El paciente inglés
X. Agosto
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XAGOSTO
Caravaggio bajó las escaleras a oscuras y entró en la cocina. En la mesa había apio y unos nabos con las raíces aún cubiertas de barro. La única luz procedía de un fuego que Hana acababa de encender. Estaba vuelta de espaldas y no había oído sus pasos, al entrar. Su estancia en la villa había relajado el cuerpo de Caravaggio y lo había liberado de la tensión, por lo que parecía más alto, más desahogado en sus gestos. Sólo conservaba el sigilo de los movimientos. Por lo demás, ahora había en él una tranquila ineficiencia, un aletargamiento en los gestos.
Arrastró la silla para que Hana se volviera y viese que él había entrado.
«Hola, David».
Él levantó el brazo. Tenía la sensación de haber estado en desiertos durante demasiado tiempo.
«¿Cómo está?».
«Dormido. Le he hecho hablar por los codos».
«¿Era lo que pensabas?».
«Es igual. Podemos dejarlo tranquilo».
«Eso pensaba yo. Kip y yo estamos seguros de que es inglés. Kip cree que las mejores personas son las excéntricas, él trabajó con una así».
«Yo creo que el excéntrico es Kip. Por cierto, ¿dónde está?».
«Está tramando algo en la terraza para mi cumpleaños y no quiere que vaya a verlo». Hana abandonó la posición en cuclillas junto al hogar y se secó la mano en el antebrazo opuesto.
«Para tu cumpleaños voy a contarte una pequeña historia», dijo él.
Ella lo miró.
«Pero no sobre Patrick, ¿eh?».
«Un poco sobre Patrick y la mayor parte sobre ti».
«Todavía no puedo escuchar esas historias, David».
«Los padres mueren y seguimos amándolos como podemos. No puedes esconderlo en tu corazón».
«Ya hablaremos cuando se te haya pasado el efecto de la morfina».
Ella se acercó a él y lo rodeó con el brazo, se alzó y le besó en la mejilla. Cuando la apretó en su abrazo, sintió su barba de tres días como si le restregaran arena por la piel. Ahora le encantaba eso de él; en el pasado había sido siempre escrupuloso. Según había dicho Patrick, su raya en el pelo era como Yonge Street a medianoche. En el pasado Caravaggio se había movido como un dios delante de ella. Ahora, con la cara y el cuerpo más llenos y los tonos grisáceos, resultaba más humanizado.
Aquella noche estaba preparando la cena Kip. A Caravaggio no le hacía ilusión precisamente. Para su gusto, una de cada tres comidas era un desastre. Kip encontraba verduras y se las ofrecía apenas hechas, tan sólo las hervía brevemente en una sopa. Iba a ser otra comida purista, no lo que Caravaggio deseaba después de un día como aquél, en que había estado escuchando al hombre del piso superior. Abrió la alacena bajo la pila. En ella había, envuelta en un paño húmedo, carne seca que Caravaggio cortó y se guardó en el bolsillo.
«Mira, yo puedo sacarte de la morfina. Soy una buena enfermera».
«Estás rodeada de locos…».
«Sí, creo que estamos todos locos».
Cuando los llamó Kip, salieron de la cocina a la terraza, cuya linde, con su baja balaustrada de piedra, estaba cercada de luz.
A Caravaggio le pareció una sarta de bombillitas eléctricas encontradas en iglesias polvorientas y pensó que, aun cuando fuera para el cumpleaños de Hana, el zapador había ido demasiado lejos al sacarlas de una capilla. Ella se acercó despacio con las manos sobre la cara. No soplaba viento. Sus piernas y muslos se movían en la falda de su vestido como por aguas poco profundas y sus zapatillas de tenis no sonaban en la piedra.
«No he dejado de encontrar conchas en todos los sitios donde he cavado», dijo el zapador.
Seguían sin entender. Caravaggio se inclinó sobre las luces pestañeantes. Eran conchas de caracol rellenas de aceite. Observó toda la hilera: debía de haber unas cuarenta.
«Cuarenta y cinco», dijo Kip, «los años transcurridos de este siglo. En mi país, además de nuestra edad, celebramos la era».
Hana se movía a su lado, ahora con las manos en los bolsillos, como le gustaba a Kip verla caminar, tan relajada, como si se hubiera guardado los brazos por aquella noche, con un simple movimiento sin brazos ahora.
La atención de Caravaggio se desvió hacia la asombrosa presencia de tres botellas de vino tinto sobre la mesa. Se acercó, leyó las etiquetas y movió, atónito, la cabeza. Sabía que el zapador no iba a beber ni una gota. Estaban ya abiertas las tres. Kip debía de haber dado con un libro de etiqueta en la biblioteca. Entonces vio el maíz, la carne y las patatas. Hana pasó el brazo por el de Kip y se acercó con él a la mesa.
Comieron y bebieron y el inesperado espesor del vino en la lengua les recordaba a la carne. No tardaron en decir tonterías al brindar por el zapador —«el gran rastreador»— y por el paciente inglés. Brindaron mutuamente por su salud y Kip se les unió con su vaso de agua. Entonces se puso a hablar de sí mismo. Caravaggio lo instaba a continuar, si bien no siempre escuchaba, sino que a veces se levantaba y se paseaba en torno a la mesa, encantado con todo aquello. Quería que aquellos dos se casaran, estaba deseando forzarlos verbalmente a hacerlo, pero parecían haber impuesto reglas extrañas a su relación. ¿Qué hacía él desempeñando ese papel? Volvió a sentarse. De vez en cuando veía que se apagaba una luz, cuando se le acababa el aceite. Kij se levantaba y volvía a llenarlas con parafina rosada.
«Debemos mantenerlas encendidas hasta la medianoche».
Entonces se pusieron a hablar de la guerra, tan lejana. «Cuando acabe la guerra con Japón, todo el mundo volverá por fin a casa», dijo Kip.
