El mito de la educación

El mito de la educación


13 Familias desestructuradas y niños problemáticos

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Familias desestructuradas y niños problemáticos

Según el editorial del Journal of the American Medical Association, Cari McElhinney era un niño asesino. No un asesino de niños, sino un niño que había cometido un asesinato. El editorial apareció hace cien años, y se ha recuperado en un número reciente de la revista como una curiosidad histórica.

No puedo ofrecer detalles del asesinato de Cari porque el centro de atención del editorial no estaba enfocado en el asesino propiamente dicho, sino en su madre:

Antes del nacimiento de Cari, la señora McElhinney era una asidua lectora de novelas. De la mañana a la noche tenía la cabeza llena de los crímenes más espantosos y sanguinarios. Aun siendo una mujer de fina y delicada perspicacia, apreciaba hasta un nivel que rozaba con la realidad las miserias, motivos y villanías extravagantes que figuraban en las novelas, por lo que andaba con la mente retorcida pocas semanas antes del nacimiento de Cari. El chico tuvo un desarrollo anormal de la criminalidad. Se complacía en lo inhumano y se necesitaba un horror muy intenso para complacer ese peculiar apetito… Yo creo que los anales criminales no guardan memoria de un caso tan notable como este. A medida que el chico maduraba, esas condiciones mentales fueron madurando también. Era un peligro para la comunidad.

El motivo del desarrollo anormal de Cari, según el editorialista, fue la impresión mental que le causaron a la madre los libros que leía mientras estaba embarazada de él. Impresiones muy fuertes en la mente de una mujer «pueden alterar o detener el crecimiento, o provocar defectos en el niño del que está embarazada».[1]

El editorial concluía como suele ser común en ellos, con un juicio moral:

Nosotros, como médicos científicos… deberíamos enseñar a nuestros clientes qué cuidados se han de tener con las mujeres embarazadas, y el peligro de las influencias maternas. Los espartanos criaban guerreros, y yo creo que esta generación puede criar una gente mejor. Uno de los avances futuros que ayudarán a las generaciones venideras será enseñarles el poder de las influencias maternas, junto a un mejor cuidado de las mujeres embarazadas.

El «mejor cuidado de las mujeres embarazadas» incluiría, presumiblemente, un cuidadoso control de las lecturas que les serían permitidas.

No hay duda de que esto te sonará completamente estúpido. Eran bastante bobos hace cien años, ¿verdad? Ahora tenemos más conocimientos.

Ahora te pido que consideres la posibilidad de que lo que dicen los «expertos» hoy en día sobre el asunto de por qué los chicos salen a veces torcidos esté tan equivocado hoy como hace cien años. Toma nota, además, de ese mismo aire de benevolente omnisciencia con que lo dicen.

La idea de las influencias maternas —que lo que una mujer embarazada haga, vea o piense pueda afectar a la criatura que lleva dentro— no era un invento del médico que escribió el editorial. Es una idea antigua y convincente que se encuentra en muchas culturas. Ya mencioné en el capítulo 5 que los padres en tiempos pasados no creían que el modo como ellos criaban a sus hijos tuviera efectos a largo plazo sobre cómo salían después los niños. Y sin embargo, esa gente se dio cuenta de que los chicos no son todos iguales y que unos salen de una forma y otros de otra, que unos son mejores que otros. Desde el momento en que dos padres pueden tener hijos de muy variadas características, no es fácil ver cómo la herencia podría dar cuenta de esas diferencias. Y como muchas diferencias están presentes desde el nacimiento (o al menos desde muy temprana edad), parecía razonable atribuirlas a lo que pudiera suceder en el útero.

La consecuencia de ese razonamiento era que, en muchas culturas tradicionales, las mujeres embarazadas fueron limitadas por reglas estrictas: lo que se les permitía comer, hacer o ver. A veces las prohibiciones se extendían también al padre. Si los hijos salían mal, los vecinos podían censurar a los padres: algo malo deberían haber hecho mientras la mujer estaba embarazada. Seguro que no habían seguido las reglas. Ya ves, después de todo ¡las cosas no han cambiado mucho! La principal diferencia estriba en que en aquellas épocas el período de culpabilidad de los padres solo duraba nueve meses.

Ahora dura para siempre. Si no tratas bien a tus niños, no solo te saldrán mal (según la concepción tradicional de la crianza de los niños), sino que también tendrás unas «deficientes aptitudes paternales», por lo que tus niños se resentirán y eso, por supuesto, será también culpa tuya.

Voy a tratar de sacarte del atolladero presentándote pruebas de que a lo mejor, después de todo, no es culpa tuya. Pero este es un trato doble, porque yo también te pido algo a cambio. Quiero que me prometas que no irás por ahí diciéndole a la gente que yo he dicho que no importa cómo trates a tus hijos. Yo no digo eso, ni siquiera implícitamente; ni tampoco creo en ello. No está bien ser cruel con los niños o descuidarlos. No es correcto por muchas razones, pero sobre todo porque los niños son seres humanos sensibles, pensantes y sintientes, que dependen completamente de los mayores en sus vidas. No podemos tener su futuro en nuestras manos, pero sin duda tenemos su presente, y tenemos el poder para convertir ese presente en un infortunio.

No olvidemos, sin embargo, que los padres también son seres humanos sensibles, pensantes y sintientes, y que los niños también tienen poder. Los niños también pueden hacer bastante desgraciados a sus padres.

DE SEGUNDA MANO

Una tira cómica que apareció el día del Padre representaba a una encantadora y regordeta Cathy sentada entre sus padres y mirando el álbum de fotos familiar. «Aquí estamos en el día del Padre cuando tenía un añito, papá —dice Cathy—. Me estabas sosteniendo mi primer helado». En la siguiente viñeta están mirando una foto de papá dándole a Cathy su primer palo de algodón dulce. Dos viñetas más allá se ve al padre dándole a Cathy una gran caja de chocolatinas para consolarla por una humillación sufrida en el patio del parvulario. Patatas fritas, palomitas con azúcar y leche malteada es lo siguiente en aparecer, y todo gracias a papá.

