El paciente inglés
III. Cierta vez un fuego
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«Dime: ¿es posible amar a alguien que no sea tan inteligente como tú?». Caravaggio, al que los efectos de la morfina habían puesto de talante combativo, tenía ganas de discutir. «Eso es algo que me ha preocupado en la mayor parte de mi vida sexual, que, por cierto, empezó —debo anunciar a esta selecta compañía— tarde. Del mismo modo que no conocí el placer sexual de la conversación hasta que estuve casado. Nunca me habían parecido eróticas las palabras. A veces me gusta más, la verdad, hablar que follar. Frases: montones sobre esto, montones sobre aquello y después montones sobre esto otra vez. Lo malo de las palabras es que puedes acabar arrinconándote a ti mismo, mientras que follando no puedes acabar así».
«Ésa es una opinión típica de un hombre», murmuró Hana.
«La verdad es que a mí no me ha ocurrido», prosiguió Caravaggio, «tal vez a ti sí, Kip, cuando bajaste a Bombay de las montañas, cuando fuiste a Inglaterra para recibir la formación militar. Me gustaría saber si habrá acabado alguien acorralado follando. ¿Qué edad tienes, Kip?».
«Veintiséis años».
«Más que yo».
«Más que Hana. ¿Podrías enamorarte de ella, si no fuese más inteligente que tú? No quiero decir que no sea menos inteligente que tú. Pero ¿es importante para ti pensar que es más inteligente que tú para enamorarte? Piénsalo. Puede estar obsesionada con el inglés, porque éste sabe más. Cuando hablamos con ese tipo, nos desborda. Ni siquiera sabemos si es inglés. Probablemente no lo sea. Mira, creo que es más fácil enamorarse de él que de ti. ¿Por qué? Porque lo que queremos es saber cosas, cómo encajan las piezas. Los conversadores seducen, las palabras nos arrinconan. Más que ninguna otra cosa, queremos crecer y cambiar. Un mundo feliz».
«No lo creo», dijo Hana.
«Yo tampoco. Te voy a hablar de la gente de mi edad. Lo peor es que los demás dan por sentado que a esta edad ya has desarrollado del todo tu personalidad. Lo malo de la edad mediana es que creen que estás del todo formado. Mirad».
Entonces Caravaggio alzó las manos con las palmas vueltas hacia Hana y Kip. Ella se levantó, fue detrás de él y le rodeó el cuello con su brazo.
«No sigas con eso. ¿Vale, David?».
Envolvió suavemente las manos de Caravaggio con las suyas.
«Ya tenemos ahí arriba un charlatán disparatado».
«Míranos… aquí sentados, como los asquerosos ricos en sus asquerosas villas encaramadas en asquerosas colinas, cuando en la ciudad hace demasiado calor. Son las nueve de la mañana: ese de ahí arriba está durmiendo. Hana está obsesionada con él. Yo estoy obsesionado con la salud mental de Hana, estoy obsesionado con mi “equilibrio”, y Kip probablemente salga volando un día de éstos. ¿Por qué? ¿A beneficio de qué? Tiene veintiséis años. El ejército británico le ha enseñado unas técnicas y los americanos le han enseñado otras y el equipo de zapadores ha asistido a conferencias, ha recibido condecoraciones y después lo han enviado a las colinas de los ricos. Te están utilizando, chaval. No me voy a quedar aquí mucho tiempo. Quiero llevarte a casa. Echando leches de Dodge City».
«Basta ya, David. Kip va a sobrevivir».
«¿Cómo se llamaba el zapador que salió volando la otra noche?».
Kip no abrió la boca.
«¿Cómo se llamaba?».
«Sam Hardy». Kip abandonó la conversación, se acercó a la ventana y se asomó.
