El mentiroso

El mentiroso


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Esa tarde Erin vino a buscarme después del trabajo. Llevaba un par de tablas en el techo del Golf.

—¿Sigues con la idea del surf? —le dije—. ¡Pero si hace un tiempo de perros!

—¡Vamos, no seas cobarde! Tengo dos neoprenos, por si te animas.

El cielo se aclaraba un poco llegando al mar. El manto de nubes se resquebrajaba y dejaba entrar algunos rayos de sol. No obstante, el frío seguía siendo frío, aunque Erin había mirado internet y decía que el agua estaba a diecinueve grados.

—No hace falta que entres, me imagino que no estás como para tirar cohetes.

—Ve tú primero. Si veo que sobrevives, igual me animo.

La miré correr por la arena, vestida con su neopreno negro. Sus fantásticas piernas eran algo que podía mirar durante horas sin cansarme. Lanzó la tabla al agua, se echó encima y comenzó a remar hacia las olas, no muy altas, que rompían en un mar de perfecto color metálico. A esas horas de la tarde no tenía que compartirlas con nadie.

Yo me quedé sentado encima de nuestra toalla, junto al gigantesco tablón de novato. Erin quería que yo aprendiera a hacer surf. Vivir en la costa y desaprovechar un mar así era del género idiota, pero ¿hacía falta meterse al mar en pleno octubre?

Sorbí un café de termo y miré el móvil. Txemi seguía sin responder a mi llamada y comenzaba a mosquearme. Abrí el navegador y miré las noticias. Esa tarde, después del almuerzo, había empezado a elaborar una hipótesis.

Era miércoles 30 de octubre y ese hombre de la fábrica llevaba muerto desde el sábado 26 de madrugada. Eso eran cuatro días. Suficiente para que alguien (su mujer, sus padres, sus hermanos) hubiera dado la voz de alarma. Así que había rastreado los periódicos locales en busca de una noticia similar. Un desaparecido. Un muerto. Algo. Pero los periódicos de la zona solo hablaban de accidentes de tráfico, partidos de fútbol y políticos. Lo más trágico eran tres intoxicados por setas venenosas, que se recuperaban en el hospital de Cruces.

No me apetecía hacer surf, pero pensé que un baño no me vendría mal. Me vestí el neopreno y aun así me quedé sin respiración nada más meter los pies en el agua. Cuando el nivel del mar cubrió mi termómetro natural, decidí que lo mejor era nadar para entrar en calor.

Erin estaba sentada sobre su tabla encima de aquel mar color acero. Llegué y me agarré del borde.

—¡Está helada!

—No es para tanto. ¿Te acuerdas hace un año? —dijo Erin.

—Sí. Cómo olvidarlo.

Era cierto. Ese miércoles 30 se cumplía un año de mi casiahogamiento en aquella misma playa, aunque aquella tarde hacía mucho más calor —uno de esos miniveranos que cada día son más comunes en la costa vasca—. Yo había subido a la ermita de San Pedro de Atxarre y había descendido por el lado del mar. Hacía calor y me encontré aquella playa preciosa, Laga, donde solo había unos cuantos surferos cabalgando sobre las olas.

Llevaba una buena sudada y me apeteció darme un baño. No supe apreciar el peligro de esas olas brutales y esa resaca espumosa color arena. Fui sorteando las olas por debajo, nadando mar adentro para evitar la rompiente y, cuando quise darme cuenta, una poderosa resaca me tragaba mar adentro.

Hice todo lo que debes hacer para morir ahogado: me puse nervioso y empecé a nadar desesperadamente y en línea recta hacia la playa… Cuando ya llevaba unos cinco minutos haciéndolo, comencé a sentir calambres, a tragar agua…, estaba a punto de morir de una forma bastante estúpida cuando apareció por allí una surfera vestida con su neopreno negro. Cualquier otro hubiera sido bienvenido (un surfero calvo y con perilla, por ejemplo), pero que fuese Erin elevó el momento a la categoría de «aparición celestial». Me gritó: «¡Cógete de la tabla!», y lo hice, sin dejar de toser agua y darle las gracias.

«No hables. Respira».

Un par de surferos salieron a la playa con nosotros. Se aseguraron de que no me moría y me pusieron unas toallas encima para que entrase en calor. Uno de ellos era Joseba, el padre de Erin. Fue él, en realidad, el que me invitó a su casa.

