El encuentro
Jhumpa Lahiri • TiempoDeLectura12min
En un día soleado de septiembre, dos mujeres se encuentran en el puente Sisto y se abrazan. Hace un año que no se ven. Pasan por encima de la baja cadenilla oxidada que bloquea el tráfico, en cuyos eslabones los enamorados cuelgan candados y con la que los peatones distraídos tropiezan. Son las dos pasadas, ambas tienen hambre.
Una, que se crio cerca del puente, está de luto: ha perdido a su padre hace pocas semanas, y sufre también a causa de su matrimonio, que está a punto de apagarse. Es una mujer pequeña con el pelo claro y recogido, grandes ojos verdes y una oreja tachonada de diamantes y pequeños anillos de oro.
La otra, una profesora universitaria, tiene el pelo oscuro, y también es oscura de tez. Es más alta que su amiga, y en esos días se siente también más feliz. Acaba de celebrar su cumpleaños en la playa, está muy morena y se siente rejuvenecida. No quería dejar de verse con esa amiga suya, en un momento tan difícil, en medio de la separación y del duelo por su padre.
—¿Cuándo has vuelto? —le pregunta a su amiga, dándole el brazo mientras caminan.
—Hace unos diez días. ¿Y tú?
—Antes de ayer.
La profesora también ha vuelto hace poco a Roma, no para afrontar una pérdida sino para disfrutar de un año sabático con su familia. Conoce bien la capital y le tiene cariño; viene a menudo por sus investigaciones y para dar alguna conferencia, sola o con su familia, de vez en cuando durante largos periodos, para estudiar la historia antigua de la ciudad.
Hoy, la señora de luto ha hecho una reserva en una casa de comidas que le gusta mucho, una de las pocas, dice, que se resisten obstinadamente, maravillosamente, al discurrir del tiempo.
—Así te enseño un sitio nuevo. A estas alturas, mi ciudad es también la tuya.
Para ir al restaurante pasan por debajo del elegante edificio donde vivían, durante la mayor parte del año, los padres de la señora de luto. «Se me hace raro pensar que él nunca volverá aquí», suspira ella, refiriéndose a su padre, un periodista que hablaba cinco idiomas y viajaba por todo el mundo, en otros tiempos. Sus padres pasaban los veranos en las montañas, en busca del fresco. El padre, que ya tenía más de noventa años, murió en la misma cama de las montañas en la que había nacido. La casa de la ciudad siempre estuvo deshabitada en verano, pero ahora, dice, está vacía de manera distinta.
La señora de luto le cuenta a su amiga que había entrado antes un momento en la casa para recoger un par de cosas que le hacían falta y que, al verse rodeada por cuadros, libros y otros objetos que pertenecieron a su padre, como es natural, se había sentido turbada.
—¿Estabas con él cuando murió? —le pregunta la profesora.
—Iba en el avión, no llegué a tiempo.
El restaurante está en una calle pequeña sin acera de una zona laberíntica y muy concurrida siempre. La misma zona donde, años atrás, la profesora había alquilado una casa para el verano, justo en la calle donde se crio la señora de luto. A las dos mujeres siempre les había gustado esa coincidencia, este lugar en común, aunque vivido en momentos diferentes, en circunstancias muy distintas.
Cuando llegan a la casa de comidas están a punto de pasar de largo, debido al muy discreto aspecto de la entrada, casi anónima. No se parece a los otros restaurantes de la zona, invadidos por los turistas. No se parece, por ejemplo, a la casa de comidas de unos pasos más allá, que había recibido con tanta calidez a la profesora y su familia casi todas las noches de ese verano. Aquel restaurante tenía botellas de vino en el escaparate y fuera sombrillas blancas y deshilachadas. Había que sentarse en sillas de plástico tambaleantes, en la plaza en cuesta, junto a muros agrietados, y a veces después de la comida y antes de traerles la cuenta, los dos hermanos que dirigían el local dejaban una botella grande de licor Averna sobre la mesa.