«El problema de todos nosotros es que estamos donde no debemos. ¿Qué estamos haciendo en África, en Italia? ¿Qué hace Kip desactivando bombas en huertos, por el amor de Dios? ¿Qué hace participando en guerras inglesas? Un agricultor del frente occidental no puede podar un árbol sin destrozar la sierra. ¿Por qué? Por la cantidad de metralla que le metieron dentro en la última guerra. Hasta los árboles están cargados de enfermedades que hemos provocado. Los ejércitos te adoctrinan y te dejan aquí y se van a tomar por culo y a armar follón en otra parte, inky-dinky parlez-vous. Deberíamos largarnos todos juntos».
«No podemos abandonar al inglés».
«El inglés se marchó hace meses, Hana: está con los beduinos o en algún jardín inglés con su césped y toda la leche. Probablemente no recuerde siquiera a la mujer que da vueltas por su cabeza, aquella de la que intenta hablarnos. No sabe dónde cojones se encuentra.
»Crees que estoy enfadado contigo, ¿verdad?, porque te has enamorado. ¿No? Un tío celoso de su sobrina. Me da terror tu situación. Quiero matar al inglés, porque eso es lo único que puede salvarte, sacarte de aquí. Y está empezando a caerme bien. Deserta de tu puesto. ¿Cómo va a poder amarte Kip, si no eres lo bastante lista para hacer que deje de arriesgar la vida?
«Porque sí, porque cree en un mundo civilizado. Es un hombre civilizado».
«Primer error. La iniciativa correcta es la de montar a un tren, largaros y tener hijos. ¿Queréis que vayamos a preguntar al inglés, el pájaro, qué le parece?
»¿Por qué no eres más lista? Los ricos son los únicos que no pueden permitirse el lujo de ser listos. Están comprometidos. Quedaron encerrados hace años en una vida de privilegio. Tienen que proteger sus posesiones. Nadie es más mezquino que los ricos. Te lo digo yo. Pero tienen que seguir las normas de su putrefacto mundo civilizado. Declaran la guerra, tienen honor y no pueden marcharse. Pero vosotros dos, nosotros tres, somos libres. ¿Cuántos zapadores mueren? ¿Por qué no has muerto tú aún? No seas responsable. La suerte no es eterna».
Hana estaba vertiendo leche en su taza. Cuando acabó, pasó el borde de la jarra sobre la mano de Kip y siguió vertiendo la leche sobre su carmelita mano y por su brazo hasta el codo. Él no la apartó.
Había dos niveles de jardín, largo y estrecho, al oeste de la casa: una terraza propiamente dicha y, más arriba, el jardín más oscuro, en el que los peldaños de piedra y las estatuas de cemento casi desaparecían bajo el verde moho provocado por la lluvia. En él tenía montada su tienda el zapador. Caía la lluvia y la bruma se alzaba del valle y de las ramas de ciprés y abeto caía otra lluvia sobre ese trecho medio despejado en la ladera de la colina.
Sólo las hogueras podían secar el jardín superior, permanentemente húmedo y umbrío. Los desechos de tablas y vigas resultantes de anteriores bombardeos, las ramas arrastradas, la maleza que Hana arrancaba por las tardes, la hierba y las ortigas segadas: todo eso lo llevaban allí y lo quemaban al atardecer. Las húmedas hogueras humeaban y ardían y el humo con olor a plantas se metía entre los arbustos, subía hasta los árboles y después se extinguía en la terraza delante de la casa. Llegaba a la ventana del paciente inglés, que oía retazos de la charla y de vez en cuando risas procedentes del jardín humeante. Identificaba el olor y se remontaba hasta lo que habían quemado. Romero, pensaba, vencetósigo, ajenjo, había ahí algo más, sin aroma, tal vez diente de perro o el falso girasol, que gustaba del suelo, ligeramente ácido, de aquella colina.
El paciente inglés aconsejaba a Hana lo que debía cultivar.
