El paciente inglés
III. Cierta vez un fuego
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«Léelo despacio, querida niña; a Kipling hay que leerlo despacio. Fíjate bien en dónde se encuentran las comas y descubrirás las pausas naturales. Era un autor que escribía con pluma y tintero. Como la mayoría de los escritores que viven solos, levantaba con frecuencia, según tengo entendido, la vista de la página, miraba por la ventana y escuchaba los pájaros. Algunos no saben los nombres de los pájaros, pero él sí. Tus ojos son demasiado rápidos, norteamericanos. Piensa en el ritmo de su pluma. De lo contrario, parecerá un primer párrafo ampuloso y anticuado».
Ésa fue la primera lección del paciente inglés sobre la lectura. No volvió a interrumpirla. Si se quedaba dormido, Hana proseguía, sin levantar la vista ni un momento, hasta que ella misma se sentía cansada. Si el inglés se había perdido la trama de la última media hora, simplemente iba a quedar a oscuras una habitación en una historia que probablemente ya conociera.
Se sabía el mapa de la historia. Al Este quedaba Benarés y al norte del Punjab Chilianwallah. (Todo aquello ocurría antes de que el zapador entrara, como procedente de ese relato, en sus vidas. Como si hubieran frotado las páginas de Kipling por la noche, al modo de una lámpara maravillosa: un remedio prodigioso).
Había pasado del final de Kim, con sus exquisitas y sagradas frases —ahora leídas con dicción clara—, al cuaderno de notas del paciente, el libro que, a saber cómo, había logrado salvar del fuego. Así abierto, el libro tenía casi el doble de su grosor original.
Había una fina página arrancada de una Biblia y pegada en el texto.
El rey David era ya viejo y entrado en años y, por más que lo cubrían con ropas, no lograba entrar en calor.
Entonces sus servidores dijeron: «Hay que buscar para el Rey, nuestro señor, una joven virgen que lo cuide y duerma en sus brazos para que el Rey, nuestro señor, entre en calor».
Conque buscaron por toda la tierra de Israel una muchacha hermosa, hallaron a la sunamita Abishag y la llevaron ante el Rey. Y la muchacha cuidó al Rey y le sirvió, pero el Rey no la conoció.
La tribu … , que había salvado al piloto quemado, lo llevó a la base británica de Siwa en 1944. Lo trasladaron del Desierto Occidental a Túnez en el tren ambulancia de medianoche y después por barco a Italia. En aquel momento de la guerra, había centenares de soldados que habían perdido la conciencia de su identidad, sin que se tratara de un engaño. Los que afirmaban no estar seguros de su nacionalidad fueron agrupados en un campamento en Tirrenia, donde se encontraba el hospital del mar. El piloto quemado era un enigma más: sin identificación e irreconocible. En el cercano campamento para criminales, se encontraba —encerrado en una jaula— el poeta americano Ezra Pound, quien ocultaba en su cuerpo y en sus bolsillos —y la cambiaba de sitio todos los días para, según creía, mayor seguridad— la vaina de eucalipto que había recogido, cuando lo detuvieron, en el jardín de quien lo traicionó. «El eucalipto es bueno para la memoria».
«Deberían intentar confundirme», dijo el piloto quemado a sus interrogadores, «hacerme hablar alemán, lengua que, por cierto, domino, preguntarme por Don Bradman, preguntarme por Marmite, la gran Gertrude Jekyll». Sabía dónde se hallaban todos y cada uno de los cuadros de Giotto en Europa y la mayoría de los lugares en que podían encontrarse trampantojos convincentes.
Habían instalado el hospital del mar en las cabinas de baño que los turistas alquilaban en la playa a finales de siglo. Cuando apretaba el calor, colocaban una vez más las antiguas sombrillas con anuncios de Campari en los huecos de las mesas y los vendados, los heridos y los comatosos se sentaban bajo ellas a tomar la brisa marina, mientras hacían lentamente algún comentario, se quedaban con la mirada perdida o hablaban por los codos. El hombre quemado se fijó en la joven enfermera, separada de las demás. Conocía aquellas miradas mortecinas, sabía que era más paciente que enfermera. Cuando necesitaba algo, sólo hablaba a ella.
Volvieron a interrogarlo. Todo en él era muy inglés, excepto su piel negra como el alquitrán, una momia histórica entre los oficiales que lo interrogaban.
Le preguntaron en qué parte de Italia se encontraban los Aliados y dijo que habrían tomado —suponía— Florencia, pero no habrían podido superar los pueblos encaramados en las colinas, al norte de sus posiciones: la línea gótica. «Su división está bloqueada en Florencia y no puede superar bases como Presto y Fiésole, por ejemplo, porque los alemanes se han atrincherado en villas y conventos excelentemente defendidos. Es algo que viene de lejos: los cruzados cometieron el mismo error contra los sarracenos. Y, como ellos, ustedes necesitan ahora las ciudades fortificadas. Nunca han quedado abandonadas, excepto cuando ha habido epidemias de cólera».
Había seguido así, volviéndolos locos con sus divagaciones, y nunca podían estar seguros de si se trataba de un traidor o un aliado.
Ahora, meses después, en la Villa San Girolamo, en el pueblo encaramado en una colina al norte de Florencia, en el cuarto decorado como un cenador que le servía de alcoba, descansaba como la escultura del caballero muerto en Rávena. Hablaba fragmentariamente de pueblos situados en oasis, de los últimos Médicis, del estilo de Kipling, de una mujer que lo había mordido. Y en su libro de citas, su edición de la Historia de Herodoto de 1890, había otros fragmentos: mapas, entradas de diario, escritos en numerosas lenguas, párrafos recortados de otros libros. Lo único que faltaba era su nombre. Seguía sin haber una clave para averiguar quién podía ser en realidad: sin nombre ni grado, batallón ni escuadrón. Todas las referencias que figuraban en su libro databan de antes de la guerra, los desiertos de Egipto y Libia en el decenio de 1930, entremezcladas con referencias al arte rupestre o al arte de los museos o notas de diario de su diminuta caligrafía. «Ninguna de las Madonnas florentinas», dijo el paciente inglés a Hana, cuando ésta se inclinó sobre él, «es morena».