La casa de comidas en la que entran hoy tiene un aspecto más reservado, con dos puertas de cristal que pertenecen a dos edificios diferentes. Uno tiene tejas, mientras que la fachada del otro, lisa, está pintada a grandes bloques de color rosa y un anaranjado tenue. Una de las dos puertas está al lado de la entrada mientras que la otra sirve de ventanal. Ambas están hechas de vidrio esmerilado para dejar fuera las miradas de los transeúntes. Para entrar hay que llamar, y dado que la entrada está en ángulo con la calle, apenas puede verse un atisbo del interior.
Una vez dentro, la señora de luto saluda a la dueña, una mujer corpulenta de gafas finas y pelo blanco y corto. Luego reconoce y saluda a un señor sentado en una mesa de un rincón con un niño de unos seis años. Por su cálido intercambio de palabras, la profesora comprende que se trata de un viejo amigo suyo, que se ha criado como ella a tiro de piedra del restaurante.
—Siento darte la espalda —le dice la señora de luto mientras se sienta.
—Si quieres me pongo yo allí —le sugiere su amiga, así que intercambian los sitios y dejan sus bolsos en la silla del medio.
Sobre la mesa, un menú en una funda transparente: una hoja blanca con los platos mecanografiados. Sin embargo, de ahí no se mueve, las dos mujeres ni siquiera lo miran.
La dueña, que es también la cocinera y la camarera, les cuenta lo que hay de comer. Tiene unos brazos robustos y lleva puesto, encima de una camisa blanca de algodón con mangas cortas, un delantal. La señora de luto elige una verdura como entrante y luego un primero.
—¿Y a la morenita qué le traemos mientras tanto? —pregunta la dueña de manera expeditiva, sin dirigirse directamente a la profesora.
Al cabo de unos segundos ella contesta: «Para mí lo mismo», mientras percibe cierta sensación molesta, parecida a cuando las patas ligeras pero afiladas de un insecto amenazador se apoyan leves en la mano.
—¿Podrías explicarme a qué se refiere exactamente cuando dice «la morenita»? —pregunta la profesora.
—No le hagas caso, aquí se lo decimos a cualquiera que tenga el pelo oscuro —murmura la señora de luto, notando la leve incomodidad de su amiga.
La profesora se da cuenta, ahora que están sentadas, de lo exhausta que está su amiga.
—¿Duermes algo?
—Poco.
—¿Y comes?
—Hoy seguro que sí, aquí se come siempre muy bien.
Justo en ese momento la dueña les trae agua y una cestita con dos trozos de pan tan solo. Luego llegan las verduras hervidas, de un verde oscuro pero reluciente.
—Ten, cariño —le dice a la señora de luto. A la otra, en cambio—: Y lo mismo para la bella señora.
El nuevo epíteto, pronunciado de modo equívoco, con un tono áspero, le molesta de todos modos.
—¿Cómo están los chicos con todo esto? —le pregunta a su amiga de luto. Ambas tienen un hijo y una hija.
—A estas alturas se han hecho a la idea. Los he dejado con mi madre en las montañas. Te los enseño. —La profesora saca también el móvil del bolso.
—Tu hija es igual que tú —observa la señora de luto.
—La tuya, en cambio, se parece mucho a su padre —responde su amiga. Pregunta, discretamente—: ¿Sigue aún con su compañera de trabajo?
—Eso parece. No tiene remedio ese hombre.
—¿Cómo lo descubriste?
—Pues fíjate, ahora tengo la impresión de que ya lo sabía entonces, o de que al menos lo había intuido. Por eso, creo yo, quise marcharme, porque algo andaba mal.
—Hiciste bien.
—En ese momento me hacía ilusiones. Pensé que podía hacer como tú, y descubrir un sitio nuevo con mis hijos. Mi decisión, sin embargo, no hizo más que acelerar el final de un matrimonio moribundo.
La señora de luto dice que ya ha hablado con un abogado, pero como ahora vive en otra ciudad con sus hijos, la situación es bastante complicada.
Se interrumpe para saludar a su viejo amigo, que ya ha terminado de comer.
