El paciente inglés

El paciente inglés


X. Agosto

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Viajaba en sentido contrario al de la invasión, como si estuviera rebobinando el carrete de la guerra, por una ruta ahora libre de la tensión militar. Tomaba sólo carreteras que conocía, guiándose por las siluetas a lo lejos de las ciudades amuralladas que había visitado. Se mantenía estático en la Triumph, lanzada a todo tren bajo su cuerpo por las carreteras rurales. Llevaba poco equipaje, pues había dejado todas las armas en la villa. La moto pasaba por todos los pueblos como una exhalación, sin aminorar la velocidad ante pueblo o recuerdo alguno de la guerra. «La tierra dará tumbos como un borracho y quedará borrada del mapa como un simple caserío».

Hana abrió la mochila de Kip. En su interior había una pistola envuelta en hule, que, cuando deshizo el paquete, desprendió su olor, un cepillo de dientes y polvo dentífrico, bocetos a lápiz en un cuaderno, entre ellos un dibujo de ella —sentada en la terraza y vista desde el cuarto del inglés—, dos turbantes, una botella de almidón y una linterna de zapador con sus correas de cuero para atársela en situaciones de emergencia.

La encendió y la mochila se llenó de luz roja.

En los bolsillos laterales encontró piezas del equipo de artificiero, que no quiso tocar. Envuelta en otro trozo de tela estaba la cuña de metal que ella le había regalado y que en su país se utilizaba para sangrar los arces y obtener su azúcar.

De debajo de la tienda desplomada sacó un retrato que debía de ser de su familia y lo sostuvo en la palma de la mano: un sij y su familia.

Un hermano mayor, que en aquella foto sólo tenía once años, y Kip a su lado, con ocho años. «Cuando estalló la guerra, mi hermano se puso de parte de quienes estuvieran contra los ingleses».

También había una pequeña guía con un mapa de zonas minadas y un dibujo de un santo acompañado de un músico.

Volvió a guardarlo todo, excepto la fotografía, que sostuvo en la mano libre. Regresó con la bolsa por entre los árboles y entró en la casa por el pórtico.

Cada hora, más o menos, hacía un alto, escupía en las gafas y les quitaba el polvo con la manga de la camisa. Volvía a mirar el mapa. Iba a dirigirse hacia el Adriático y después hacia el Sur. La mayoría de las tropas estaban en las fronteras septentrionales.

Ascendió hacia Cortona envuelto en las agudas detonaciones del motor. Subió con la Triumph los escalones hasta la puerta de la iglesia y después se apeó y entró. Había una estatua rodeada de andamios. Quería acercarse más a la cara, pero no tenía un fusil con mira telescópica y se sentía el cuerpo demasiado rígido para escalar por los tubos del andamio. Dio vueltas abajo, como alguien excluido de la intimidad de una casa. Bajó a pie los escalones de la iglesia sosteniendo la moto con las manos y después se deslizó —pendiente abajo y sin encender el motor— por entre los viñedos destrozados y continuó hacia Arezzo.

En Sansepolcro se internó por una carretera tortuosa que subía hacia las montañas, hacia su niebla, por lo que hubo de reducir la velocidad al mínimo. La Bocca Trabaria. Tenía frío, pero se concentró mentalmente para no sentirlo. Por fin, la carretera se elevó por encima de la capa blanca y dejó atrás el lecho que formaba la niebla. Rodeó Urbino, donde los alemanes habían quemado todos los caballos del enemigo. Habían pasado un mes allí, combatiendo en aquella región; ahora atravesó la zona en unos minutos y sólo reconoció los santuarios de la Madonna Negra. La guerra había vuelto similares todos los pueblos y las ciudades.

Bajó hacia la costa. Entró en Gabicce Mare, donde había visto a la Virgen emerger del mar. Durmió en la colina que dominaba el acantilado y el agua, cerca del punto hasta el que habían llevado la imagen. Así acabó su primera jornada.

Querida Clara, querida maman:

Maman es una palabra francesa, Clara, una palabra circular, que sugiere abrazos, una palabra personal que incluso puede gritarse en público, algo tan consolador y eterno como una gabarra, aunque tú, en espíritu, sigues siendo —lo sé— una canoa, que con sólo dos paletadas puede entrar en un riachuelo en cuestión de segundos, aún independiente, aún celosa de su intimidad, y no una gabarra responsable de todos los que la rodean. Ésta es la primera carta que escribo en varios años, Clara, y no estoy acostumbrada a respetar las reglas epistolares. He pasado los últimos meses con tres personas y nuestras charlas han sido lentas, fortuitas. Ahora ya no estoy acostumbrada a hablar de ninguna otra forma.

