El mito del carisma

El mito del carisma


Capítulo 4

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Cómo superar los obstáculos

Ya ha adquirido ideas importantes sobre cómo el malestar físico y mental puede perjudicar el potencial de su carisma personal. En este capítulo, obtendrá las herramientas necesarias para ponerlas en práctica, superar los obstáculos y controlar con éxito casi cualquier malestar interno. Sean cuales fueren los difíciles sentimientos que surjan —duda de uno mismo, impaciencia, disgusto, irritación— podrá ocuparse de ellos con confianza.

Manejar hábilmente cualquier experiencia difícil es un proceso en tres pasos: eliminar el estigma del malestar, neutralizar la negatividad y reescribir la realidad. Empecemos.

Paso n.o 1: Eliminar el estigma del malestarEliminar el estigma de una experiencia significa reducir su poder al comprender que es algo normal, común, y no debe causarnos ansiedad o avergonzarnos.

Sentir malestar y negatividad internos es una parte natural de la vida. Todos lo experimentamos.

Todos sentimos el espectro completo de las emociones, por buenos que seamos. Incluso Tich Nhat Hanh, un monje que había practicado el budismo toda su vida y que era el símbolo mismo de la paz iluminada en el mundo, en una ocasión se enfureció tanto con alguien que tenía ganas de levantarse y darle un tortazo.

Sin embargo, en nuestra cultura nos hemos acostumbrado a ver en cualquier malestar físico o mental la señal de que algo se ha torcido, quizás incluso la señal de que nos pasa algo malo. O también durante acontecimientos perturbadores de nuestra vida —un cambio importante de trabajo, un divorcio, la muerte de un ser querido—, cuando aceptamos una cierta cantidad de tristeza o malestar, solemos poner un límite de tiempo a la aceptación de nuestros sentimientos, después del cual creemos que sería inapropiado que siguiéramos sintiéndonos así.

Este modo de pensar es una de las principales razones de que los pensamientos, emociones y experiencias internas negativos sean difíciles de manejar; sentimos que «no deberían» estar sucediendo. Así pues, no sólo nos sentimos mal, nos sentimos mal por sentirnos mal.

Para eliminar el estigma, recuérdese que este malestar interno, cualquiera que pueda ser, es una parte normal de la experiencia humana y un subproducto de uno de los mecanismos de supervivencia del cerebro. Ayuda pensar en otros que hayan pasado por lo que usted está pasando, en especial si se trata de alguien que es como usted, pero que quizá va un par de pasos por delante, alguien con quien pueda conectar y a quien pueda admirar.

Si ha perdido un cliente clave, por ejemplo, piense en alguien que conozca — un mentor a quien tenga en mucha estima o un compañero al que respete— que haya sufrido un revés parecido. Imagínelos pasando por esa experiencia. Por supuesto, que le cuenten sus males en persona sería ideal, pero incluso imaginarlos viviendo la experiencia y contándosela a usted puede ser muy útil.

(Recuerde que su cerebro no se dará cuenta de la diferencia.)

Otro modo de eliminar el estigma del malestar es recordarse que no está solo.

Con unos siete mil millones de personas en el planeta, puedo garantizarle absolutamente que no sólo una, sino docenas de personas están pasando por lo mismo que usted en este mismo momento. En lugar de verlo como una única gran emoción sentida por una única persona, piense que toda una comunidad está batallando contra ella, que es una difícil carga compartida por muchos. En lugar de ser sólo usted quien tiene que lidiar con ella, véalo como la depresión, la vergüenza, la tristeza que siente una multitud justo en este momento.

Uno de mis clientes me dijo que conectarse con otros de esta manera es útil y le produce el mismo efecto calmante que la transferencia de la responsabilidad.

Le gusta mirar alrededor, dondequiera que se encuentre, e imaginar bocadillos, por encima de la cabeza de la gente, donde está escrito lo que piensan, mientras se ocupan de las cosas de cada día. Y dice: «Es un alivio darse cuenta de que no está “mal” pensar o sentir lo que sea que yo pienso o siento. Es normal».

Tanto en mi experiencia personal como cuando preparo a mis clientes, he descubierto que adaptar, simplemente, este nuevo modo de pensar y aprender a aliviar la ansiedad o la vergüenza puede hacer que el tumulto interior sea más llevadero.

Verá, la vergüenza es funesta. De todas las emociones que podemos sentir, es una de las más tóxicas para la salud y la felicidad. Brené Brown, que ha investigado la vergüenza, la define como «el miedo a no ser digno de ser amado.

La vergüenza es ese sentimiento o experiencia intensamente doloroso que nos hace creer que somos defectuosos y, por lo tanto, indignos de amor y de pertenecer a una familia».

La vergüenza nos hiere con tanta fuerza porque transmite un mensaje sobre nuestra aceptabilidad fundamental como seres humanos. Y en cuanto a la supervivencia, si la tribu nos rechaza, morimos. Es una situación de vida o muerte. El cerebro equipara las necesidades sociales con la supervivencia; tener hambre y que nos condenen al ostracismo activan parecidas respuestas neuronales.1 En algún lugar, en lo más profundo de nuestro cerebro, está el miedo a que nos desaprueben hasta tal punto que los que importan para nuestra supervivencia nos excluyan.

Dado que se dispara con facilidad y aumenta rápidamente, la vergüenza puede crecer fuera de toda medida y mostrarse de maneras que no nos ayudan. He oído a clientes que expresaban tanta vergüenza por haber comido un dulce que habría sido más apropiada si hubieran cometido un homicidio en tercer grado.

Chade-Meng Tan, el Jolly Good Fellow (Muchacho excelente), de Google, [*] y practicante devoto de la meditación con conciencia plena, cree que la tendencia a sentirse mal es especialmente cierta en las buenas personas. Empezamos a pensar: «Si soy una buena persona, ¿por qué siento esta vergüenza? Seguramente, si fuera bueno de verdad no me sentiría así».

