El ocho

El ocho


La defensa

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LA DEFENSA

Los personajes suelen estar a favor o en contra de la búsqueda. Si la apoyan, se los idealiza simplemente como valientes o puros; si la obstruyen, se los tilda simplemente como infames o cobardes.

Por consiguiente, todo personaje típico… suele enfrentarse con su contrario moral, como las piezas blancas y negras del ajedrez.

NORTHROP FRYE

Anatomy of Criticism

Abadía de Montglane, Francia, primavera de 1790

Una bandada de monjas cruzó la carretera y sus almidonados griñones revolotearon sobre sus cabezas como las alas de las grandes aves marinas. Cuando atravesaron las grandes puertas de piedra de la ciudad, gallinas y gansos abandonaron prestamente el sendero, aleteando y chapoteando en los charcos de barro. Todas las mañanas las monjas se desplazaban por la niebla oscura que rodeaba el valle y, en mudas parejas, se dirigían hacia el sonido de la grave campana que llamaba desde las colinas.

Designaban a esa primavera «Le Printemps Sanglant», la primavera sangrienta. Los cerezos habían florecido temprano, mucho antes de que se derritieran las nieves de las altas cumbres. Sus frágiles ramas caían hacia la tierra por el peso de los capullos rojos y húmedos. Algunos consideraron esa floración prematura como un buen augurio, símbolo de renacimiento tras el prolongado y cruel invierno. Entonces llegaron las lluvias frías y congelaron las ramas floridas, cubriendo el valle con una gruesa capa de flores rojas salpicadas por las manchas marrones de la escarcha. Como una herida en la que se coagula la sangre. Se consideró que esto era otro tipo de señal.

En lo más alto del valle, la abadía de Montglane se erigía como un descomunal saliente rocoso en la cima de la montaña. Hacía casi mil años que la estructura parecida a una fortaleza no había sido tocada por el mundo exterior. Estaba formada por seis o siete capas de pared construidas una sobre otra. Con el correr de los siglos, a medida que las piedras originales se desgastaron, se instalaron nuevas paredes en el exterior de las antiguas, provistas de contrafuertes suspendidos. El resultado fue una melancólica mezcolanza arquitectónica cuyo aspecto dio pábulo a los rumores sobre el lugar. La abadía era la más vieja estructura eclesiástica de Francia que permanecía intacta y contenía una antigua maldición que muy pronto se reavivaría. A medida que la ronca campana retumbaba en el valle, una tras otra las monjas que aún quedaban desviaban la mirada de sus labores, dejaban a un lado azadas y rastrillos y cruzaban las largas y simétricas filas de cerezos para ascender por el escarpado camino que llevaba a la abadía.

Al final de la larga procesión caminaban del brazo dos jóvenes novicias, Valentine y Mireille, andando con tiento con las botas cubiertas de barro. Creaban un extraño contraste con la ordenada fila de monjas. Mireille, alta, pelirroja, de piernas largas y hombros anchos, parecía más una sana granjera que una monja. Sobre el hábito llevaba un pesado delantal de carnicero y del griñón escapaban rizos rojos. A su lado, Valentine resultaba frágil pese a tener casi la misma estatura. Su tez clara parecía transparente y su blancura quedaba acentuada por la cascada de cabello rubio ceniza que le caía sobre los hombros. Había guardado el griñón en el bolsillo del hábito, caminaba de mala gana junto a Mireille y hundía las botas en el lodo.

Las dos muchachas, las monjas más jóvenes de la abadía, eran primas por parte de madre y tanto una como otra quedaron huérfanas a edad temprana a causa de una plaga horrorosa que había asolado Francia. El anciano conde de Remy, abuelo de Valentine, las encomendó al cuidado de la Iglesia, y a su muerte les dejó el abultado saldo de sus propiedades para garantizar su buena atención.

Las circunstancias de su educación formaron un vínculo indisoluble entre ambas, que rebosaban la alegría libre y pletórica de la juventud. A menudo la abadesa oía a las monjas mayores quejarse de que semejante conducta era impropia de la vida monástica, pero le parecía mejor modular el espíritu juvenil en lugar de sofocarlo.

Por añadidura, la abadesa tenía predilección por las primas huérfanas, sentimiento excepcional dadas su personalidad y su posición. Las monjas de más edad se habrían sorprendido al saber que, desde su más tierna infancia, la abadesa había sostenido una amistad tan entrañable con una mujer de la que estaba separada por muchos años y muchos miles de kilómetros.

En el escarpado sendero, Mireille encajaba bajo el griñón algunos mechones alborotados y pelirrojos y tironeaba del brazo de su prima al tiempo que le daba una perorata sobre los riesgos de llegar tarde.

—Si sigues holgazaneando, la reverenda madre te impondrá una penitencia —la sermoneó.

Valentine se zafó y giró en redondo.

—En primavera la tierra se anega —gritó, agitó los brazos y estuvo a punto de despeñarse. Mireille la ayudó a subir por la traicionera pendiente—. ¿Por qué tenemos que estar encerradas en la asfixiante abadía cuando al aire libre todo está rebosante de vida?

—Porque somos monjas —replicó Mireille con los labios apretados y aceleró el paso sujetando el brazo de Valentine con firmeza—. Y nuestro deber consiste en rezar por la humanidad.

