida en la realidad exterior se graba en las redes del cerebro y marca emocionalmente al cuerpo. Por eso el cerebro y el cuerpo viven a partir de entonces en el pasado y el incidente altera nuestro estado del ser y nuestra percepción de la realidad. Ya no tenemos la misma personalidad.
Aunque la línea del gráfico acabe descendiendo y estabilizándose, no recupera el mismo nivel desde el que empezó a ascender, lo cual indica que la experiencia le ha cambiado a esa persona química y neurológica- mente. En ese punto, las mujeres camboyanas empezaron a vivir en el pasado, porque seguían condicionadas por la marca neurológica y química que la experiencia les dejó. Ya no eran las mismas mujeres, el incidente les había cambiado su estado del ser.
El poder del entorno
No basta con cambiar tus creencias y percepciones. También debes reforzar el cambio una y otra vez. Para ver por qué es así, hablaré de nuevo de los pacientes con párkinson cuyas facultades motoras mejoraron tras recibir una inyección salina creyendo que se trataba de un poderoso medicamento.
Como recordarás, en cuanto su salud mejoró, su sistema nervioso autónomo empezó a reflejar este nuevo estado liberando dopamina en sus cerebros. No les ocurrió por esperar o desear que su cuerpo elaborara dopamina ni por rezar por ello, sino porque se convirtieron en personas que producían dopamina.
Por desgracia, el efecto no se da en todo el mundo. En realidad, a algunos el efecto placebo solo les dura un cierto tiempo y luego vuelven a ser los mismos de siempre, recuperan su antiguo estado del ser. En el caso de los pacientes con párkinson, cuando regresaron a casa y vieron a sus cuidadores, a sus parejas, durmieron en la misma cama, tomaron la misma comida, se sentaron en la misma sala de estar y tal vez jugaron al ajedrez con los mismos amigos que se quejaban de sus achaques, su entorno de siempre les recordó su antigua personalidad y estado del ser. Como todas estas condiciones de su vida familiar les recordaron quiénes eran antes, volvieron a adquirir esas identidades y sus diversos problemas motores reaparecieron[8]. Se volvieron a identificar con su entorno. Como puedes ver el entorno es poderosísimo.
Lo mismo les ocurre a los drogadictos que llevan muchos años sin consumir droga. Si los vuelves a poner en el mismo ambiente en el que se drogaban, aunque no consuman ninguna droga solo de estar en ese entorno ya se activan en sus células los mismos sitios receptores que activaban las drogas, y ello crea cambios fisiológicos en sus cuerpos como si se drogaran y aumenta su deseo de consumirlas[9]. Su mente no lo puede controlar. Es algo automático.
Vamos a analizar este concepto un poco más. Has aprendido que el proceso de condicionamiento crea unos intensos recuerdos asociativos. También has aprendido que los recuerdos asociativos estimulan funciones fisiológicas subconscientes y automáticas al activar el sistema nervioso autónomo. Piensa de nuevo en los perros de Pavlov. En cuanto los condicionó para que asociaran el sonido de la campanilla con la comida, su cuerpo cambiaba fisiológicamente enseguida sin que la mente consciente lo pudiera controlar. El estímulo del entorno era lo que (por medio del recuerdo asociativo) cambiaba de forma automática, autónoma, subconsciente y fisiológica el estado interno de los perros. Se ponían a salivar y liberaban jugos gástricos al estar esperando la recompensa. Su mente consciente no era la que lo hacía, sino el estímulo del entorno que activaba el recuerdo asociativo procedente de la respuesta condicionada.
Volvamos ahora a los pacientes con párkinson y a los drogadictos. Se puede decir que en cuanto una de esas personas regresaba a su ambiente habitual, su cuerpo adquiría el antiguo estado del ser de manera automática y fisiológica sin que la mente consciente lo pudiera controlar. En realidad, el antiguo estado del ser que ha estado años y años pensando y sintiendo de la misma forma ha condicionado al cuerpo a convertirse en mente. Es decir, el cuerpo es la mente que responde al entorno. Por eso a cualquiera que se encuentre en esta dase de situación le cuesta tanto cambiar.