«¿Y adónde irás tú?», preguntó Caravaggio. El zapador balanceó la cabeza, a medias asintiendo y a medías negando, al tiempo que sonreía. Conque Caravaggio se puso a hablar, más que nada a Kip.
El perro se acercó con cautela a la mesa y reposó la cabeza en las rodillas de Caravaggio. El zapador le pidió que le contara más historias de Toronto, como si fuera un lugar de particulares maravillas: nieve que inundaba la ciudad y helaba el puerto, transbordadores en los que en verano se escuchaban conciertos. Pero lo que le interesaba en realidad eran las claves para entender el carácter de Hana, aunque ella se mostraba evasiva y procuraba apartar a Caravaggio de las historias que versaran sobre algún momento de su vida. Quería que Kip la conociera sólo en el presente: una persona tal vez más imperfecta, más compasiva, más dura o más obsesionada que la niña o la joven que había sido entonces. En su vida contaban su madre —Alice—, su padre —Patrick—, su madrastra —Clara— y Caravaggio. Ya había mencionado esos nombres a Kip, como si fuesen sus credenciales, su dote. Eran intachables y no requerían explicación. Los usaba como autoridades en un libro en el que podía consultar la forma correcta de cocer un huevo o añadir ajo al cordero. No se podían poner en discusión.
Y entonces Caravaggio, que estaba bastante bebido, contó la historia de cómo cantó Hana la Marsellesa, que ya le había contado a ella. «Sí, he oído esa canción», dijo Kip y probó a cantarla. «No, tienes que cantarla en voz alta y fuerte», dijo Hana. «¡Tienes que cantarla de pie!».
Se levantó, se quitó las zapatillas de tenis y se subió a la mesa, donde, junto a sus pies descalzos, había cuatro luces pestañeantes, casi extintas, en conchas de caracol.
«Te lo dedico a ti. Tienes que aprender a cantarla así, Kip. Te lo dedico a ti».
Su canto se elevó en la penumbra, por encima de las conchas encendidas, por encima del marco de luz que salía del cuarto del paciente inglés, y en el oscuro cielo en el que se agitaban las sombras de los cipreses. Sacó las manos de los bolsillos.
Kip había oído aquella canción en los campamentos, cantada por grupos de hombres, muchas veces en momentos extraños, como, por ejemplo, antes de un partido de fútbol improvisado. Y a Caravaggio, cuando la había oído en los últimos años de la guerra, nunca le había gustado en realidad, nunca le había apetecido ponerse a escucharla. En su corazón llevaba la versión que Hana había cantado muchos años atrás. Ahora escuchaba con placer, porque la estaba cantando ella de nuevo, pero no tardó en agriársele por la forma como la interpretaba. No era la pasión de cuando tenía dieciséis años, sino un eco del trémulo círculo de luz que la rodeaba en la penumbra. Estaba cantándola como si fuese algo ajado, como si nunca más se pudiera abrigar la esperanza expresada por la canción. Había quedado alterada por los cinco años que habían precedido a aquella noche de su vigésimo primer cumpleaños en el cuadragésimo quinto año del siglo XX. Cantándola con la voz de un viajero cansado, solo contra todo. Un nuevo testamento. La canción carecía ya de seguridad, la cantante sólo podía ser una voz contra todas las montañas de poder. Ésa era la única certeza. Esa sola voz era lo único que quedaba intacto. Una canción a la luz de las conchas de caracol. Caravaggio comprendió que estaba cantando con el corazón del zapador y haciéndole eco.
En la tienda había noches en que no conversaban y noches en que no cesaban de hablar. Nunca estaban seguros de lo que sucedería, qué fracción del pasado surgiría o si su contacto sería anónimo y quedo en su oscuridad. La intimidad del cuerpo de ella o el cuerpo de sus palabras en el oído de él: tumbados en el almohadón de aire que él insistía en inflar y usar todas las noches. Aquel invento occidental le había encantado. Todas las mañanas soltaba el aire y lo plegaba, como Dios manda, y así lo había hecho durante todo el avance por Italia.
En la tienda Kip se apretaba contra el cuello de ella. Se deshacía con el contacto de las uñas de ella por su piel o tenía pegada su boca a la de ella, su estómago a la muñeca de ella.
Ella cantaba y tarareaba. Lo imaginaba, en la oscuridad de su tienda, como a medias pájaro: por algo en él que recordaba a una pluma, por el frío metal en su muñeca. Siempre que estaba en aquella tiniebla con ella, se movía como un sonámbulo, un poco descompasado con el ritmo del mundo, mientras que durante el día se deslizaba por entre todos los fenómenos fortuitos que lo rodeaban, igual que el color se desliza sobre el color.
Pero de noche encarnaba el sopor. Ella necesitaba verle los ojos para apreciar su orden y su disciplina. No había una clave para entenderlo. Se tropezaba por doquier con portales en braille. Como si los órganos, el corazón, las filas de costillas, pudieran verse bajo la piel y la saliva se le hubiera vuelto color en la mano. Él había levantado el plano de su tristeza mejor que nadie. Del mismo modo que ella conocía la extraña senda del amor que él sentía por su peligroso hermano. «Llevamos en la sangre el gusto del vagabundeo. Por eso, lo que le resulta más difícil de sobrellevar es la encarcelación y sería capaz de arriesgar la vida para liberarse».
Durante las conversaciones nocturnas, recorrían su país de cinco ríos: Sutlej, Jhelum, Ravi, Chenab, Beas. La guiaba hasta el interior del gran gurdwara, tras haberla visto quitarse los zapatos, lavarse los pies y cubrirse la cabeza. El templo en el que entraban, construido en 1601, fue profanado en 1757 y reconstruido inmediatamente después. En 1830 lo cubrieron de oro y mármol. «Si te llevara allí antes del amanecer, lo primero que verías sería la bruma sobre el agua. Después se alza y revela el templo a la luz. A esa hora ya se habrán iniciado los himnos de los santos: Ramananda, Nanak y Kabir. Los cánticos son la esencia misma del culto. Oyes el canto y hueles la fruta de los jardines del templo: granadas, naranjas. El templo es un abrigo en la corriente de la vida, accesible a todos. Es la nave que cruzó el océano de la ignorancia».