Se había quedado dormido con el libro en las manos. Ella lo recogió y lo dejó en la mesilla de noche. Lo dejó abierto y se quedó ahí, de pie, leyéndolo. Se prometió no pasar la página.
Mayo de 1936.
Te voy a leer un poema, dijo la esposa de Clifton, con su voz de persona muy cumplida, que es lo que siempre parece, a no ser que seas un íntimo. Estábamos todos en el campamento meridional, junto al fuego.
Caminaba por un desierto.
Y grité:
«¡Ay, Dios, sácame de aquí!».
Una voz dijo: «No es un desierto».
Yo grité: «Ya, pero… La arena, el calor, el horizonte vacío».
Una voz dijo: «No es un desierto».
Nadie dijo nada.
Ella dijo: «Es de Stephen Crane, quien nunca visitó el desierto».
«Sí que lo visitó», dijo Madox.
Julio de 1936.
En la guerra hay traiciones que, comparadas con nuestras traiciones humanas en época de paz, resultan infantiles. El nuevo amor irrumpe en los hábitos del otro. Todo queda destruido y se ve desde una nueva perspectiva. Para ello se recurre a frases nerviosas o tiernas, aunque el corazón es un órgano de fuego.
Una historia de amor no versa sobre aquellos cuyos corazones se extravían, sino sobre quienes tropiezan con ese hosco personaje interior y comprenden que el cuerpo no puede engañar a nadie ni nada: ni la sabiduría del sueño ni el hábito de la cortesía. Es un consumirse de uno mismo y del pasado.
La habitación verde estaba casi sumida en la oscuridad. Hana se volvió y advirtió que tenía el cuello entumecido por la inmovilidad. Había estado concentrada y absorta en la enrevesada caligrafía del grueso volumen de mapas y textos. Había incluso un pequeño helecho pegado. Los nueve libros de la Historia. No cerró el libro, no lo había tocado después de dejarlo sobre la mesilla. Se alejó de él.
Cuando encontró la gran mina, Kip estaba en un campo al norte de la villa. Al cruzar el huerto, se torció el pie con el que estuvo a punto de pisar el cable verde, perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Levantó el cable hasta tensarlo y después lo recorrió, zigzagueando entre los árboles.
Al llegar al punto del que partía el cable, se sentó con la bolsa de lona en las rodillas. Aquella mina le impresionó. La habían cubierto con hormigón. Habían derramado cemento líquido sobre el explosivo para camuflar su mecanismo y su potencia. A unos cuatro metros de distancia, había un árbol desnudo y otro a unos diez metros. La bola de hormigón estaba cubierta por la hierba crecida durante dos meses.
Abrió la bolsa, sacó unas tijeras y cortó la hierba. Rodeó la bomba con una pequeña malla de cuerda y, después de atar una cuerda y una polea a una rama del árbol, alzó despacio la bola en el aire. Dos cables la unían a la tierra. Se sentó, se recostó en el árbol y la examinó. Ya no había razón para apresurarse. Sacó de la bolsa el receptor de radio y se colocó los auriculares. La música americana de la emisora AIF no tardó en llenarle los oídos: dos minutos y medio, por término medio, para cada canción o número de baile. Recibía la música de fondo subconscientemente, pero, si rememoraba A String of Pearls, C-Jam Blues y otras melodías, podía calcular cuánto tiempo llevaba allí.
El ruido no importaba. Con aquella clase de bomba no iba a haber débiles tictacs ni chasquidos que indicaran el peligro. La distracción de la música lo ayudaba a discurrir con claridad sobre la posible estructura de la mina, sobre la personalidad que había dispuesto la red de hilos y después había vertido cemento líquido sobre ella.
La estabilización de la bola de hormigón en el aire, reforzada con una segunda cuerda, garantizaba que, por fuerte que la golpease, no arrancaría los dos cables. Se puso en pie y empezó a raspar suavemente con un escoplo la mina camuflada; soplaba la cascarilla o la apartaba con el plumero y desportillaba el hormigón. Sólo se interrumpía cuando había una variación en la longitud de las ondas y tenía que mover el dial para volver a oír con claridad las melodías de swing. Sacó muy despacio el haz de cables. Había seis cables enmarañados, atados entre sí y pintados todos de negro.
Quitó el polvo de la tabla sobre la que descansaban los cables.
Seis cables negros. Cuando era niño, su padre había juntado los dedos y, dejando al descubierto sólo las puntas, le había preguntado cuál era el más largo. Tocó con su meñique el elegido, su padre desplegó la mano como una flor y reveló el error del niño. Desde luego, se podía hacer que un cable rojo fuera negativo. Pero su oponente no sólo los había cubierto de hormigón, sino que, además, había pintado de negro todos los indicativos. Kip se veía arrastrado a un torbellino psicológico. Empezó a raspar la pintura con el cuchillo y aparecieron uno rojo, otro azul y otro verde. ¿Los habría invertido también su oponente? Iba a tener que preparar un puente con su propio cable negro para averiguar si el circuito era positivo o negativo. Después comprobaría en qué punto fallaba la corriente y sabría dónde radicaba el peligro.
Hana estaba trasladando un gran espejo por el pasillo. Hizo un alto por el peso y después reanudó la marcha con el gastado rosa oscuro del pasillo reflejado en el espejo.
El inglés quería verse. Antes de entrar en el cuarto, Hana volvió con cuidado el reflejo hacia ella para que la luz de la ventana no se reflejase indirectamente en la cara del paciente.