«Pide a tu amigo italiano que te consiga semillas, parece apto para eso. Lo que necesitas es hojas de ciruelo. También claveles de la India y claveles reventones: si quieres el nombre latino para decírselo a tu amigo latino, es silene virginica. También va bien la ajedrea roja. Si quieres que acudan pinzones, planta avellanos y cormieras».
Hana lo anotó todo. Después metió la estilográfica en el cajón de la mesita en que guardaba el libro que le estaba leyendo, dos velas y cerillas. En aquel cuarto no había material médico. Lo escondía en otros cuartos. No quería que Caravaggio molestara al inglés, al buscarlo. Se metió la hoja de papel con los nombres de las plantas en el bolsillo del vestido para dársela a Caravaggio. Ahora que la atracción física había alzado la cabeza, había empezado a sentirse incómoda en compañía de los tres hombres; si es que era atracción física, si es que todo aquello tenía algo que ver con el amor a Kip.
Le gustaba descansar la cara contra la parte superior de su brazo, río carmelita oscuro, y despertarse sumergida en él, contra el pulso de una vena no visible en su carne junto a ella. La vena que tendría que localizar y en la que tendría que inyectar una solución salina, si estuviera agonizando.
A las dos o las tres de la mañana, después de separarse del inglés, se dirigía cruzando el jardín hasta donde se encontraba el quinqué del zapador, colgado del brazo de San Cristóbal. Entre la luz y ella había una absoluta oscuridad, pero conocía cada arbusto y cada matorral por el camino, la situación de la hoguera junto a la que pasaba, baja y rosada y a punto de extinguirse. A veces cubría con la mano el cristal del quinqué, soplaba y apagaba la llama y otras veces la dejaba ardiendo, pasaba por debajo de ella, entraba a gatas en la tienda y se apretaba contra el cuerpo de él, el brazo que deseaba, y le ofrecía su lengua en lugar de un algodón, su diente en vez de una aguja, su boca en lugar de la máscara con las gotas de codeína para dormirlo, para aminorar el inmortal tictac de su cerebro hasta reducirlo al sopor. Doblaba su vestido estampado y lo colocaba sobre sus zapatillas de tenis. Sabía que para él el mundo se consumía en llamas a su alrededor con arreglo a unas mínimas reglas decisivas. Había que sustituir el TNT por vapor, había que drenarlo, había que… sabía que todo eso daba vueltas en la cabeza de él, mientras dormía junto a él, virtuosa como una hermana.
La tienda y el oscuro bosque los rodeaban.
Sólo habían avanzado un paso respecto del consuelo que había dado ella a otros en los hospitales provisionales de Ortona o Monterchi. Su cuerpo como último calor, su susurro como consuelo, su aguja para dormir. Pero el cuerpo del zapador no permitía que entrara en él nada procedente de otro mundo. Un muchacho enamorado que se negaba a comer los alimentos que ella recolectaba, que no necesitaba ni deseaba la droga en una aguja que ella podría haberle inyectado en el brazo, como hacía Caravaggio, o los ungüentos inventados en el desierto que el inglés anhelaba, ungüentos y polen para que se recuperara, como los que le había preparado el beduino. Tan sólo para que gozara del consuelo que aporta el sueño.
Kip disponía ornamentos a su alrededor. Ciertas hojas que ella le había dado, un cabo de vela y, en su tienda, el receptor de radio y la bolsa, llena con el instrumental de su disciplina, que llevaba al hombro. Había salido de los combates con una calma que, aun cuando fuera falsa, significaba orden para él. Continuaba dando muestras de rigor, seguía el halcón que flotaba por el valle en la V de su punto de mira, abriendo una bomba y nunca apartando la vista de lo que estaba escudriñando, al tiempo que se acercaba un termo, lo destapaba y bebía, sin mirar siquiera una sola vez la taza de metal.