Saber cómo eliminar el estigma de la vergüenza de las emociones y las experiencias difíciles es absolutamente fundamental para el carisma. Con frecuencia, lo más doloroso no es lo que sentimos; es la vergüenza por sentirnos así lo que causa el daño. Una vez que vemos este sentimiento como algo normal, incluso algo que es de esperar, resulta mucho más fácil de soportar. Como sucede con cualquier malestar o sentimiento difícil, es útil recordar que la vergüenza es una parte estándar de la experiencia humana y que todos la sentimos de vez en cuando.

Cómo ponerlo en práctica:

elimine el estigma del malestar

La próxima vez que una emoción incómoda le moleste, pruebe con esta guía, paso a paso, para eliminar el estigma: 1. Recuerde que las emociones incómodas son normales, naturales; son simplemente un legado de nuestro instinto de supervivencia. Todos las experimentamos de vez en cuando.

2. Desdramatice: se trata de una parte común a la experiencia humana que sucede cada día.

3. Piense en otros que han pasado por esto antes, en especial personas a las que admire.

4. Véalo como una carga compartida por muchos. Forma usted parte de una comunidad de seres humanos que experimentan ese mismo sentimiento en este mismo momento.

Lo que acaba de aprender es cómo eliminar el estigma del malestar interno, lo cual aumentará su resistencia a esa negatividad que reduce el carisma. Sólo por haber conseguido estas herramientas, ya ha aumentado su nivel de carisma. Son unos útiles importantes que usará repetidamente durante el resto del libro.

Paso n.o 2: Neutralice la negatividad

Una vez que haya eliminado el estigma de la experiencia, el siguiente paso para enfrentarse a la negatividad interna es neutralizar los pensamientos negativos. La mejor manera de hacerlo es comprender que sus pensamientos no son necesariamente exactos.

¿Se acuerda de la experiencia de Tom y Paul en el restaurante, causada por el traje negro que picaba? Incluso cuando parece estar claro que alguien reacciona negativamente hacia nosotros, es posible que lo que vemos en su cara no tenga nada que ver con nosotros. ¿Qué está pasando que nosotros no vemos? ¿Esa persona tiene hambre, está enferma o cansada? Puede que tenga algún malestar mental o físico que esté esforzándose por controlar.

La próxima vez que le parezca ver frialdad o reserva en la cara de alguien mientras habla con nosotros, procure recordar que bien podría ser sencillamente la señal visible de su incomodidad interna. Podría ser que estuviera percibiendo las sacudidas superficiales de una tormenta interna, y es muy probable que no tenga nada que ver con lo que siente respecto a usted o respecto a lo que usted acaba de decir.

A mí, recordar esto suele ayudarme. Cuando estoy sosteniendo una conversación con alguien y percibo un tono de irritación o impaciencia en su voz, o cuando veo una fugaz expresión negativa en su cara, a veces siento un abatimiento instintivo. Me resulta difícil no suponer que lo que acabo de ver es una reacción a lo que acabo de decir. Pero pisándole los talones a esta reacción instintiva llega el reconocimiento de que lo que he visto, bien puede ser una señal de cómo esa persona se siente consigo misma, un traje de lana que pica, o algo totalmente diferente.

Una de las razones principales de que nos afecten tanto nuestros pensamientos negativos es que pensamos que nuestra mente comprende la realidad con exactitud, y que sus conclusiones son generalmente válidas. No obstante, esto es una falacia. La visión que nuestra mente tiene de la realidad puede estar, y con frecuencia lo está, absolutamente distorsionada.

En un estudio muy conocido, los investigadores de Harvard pidieron a los participantes que vieran un vídeo corto en el cual dos grupos de personas se pasaban una pelota de baloncesto. Les pidieron que contaran el número de pases hecho por uno de los equipos. En un momento del vídeo, entraba en el campo una mujer disfrazada de gorila.

Acabado el vídeo, se preguntaba a los participantes si habían visto algo fuera de lo corriente. En la mayoría de grupos, más de la mitad pasaban por alto al gorila, aunque éste había agitado los brazos delante de la cámara.2

¿Cree que usted lo haría mejor? Pruebe con lo siguiente:

Mire alrededor suyo y fíjese en todo lo que hay de color azul.

Ahora mire fijamente esta página. Sin apartar la vista, piense en todo lo que hay de color rojo en la habitación.

De verdad. Tenga paciencia conmigo. Hágalo lo mejor que pueda.

Ahora vuelva a mirar alrededor. ¿Ve muchas más cosas rojas de repente?

¿Por qué pasa esto? Tenemos una capacidad limitada para la atención consciente, que reduce nuestras posibilidades de lo que podemos darnos cuenta en un momento dado. De los millones de informaciones visuales que nuestros ojos reciben en cualquier momento, percibimos conscientemente muy pocas.

Percatarnos a conciencia del total de lo que nos rodea sería abrumador.

Para solucionarlo, el cerebro filtra la información pertinente, sea la que considera importante o aquello a lo que le hemos pedido, conscientemente, que prestara atención. Durante este proceso, nuestra mente no nos ofrece una representación completa y exacta de la realidad. Como tiene que filtrarla, nos da una visión incompleta, presentando únicamente algunos elementos y ocultando otros.

