El mentiroso
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Alguien me dijo que había tenido un accidente. Recuerdo ver un montón de aparatos vibrando en las paredes de una ambulancia y dos enfermeros de la DYA a cada lado. «Has tenido un accidente —me dijeron—. Pero estás bien».
Las imágenes vienen y van. Recuerdo que llegamos a un hospital por la entrada de urgencias. Una camilla y voces de gente. Una enfermera me pinchó algo. Un médico me hizo preguntas que no supe responder —«¿Qué ha pasado?». «¿Puedes seguir el dedo con la mirada?»—, así que cerré los ojos y tuve sueños. Tuve un montón de sueños. Tuve ocho temporadas de sueños lo menos.
En uno de ellos, estaba tumbado junto a mi madre, en una cama del hospital. Yo la llamaba pero ella no respondía. Estaba viva, ¿es que al final encontraron un tratamiento para ella? Al cabo de un rato, mi madre me miraba y me preguntaba quién era yo. «Soy tu hijo, Álex. ¿Es que no me recuerdas?». Un doctor —que curiosamente era el dentista al que iba de niño— me explicaba que el tratamiento experimental conllevaba una suerte de lobotomización del paciente. A cambio de aumentar su esperanza de vida, perdía toda su memoria. Bueno, al menos en mi sueño, aquello no parecía tan grave.
Me despertaba y veía más doctores. Gente conocida. Mi abuelo, Dana, Erin, su madre. Alguien les decía que «no es exactamente un coma, pero hay que ver la evolución». Después oía más conversaciones. «Seguro que iba hablando por el móvil». ¿A qué se referían? «Ha dado negativo en alcoholemia».
Alguien mandaba salir a todo el mundo. Había ruido en alguna parte. Un escáner fotografiándome la cabeza. «No creo que se vaya a despertar», decía alguien. Volvía a dormirme.
En otro de mis sueños aparecía mi abuelo Jon Garaikoa. Un recuerdo en cinemascope y con Dolby Surround intracraneal. Yo era un niño. Me había clavado un anzuelo en la pierna mientras intentaba pescar en el puerto de Illumbe. Mi abuelo me decía que tendría que empujar el anzuelo hasta que saliera por el otro lado y después le cortaría la cabeza con un alicate.
«Cierra los ojos, Álex. Esto te va a doler».
Alguien me clavaba algo, pero podría ser una jeringuilla. Entonces veía a ese hombre de la fábrica. El barbudo de los ojos negros —«Ya está, has sido un valiente»—, que me hablaba sin parar, muy rápido, pero yo era incapaz de entender nada. Estábamos en una fiesta. Sonaba Chet Baker. Un gran salón, muy elegante, lleno de gente. La espalda desnuda, sexi, de una conejita pelirroja era lo último que veía antes de que mi mente se diluyese como un terrón de azúcar en un vaso de leche caliente.