Ahora es mamá quien habla:

¡Ahhhhh! ¡Prueba documental! ¡Todos los alimentos que engordan te los ha dado tu PADRE! Todos los malos hábitos de alimentación ¡proceden de tu PADRE! ¡Soy inocente! ¡Al fin! Como tengas problemas de peso, va a ser culpa suya.[2]

La verdad es que las madres no salen del atolladero tan fácilmente. Cathy no está persuadida en modo alguno de la inocencia de mamá. Y el dibujante nos ofrece solo esas dos alternativas: o es culpa de mamá o es culpa de papá.

Tan poderosa es la concepción tradicional de la crianza y educación de los hijos, que ese es el primer pensamiento que se nos viene a la mente: si Cathy tiene un problema de peso —y en efecto lo tiene— se debe, sin duda, al modo en que los padres la han criado. He aquí cómo un columnista de la prensa responde a la pregunta del padre de un niño obeso citando a un «experto»:

Lo primero que pueden hacer los adultos, dice la pediatra Nancy A. Held, es ofrecer un ejemplo: «Si los padres comen mal y son sedentarios, estas son las conductas que imitarán los hijos».

La pediatra está equivocada, y el dibujante de la tira cómica también. Lo único por lo que los padres de Cathy podrían censurarse es por haberle dado sus genes. Sus padres también son guapos y regordetes. Cathy ha conseguido su gordura del mismo modo que ha conseguido su belleza.

Describí en el capítulo 2 cómo pueden desenredarse los efectos de la herencia y del entorno mediante los métodos de la genética conductista. Los mismos métodos usados para estudiar las características de la personalidad pueden ser usados para estudiar la obesidad, y casi con los mismos resultados. Los mellizos, hayan sido criados juntos o separados, tienen un peso muy semejante, bastante más que los simples gemelos. Los niños adoptados no se parecen en gordura o delgadez ni a sus padres ni a sus hermanos adoptivos.

Piensa en esto: dos niños adoptados son criados por los mismos padres en el mismo hogar. Sus padres pueden ser amantes de la comida basura o vegetarianos que se ejercitan diariamente en el gimnasio. Ambos niños están expuestos a las mismas conductas paternales; a ambos niños se les sirven las mismas comidas y tienen acceso a la misma despensa. Y sin embargo uno de ellos sale esbelto y delgado y el otro obeso.

La posibilidad de heredar la gordura y la delgadez es más alta que la de heredar los rasgos de personalidad: cerca del 0,70. Pero lo importante es que la variación en el peso que no se debe a los genes —la que se debe al entorno— no puede achacársele al entorno del hogar. No hay pruebas de que la conducta de los padres tenga algún efecto a largo plazo sobre el peso de sus niños, y sí muy buenas de que no. Y, sin embargo, los columnistas de prensa y los pediatras siguen diciéndoles a los padres, con un tono de absoluta seguridad, que si les ofrecen «un buen ejemplo», sus hijos serán delgados de por vida.[3]

No se trata meramente de un error: es una injusticia. Si tienes la mala fortuna de tener problemas con el peso y tus hijos tienen la misma mala fortuna, no solo se te censurará por tus malos hábitos alimentarios y tu escasa práctica deportiva, sino también por los suyos. Si tienes sobrepeso es culpa tuya, y si tus hijos lo tienen, también es culpa tuya.

Perdóname por las cursivas, pero eso es algo que me saca de quicio. La razón por la que los padres obesos tienen hijos que lo son no es por el modo como los alimentan o por el mal ejemplo que les dan. La obesidad básicamente se hereda.

Hace un siglo, un editorialista de la JAMA (Journal of the American Medical Asociation) atribuyó «el anormal desarrollo de la criminalidad» en el niño de siete años Cari McElhinney a los libros que su madre leyó mientras estaba embarazada. Hoy, un editorialista de la JAMA no dudaría en atribuir las anormalidades de Cari a algo más que su madre hubiera hecho mal: algo que hubiera hecho, o dejado de hacer, después de que él hubiera nacido. En ningún caso se presta atención a la herencia genética de Cari. A la señora McElhinney se la describe como un ser obsesionado con la lectura de novelas de crímenes: «De la mañana a la noche tenía la cabeza llena de los crímenes más espantosos y sanguinarios». Cari y su madre compartían el 50% de sus genes, y ambos tenían pasión por los crímenes más sanguinarios.

En el capítulo 3 recogí varias historias de mellizos separados en la infancia y criados en casas diferentes. Las mellizas risueñas, ambas inclinadas desmesuradamente a la risa. Los dos Jims, que se mordían las uñas, les gustaba la marquetería y escogían las mismas marcas de cigarrillos, cerveza y coches. Los dos que leían las revistas de atrás hacia delante, tiraban de la cisterna antes de utilizar el inodoro y les gustaba estornudar en los ascensores. Los dos que se convirtieron en bomberos voluntarios. Había dos, también, que en la playa solo se metían en el agua andando hacia atrás y solo hasta que les cubriera las rodillas. Y un par que eran armeros, otro par que eran diseñadores de moda e incluso otro cada uno de los cuales se había casado cinco veces. Y esto no son imaginaciones de periodistas de diarios sensacionalistas, sino informes de reputados científicos en publicaciones de mucha reputación. Y la verdad es que existen demasiadas historias así como para achacarlas a las coincidencias. Tales semejanzas espeluznantes rara vez se encuentran en los casos de mellizos que son separados en la infancia y criados aparte.[4]

Los estudios de genética conductista han probado, sin dejar sombra de duda, que la herencia es la responsable de una considerable proporción de variaciones en la personalidad de la gente. Algunas personas son más tranquilas o amantes de salir o meticulosas que otras, y esas variaciones son tanto una función de los genes con los que han nacido, cuanto las experiencias que han tenido desde que nacieron. La proporción exacta —cuánto se debe a los genes y cuánto a las experiencias— no tiene mucha importancia; la cuestión es que no puede desdeñarse el valor de la herencia.