La tibia bruma que se elevaba desde el lecho del valle transportaba una fragancia tan intensa que impregnaba el entorno con el aroma de las flores de cerezo. Mireille intentó ignorar el cosquilleo que provocaba en su cuerpo.

—Gracias a Dios aún no somos monjas —dijo Valentine—. Seguiremos siendo novicias hasta que pronunciemos los votos. Todavía no es demasiado tarde para salvarnos. He oído murmurar a las monjas mayores que los soldados rondan por toda Francia, despojan a los monasterios de sus tesoros, reúnen a los curas y se los llevan a París. Es posible que algunos soldados lleguen hasta aquí y me lleven a París. ¡Y me inviten a la ópera todas las noches y beban champaña de mi zapato!

—Los soldados no son siempre tan encantadores como imaginas —observó Mireille—. Al fin y al cabo, su trabajo es matar gente más que llevarla a la ópera.

—No es lo único que hacen —declaró Valentine con tono misterioso.

Habían llegado a la cumbre de la colina, donde el sendero se enderezaba y ensanchaba considerablemente. En ese punto estaba empedrado con adoquines chatos y semejaba las anchas vías públicas que es posible encontrar en ciudades de mayor población. Había plantados enormes cipreses a ambos lados del camino. Al elevarse por encima del mar de cerezos, los cipreses se tornaban formales, imponentes y, al igual que la abadía, extrañamente fuera de lugar.

—¡Por lo que he oído, los soldados hacen cosas horribles a las monjas! —susurró Valentine al oído de su prima—. ¡Si un soldado se topa con una monja en el bosque, por ejemplo, inmediatamente saca una cosa de sus pantalones, se la pone dentro a la monja y la menea! ¡Y cuando acaba, la monja tiene un bebé!

—¡Vaya blasfemia! —se sobresaltó Mireille, se apartó de Valentine e intentó disimular la sonrisa que amenazaba con asomar a sus labios—. Me parece que eres demasiado pícara para convertirte en monja.

—Es exactamente lo que he dicho hasta el hartazgo —reconoció Valentine—. Prefiero ser mujer de un soldado que esposa de Cristo.

Cuando las primas se acercaron a la abadía, vieron las cuatro hileras dobles de cipreses plantados en cada entrada, que formaban la señal de la cruz. Los árboles se cerraron sobre ellas mientras corrían en medio de la bruma ennegrecida. Atravesaron las puertas de la abadía y cruzaron el amplio patio. Cuando se aproximaron a las altas puertas de madera del enclave principal, la campana siguió sonando como un tañido fúnebre que penetraba la densa niebla.

Ambas hicieron un alto ante las puertas para quitarse el barro de las botas, se persignaron deprisa y franquearon el elevado pórtico. Ninguna de las dos alzó la mirada hacia la inscripción tallada con toscas letras francas en el arco de piedra que circundaba el pórtico, si bien las dos sabían qué decía, como si las palabras estuvieran cinceladas en su corazón:

«Maldito sea quien derribe estos muros, al rey sólo lo detiene la mano de Dios».

Debajo de la inscripción estaba tallado el nombre en mayúsculas: «CAROLUS MAGNUS». Fue el artífice tanto del edificio como de la maldición dirigida a los intentaran destruirlo. Máximo soberano del imperio franco hacía más de mil años, conocido en toda Francia como Carlomagno.

Los muros interiores de la abadía estaban oscuros, fríos y húmedos a causa del musgo. Desde el santuario llegaban las voces susurrantes de las novicias que oraban y el suave roce de los rosarios al contar los padrenuestros, los avemarías y los glorias. Valentine y Mireille cruzaron deprisa la capilla, mientras la última novicia hacía una genuflexión, y siguieron el hilillo de murmullos hasta la pequeña puerta detrás del altar, donde se encontraba el estudio de la reverenda madre. Una monja mayor empujaba hacia el interior a las rezagadas. Valentine y Mireille se miraron y entraron.

Era extraño que la abadesa las convocara a su estudio de esa forma. Muy pocas monjas habían estado en esa habitación y casi siempre se había debido a razones disciplinarias. Valentine, a la que constantemente castigaban, había estado en el estudio con bastante asiduidad. Sin embargo, habían hecho sonar la campana de la abadía para convocar a todas las religiosas. ¿Era posible que quisieran reunir simultáneamente a todas en el estudio de la reverenda madre?

Cuando entraron en la amplia estancia de techo bajo, Valentine y Mireille comprobaron que todas las hermanas de la abadía estaban presentes: más de cincuenta. Murmuraban sentadas en las hileras de duros bancos de madera que habían colocado delante del escritorio de la abadesa. Evidentemente las circunstancias sorprendieron a todas y los rostros que contemplaron la entrada de las jóvenes primas parecían aterrados. Las muchachas ocuparon su sitio en la última fila de bancos. Valentine apretó la mano de Mireille y susurró:

—¿Qué significa?

—Me parece que es de mal agüero —respondió Mireille en voz baja—. La reverenda madre está muy seria y aquí hay dos mujeres a las que nunca he visto.

En un extremo de la larga estancia, detrás de un escritorio macizo de madera de cerezo encerada, estaba en pie la abadesa, arrugada y curtida como un pergamino, pero sin dejar de irradiar la fuerza de su relevante jerarquía. Su porte poseía una cualidad eterna que expresaba que mucho tiempo atrás había hecho las paces con su alma, a pesar de que hoy se la veía más seria que de costumbre.