Estamos en 194… ¿y cuántos? Por un segundo se me ha olvidado. Pero sé el mes y el día. Un día después de que nos enteráramos de que habían arrojado esas bombas sobre Japón, por lo que parece que fuera el fin del mundo. Creo que de ahora en adelante lo personal va a estar en guerra para siempre con lo público. Si podemos racionalizar eso, podemos racionalizarlo todo.

Patrick murió en un palomar de Francia, donde en los siglos XVII y XVIII los construían muy grandes, mayores que la mayoría de las casas. Así:

La línea horizontal que separa el tercio superior del resto se llamaba cornisa para las ratas: su función era la de impedir que las ratas treparan por la pared de ladrillos y mantener a salvo, así, a las palomas. Seguro como un palomar, un lugar sagrado, como una iglesia en muchos sentidos, un lugar destinado a aliviar. En un lugar así murió Patrick.

A las cinco de la mañana, arrancó la Triumph y la rueda trasera arrojó gravilla en forma de abanico. Era de noche y no podía distinguir aún el mar desde el acantilado. Para el viaje desde allí hacia el Sur no tenía mapas, pero podía reconocer las carreteras por las que había pasado la guerra y seguir la ruta costera. Cuando salió el sol, pudo aumentar la velocidad. Aún no había llegado a los ríos.

Hacia las dos de la tarde, llegó a Ortona, donde los zapadores habían instalado los puentes provisionales y habían estado a punto de ahogarse con la tormenta en el centro de la corriente. Empezó a llover y se detuvo para ponerse una capa de goma. Inmerso en la humedad ambiente, dio una vuelta en torno a la máquina. Ahora, mientras avanzaba, el sonido en sus oídos resultaba distinto. En lugar de los gemidos y los aullidos, oía un chuf chuf chuf y la rueda delantera le salpicaba agua en las botas. Todo lo que veía a través de las gafas era gris. No quería pensar en Hana. En todo el silencio, en medio del ruido de la moto, no pensaba en ella. Cuando aparecía su cara, la borraba, daba un tirón del manillar para hacer un viraje y tener que concentrarse. Si tenía que haber palabras, no serían las de Hana, sino los nombres en aquel mapa de Italia que estaba recorriendo.

Tenía la sensación de que transportaba el cuerpo del inglés en aquella huida. Iba sentado en el depósito de gasolina mirando hacia él, con el negro cuerpo abrazado al suyo y mirando por encima de su hombro al pasado, el paisaje del que huían, aquel palacio de extranjeros que se perdía en la lejanía en la colina italiana y que nunca se reconstruiría. «Y las palabras que he puesto en tu boca no saldrán de tu boca ni de la de tus descendientes ni de la de los descendientes de tus descendientes».

La voz del paciente inglés le recitaba las palabras de Isaías al oído, como ya había hecho la tarde en que el muchacho le había hablado de aquel rostro en el techo de la capilla de Roma. «Desde luego, hay cien Isaías. Un día desearás verlo de anciano: en los monasterios del sur de Francia aparece representado como un anciano con barba, pero su mirada sigue teniendo la misma energía». El inglés había recitado en el cuarto pintado: «Mira, el Señor te llevará a un terrible cautiverio y ten por seguro que te subyugará. Ten por seguro que te sacudirá y lanzará de acá para allá como una pelota por una gran extensión de terreno».

A medida que avanzaba, la lluvia iba haciéndose más densa. Como le había gustado la cara en el techo, también le habían gustado aquellas palabras, del mismo modo que había creído en el hombre quemado y en los henares de civilización a los que tantos mimos prodigaba. Isaías, Jeremías y Salomón figuraban en el libro de cabecera del hombre quemado, su libro sagrado, en el que había pegado y había hecho suyo todo lo que adoraba. Había pasado su libro al zapador y éste le había dicho: también nosotros tenemos un Libro Sagrado.