La mayoría de las veces, los elementos que pasamos por alto no tienen importancia, y la imagen que recibimos está bastante cerca de la realidad. Pero otras veces, nuestra mente nos ofrece una visión de la realidad gravemente distorsionada. Y, con frecuencia, esa distorsión tiene un sesgo hacia lo negativo, porque los elementos que nuestro cerebro, concentrado en el peligro, considera importantes suelen ser los más negativos. Esta tendencia se llama sesgo negativo; veamos cómo actúa en la práctica: Mary es una joven diseñadora gráfica que, por primera vez, dirige un proyecto para uno de los clientes más importantes de su firma. Unas semanas después de empezar el trabajo, recibe una llamada de Jim, su homólogo en la firma del cliente. Jim le dice: «Mira, ya sabes que soy tu mayor fan. He estado cantando alabanzas de ti y de tu brillante trabajo a todos los que podían oírme. Pero, no sé por qué, mi jefe no lo entiende. Me parece que no le impresionaste cuando os conocisteis y no ha tenido ocasión de cambiar de opinión». Jim explica que le gustaría que Mary se encargara de todos los proyectos de diseño de su empresa, y que cree que su trabajo es tan bueno que está seguro de que su jefe se quedará deslumbrado cuando lo vea de nuevo. Por lo tanto, le gustaría que presentara su trabajo en la próxima reunión de dirección de la compañía.

Hay muchos elementos positivos en los que Mary podría centrarse. Su cliente dice que es un gran admirador suyo, que su trabajo es «brillante», y que quiere que se encargue de todos los proyectos de la compañía. La mente de Mary podría pasar las siguientes horas deleitándose con los elogios de su cliente, pero no es así como funcionan la mayoría de mentes. Pese a la alta proporción de lo positivo respecto a lo negativo, ¿en qué se centra la mente de Mary? En el único elemento negativo: el hecho de que no impresionó al jefe de Jim cuando se conocieron. Si Mary se queda atorada pensando sólo en lo único negativo que hay en una situación muy positiva, ya podemos imaginar lo malo que esto puede ser para su nivel de confianza en sí misma, y por lo tanto para su nivel de carisma, cuando llegue el día de la presentación.

Cuando el cerebro de usted proyecte escenarios negativos, recuérdese que quizá no esté recibiendo una percepción exacta de la realidad. Es posible que su cerebro esté obedeciendo a su sesgo negativo, acentuando algunos elementos más que otros, u omitiendo, por completo, algunos aspectos positivos.

Igual que una ilusión óptica que engaña nuestros ojos haciéndonos ver cosas que no son reales, nuestra mente puede experimentar ilusiones mentales que hacen que estemos seguros de que una idea inexacta es real.

El científico cognitivo Steven Hayes nos aconseja que veamos los pensamientos negativos como si fueran pintadas en una pared. Si vamos por la calle y vemos esas pintadas, quizá pensemos que son unas imágenes feas, pero que veamos unas imágenes feas no significa que nosotros seamos unas personas feas.

Imagine que recorre los caminos de su mente. De repente, aparece una idea desagradable. Véala como una pintada en la pared. Eso es lo que es, una pintada, no un veredicto sobre la clase de persona que es usted.

También puede ver los pensamientos como si fueran chispazos de electricidad que estallan en la superficie de su mente. Los pensamientos, de hecho, no tienen una sustancia tangible; son sólo pequeños impulsos eléctricos enviados desde una parte de nuestro cerebro a otra.

Comprender que mis pensamientos no son necesariamente válidos fue una revelación para mí. Necesité mucha práctica, pero hoy neutralizar los pensamientos negativos inútiles suele suceder con tanta rapidez que lo doy por sentado. Se ha convertido en un reflejo automático que se produce en cuanto percibo un pensamiento inútil que podría crear negatividad interna.

A algunos de mis clientes les gusta preguntarse: «¿Qué es lo peor que podría suceder?» Como dijo Churchill, el fracaso pocas veces es fatal, y comprender que es posible sobrevivir incluso a la peor de las situaciones puede reforzar nuestra confianza. Aunque en algunas personas esto pueda tener efectos contraproducentes —imaginar la peor de las situaciones posibles aumenta su ansiedad—, vale la pena probar para ver si a usted le da resultado.

Cómo ponerlo en práctica: neutralizar la negatividad Use las técnicas que le ofrecemos a continuación siempre que quiera reducir los efectos de unos pensamientos negativos persistentes. Al probar cada una de ellas, preste atención a las que mejor resultado le dan y siga practicándolas hasta que lleguen a ser algo instintivo. Además, quizá descubra algunas propias que le funcionen igual de bien.

· No dé por sentado que sus ideas son exactas. Que a su mente se le ocurra algo no significa necesariamente que sea válido. Dé por sentado que estará pasando por alto una gran cantidad de elementos, muchos de los cuales podrían ser positivos.

· Vea sus pensamientos como si fueran pintadas en la pared o pequeños impulsos eléctricos que chisporrotean en su cerebro.

· Póngale una etiqueta a su experiencia negativa: autocrítica, rabia, ansiedad, etc. Sólo con nombrar lo que piensa y siente puede ayudar a neutralizarlo.

· Despersonalice la experiencia. En lugar de decir «Estoy avergonzado», pruebe con «Aquí hay un sentimiento de vergüenza». Imagine que es un científico que está observando un fenómeno: «Qué interesante, están surgiendo algunos pensamientos autocríticos».

· Imagine que se ve de lejos. Utilice el zum para distanciarse tanto que pueda ver la Tierra allá lejos, en el espacio. Luego acérquese de nuevo para ver su continente, luego su país, su ciudad y, finalmente, la habitación donde está. Vea su pequeño yo, los impulsos eléctricos que zumban a través de su cerebro. Un pequeño yo que está teniendo una experiencia particular en este momento particular.

· Imagine que su charla mental procede de una radio; vea si puede bajar el volumen o, incluso, apartarla a un lado y dejar que siga parloteando.

· Considere el peor resultado posible para su situación. Dese cuenta de que, fuere cual fuere, sobrevivirá.

· Piense en todas las veces anteriores en que se ha sentido así —pensando que no conseguiría superarlo—, y, sin embargo, está claro que lo ha superado.