Dos desconocidas, mujeres jóvenes, huesudas y de manos grandes, permanecían a su lado como ángeles vengadores.

La primera de ellas tenía piel clara, pelo oscuro y ojos luminosos, mientras la otra guardaba un acentuado parecido con Mireille por su tez cremosa y su pelo castaño, apenas más oscuro que los rizos de la huérfana. Ambas tenían porte de monja pero no vestían hábito, sino sencillos vestidos de viaje, de color gris, de carácter anodino.

La abadesa aguardó a que todas las monjas se sentaran y cerraran la puerta. Cuando reinó un silencio absoluto, tomó la palabra con ese tono de voz que a Valentine siempre le recordaba pisadas sobre hojas secas.

—Hijas mías —comenzó la abadesa y cruzó las manos sobre el pecho—, durante casi mil años la Orden de Montglane se ha alzado sobre este peñón, sirviendo al Altísimo y cumpliendo nuestros deberes con la humanidad. Aunque aisladas del mundo, hasta aquí llegan los ecos de la agitación mundial. En éste, nuestro pequeño rincón, hemos recibido noticias desagradables que podrían modificar la seguridad de que hasta ahora hemos disfrutado. Las dos mujeres que están a mi lado son portadoras de estas noticias. Os presento a la hermana Alexandrine de Forbin —señaló a la mujer de pelo castaño— y a Marie-Charlotte Corday, que dirigen la Abbaye-aux-Dames de Caen, en las provincias del norte. Han recorrido toda Francia disfrazadas, un viaje agotador, para transmitirnos una advertencia. En consecuencia, os pido que prestéis oído a lo que dirán. Es de máxima importancia para nosotras.

La abadesa se sentó y la mujer presentada como Alexandrine de Forbin carraspeó y habló en voz tan queda que las monjas tuvieron que hacer un esfuerzo para oírla. Sin embargo, sus palabras fueron muy claras:

—Hermanas en Dios, la historia que venimos a contaras no es para las medrosas. Entre nosotras están aquellas que se acercaron a Cristo con la esperanza de redimir a la humanidad. Otras lo hicieron con la esperanza de escapar del mundo. Y otras lo hicieron contra su voluntad, pues no tenían vocación. —Luego de pronunciar estas palabras, dirigió sus ojos oscuros y luminosos hacia Valentine, que se ruborizó hasta las raíces de su cabellera rubio ceniza—. Al margen de cuál fuera vuestro propósito, a partir de hoy ha cambiado. Durante nuestro viaje, la hermana Charlotte y yo hemos recorrido toda Francia, atravesado París y todas las villas intermedias. No sólo hemos visto el hambre, sino la inanición. El pueblo se amotina en las calles reclamando pan. Hay matanzas, las mujeres pasean por las calles cabezas guillotinadas y clavadas en picas. Hay violaciones y actos más graves. Se asesina a niños pequeños, algunos ciudadanos son torturados en plazas públicas y desmembrados por muchedumbres airadas…

Las monjas ya no guardaban silencio. Sus voces se elevaron alarmadas a medida que Alexandrine proseguía su sangriento relato.

A Mireille le llamó la atención que una sierva del Señor fuera capaz de relatar semejantes acontecimientos sin palidecer. La oradora no había perdido su tono sereno ni su voz se había quebrado durante la narración. Mireille miró a Valentine, que tenía los ojos desmesuradamente abiertos de fascinación. Alexandrine de Forbin aguardó a que se calmaran los ánimos y prosiguió:

—Estamos en abril. En octubre pasado, una multitud enfervorizada secuestró a los reyes en Versalles y los obligó a regresar a las Tullerías, donde fueron encarcelados. El monarca tuvo que firmar un documento, la Declaración de los Derechos del Hombre, que proclama la igualdad de todos los hombres. Ahora la Asamblea General controla el gobierno y el rey no tiene poderes para intervenir. Nuestro país está más allá de la revolución. Vivimos en un estado de anarquía. Por si esto fuera poco, la Asamblea ha descubierto que no hay oro en las arcas del estado, el rey ha llevado a Francia a la bancarrota. En París opinan que no vivirá para ver el nuevo año.

Las monjas se estremecieron en sus bancos y un nervioso murmullo recorrió el estudio. Mireille apretó suavemente la mano de Valentine mientras miraban a la oradora, Las mujeres que ocupaban esa estancia jamás habían oído expresar esas ideas y ni siquiera podían imaginar que semejantes cosas existieran. Tortura, anarquía, regicidio. ¿Era concebible?

La abadesa dio un golpe en el escritorio para llamar al orden y las monjas guardaron silencio. Alexandrine tomó asiento y la hermana Charlotte fue la única que quedó en pie junto a la mesa. Su voz sonó fuerte y enérgica:

—Un hombre nefasto es miembro de la Asamblea. Se hace llamar representante del clero y está sediento de poder. Me refiero al obispo de Autun. En Roma lo consideran la encarnación del demonio. Se afirma que nació con la pezuña hendida, señal de Lucifer; que bebe la sangre de tiernas criaturas para conservar la juventud y que celebra misas negras. En octubre este obispo propuso a la Asamblea que el Estado confiscara todas las propiedades de la Iglesia. El 2 de noviembre el gran estadista Mirabeau defendió ante la Asamblea el proyecto de ley de confiscación, que fue aprobado. El 13 de febrero comenzaron las incautaciones. Todos los sacerdotes que se resistieron fueron arrestados y encarcelados. El 16 de febrero el obispo de Autun fue elegido presidente de la Asamblea. Ahora nada puede detenerlo.

