El engaño

El engaño

Mercedes Salisachs • TiempoDeLectura6min

Desde que había enviudado, la vida era para ella una continua lucha entre su abulia y su actividad, un desconcierto permanente, un manejo de porqués dispuesto a devorarla al menor desaliento.

 Tenía tres hijos y tres nueras. Tres hijos que ya no se parecían a los que ella había dado a luz: ni siquiera eran ya tres consecuencias de un amor esfumado: eran simplemente eso: tres hombres que la llamaban madre.

 Mientras fueron niños pudo tenerlos junto a ella. Nunca barruntó que algún día podría perderlos. Había luchado tanto para defenderlos… Las amenazas eran constantes: había fantasmas acechando: la incultura, la inmoralidad, los terrores, el frío, las enfermedades… Luego era necesario planear el futuro, había que dejar bien resuelto el porvenir. Las amigas se reían de ella: «Tanto afanarte para nada…». Ella se defendía: «Algún día serán mayores…». Por eso goteaba sobre los tres hijos tanto amor y tanta esperanza.

 En cierto modo, aquellos tres hijos eran su seguro de vida : «Con ellos lo tendré todo…». Eran buenos, comprensivos, nunca se rebelaban, y si alguna vez lloraban también sabían reír.

 Nunca imaginó que, andando el tiempo, cuando el declive de su vida comenzara, ella pudiera ver aquellos retazos de sí misma, desprendidos de su propia persona, como se desprenden las serpientes de la piel, o los racimos de la vid.

 No eran malos hijos: simplemente, la ignoraban. Poco a poco, y sin saber cómo había ocurrido. se habían acostumbrado a prescindir de su compañía. Eso era todo.

 Y empezó la soledad. Una soledad extraña, insospechada, como si estuviera llena de un vacío agresivo que arañase sus entrañas.

 De pronto los arañazos fueron más agudos: la herían allá, en el bajo vientre, como garfios despiadados. Pensó: «Así de siniestra es la soledad».

 Intentó acostumbrarse a ella. Hablaba consigo misma, dialogaba con las paredes, tomaba narcóticos para dormir. En fin de cuentas, todo lo que ella estaba pasando era propio de la vida. Todos hacemos lo mismo. Cuando nos despedimos de la infancia, Todos tenemos derecho a nuestro mundo privado, a nuestras prisas particulares, a nuestros ajustes y reajustes propios.

 Por eso jamás los censuraba, ni los culpaba, ni se compadecía a sí misma y, por supuesto, nunca se atrevió a reprocharles el destierro a que la habían condenado.

 Lo peor era su debilidad física. Ella siempre había sido una mujer fuerte, de contextura recia y espíritu emprendedor. ¿Se estaría ahogando en un vaso de agua? Era absurdo que las penas del alma pudiesen influir tanto en la carne. Pero lo cierto era que el alma le estaba doliendo en el cuerpo y nada, ni siquiera los recursos más socorridos, podían aliviar las dentelladas de su soledad allá, en el bajo vientre.

 Intentó rehacerse. Era necesario luchar contra la abulia, contra el desaliento; no había que dejarse vencer por la tentación de los autorreproches: «Tal vez me equivocara, quizá eligiera un camino torcido, un callejón sin salida… Acaso no debí decir aquello o hacer aquello otro…». Dudaba de todo: de su comportamiento pasado, de sus proyectos mal recabados, de sus gustos y elecciones, y se repetía mil veces que su vida había sido un puro fracaso, un estruendoso y absurdo error.

 Hasta que un día, cuando menos lo esperaba, se produjo el cambio.

 De la noche a la mañana los tres hijos con las tres nueras, empezaron a frecuentar su casa.

 Las excusas de siempre (aquellas que fingían trabajos urgentes, o enfermedades repentinas, o viajes imprevistos) dejaron de mencionarse.

 Llegaban hasta ella con expresión jugosa y mirada afable, Le hacían preguntas. Se interesaban por todo, querían saber: «¿Qué comes? ¿Qué te divierte? ¿Qué te gustaría hacer?».