Pero usualmente no se tiene en cuenta. Consideremos el caso de Amy, una niña adoptada. No fue una adopción afortunada, desde luego. Los padres de Amy estaban decepcionados con ella y favorecían a su otro hijo, un niño. El éxito académico era importante para los padres de Amy, pero ella tenía una dificultad de aprendizaje. La simplicidad y el control emocional también eran importantes para ellos, pero Amy escogió representar un papel lucido y se fingió enferma. Cuando cumplió los diez años tenía ya un serio, aunque impreciso, trastorno mental. Era patológicamente inmadura, socialmente inepta, superficial de carácter y tenía una manera extravagante de expresarse.

Obviamente, Amy fue una niña rechazada. Lo que vuelve interesante su caso es que Amy tenía una melliza, Beth, que fue adoptada por una familia diferente. Beth no fue rechazada. Antes al contrario, era la favorita de su madre. Sus padres no estaban especialmente preocupados por la educación, por lo que su dificultad de aprendizaje (que compartía con su hermana) no supuso un gran problema. La madre de Beth, a diferencia de la de Amy, era capaz de una gran empatía, era abierta y muy alegre. Sin embargo, Beth tenía los mismos problemas de personalidad que Amy. El psicoanalista que estudió a esas chicas admitió que si él hubiera tratado solo a una de ellas hubiera sido fácil buscar una explicación en términos del entorno familiar. Pero había dos. Y dos que presentaban los mismos síntomas pero en familias muy diferentes.

Síntomas iguales y genes iguales: imposible que fuera una coincidencia. Algo en los genes que Amy y Beth habían recibido de sus padres biológicos —de la mujer que las dio en adopción y del hombre que la dejó embarazada— debía predisponerlas a desarrollar su inusual conjunto de síntomas. Si digo que Amy y Beth habían heredado esa predisposición de sus padres biológicos, no me malinterpretes: es posible que sus padres biológicos no tuvieran ninguno de esos síntomas. Combinaciones ligeramente diferentes de genes pueden producir resultados muy distintos, y solamente los mellizos tienen exactamente la misma combinación. Los gemelos pueden ser sorprendentemente distintos, y lo mismo vale para los padres y los hijos: un hijo puede tener características que no pertenezcan a ninguno de los padres. Pero hay una conexión estadística, una probabilidad más que grande de que una persona con problemas psicológicos tenga un padre o un hijo biológicos con problemas semejantes.[5]

La herencia es una de las razones por la que los padres con problemas tienen a menudo hijos con problemas. Es un hecho simple, obvio e innegable; y sin embargo es el hecho más desdeñado en toda la historia de la psicología. Juzgando la escasa atención que se le ha prestado a la herencia por parte de los psicólogos clínicos y los del desarrollo, pensarías que aún estamos en los días en que John Watson prometía convertir una docena de bebés en médicos, abogados, mendigos o ladrones.

Ladrones. Este sí que es un buen comienzo. Veamos si se puede dar cuenta de la conducta criminal en los niños sin achacarla al entorno proporcionado por los padres: ya sea el método de crianza y educación de los hijos, ya sea su ausencia. No te preocupes, no voy a atribuírselo todo a la herencia. Pero lo cierto es que no se puede buscar esa explicación prescindiendo de la herencia, por lo que si te molesta, date una ducha de agua fría o algo por el estilo.

LA CONDUCTA CRIMINAL

¿Cómo harías para convertir a un niño en un ladrón? Fagin, del Oliver Twist de Charles Dickens, podría haberle enseñado a Watson más de un modo o dos de conseguirlo.[6] Coge cuatro o cinco niños hambrientos, conviértelos en un nosotros, dirígeles unas palabras de ánimo y un cursillo rápido de carteristas, y azúzalos contra ellos, los ricos. Se trata de la guerra intergrupal, una tradición de nuestra especie, y en casi cada ser humano puede encontrarse el potencial para desarrollar esa actividad, particularmente entre los varones. Vuestro escolar de radiante cara matutina no es sino un guerrero con un tenue disfraz.

Pero el método de Fagin, que había dado óptimos resultados con los niños de los barrios bajos de Londres que eran sus pupilos, no funcionó con Oliver. Dickens parece que creía que fue así porque Oliver era de buena familia, pero hay otra posibilidad: Oliver no se identificaba con los otros chicos del círculo de Fagin. Ellos eran londinenses, y él no. Ellos hablaban con el argot de los ladrones, el cual era para él casi una lengua extranjera. Había muchas diferencias, y el tropiezo de Oliver con la justicia se produjo muy pronto, de modo que no pudo adaptarse a sus nuevos compañeros.

Oliver Twist fue publicada en 1838, una época en la que aún era políticamente correcto creer que la gente podía nacer buena o mala; cuando era políticamente correcto, en efecto, creer que la maldad podía predecirse sobre la base de la raza de uno o de su pertenencia a una etnia determinada. El otro nombre que usaba Dickens para Fagin era «el judío». No era en modo alguno la peor de las épocas; pero ciertamente no era tampoco de las mejores.

Hoy en día, tanto la explicación individual —que ciertos niños nacen malos— como la explicación grupal se consideran políticamente incorrectas. La cultura occidental ha dado un viraje respecto de la teoría del filósofo Rousseau: que todos los niños nacen buenos y que es la sociedad —el entorno— la que los corrompe. No estoy seguro de que eso sea optimismo o pesimismo, pero sí que deja muchas cosas sin explicación. Incluso en los barrios bajos del Londres de la época de Dickens, no todos los niños se convertían en unos delincuentes. Incluso en la misma familia un niño podía llegar a ser un ciudadano respetuoso de la ley y otro iniciar una carrera criminal.

