El eco negro

El eco negro


Octava parte. Domingo, 27 de mayo

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Bosch sacó la cinta de la grabadora y se la llevó a su mesa, donde la introdujo en su propio radiocasete y la rebobinó hasta el principio. Tras escucharla unos segundos buscando su voz, la de Tiburón, o la de Eleanor, Bosch la pasó un poco hacia delante. Repitió este proceso varias veces hasta que finalmente encontró el interrogatorio de Tiburón en la segunda mitad de la cinta.

Una vez lo hubo encontrado, Bosch rebobinó la cinta para poder escuchar la entrevista desde el principio.

Sin embargo, se pasó y acabó oyendo medio minuto de otra entrevista que terminaba. Entonces sonó la voz de Tiburón:

—¿Qué miras?

—No lo sé. —Era Eleanor—. Me preguntaba si me conocías. Tu cara me suena. No me había dado cuenta de que te estaba mirando.

—¿Qué? ¿Por qué iba a conocerte, tía? Yo nunca he tenido problemas con los federales. No sé…

—No importa. Tú me sonabas a mí, nada más. Sólo me estaba preguntando si me reconocías. ¿Por qué no esperamos a que llegue el detective Bosch?

—Sí, vale. Guay.

Hubo un silencio en la cinta. Bosch se sintió confuso, pero en seguida comprendió que lo que acababa de oír había sucedido antes de que él entrara en la sala de interrogatorios.

¿Qué estaba haciendo Eleanor? El silencio de la cinta se terminó y Bosch oyó su propia voz.

—Tiburón, vamos a grabar esto porque puede resultarnos útil más adelante. Como te dije, no estás bajo sospecha así que…

Bosch paró el radiocasete, rebobinó hasta el principio de la conversación entre el chico y Eleanor, y la escuchó una y otra vez. Cada vez que la oía, sentía que le apuñalaban en el corazón. Las manos le sudaban, y los dedos le resbalaban en los botones de la grabadora. Finalmente se sacó los auriculares y los arrojó sobre la mesa.

—Mierda —dijo.

Pederson dejó de escribir y lo miró.

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