Estamos aprendiendo a neutralizar pensamientos que no sirven para nada. Es preciso que evitemos caer en la trampa de discutir con ellos o tratar de reprimirlos. Esto sólo empeoraría las cosas. Piense en esto: si le pido que no piense en un elefante blanco —¡por favor, no imagine un elefante blanco!—, ¿qué es lo primero que le servirá su cerebro? Exacto. Decir: «Nada de elefantes blancos» provoca que legiones de paquidermos blancos desfilen por nuestra mente.

Steven Hayes y sus colegas estudiaron nuestra tendencia a pensar demasiado en lo prohibido y le pidieron a los participantes en sus estudios de investigación controlados que dedicaran unos minutos a no pensar en un jeep amarillo. Para muchos, la idea prohibida apareció de inmediato y con una frecuencia creciente.

Para otros, incluso si consiguieron reprimir la idea durante un corto periodo de tiempo, en algún momento se desmoronaron y los pensamientos de los jeeps amarillos aumentaron de forma espectacular. Los participantes informaron de que seguían pensando en jeeps amarillos durante días y, a veces, semanas después.

Como tratar de reprimir una idea autocrítica sólo consigue que cobre más importancia en nuestros pensamientos, una estrategia mucho mejor es sencillamente tratar de neutralizarla.

Ha dado los dos primeros pasos para controlar la negatividad interna: eliminar el estigma del malestar y neutralizar la negatividad. El tercer y último paso le ayudará no sólo a reducir la negatividad interna, sino a sustituirla por una realidad interna diferente.

Paso n.o 3: Reescriba la realidad

Son las ocho de la mañana de un lunes y va en coche por la autopista, de camino a una reunión importante. Tiene que hacer una presentación de treinta minutos que podría cambiar el rumbo de su carrera. Está concentrado y en calma. De repente, un coche negro grande le corta el paso, metiéndose en su carril. Con el corazón desbocado y las manos aferrándose al volante, pisa con fuerza el freno.

El coche negro no sólo le ha avanzado y se le ha puesto delante, sin hacer ninguna señal, sino que ahora acelera y frena de forma errática, haciendo que casi se empotre usted contra su parte trasera. Y luego gira y sale de su carril de nuevo, haciendo que el coche de su derecha frene con un chirrido de los neumáticos. ¡Pero qué conductor tan idiota e imprudente! La ira le inunda las venas.

¿Qué ha pasado en su cuerpo durante el incidente? Una respuesta de pelear o huir hizo que el corazón se le acelerara, los músculos se le tensaran y las hormonas del estrés inundaran su sistema. Ahora desborda estrés y rabia. Sabe que necesita volver a un estado físico y mental carismático a tiempo para su presentación, pero sólo cuenta con unos minutos y no puede sacarse a ese conductor idiota de la cabeza.

Una vez que la respuesta de lucha o huida se activa es difícil aquietarla. La ira es una emoción difícil de eliminar de nuestro sistema; esta es la razón de que un desagradable tropiezo de tráfico por la mañana pueda permanecer en nuestra cabeza durante horas y, a veces, todo el día.

Si simplemente tratara de reprimir la ira, pagaría un alto precio. Cuando alguien es inducido a un estado emocional negativo y luego le piden que reprima las emociones negativas, su experiencia negativa interna suele permanecer inalterada, manteniendo una respuesta de estrés elevada en su cerebro y en su sistema cardiovascular.3

Pero ¿y si se enterara de que ese conductor aparentemente temerario era una madre angustiada cuyo pequeño se estuviera ahogando en el asiento de atrás y estuviera tratando desesperadamente de salir al arcén mientras se inclinaba hacia atrás para salvar la vida del pequeño?

¿Reduciría eso su ira de inmediato?

En la mayoría de personas sí que lo haría.

Decidir cambiar de opinión sobre lo que ha sucedido (algo llamado técnicamente reevaluación cognitiva) reduce eficazmente los niveles de estrés del cerebro. Esto salió a la luz a través de las investigaciones realizadas en Stanford utilizando aparatos de resonancia magnética. Los investigadores llegaron a la conclusión de que decidir cambiar lo que creemos era una solución mucho más eficaz y sana que tratar de reprimir o ignorar las emociones.4

En la mayoría de situaciones, no sabemos con seguridad qué motiva los actos de alguien, así que lo mejor es elegir la explicación que más útil sea para nosotros y crear una versión de los acontecimientos que nos lleve al estado mental específico que necesitamos para el carisma.

Aunque puede que al principio este consejo parezca descabellado, decidir volver a escribir nuestra percepción de la realidad es, realmente, lo racional e inteligente. Puede ayudarnos a recuperar el estado mental acertado para producir un lenguaje corporal carismático y, además, puede mejorar nuestra actuación.

Supe de la técnica de reescritura de la realidad durante un curso en la escuela de negocios, [*] y me ha servido magníficamente en los años pasados desde entonces. Siempre pienso en una noche en Bogotá cuando tuve una experiencia directa de la fuerza que esta técnica puede tener.

Eran las cuatro de la madrugada y no podía dormir. Estaba llena de aprensión.

Al cabo de pocas horas iba a dirigirme a los trescientos ejecutivos de alto rango de una gran corporación multinacional. El consejero delegado, que me había pedido que hablara a la alta dirección, esperaba que su gente saliera de mi sesión habiendo cambiado de manera de pensar y con un conjunto de herramientas prácticas. Tenía noventa minutos para volverlos más seguros de sí mismos, más influyentes, más persuasivos y más motivadores. Y todo esto, en español. La presión era mucha.

Llevaba horas dando vueltas y más vueltas, caminando arriba y abajo por la impersonal habitación del hotel y mirando fijamente por la ventana a las parpadeantes luces de la ciudad, tratando desesperadamente de dormir. Sentía náuseas, estaba agotada y emocionalmente exhausta. Mi cabeza no paraba y temía las horas de insomnio que tenía por delante.

De repente, el ejercicio de reescritura de la realidad me vino a la cabeza.