Avanzaban en la noche, pasaban por la puerta de plata al altar sobre el que se encontraba la Sagrada Escritura bajo un baldaquín de brocado. Los ragis cantaban los versículos de la Escritura acompañados por músicos: desde las cuatro de la mañana hasta las once de la noche. Abrían al azar el Granth Sahib y seleccionaban una cita y durante tres horas, antes de que la bruma se alzara del lago y revelase el Templo Dorado, los versículos se mezclaban y mecían en una lectura ininterrumpida.
Kip la llevaba, bordeando un estanque, hasta el árbol sagrado junto al cual está enterrado Baba Gujhaji, el primer sacerdote del templo, árbol de supersticiones, de cuatrocientos cincuenta años de antigüedad. «Mi madre vino aquí a atar una cuerda en una rama y suplicó al árbol que le concediera un hijo y, cuando nació mi hermano, volvió y pidió que se le concediera la dicha de tener otro. Por todo el Punjab hay árboles sagrados y agua mágica».
Hana permanecía en silencio. Él conocía la profundidad de sus tinieblas interiores, su carencia de hijos y de fe. No cesaba de procurar alejarla de la linde de sus campos desolados: un hijo y un padre perdidos.
«Yo también he perdido a alguien que era como un padre», había dicho Kip. Pero ella sabía que aquel hombre que tenía a su lado era uno de los afortunados, que se había criado como un desarraigado y, por tanto, podía sustituir una lealtad por otra, compensar la pérdida. Hay quienes resultan destruidos por la injusticia y quienes no. Si ella se lo hubiera preguntado, le habría contestado que no tenía queja de su vida: su hermano en la cárcel, sus compañeros lanzados por el aire en explosiones y él arriesgándose diariamente en aquella guerra.
Pese a la bondad de esa clase de personas, representaban una injusticia terrible. Podía pasarse todo el día en un foso de arcilla desactivando una bomba que podía matarlo en cualquier momento o volver a casa, entristecido pero entero, del entierro de otro zapador, pero, fueran cuales fuesen las aflicciones a su alrededor, siempre había solución y luz. Mientras que ella no veía la menor solución. Para él, existían los diferentes planos del destino y en el templo de Amritsar los representantes de todos los credos y todas las clases recibían la misma acogida y comían juntos. Ella misma podía dejar una moneda o una flor en la tela extendida en el suelo y después unirse al gran cántico permanente.
Lo deseaba. Su introversión era consecuencia de su tristeza interior. Por su parte, él la dejaría entrar por las trece puertas de su carácter, pero ella sabía que él, de estar en peligro, nunca recurriría a ella. Podía crear un espacio en torno a sí y concentrarse. Era su arte. Según decía, los sijs eran brillantes en materia de tecnología. «Tenemos una proximidad mística… ¿cómo se llama?». «Afinidad». «Sí, afinidad, con las máquinas».
Se perdía entre ellas durante horas, mientras el compás de la música en el receptor de radio le martilleaba en la frente y en el cabello. Ella no pensaba que pudiera entregarse totalmente a él y ser su amante. Él se movía a una velocidad que le permitía compensar la pérdida. Era su forma de ser. Ella no se lo iba a tener en cuenta. ¿Qué derecho tenía? Kip salía todas las mañanas con su mochila colgada del hombro izquierdo y se alejaba por el sendero de la Villa San Girolamo. Todas las mañanas lo veía, veía su animosa actitud ante el mundo, quizá por última vez. Al cabo de unos minutos, alzaba la vista para contemplar los cipreses mutilados por la metralla, sin ramas a media altura, arrancadas por los bombardeos. Plinio debía de haberse paseado por un sendero como aquél o también Stendhal, porque algunos pasajes de La cartuja de Parma sucedían también en aquella parte del mundo.
Kip —un joven con la profesión más extraña que su siglo había inventado, un zapador, un ingeniero militar que detectaba y desactivaba minas— alzaba la vista por aquel sendero medieval y contemplaba el arco de los altos árboles heridos por encima de él. Todas las mañanas salía de la tienda, se bañaba y se vestía en el jardín y se alejaba de la villa y sus alrededores, sin entrar siquiera en la casa —tal vez saludara con la mano, si veía a Hana—, como si el lenguaje, la humanidad, fueran a confundirlo, a introducirse, cual la sangre, en la máquina que había de entender. Ella lo veía a cincuenta metros de la casa, en un claro del sendero.
Ése era el momento en que los dejaba a todos atrás, el momento en que se cerraba el puente levadizo tras el caballero y éste se encontraba a solas, acompañado tan sólo por la calma de su estricto talento. En Siena había un mural que ella había visto, un fresco que representaba una ciudad. Unos metros fuera de las murallas de la ciudad, se había desprendido la pintura, por lo que, al abandonar el castillo, el viajero no podía contar siquiera con el consuelo —en forma de huerto en los alrededores— aportado por el arte. Allí era, le parecía a Hana, a donde iba Kip durante el día. Todas las mañanas salía de la escena pintada y se encaminaba hacia los oscuros riscos del caos: el caballero, el santo guerrero. Ella veía el caqui uniforme pasar entre los cipreses. El inglés lo había llamado fato profugus: fugitivo del hado. Ella suponía que aquellas jornadas comenzaban para él con el placer de alzar la vista hacia los árboles.
A comienzos de octubre de 1943, habían llevado a Nápoles a los zapadores en avión, tras seleccionar a los mejores del cuerpo de ingenieros que ya se encontraba en la Italia meridional. Kip fue uno de los treinta hombres transportados hasta la ciudad sembrada de explosivos.