Los únicos colores claros que se le veían, tumbado ahí con su oscura piel, eran la palidez del auricular en el oído y la aparente llamarada del almohadón. Apartó las sábanas con sus manos. Sigue, hasta abajo, dijo, al tiempo que las empujaba, y Hana las recogió hasta la base de la cama.
Se subió a una silla al pie de la cama e inclinó despacio el espejo hacia él. Estaba en esa posición, con las manos estiradas delante de sí, cuando oyó unos gritos apagados.
Al principio, no atendió. Con frecuencia llegaban hasta la casa ecos del valle. Cuando vivía sola con el paciente inglés, siempre la desconcertaban los megáfonos utilizados por los militares que daban instrucciones.
«Mantén el espejo inmóvil, mi amor», dijo él.
«Me ha parecido oír gritos. ¿Los oyes?».
Con la mano izquierda aumentó el volumen del audífono.
«Es el muchacho. Más vale que vayas a ver qué le pasa».
Apoyó el espejo contra la pared y salió corriendo por el pasillo. Se detuvo fuera a esperar el próximo grito. Cuando lo oyó, se lanzó por el jardín hacia los campos situados por encima de la casa.
El zapador tenía las manos alzadas por encima de su cabeza, como si sostuviera una gigantesca tela de araña. Agitaba la cabeza para soltarse los auriculares. Al verla correr hacia él, le gritó que diera un rodeo por la izquierda, porque había cables de minas por todos lados. Ella se detuvo. Muchas veces había paseado por allí sin tener sensación de peligro. Se alzó la falda y avanzó con la vista clavada en sus pies, que se introducían por entre la alta hierba.
Cuando llegó hasta él, tenía aún las manos levantadas. Había caído en una trampa y había acabado sosteniendo dos cables activos, que no podía soltar sin la protección de un elemento de contrapunto. Necesitaba una tercera mano para anular uno de ellos y tenía que volver de nuevo hasta la espoleta. Le pasó los cables con cuidado y bajó los brazos, por los que volvió a circular la sangre.
«Dentro de un momento vuelvo a cogerlos».
«No te preocupes».
«Sobre todo no te muevas».
Abrió la mochila para buscar el contador Geiger y el imán. Pasó el cuadrante a lo largo de los cables que ella sostenía. No hubo oscilación alguna de la aguja hacia el polo negativo, ninguna pista, nada. Retrocedió, al tiempo que se preguntaba dónde estaría la trampa.
«Mira, voy a pegar ésos con cinta adhesiva al árbol y ya puedes marcharte».
«No. Te los sostengo. No van a llegar hasta el árbol».
«No».
«Kip… puedo sostenerlos».
«Estamos en un callejón sin salida. Vaya broma. No sé por dónde seguir. No sé hasta dónde llegará la trampa».
Se separó de ella y corrió hasta el punto en el que había visto por primera vez el cable. Lo levantó y esa vez lo siguió por todo su recorrido con el contador Geiger. Luego se acuclilló a unos diez metros de ella y se puso a pensar: de vez en cuando levantaba la vista hacia ella, sin verla, y miraba sólo los dos ramales de cable que sostenía. No sé, dijo en voz alta y lenta, no sé. Creo que debo cortar el cable de tu mano izquierda. Tienes que marcharte. Se puso los auriculares para que volviera a llegarle el sonido enteramente y lo ayudara a pensar con claridad. Se representó los diferentes trayectos del cable y se desvió por las circunvoluciones de sus nudos, los giros repentinos, los interruptores enterrados que lo convertían de positivo en negativo: un polvorín. Recordó el perro con ojos como platos. Recorrió, al ritmo de la música, los cables, sin dejar de mirar las manos de la muchacha, que los sostenían muy quietas.
«Más vale que te vayas».
«Necesitas otra mano para cortarlo, ¿no?».
«Puedo atarlo al árbol».
«Yo te lo sostengo».
Le cogió el cable de la mano izquierda como si fuera una víbora muy delgada y después el otro. Ella no se apartó. Él no dijo nada más, ahora tenía que pensar con la mayor claridad posible, como si estuviera solo. Ella se le acercó y volvió a coger uno de los cables. Él no se dio cuenta de ello, se le había borrado la presencia de Hana. Volvió a recorrer todo el camino hasta la espoleta, acompañado por la mente que había imaginado aquella coreografía, tocando todos los puntos decisivos, radiografiando todo el conjunto, mientras la música invadía todos los demás resquicios.
Antes de que se le desdibujara el teorema, se acercó a ella y cortó el cable que colgaba de su mano izquierda con un chasquido como de mordisco. Vio el oscuro estampado de su vestido a lo largo de su hombro y contra su cuello. La bomba estaba desactivada. Dejó caer las cizallas y le puso la mano en el hombro, porque necesitaba tocar algo humano. Ella estaba diciendo algo que él no podía oír, por lo que alargó la mano y le quitó los auriculares y entonces se hizo el silencio: la brisa y un murmurio. Kip se dio cuenta de que no había oído el ruido seco del corte, sólo lo había sentido, al quebrarse, como la rotura de un huesecillo de conejo. No retiró la mano, sino que se la bajó por el brazo y tiró de los quince centímetros de cable que ella tenía aún apretados en la mano.
Lo miraba inquisitiva, mientras esperaba la respuesta a lo que acababa de decir, pero él no la había oído. Hana movió la cabeza y se sentó. Él se puso a recoger diversos objetos a su alrededor y a guardarlos en su mochila. Ella levantó la vista hacia el árbol y después, sólo por azar, la bajó y vio que estaba en cuclillas y que le temblaban las manos, tensas y rígidas como las de un epiléptico, y tenía la respiración acelerada.
«¿Has oído lo que te he dicho?».
«No. ¿Qué?».