«No podemos dejarte aquí con el susto que llevas en el cuerpo. Anda, no hay nada que no se arregle con un buen chocolate caliente».

Erin y su padre eran amantes del surf (Mirari no era muy fan del agua), y solían pasar algunos fines de semana en una cabaña de madera, muy cerca de la playa. La cabaña estaba «instalada» en las faldas de la montaña, por la misma senda por la que había bajado. Era una de esas casas modulares, como cajones, que se instalan de una pieza, con una base de pilastras de madera. Resultó que Joseba era el arquitecto que las diseñaba. También era el fundador de una empresa, Edoi Etxeak, que se dedicaba a construir y vender casas y edificios de madera por todo el mundo. Eran los líderes absolutos de su sector en España. O sea, que les iba de cine y ganaban dinero a carretas.

De todo esto me enteré esa misma tarde, al calor de una chimenea y con una taza de chocolate en las manos. Joseba era un gran conversador y yo me mostré muy interesado por todos los detalles del negocio de las casas modulares. En serio: de verdad estaba interesado, pero también es cierto que cualquier excusa era buena para seguir allí, sentado tan a gusto al lado de su bellísima hija. Reconozco que estaba hechizado con Erin. Tan guapa, silenciosa, tan misteriosa. Ella se dedicaba a mirarme sin decir palabra, como si todo aquello la divirtiera de lo lindo. A fin de cuentas, yo era su pesca de esa mañana. Me había sacado de las aguas y le pertenecía. Se lo dije así, a modo de chiste, cuando me condujo hasta la casa de Punta Margúa, a última hora del día.

«Ahora que me has salvado la vida, te debo la mía. Puedes hacer conmigo lo que quieras».

«¿En serio? Vale —dijo divertida—. Pues dame algo de tiempo para pensarlo».

Esa noche, cuando nos despedimos, me quedó la sensación de que había saltado alguna chispa entre Erin y yo. Solo era una sensación, pero rápidamente me quité esa idea de la cabeza. A una belleza como ella no se le había perdido nada en mi jardín. Además, a menos que regresara a esa playa a intentar ahogarme otra vez, pensé, no volveríamos a vernos nunca más.

Me equivocaba en ambas cosas. Esa misma noche, según yo relataba mis desventuras playeras en la cocina de Villa Margúa, recibimos una llamada telefónica de la casa de los Izarzelaia.

«Cuando mi hija me ha explicado dónde vivías —dijo Mirari—, he sabido que debías de ser tú, el hijo de Begoña Garaikoa».

Y así supe que Mirari, la madre de Erin, había conocido a mi madre. De hecho, habían sido buenas amigas en su juventud. Y después de tantos años, el mar nos había hecho encontrarnos otra vez.

Una hora más tarde estábamos ya en la cabaña, desnudos bajo un vaporoso chorro de agua. Erin había encendido unas velas aromáticas, puesto música de Otis Redding y me estaba dando un magnífico masaje de espalda. Empezó a frotarme con la esponja muy suavemente, de arriba abajo, hasta que tuve la espalda bien enjabonada. Entonces se centró en mi trasero. Y después de eso, pasó la esponja a la parte delantera y se topó con la barrera levantada.

—Uy… ¿Y esto?

—Esto es un regalito de aniversario.

Castigado de cara a la pared, dejé que Erin me hiciera aquella deliciosa manualidad con aroma a champú hasta que ya no pude más.

—¡Para, para…!

—¡¿Qué?!

—Es que el surf me ha dejado hecho polvo, Erin. Creo que solo tengo un cartucho.

—Vale, pues vamos a gastarlo.

Salimos de la ducha y nos dejamos caer sobre la cama del dormitorio principal. Las cortinas abiertas. ¿Qué importaba? Solo nos podían ver desde allí las gaviotas.

La cabaña estaba situada sobre la playa de Laga, con su terraza sustentada por unos pilares vertiginosos entre los árboles. Era una maravilla del mimetismo, al estilo de la famosa casa en la cascada de Frank Lloyd Wright. Mucha gente se paraba en la carretera para sacarle fotos. Era casi como un cartel publicitario de la empresa de Joseba.

Erin se me colocó encima y yo le pregunté por un preservativo. Resultó que nos los habíamos dejado en el coche, así que lo hicimos jugándonosla un poquito. Y pasó el clásico accidente que suele pasar con la marcha atrás.

—¿Estás seguro? —preguntó ella al terminar.