Las monjas fueron presa de una profunda agitación y alzaron las voces para emitir temerosas exclamaciones y protestas. La voz de Charlotte dominó todas las demás.

—Mucho antes de presentar el proyecto de ley, el obispo de Autun hizo pesquisas sobre el emplazamiento de las riquezas de la Iglesia a lo largo y ancho de Francia. Aunque el proyecto puntualiza que los sacerdotes han de caer primero y se ha de perdonar a las monjas, sabemos que el obispo ha puesto sus ojos en la abadía de Montglane. La mayoría de sus indagaciones se han centrado en torno a Montglane. Por eso hemos venido a toda prisa a comunicároslo. El tesoro de Montglane no debe caer en sus manos.

La abadesa se irguió y posó su mano en el hombro fuerte de Charlotte Corday. Observó las hileras de monjas vestidas de negro, con sus griñones rígidos y almidonados ondeando como un mar plagado de gaviotas salvajes, y sonrió. Éste era su rebaño, al que durante tanto tiempo había cuidado y al que quizá no volviera a ver en cuanto revelara lo que debía comunicar.

—Ahora conocéis la situación tan bien como yo —dijo la abadesa—. Aunque hace muchos meses que estoy enterada de esta crisis, no quise alarmaros hasta tener claro qué camino debía tomar. En su viaje de respuesta a mi llamada, las hermanas de Caen han confirmado mis peores temores. —Las monjas guardaban un silencio parecido a la quietud de la muerte. No se oía más sonido que la voz de la abadesa—. Soy una mujer entrada en años que tal vez sea llamada por Dios antes de lo que cabe imaginar. Los votos que pronuncié al entrar al servicio de este convento no sólo fueron ante Cristo. Al convertirme en abadesa de Montglane, hace casi cuarenta años, juré guardar un secreto y, si era necesario, mantenerlo a costa de mi vida. Ahora me ha llegado el momento de ser fiel a ese juramento. Para hacerla, debo compartir parte del secreto con cada una de vosotras y pediros que os comprometáis a guardarlo. Mi historia es larga y os pido paciencia si tardo en contarla. Cuando haya terminado, sabréis por qué cada una de vosotras tiene que hacer lo que hay que hacer.

La abadesa calló y bebió un sorbo de agua de un cáliz de plata que estaba sobre la mesa. Luego retomó la palabra:

—Hoy es 4 de abril del año de Dios de 1790. Mi historia comienza otro 4 de abril de hace muchos años. El relato me fue narrado por mi predecesora tal como cada abadesa se lo contó a su sucesora en el momento de su iniciación, y tiene tantos años como los que esta abadía lleva en pie. Ahora os lo contaré…

EL RELATO DE LA ABADESA

El 4 de abril del año 782, en el palacio oriental de Aquisgrán se celebró una fiesta extraordinaria para conmemorar el cuadragésimo cumpleaños del gran monarca Carlomagno. El rey había invitado a todos los nobles del imperio. El patio central, con su cúpula de mosaico y las escaleras circulares y los balcones de varios pisos, estaba repleto de palmeras traídas de tierras lejanas y festoneado con guirnaldas de flores. En los grandes salones, en medio de faroles de oro y plata, sonaban arpas y laúdes. Los cortesanos, engalanados de púrpura, carmesí y dorado, se movían a través de un país de ensueño formado por malabaristas, bufones y titiriteros. En los patios había osos salvajes, leones, jirafas y jaulas con palomas. Reinó un gran júbilo en las semanas que precedieron al cumpleaños del rey.

El apogeo de la fiesta tuvo lugar el mismo día del cumpleaños. Por la mañana, el monarca llegó al patio principal en compañía de sus dieciocho hijos, la reina y sus cortesanos predilectos. Carlomagno era sumamente alto y poseía la gracia del jinete y el nadador. Su piel estaba bronceada y su cabellera y su bigote teñidos de rubio a causa del sol. Parecía en cuerpo y alma el guerrero y gobernante del reino más grande del mundo. Vestido con una sencilla túnica de lana y una ceñida capa de marta y portando la omnipresente espada, atravesó el patio saludando a cada uno de sus súbditos e invitándolos a compartir los profusos refrescos situados en las tablas chirriantes del salón.

El rey había preparado una sorpresa. Maestro de la estrategia bélica, sentía peculiar predilección por cierto juego. Se trataba del ajedrez, conocido también como juego de guerra o juego de los reyes. En éste, su cuadragésimo cumpleaños, Carlomagno pretendía enfrentarse con el mejor ajedrecista del reino, el soldado conocido como Garin el franco.

Garin entró en el patio al son de las trompetas. Los acróbatas saltaron ante él y las jóvenes cubrieron su camino de frondas de palma y pétalos de rosa. Garin era un joven esbelto y pálido, de expresión severa y ojos grises, soldado del ejército occidental. Se arrodilló cuando el monarca se puso de pie para darle la bienvenida.