«Pensaba que iba a morir. Quería morir. Y he pensado que, si iba a morir, lo haría contigo. Alguien como tú, joven como yo, como tantos que he visto morir en el pasado año. No he sentido miedo, pero no ha sido por valentía, desde luego. He pensado para mis adentros: tenemos esta villa, esta hierba, deberíamos habernos tumbado juntos, abrazados, antes de morir. Quería tocar ese hueso que tienes en el cuello, la clavícula, y que es como una alita dura bajo tu piel. Quería tocarlo con los dedos. Siempre me ha gustado la carne del color de los ríos y las rocas o como la mota central de las margaritas amarillas, ¿sabes a cuáles me refiero? ¿Las has visto alguna vez? Estoy tan cansada, Kip, quiero dormir. Quiero dormir bajo este árbol, pegar mis ojos a tu clavícula, sólo quiero cerrar los ojos y no pensar en los demás. Quiero encontrar un hueco en un árbol, subirme a él y dormir. ¡Qué capacidad de concentración! Saber qué cable cortar. ¿Cómo lo has sabido? No cesabas de decir: no sé, no sé, pero lo has sabido. ¿Verdad? No tiembles, tienes que ser un lecho tranquilo para mí, déjame acurrucarme, como si fueras un tierno abuelo al que pudiese abrazar, me gusta la palabra “acurrucar”, una palabra que no se puede decir precipitadamente…».
Hana tenía la boca pegada a la camisa de él, que estaba tumbado junto a ella con toda la quietud necesaria y los ojos despejados y clavados en una rama y oía su profunda respiración. Cuando le rodeó el hombro con el brazo, ya estaba dormida, pero lo había agarrado y lo había apretado contra sí. Al bajar la vista, Kip vio que aún tenía el cable en la mano, debía de haberlo cogido de nuevo.
Lo más vivo en ella era la respiración. Su peso parecía tan leve, que debía de haber desplazado la mayor parte de su cuerpo. ¿Cuánto tiempo iba a poder estar tumbado así, sin poder moverse ni volver al trabajo? Era esencial permanecer quieto, como las estatuas de las que se había valido durante los meses en que avanzaban costa arriba combatiendo hasta ocupar y rebasar cada una de las ciudades fortificadas que ya no se distinguían unas de otras, con las mismas calles estrechas en todas que se convertían en alcantarillas de sangre, lo que le hacía pensar que, si perdía el equilibrio, resbalaría con el líquido rojo de aquellas pendientes y se precipitaría por el barranco hacia el valle. Todas las noches había entrado, indiferente al frío, a una iglesia capturada y había encontrado una estatua para que fuera su centinela durante la noche. Sólo había otorgado su confianza a esa raza de piedras, se acercaba lo más posible a ella en la oscuridad: un ángel abatido cuyo muslo era un muslo perfecto de mujer y cuyas formas y sombras parecían muy suaves. Reclinaba la cabeza en el regazo de aquellos seres y se entregaba al alivio del sueño.
De repente se volvió más pesada sobre él. Y ahora su respiración se hizo más profunda, como el sonido de un violonchelo. Contempló la cara dormida de ella. Seguía molesto porque la muchacha se hubiese quedado con él, cuando desactivó la bomba, como si con ello lo hubiera puesto en deuda para con ella, lo hubiese hecho sentirse retrospectivamente responsable de ella, aunque en el momento no lo había pensado, como si eso pudiera influir positivamente en su manipulación de una mina.
Pero ahora se sentía parte de algo, tal vez un cuadro que había visto en algún sitio el año anterior: una pareja tranquila en un campo. Cuántas había visto durmiendo, perezosas, sin pensar en el trabajo ni en los peligros del mundo. A su lado tenía los movimientos como de ratón que provocaba la respiración de Hana; sus cejas se encrespaban como en una discusión, una ligera irritación en sueños. Apartó la vista y la alzó hacia el árbol y el cielo de nubes blancas. Su mano se aferraba a él como el barro en la orilla del río Moro, cuando tenía hundido el puño en la tierra mojada para no volver a resbalar hasta el torrente que acababa de cruzar.
Si hubiera sido la figura de un cuadro, habría podido aspirar a un merecido sueño. Pero, como había dicho incluso ella, él era el color carmelita de una roca, de un cenagoso río crecido con la tormenta y algo en su interior lo incitaba a retraerse incluso ante la ingenua inocencia de semejante comentario. La desactivación con éxito de una bomba ponía fin a una novela. Hombres blancos, juiciosos y paternales, estrechaban manos, recibían agradecimientos y se retiraban cojeando a su soledad, de la que los habían sacado con halagos tan sólo para esa ocasión especial. Pero él era un profesional y seguía siendo el extranjero, el sij. Su único contacto humano y personal era con el enemigo que había fabricado aquella bomba y se había marchado barriendo tras sí sus huellas con ayuda de una rama.
¿Por qué no podía dormir? ¿Por qué no podía volverse hacia la muchacha y dejar de pensar que todo seguía medio encendido, que acechaba el fuego en rescoldo? En un cuadro por él imaginado, el campo que rodeaba aquel abrazo habría estado en llamas. En cierta ocasión había seguido con prismáticos la entrada de otro zapador en una casa minada. Lo había visto rozar, al pasar, una caja de cerillas al borde de una mesa y quedar envuelto por la luz medio segundo antes de que el atronador ruido de la bomba llegara hasta él. A eso recordaban los relámpagos en 1944. ¿Cómo iba a poder confiar siquiera en aquella cinta elástica que ceñía la manga del vestido al brazo de la muchacha? ¿Ni en el resonar de su respiración más íntima, tan profunda como los cantos en el lecho de un río?