La juntura de goma de las gafas se había agrietado en los últimos meses y ahora el agua estaba empezando a llenar las cámaras de aire delante de sus ojos. Seguiría su ruta sin ellas, con el chuf chuf chuf en los oídos, tan permanente como el rumor del mar, y su doblado cuerpo rígido, frío, pues de aquella máquina que tan íntimamente montaba emanaba tan sólo la idea del calor y la rociada blanca que levantaba al cruzar los pueblos como una estrella fugaz, una aparición que duraba medio segundo y durante la cual se podía formular un deseo. «Pues los cielos desaparecerán como el humo y la tierra se volverá vieja como un vestido y los que en ella viven morirán de igual modo, pues las polillas darán cuenta de ellos como de un vestido y los gusanos los devorarán como lana». Un secreto de desiertos desde Uweinat hasta Hiroshima.

Estaba quitándose las gafas, cuando salió de la curva y entró en el puente sobre el río Ofanto. Y en el momento en que alzaba el brazo izquierdo con las gafas empezó a patinar. Las tiró y contuvo la moto, pero no estaba preparado para el salto provocado por el reborde metálico del puente, que hizo caer la moto a la derecha y debajo de él. De repente se encontró resbalando con ella en la capa de agua de lluvia por el centro del puente, al tiempo que del metal raspado saltaban chispas azules en torno a sus brazos y su cara.

Trozos de pesado acero salieron volando, tras rozar su cuerpo. Después la moto y él dieron un viraje a la izquierda y, como el puente carecía de pretil, salieron despedidos de costado —el zapador con los brazos echados hacia atrás por encima de su cabeza— y describieron una trayectoria paralela a la del agua. La capa se soltó de él y de todo elemento maquinal o ser mortal y pasó a formar parte del aire.

La motocicleta y el soldado se inmovilizaron en el aire y después —sin que el cuerpo metálico se escabullera de entre las piernas que lo montaban— giraron y cayeron al agua en ruidosa plancha que dejó un trazo blanco en ella antes de desaparecer —junto con la propia lluvia— en el río. «Te lanzará de acá para allá como una pelota por una gran extensión de terreno».

¿Cómo es que Patrick acabó en un palomar, Clara? Su unidad lo había abandonado, quemado y herido como estaba, tan quemado, que los botones de su camisa formaban parte de su piel, parte de su querido pecho el que yo besé y tú también. ¿Y cómo es que mi padre resultó quemado? Él, que podía serpentear cual una anguila o tu canoa para escabullirse, como por arte de magia, del mundo real. Con su deliciosa y complicada inocencia. Era el hombre menos locuaz que imaginarse pueda y siempre me extrañó que gustara a las mujeres. Nosotras somos las racionalistas, las cuerdas, y nos suele gustar tener a un hombre locuaz al lado. En cambio, a él se lo veía con frecuencia perdido, inseguro, mudo.

Era un hombre quemado y yo era enfermera y habría podido cuidarlo. ¿Entiendes la tristeza que entraña la geografía? Podría haberlo salvado o al menos haber permanecido con él hasta el final. Sé mucho sobre quemaduras. ¿Cuánto tiempo permanecería a solas con las palomas y las ratas, en las últimas fases de la sangre y la vida, con palomas por encima de él, revoloteando a su alrededor, sin posibilidad de dormir en la oscuridad, que siempre había detestado, y solo, sin la compañía de una amante o un familiar?

Estoy harta de Europa, Clara. Quiero volver a casa, a tu cabañita en la roca rosada de Georgian Bay. Tomaré un autobús hasta Parry Sound y desde la zona continental enviaré un mensaje por onda corta hacia las Pancakes y te esperaré, esperaré a ver tu silueta en una canoa acudiendo a rescatarme de este panorama, en el que todos nos metimos y con ello te traicionamos. ¿Cómo llegaste a ser tan lista, tan resuelta? ¿Cómo es que no te dejaste embaucar como nosotros? Tú, que tan dotada estabas para los placeres, qué sabía te volviste: la más pura de todos nosotros, la alubia más oscura, la hoja más verde.

Hana

La cabeza descubierta del zapador emergió del agua y su boca aspiró todo el aire que flotaba sobre el río.

Caravaggio había fabricado una pasarela con una cuerda de cáñamo hasta el techo de la villa contigua. En el extremo más próximo estaba atada a la cintura de la estatua de Demetrio y después, para mayor seguridad, al pozo. Pasaba justo por encima de las copas de los dos olivos cercanos a su trayectoria. Si hubiera perdido equilibrio, habría caído en los toscos y polvorientos brazos de los olivos.

Adelantó hacia ella el pie —enfundado tan sólo en el calcetín—, que se aferró al cáñamo. ¿Es valiosa esa estatua?, había preguntado en cierta ocasión a Hana, como si tal cosa, y ella le había respondido que, según el paciente inglés, ninguna estatua de Demetrio tenía valor.