Y cuanto mayor sea la adicción a la emoción, mayor será la respuesta condicionada al estímulo del entorno. Por ejemplo, pongamos que eres adicto al café y quieres dejar de serlo. Si te pasaras por mi casa y yo estuviera preparándome un café, al oír el ruido de la cafetera, oler el aroma que despedía y ver cómo me lo tomaba, te pasaría lo siguiente: en cuanto tus sentidos captaran esos estímulos del entorno, tu cuerpo, como mente, respondería de manera subconsciente y automática sin que tu mente consciente pudiera evitarlo porque habrías condicionado a tu cuerpo a reaccionar así. Tu cuerpo-mente ansiando recibir su recompensa fisiológica lucharía contra tu mente para convencerte de que te tomaras un sorbo o dos de café.
Pero si realmente hubieras superado tu adicción al café y yo me preparara una taza delante de ti, podrías decidir tomarlo o no sin ningún problema, porque no experimentarías la respuesta fisiológica que acabo de describir. Ya no estarías condicionado (tu cuerpo habría dejado de ser la mente), y el recuerdo asociativo de tu entorno ya no te produciría el mismo efecto.
Lo mismo sucede con las adicciones emocionales. Por ejemplo, si has memorizado una sensación de culpabilidad procedente de tus experiencias pasadas y ahora vives a diario con esa sensación sin darte cuenta, como les ocurre a la mayoría de las personas, usarás a alguien o algo de tu entorno exterior para reafirmar tu adicción al sentimiento de culpa. Por más que intentes superarlo, en cuanto veas a tu madre (que solía hacerte sentir culpable) en la casa donde creciste, tu cuerpo volverá de manera automática, química y fisiológica al mismo estado de culpabilidad del pasado en ese preciso instante sin que tú te des cuenta. Tu cuerpo, en el que subconscientemente ha quedado programada una sensación de culpabilidad, está en ese momento viviendo en el pasado. De ahí que lo más natural es que te sientas culpable cuando estás con tu madre en lugar de sentir cualquier otra emoción. Y al igual que le ocurre a un drogadicto, la respuesta condicionada ha alterado tu estado interior por la asociación que has hecho con tu realidad exterior presente-pasada. Pero si superas tu adicción a la culpabilidad al cambiar tu programación subconsciente, aunque estés en las mismas condiciones esa realidad del pasado ya no tendrá lugar en el presente.
Investigadores de la Universidad Victoria de Wellington, en Nueva Zelanda, examinaron el efecto del entorno en un grupo de 148 estudiantes universitarios a los que invitaron a participar en un estudio realizado en un ambiente parecido al de un bar[10]. Los investigadores dijeron a una mitad del grupo que les darían vodka con tónica, y a la otra que les darían solo tónica. En realidad, los camareros no les sirvieron ni una sola gota de vodka; todos los estudiantes recibieron solo tónica. Los investigadores reprodujeron el ambiente de un bar con tanto realismo que hasta volvieron a precintar ingeniosamente las botellas de vodka después de llenarlas con tónica. Los camareros decoraron el borde de las copas con lima macerada en vodka para que el combinado fuera más realista antes de prepararlo y servirlo como si fuera vodka con tónica.
Los estudiantes se achisparon y se comportaron como si estuvieran bebidos, algunos incluso mostraron signos de intoxicación etílica. Pero no se emborracharon por beber alcohol, sino porque el ambiente del bar, por medio del recuerdo asociativo, hizo que su cerebro y su cuerpo respondieran de la forma habitual en estos casos.
Cuando los investigadores les contaron al final la verdad, los estudiantes, atónitos, insistieron en que realmente se habían sentido borrachos. Creyeron estar tomando alcohol y esta creencia se tradujo en sustancias neuroquímicas que alteraron su estado del ser.
Es decir, esta creencia bastó para producir un cambio químico en su cuerpo que equivalía al de una borrachera. Les ocurrió porque los estudiantes se habían condicionado a sí mismos las veces suficientes a asociar el alcohol con un cambio en su estado químico interior. Como esperaban o preveían experimentar este cambio basándose en sus recuerdos asociativos con el hecho de beber, los estímulos del ambiente del bar les hicieron cambiar fisiológicamente, como les ocurrió a los perros de Pavlov.
Aunque la otra cara de la moneda es que el entorno también puede favorecer la curación. Pacientes de un hospital de Pensilvania que se recuperaban de una cirugía en una habitación desde la que se veía la arboleda de un paraje natural de las afueras, necesitaron tomar una medicación menos potente para el dolor y les dieron de alta de siete a nueve días antes que a los pacientes que estaban en habitaciones desde las que no se veía más que un muro de ladrillos marrones[11]. El estado mental que el entorno nos crea puede ayudar sin duda al cerebro y al cuerpo a curarse.