Aunque ya no decimos que un niño nace malo, los hechos son tales que, desafortunadamente, se necesita un eufemismo. Ahora los psicólogos dicen que los niños nacen con un temperamento «difícil», desde el punto de vista de los padres y desde el de la socialización. Puedo hacerte una lista de algunas de las cosas que vuelven a un chico difícil de educar y de socializar: una tendencia a ser activo, impulsivo, agresivo, colérico; una tendencia a aburrirse con las actividades rutinarias y a buscar excitaciones; una tendencia a no tener miedo de resultar herido; una insensibilidad hacia el sentimiento de los otros; y, con mayor frecuencia que lo contrario, una conformación corporal atlética y un coeficiente intelectual ligeramente por debajo de la media.[7] Todas esas características tienen un significativo componente genético.

Los psicólogos del desarrollo han descrito lo mal que van las cosas cuando un chico difícil de manejar le nace a un padre que tiene poca habilidad para manejar a los demás;[8] algo que sucede, gracias a la injusticia de la naturaleza, más a menudo de lo que lo haría si los genes se transmitieran aleatoriamente a cada nueva generación. El niño y su madre (a menudo no hay padre) entran en una espiral viciosa en la que lo malo lleva a lo peor. La madre le dice al niño que haga algo o que no lo haga; él no le hace caso; ella se lo dice otra vez; él se enfurece; ella pasa. De hecho, ella también puede enfurecerse, y castigarle duramente, pero demasiado tarde y sin la necesaria convicción para que pueda tener un beneficio educativo. Con todo, se trata de un niño que no le tiene miedo a resultar herido; al menos es un consuelo a su aburrimiento.

La familia desestructurada. Pues sí, tales familias existen, ¡sin duda! No es divertido visitarlas y tampoco te gustaría vivir en su seno. Incluso el padre biológico de ese niño no quiere vivir en ella. Hay un viejo chiste que dice así:

PSICÓLOGO: Deberías ser amable con Johnny. Procede de un hogar roto.

PROFESOR: No me sorprende. Johnny es capaz de romper cualquier hogar.

Difícil de criar y difícil de socializar. Para la mayoría de los psicólogos esas dos frases son virtualmente sinónimas, porque la socialización se entiende que es una tarea de los padres. Para mí hay dos cosas que son muy diferentes. Es verdad que tienden a estar correlacionadas, debido al hecho de que los niños llevan con ellos sus características heredadas allá donde vayan. Pero esa correlación no es muy fuerte, porque el contexto social dentro del hogar, donde se produce la educación y la crianza, es muy distinto del contexto social de fuera del hogar, donde se produce la socialización. Los niños que son odiosos en casa, no lo son necesariamente fuera de ella. Johnny quizá sea odioso allá donde vaya; pero afortunadamente niños así son poco comunes.[9]

La palabra socialización se usa a menudo para referirse a la preparación moral que se supone que los niños han de recibir en casa. Se entiende que los padres son responsables de enseñar a sus hijos a no robar, a no mentir y a no engañar. Lo diré una vez más: hay muy poca correlación entre cómo se comportan los niños en el hogar y cómo lo hacen en cualquier otro lado. Los niños que infringían las normas de su casa cuando pensaban que nadie los observaba eran candidatos idóneos para engañar en un examen en la escuela o en un juego en el patio. La moralidad, como otras formas de conducta social aprendida, está ligada al contexto en la que se adquiere.

El tramposo podría haber sido tan bueno como el oro para su madre, si es que él hubiera tenido una.[10]

Resulta difícil creer que Oliver hubiera podido ser la espina que su madre tuviera clavada, si ella hubiera vivido. Oliver hacía amigos allá donde iba; las mujeres se desvivían por él. Una naturaleza bondadosa y una cara dulce siempre lo conseguían. Tal como Dickens lo describió, Oliver tenía precisamente esos rasgos que hacen que sea fácil tratar con un chico así. Era sensible respecto a los sentimientos de los demás y tenía miedo de los castigos y del dolor; era más bien tímido. Era brillante, impulsivo y pacífico.[11]

¿Estaba Dickens en lo cierto? ¿Nacen algunos chicos buenos? Hagamos un experimento que John Watson hubiera aprobado. Coloquemos en hogares adoptivos un grupo de niños cuyos padres hayan sido condenados (o que lo serán después) por criminales; y un segundo grupo cuyos padres fueran, hasta donde puede saberse, honrados. Mezclémoslos en parte: cambiemos a algunos de ellos de casa. Un experimento deleznable, ¿no? Bueno, eso es lo que hacen las agencias de adopción. Por supuesto que ellos no llevan bebés a propósito a hogares delictivos; pero a veces resulta que sí, y en los lugares en que se tiene memoria bien guardada de las adopciones y de las convicciones delictivas —Dinamarca, por ejemplo— es posible estudiar los resultados.[12] Los investigadores han sido capaces de obtener información retrospectiva de casi cuatro mil daneses que habían sido dados en adopción en la infancia.

Como resultó ser, las convicciones delictivas eran numerosas entre los padres biológicos de los adoptados, pero infrecuentes entre sus padres adoptivos. Así pues, no había muchos casos de chicos que tuvieran padres biológicos honrados y que estuvieran siendo criados en un hogar de sinvergüenzas. De ese pequeño grupo, el 15% se convirtió en criminales. Pero casi el mismo porcentaje de criminales (14%) se detectó entre los adoptados cuyos padres biológicos eran honrados, como sus padres adoptivos.[13] Parece que ser criado en un hogar de delincuentes no convierte a un niño en delincuente si no ha salido apto para ese trabajo. Y aún un golpe más a Watson, cuyo cadáver está siendo tan vapuleado que, en conciencia, debería dejarlo descansar tranquilo.

