El otoño

El otoño

Juan Mt

Las montañas se levantaban dominando todo el valle, parecían heridas después de haber recibido tanta lluvia y haber perdido ladera por los derrumbes. Había sido un verano bastante inusual, el agua no había rendido tregua alguna. Todavía se percibían las cimas cubiertas de neblina y una leve brisa anunciaba que la batalla entre los elementos aún no terminaba. El valle era cortado por un río cuyas aguas en otros tiempos cristalinas, parecían ahora tierra en movimiento.

Había un camino que comunicaba el valle con las próximas aldeas, pero ya era intransitable, por todos lados había charcos que no parecían tener intención de secarse. Apenas unos minutos al día, el sol trataba de hacer acto de presencia pero receloso y juguetón con las nubes debajo de él, prefería esconderse por el resto de la tarde a descansar y darse calor a si mismo.

La vida estaba comenzando a sentirse apagada, las aves volaban poco y aunque los demás seres trataban de llevar el ritmo cotidiano de la vida, esta seguía sumida en la añoranza de los días cálidos de la ya lejana primavera. Algunos ciervos pastaban como si nada fuera más importante que hartarse de la vegetación que exuberante estaba creciendo; pero si las lluvias no cesaban, pronto iban a inundarse las cuevas donde buscaban refugio. Todo parecía ya no ser tan cómodo, la naturaleza estaba convidando en exceso el recurso que en otros tiempos fue tan equilibrado con la temporada de sequías.

Una noche. La ya acostumbrada brisa estuvo ausente, se oía el cantar de los grillos y las cigarras, se olía la humedad y se escuchaba el río. Sobre de esos ruidos ambientales, el silencio abrazador que llenó la atmósfera de incertidumbre. No pasó mucho tiempo para que esta paz fuera perturbada, anunciada por un horrible trueno como heraldo y un relámpago que iluminó el cielo. Llegó la más terrible de las tormentas. Todo fue ruido de agua cayendo y en las lejanías, estruendos de tierra viniendo abajo en forma de alud desde lo alto de las montañas. Una batalla que duró oscuras horas y que no se calmó hasta llegada la mañana. Sin embargo, había algo nuevo, algo que no se había percibido los días anteriores. Sobre el horizonte, a lo lejos se divisaba una línea azul, el cielo. Desde aquella dirección nacía de nuevo la esperanza, nacía de nuevo el buen tiempo, nacía el viento norteño que con fuerza barría las nubes hacia otro lugar.

Fue una mañana con ventiscas, una nueva escaramuza elemental, agua contra viento, viento contra lluvia. Y aunque el viento del norte trajo consigo un poco de más lluvia, lavó todo el lodazal del camino. Por la tarde, las nubes se habían ido a otra parte, el sol penetraba anaranjado entre las ramas de los árboles cuyas hojas tornaban del verde al café. Una de ellas cayó de una rama, meciéndose divertida con el viento, mostraba el peciolo en dirección al infinito, y fue a recostarse sobre el césped a la espera de todas sus compañeras. El otoño había llegado.

Fragmento de A ninguna parte


Publicado originalmente el 10/06/2017

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