Ocho criados negros vestidos de librea morisca entraron a hombros el tablero de ajedrez. Estos hombres, así como el tablero que llevaban en alto, fueron regalo de Ibn-al-Arabi, gobernador musulmán de Barcelona, para agradecer la ayuda que el monarca le había prestado cuatro años antes contra los montañeses vascos. Fue durante la retirada de esta famosa batalla, en el desfiladero navarro de Roncesvalles, cuando encontró la muerte Hruoland, el querido soldado real, héroe de la Chanson de Roland. Como consecuencia de este doloroso recuerdo, el monarca nunca había utilizado el tablero de ajedrez ni se lo había mostrado a sus vasallos.

La corte se maravilló ante aquel extraordinario juego de ajedrez mientras lo depositaban sobre una mesa del patio. Aunque realizado por maestros artesanos árabes, las piezas mostraban indicios de su origen indio y persa. Algunos opinan que dicho juego existía en la India más de cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo y que llegó a Arabia, a través de Persia, durante la conquista árabe de este país en el año 720 de Nuestro Señor.

El tablero, forjado exclusivamente en plata y oro, medía un metro entero por cada lado. Las piezas, de metales preciosos afiligranados, estaban tachonadas con rubíes, zafiros, diamantes y esmeraldas sin tallar pero perfectamente lustrados, y algunos alcanzaban el tamaño de huevos de codorniz. Como destellaban y resplandecían a la luz de los faroles del patio, parecían brillar con una luz interior que hipnotizaba a quien los contemplaba.

La pieza llamada sha o rey alcanzaba los quince centímetros de altura y representaba a un hombre coronado que montaba a lomos de un elefante. La reina, dama o ferz iba en una silla de manos cerrada y salpicada de piedras preciosas. Los alfiles u obispos eran elefantes con las sillas de montar incrustadas de raras gemas y los caballos o caballeros estaban representados por corceles árabes salvajes; las torres o castillos se llamaban rujj, que en árabe significa carro. Eran grandes camellos que sobre los lomos llevaban sillas semejantes a torres. Los peones eran humildes soldados de infantería de siete centímetros de altura, con pequeñas joyas en lugar de ojos y piedras preciosas que salpicaban las empuñaduras de sus espadas.

Carlomagno y Garin se acercaron al tablero. El monarca alzó la mano y pronunció palabras que azoraron a los cortesanos que lo conocían bien.

—Propongo una apuesta —dijo con voz extraña. Carlomagno no era hombre propenso a las apuestas. Los cortesanos se miraron inquietos—. Si el soldado Garin me gana una partida, le concedo ese territorio de mi reino que va de Aquisgrán a los Pirineos vascos y la mano de mi hija mayor en matrimonio. Si pierde, será decapitado en este mismo patio al romper el alba.

La corte se estremeció. Era de todos sabido que el monarca amaba tanto a sus hijas que les había rogado que no contrajeran matrimonio mientras estuviese vivo.

El duque de Borgoña, el mejor amigo del rey, lo cogió del brazo y lo llevó aparte.

—¿Qué tipo de apuesta es ésta? —preguntó en voz baja—. ¡Habéis hecho una apuesta digna de un bárbaro embriagado!

Carlomagno tomó asiento ante la mesa.

Parecía hallarse en trance. El duque quedó anonadado. El propio Garin estaba perplejo. Miró al duque a los ojos y, sin mediar palabra, posó la mano sobre el tablero, aceptando la apuesta. Se sortearon las piezas y la suerte quiso que Garin escogiera las blancas, lo que le proporcionó la ventaja de la primera jugada. Comenzó la partida.

Tal vez se debió a lo tenso de la situación, pero lo cierto es que, a medida que se desarrollaba la partida, parecía que ambos ajedrecistas movían las piezas con una fuerza y precisión tales que trascendía al mero juego, como si otra mano, invisible, se cerniera sobre el tablero. Por momentos dio la sensación de que las piezas se movían por decisión propia. Los jugadores estaban mudos y pálidos y los Cortesanos los rodeaban como fantasmas.

Luego de casi una hora de juego, el duque de Borgoña notó que el monarca se comportaba de una manera extraña. Tenía el ceño fruncido y estaba distraído y aturdido. Garin también era presa de un desasosiego poco corriente, sus movimientos eran bruscos y espasmódicos y su frente estaba perlada por un sudor frío. Los ojos de ambos contrincantes estaban clavados en el tablero como si no pudieran apartar la mirada.

Súbitamente Carlomagno se incorporó de un salto, lanzó un grito, volcó el tablero y los trebejos rodaron por el suelo. Los Cortesanos retrocedieron para abrir el círculo. El monarca estaba dominado por una ira sombría y espantosa, se mesaba los cabellos y se golpeaba el pecho como una bestia enardecida. Garin y el duque de Borgoña corrieron en su auxilio, pero los apartó a puñetazos. Hicieron falta seis nobles para sujetar al rey. Cuando por fin lo sometieron, Carlomagno miró azorado a su alrededor, como si acabara de despertar de un largo sueño.

—Mi señor, creo que deberíamos abandonar esta partida —propuso Garin con serenidad, alzó una de las piezas y se la entregó al monarca—. Las piezas están desordenadas y no recuerdo una sola jugada. Majestad, le temo a este ajedrez moro. Creo que está poseído por una fuerza maligna que os obligó a apostar mi vida.

Carlomagno, que descansaba en un sillón, se llevó cansinamente la mano a la frente pero no pronunció palabra.

—Garin, sabes que el rey no cree en ese tipo de supersticiones y que las considera paganas y bárbaras —intervino el duque de Borgoña con suma cautela—. Ha prohibido la nigromancia y las adivinaciones en la corte…

Carlomagno lo interrumpió, con voz tan débil que parecía sufrir un agotamiento extremo:

—Si hasta mis propios soldados creen en brujerías, ¿cómo extenderé por toda Europa la fe cristiana?