La historia es un poco diferente para los niños cuyos padres biológicos eran delincuentes. De los que fueron educados por padres honrados, el 20% se convirtió en delincuentes. Y del pequeño grupo en el que se juntaron las dos desgracias, padres biológicos y padres adoptivos delincuentes, casi el 25% salió mal.

Así pues, no se trata solo de la herencia: parece como si, a fin de cuentas, el entorno familiar contara algo también. Lo intentes como quieras, tú no puedes convertir en un criminal a un chico como Oliver, pero un tramposo sí que puede seguir cualquiera de los dos caminos. Dáselo a una familia de delincuentes para que lo críe y lo más probable es que se convierta también en un criminal.

No tan rápido. Resulta que la habilidad de una familia adoptiva de delincuentes para convertir a un hijo en un delincuente —dándole un material conveniente con el que poder trabajar— depende casualmente de donde viva la familia. El incremento de la criminalidad entre los niños daneses adoptados que habían sido criados en hogares de delincuentes afectaba a una minoría de las personas estudiadas: los que crecieron en Copenhague o en sus alrededores. En las ciudades pequeñas y en las áreas rurales, un niño adoptado que fuera criado en un hogar de delincuentes no tenía por qué tener más probabilidades de convertirse en un delincuente que uno criado en un hogar de padres honrados.

Por supuesto que no eran los padres adoptivos delincuentes quienes convertían al hijo biológico de delincuentes en otro más: era más bien la barriada en la que crecía. Las barriadas tienen tasas de delincuencia distintas, y sospecho que las que tienen una alta tasa de conductas delictivas es difícil encontrarlas en las áreas rurales de Dinamarca.

La gente vive, por lo general, en lugares donde comparte un estilo de vida y un conjunto de valores con sus vecinos; esto es debido tanto a la influencia mutua como a que, especialmente en las ciudades, como se dice coloquialmente, Dios los cría y ellos se juntan. Los niños crecen con otros niños que son los hijos de los amigos y vecinos de sus padres. Esos son los niños que forman su grupo de compañeros. Y ese es el grupo de compañeros en el que se socializa. Si sus propios padres son delincuentes, los amigos de sus padres puede que estén inclinados hacia ese mismo tipo de actividad y de conducta. Los niños llevan a su grupo de compañeros las actitudes y las conductas que aprenden en casa, y si esas actitudes y conductas son semejantes, lo más probable es que el grupo de compañeros las haga suyas.

Te he hablado de un estudio sobre la adopción y la criminalidad; pero también los hay sobre gemelos y hermanos.[14] Los estudios de genética conductista sobre los gemelos y los hermanos suelen llegar a la conclusión de que el entorno compartido por los niños que crecen en el mismo hogar tiene poco o ningún efecto sobre ellos, pero nos hemos encontrado con una excepción. Los gemelos o hermanos que crecen en el mismo hogar es más probable que se igualen respecto de la delincuencia: para ser ambos delincuentes, o para ser ambos honrados. Esta correlación se atribuye a menudo al entorno hogareño que comparten los gemelos o los hermanos; en otras palabras: a la influencia de los padres. Pero los chicos que comparten el mismo hogar también comparten el barrio y, en algunos casos, el grupo de compañeros. Lo probable es que la posibilidad de que dos hermanos se equiparen en una tendencia delictiva es más alta si son del mismo sexo y se llevan pocos años de diferencia. Es más alta en los gemelos (incluso aunque no sean mellizos) que en los hermanos ordinarios, y más alta en los gemelos que pasan mucho tiempo juntos fuera de la casa, que en aquellos que llevan vidas separadas.

Las pruebas demuestran que el entorno tiene un efecto sobre la delincuencia, pero no que el entorno relevante sea el hogar. En efecto, se necesita una explicación diferente. Cuando ambos gemelos o hermanos se meten en problemas, ello es debido a la influencia que tienen el uno sobre el otro y a la influencia del grupo de compañeros al que pertenecen.

En el capítulo anterior hablé acerca de Terrie Moffitt y sus puntos de vista sobre la delincuencia juvenil.[15] Moffitt distingue entre dos tipos de conducta criminal: la que aparece cuando sale el primer grano y se deja cuando el último tubo de Clearasil ha acabado en el cubo de la basura; y la que dura toda una vida. Los chicos que se comportaban razonablemente bien en la infancia y que serán unos adultos respetuosos con la ley, a menudo atraviesan una fase intermedia en la que no son ni una cosa ni la otra. Como ya dije en el capítulo anterior, es una cuestión de grupo: una guerra entre grupos de edad. La mayoría de esos chicos no tienen ninguna alteración psicológica, ni tampoco tienen sus padres la culpa. Están socializados, de acuerdo, pero por sus compañeros.

El tipo de conducta delictiva de por vida es bastante menos común, y afecta a una pequeña fracción de la población, en su mayoría varones. Su conducta delictiva comienza pronto —Cari McElhinney se convirtió en un asesino a los siete años— y dura tanto como el conejito de Duracell, pero sin su encanto. Los delincuentes profesionales tienden a poseer en alto grado varias de las características que enumeré con anterioridad: agresividad, falta de miedo, carencia de empatía y ansia de emociones. Semejante gente aparece de vez en cuando en todas las sociedades, incluso en aquellas donde sus inclinaciones pueden conducirles al ostracismo o a una muerte temprana. Los miembros de un grupo de esquimales en el nordeste de Alaska le dijeron a un antropólogo que antiguamente, cuando un hombre no dejaba de crear problemas y no se detenía ante nada, alguien lo arrojaba discretamente del hielo.[16] Era, como decía el editorialista de JAMA acerca de Cari McElhinney, «peligroso para la comunidad».