—Joder. Nunca se puede estar del todo seguro. Pero creo que no.

Erin se tumbó mirando al techo.

—Si me dejas embarazada, tendrás que casarte conmigo —dijo con voz de estar bromeando.

Se rio. Yo también, aunque el comentario me recordó la escena de la casa de Leire y Koldo, y el asunto de los bebés.

—Oye, ¿podemos hablar de eso?

—¿De qué?

—De lo del bebé. El otro día lo mencionaste en casa de Leire y… Bueno…, me sorprendió un poco. ¿De verdad te lo planteas?

—No sé. Por un lado me da mucho miedo. Por el otro… ya tengo casi treinta.

—Vale. Claro.

«Glups».

—Y ¿qué piensas tú de eso?

—¿Yo? Bueno. No lo había pensado realmente.

—Los tíos no soléis pensarlo. Aunque ponéis todos los medios, eso sí.

—¡Oye, que lo de la marcha atrás no se me ha ocurrido a mí solo! —protesté.

Erin se rio.

—¿Te gustaría tener familia?

—Sí… Yo crecí solo, con mi madre, y me moría de envidia cuando veía esas grandes familias reunirse en Navidad. Pero me da miedo ser un padre cabrón.

—¿Un padre cabrón?

—Mi padre biológico me abandonó. Después tuve un padrastro que me amargó la vida. No sé. Temo convertirme en otro desperdicio de padre.

—Bueno, el hecho de que te lo plantees ya dice mucho de ti, Álex.

Erin se me abrazó y yo me quedé quieto, mirando las copas de los árboles a través de una claraboya que quedaba justo encima de la cama.

—Yo, cuando era niña, solo quería eso: hermanos, hermanas… —dijo ella—. Mis padres solo pudieron tenerme a mí y fue casi de milagro. Al parecer mi madre tenía un problema en el útero. Creo que, durante un tiempo, pensaron en adoptar… pero al final no lo hicieron.

Nos pusimos a preparar la cena. Erin había ido a comprar el menú a una de las mejores pescaderías del valle. Almejas de carril, que íbamos a hacer en salsa verde, unas navajas al limón y dos cigalas. Y para regar semejante tesoro, un albariño, cómo no. Erin se había puesto el delantal y manejaba los pucheros, así que me mandó encargarme del postre en la Thermomix.

—Hay un libro de recetas en el salón. Ve a buscarlo.

La cocina y el salón estaban separados por un muro de metacrilato. Eso —como ya sabía ahora que era un miniexperto— transportaba la luz, pero compartimentaba la temperatura. En el salón, un fuego recién encendido cogía fuerza en la chimenea. El resplandor de una rodaja de luna se reflejaba en el mar y daban ganas de cenar en la terraza de madera, pero soplaba una brisa fría.

Me acerqué a la estantería en busca del libro de recetas. Era un mueble de roble precioso, con unos pequeños leds incorporados que iluminaban cada estante. Había allí libros de todo tipo: arquitectura y decoración, sobre todo; libros sobre niños y educación y algunas novelas apiladas en el estante del medio. Empecé a ojear los lomos en busca del libro de recetas cuando de pronto tuve una intuición. «Escritor». Me centré en ese estante de novelas. Casi todo eran autores vascos como Atxaga, Toti Martínez de Lezea, Alaitz Leceaga, Ibon Martín… Fui mirando los libros uno a uno, hasta que me fijé en un volumen que quedaba justo al final. La portada representaba una foto de un pueblo muy parecido a Illumbe y el título, en letras romanas, decía El baile de las manos negras. Había algo en ese libro que sonó como una campanilla en el interior de mi cabeza. Su autor, desconocido para mí, era un tal Félix Arkarazo. Y eso volvió a resonar como un pequeño aldabón en alguna parte de mi memoria. Con el pulso acelerado y la mano temblorosa, saqué el volumen de la estantería y le di la vuelta. Había una foto en la contraportada.

El escritor aparecía vestido con una guerrera, con un fondo de pinos que podría ser cualquier sitio verde del mundo. Era el mismo tipo delgado, con nariz en pico y negras barbas que yo recordaba muerto sobre el suelo de la fábrica Kössler. Solo que en la foto sonreía. Jamás me lo había imaginado sonriendo.

—¿Álex? —llamó Erin desde la cocina—. ¿Lo has encontrado?

