El mentiroso

El mentiroso


4. El baile de las manos negras » 1

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El Trumoi —así se llamaba el bote del abuelo— estaba montado sobre un remolque en la rampa de botadura. Lander Goiri, el encargado de la lonja de invernaje donde llevaba meses dormitando, le daba los últimos retoques mientras el abuelo y yo esperábamos con un par de cafés con leche hirviendo que nos había puesto Alejo en unos vasitos de cartón.

Eran las siete de la mañana. Hacía frío. El cielo estaba encapotado y solo se habían despertado las gaviotas. Yo miraba esa agua del puerto —que parecía helada—; miraba a Goiri, que botaba el Trumoi descalzo y mojándose los pantalones; miraba a mi abuelo, que parecía tener la piel hecha de plástico impermeable (vestido solo con un jersey y una boina) y me preguntaba qué pecado cometí en una vida anterior para tener que pagarlo tan caro. Había pasado una noche de insomnio, casi totalmente en blanco, esperando la llegada de la policía. Calculaba que esa madrugada habrían encontrado el cadáver y mi ADN en aquella ventana. Era el final y me había mentalizado para ello. Pero nadie llamó a mi puerta. Solo mi abuelo, a las seis y media de la mañana. «Arriba, marinero».

—Vale, badago prest!

Pagamos a Goiri. Rellenamos el combustible, cargamos las cañas, los aparejos y el almuerzo. Arrancamos el motor, que sonó como un trueno, y mi abuelo dirigió el botecito, con un suave chop-chop, hacia la bocana del puerto. A esa velocidad, y con un mar abierto ante nosotros, era un vehículo que todavía podía manejar sin ser un peligro para nadie.

El sol no había salido aún, pero ya se percibía la claridad del alba. Una gran masa de nubes flotaba sobre el horizonte lejano. Tenían la panza muy negra y yo me preocupé un poco por ellas.

—Tardará una hora en llegar aquí, si no cambia el viento —sentenció mi abuelo.

Me senté en la proa y traté de liarme un cigarrillo mientras el Trumoi iba rompiendo una ola detrás de otra por aquel mar rizado de la mañana. Nos acercamos al viejo islote de Ízaro: una roca situada en la desembocadura del estuario, y en cuya cumbre exhibía aún los restos de un viejo monasterio arrasado por los piratas de sir Francis Drake.

—Aquí abajo hay una ciudad de peces, Álex. Cojamos solo lo justo.

Había una playa escondida en la cara noreste de la isla, y junto a la playa se conformaba una pequeña ensenada natural, bien protegida del golpe del norte. Fondeamos allí y mi abuelo se puso a preparar el cebo de calamares y sardinas. El agua estaba tan limpia que podías ver el lecho de arena y roca, y varios tipos de peces que iban y venían.

—Vaya sitio —dije, maravillado—, y ¿se puede subir a la isla?

—Hay un camino. Si quieres, podemos verlo después. Pero ahora ocupémonos de los peces. Que llevan ya un rato despiertos.

Echamos las cañas y nos quedamos allí en silencio, con el motor apagado, escuchando el chapoteo de las olas contra nuestro casco. Acababa de amanecer y el sol daba de lleno en la pared de la isla. Un cormorán pescaba a solo cincuenta metros de nosotros, en medio de esa luz mágica de la primera hora. Un arcoiris roto en varios pedazos aparecía aquí y allá, entre ratos de lluvia y rayos de sol. Aquello logró que me olvidase de mis miedos, por un momento.

Fumamos y bebimos el café, en silencio. El abuelo tenía la mirada perdida en el horizonte. Un largo carguero cruzaba el océano muy lejos.

—¿Lo echas de menos?

—¿Qué?

—Lo de ir de aquí para allá. Con el carguero. ¿En eso pensabas?

El abuelo fumó una larga calada. Después exhaló el humo y habló.

—Lo que estaba pensando es que quizá sea la última vez que salgo a pescar.

—¿Por qué dices eso?

—Se ve que has dormido como un leño. Esta noche me he despertado a gritos. No sabía dónde estaba. Ni quién era yo. Dana ha entrado y tampoco sabía quién era ella. Casi le tiro el despertador a la cara.