¿Es alguna gente mala de nacimiento? Un modo mejor de plantear la cuestión es que algunas personas nacen con características que no las hacen idóneas para la mayoría de los trabajos honrados disponibles en la mayoría de las sociedades, y por lo tanto no hemos aprendido cómo tratar con ellas. Corremos el riesgo de convertirnos en sus víctimas, pero ellas también lo son: víctimas de la historia evolutiva de nuestra especie. Ningún proceso es perfecto, ni siquiera la evolución. La evolución nos ha proporcionado grandes cabezas, pero a veces un bebé tiene una cabeza tan grande que no cabe por el canal del parto. En la antigüedad, los niños morían, así como también sus madres. En un sentido semejante, la evolución seleccionó otras características que a veces sobrepasan su límite y se convierten en inconvenientes en vez de en ventajas. Casi todas las características de los «criminales natos» serían, en una versión aguada, útiles para un varón en una sociedad cazadora-recolectora, y útiles asimismo para su grupo. Su falta de miedo, el deseo de emociones y la impulsividad lo convierten en un arma formidable contra los grupos rivales. Su agresividad, su fuerza y su falta de compasión lo capacitan para dominar a sus compañeros de grupo y proporcionarle la mejor parte del botín de los cazadores-recolectores.

A diferencia del cazador-recolector de éxito, el delincuente profesional tiende a tener una inteligencia por debajo del promedio general. A mí esto me parece un signo esperanzador: sugiere que el temperamento puede ser anulado por la inteligencia. Esos individuos que han nacido con las otras características de la lista, pero que también poseen una inteligencia por encima de la media, es obvio que son lo suficientemente inteligentes como para imaginarse que el delito no es rentable y para buscar otros modos de satisfacer su deseo de emociones.

¿DÓNDE ESTÁ PAPÁ?

En una sociedad tribal de cazadores-recolectores, los niños que pierden a su padre corren el peligro de perder la vida. Cuando esta pende de un hilo, lo único que se necesita es un pequeño corte. En algunas sociedades ni siquiera esperan a que el padre de uno muera por causas naturales. Según el psicólogo evolucionista David Buss:

Incluso hoy, entre los indios ache del Paraguay, cuando un hombre muere en una pelea entre clanes, los otros hombres del poblado toman la decisión conjunta de matar a los hijos del fallecido, incluso aunque aún viva su madre. En un caso del que informa el antropólogo Kim Hill, un chico de trece años fue asesinado después de que su padre hubiera muerto en una pelea entre clanes. En general, los niños ache cuyos padres mueren tienen una tasa de mortalidad superior en más de un 10% a la de los niños cuyos padres viven. Así son las fuerzas hostiles de la naturaleza entre los ache.[17]

En las sociedades tradicionales, los padres defienden a sus hijos contra las llamadas «fuerzas hostiles de la naturaleza», y un hombre que tiene una posición dominante en su grupo puede defender mejor a sus niños que uno que tiene un estatus inferior. En las naciones industrializadas, aún puedes oír a los niños pequeños —los hijos de hombres que jamás se han liado en una lucha a puñetazos— decirse unos a otros: «Mi papá le puede al tuyo». «Mi papá puede demandar al tuyo», sería lo más apropiado, pero no es eso lo que ellos dicen (al menos hasta que no son mayores), porque de lo que se trata es del poder, no del dinero. El mensaje que se quiere transmitir es el siguiente: «No te puedes meter conmigo, porque si lo haces, mi papá te pegará, y lo hará sin que le de miedo de que tu papá le pegue». Entre los chimpancés es la madre, no el padre, quien se lanza al rescate de las crías, y cuando dos jóvenes chimpancés juegan juntos, aquel que tiene la madre más dominante es quien probablemente sea más atrevido. Si el juego se endurece, su madre puede golpear fuertemente a su compañero de juegos sin temor a las represalias de la madre del compañero.

En una sociedad donde la amenaza «mi papá le puede al tuyo» aún resulta creíble, tener un padre fuerte frente a uno débil, o tener un padre frente a no tenerlo puede tener importantes repercusiones en el estatus del niño dentro del grupo de compañeros y, por lo tanto (según la teoría de la socialización a través del grupo), puede tener efectos a largo plazo sobre la personalidad del niño. Pero en sociedades como las nuestras, donde los padres y los compañeros están ubicados en compartimentos separados de la vida de un niño, el estatus de los padres no sirve como un escudo. La excepción es cuando un padre tiene tanto poder o relevancia que incluso el grupo de compañeros no puede pasarlo por alto. Eso no es necesariamente algo bueno, y puede volverse fácilmente en contra, especialmente si el niño carece de otras características que le permitan acceder a un estatus elevado en el grupo.

Tener o no tener padre: ¿cuánto cuenta para un niño normal en una sociedad desarrollada? No negaré que los niños son por lo general más felices si tienen dos padres que se preocupan y piensan bien de ellos. Pero la felicidad de hoy no inmuniza a un niño contra la infelicidad del mañana, y (como ya dije en el capítulo 8) no hay ninguna ley de la naturaleza que diga que la miseria ha de dejar secuelas. Este libro trata sobre las consecuencias a largo plazo de lo que sucede mientras creces. ¿Salen, a la larga, los chicos con padre mejor que los chicos sin él? Y si salen mejor, ¿es porque tienen padre?

La mayoría de la gente lo cree así. En 1992, el vicepresidente Dan Quayle le propinó un latigazo verbal a Murphy Brown —un personaje de ficción de una serie de televisión— por tener un bebé sin padre. Los personajes de las series de televisión suelen tener relaciones sexuales sin protección ninguna;[*] pero no creo que fuera eso lo que molestó a Dan Quayle, sino el pensar en ese pobre inocente niño (de ficción) creciendo en un hogar sin padre. Dos años más tarde, los sociólogos Sara McLanahan y Gary Sandefur dieron su apoyo a la apoteosis paternal de Quayle escribiendo un libro titulado Growing Up with a Single Parent, en el que, en la página 1, ya afirmaban en bastardilla:

Los niños que crecen en una casa con un solo padre biológico están peor, por término medio, que los que crecen en una casa con ambos padres biológicos, independientemente de la raza de los padres o de su preparación académica, independientemente de si sus padres están casados cuando nace la criatura e independientemente de si el padre residente vuelve a casarse.[18]

¿De qué modo están peor esos niños? McLanahan y Sandefur establecen tres indicadores. Los adolescentes que no viven con sus dos padres biológicos tienen una mayor tendencia a dejar el instituto y a volverse «ociosos» (ni trabajan ni estudian), y las chicas tienen una mayor tendencia a convertirse en madres antes de cumplir los veinte. La ausencia del padre no es, por supuesto, el único factor asociado a estos problemas, pero McLanahan y Sandefur creen que es uno muy importante, tanto que los «padres necesitan ser informados acerca de las posibles consecuencias para sus hijos de la decisión de separarse».