Para entrar, por tanto, en un nuevo estado del ser ¿necesitas recurrir a pastillas de azúcar, inyecciones salinas, operaciones falsas o ventanas panorámicas, algo, alguien o algún lugar de tu entorno exterior? ¿O puedes hacerlo simplemente al cambiar lo que piensas y sientes? ¿Eres capaz de creer en la nueva posibilidad de curarte sin depender de ningún estímulo exterior y hacer que este pensamiento en tu cerebro cree una experiencia emocional tan intensa que llegue a cambiar tu cuerpo hasta tal punto que trasciendas el condicionamiento de tu entorno exterior?
Si es así, lo que acabas de leer sugiere que este método sería una buena idea para cambiar tu estado interior a diario, antes de levantarte por la mañana y enfrentarte a tu mismo ambiente de siempre para que no te haga volver a tu antiguo estado del ser, como les pasó a los pacientes con párkinson. ¿Te acuerdas de Janis Schönfeld, la mujer del capítulo 1, cuyo cerebro cambió físicamente al creer ella que estaba tomando un antidepresivo? El placebo le funcionó en parte tan bien porque las pastillas inertes que tomaba le recordaban a diario que debía cambiar su estado del ser (al asociar el tomar las pastillas con pensamientos optimistas y sentimientos de mejorar, como les sucede a más del 80 por ciento de los pacientes que toman un antidepresivo placebo).
Si por medio de la meditación logras adquirir un nuevo estado del ser al combinar una clara intención con sentir el estado emocional elevado que he citado antes, y a diario te alegras y entusiasmas por lo que estás creando, al final saldrás de tu estado del ser habitual. Adquirirás otro nuevo que comporta otras actitudes, creencias y percepciones, ya no reaccionarás igual que antes, porque ahora tu entorno ya no controlará lo que piensas ni sientes. Como tomarás nuevas decisiones y te comportarás de distinta manera, tendrás nuevas experiencias y emociones. Por eso adquirirás una personalidad nueva y distinta que no sufrirá dolor artrítico, ni problemas motores debidos al párkinson, ni infertilidad, ni cualquier otra afección de la que quieras curarte.
Me gustaría señalar que no todas las enfermedades y dolencias se originan en nuestra mente. Sin duda hay niños que nacen con enfermedades congénitas y trastornos genéticos, o sea que en ese caso no han sido sus pensamientos, sentimientos, actitudes y creencias los que los han activado. Y en la vida también suceden traumas y accidentes. Además, la exposición a un ambiente contaminado puede causar estragos en el cuerpo humano. No me refiero a que cuando nos suceda algo tengamos que ser nosotros siempre los responsables, aunque es cierto que nuestro cuerpo puede debilitarse por las hormonas del estrés y volverse más vulnerable a las enfermedades cuando el sistema inmunológico está bajo. Lo que quiero decir es que sea cual sea la causa de nuestras dolencias, tenemos la posibilidad de curarnos.
Cambia tu energía
Ahora puedes ver que si deseas cambiar tus creencias y crear un efecto placebo para que tu salud y tu vida mejoren, debes realizar exactamente lo contrario de lo que las mujeres camboyanas hicieron. Tras generar una intención clara y firme y aumentar tu energía emocional, debes crear una experiencia interior en tu mente y tu cuerpo que sea más potente que la experiencia exterior pasada. En otras palabras, cuando decidas adoptar una nueva creencia, la amplitud o energía de esta decisión debe ser lo bastante intensa como para superar los programas grabados en tu cerebro y el condicionamiento emocional de tu cuerpo.
Para ver lo que sucede cuando lo haces, echa un vistazo a la figura 7.3 de la página siguiente. En la ilustración, la energía de decidir vivir esta nueva experiencia es mayor que la del trauma de la experiencia pasada (como lo ilustra la figura 7.2), por eso el pico en este gráfico alcanza un punto más alto que el del gráfico anterior. De ahí que los efectos de esta nueva experiencia anulen los residuos de la programación neuronal y el condicionamiento emocional procedente de la experiencia del pasado.