Los alemanes habían coreografiado en la campaña italiana una de las retiradas más brillantes y terribles de la Historia. El avance de los Aliados, que debería haber durado un mes, se prolongó durante un año. Su ruta estaba cubierta de fuego. Mientras los ejércitos avanzaban, los zapadores, subidos a los guardabarros de los camiones, buscaban con la vista los puntos en que el suelo aparecía removido recientemente y que indicaban la presencia de minas. El avance resultaba lentísimo. Más al norte, en las montañas, los grupos de guerrilleros comunistas —los «garibaldinos»—, que llevaban pañuelos rojos para identificarse, ponían también bombas por las carreteras y las explosionaban al paso de los camiones alemanes sobre ellas.
La escala de colocación de minas en Italia y en el África del Norte resulta inconcebible. En el cruce de carreteras de Kismaayo-Afmadu se encontraron 260 minas. En la zona del puente sobre el río Orno había 300. El 30 de junio de 1941, zapadores sudafricanos colocaron en una jornada 2.700 minas del tipo Mark II en Mersa Matruh. Cuatro meses después, los británicos retiraron 7.806 minas de Mersa Matruh y las colocaron en otros puntos.
Hacían minas con toda clase de materiales. Llenaban con explosivos tubos galvanizados de cuarenta centímetros y los dejaban en las rutas militares. En las casas dejaban las minas dentro de cajas de madera. Llenaban las minas de tubo con gelignita, trozos de metal y clavos. Los bidones de combustible de veinte litros que los zapadores sudafricanos llenaban con hierro y gelignita podían destruir vehículos blindados.
En las ciudades era peor. Desde El Cairo y Alejandría transportaron unidades de artificieros, mínimamente capacitadas. La Octava División llegó a ser famosa. En octubre de 1941, desactivó durante tres semanas 1.403 bombas de explosivo instantáneo.
En Italia fue peor que en África: espoletas de relojería espeluznantemente excéntricas, diferentes de los artefactos alemanes con los que se había adiestrado a las unidades, pues sus mecanismos se activaban con muelle. Cuando los zapadores entraban en las ciudades, recorrían avenidas de cuyos árboles o de los balcones de cuyas casas colgaban cadáveres. Con frecuencia los alemanes se vengaban matando a diez italianos por cada alemán muerto. Algunos de los cadáveres colgados estaban minados y habían de explosionarse en el aire.
Los alemanes evacuaron Nápoles el 1.º de octubre de 1943. Durante un bombardeo de los Aliados ocurrido en septiembre de aquel año, centenares de ciudadanos habían abandonado la ciudad y habían empezado a vivir en las cuevas de los alrededores. En su retirada, los alemanes bombardearon la entrada de las cuevas y obligaron a los ciudadanos a permanecer bajo tierra. Se declaró una epidemia de tifus. En el puerto echaron a pique barcos y los volvieron a minar bajo el agua.
Los treinta zapadores entraron en una ciudad sembrada de trampas explosivas. Había bombas de acción retardada alojadas ex profeso en las paredes de los edificios públicos. Casi todos los vehículos estaban trucados. Los zapadores pasaron a sospechar permanentemente de cualquier objeto, en apariencia dejado al azar en una habitación. Desconfiaban de todo lo que veían en una mesa, a no ser que estuviera orientado hacia la posición de las «cuatro en punto». Años después de acabada la guerra, cuando un zapador colocaba un bolígrafo en una mesa, dejaba el extremo más grueso orientado hacia la posición de las cuatro en punto.
Nápoles siguió siendo zona de guerra durante seis semanas y Kip estuvo en ella todo aquel tiempo con la unidad. Al cabo de dos semanas, descubrieron a los ciudadanos en las cuevas, con la piel oscurecida por la mierda y el tifus. Cuando se dirigían hacia los hospitales de la ciudad, parecían una procesión de fantasmas.
Cuatro días después, explotó la oficina central de Correos y setenta y dos personas resultaron muertas o heridas. Ya había ardido, en los archivos de la ciudad, la colección de documentos medievales más rica de toda Europa.
El 20 de octubre, tres días antes de la fecha en que se había de restablecer el suministro de electricidad, un alemán se entregó y dijo a las autoridades que había miles de bombas ocultas en el barrio portuario de la ciudad y conectadas con el inactivo sistema eléctrico. Cuando se restableciera la corriente, la ciudad desaparecería presa de las llamas. Las autoridades, pese a los más de siete interrogatorios a los que —con actitud que osciló entre el tacto y la violencia— lo sometieron no pudieron cerciorarse totalmente de la veracidad de su confesión. Aquella vez evacuaron todo un barrio de la ciudad: los niños y los ancianos, los moribundos, las mujeres encintas, aquellos a los que acababan de sacar de las cuevas, los animales, los jeeps en buen estado, los soldados heridos de los hospitales, los pacientes mentales, los sacerdotes, los monjes y las religiosas de los conventos. Al anochecer del 22 de octubre de 1943, sólo quedaban doce zapadores en ella.
A las 15 horas del día siguiente, iba a restablecerse el suministro de electricidad. Ninguno de los zapadores se había encontrado nunca en una ciudad vacía, por lo que aquellas horas iban a ser las más extrañas e inquietantes de sus vidas.
Al anochecer, las tormentas recorrían la Toscana. Caían rayos sobre cualquier metal o aguja que se alzara sobre el paisaje. Kip volvía siempre a la villa por el sendero amarillo entre los cipreses hacia las siete de la tarde, hora hacia la que, los días de tormenta, comenzaban los truenos: una experiencia medieval.
Parecían gustarle aquellos hábitos temporales. Hana o Caravaggio veían su figura a lo lejos: hacía un alto en su camino a casa para volverse a mirar hacia el valle y ver a qué distancia quedaba la lluvia de él. Hana y Caravaggio volvían a la casa y Kip seguía su recorrido de ochocientos metros por el sendero que serpenteaba lentamente hacia la derecha y después hacia la izquierda. Se oía el ruido de sus botas en la gravilla. El viento llegaba hasta él en ráfagas que azotaban los cipreses de costado y los hacían ladearse y se le metían por las mangas de la camisa.