—¿Has visto lo buena que está la comida aquí? —le dice al niño—. Resulta que yo también solía venir a tu edad. Como tú, a comer, con mi padre.
El niño, tímido, la mira con los ojos muy abiertos sin contestar.
En ese momento reaparece la dueña con los primeros.
—Hablas demasiado, aún no te has terminado tus verduras —le dice, regañando con ternura a la señora de luto. Esta vez no hay epítetos para la profesora.
El primer plato está muy caliente, blando pero rico.
Mientras están comiendo suena el móvil de la señora de luto.
—He salido a comer con una amiga mía —dice, y luego le pide a la persona con la que habla que se pase por el restaurante. Le explica a su amiga que es un vecino de sus padres que tiene que entregarle la correspondencia acumulada en su casa, incluyendo los numerosos telegramas por el fallecimiento del padre.
A los pocos minutos llega el vecino con un sobre de papel negro. Besa a la señora de luto y le estrecha con vehemencia la mano a la profesora.
—Siéntate —dice la señora de luto—. ¿Te apetece un café?
—No, gracias. Aquí está el correo.
Hablan del padre, y la señora de luto le resume los últimos días, sus deseos desde la cama, el funeral.
—Ha sido exactamente como él lo hubiera querido —dice con tristeza, pero sin llorar.
—Era un hombre excepcional —dice el vecino—. Siempre he admirado su vocación por los viajes, por la diversidad del mundo. Lo vamos a echar de menos.
Luego se despide de las mujeres y se va. También los hombres de la mesa de enfrente se levantan para irse. Algunos miran a la profesora con cierta curiosidad.
—¿Y tú, contenta de estar de vuelta en esta ciudad? —le pregunta a su amiga la señora de luto.
—Reencontrarme con ella es un placer nuevo para mí cada vez que vengo —responde. Y añade—: Sigue siendo el único lugar donde realmente me siento como en casa.
Alguien ha apagado algunas luces, por lo que el interior de la casa de comidas se ha oscurecido, como si estuviera a punto de llegar una tormenta.
—¿Nos vamos? —propone la señora de luto.
—Cuando quieras.
—Voy al baño un momento.
—De acuerdo, luego iré yo.
Sola en la mesa, la profesora observa el mantel, el letrero del restaurante, el menú al que no ha hecho caso. Se pregunta si a su familia le gustaría este sitio. Pero después se pregunta también si la dueña llamaría a su hija, que se parece a ella, «la morenita». Concluye que, en todo caso, es bonito vivir en una ciudad que, a pesar de ser conocida, sigue estando llena de secretos y descubrimientos que se iluminan por casualidad, lentamente.
—Aquí es como estar en casa —dice la señora de luto cuando vuelve a la mesa, con aire divertido.
La profesora va a buscar el baño. Da la vuelta a la esquina y se da cuenta de que, además de la dueña, hay otra mujer un poco más joven en la caja, con el pelo negro —parece teñido—, y también una niña de seis o siete años, hasta entonces en silencio. Quizá las dos mujeres sean hermanas, y la niña la nieta de una de ellas. Vigilan con cierta apatía a la niña, que parece estar dando vueltas sin sentido en un espacio reducido.
—¿El baño es aquí? —pregunta la profesora, señalando una puerta en la que no hay nada escrito.
La mujer más joven responde, secamente, que sí.
La profesora, en el baño, reflexiona sobre la observación de su amiga, eso de estar como en casa. Un baño típico de restaurante. Y, sin embargo, se siente incómoda ahí dentro, como si molestara.
Al salir, se encuentra a la niña sentada en el suelo con las piernas abiertas. Que le impiden el paso. Espera unos segundos a que la niña se mueva. Esta, en cambio, permanece inmóvil. La dueña y la mujer de la caja no le dicen que se levante, no le dicen nada. Así que la profesora le pregunta a la niña:
—¿Me dejas pasar?
Ella no responde ni reacciona, comportándose como si no hubiera oído a la profesora. Así que no le queda otra que cruzar con cuidado por encima de la pierna desnuda de la niña para volver a la mesa.