¿Sabes esas veces en las que sigues quieto, pero parece que estés viajando a mil kilómetros por hora? Así era como me sentía. Absolutamente petrificado mientras una suerte de huracán rugía a mi alrededor.

Félix Arkarazo (Illumbe, 1965) es un periodista y escritor vizcaíno. Tras una carrera como articulista político y de sociedad, se estrena con su primera novela, El baile de las manos negras, una crónica atemporal de personajes, pasiones y terribles secretos que subyacen bajo la aparente normalidad de una pequeña comunidad costera.

—¿Estás ahí?

—¡Sí! Ahora voy… —dije mientras devoraba aquella contraportada.

«¡Más de cien mil lectores!».

«El libro del año, probablemente. El País».

«Una de las historias más apasionantes que he leído jamás. Cultura hoy».

Volví a la cocina con el libro en las manos, medio mareado. Erin estaba a punto de sacrificar dos cigalas en un puchero de agua hirviendo.

—He encontrado este libro. Parece interesante, ¿te lo has leído?

—¿Qué libro? —dijo ella sin mirar.

—El baile de las manos negras.

—¡Ah! Todo el mundo en Illumbe se lo ha leído. —Metió la primera cigala en el agua hirviendo—. ¡Ay! Qué pena me dan. Pero después están riquísimas…

—Parece que vendió un montón —dije—. ¿De qué va?

—Bueno, es una novela del estilo de…, no sé. ¿Conoces Atando cabos de Annie Proulx?

—No.

—Es un estilo, aunque mucho peor. La historia de un tipo que llega a un pueblo a trabajar en un café y comienza a conocer a los personajes de la zona. El pueblo del libro se llama Kundama, un nombre imaginario, claro. El autor se refiere a Illumbe todo el rato.

—Lo he supuesto por la foto.

—Lo mismo pasa con sus personajes —dijo Erin—. Félix les puso nombres imaginarios, pero todo el mundo los reconocía. Ahí está el primer problema. El libro es un gran plagio de la vida real.

—¿Qué quieres decir? ¿Usó personas reales?

Erin asintió.

—Eso es. Fue un escándalo. Cogió todos los chismes y cotilleos del pueblo y los puso en su novela.

—¿En serio? ¿Como qué?

—Oye, ¿has encontrado la receta del sorbete?

—No… Ya voy.

Volví al salón sintiendo el corazón a mil por hora. Dejé el libro de Félix Arkarazo sobre uno de los sofás que había frente a la chimenea. Eché una última mirada a su foto, como si no acabara de creérmelo. Pero era él, no tenía ninguna duda. De pronto encajaba como un guante en mis recuerdos. Yo había hablado con ese tío el viernes por la noche, en algún lugar. Y después, por muy increíble que me pareciera, lo había matado.

Durante la cena, sentados en una mesita con vistas al océano y dos velas, estaba realmente distraído. No podía parar de pensar en todo eso, y de mirar el libro de reojo.

—Álex, ¿te pasa algo? —dijo Erin en determinado momento—. Llevas toda la cena sin decir una palabra.

—Qué va…, estoy un poco cansado. Eso es todo.

—¿No será por eso que hemos hablado de los bebés?

—¿Qué? No, no tiene nada que ver con eso.

—¿Seguro? Ha sido hablar de ese tema y que te pongas muy raro.

—Ahora mismo no tengo la cabeza muy en su sitio, Erin, perdona.

—Vale. —Me cogió la mano en un gesto cariñoso—. Espero que si te pasa algo por la cabeza, me lo cuentes, ¿vale? Sea lo que sea, Álex. Quiero que podamos ser sinceros el uno con el otro.

El hombre muerto. Félix. La boca abierta. El golpe en la cabeza.

—De acuerdo. Oye, quizá esta noche prefiera volver a casa.

Noté que ella se quedaba un poco sorprendida por aquello. Pero después no puso pegas.

—Claro. Tomemos el postre y te llevo.

Era nuestra cena de aniversario y la estaba jodiendo bastante. Pero solo fue el principio. Intenté centrarme en la conversación. Teníamos que reorganizar nuestra escapada a Francia. Además, Erin llevaba meses planeando un viaje por los Estados Unidos y nos dedicamos a hablar de eso mientras tomábamos el sorbete que había preparado —con bastantes pocas ganas— en la Thermomix. La idea era volar hasta Los Ángeles y alquilar allí una autocaravana. Durante las largas vacaciones que Erin tenía como maestra podríamos visitar todos los paisajes naturales de la Costa Oeste, incluido Yellowstone. El precio de este sueño rondaba los cinco mil euros, de los cuales yo no podía aportar ni siquiera el billete de avión a Madrid.