Seguía caminando durante diez minutos sin saber nunca si lo alcanzaría la lluvia. La oía antes de sentirla: chasquidos en la hierba seca, en las hojas de los olivos.
Pero de momento se encontraba en la refrescante ventolera de la colina, en el primer plano de la tormenta.
Si lo alcanzaba la lluvia antes de llegar a la villa, se echaba la capa de caucho sobre la mochila y seguía caminando al mismo paso.
En la tienda oía el puro sonido del trueno: sus estridentes chasquidos en lo alto y como un traqueteo de carreta, al perderse en las montañas. Un súbito resplandor de relámpago que iluminaba la tela de la tienda y le parecía siempre más brillante que la luz del sol, un destello de fósforo, algo en cierto modo mecánico, relacionado con la nueva palabra que había oído en las clases teóricas y en su receptor a galena: «nuclear». En la tienda se deshacía el turbante húmedo, se secaba el pelo y se trenzaba otro en torno a la cabeza.
La tormenta abandonaba el Piamonte y se desplazaba hacia el Sur y el Este. Caían rayos sobre los campanarios de las capillitas alpinas, en cuyos retablos se representaban de nuevo las Estaciones de la Cruz o los Misterios del Rosario. En los pueblecitos de Varese y Varallo, aparecían brevemente figuritas de terracota de tamaño mayor que el natural talladas en el siglo XVI y que representaban escenas bíblicas: Cristo azotado y con los brazos atados a la espalda, el látigo en el aire, un perro que ladraba y, en el siguiente retablo de la capilla, tres soldados que alzaban el crucifijo hacia las nubes pintadas.
La Villa San Girolamo, por su situación, recibía también aquellos destellos: los oscuros pasillos, el cuarto en el que yacía el inglés, la cocina en la que Hana estaba preparando un fuego y la bombardeada capilla quedaban de repente iluminados, sin sombra. Durante semejantes tormentas, Kip se paseaba sin miedo bajo los árboles de su tramo de jardín, pues —en comparación con los peligros que corría en su vida diaria— el de morir fulminado por un rayo resultaba patéticamente mínimo. Lo acompañaban en la penumbra las ingenuas imágenes católicas que había visto en aquellos santuarios de montaña, mientras contaba los segundos entre el relámpago y el trueno. Tal vez aquella villa fuera un retablo semejante, con sus cuatro habitantes iluminados fugazmente en un gesto íntimo, irónicamente destacados sobre el fondo de aquella guerra.
Los doce zapadores que se habían quedado en Nápoles se desplegaron por la ciudad. Pasaron toda la noche abriendo túneles cegados, bajando a las alcantarillas, buscando cables de espoletas que pudieran estar conectados con los generadores centrales. Habían de abandonar la ciudad a las dos de la tarde, una hora antes de que se reanudara el suministro de electricidad.
Una ciudad de doce habitantes, cada uno de ellos en zonas distintas de ella: uno en el generador, otro en el embalse, aún sumergiéndose en él, pues las autoridades estaban más que convencidas de que los daños más importantes los causaría la inundación. Cómo minar una ciudad. Resultaba amedrentador más que nada por el silencio. Lo único que oían del mundo humano eran los ladridos de perros y los cantos de pájaros procedentes de algunas ventanas. Llegado el momento, entraría en una de aquellas habitaciones con pájaro, algo humano en aquel vacío. Pasó por delante del Museo Archeologico Nazionale, que albergaba los restos de Pompeya y Herculano y en el que había visto el antiguo perro petrificado en ceniza blanca.
Mientras caminaba, llevaba encendida en el brazo izquierdo la linterna escarlata de zapador, único foco de luz en la Strada Carbonara. La búsqueda nocturna lo había dejado exhausto y ahora no parecía haber gran cosa que hacer. Cada uno de ellos llevaba un radioteléfono, pero sólo debían utilizarlo si descubrían algo que debiesen comunicar urgentemente. Lo que más lo agotaba era el terrible silencio en los patios y las fuentes secas.
A la una de la tarde, se dirigió hacia la bombardeada iglesia de San Giovanni a Carbonara, que ya conocía y en la que había una capilla del Rosario. Unas noches antes, se había paseado por aquella iglesia, cuando los relámpagos anulaban la oscuridad y había visto grandes figuras humanas en el retablo: un ángel y una mujer en una alcoba. Cuando volvió a hacerse la oscuridad, se sentó a esperar en un banco, pero no iba a recibir ninguna otra revelación.
Entró en el ángulo de la iglesia en el que se encontraban las figuras de terracota pintadas con el color de seres humanos blancos. La escena representaba una alcoba en la que una mujer conversaba con un ángel. Bajo la azul esclavina suelta se transparentaba el rizado y castaño cabello de la mujer, que con los dedos de la mano izquierda se tocaba el esternón. Cuando entró en el recinto, se dio cuenta de que todas las figuras eran de tamaño mayor que el natural: la cabeza de él llegaba apenas al hombro de la mujer, el brazo alzado del ángel alcanzaba una altura de cinco metros. Aun así, Kip se sentía acompañado por ellas. Era un cuarto habitado y él se paseaba por entre aquellos seres, cuyo coloquio representaba una fábula sobre la Humanidad y el Cielo.
Se quitó la mochila del hombro y se quedó mirando la cama. Sentía deseos de tumbarse en ella y, si no lo hizo, fue sólo por la presencia del ángel. Ya había rodeado el etéreo cuerpo y había advertido las polvorientas bombillitas que tenía sujetas a la espalda, bajo las oscuras alas de color, y sabía que, pese a su deseo, no iba a poder dormir fácilmente ante semejante presencia. Había tres pares de zapatillas —sutileza del artista—, que sobresalían bajo la cama. Eran las dos menos veinte, aproximadamente.