Tras atravesar la pequeña barrera de carne y hueso, oye a la niña susurrar algo en tono quejoso, sin entender exactamente lo que dice. Lo adivina por la respuesta de la dueña:
—Eras tú quien tenías que apartarte para que pasara.
Lo ha dicho, sin embargo, otra vez con ese tono equívoco, contenido, por lo que la profesora vuelve a sentirse incómoda.
—Tenemos que pedir la cuenta —dice la señora de luto al ver regresar a su amiga.
Se levantan de la mesa y van a pagar. La niña sigue aún ahí, con las piernas estiradas, muy abiertas.
En cambio, cuando llega la profesora, vuelve a estorbarla.
Luego les dice a las dos mujeres que parecen hermanas, señalando a la señora de luto que tiene delante:
—Esa es más guapa que esta otra.
Nadie responde.
La pequeña repite, enfática:
—Esa es más guapa que esta otra.
La dueña dice con calma:
—Todas las mujeres son guapas, y tú eres una mocosa.
—Pero ella es más guapa —insiste la niña, nerviosa—. Esta otra no me gusta.
—Tienes razón, mi amiga es muy guapa —dice la profesora con alegría, a pesar de sentirse amargada. Luego añade, tratando de bromear con la niña y de relajar el ambiente, cada vez más tenso—: ¿Y por qué no te gusto?
Pero la niña, al igual que la dueña, se niega a hablarle directamente, de la misma manera que se ha negado a apartar las piernas. En cambio, declara, a la dueña y a la mujer que está a cargo de la caja:
—Esta otra no me gusta, es fea, muy fea.
Y así sella el único resquicio a través del cual la profesora podía simpatizar con ella.
La señora de luto, que tiene a la niña a sus espaldas, está concentrada en la cuenta, no le hace caso. La dueña y la mujer de la caja no abandonan su mutismo. Ninguna le dice a la niña que se calle o se disculpe.
La señora de luto le enseña la cuenta a su amiga, que, atónita, saca casi mecánicamente la cartera, el dinero. Es una cifra impar, también el resto es impar, por lo que la señora de luto paga un poco menos, la profesora un poco más.
—Te debo cinco euros —dice la señora de luto.
—No te preocupes, para la próxima vez —responde la otra.
La niña sigue diciendo que la señora de luto es muy guapa y que la profesora es muy fea, como si fuera un estribillo idiota y siniestro, hasta que la mujer de la caja le dice, con brusquedad:
—Ahora levántate y ven, que te llevo con tu madre.
—Gracias —le dice la señora de luto a la mujer de la caja.
—Adiós, señora —le responde esta.
—Recuerdos a su madre —añade la dueña.
—¿Puedes explicarme lo que acaba de pasar ahí dentro? —pregunta la profesora, una vez en la calle. Está sudando, pero no es a causa del calor.
—Déjalo correr, no es más que una niña maleducada.
—No solo eso, está llena de resentimiento.
—No hagas caso. Lo siento.
—Yo también lo siento. Sé que tenías muchas ganas de que conociera el sitio, pero no volveré ni loca.
—Tienes razón.
Cruzan el puente juntas, superando la primera cadenilla repleta de promesas anticuadas, y después la segunda. No dejan de darle vueltas a lo ocurrido en el restaurante, a la convicción descarada de la niña, al silencio intransigente de las mujeres. Al otro lado del puente, se abrazan.
—Entonces, gorda, ya hablamos.
—Adiós, cariño, cuídate mucho.
Se separan, pero sin la ligereza que sellaba, en otros tiempos, sus encuentros.
Al cabo de unos minutos, la profesora agredida llega a piazza San Cosimato y se sienta en un banco sucio y caliente. La comida en el estómago se le ha convertido en una pesada carga. No solo se siente fea y amargada, sino también humillada, presa de una tristeza que no sabe refrenar.
La señora de luto, en cambio, vuelve al otro lado del río, donde se sienta en otro banco a la sombra para echar un vistazo al correo de sus padres, para leer algunas postales dirigidas al padre difunto, y para consolarse con las condolencias enviadas por sus seres queridos, cercanos y lejanos.
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