—No te preocupes por eso —dijo ella.

—Sí me preocupo. Me gustaría poder pagarme mi propia vida.

—Pero tenemos el dinero, Álex, ¿por qué te preocupas? Si no lo tuviera, no haría este plan. Además, ¿tú no me invitarías a mí en el caso contrario?

—Creo que ese caso no se dará nunca, Erin. Solo soy un jardinero.

—Bueno —dijo ella—, eso no lo sabes.

Terminamos de cenar, recogimos en silencio, tensionados por esa conversación. Pensé que la cena había sido un desastre por mi culpa. Encontrar ese libro no había ayudado en nada precisamente.

—¿Me lo puedo llevar? —dije antes de que saliéramos por la puerta.

Esa noche, cuando Erin me dejó en Punta Margúa, estaba revuelto, nervioso… Era cerca de la una de la madrugada, pero sabía que no podría pegar ojo. Me metí en la cama, encendí mi móvil y me puse a investigar en internet.

El buscador devolvió toneladas de material sobre Félix Arkarazo. Artículos y fotos que ayudaron a construir aquel relato que Erin ya me había adelantado en parte: la ópera prima de Félix Arkarazo fue el fenómeno literario del año 2014. Vendió cientos de miles de ejemplares, se tradujo a doce idiomas y una productora compró los derechos audiovisuales para una película que, al parecer, estaba a punto de completarse.

El baile de las manos negras era la descripción de un pueblo. Corrupción, infidelidades, mentiras y venganzas que por lo visto eran sumamente reconocibles en Illumbe. El libro había destapado un polvorín de acusaciones y enfrentamientos entre los vecinos, hasta el punto de que un médico, el doctor Aranguren, había llevado a juicio a Félix por «desvelar informes médicos privados». En realidad, lo que Félix había destapado eran sus múltiples aventuras con camareras y empleadas del hogar, lo que le costó el divorcio.

Leí alguno de esos artículos que aparecían aquí y allá. En uno, del suplemento cultural de El País, el titular decía así:

FÉLIX ARKARAZO: «LOS PUEBLOS PEQUEÑOS ESTÁN LLENOS DE TERRIBLES SECRETOS»

Leí un poco el artículo. Félix se pavoneaba por su afilada pluma y la arriesgada maniobra de retratar personas reales a través de sus personajes: «Soy escritor, ¿qué se pensaban que estaba haciendo cuando me contaban todas esas historias? Para un escritor todo es material. Un escritor no deja nunca de recopilar material. Ese es nuestro trabajo».

Yo solo podía pensar en una cosa: ¿qué hacía una celebridad literaria como él en la antigua fábrica Kössler la madrugada del sábado?

No podía dormir, así que cogí el libro y bajé al salón dispuesto a pasar una larga noche de lectura. La temperatura había caído unos cuantos grados y había comenzado a llover. Entonces pensé en esa piedra ensangrentada que todavía guardaba en mi bolsa Arena. Dejé el libro sobre el sofá y bajé. Si la casa estaba fría, el garaje era como un congelador. Levanté la vieja manta polvorienta y abrí la bolsa Arena. Todavía envuelta en una bolsa de plástico estaba esa piedra. La cogí y la sopesé en la mano derecha. ¿Cómo había sido? ¿Un golpe seco? ¿Varios?

Subí de nuevo y salí al jardín. Caminé hasta la valla. Abrí la cancela y seguí adelante. Tan lejos de la casa, sin la presencia de ninguna farola, aquello era la negrura más absoluta. Solo yo, el mar y algunas estrellas que aparecían entre las nubes.

Me acerqué al borde del acantilado. Abajo se podían ver los crespones de las olas rotas contra la pared de roca. Saqué la piedra de su bolsa.

«No sé por qué estabas allí, esa noche, Félix Arkarazo. No sé qué demonios pasó entre nosotros. Pero está claro que no fue nada amigable».

Cogí impulso y la lancé al vacío. Me pareció oírla golpeándose ahí abajo, en el infierno de arrecifes y rocas.

Había destruido la prueba del crimen. Pero me di cuenta de que eso no sería suficiente. Mientras no supiera qué había ocurrido en esa fábrica el sábado de madrugada, seguiría a merced de los acontecimientos.

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