Extendió su capa en el suelo, aplastó la mochila para que hiciera de almohada y se tumbó sobre la piedra. Durante la mayor parte de su infancia en Lahore había dormido en una estera en el suelo de su alcoba. Y, a decir verdad, nunca había llegado a acostumbrarse a las camas occidentales. En su tienda utilizaba sólo un jergón y una almohada inflable, mientras que en Inglaterra cuando se alojaba en casa de lord Suffolk, sentía claustrofobia al hundirse en la masa del colchón y permanecía cautivo y despierto hasta que saltaba de la cama y se dormía en la alfombra.
Se tumbó junto a la cama. También los zapatos eran —advirtió— de tamaño mayor que el normal. Habrían cabido en ellos los pies de las amazonas. Sobre su cabeza se encontraba el vacilante brazo derecho de la mujer; más allá de sus pies, el ángel. Pronto uno de los zapadores conectaría la electricidad de la ciudad y, si hubiere de explotar, lo haría en compañía de aquellos dos. Morirían o quedarían a salvo. Nada más podía hacer, en cualquier caso: había pasado toda la noche en pie dedicado a la búsqueda final de escondrijos de dinamita y mecanismos de relojería. O se desplomarían las paredes a su alrededor o se pasearía por una ciudad iluminada. Al menos había encontrado aquellas figuras de padres. Podía relajarse en medio de aquel remedo de conversación.
Tumbado y con las manos debajo de la cabeza, advirtió una inflexibilidad en la cara del ángel que antes le había pasado inadvertida. La flor blanca que sostenía lo había confundido. El ángel era también un guerrero. En medio de aquella serie de pensamientos, se le cerraron los ojos y cedió al cansancio.
Estaba tumbado cuan largo era y con una sonrisa en el rostro, como aliviado de estar por fin durmiendo, de disfrutar de semejante lujo. La palma de su mano izquierda descansaba sobre el cemento. El color de su turbante era el mismo que el del cuello de encaje de María. A sus pies, junto a las seis zapatillas, el pequeño zapador indio, de uniforme. Allí no parecía existir el tiempo. Cada uno de ellos había elegido la posición más cómoda para olvidarlo. Así nos recordarán los otros: disfrutando sonrientes de la comodidad que entraña la confianza en lo que nos rodea. Ahora aquella escena, con Kip a los pies de las dos figuras, sugería un debate sobre su sino. El alzado brazo de terracota parecía indicar un aplazamiento de la ejecución, la promesa de un futuro prometedor para aquel extranjero, dormido como un niño. Los tres estaban casi a punto de adoptar una decisión, de llegar a un acuerdo.
Bajo su fina capa de polvo, el rostro del ángel reflejaba una intensa alegría. Sujetas a la espalda tenía las seis bombillitas, dos de las cuales estaban fundidas. Pero, aun así, el prodigio de la electricidad iluminó de repente sus alas desde abajo y sus colores —rojo de sangre, azul y oro, semejante al de los campos de mostaza— brillaron llenos de vida en aquellas últimas horas de la tarde.
Dondequiera que estuviese ahora Hana, en el futuro, era consciente de la trayectoria que había seguido el cuerpo de Kip para alejarse de su vida, el sendero por el que había irrumpido en sus vidas y tan marcadas las había dejado, volvía a verlo mentalmente. Recordaba todo lo que había ocurrido aquel día de agosto en que se había vuelto mudo como una piedra para con ellos: cómo estaba el cielo, cómo oscurecía la tormenta los objetos que tenía delante de ella en la mesa.
Lo vio en el campo, con las manos juntas por encima de la cabeza, y comprendió que no era un gesto provocado por el dolor, sino por la necesidad de mantener los auriculares apretados contra su cráneo. El zapador estaba a cien metros de distancia de ella en la terraza inferior, cuando Hana oyó el grito que emitió su cuerpo, que nunca había alzado la voz delante de ellos. Cayó de rodillas, como si se hubieran roto los hilos que lo sujetaban. Se quedó así y después se levantó despacio y se dirigió en diagonal hacia su tienda, entró en ella y cerró la abertura tras sí. Se oyó un seco restallido de trueno y Hana vio cómo se le oscurecían los brazos.
Kip salió de la tienda con el fusil. Entró en la Villa San Girolamo y pasó por delante de ella, raudo como una bola de acero en una máquina de juegos, cruzó el umbral y subió los escalones de tres en tres, con la respiración acompasada como un metrónomo y golpeando con las botas las secciones verticales de los peldaños. Sentada en la cocina, con el libro delante de ella y el lápiz petrificados y oscurecidos por la mortecina luz que precede a la tormenta, Hana oyó sus pasos por el pasillo.
Entró en el cuarto y se quedó al pie de la cama en que yacía el paciente inglés.
Hola, zapador.
Tenía la culata del fusil pegada al pecho y la correa tensada por el brazo, que formaba un triángulo.
¿Qué sucedía fuera?
Kip tenía expresión de condenado, separado de mundo, y su carmelita rostro lloraba. El cuerpo se giró y disparó a la antigua fuente y el yeso, al saltar, cayó en forma de polvo sobre la cama. Giró sobre sí mismo de nuevo y el fusil quedó apuntando al inglés. Empezó a temblar y después intentó controlarse con todo su ser.
Baja el arma, Kip.
Apoyó la espalda con fuerza contra la pared y dejó de temblar. El polvo de yeso suspendido en el aire le envolvía.
He estado sentado aquí, al pie de esta cama, escuchándote estos últimos meses, porque eras como un tío para mí. De niño, hacía lo mismo. Creía que podía absorber todo lo que los mayores me enseñaban. Creí que podía conservar ese saber, modificarlo despacio pero, en cualquier caso, transmitirlo a otros.
Me crie con las tradiciones de mi país, pero después, más que nada, con las de tu país, tu frágil isla blanca que con costumbres, modales, libros, prefectos y razón convirtió en cierto modo al resto del mundo. Representabais el comportamiento estricto. Yo sabía que, si me equivocaba de dedo al levantar una taza, quedaría proscrito. Si no hacía el nudo correcto en una corbata, resultaría excluido. ¿Serían los barcos simplemente los que os conferían tal poder? ¿Sería, como decía mi hermano, porque teníais las historias y las imprentas?