Si lo haces bien, este proceso acaba cambiando tus estructuras cerebrales y tu biología. La nueva experiencia reorganiza la programación antigua, y al hacerlo elimina la evidencia neurológica de aquella experiencia pasada. (Considéralo como una ola más grande rompiendo en la playa que se lleva todas las conchas, algas, espuma o huellas de la orilla.) Las experiencias emocionales intensas crean recuerdos a largo plazo, pero la nueva experiencia interior los anula al crear otros nuevos, por eso tu decisión de cambiar se convierte en una experiencia inolvidable. Las huellas del pasado desaparecen de tu cerebro y tu cuerpo, y la señal nueva vuelve a crear un programa neurológico y a hacer cambios genéticos en tu cuerpo.
Observa ahora la figura 7.3 de nuevo y advierte cómo la inclinación de la línea en el gráfico llega hasta abajo (en cambio la de la figura 7.2 desciende, pero sin llegar a bajar hasta el nivel desde el que empezó a ascender). Muestra que en este nuevo estado del ser ya no queda ninguna huella de la experiencia del pasado.
FIGURA 7.3Para cambiar una creencia o percepción sobre ti y tu vida, debes tomar una decisión con una intención tan firme que produzca una energía más poderosa que la de los programas grabados en el cerebro y la de la adicción emocional del cuerpo, y el cuerpo a su vez debe responder a una nueva mente. Cuando la decisión tomada crea una nueva experiencia interior más intensa que la experiencia exterior del pasado, los circuitos de tu cerebro se reorganizan y le envían emocionalmente nuevas señales a tu cuerpo. Como las experiencias crean recuerdos a largo plazo, cuando tu decisión tomada se convierte en una experiencia inolvidable, ya no eres el mismo. Biológicamente, el pasado deja de existir. Se podría decir que en ese momento presente tu cuerpo está viviendo en un nuevo futuro.
Estas nuevas señales además de reorganizar tus neurocircuitos también empiezan a cambiar el condicionamiento del cuerpo al liberarte de tu adicción emocional al pasado. El cuerpo está viviendo ahora plenamente en el presente, ya no está atrapado en el pasado. Percibe esta energía más intensa y la traduce como una emoción nueva (que no es sino otra forma de decir «energía en movimiento» o «e-moción») tanto si esta emoción consiste en sentirte invencible, valiente, poderoso, compasivo, inspirado o sea lo que sea. Y es la energía y no la química lo que cambia tu biología, tus neurocircuitos y tu expresión genética.
A los que caminan sobre brasas, mastican vidrio o manejan serpientes también les ocurre un proceso parecido. Tienen claro que su cuerpo y su mente entrarán en un estado distinto. Y cuando adquieren la firme intención de hacer este cambio, la energía de esta decisión les crea cambios internos en su cerebro y su cuerpo que los hace inmunes a las condiciones externas del ambiente durante un determinado espacio de tiempo. Ahora su energía les protege de una forma que, en ese momento, trasciende su biología.
Nuestra neuroquímica no es por lo visto lo único que responde a estados más intensos de energía. Los sitios receptores del exterior de las células del cuerpo son cien veces más sensibles a la energía y las frecuencias que a las señales de las sustancias químicas, como los neuropéptidos, que sabemos que penetran en el ADN celular[12]. Las investigaciones revelan sistemáticamente que las fuerzas invisibles del espectro electromagnético influyen en cada aspecto de la biología celular y de la regulación genética[13]. Los receptores de las células son sensibles a determinadas frecuencias de las señales energéticas recibidas. Entre las energías del espectro electromagnético se encuentran las ondas de los microondas, las ondas radiofónicas, las ondas de los aparatos de rayos X, las ondas de baja frecuencia, las frecuencias armónicas sónicas, los rayos ultravioleta e incluso las ondas infrarrojas. Unas frecuencias de energía electromagnética en concreto pueden influir en la conducta del ADN, el ARN y la síntesis proteica; alterar la forma y la función de las proteínas; controlar la regulación y la expresión genética; estimular el crecimiento de las células nerviosas, influir en la división y la diferenciación celular, y también ordenar a determinadas células que se organicen en tejidos y órganos. Todas estas actividades celulares influidas por la energía forman parte de la expresión de la vida.
Y si esto es cierto, debe serlo por alguna razón. ¿Recuerdas el 98,5 por ciento de nuestro ADN al que los científicos llaman «ADN basura» por servir al parecer apenas para nada? Es evidente que la madre naturaleza no pondría toda esta información codificada en nuestras células, esperando a ser leída, sin darnos la capacidad de crear alguna clase de señal para descodificarla; después de todo la naturaleza no desperdicia nada.