 Igualito que antaño…

 Ella no entendía aquella súbita metamorfosis. A decir verdad, no le importaba gran cosa. La mala racha había pasado y todo volvía a su cauce. Aquello era verdaderamente importante. «Como en otros tiempos», pensaba. Casi parecían niños aquellos hijos maduros. Le explicaban sus cuitas, se deshacían en pormenores, la colmaban de regalos. Recordaban: siempre andaban recordando: «Aquella vez cuando te enfadaste tanto…», o «Siempre firmabas tú las notas…» o «El día que descubriste lo del helado…». Y reían, reían con risas naturales, como las de antes, risas sin resquemores, ni prisas ni rémoras molestas…

 Era gracioso verlos a los tres esforzándose tanto por recuperar el pasado, aquel pasado que tanto la había atosigado cuando estaba sola hasta convencerla de su torpeza. Ya no se sentía torpe, no imaginaba que su vida había sido un fracaso.

 Fue una época feliz, muy feliz. Si hubo lagunas de resentimientos, se habían esfumado. Nada importaba que aquella soledad, tan vacía, la hubiera debilitado durante años y años. Lo esencial era haber vencido el temporal, saber que las aguas revueltas se habían encalmado y que ella, al fin, podía navegar segura por el mar de los afectos recuperados.

 A veces el trasfondo de las suspicacias le venía a decir que aquel cambio no era lógico. Había cosas incomprensibles; situaciones desusadas, que por mucho que intentara ahondar en ellas, no alcanzaban explicación, Pero tampoco aquel conato de duda la atormentaba demasiado. ¿Qué importaba la causa del cambio? Lo importante era que se había producido. Aquel hecho era suficiente.

 Sin embargo en el foso de su egoísmo (un egoísmo pequeño y tímido) algo le decía que los cambios no se producen sin una razón de peso. Pero su vanidad (su pequeña y tímida vanidad) la obligaba a creer que, en tratándose del amor de los hijos, las razones de peso eran siempre circunstancias endebles. ¿Qué razón de peso mayor y más sólida que los lazos de la sangre?

 Y así vivió una temporada corta, muy corta: aceptando el cambio sin buscar la causa, sin querer bucear en el misterio de lo incongruente ni pretender averiguar…

 Luego llegó la verdad. Cayó sobre ella de golpe. Lo supo de pronto como se saben los rayos que fulminan. Entró en ella sin delicadezas ni paliativos, sin miramientos ni tactos.

 Se lo dijeron bruscamente (a espaldas de los hijos) porque a las mujeres fuertes hay que hablarles sin tapujos y sin remiendos: lisamente, fríamente, para que sepan a qué atenerse: tenía los días contados por los garfios del bajo vientre. En otras palabras: estaba a punto de morir.

 Lo primero que pensó fue: «Pobres hijos : van a sufrir mucho cuando lo sepan. Precisamente ahora…».

 Luego se dio cuenta de que aquel «ahora» jamás se hubiera producido si los hijos no lo hubieran sabido ya.

 Recordó sus atenciones, su empeño en no dejarla sola, las sonrisas estereotipadas de las nueras, las conversaciones recuperadas, los recuerdos de la infancia tan llevados y traídos… Y todo tuvo ya un significado concreto.

 Lloró un poco, Sólo un poco, La alegría de haber recuperado a sus hijos no le permitía llorar. Y se dijo que la felicidad de tenerlos nuevamente junto a ella, bien merecía pagarse con la muerte.

 Mil veces anduvo en tentaciones de desahogarse con ellos y confesarles que ya no desconocía la causa del cambio. Pero jamás cayó en ellas. Tenía miedo. Era mejor contenerse; tragarse el desahogo por si, para desmentirla, volvían a dejarla sola.

 Por eso calló y simuló encontrarse mejor que nunca y dejó que los hijos la creyesen ignorante, ingenua y bobalicona.

 En realidad era egoísta, tenía conciencia de ello. Pero los hijos nunca iban a saberlo. Debía engañarlos para no exponerse a perderlos. No le quedaba otra solución.

 Ninguno de ellos la vio triste, ni quejumbrosa, ni desalentada. Ninguno llegó a saber que ella sabía lo que sabían ellos.

 «Saber» oficialmente hubiera supuesto esclavizarlos. O apartarlos. O torturarlos, Había egoísmos así: generosos y liberales. Por eso optó por morir como si fuera a vivir. Todo era preferible antes que vivir muriéndose de vacío.

 Así engañó a sus hijos, sin traicionarse, sin dejar entrever la verdad. Y se fue de este mundo teniéndolos al lado, pegados a su cabecera, departiendo con ellos hablándoles de cosas vivas, de recuerdos alegres y de esperanzas insensatas… como antaño, como siempre.

 Por eso, cuando cerró los ojos, quedó en sus labios una sonrisilla irónica que nadie se explicaba.


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