Supuse que eso habría ocurrido en alguno de mis escasos momentos de sueño la noche pasada.

—Lo siento mucho, aitite. ¿Cuánto ha durado?

—Muy poco, pero ha sido… horrible…

—Escucha, Joseba me habló de un neurólogo muy bueno, en Bilbao. Tiene una clínica privada y…

—Ya tengo los mejores neurólogos, Álex —me cortó el abuelo—. Y cuando me hablan, tienen la sonrisa de la muerte pintada en el rostro. ¿Sabes lo que es? A un viejo como yo no le van a decir la verdad. Pero la verdad es que iré consumiéndome. Lo de hoy solo ha sido un pequeño aviso de lo que está por venir.

—Eso no lo sabe nadie —dije yo—. Te dijeron que también podía ser algo psicológico…

El abuelo sonrió con tristeza.

—Luchar está bien, Álex… Pero a veces, en la vida, toca resignarse.

Dio otra larga calada y dijo que era mejor guardar silencio o los peces se irían a otra parte. Y yo me quedé con el corazón encogido, mirando aquel agua. Pensé que tenía que volver a hablar con Joseba y preguntarle por ese neurólogo. Llevar al abuelo, que lo mirasen. Pero… ¿seguiría en pie la oferta de Joseba cuando la policía viniera a detenerme? Porque estaba seguro de que eso iba a ocurrir tarde o temprano. A esas horas la policía ya estaría tomando muestras de ADN en la fábrica Kössler… ¿Cuánto iban a tardar en relacionarlas conmigo?

Intenté respirar y tranquilizarme. Me concentré en la pesca y saqué una dorada de muy buen tamaño. Junto con otras dos que pescó el abuelo, ya había suficiente para comer, así que llevamos el bote hasta un pantalán que surgía de entre las rocas. El abuelo me dijo que me enseñaría una vista estupenda del acantilado.

De un caminito entre las rocas, pasamos a un sendero entre la hierba. Llegamos a lo alto del islote y nos acercamos al antiguo monasterio. Lápidas con los nombres ya borrados, viejas piedras. Nos sentamos contra una pared a cubierto del viento y la lluvia, y sacamos los bocadillos y una bota de vino.

—Mira.

Mi abuelo me señaló Punta Margúa. Desde allí, la casa parecía de juguete. Y siguiendo la línea de aquel acantilado se veía el antiguo restaurante Iraizabal.

Eso me recordó algo:

—Ayer, Ane me habló de Floren, su primer marido. No sabía que todo había ocurrido tan cerca de nuestra casa…

De pronto, mi abuelo se giró y me miró con dos ojos negros y profundos. Fue una reacción tan brusca que, por un instante, pensé que había metido la pata por alguna razón. Después su mirada se relajó.

—Fue en aquel pinar, ¿lo ves? —Señalaba hacia uno de los pinares de Punta Margúa—. Allí fue donde saltó. O quizá se cayó, nunca se supo demasiado bien. En realidad, le hizo un favor a mucha gente…

—¿Lo dices por la empresa? Ane me dijo que Floren iba de mal en peor dentro de Edoi. Y que le estaban presionando para vender su parte… Su muerte lo facilitó todo.

—Ah, eso… también.

—¿También? ¿Es que hay algo más?

—No, da igual.

—¡Venga, aitite!

Bebió un trago de la bota y se limpió los labios con la manga del jersey.

—Floren también le hizo un buen favor a Ane muriéndose. Se había convertido en un monstruo.

—¿Quieres decir que la maltrataba?

El abuelo asintió.

—¿Te lo dijo ama?

—Bueno, a mí nunca me contaban demasiado, pero no hace falta ser muy listo para atar cabos. Que si un ojo a la virulé, que si manga larga en un día de verano… En el pueblo a nadie se le escapaban estos detalles. Y tu madre debió de enterarse también. Vino a Illumbe a convencerla de que le abandonara. Precisamente esa noche, la noche en la que Floren se mató, estaban las tres cenando.

—¿En casa?