Los demás somos simple periferia —pensaba ella—, sus ojos sólo están atentos al peligro, su oído a lo que esté ocurriendo en Helsinki o en Berlín y que le llega por la onda corta. Incluso cuando se comportaba como un amante tierno y ella lo sujetaba con su mano izquierda por encima del kara, donde se tensaban los músculos de su antebrazo, ella se sentía invisible ante aquella mirada perdida hasta que llegaba el gemido y su cabeza caía contra el cuello de ella. Todo lo demás, aparte del peligro, era periférico. Ella le había enseñado a manifestarse así, ruidosamente, había deseado que lo hiciera y, si en algún momento, pasados los combates, estaba relajado, por poco que fuese, era sólo en ése, como si por fin estuviese dispuesto a indicar su posición en la oscuridad, manifestar su placer con un sonido humano.
No sabemos hasta qué punto estaba enamorada ella de él o él de ella o hasta qué punto se trataba de un juego de secretos. A medida que intimaban, aumentaba el espacio que los separaba durante el día. A ella le gustaba la distancia que él le dejaba, el espacio que, a su juicio, les correspondía. Infundía a los dos una energía particular, un código de aire entre ellos, cuando él pasaba bajo su ventana y sin decir palabra camino del pueblo, donde se reunía con los otros zapadores. Él le pasaba un plato o comida en las manos. Ella le colocaba una hoja en su carmelita muñeca. O trabajaban con Caravaggio en la cimentación de un muro a punto de derrumbarse. El zapador cantaba sus canciones occidentales, con las que Caravaggio, aunque no lo reconociera, disfrutaba.
«Pennsylvania six-five-oh-oh-oh!», cantaba jadeando el joven soldado.
Ella iba aprendiendo a distinguir todas las variedades de su oscura piel, el color de su antebrazo en comparación con el de su cuello, el color de sus palmas, su mejilla, la piel bajo el turbante, la oscuridad de los dedos al separar cables rojos y negros o en contraste con el pan que cogía de la bandeja de bronce que aún utilizaba para la comida. Después se ponía en pie. Su independencia les parecía descortés, aunque él la consideraba sin lugar a dudas el colmo de la educación.
Los que más le gustaban eran los colores que cobraba su cuello con el agua, cuando se bañaba, y el de su pecho cubierto de sudor, al que se aferraban los dedos de ella cuando lo tenía encima, y el de los oscuros y fuertes brazos en las tinieblas de su tienda o, cierta vez, en el cuarto de ella, cuando entre ellos surgió, como el crepúsculo, la luz procedente del pueblo situado en el valle, al fin liberada del toque de queda, e iluminó el color de su cuerpo.
Más adelante Hana iba a comprender que ni él ni ella habían accedido nunca a verse comprometidos el uno para con el otro. Vería esa palabra en una novela, la sacaría del libro e iría a consultarla en un diccionario. Comprometido: que ha contraído un compromiso u obligación. Y él nunca había accedido —y Hana lo sabía— a eso. Si ella cruzaba los doscientos metros de jardín oscuro para reunirse con él, lo hacía por su propia voluntad y podía encontrarlo dormido, no por falta de amor, sino por necesidad, para afrontar con la mente despejada los objetos traicioneros del día siguiente.
A él ella le parecía extraordinaria. Se despertaba y la veía en el haz de luz de la lámpara. Lo que más le gustaba era la expresión inteligente de su cara. O por las noches le gustaba su voz, cuando discutía una tontería de Caravaggio. Y la forma como entraba a gatas en su tienda y se apretaba contra su cuerpo, como una santa.