—Desde tiempos remotos se ha practicado esta magia en Arabia y en todo Oriente —replicó Garin—. Ni creo en ella ni la comprendo, pero… vos también la sentisteis. —Garin se acercó al emperador y lo miró a los ojos.

—Me dejé llevar por un ardiente arrebato —admitió Carlomagno—. No pude dominarme. Sentí lo mismo que en la alborada de una batalla, cuando la soldadesca se lanza al combate. No sé cómo explicarlo.

—Todas las cosas del cielo y de la tierra tienen un fundamento —dijo una voz a espaldas de Garin.

El franco se volvió y vio a un moro negro, uno de los ocho que habían acarreado el juego de ajedrez. El monarca autorizó al moro a proseguir su discurso.

—De nuestro watar o lugar de nacimiento procede un pueblo antiguo conocido como badawi, los «habitantes del desierto». Los badawi consideran un alto honor la apuesta de sangre. Sostienen que sólo la apuesta de sangre acaba con la habb, la gota negra vertida en el corazón humano y que el arcángel Gabriel quitó del pecho de Mahoma. Vuestra alteza ha hecho una apuesta de sangre sobre el tablero, se ha jugado una vida humana, la forma de justicia más elevada que existe. Mahoma dice: «El reino soporta la kufr, la infidelidad al Islam, pero no tolera la zulm, es decir, la injusticia».

—La apuesta de sangre siempre es una apuesta maligna —respondió Carlomagno.

Garin y el duque de Borgoña miraron sorprendidos al rey, pues hacía tan sólo una hora él mismo había propuesto una apuesta de sangre.

—¡No! —exclamó el moro—. Sólo mediante una apuesta de sangre se conquista el ghutah, nuestro oasis terrenal o vuestro paraíso. Cuando se hace una apuesta de sangre sobre el tablero de Shatranj, en el mismo Shatranj se cumple la sar.

—Mi señor, Shatranj es el nombre que los moros dan al ajedrez —explicó Garin.

—¿Qué significa «sar»? —preguntó Carlomagno, se puso lentamente en pie y descolló por encima de todos.

—Significa venganza —respondió el moro sin inmutarse.

El árabe hizo una reverencia y se alejó.

—Volveremos a jugar —anunció el monarca—. Esta vez no habrá apuestas. Jugaremos por el placer de jugar. Esas ridículas supersticiones inventadas por bárbaros y niños no tienen importancia.

Los cortesanos acomodaron el tablero. La estancia se pobló de murmullos de alivio. Carlomagno se volvió hacia el duque de Borgoña y le cogió del brazo.

—¿Es cierto que hice una apuesta semejante? —preguntó en voz muy baja.

El duque lo miró sorprendido.

—Así es, señor. ¿No lo recordáis?

—No —repuso el monarca con pesar.

Carlomagno y Garin se sentaron a jugar otra partida de ajedrez. Luego de una batalla extraordinaria, Garin alcanzó la victoria. El rey le concedió la Propiedad de Montglane, en los Bajos Pirineos, y el título de Garin de Montglane. El emperador estaba tan satisfecho con el magistral dominio que tenía Garin del ajedrez, que se ofreció a construirle una fortaleza para proteger el territorio que acababa de ganar. Muchos años después, Carlomagno envió de regalo a Garin el maravilloso ajedrez con el que habían jugado aquella famosa partida. Desde entonces lo llamaron «el ajedrez de Montglane».

—Os he narrado la historia de la abadía de Montglane —la madre superiora concluyó el relato y miró a las silenciosas monjas—. Muchos años después, cuando Garin de Montglane cayó enfermo y agonizaba, legó a la Iglesia su territorio de Montglane, la fortaleza que se convertiría en nuestra abadía y el famoso juego conocido como el ajedrez de Montglane —la abadesa calló, como si no supiera si proseguir la historia o no. Finalmente retomó la palabra—: Garin siempre creyó que el ajedrez de Montglane estaba relacionado con una horrible maldición. Había oído rumores de males vinculados con ese ajedrez mucho antes de que pasara a su poder. Se decía que Charlot, el sobrino de Carlomagno, fue asesinado mientras jugaba una partida con el mismo tablero. Corrían extrañas historias de matanzas y violencia, incluso de guerras, en las que ese ajedrez había intervenido. Los ocho moros negros que trasladaron el ajedrez de Barcelona a las manos de Carlomagno rogaron que les permitieran acompañar las piezas cuando éstas fueron a Montglane. El emperador accedió. Poco después Garin se enteró de que, por la noche, en la fortaleza se celebraban arcanas ceremonias, rituales en los que, no le cabían dudas, habían participado los moros. Garin llegó a pensar que el ajedrez de Montglane era un instrumento de Satanás. Hizo enterrar las piezas en la fortaleza y pidió a Carlomagno que inscribiera una maldición en los muros para impedir que fueran retiradas. El emperador reaccionó como si se tratara de una broma, pero, a su manera, accedió a la petición de Garin. Ésta es la historia de la inscripción que hoy vemos sobre las puertas.

La abadesa calló y, pálida y exhausta, se dirigió a su silla. Alexandrine se puso en pie y la ayudó.