Aunque parecía algo exagerado, comprendí que ya había probado todo lo demás y no tenía nada que perder haciendo la prueba. Me senté a la mesa, saqué lápiz y papel y me pregunté: ¿Y si esta desdichada y desagradable experiencia es absolutamente perfecta tal como es: el insomnio, las náuseas, el hecho de que suceda la noche antes de un trabajo muy importante? ¿Cómo puede resultar ser absolutamente perfecta para mí?

Me llevó unos minutos, pero al final empezaron a surgir respuestas. Y escribí:

«Es posible que mañana lo haga bien y averigüe que, incluso falta de sueño y en un idioma extranjero, pueda salir bien librada. Es posible que saberlo sea clave algún día cuando me enfrente a un trabajo todavía más importante. Y me sienta agradecida por haber tenido la incómoda experiencia que estoy viviendo ahora».

Al principio, estas afirmaciones parecían puro engaño. Pero escribirlas (averiguará por qué esto es importante) abrió una pequeña ventana de posibilidades en mi mente. Continué escribiendo todas las posibles ventajas de la desgraciada experiencia. Hice que la nueva realidad fuera tan detallada y sensorialmente rica como fuera posible; describí lo que yo decía, el aspecto que tenía el público, cuándo y cómo asentían y se reían durante mi discurso.

Conforme la lista crecía, sentía que mi ansiedad decrecía. Al final, mi calma se convirtió en somnolencia y —aleluya— volví a la cama, aunque fuera para conseguir menos de una hora de sueño.

¿Y sabe qué? Cada parte de la versión, ligeramente engañosa y difícilmente buena de la realidad que había soñado la noche anterior, se hizo realidad. El discurso fue genial, el público de ejecutivos sénior se mostró entusiasmado y el consejero delegado quedó encantado. Hoy, siempre que mi mente empieza a preocuparse porque las cosas no son del todo perfectas antes de un discurso importante, me digo: Acuérdate de Bogotá.

Desde entonces, he usado con frecuencia la técnica de la reescritura de la realidad para entrar en un estado mental que me lleve a alcanzar un mejor resultado, y ahora se lo transmito a todos mis clientes de coaching. No sólo les da resultado a ellos; además, a lo largo de los años he conocido a personas con mucho éxito que me han dicho que emplean técnicas parecidas. Un emprendedor carismático me dijo: «Decido interpretarlo todo de forma que me favorezca. No es sólo que sea optimista, en realidad es que me engaño convenientemente».

¿Por qué funciona? Una vez más, podemos agradecerle al cerebro su tendencia a aceptar lo imaginado como si fuera real. Un estudio realizado por la Harvard Medical School señala que quizá no sea necesario engañarnos para que se produzca el efecto placebo, puede obrar maravillas incluso cuando sabemos que estamos tomando un placebo.5

Así pues, cuando surge una situación difícil que puede afectar a sus niveles de carisma, en lugar de tratar de reprimir o no hacer caso a sus dificultades internas, considere unas cuantas versiones alternativas de la realidad. Conjure unos cuantos escenarios diferentes que le induzcan a entrar en un estado mental más útil.

Por supuesto, la realidad alternativa más útil no es necesariamente la más agradable. Cuando mi editorial me dio un año para escribir el libro que ahora tiene en sus manos, yo quería avanzar con la máxima eficacia posible, evitando la trampa de dejarlo para más adelante en la que caen muchos autores primerizos.

Un amigo, también escritor, me recordó una de las llamadas Leyes de Parkinson:

«El trabajo aumenta hasta llenar el tiempo disponible para completarlo». Me lanzó un desafío: «En lugar de dejar que el proceso de escritura llene todo el año, intenta escribir todo el libro en un mes. Al final del mes, lo que tendrás no será un libro acabado, pero será más de lo que tendrías sin ese plazo autoimpuesto».

Me pareció sensato, así que decidí hacer la prueba. Imaginé —tan gráficamente como pude, con gran riqueza de detalles sensoriales— que el editor me había dado un plazo demencial de un mes para escribir todo el libro. Y me quedé sorprendida por lo rápido que este plazo totalmente imaginario se convertía en emocionalmente real. Incluso sentía un nudo en el estómago, recordatorio físico de que el tiempo pasaba.

¿Era agradable? Por supuesto que no. ¿Eficaz? Sin ninguna duda. Al cabo de un mes, pude enviar un tercio del borrador a la editorial. Aunque estaba lejos de ser un libro completo, era, con toda seguridad, mucho más de lo que habría producido si no me hubiera impuesto ese plazo imaginario.

Las preguntas clave son: ¿qué estado mental sería el más útil en esta situación?

¿Qué versión de la realidad me ayudaría a alcanzarlo? En el caso del carisma, puede usar esta técnica siempre que una situación ponga en peligro su nivel de cordialidad o confianza. Para cosas menores, sólo imaginar una explicación alternativa suele ser suficiente para reducir la rabia o la impaciencia y generar compasión en su lugar.

Cómo ponerlo en práctica: reescribir la realidad Imaginemos que debido al tráfico va a llegar tarde a una reunión importante y que su nivel de ansiedad es cada vez mayor. Pregúntese: ¿y si este retraso es algo bueno? Repita la pregunta varias veces y observe lo creativa que su mente puede llegar a ser con las respuestas. Podrían ocurrírsele explicaciones como éstas: · Este retraso me va a salvar la vida; si el tráfico hubiera sido fluido, mi camino se habría cruzado con el de un camión de dieciocho ruedas que patinó en medio del cruce.

· Las personas con quienes tengo que encontrarme van con un plazo muy justo y agradecen cada minuto que me retraso, porque les permite trabajar un poquito más.

· El Universo (o el Destino o Dios), pensando en mis intereses, no quiere que esta reunión tenga lugar. Las cosas seguirán una dirección incluso mejor.