Hablaban y la voz ligeramente cantarina de él resonaba entre el olor a lona de la tienda que lo había acompañado durante toda la campaña italiana y que tocaba alargando sus finos dedos como si formara también parte de su cuerpo, un ala de color caqui que plegaba sobre sí durante la noche. Era su mundo. Durante aquellas noches, ella se sentía muy lejos de Canadá. Él le preguntaba por qué no podía dormir. Ella estaba tumbada ahí e irritada por su independencia, por la facilidad con la que se apartaba del mundo. Ella quería un techo de hojalata para guarecerse de la lluvia, dos álamos que se estremecieran ante su ventana, un ruido que acunara su sueño, los árboles y los techos bajo los que dormía en el extremo oriental de Toronto, donde se crio, y después, durante un par de años, con Patrick y Clara a orillas del río Skootamatta y posteriormente en la Georgian Bay. Ni siquiera en la densidad de aquel jardín había encontrado un árbol bajo el que dormir.
«Bésame. De tu boca es de lo que estoy más puramente enamorada, de tus dientes». Y más tarde, cuando su cabeza había caído a un lado, hacia la corriente que entraba por la abertura de la tienda, le había susurrado en voz alta estas palabras, que sólo había oído ella misma: «Tal vez deberíamos preguntar a Caravaggio. Mi padre me dijo una vez que Caravaggio estaba siempre enamorado. No sólo caía en el amor, sino que, además, se hundía dentro de él. Siempre confuso, siempre feliz. ¿Kip? ¿Me oyes? Me siento tan feliz contigo, tan feliz de estar contigo así».
Lo que más deseaba ella era un río en el que pudieran nadar. En la natación había un ceremonial que le parecía como el de una pista de baile. Pero él tenía una idea diferente de los ríos, se había metido en el Moro en silencio tirando del arnés de cables atados al puente portátil y los paneles de acero remachados se deslizaban tras él dentro del agua como un ser vivo y entonces se había iluminado el cielo con el fuego de obuses y alguien estaba hundiéndose a su lado en el centro del río. Los zapadores se sumergían una y otra vez en busca de las poleas perdidas y recogían los garfios en el agua y las llamaradas del fósforo en el cielo iluminaban el barro, la superficie y los rostros.
Durante toda la noche lloraron, gritaron y se ayudaron mutuamente a no volverse locos. Con la ropa empapada en el río invernal, consiguieron que el puente fuera encarrilándose poco a poco por encima de sus cabezas y dos días después otro río. Todos los ríos a los que llegaban carecían de puentes, como si hubieran borrado sus nombres, como si el cielo no tuviese estrellas ni las casas puertas. Las unidades de zapadores se metían con cuerdas en ellos, trasladaban cables sobre los hombros, encajaban los pernos, cubiertos de grasa para que no chirriara el metal, y después pasaba el ejército. Pasaba con sus vehículos y los zapadores seguían en el agua.
Con mucha frecuencia los sorprendían en plena corriente los obuses, que fulguraban en las cenagosas orillas y hacían trizas el acero y el hierro. Entonces nada había para protegerlos, el río resultaba tan fino como la seda contra los metales que lo rasgaban.
Kip se lo quitaba de la cabeza. Se daba maña para dormirse al instante y apartarse de aquella mujer, que tenía sus propios ríos y se perdía en ellos.
Sí, Caravaggio le explicaría cómo podía hundirse en el amor, cómo hundirse incluso en el amor cauto. «Quiero llevarte al río Skootamatta, Kip», decía Hana. «Quiero enseñarte el lago Smoke. La mujer a la que mi padre amó vive en los lagos, se desplaza más en canoa que en coche. Añoro los truenos que cortaban la electricidad. Quiero que conozcas a Clara, la mujer de las canoas, la única de mi familia que aún vive. Ya no queda nadie más. Mi padre la abandonó para irse a la guerra».
Caminaba sin dar un paso en falso ni vacilar hacia la tienda en la que él pasaba la noche. Los árboles tamizaban la luz de la luna, como si se encontrara bajo un globo de luces de una sala de baile. Entraba en la tienda, pegaba el oído a su pecho dormido y escuchaba los latidos de su corazón, igual que él escuchaba el reloj de una mina. Las dos de la mañana. Todo el mundo dormía, menos ella.