Vosotros y después los americanos nos convertisteis: con vuestras normas misioneras. Y soldados indios perdieron sus vidas como héroes para poder ser pukkah. Hacíais la guerra como si estuvieseis jugando al criquet. ¿Cómo pudisteis embaucarnos para participar en esto? Mira… escucha lo que ha hecho tu pueblo.
Arrojó el fusil sobre la cama y se acercó al inglés. Llevaba a un lado el receptor de radio, colgado del cinturón. Se lo soltó y colocó los auriculares en la negra cabeza del paciente, que hizo una mueca de dolor. Pero el zapador se los dejó puestos. Después volvió atrás y, al recoger el fusil, vio a Hana en la puerta.
Una bomba y después otra. Hiroshima, Nagasaki.
Desvió el fusil hacia el hueco de la ventana. El halcón parecía flotar intencionadamente hacia el punto de mira por el aire del valle. Si Kip cerraba los ojos, veía las calles de Asia envueltas en llamas. El fuego laminaba ciudades como un mapa reventado, el huracán de calor marchitaba los cuerpos al entrar en contacto con ellos, las súbitas sombras humanas se disolvían en el aire. Una sacudida de la ciencia occidental.
Contempló al paciente inglés, que escuchaba con los auriculares puestos y los ojos enfocados hacia adentro. La mira del fusil bajó de la fina nariz a la nuez, por encima de la clavícula. Kip contuvo la respiración. Se quedó rígido formando un ángulo recto con el fusil Enfield, sin la menor vacilación.
Entonces los ojos del inglés volvieron a mirarlo.
Zapador.
Entró Caravaggio en el cuarto y alargó la mano hacia él, pero Kip giró el fusil y le golpeó con la culata en las costillas: un zarpazo de animal. Y después, como si formara parte del mismo movimiento, volvió a situarse en la rígida posición en ángulo recto de los pelotones de ejecución, que le habían enseñado en diversos cuarteles de India e Inglaterra, con el cuello quemado en el punto de mira.
Kip, háblame.
Ahora su cara era un cuchillo. Contenía el llanto por la conmoción y el horror, al ver todo y a todos transformados a su alrededor. Aunque cayera la noche entre ellos, aunque cayese la niebla, los oscuros ojos del joven verían al nuevo enemigo que se le había revelado.
Me lo dijo mi hermano. Nunca des la espalda a Europa: los negociantes, los contratantes, los cartógrafos. Nunca confíes en los europeos, me dijo. Nunca les des la mano. Pero nosotros, oh, nos dejamos impresionar fácilmente… por los discursos y las medallas y sus ceremonias. ¿Qué he estado haciendo estos últimos años? Cortando, desactivando, vástagos diabólicos. ¿Para qué? ¿Para que sucediera esto?
¿Qué ha sucedido? ¡Por el amor de Dios, dínoslo!
Te voy a dejar la radio para que te empapes con tu lección de historia. No vuelvas a moverte, Caravaggio. Todos esos discursos de reyes, reinas y presidentes, ejemplos de civilización… esas voces del orden abstracto. Huélelo. Escucha la radio y huele la celebración en ella. En mi país, cuando un padre comete una injusticia, se mata al padre.
Tú no sabes quién es este hombre.
La mira del fusil siguió apuntada sin la menor vacilación al cuello quemado. Después el zapador la desvió hacia los ojos de aquel hombre.
Hazlo, dijo Almásy.
Las miradas del zapador y del paciente se cruzaron en aquel cuarto en penumbra y atestado ahora con el mundo.
Movió la cabeza hacia el zapador en señal de asentimiento.
Hazlo, repitió con calma.
Kip expulsó el cartucho y lo atrapó en el momento en que caía. Arrojó a la cama el fusil, serpiente ya sin veneno y vio a Hana por el rabillo del ojo.
El hombre quemado se quitó los auriculares de la cabeza y los apartó despacio delante de él. Después levantó la mano izquierda y se quitó el audífono y lo dejó caer al suelo.
Hazlo, Kip. No quiero oír nada más.
Cerró los ojos y se coló en la oscuridad, lejos del cuarto.
El zapador se recostó contra la pared con las manos enlazadas y la cabeza gacha. Caravaggio oía el aire que entraba y salía por su nariz, rápido y con fuerza: un pistón.
No es inglés.
Americano, francés, me da igual. Quien se pone a bombardear a las razas de color carmelita del mundo es inglés. Teníais al rey Leopoldo de Bélgica y ahora tenéis al Harry Truman de Estados Unidos de los cojones. Todos vosotros lo aprendisteis de los ingleses.
No. Él, no. Estás en un error. Probablemente él, más que nadie, esté de tu parte.
Lo que él diría es que no tiene importancia, comentó Hana.
Caravaggio se sentó en la silla. Siempre estaba, pensó, sentado en aquella silla. En el cuarto se oyó el rumor del receptor de radio, que seguía sonando con su voz subacuática. No tenía valor para volverse y mirar al zapador o hacia el borroso vestido de Hana. Sabía que el joven zapador tenía razón. Ellos nunca habrían lanzado una bomba sobre una nación blanca.
El zapador salió del cuarto y dejó a Caravaggio y a Hana junto a la cama. Había abandonado a los tres en su mundo, ya no era su centinela. En el futuro, cuando el paciente inglés muriera, si es que moría, Caravaggio y la muchacha lo enterrarían: que los muertos enterraran a los muertos. Nunca había estado seguro de lo que eso —esas pocas y crueles palabras de la Biblia— significaba.
Enterrarían todo —el cuerpo, las sábanas, la ropa, el fusil—, excepto el libro. Pronto se quedaría sólo con Hana. Y el motivo de todo aquello estaba en la radio, un acontecimiento terrible que comunicaban las emisiones de onda corta: una nueva guerra, la muerte de una civilización.