—Reverenda madre, ¿qué fue del ajedrez de Montglane? —preguntó una de las monjas más ancianas, sentada en primera fija.

La abadesa sonrió.

—Ya os he dicho que, de continuar en la abadía, nuestras vidas correrán grave peligro. Ya os he dicho que los soldados de Francia pretenden confiscar los bienes de la Iglesia, y, de hecho, están cumpliendo esa misión. También os he dicho que antaño enterraron, dentro de los muros de la abadía, un tesoro de gran valor y, acaso, de gran perversidad. En consecuencia, no os sorprenderá saber que el secreto que juré guardar cuando acepté ser vuestra abadesa es el secreto del ajedrez de Montglane. Sigue enterrado en el suelo de este estudio y sólo yo conozco la situación exacta en donde se encuentra cada pieza. Hijas mías, nuestra misión consiste en retirar este instrumento del mal y dispersarlo a los cuatro vientos para que nunca jamás pueda reunirse en manos de quien busca el poder. El ajedrez de Montglane alberga una fuerza que trasciende las leyes de la naturaleza y del entendimiento humano. Aunque tuviéramos tiempo de destruir las piezas o de desfigurarlas hasta volverlas irreconocibles, yo no escogería ese camino. Un instrumento de tanto poder también puede utilizarse para hacer el bien. Por eso no sólo juré mantener oculto el ajedrez de Montglane, sino protegerlo. Es posible que alguna vez, cuando la historia lo permita, podamos reunir las piezas y dar a conocer su oscuro enigma.

Aunque la abadesa conocía la situación exacta de cada pieza, hicieron falta los esfuerzos de todas las hermanas durante casi dos semanas para desenterrar el ajedrez de Montglane y limpiar y pulir cada pieza. Fueron necesarias cuatro monjas para levantar el tablero del suelo de piedra. Una vez limpio, descubrieron que tenía símbolos extraños tallados o grabados en relieve en cada casilla. También había símbolos semejantes en la base de cada trebejo. Desenterraron el paño guardado en una caja metálica. Los cantos de la caja estaban lacrados con una sustancia cerosa, sin duda para protegerla de la humedad. El paño era de terciopelo azul oscuro y estaba ricamente bordado con hilo de oro y joyas preciosas que formaban signos parecidos a los del zodiaco. En el centro del paño se veían dos figuras serpentinas, enroscadas y entrelazadas, que formaban el número «8». La abadesa consideraba que el paño se había utilizado para envolver el ajedrez de Montglane y evitar que sufriera daños durante su transporte.

Hacia el final de la segunda semana la madre superiora comunicó a las monjas que se prepararan para viajar. Dio instrucciones a cada una, por separado, sobre el sitio al que sería enviada; de este modo, ninguna sabría dónde estaban las demás. Así reducirían los riesgos personales. Como el ajedrez de Montglane tenía menos piezas que monjas la abadía, sólo la abadesa sabría qué hermanas habían partido con una parte del juego y cuáles se iban con las manos vacías.

Valentine y Mireille fueron convocadas al estudio. La abadesa tras su escritorio les indicó que se sentaran del otro lado. Sobre el escritorio se encontraba el brillante ajedrez de Montglane, parcialmente cubierto por el paño bordado de color azul oscuro.

La abadesa dejó la pluma sobre el escritorio y las miró. Mireille y Valentine cogidas de la mano aguardaban inquietas.

—Reverenda madre, quiero que sepa que la echaré muchísimo de menos —espetó Valentine—. Sé perfectamente que he sido una penosa carga para usted. Me gustaría haber sido mejor monja y haberle creado menos problemas…

—Valentine, ¿qué quieres decir? —preguntó la abadesa y sonrió al ver que Mireille daba un codazo a Valentine en las costillas para hacerla callar—. ¿Temes verte separada de tu prima Mireille? ¿Es ése el motivo de disculpas tan tardías?

Valentine miró azorada a la abadesa y se asombró de que le hubiera adivinado el pensamiento.

—En tu lugar, no me preocuparía —prosiguió la abadesa. Pasó un papel a Mireille por encima del escritorio de cerezo—. Aquí tienes el nombre y la dirección del tutor que se hará cargo de ti. Debajo he anotado las instrucciones para el viaje que he dispuesto para las dos.

—¡Para las dos! —gritó Valentine, que apenas podía contenerse—. ¡Gracias, reverenda madre, acaba de satisfacer mi mayor deseo!

La abadesa rió.

—Valentine, estoy segura de que, si no os dejara partir juntas, sin ayuda de nadie encontrarías la forma de echar por tierra todos los planes que he organizado minuciosamente con tal de seguir con tu prima. Además, tengo sobrados motivos para que os vayáis juntas. Prestad atención. Todas las monjas de nuestra abadía tienen resuelta su situación. Enviaré a sus hogares a aquellas cuyas familias acepten su regreso. En algunos casos he buscado amigos o parientes lejanos que les brindarán cobijo. Si llegaron a la abadía con dote, les devolveré sus bienes para su manutención y custodia. Si carecen de medios, enviaré a la joven a una abadía del extranjero, que la acoja de buena fe. En todos los casos pagaré gastos de viaje y de vida para asegurar el bienestar de mis hijas —la abadesa cruzó las manos. Prosiguió—: Valentine, eres afortunada en más de un sentido, pues tu abuelo te ha legado una generosa renta que destinaré tanto a ti como a tu prima Mireille. Además, aunque no tienes familia, cuentas con un padrino que ha accedido a responsabilizarse de ambas. He recibido garantías por escrito de su disposición a actuar en tu nombre. Y esto me lleva a otra cuestión, a un asunto que me preocupa.