Cuando se trate de una situación más grave, siéntese y escriba una nueva realidad en un papel. La escritura accede a partes diferentes de nuestro cerebro6 y afecta a nuestras opiniones de maneras que otros modos de expresión no hacen. Se ha demostrado que el acto de poner cosas por escrito es muy importante tanto para cambiar el modo de pensar7 de alguien como para hacer que unas historias imaginadas parezcan más reales.8 Escriba en tiempo presente: «El discurso va bien...» O, mejor incluso, en pasado: «El discurso fue un éxito completo...»

Uno de mis clientes describe su utilización de la técnica de reescritura de la realidad de la siguiente manera: «Un compañero me envió un mensaje bastante sarcástico. De inmediato, esto provocó un montón de sentimientos negativos y me di cuenta de que me estaba metiendo en una espiral de pensamientos negativos. Así que probé con reescribir la realidad. Imaginé que esa persona estaba muy sola en aquel momento.

No sabía cómo acercarse a mí, así que hizo lo que pudo para conectar conmigo. Esto me ayudó a mantener un modo de pensar positivo (bueno para mí) y enviar una respuesta positiva (bueno para los dos)».

Puede que haya veces en que necesitemos ser carismáticos hacia alguien que nos molesta. Como puede imaginar, el resentimiento es un estado mental muy poco carismático, que causa una gran negatividad tanto en nuestra mente como en nuestro lenguaje corporal. Además, es nuestro cuerpo el que sufre las consecuencias de cargar con esta negatividad. Para citar uno de mis dichos favoritos: «El resentimiento es como tomar veneno y esperar que sea el otro quien muera».

Sean cuales fueren las circunstancias de su resentimiento, puede impedir que su malestar interno interfiera en su carisma. Pero reducir ese resentimiento no es fácil. Es entonces cuando reescribir su realidad puede tener un valor incalculable.

El ejercicio que hay a continuación le proporcionará una buena manera de reducir ese resentimiento. Es posible que crea que es, a la vez, la reescritura más incómoda y más gratificante de todas las que haga.

Cómo ponerlo en práctica: alcanzar la satisfacción · Piense en una persona que le haya ofendido.

· Coja un papel en blanco y escríbale una carta diciendo cualquier cosa y todo lo que desee haberle dicho alguna vez. Entréguese de lleno a hacerlo; no tiene nada que perder. Escriba la carta a mano.

· Cuando lo haya eliminado absolutamente todo de su mente y puesto sobre el papel, deje la carta a un lado.

· Coja otro papel en blanco y escriba la respuesta de esa persona tal como desearía que fuera. Podría hacer que se responsabilizara de sus actos, reconociendo y disculpándose por todo lo que hizo alguna vez que le doliera a usted. No es necesario que busque ninguna justificación a sus actos, sólo el reconocimiento y una disculpa. Está en su imaginación, así que es usted quien decide exactamente lo que quiere oír.

Puede que, al principio, este ejercicio le parezca algo ajeno, incómodo o irreal (esto le sucede a muchas personas). Y puede que no sienta un cambio interno inmediato. No obstante, a lo largo de los próximos días, puede sorprenderse al ver que esta «nueva realidad» se afianza. Quizá sienta que sí que consiguió poner el punto final que necesitaba. Para acelerar el proceso, vuelva a leer la carta de disculpa cada noche, durante unos cuantos días. Apreciará los resultados.

Una de mis clientes me dijo que perseverar en este ejercicio le quitó de encima un peso con el que cargaba desde hacía diez años, con más eficacia que años de terapia. Otro, que sus interacciones con su socio en la empresa, que se habían vuelto cada vez más difíciles, se beneficiaron en gran manera de esta técnica, me dijo: Si hubiera podido elegir, no habría vuelto a verlo. Pero iba a tener que relacionarme con él, y sabía que si no encontraba la manera de aliviar mi resentimiento, seguiría vivo en mi cabeza, corroyendo mi atención y afectando tanto a mi lenguaje corporal como a mi actuación. Así que hice el ejercicio de satisfacción. Al principio, no noté ningún cambio, aunque me sentí bien al sacarme todo aquello del pecho. Pero en los días siguientes, me sentí diferente cuando interactuaba con mi socio. Aunque seguía sin disculparse por su conducta, el resentimiento ya no limitaba mi atención. Como conseguí realmente la disculpa que necesitaba (aunque la escribiera yo mismo), la verdad es que ya no sentía que necesitara que él se disculpara, y esto hace que sea mucho más fácil interactuar. Aunque no haya arreglado la relación, es suficiente para que las cosas funcionen de momento.

Al usar estos dos ejercicios, reescribir la realidad y conseguir satisfacción, podemos elegir el modo en que percibimos la situación, un modo que nos permita ser eficaces y carismáticos.

Cómo reunirlo todo

Ahora que ha aprendido el sistema en tres pasos para superar los obstáculos internos que hay contra el carisma, vamos a reunirlo todo. El siguiente escenario de la vida real le ayudará a ver la secuencia en acción. Incluye instrucciones que puede usar en cualquier momento para eliminar el estigma del malestar, neutralizar la negatividad y reescribir la realidad.

Hasta entonces, había sido un buen día. Michael había dado los toques finales a un proyecto apasionante, se lo había enseñado a su equipo y todos estaban entusiasmados. Mientras volvía a su despacho, sentía que estaba en la cresta de la ola. Vio que la luz del contestador automático parpadeaba, se sentó y pulso PLAY.

Era su principal cliente, John, que parecía tenso y le pedía a Michael que lo llamara lo antes posible.

Al oír esas pocas palabras, a Michael se le cayó el alma a los pies. «Tuve la certeza visceral de que John estaba a punto de decir que se había acabado. Que ponía fin a nuestro compromiso. Sabía que estaba a punto de perder a mi mayor cliente. Me parecía totalmente inevitable. Quiero decir, podía oír la tensión en la voz de John.»