Las posibles consecuencias para los niños de la decisión de los padres de separarse. McLanahan y Sandefur creen claramente que el hecho de que los padres vivan separados es la causa de los problemas de los niños; que al menos algunos de los niños que están peor se las hubieran apañado para acabar el bachillerato, conseguir un trabajo y no quedarse (a diferencia de Murphy Brown) embarazadas, si su padre hubiera estado con ellos.

Pero los gráficos y las tablas del libro de McLanahan y Sandefur contienen algunos hallazgos curiosos: un montón de cosas que tú creerías que son muy importantes resultan no tener la menor importancia. La presencia de un padrastro en el hogar no mejora en absoluto las expectativas de los chicos. Ni tampoco el contacto con el padre biológico fuera del hogar: «Los estudios basados en grandes sondeos nacionalmente representativos indican que los contactos frecuentes con el padre no tienen beneficios detectables para los niños». Ni tampoco el tener otro pariente biológico viviendo en el hogar: la presencia de una abuela no ayuda mucho. En los hogares en los que vive la abuela, a los niños se les deja solos menos a menudo que en los hogares con los dos padres biológicos, y sin embargo eso no les impide abandonar el instituto o quedarse embarazadas. En los hogares en los que hay padrastro, los niños están tan controlados como en los que tienen padres biológicos —tienen las salidas controladas y los deberes supervisados—; sin embargo, eso no impide que abandonen el instituto o se queden embarazadas. El número de años que pasan los niños en una familia monoparental tampoco importa: aquellos cuyos padres andan cerca hasta que están a punto de entrar en la adolescencia no son mejores que aquellos cuyos padres dijeron adiós cuando eran unos bebés o, ya puestos, cuando aún eran fetos.[19]

Los que no tienen padre y salen mejores —y ya es curioso— son aquellos cuyos padres han muerto. «Los niños que crecen con madres viudas —dice McLanahan— son bastante mejores que los niños de otros tipos de familias monoparentales.»[20] En algunos estudios, en efecto, les va tan bien como a los niños que crecen con los dos padres biológicos vivos. Los investigadores se han tenido que aferrar a vanas esperanzas para dar cuenta de las diferentes «consecuencias» de los padres perdidos y los padres muertos. ¿Las viudas tienen más seguridad financiera que las madres solteras? Pero las mujeres que se vuelven a casar también tienen una seguridad económica, y la presencia de un padrastro no ayuda. ¿La muerte de un padre es menos estresante que un divorcio? Entre las causas más comunes de muerte prematura de un padre se hallan el suicidio, el homicidio, el cáncer y el sida, y ninguna de ellas me parece particularmente libre de estrés.[21]

«Consecuencias» es la palabra que les gusta usar a los investigadores, e incluso cuando se abstienen virtuosamente de usarla, puedes contar que es eso en lo que están pensando. Pero los datos que utilizan para apoyar sus creencias en modo alguno muestran causas y consecuencias: los datos son completamente correlacionales. Muestran solamente que ciertas cosas tienden a aparecer junto a otras. Si los investigadores epidemiólogos sobre los que te hablé en el capítulo 2 hubieran descubierto que los comedores de brécol son, por término medio, más sanos que quienes lo rechazan —y posiblemente lo sean—, sería imprudente suponer que si empiezas a comer brécol crecerán tus rentas o que si dejas de comerlo perderás todo tu dinero. Sería igualmente imprudente suponer que si te toca la lotería te acabará gustando el brécol. La hija de una pareja casada tiene, por término medio, más probabilidades de acabar el bachillerato que la hija de una familia monoparental, y también de no quedar embarazada: eso es una correlación. Sacar de ahí la conclusión de que la hija de una pareja casada dejará el instituto y tendrá un niño si sus padres se separan no es muy distinto de llegar a la conclusión de que si dejas de comer brécol perderás todo tu dinero. Puede que sea verdad, pero los datos no lo prueban.

Cuando el padre biológico está vivo, pero no vive con sus hijos, tienes una situación familiar que está estadísticamente asociada con los malos resultados de los hijos. Déjame explicarte cómo podría ser posible dar cuenta de los resultados desfavorables sin hacer referencia a las experiencias de los niños en el hogar o a la calidad de la atención paterna que reciben en él.

La mayoría de las madres solteras no son como Murphy Brown, sino que son pobres. La mitad de los hogares bajo la responsabilidad de las mujeres está por debajo del nivel de pobreza. El divorcio conduce, usualmente, a un drástico descenso del nivel de vida de la familia, es decir, del nivel de vida de la ex esposa y de los niños bajo su custodia.

La pérdida de ingresos afecta a los hijos de diferentes formas. Por un lado, a su estatus en el grupo de compañeros. Ser privados de lujos como las ropas caras y los equipos deportivos, el dermatólogo, o la ortodoncia pueden rebajar la posición del niño entre sus compañeros. El dinero va a tener también un papel importante en si los niños pueden pensar en ir a la universidad. Si resulta imposible ir, entonces se sienten menos motivados para acabar con éxito el bachillerato y para evitar quedarse embarazadas.