Hana pegó el sobre, se levantó y cruzó el cuarto para cerrar la ventana y en ese momento un rayo cruzó el valle. Vio a Caravaggio en el aire sobre el barranco que se extendía junto a la villa, como una profunda cicatriz. Se quedó ahí, como en un sueño, y después trepó al hueco de la ventana y se sentó a contemplarlo.

Cada vez que se veía un rayo, la lluvia quedaba paralizada en la noche repentinamente iluminada. Veía los halcones elevarse como flechas por el aire y buscaba a Caravaggio.

Cuando Caravaggio se encontraba a medio camino, sintió el olor a lluvia, que poco después empezó a caerle por todo el cuerpo, a pegársele, y de repente notó que la ropa le pesaba mucho más.

Hana sacó las manos juntas por la ventana y se echó la lluvia recogida en ellas por el cabello, al tiempo que se lo alisaba.

La villa se fue hundiendo poco a poco en la oscuridad. En el pasillo contiguo al cuarto del paciente inglés ardía la última vela, viva aún en la noche. Siempre que se despertaba y abría los ojos, veía la trémula, casi extinta, luz amarilla.

Ahora el mundo carecía de sonido para él e incluso la luz parecía algo innecesario. La mañana siguiente diría a la muchacha que no quería que lo acompañara la llama de una vela, mientras dormía.

Hacia las tres de la mañana, sintió una presencia en el cuarto. Vio, por un instante, una figura al pie de su cama, contra la pared o tal vez pintada en ella, apenas perceptible en la oscuridad del follaje que quedaba detrás de la vela. Susurró algo, algo que deseaba decir, pero siguió el silencio y la ligera figura carmelita, que podía ser una simple sombra nocturna, no se movió: un álamo, un hombre con plumas, una figura nadando. No iba a tener la suerte de volver a hablar con el joven zapador, pensó.

En cualquier caso, aquella noche permaneció despierto para ver si la figura avanzaba hacia él. Permanecería despierto —y sin recurrir a la tableta que suprimía el dolor— hasta que se apagara la vela y su olor se difundiera por su cuarto y el de la muchacha, pasillo abajo. Si la figura se hubiese dado la vuelta, se le habría visto pintura en la espalda, donde, movido por el dolor, se había golpeado contra el mural de los árboles. Cuando la vela se extinguiera, iba a poder verlo.

Alargó despacio la mano, que tocó el libro y volvió a su oscuro pecho. Nada más se movió en el cuarto.

Y ahora, años después, ¿dónde se encontraba, cuando pensaba en ella? Una historia que recordaba a un canto rodado saltando por el agua y rebotando, con lo que, antes de que volviese a tocar la superficie y se hundiera, ella y él habían madurado.

¿Dónde se encontraba, en su jardín, pensando una vez más en que debería entrar en su casa y escribir una carta o ir un día a la oficina de teléfonos, rellenar un formulario e intentar ponerse en contacto con ella, en otro país? Aquel jardín, aquel terreno cuadrado cubierto de hierba seca y cortada, era el que lo hacía remontarse a los meses que había pasado con Hana, Caravaggio y el paciente inglés en la Villa San Girolamo, al norte de Florencia. Era médico, tenía dos hijos y una mujer risueña. Estaba siempre muy ocupado en aquella ciudad. A las seis de la tarde, se quitaba la bata blanca de facultativo, debajo de la cual llevaba pantalones oscuros y camisa de manga corta. Cerraba la clínica, en la que todos los documentos estaban sujetos por pisapapeles de diversos tipos —piedras, tinteros, un camión de juguete con el que su hijo ya no jugaba— para impedir que volaran con el ventilador. Montaba en su bicicleta y recorría pedaleando los seis kilómetros hasta su casa, pasando por el bazar. Siempre que podía, dirigía la bicicleta hacia la parte de la calle cubierta por la sombra. Había llegado a una edad en la que advertía de repente que el sol de la India lo agotaba.

Se deslizaba bajo los sauces bordeando el canal y después se detenía en una pequeña urbanización, se quitaba las pinzas de los pantalones y bajaba la bicicleta por la escalera hasta el jardincito, del que se ocupaba su esposa.