Michael pensaba que algo había salido mal. Pero, en lugar de coger el teléfono, aterrado, con el miedo incrustado en su cerebro y afectando a su voz, se detuvo.

Sabes cómo manejar esto, se dijo. Luego siguió las instrucciones de esta lista:

1. Respire hondo y sacuda el cuerpo para asegurarse de que ningún malestar físico se suma a su tenso estado mental.

2. Desdramatice. Recuérdese que son sólo sensaciones físicas. En este mismo momento no está pasando nada grave. Sólo es una sensación incómoda debido a cómo está programado el cerebro. Amplíe el enfoque para verse como una persona pequeña sentada en una sala mientras ciertos productos químicos inundan su sistema. Nada más.

3. Elimine el estigma. Recuérdese que lo que experimenta es normal y que todos pasamos por ello de vez en cuando. Imagine a innumerables personas en todo el mundo sintiendo exactamente lo mismo.

4. Neutralice. Recuérdese que los pensamientos no son necesariamente reales. Ha habido muchas ocasiones en que ha estado seguro de que un cliente estaba decepcionado, sólo para averiguar que la verdad era todo lo contrario.

5. Considere unas cuantas realidades alternativas. Michael consideró:

Puede que la tensión en la voz de John no tenga nada que ver conmigo.

Puede que se sienta agobiado porque va retrasado en aquel proyecto que mencionó la semana pasada.

Puede que tema que yo pueda poner fin a nuestro acuerdo.

Puede que le preocupe no ser tan importante para mí como mis otros clientes.

Puede que sea él quien tenga miedo de perderme a mí.

6. Visualice una transferencia de responsabilidad. Sienta cómo el peso de la responsabilidad por el resultado de esta situación desaparece de sus hombros.

Dígase que alguien se cuida de todo.

Conforme revisaba la lista, utilizando cada una de las técnicas, Michael sentía que su tensión se iba aliviando. Seguir esta secuencia le ayudó a poner en perspectiva su predicción pesimista inicial, como sólo una de las muchas explicaciones posibles al tono del mensaje de John. Con una calma recuperada, Michael cogió el teléfono listo para hablar con su cliente con una seguridad carismática.

Cómo estar cómodo con la incomodidad

Usted ya ha recorrido un largo camino. Desde el principio de este capítulo ha adquirido un arsenal de técnicas que le ayudarán a superar los obstáculos más comunes para el carisma. Pero hay una cosa más que necesita aprender. Si quiere alcanzar niveles avanzados de carisma, donde actúan los maestros, la siguiente herramienta le llevará allí. Esta técnica le ayudará a volver al carisma, sin importar lo difícil que sea su estado interno. Es como tener un as en la manga.

Sólo saber que está ahí listo para cuando lo necesite, en caso de que así sea, le dará una sólida base de confianza.

Esta técnica le proporcionará ventaja en las negociaciones, presentaciones, situaciones sociales, en cualquier ocasión que su actuación importe. No obstante, no es una herramienta fácil de adquirir, ya que exige ir en contra de nuestros instintos más básicos. ¿Cuál es esta arma secreta?

Sentirse cómodo con la incomodidad.

¿Parece sencillo? Lo es. Sencillo, pero no fácil.

Imagine que está sentado en un avión, parado en tierra, esperando detrás de otros aviones para despegar. Está atrapado en un asiento diminuto y estrecho. El aire acondicionado no funciona, la temperatura está subiendo, el aire empieza a estar viciado y nota cómo empieza a caerle el sudor por la espalda. Justo cuando cree que las cosas no pueden empeorar, un niño empieza a berrear en la fila inmediatamente detrás de la suya. Nota cómo aumenta su malestar, la tensión le recorre el cuerpo, la irritación se apodera de su mente. La azafata le ha cogido la bolsa con todo su material de lectura y la ha guardado fuera de su alcance, así que no tiene nada con qué entretenerse. Y no tiene ni idea de cuánto va a durar esto.

Pero sí que sabe que ponerse cada vez más tenso no sirve de nada. ¿Cómo puede evitarlo?

La respuesta, sorprendentemente, es ahondar en la sensación misma de la incomodidad. Exacto. Aunque suene ilógico, en lugar de tratar de reprimirla, no hacerle caso o dominarla a la fuerza, su meta es prestar toda su atención a la sensación misma que instintivamente quiere eliminar.

Centrarse en las sensaciones de su incomodidad física sirve a un doble propósito: le da a su mente algo concreto en que concentrarse que no sea su creciente convicción de que la situación es insoportable. También tiene la ventaja de llevarlo, al instante, a la presencia plena, un componente clave del carisma. De hecho, esta técnica, llamada ahondar en las sensaciones, puede ayudarle a acceder a la presencia carismática incluso durante situaciones muy incómodas.

Cómo llevarlo a la práctica: ahondar en las sensaciones Este ejercicio creará una situación incómoda y luego le ayudará a practicar para sentirse cómodo en ella. Necesitará un lugar tranquilo y relajante para estar, además de un amigo o compañero en quien confíe como pareja.

Una vez que empiece el ejercicio no puede detenerse para comprobar las instrucciones, así que lea el guión una o dos veces antes de empezar. Si prefiere que mi voz le guíe de principio a fin, visite la página web de Charisma Myth, http: //www.CharismaMyth.com/discomfort.

· Programe 30 segundos en un cronómetro y luego mire a su compañero/a a los ojos. Mantenga ese contacto visual a partir de ahora.

· En cuanto perciba alguna incomodidad, préstele mucha atención. Observe dónde se localiza esa sensación en su cuerpo. Dele un nombre: ¿opresión, presión, cosquilleo?

· Ahonde en cada sensación tanto como pueda; intente sentir su textura. Descríbala como si fuera un chef describiendo un plato de su especialidad.