Cuando la oruga pasó del cuello de su vestido a su mejilla, se despertó y abrió los ojos y lo vio acuclillado a su lado. El zapador quitó la oruga de la cara, sin tocarle la piel y la dejó en la hierba. Hana advirtió que ya había recogido todo su instrumental. Kip retrocedió y se sentó, apoyado en el árbol, y la observó volverse boca arriba y después estirarse y prolongar aquel instante lo más posible. Por la posición del sol, debía de ser la tarde. Echó la cabeza hacia atrás y lo miró.
«¡Debías tenerme abrazada!».
«Lo he hecho. Hasta que te has apartado».
«¿Cuánto tiempo me has tenido abrazada?».
«Hasta que te has movido, hasta que has necesitado moverte».
«No te habrás aprovechado de mí, ¿verdad?». Y, al ver que él empezaba a ruborizarse, añadió: «Hablaba en broma».
«¿Quieres volver a la casa?».
«Sí, tengo hambre».
Cegada por el sol como estaba y con las piernas cansadas, apenas si podía sostenerse en pie. Seguía sin saber cuánto tiempo habían estado allí. No podía olvidar la profundidad de su sueño, la levedad de la caída.
Cuando Caravaggio exhibió el gramófono que había encontrado en algún sitio, improvisaron una fiesta en el cuarto del paciente inglés.
«Voy a enseñarte a bailar con él, Hana, ritmos que ese joven amigo tuyo no conoce. He visto bailes a los que he dado la espalda. Pero esta canción, How Long Has This Been Going On, es una de las más hermosas, porque la melodía introductoria es más pura que la propia canción. Y sólo los grandes del jazz lo han entendido. Bien, podemos celebrar esa fiesta en la terraza, lo que nos permitiría invitar al perro, o podemos invadir el cuarto del inglés.
Ayer tu joven amigo, que no bebe, consiguió botellas de vino en San Domenico. No tenemos sólo música. Dame el brazo. No. Primero hemos de marcar el suelo con tiza y practicar. Tres pasos principales: uno-dos-tres. Bien, dame el brazo. ¿Qué te ha ocurrido hoy?».
«Kip ha desactivado una bomba, una muy difícil. Que te lo cuente él».
El zapador se encogió de hombros, no por modestia, sino como dando a entender que era demasiado complicado para explicarlo. La noche cayó deprisa, invadió el valle y después las montañas y los obligó una vez más a recurrir a las linternas.
Se dirigieron por los pasillos hacia la alcoba del paciente inglés. Caravaggio llevaba el gramófono y con una mano sujetaba el brazo y la aguja.
«Mira, antes de que empieces con tus historias», dijo a la estática figura tumbada en la cama, «te voy a presentar My Romance».
«Escrita, según creo, en 1935 por Lorenz Hart», murmuró el inglés.
Kip estaba sentado en el alféizar de la ventana y Hana dijo que quería bailar con el zapador.
«Primero tengo que enseñarte, sinvergonzona».
Hana miró extrañada a Caravaggio: ésa era la calificación cariñosa que le daba su padre. Él la estrechó con su pesado abrazo de oso, al tiempo que volvía a llamarla «sinvergonzona», y comenzaron la clase de baile.
Ella se había puesto un vestido limpio, pero sin planchar. Siempre que giraban, veía al zapador cantando la letra por lo bajito. Si hubiera habido electricidad, habrían podido tener una radio, habrían podido recibir noticias de la guerra. Lo único que tenían era el receptor de Kip, pero había tenido la cortesía de dejarlo en su tienda. El paciente inglés estaba hablando de la desgraciada vida de Lorenz Hart. Tras asegurar que le habían cambiado algunas de sus mejores estrofas de Manhattan, se puso a recitar estos versos:
Nos bañaremos en Brighton,
los peces huirán de espanto,
al vernos entrar.
Ante tu bañador, tan fino,
almejas langostillos
se sonreirán.
«Unos versos admirables, y eróticos, pero Richard Rodgers debía de desear —es de suponer— más seriedad».
«Mira, tienes que adivinar mis movimientos».
«¿Y por qué no adivinas tú los míos?».
«Lo haré cuando sepas lo que debes hacer. De momento soy yo el único que lo sabe».
«Seguro que Kip lo sabe».
«Puede que lo sepa, pero no lo hará».
«Me gustaría tomar un poco de vino», dijo el paciente inglés.
El zapador cogió un vaso de agua, tiró su contenido por la ventana y sirvió vino para el inglés.
«Hacía un año que no tomaba una copa».
Se oyó un ruido amortiguado y el zapador se volvió raudo y miró por la ventana a la oscuridad. Los otros se quedaron paralizados. Podría haber sido una mina. Se volvió y les dijo: «No hay problema, no era una mina. Parecía proceder de una zona limpiada».
«Da la vuelta al disco, Kip. Ahora os voy a presentar How Long Has This Been Going On, escrita por…».
Calló para que interviniera el paciente inglés, pero éste, que lo ignoraba, negó con la cabeza, al tiempo que sonreía con la boca llena de vino.
«Este alcohol seguramente acabará conmigo».
«Nada puede acabar contigo. Eres puro carbón».
«¡Caravaggio!».
«George e Ira Gershwin. Escuchad».
Hana y él se deslizaban hacia la tristeza del saxo. Tenía razón Caravaggio. Un fraseo tan lento, tan prolongado, que Hana tenía la sensación de que el músico no deseaba salir del diminuto vestíbulo de la introducción y entrar en la melodía, quería permanecer y permanecer allí, donde aún no había empezado la historia, como enamorado de una criada en el prólogo. El inglés murmuró que esa clase de introducciones se llamaban «estribillos».
Tenía apoyada la mejilla en los músculos del hombro de Caravaggio. Sentía aquellas terribles zarpas en la espalda, contra su vestido limpio, mientras se movían en el limitado espacio comprendido entre la cama y la puerta, entre la cama y el hueco de la ventana, en el que seguía sentado Kip. De vez en cuando, al girar, le veía la cara. Tenía las rodillas levantadas y los brazos descansando sobre ellas. O lo veía mirar por la ventana a la oscuridad.