—No… —dijo el abuelo—. Esa noche estaba yo solo en Punta Margúa. Ellas estaban en casa de Ane, creo.

—¿Y qué hacía Floren en Punta Margúa?

—Eso nadie lo sabe. Dicen que estuvo bebiendo en el restaurante, que salió borracho y… Pues eso. Lo más seguro es que decidiera terminar con su miserable existencia. Estuve en el funeral y allí no vi demasiadas lágrimas, desde luego. En fin…, un desgraciado menos. Y yo me alegré mucho por Ane… Aunque la verdad es que no tiene buena puntería con los hombres. ¡Mira que acabar con el tío de Urtasa!

Sobre las diez y media comenzó a llover y mi abuelo arrancó el Trumoi. Volvimos a Illumbe, dejamos la pesca en un barril de hielo en la lonja y fuimos de poteo por los bares del pueblo, que, siendo domingo, estaba bastante animado.

Mi abuelo se fue encontrando con gente. Era imposible dar dos pasos sin saludar a alguien. Me presentaba como su nieto y después se ponía a hablar en euskera. Mi madre me hablaba en euskera de niño y yo podía seguir las conversaciones hasta un punto, pero aquello no solo era vizcaíno, sino vizcaíno «de aquel valle», lo cual convertía esas conversaciones en una especie de protocolo encriptado de 128 bits.

Entre vino y vino yo miraba la calle. Un coche de la Ertzaintza se detuvo a unos metros de nosotros y el corazón me dio un vuelco antes de que reanudara su marcha, aunque tardé un poco en recobrar la serenidad. «Tranquilízate, Álex, es demasiado pronto». Después, en el bar de Alejo, seguí con atención las noticias de la tele. Pero allí no decían nada de Félix ni de ningún cadáver hallado en ninguna vieja fábrica. La noche anterior, aquellos chavales tenían que haber encontrado el cuerpo. ¿Cómo es posible que no hubiera nada en las noticias? Pensé que quizá la policía lo mantenía en secreto por algún motivo… Quizá estaban investigando las pistas, las huellas… y se tardaba algo de tiempo en analizar todo eso.

Dos vinos más tarde, empecé a intentar verlo desde un ángulo positivo. La noche anterior, antes de que llegaran los juerguistas, me había dado tiempo a limpiar en profundidad. Solo había dejado un poco de sangre en un cristal, en una ventana en lo más alto de la fábrica. ¿Era posible que la policía no lo hubiera visto?

Volvimos a Villa Margúa, pusimos las doradas al horno y las comimos con un chacolí. Después subí a mi habitación. Mi cuerpo necesitaba recuperar algo tras mi noche de insomnio y caí sin darme cuenta.

Me desperté a las seis de la tarde. En las noticias seguían sin decir nada sobre Félix. Eso era bueno, supuse.

Por otro lado, Erin seguía sin dar señales de vida. ¿A qué estaba jugando? En su cuenta de Instagram había subido una fotografía de sus dos pies apoyados en el salpicadero del coche (el de Leire, deduje) y con los hashtags #findeDeChicas y #surfinLesLandes.

«Vaya, qué guay —pensé sin poder evitar que un amargo resquemor me trepara por la garganta—, parece que te lo estás pasando pipa. Gracias por ni siquiera dignarte a responder mi mensaje». Le di un «me gusta» a su foto aunque en realidad no me gustaba. Lo hice en plan venganza. «Estoy aquí. Gracias por ignorarme».

Después, me arranqué y le escribí lo siguiente:

Hola, Erin. No hace falta que respondas a este mensaje. Me alegro de que lo estés pasando bien en Biarritz. Solo quiero decirte que te echo de menos y que espero que nos podamos ver esta semana y charlar. P. D.: Por cierto, necesito el teléfono de Denis.

Esta vez tardó menos de cinco minutos en responder.

Sí, estoy en Biarritz con Leire. Volvemos esta noche, muy tarde. Te paso el número de Denis, pero siendo domingo, casi seguro que estará nadando en el Club.

Ni un beso, ni un emoticono, nada. Vaya, las cosas pintaban realmente bien entre Erin y yo.

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