Pero lo más importante, con mucho, que puede hacer el dinero por los niños es determinar el barrio en el que van a crecer y la escuela a la que van a asistir. La mayor parte de las madres solteras no se pueden permitir criar a sus hijos en el tipo de barrio en el que yo he criado a las mías; el tipo de barrio en el que casi todos los niños acaban el bachillerato y casi ninguna niña se queda embarazada. La pobreza obliga a muchas madres solteras a criar a sus hijos en barrios donde hay otras madres solteras y donde son bastante altas las tasas de desempleados, de quienes dejan los estudios, de adolescentes embarazadas y de delincuencia.[22]

¿Por qué tantos chicos en esos barrios dejan los estudios, se quedan embarazadas y delinquen? ¿Es porque no tienen padres? Esa es una explicación popular, pero yo ya traté esa cuestión en el capítulo 9 y llegué a conclusiones distintas. Los barrios tienen diferentes culturas y las culturas tienden a perpetuarse; se transmiten del grupo de compañeros de padres al grupo de compañeros de los hijos. El medio en el que se transmiten esas culturas no puede ser la familia, porque si sacas a la familia del barrio y la instalas en otro sitio, la conducta del niño cambiará para ajustarse a la de sus compañeros en el nuevo barrio.[23]

Es el barrio, por lo tanto, y no la familia. Si observas a los niños dentro de un barrio determinado, la presencia o ausencia del padre no marca una gran diferencia. Los investigadores han reunido datos sobre 254 adolescentes afroamericanos de una ciudad del interior en el nordeste de Estados Unidos. La mayoría de los chicos vivían en casas bajo la responsabilidad de una madre soltera; otros vivían con ambos padres biológicos, una madre y un padrastro o algunos otros arreglos familiares. He aquí las conclusiones de los investigadores:

Los varones adolescentes en este ejemplo que vivían en casas de madre soltera no diferían de los jóvenes que vivían en otros regímenes familiares en cuanto al consumo de alcohol, delincuencia, abandono de los estudios o trastornos psicológicos.

Dentro de un barrio no demasiado próspero económicamente, los chicos que vivían con ambos padres no salían mejor que quienes vivían solo con uno.[24] Pero dentro de un barrio como este, la mayoría de las familias están encabezadas por madres solteras, porque las madres con pareja pueden permitirse, por lo general, vivir en otro sitio. La mayor renta de una familia que incluye un varón adulto significa que los niños con dos padres es más probable que vivan en un barrio con una cultura de clase media y, por lo tanto, con mayores probabilidades de ajustarse a las normas de la clase media.

Pero ¿por qué las familias de renta alta no les sirven de ayuda a los niños criados en familias con un padrastro? La respuesta es que esos niños tienen otro problema: demasiados cambios. Han sido llevados de una residencia a otra más a menudo que los niños en cualquier otro tipo de organización familiar, y cada vez que se trasladan pierden su grupo de compañeros y tienen que empezar de nuevo con otro diferente.[25] Cada vez que se trasladan hay un nuevo conjunto de normas de grupo a las que se tienen que adaptar y una nueva jerarquía social por la que tienen que escalar, y siempre tienen que hacer todo eso desde la base.

Los traslados son duros para los críos. Los críos que se han mudado mucho —tengan o no tengan padre— son más propensos a ser rechazados por sus compañeros; tienen más problemas de conducta y más problemas académicos que aquellos que no se han movido del mismo sitio.[26] McLanahan y Sandefur descubrieron que los cambios de residencia pueden ser responsables de la mitad del aumento del riesgo de abandonar los estudios, de quedarse embarazadas antes de los veinte y de dedicarse a la vida ociosa entre los adolescentes que son criados sin los padres. Todo ello unido, cambios de residencia más bajos niveles de renta, puede explicar la mayoría de las diferencias entre niños con padres y niños sin ellos.

Esas dos desventajas pueden ser explicadas en términos de cosas que ocurren fuera de la familia. Los cambios de residencia ponen en peligro la permanencia de un niño en un grupo de compañeros e interfieren en su socialización, porque es difícil adaptarse a las normas del grupo cuando estas no paran de cambiar. La renta familiar determina en qué tipo de barrio vivirá el niño y qué tipo de normas es probable que tenga el grupo de compañeros del lugar. Demasiados traslados y bajos ingresos aumentan el riesgo de que el chico deje la escuela o la chica quede embarazada.

Pero dejar la escuela o quedarse embarazada son cosas que ya sabíamos que son susceptibles de sufrir la influencia del grupo. Para convencerte de ello, tendré que tratar de un tema más amplio: los efectos del divorcio. Los efectos sobre la personalidad de los niños, sobre su salud psicológica y sobre la estabilidad de sus propios matrimonios futuros. ¿Supone algo verdaderamente terrible para los niños el divorcio de sus padres? Y si no es así, ¿cómo es que todos han acabado pensando que sí?

EL DIVORCIO

El más famoso —y el más pesimista— estudio sobre los hijos de padres divorciados es el que llevó a cabo la psicóloga clínica Judith Wallerstein. Wallerstein descubrió una alta tasa de trastornos emocionales entre los niños de clase media hijos de parejas divorciadas. Vendió muchos ejemplares de su libro, pero desde el punto de vista científico no tiene ningún valor: todas las familias que había estudiado habían buscado consejo y todas se estaban divorciando. No hubo un control de un grupo de familias intactas o autosuficientes con las que comparar los hijos de sus pacientes, y no supo filtrar adecuadamente sus prejuicios profesionales. Un estudio hecho poco antes de que Wallerstein escribiera su primer libro demostraba cómo los profesionales pueden dejarse guiar por sus prejuicios. Los investigadores mostraron a algunos profesores un vídeo de un niño de ocho años y les dijeron que los padres del niño estaban divorciados. Esos profesores juzgaron que estaba peor adaptado, frente a otros profesores que habían visto el mismo vídeo pero que pensaron que el niño pertenecía a una familia unida.[27]

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