«¿Conoce alguno de vosotros un baile llamado «el abrazo del Bósforo»?», preguntó el inglés.
«En mi vida he oído hablar de semejante cosa».
Kip contempló las grandes sombras desplazarse por el techo, por la pared pintada. Se levantó con gran esfuerzo, se acercó al paciente inglés para llenarle la copa y tocó, a modo de brindis, el borde de la suya con la botella. El viento del Oeste se colaba en el cuarto. Y de repente se volvió, irritado. Le había llegado un tenue tufo de cordita, que aún impregnaba ligeramente el aire, y después salió del cuarto, haciendo gestos de cansancio, y dejó a Hana en brazos de Caravaggio.
Ninguna luz lo alumbraba mientras corría por el pasillo en penumbra. Recogió rápido la mochila, salió de la casa, bajó corriendo los treinta y seis peldaños hasta la carretera y siguió corriendo y apartando de su cuerpo la idea de agotamiento.
¿Habría sido un zapador o un civil? Sentía el olor a flores y hierbas a lo largo de la pared de la carretera y las punzadas que comenzaban en el costado. Había sido obra del azar o una actuación equivocada. Los zapadores se relacionaban muy poco con los demás. Eran un grupo de carácter extraño, semejantes en parte a los que trabajaban las joyas o las piedras; eran duros y clarividentes y sus decisiones asustaban incluso a otros de su gremio. Kip había advertido esa característica entre los talladores de gemas, pero nunca en sí mismo, si bien sabía que otros la notaban. Los zapadores nunca intimaban entre sí. Cuando hablaban, sólo transmitían informaciones: sobre nuevos artefactos y hábitos del enemigo. Entraban en el Ayuntamiento, donde estaban alojados los demás zapadores, y sus ojos advertían las tres caras y la ausencia del cuarto. O bien estaban los cuatro y en un campo yacía el cadáver de un anciano o una niña.
Al entrar en el ejército, Kip había aprendido diagramas, esquemas cada vez más complicados, como grandes nudos o partituras musicales. Descubrió que estaba dotado de una visión tridimensional, la mirada astuta que podía centrarse en un objeto o una página de información y reordenarla, captar todos los datos superfluos. Era cauteloso por naturaleza, pero también podía imaginar los peores artefactos, las posibilidades de accidentes en una habitación: una ciruela en una mesa, un niño que se acercaba y se tragaba el hueso asesino, un hombre que entraba en una habitación a oscuras y, antes de reunirse con su mujer en la cama, rozaba un quinqué de petróleo y lo hacía caer de su repisa. Cualquier habitación estaba llena de semejante coreografía. La mirada astuta podía ver el cable oculto bajo la superficie, acertar con la urdimbre de un nudo invisible. Dejó de leer novelas de intriga, porque le irritaba la facilidad con que descubría a los criminales. Con quienes más a gusto se encontraba era con los hombres que tenían la locura de la abstracción, propia de los autodidactas, como su mentor, lord Suffolk, como el paciente inglés.
Aún no tenía fe en los libros. Recientemente, Hana lo había visto sentado junto al paciente inglés y esa escena le había parecido una inversión de Kim. Ahora el joven estudiante era un indio y el anciano y sabio maestro era un inglés. Pero quien se quedaba por la noche con el anciano, quien lo guiaba por las montañas hasta el río sagrado, era Hana. Habían leído incluso ese libro juntos y la voz de Hana aminoraba la marcha cuando el viento movía la llama de la vela que tenía a su lado y la página quedaba momentáneamente en penumbra.
Se acuclilló en un rincón de la bulliciosa sala de espera, ajeno a cualquier otro pensamiento y con las manos juntas en el regazo y las pupilas contraídas como puntas de alfiler. Tenía la sensación de que al cabo de un minuto —de medio segundo más— iba a encontrar la solución para el tremendo rompecabezas (…)
Y en cierto modo, durante aquellas largas noches dedicadas a leer y escuchar, se habían preparado —suponía ella— para la llegada del joven soldado, el niño convertido en adulto, que iba a reunirse con ellos. Pero Hana era el muchacho de la historia y Kip, de ser alguien, era el oficial Creighton.
Un libro, un mapa de nudos, un tablero con espoletas, una habitación con cuatro personas en una villa abandonada e iluminada sólo por velas y de vez en cuando los destellos de los relámpagos o el posible resplandor de una explosión. Las montañas, las colinas y Florencia a ciegas, sin electricidad. La luz de las velas no llega más allá de cincuenta metros. Desde una distancia mayor nada había allí que perteneciera al mundo exterior. Con el breve baile de aquella noche en el cuarto del paciente inglés habían celebrado sus sencillas aventuras: Hana, su sueño; Caravaggio, su «hallazgo» del gramófono; Kip, una desactivación difícil, aunque ya casi había olvidado semejante trance. Era de los que se sentían incómodos en las celebraciones, en las victorias.
A apenas cincuenta metros de distancia carecían de representación ante el mundo, ni un sonido ni una visión de ellos llegaba al ojo del valle, mientras las sombras de Hana y Caravaggio se deslizaban por las paredes, Kip permanecía sentado en el cómodo hueco de la ventana y el paciente inglés sorbía su vino y sentía que el alcohol se filtraba en su desacostumbrado cuerpo, por lo que lo emborrachaba rápidamente y su voz emitía el silbido de un zorro del desierto, el aleteo del tordo inglés que, según decía, sólo se encontraba en Essex, pues medraba junto a la lavanda y el ajenjo. El zapador, sentado en el hueco de piedra, pensó para sus adentros que todo el deseo del hombre quemado se localizaba en el cerebro. Después giró la cabeza de pronto y, al oír el sonido, comprendió perfectamente, sin la menor duda. Había vuelto a mirarlos y por primera vez en su vida había mentido («No hay problema, no era una mina. Parecía proceder de una zona limpiada») y se dispuso a esperar a que llegara hasta él el olor a cordita.