Y aquella tarde algo había hecho salir la piedra del agua y le había permitido regresar por el aire hasta el pueblo encaramado en una colina de Italia. Tal vez fuese la quemadura química en el brazo de la niña a la que había atendido en aquella jornada o la escalera de piedra, en cuyos peldaños crecían tenaces hierbas marrones. Estaba subiendo la bicicleta y a la mitad de la escalera le había venido el recuerdo. Era el momento en que se dirigía al trabajo, por lo que, cuando llegó al hospital inició el constante ajetreo con los pacientes y la administración de su jornada de siete horas, el mecanismo que desencadenaba el recuerdo se detuvo. O podría haber sido también la quemadura en el brazo de aquella niña.

Estaba sentado en el jardín y veía a Hana, con pelo más largo, en su propio país. ¿Y qué hacía Hana? La veía siempre, su rostro y su cuerpo, pero no sabía su profesión ni sus circunstancias, aunque veía sus reacciones ante las personas a su alrededor, inclinarse ante los niños con una blanca puerta de nevera detrás de ella en segundo plano, tranvías silenciosos. Era una relativa dádiva que se le había concedido, como si la película de una cámara la revelara, pero sólo a ella, en silencio. No podía distinguir la compañía entre la que se movía, sus pensamientos; lo único que podía presenciar era su persona y el crecimiento de su oscuro cabello, que le caía una y otra vez sobre la cara.

Ella siempre iba a tener —comprendía ahora— un rostro serio. La mujer joven que había sido había adquirido el anguloso aspecto de una reina, alguien que había labrado su rostro con el deseo de ser cierta clase de persona. A él seguía gustándole ese rasgo de ella. Su inteligente elegancia, pues ese aspecto y esa belleza no eran heredados, sino buscados, y siempre reflejarían una fase actual de su personalidad. Parecía que, cada uno o dos meses, la veía así, como si esos momentos de revelación fueran una continuación de las cartas que ella le había escrito durante un año, sin recibir respuesta, hasta que, al sentirse rechazada por su silencio —por su forma de ser, supuso él—, dejó de enviarlas.

Y ahora lo asaltaba ese deseo apremiante de hablar con ella durante una comida y volver a aquella fase de máxima intimidad entre ellos en la tienda o en el cuarto del paciente inglés, espacios ambos por los que discurría el turbulento río que los separaba. Al recordar aquella época, se sentía tan fascinado por su propia presencia allí como por ella: un chico serio, cuyo ágil brazo cruzaba el aire hacia la muchacha de la que se había enamorado. Sus botas húmedas estaban junto a la puerta —allí, en Italia— con los cordones atados entre sí y su brazo se alargaba hacia el hombro de ella, la figura tumbada boca abajo en la cama.

Durante la cena, contemplaba a su hija luchar con los cubiertos, intentando sostener tan grandes armas en sus manitas. En aquella mesa todas las manos eran de color carmelita. Se desenvolvían todos ellos con soltura en sus usos y hábitos y su esposa les había enseñado a todos un humor feroz, que su hijo había heredado. Le encantaba encontrarse con el ingenio de su hijo en aquella casa, que le sorprendía constantemente, superaba incluso los conocimientos y el humor de sus padres: su actitud ante los perros en la calle, cuyos andares y mirada imitaba. Le encantaba que aquel niño pudiera casi adivinar los deseos de los perros a partir de sus diversas expresiones.

Y probablemente Hana se relacionara con gente que no había elegido. Incluso a su edad —treinta y cuatro años— no había encontrado su compañía ideal, la que deseaba. Era una mujer honorable e inteligente, cuyos impetuosos amores excluían la suerte, eran siempre arriesgados, y ahora había señales en su semblante que sólo ella podía reconocer en un espejo. ¡Ideal e idealista con aquel brillante cabello oscuro! Los hombres se enamoraban de ella. Aún recordaba los versos que el inglés tenía copiados en su libro de citas y que le leía en voz alta. Se trata de una mujer que no conozco lo suficiente para cobijarla bajo mis alas, en caso de que los escritores tengan alas, por el resto de mi vida.

Conque Hana se movió, su cara se transformó y, embargada por la pena, inclinó la cabeza y el cabello le cayó sobre la cara. Tocó con el hombro el borde de una alacena y un vaso se movió de su sitio. La mano izquierda de Kirpal bajó rauda y atrapó el tenedor que caía a un centímetro del suelo y volvió a colocarlo con ternura entre los dedos de su hija, al tiempo que se le dibujaban unas arruguitas en las comisuras de los ojos, tras las gafas.

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