Noche serena. Oía chotacabras, sus gritos apagados, los quedos ruidos de las alas, cuando giraban. Los cipreses se alzaban sobre su tienda, inmóviles en aquella noche sin viento. Estaba tumbado y miraba el oscuro ángulo de la tienda. Cuando cerraba los ojos, veía fuego, gente que saltaba a ríos, a depósitos, para huir de la llama o el calor que en unos segundos lo quemaba todo, lo que tuvieran en la mano, sus propios cabellos y piel, incluso el agua a la que saltaban. La brillante bomba transportada hasta el verde archipiélago por un avión que surcó el aire sobre el océano, pasó por delante de la luna, al Este, y la arrojó.
No había comido ni bebido, no podía tragar nada. Antes de que se hiciera de noche, sacó de la tienda todos los objetos militares, todo su equipo de artificiero, y se arrancó todas las insignias del uniforme. Antes de tumbarse, se deshizo el turbante, se peinó el pelo y después se lo ató en un moño, se tumbó y vio la luz en la tela de la tienda desaparecer poco a poco, mientras sus ojos se aferraban a la última y azul pincelada de luz y oía amainar el viento hasta desaparecer y después el ruido seco que hacían los halcones con las alas al virar y todos los sonidos delicados del aire.
Tenía la sensación de que todos los vientos del mundo habían resultado aspirados hacia Asia. Las cavilaciones sobre aquella bomba del tamaño —al parecer— de una ciudad, tan vasta, que permitía a los vivos presenciar la muerte de la población a su alrededor, le hicieron olvidar las numerosas bombas pequeñas de su carrera. No sabía nada sobre aquella arma: si se trataría de un repentino ataque de metal y explosión o si el aire en ebullición embestiría y laminaría a todo ser humano. Lo único que sabía era que ya no podía permitir que nada se acercase a él, no podía comer nada ni beber siquiera en un charco de un banco de piedra en la terraza, no podía sacar una cerilla de la bolsa y encender el quinqué, pues estaba convencido de que éste lo incendiaría todo. En la tienda, antes de que se disipara la luz, había sacado la fotografía de su familia y la había contemplado. Su nombre era Kirpal Singh y no sabía qué hacía allí.
Ahora estaba bajo los árboles en pleno calor de agosto, sin turbante y vestido sólo con una kurta. No llevaba nada en las manos, caminaba simplemente bordeando la línea de los setos, descalzo sobre la hierba, la piedra de la terraza o la ceniza de una antigua hoguera. Su cuerpo insomne estaba vivo en un extremo de un gran valle de Europa.
Por la mañana temprano, Hana lo vio de pie junto a la tienda. Durante la noche había mirado por si veía alguna luz entre los árboles. Aquella noche, el inglés no había cenado y cada uno de los demás habitantes de la villa lo había hecho a solas. Ahora Hana vio el brazo del zapador dar un tirón y las paredes de lona se desplomaron sobre sí mismas como la vela de un barco. Se volvió y se dirigió hacia la casa, subió por la escalera a la terraza y desapareció.
En la capilla, pasó por delante de los bancos quemados y se dirigió hacia el ábside, donde, bajo una lona sujetada por ramas, se encontraba la motocicleta. Empezó a destapar la máquina. Se acuclilló junto a la moto y se puso a lubricar con aceite los piñones y los dientes de la cadena.
Cuando Hana entró en la capilla sin techo, estaba sentado ahí, con la espalda y la cabeza apoyadas contra la rueda.
Kip.
Él no dijo nada, la miró como si no la viera.
Kip, soy yo. ¿Qué teníamos nosotros que ver con eso?
Era como una roca delante de ella.
Se agachó hasta su nivel, se inclinó hacia él, apoyó la cara en su pecho y se quedó en esa posición.
Un corazón palpitante.
Al ver que seguía inmóvil, se retiró y se dejó caer sobre las rodillas.
En cierta ocasión, el inglés me leyó este pensamiento de un libro: «El amor es tan pequeño, que puede pasar por el ojo de una aguja».
Él se inclinó hacia un lado para apartarse de ella y la cara le quedó a pocos centímetros de un charco de lluvia.
Un muchacho y una chica.
Mientras el zapador sacaba la motocicleta de debajo de la lona, Caravaggio se inclinó sobre el pretil, con la barbilla sobre el antebrazo. Después sintió que no podía soportar el ambiente de la casa y se marchó. No estuvo presente, cuando el zapador hizo revivir la motocicleta acelerando y se sentó en ella, en el momento en que se alzaba a medias, como un caballo lleno de vida bajo su jinete, y Hana permanecía a su lado.
Singh le tocó el brazo y dejó que la máquina rodara cuesta abajo y sólo entonces aceleró.
A mitad de camino de la verja, estaba esperándolo Caravaggio con el fusil. Ni siquiera lo alzó hacia la moto, cuando el muchacho aminoró la velocidad, al ver que Caravaggio se interponía en su camino. Caravaggio se le acercó y lo rodeó con los brazos. Un gran abrazo. El zapador sintió por primera vez el picor de la barba en la piel. Se sintió aspirado y envuelto por aquellos músculos. «Voy a tener que aprender a resignarme a tu ausencia», dijo Caravaggio. Entonces el muchacho se apartó y Caravaggio volvió a la casa.
El repentino brío del motor parecía extenderse a su alrededor. El humo del escape de la Triumph y el polvo y la gravilla que levantaba se perdían entre los árboles. Al llegar a la verja, saltó por encima de la rejilla horizontal destinada a impedir el paso del ganado y después, tras pasar por delante de los aromáticos jardines colgados de los pronunciados taludes a ambos lados de la carretera, salió serpenteando del pueblo.
Su cuerpo adoptó la posición habitual: el pecho, paralelo al depósito de gasolina, casi tocándolo; los brazos, horizontales, para disminuir la resistencia. Se dirigió hacia el Sur —por Greve, Montevarchi y Ambra, pueblecitos preservados de la guerra y la invasión— sin pasar por Florencia. Después, cuando aparecieron las nuevas colinas, empezó a trepar por su espinazo hacia Cortona.