Horas después, Kip estaba sentado de nuevo en el hueco de la ventana. Si hubiera podido recorrer los siete metros del cuarto del inglés y tocar a Hana, se habría sentido en sus cabales. Había muy poca luz en el cuarto, tan sólo la vela en la mesa a la que estaba sentada, pero aquella noche no leía; pensó que tal vez estuviera achispada.
Había vuelto del lugar en el que había estallado la mina y había encontrado a Caravaggio dormido en el sofá de la biblioteca con el perro en brazos. Éste lo miró, cuando se detuvo en la puerta abierta, y movió el cuerpo sólo lo necesario para que se viera que estaba despierto y guardando el lugar. Su apagado gruñido se oía un poquito más que los ronquidos de Caravaggio.
Se quitó las botas, ató los cordones y se las colgó del hombro, mientras subía al piso superior. Había empezado a llover y necesitaba una lona para su tienda. Desde el pasillo vio la luz aún encendida en el cuarto del paciente inglés.
Hana estaba sentada en el sillón, con un codo apoyado en la mesa, sobre la que derramaba su luz un cabo de vela, y la cabeza echada hacia atrás. Kip dejó las botas en el suelo y entró en silencio en el cuarto, donde se había celebrado la fiesta tres horas antes. El aire olía a alcohol. Al verlo entrar, ella se llevó un dedo a los labios, y después señaló al paciente, pero éste no podía oír los sigilosos pasos de Kip. El zapador volvió a sentarse en el hueco de la ventana. Si hubiera podido cruzar el cuarto y tocarla, se habría sentido en sus cabales. Pero entre ellos mediaba un trayecto traicionero y complicado, un mundo muy amplio, y el inglés se despertaba con el menor sonido, pues, para poder sentirse seguro, ponía al máximo el volumen de su audífono. Los ojos de la muchacha recorrieron rápidos el cuarto y, al dar con él en el hueco de la ventana, se detuvieron.
Había localizado el cadáver de Hardy, su segundo, y lo que quedaba por allí y lo habían enterrado. Y después siguió pensando en lo que había hecho la muchacha aquella tarde, aterrado por ella de repente, irritado con ella por haber participado en la operación. Había puesto en peligro su vida como si tal cosa. Ella lo miraba fijamente. Su última comunicación había sido con el dedo en los labios. El zapador se inclinó hacia adelante y se limpió la mejilla contra el cordón que le pasaba por el hombro.
Había vuelto caminando por el pueblo y bajo la lluvia que caía en los desmochados árboles de la plaza, sin podar desde el comienzo de la guerra, y había pasado por delante de la extraña estatua de dos hombres a caballo y dándose la mano. Y ahora estaba en aquel cuarto, en el que las oscilaciones de la luz de la vela alteraban el aspecto de Hana, por lo que no podía saber qué sentimientos traslucía: si sabiduría o tristeza o curiosidad.
Si hubiera estado leyendo o inclinada sobre el inglés, le habría hecho una seña con la cabeza y probablemente se habría marchado, pero ahora estaba mirando a Hana y la veía joven y sola. Aquella noche, al contemplar la escena resultante de la explosión de la mina, había empezado a temer la presencia de ella durante la desactivación de aquella tarde. Tenía que apartarla de su cabeza o, si no, la tendría a su lado cada vez que se acercara a una espoleta. La llevaría dentro de sí. Cuando trabajaba, se henchía de claridad y música y el mundo humano se extinguía. Ahora la tenía dentro de sí o sobre su hombro, como la cabra viva que un oficial llevaba cargada —había visto en cierta ocasión— para sacarla de un túnel que intentaban inundar.
No.
No era cierto. Quería el hombro de Hana, quería colocar su palma sobre él, como había hecho a la luz del sol, cuando estaba dormida y él había estado tumbado ahí, como en el punto de mira de un fusil, cohibido ante ella: en el cuadro del pintor imaginario. No deseaba solicitud alguna para sí, pero deseaba colmar a la muchacha de atenciones, guiarla afuera de aquel cuarto. Se negaba a creer en sus propios defectos y en ella no había encontrado defecto alguno al que amoldarse. Ninguno de los dos deseaba dejar traslucir semejante posibilidad al otro. Hana estaba sentada y muy quieta. Lo miró y la vela osciló y alteró su aspecto. Él no sabía que no era para ella sino una silueta, que su esbelto cuerpo y su piel formaban parte de la oscuridad.
Antes, cuando ella había visto que Kip había abandonado el hueco de la alcoba, se había enfurecido. Sabía que los estaba protegiendo de la mina como a niños. Se había apretado más a Caravaggio. Había sido un insulto. Y aquella noche la excitación en aumento de la velada le había impedido leer después de que Caravaggio se hubiera ido a la cama, no sin antes detenerse a desvalijarle el botiquín, y de que el paciente inglés la hubiese llamado con el dedo y le hubiera besado, cuando ella se inclinó, en la mejilla.
Había apagado las demás velas, había encendido sólo el cabo de la mesilla de noche y se había sentado ahí, con el cuerpo del inglés delante y en silencio, tras apaciguarse el frenesí de sus peroratas embriagadas. Un día caballo seré y otro día perro, cerdo, oso decapitado, y un día fuego. Oía la cera derramarse en la bandeja de metal que tenía al lado. El zapador había ido hasta el punto de la colina en el que se había producido la explosión, pasando por el pueblo, y su innecesario silencio seguía irritándola.
No podía leer. Permanecía sentada en el cuarto con su eterno agonizante y seguía sintiéndose dolorida la rabadilla por el golpe que se había dado contra la pared, mientras bailaba con Caravaggio.