· Deje que aumente la incomodidad. ¿Cómo se manifiesta físicamente? ¿Siente tensión en la mandíbula? ¿En el estómago?

· Imagine que es un científico que investiga esta experiencia. Dele nombre a sus sensaciones.

Obsérvelas tan objetivamente como pueda. Véalas como puras sensaciones físicas, como el frío y el calor.

· Cuando sienta el impulso de reír, hablar o aliviar la incomodidad del modo que sea, resístase. Es su oportunidad para ahondar en las sensaciones, no para evitarlas.

Si usted y su compañero/a logran estar así los treinta segundos, dense unas palmaditas en la espalda.

Hace falta una voluntad de hierro para luchar así contra el instinto.

Ahora vuelva a probar con el mismo ejercicio y vea si puede aumentar su eficacia añadiendo dos cosas: 1. Aliéntese de forma continuada. A lo largo de todo el ejercicio, recuérdese que está haciendo un trabajo valiente y avanzado y que sus esfuerzos rendirán beneficios.

2. Recuérdese que esta incomodidad pasará, como han pasado todas las demás emociones que ha sentido antes. Aunque pueda parecer insoportable en este momento, desaparecerá.

Un par de horas después de hacer el ejercicio, compruebe su nivel de malestar. Quizá le sorprenda ver lo lejano que parece, aunque mientras estaba en mitad de la experiencia, pensaba que nunca acabaría. Si de verdad su incomodidad parece lejana, tome una clara nota mental para recordarlo la próxima vez que su mente insista en que una experiencia es interminable e insoportable.

Robert, uno de mis clientes favoritos, es un ejecutivo brillante, ingenioso, muy eficaz y muy creativo. Reacciona con una increíble rapidez. También tiene una paciencia muy limitada. Para Robert, las reuniones de la compañía, de todo un día de duración, eran un puro suplicio. Notaba la creciente oleada de impaciencia, pero se sentía impotente para detenerla. Luchaba desesperadamente contra el sentimiento de «No puedo soportarlo ni un minuto más» y salía de esas experiencias con el cuerpo agarrotado.

En lo que hace a su carisma, la energía que usaba para tratar de reprimir su impaciencia sólo empeoraba las cosas. Librar esa clase de batalla interna no es bueno para el carisma. Tampoco lo es el evadirse mentalmente, lo cual sólo reduciría su presencia y haría que pareciera carente de carisma, en el mejor de los casos, e indiferente en el peor. Así pues, le propuse que hiciera la prueba de ahondar en las sensaciones.

Robert se tomó la práctica tan en serio que se convirtió en una segunda naturaleza para él. Ahora, cuando siente los primeros indicios de impaciencia, ahonda en sus sensaciones físicas de forma instintiva e inmediata. Dice que las describe para sí mismo «como un sommelier describiría un vino de una gran cosecha». «Hacerlo —dice— es una técnica muy útil, que me distrae de la impaciencia y, simultáneamente, hace que siga totalmente presente en cada momento.»

La habilidad para manejar el malestar es muy valiosa. Cuanto menos nos afecte la incomodidad, menos serán las situaciones que puedan reducir nuestro posible carisma. Cuando sabemos cómo manejar la incomodidad, ninguna situación puede hacernos flaquear; ningún sentimiento, sea profesional o personal, puede hacer que salgamos corriendo.

Un consejero delegado me dijo que «lo más eficaz que se puede hacer en nuestra profesión es llegar a estar cómodo estando incómodo». Piense en la plétora de incomodidades que acompañan el liderazgo, desde tener que despedir a los empleados a cargar con la culpa del fracaso de un equipo, o simplemente soportar unas reuniones molestas. Piense en lo decisivo que puede ser manejar la incomodidad del silencio durante las negociaciones. Con frecuencia, los negociadores profesionales me han dicho que podían predecir exactamente, desde las primeras etapas, el resultado de unas negociaciones utilizando una sencilla pista: la parte con menos capacidad para aguantar el silencio pierde.

Pruebe con el ejercicio que hay a continuación para aumentar su resistencia.

Para facilitar las cosas, considérelo una nueva destreza que está practicando, en lugar de un test con el que evaluar su actuación. Imagine que está aprendiendo una nueva pieza de música o un nuevo modo de lanzar la pelota. Igual que levanta pesas en el gimnasio para aumentar su fuerza física, aquí lo que está aumentando y fortaleciendo son los músculos de su capacidad de recuperación.

Cómo ponerlo en práctica: ampliar el ámbito en que se siente cómodo Aquí tiene más técnicas que le ayudarán a ensanchar el terreno en que se siente cómodo y construir comodidad con la incomodidad. Dado que la mayoría entrañan un cierto grado de molestia, es mejor usarlas en encuentros donde se juegue poco, en lugar de con clientes clave o con su jefe.

· Mantenga el contacto visual más tiempo del que le resulte cómodo. Uno de mis estudiantes empezó a practicar con los pasajeros de los coches que pasaban mientras esperaba el autobús. Dijo que las reacciones que provocaba eran asombrosas; iban desde sonrisas y saludos a bocinazos y gritos.

· Experimente con el espacio personal. Acérquese a las personas más de lo que haría en un ascensor, por ejemplo. Observe lo fuerte que es el impulso para volver a su conducta estándar. Procure no ceder.

· Mantenga abierta la puerta del ascensor para todos los que llegan y luego entre el último. Quédese de espaldas a la puerta, mirando a los demás.

· Inicie una conversación con un completo desconocido. Por ejemplo, mientras hace cola en un café, haga un comentario sobre la bollería, y luego hágale a su vecino una pregunta de «respuesta abierta», de ésas que no se pueden contestar con un simple sí o no; por ejemplo: «Estoy tratando de decidir cuál es un pecado más grande, el bollo, la tartaleta o el pastel. ¿Usted cómo los clasificaría?»

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