Cuando la abadesa se refirió al padrino, Mireille miró a Valentine de soslayo. Luego contempló el papel donde la abadesa había escrito en mayúsculas: «M. Jacques Louis David, pintor»; debajo figuraba una dirección de París. Ignoraba que Valentine tuviera padrino.

—Sé perfectamente que algunos franceses se sentirán muy disgustados cuando se enteren de que he clausurado la abadía —explicó la madre superiora—. Muchas de nosotras correremos peligro, concretamente por parte de hombres como el obispo de Autun, que querrán saber qué hemos sacado y qué nos hemos llevado. No es posible ocultar totalmente las huellas de nuestros actos. Es probable que busquen y encuentren a algunas monjas. Quizá tengan necesidad de huir. En virtud de estas circunstancias, he seleccionado a ocho, cada una de las cuales tendrá una pieza que servirá como punto de reunión en el que las otras puedan dejar un trebejo si se ven obligadas a escapar. O donde podrán dejar instrucciones sobre el modo de recuperarlo. Valentine, tú serás una de las elegidas.

—¡Yo! —se sorprendió Valentine. Tragó saliva a duras penas porque súbitamente se le había secado la garganta—. Reverenda madre, no soy… no sé si…

—Intentas decir que no se te puede considerar un pilar de responsabilidad —dijo la abadesa, y sonrió a su pesar—. Lo sé y confío en que tu sensata prima pueda ayudarme a resolver el problema —miró a Mireille, que asintió con la cabeza—. He elegido a las ocho no sólo con relación a su capacidad, sino a su situación estratégica —continuó la abadesa—. Tu padrino, monsieur David, vive en París, el corazón del tablero de ajedrez formado por Francia. En su condición de artista famoso, goza del respeto y la amistad de la nobleza, pero también es miembro de la Asamblea y algunos lo consideran un fervoroso revolucionario. Estoy convencida de que, en caso de necesidad, estará en condiciones de protegeros. Además, le he pagado generosamente y tendrá motivos para cuidaros —la abadesa observó a las dos jovencitas—. Valentine, no es una petición —añadió severamente—. Tus hermanas pueden tener problemas y estarás en condiciones de servirlas. He dado tu nombre y señas a varias de las que ya han partido a sus hogares. Irás a París y harás lo que te ordeno. Ya tienes quince años, edad suficiente para saber que en la vida existen cuestiones más decisivas que la satisfacción inmediata de tus deseos. —Aunque la abadesa habló secamente, su expresión se enterneció como le ocurría siempre que miraba a Valentine—. Asimismo, París no está tan mal como lugar de condena.

Valentine sonrió a la abadesa y replicó:

—Claro que no, reverenda madre. Existe la ópera, tal vez haya fiestas y, por lo que dicen, las damas llevan hermosos vestidos… —Mireille volvió a dar un codazo en las costillas a Valentine—. Quiero decir que agradezco humildemente a la reverenda madre por depositar tanta confianza en su devota sierva.

Al oír esas palabras, la abadesa soltó una sonora sucesión de carcajadas que la hicieron parecer más joven.

—Bien dicho, Valentine. Podéis iros y preparar el equipaje. Partiréis mañana, al alba. No os retraséis.

La abadesa se incorporó, alzó dos pesadas piezas del tablero y se las entregó a las novicias.

Por turno, Valentine y Mireille besaron el anillo de la abadesa y, con sumo cuidado, llevaron sus extrañas posesiones a la puerta del estudio. Estaban a punto de salir cuando Mireille se dio la vuelta y habló por primera vez desde que habían entrado en la estancia.

—Reverenda madre, ¿me permite preguntarle adónde irá? Nos gustaría recordarla y enviarle nuestros buenos deseos dondequiera que esté.

—Haré un viaje con el que he soñado durante más de cuarenta años —respondió la abadesa—. Tengo una amiga a la que no visito desde la infancia. En aquellos tiempos… os diré que a veces Valentine me recuerda muchísimo a esa vieja amiga. La recuerdo tan alegre, tan llena de vitalidad…

La abadesa hizo silencio y a Mireille le pareció que se tornaba soñadora, si es que podía decirse semejante cosa de una persona tan augusta.

—Reverenda madre, ¿su amiga vive en Francia? —preguntó.

—No, vive en Rusia —respondió la abadesa.

Bajo la tenue luz gris de la mañana, dos mujeres ataviadas para el largo viaje salieron de la abadía y treparon a un carro de heno. Franquearon las impresionantes puertas y comenzaron a cruzar las estribaciones. Cayó una ligera bruma que las ocultó cuando atravesaron el valle distante.

Estaban asustadas. Se cubrieron con las esclavinas y se alegraron de cumplir una misión sagrada cuando volvieran a entrar en el mundo del que durante tanto tiempo habían estado aisladas.

Pero no fue Dios quien las observó en silencio desde la cima de la montaña mientras el carro de heno descendía lentamente hacia la penumbra del lecho del valle. En lo alto de una cumbre nevada, por encima de la abadía, un jinete solitario montaba un caballo claro. Observó el carro hasta que se fundió con la oscura bruma. Azuzó el caballo y se alejó al galope.

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