Si ahora se le hubiera acercado él, lo habría mirado fijamente y le habría pagado con un silencio semejante. Que adivinara, que diese el primer paso. No era el primer soldado que se le insinuaba.
Pero él hizo lo siguiente. Estaba en el centro del cuarto, con la mano metida hasta la muñeca en la mochila abierta y aún colgada del hombro. Avanzó sin hacer ruido. Giró y se detuvo junto a la cama. Cuando el paciente inglés concluyó una de sus largas exhalaciones, cortó el cable de su audífono con las cizallas y volvió a guardarlas en la mochila. Se volvió y le sonrió.
«Mañana por la mañana volveré a conectarlo».
Le puso la mano izquierda en el hombro.
«David Caravaggio: ¡qué nombre más absurdo para ti!».
«Al menos tengo un nombre».
«Sí».
Caravaggio estaba sentado en la silla de Hana. El sol vespertino inundaba el cuarto y revelaba las motas de polvo que en él flotaban. La oscura y flaca cara del inglés, con su descarnada nariz, parecía la de un halcón envuelto en sábanas. El ataúd de un halcón, pensó Caravaggio.
El inglés se volvió hacia él.
«Hay un cuadro de Caravaggio, pintado al final de su vida, David con la cabeza de Goliat, en el que el joven guerrero sostiene en el extremo de su brazo extendido la cabeza, devastada por los años, de un Goliat anciano. Pero lo más triste de ese cuadro no es eso. Se supone que la cara de David es un retrato de Caravaggio de joven y la de Goliat es su retrato de viejo, del momento en que lo pintó. La juventud juzgando a la vejez en el extremo de su mano extendida. El juicio de su propia mortalidad. Cuando veo a Kip al pie de mi cama, pienso que es mi David».
Caravaggio estaba ahí sentado en silencio y sus pensamientos se perdían entre las motas de polvo suspendidas. La guerra lo había desequilibrado y, tal como se encontraba, con aquellos brazos falsos prometidos por la morfina, no tenía un mundo al que regresar. Era un hombre de mediana edad que nunca se había acostumbrado a la vida familiar. Durante toda su vida había eludido la intimidad permanente. Hasta aquella guerra había sido mejor amante que marido. Había sido un hombre que se escabullía, como los amantes que dejan tras sí el caos, como los ladrones que dejan tras sí casas desvalijadas.
Contemplaba al hombre que estaba en la cama. Necesitaba saber quién era aquel inglés procedente del desierto y revelarlo, por consideración para con Hana, o quizás inventarle una piel, como el ácido tánico camufla la carne viva de un nombre quemado.
Cuando trabajaba en El Cairo, en los primeros días de la guerra, lo habían adiestrado para inventarse agentes dobles o fantasmas que debían cobrar vida. Tuvo a su cargo a un agente mítico llamado «Cheese» y pasó semanas atribuyéndole aventuras, confiriéndole rasgos característicos, como codicia y debilidad por la bebida, cuando propalaba rumores falsos entre el enemigo. Igual que algunos para los que trabajaba en El Cairo inventaban pelotones enteros en el desierto. Había vivido un período de guerra en el que lo único que había ofrecido a quienes lo rodeaban había sido una mentira. Se había sentido como un hombre en la oscuridad de un cuarto imitando los reclamos de un pájaro.
Pero allí se despojaban de la piel. No podían imitar sino lo que eran. La única defensa era buscar la verdad en los otros.
Hana sacó el ejemplar de Kim de su estante en la biblioteca y, apoyada en el piano, se puso a escribir en una de las guardas posteriores.
Dice que el cañón —el Zam-Zammah— sigue allí, delante del Museo de Lahore. Había dos cañones, hechos con el metal de tazas y cuencos recogidos en todas las casas hindúes de la ciudad, como jizya o tributo. Los fundieron y con su metal se hicieron los cañones. Los utilizaron en muchas batallas de los siglos XVIII y XIX contra los sijs. El otro cañón se perdió en una batalla, en el cruce del río Chenab…
Cerró el libro y, tras subirse a una silla, lo colocó en su alto anaquel invisible.
Entró en la alcoba pintada con un nuevo libro y anunció el título.
«Dejemos los libros de momento, Hana». Ella lo miró. Aun ahora, le parecían hermosos sus ojos. Todo sucedía ahí, en esa gris mirada que sobresalía de entre su oscuridad. Como si numerosas miradas parpadearan ante ella por un momento, antes de apagarse como los sucesivos destellos de un faro.
«Dejemos los libros. Dame el de Herodoto simplemente».
Puso el grueso y sucio volumen en sus manos.
«He visto ediciones de la Historia con un retrato del autor en la portada, cierta estatua encontrada en un museo francés. Pero yo nunca me he imaginado a Herodoto así. Lo veo más bien como uno de esos enjutos hombres del desierto que viajan de oasis en oasis comerciando con leyendas, como si se tratara de semillas, consumiéndolo todo sin recelo, juntando las piezas de un espejismo. “Esta historia mía”, dice Herodoto, “ha buscado desde el principio el complemento del asunto principal”. Lo que encontramos en él es callejones sin salida en el movimiento de la Historia: cómo se traicionan los hombres en pro de las naciones, cómo se enamoran… ¿Qué edad me has dicho que tenías?».
«Veinte años».
«Yo tenía muchos más cuando me enamoré».
Hana hizo una pausa. «¿De quién?».
Pero ahora sus ojos se habían apartado de ella.
«Los pájaros prefieren los árboles con ramas muertas», dijo Caravaggio. «Disfrutan de panoramas completos desde sus alcándaras. Pueden lanzarse al vuelo en cualquier dirección».
«Si te refieres a mí», dijo Hana, «no soy un pájaro. El que lo es de verdad es ese hombre de ahí arriba».
Kip intentó imaginarla como un pájaro.