El diario de Ana Frank
Diario
Página 9 de 19
Inconscientemente, antes de venir aquí ya había tenido sensaciones similares, porque recuerdo una vez en que me quedé a dormir en casa de Jacque y que no podía contener la curiosidad de conocer su cuerpo, que siempre me había ocultado, y que nunca había llegado a ver. Le pedí que, en señal de nuestra amistad, nos tocáramos mutuamente los pechos. Jacque se negó. También ocurrió que sentí una terrible necesidad de besarla, y lo hice. Cada vez que veo una figura de una mujer desnuda, como, por ejemplo, la Venus en el manual de historia de arte de Springer, me quedo extasiada contemplándola. A veces me parece de una belleza tan maravillosa, que tengo que contenerme para que no se me salten las lágrimas. ¡Ojalá tuviera una amiga!
Jueves, 6 de enero de 1944.
Querida Kitty:
Mis deseos de hablar con alguien se han vuelto tan grandes que de alguna manera muy extraña se me ha ocurrido escoger a Peter para ello. Antes, cuando de tanto en tanto entraba de día en la pequeña habitación de Peter, me parecía siempre un sitio muy acogedor, pero como Peter es tan modesto y nunca echaría a una persona que se pusiera latosa de su habitación, nunca me atreví a quedarme mucho tiempo, temiendo que mi visita le resultara aburrida. Buscaba la ocasión de quedarme en su habitación sin que se diera cuenta, charlando, y esa ocasión se presentó ayer. Y es que a Peter le ha entrado de repente la manía de resolver crucigramas, y ya no hace otra cosa. Me puse a ayudarle, y al poco tiempo estábamos sentados uno a cada lado de su escritorio, uno frente al otro, él en la silla y yo en el diván.
Me dio una sensación muy extraña mirarlo a los ojos, de color azul oscuro, y ver lo cohibido que estaba por la inusual visita. Todo me transmitía su mundo interior; en su rostro vi aún ese desamparo y esa actitud de inseguridad, y al mismo tiempo un asomo de conciencia de su masculinidad. Al ver esa actitud tan tímida, sentí que me derretía por dentro. Hubiera querido pedirle que me contara algo sobre sí mismo; que viera más allá de ese eterno afán mío de charlar. Sin embargo, me di cuenta de que ese tipo de peticiones son más fáciles de pensar que de llevar a la práctica.
El tiempo transcurría y no pasaba nada, salvo que le conté aquello de que se ruborizaba. Por supuesto que no le dije lo mismo que he escrito aquí, pero sí que con los años ganaría más seguridad.
Por la noche, en la cama, lloré. Lloré, y sin embargo nadie debía oírme. La idea de que debía suplicar los favores de Peter me repelía. Una hace cualquier cosa para satisfacer sus deseos, como podrás apreciar, porque me propuse ir a sentarme más a menudo con él para hacer que, de una u otra manera, se decidiera a hablar.
No vayas a creer que estoy enamorada de Peter, ¡nada de eso! Si los Van Daan hubieran tenido una niña en vez de un hijo varón, también habría intentado trabar amistad con ella. Esta mañana me desperté a eso de las siete menos cinco y enseguida recordé con gran seguridad lo que había soñado. Estaba sentada en una silla, y frente a mí estaba sentado Peter… Schiff. Estábamos hojeando un libro ilustrado por Mary Bos. Mi sueño era tan nítido que aún recuerdo en parte las ilustraciones. Pero aquello no era todo, el sueño seguía. De repente, los ojos de Peter se cruzaron con los míos, y durante algún tiempo me detuve a mirar esos hermosos ojos de color pardo aterciopelado. Entonces, Peter me dijo susurrando:
—De haberlo sabido, habría ido a tu encuentro mucho antes.
Me volví bruscamente, porque sentía una emoción demasiado grande. Después sentí una mejilla suave y deliciosa rozando la mía, y todo estuvo tan bien, tan bien… En ese momento me desperté, mientras seguía sintiendo su mejilla contra la mía y sus ojos mirándome en lo más profundo de mi corazón, tan profundamente que él había podido leer allí dentro cuánto lo había amado y cuánto seguía amándolo. Los ojos se me volvieron a llenar de lágrimas, y me sentí muy triste por haberlo perdido, pero al mismo tiempo también contenta, porque sabía con seguridad que Peter seguía siendo mi elegido. Es curioso que a veces tenga estos sueños tan nítidos. La primera vez fue cuando, una noche, vi a mi abuela Omi[22] de forma tan clara, que pude distinguir perfectamente su piel gruesa y suave, como de terciopelo. Luego se me apareció Oma como si fuera mi ángel de la guarda, y luego Hanneli, que me sigue pareciendo el símbolo de la miseria que pasan todos mis amigos y todos los judíos; cuando rezo por ella, rezo por todos los judíos y por toda esa pobre gente.
Y ahora Peter, mi querido Peter, que nunca antes se me ha aparecido tan claramente; no necesito una foto suya: así lo veo bien, muy bien.
Tu Ana.
Viernes, 7 de enero de 1944.
Querida Kitty:
¡Idiota de mí, que no me di cuenta en absoluto de que nunca te había contado la historia de mi gran amor!
Cuando era aún muy pequeña, pero ya iba al jardín de infancia, mi simpatía recayó en Sally Kimmel. Su padre había muerto y vivía con su madre en casa de una tía. Un primo de Sally, Appy, era un chico guapo, esbelto y moreno que más tarde tuvo todo el aspecto de un perfecto actor de cine y que cada vez despertaba más admiración que el gracioso, bajito y rechoncho de Sally. Durante algún tiempo anduvimos mucho juntos, aunque mi amor nunca fue correspondido, hasta que se cruzó Peter en mi camino y me entró un amor infantil el triple de fuerte. Yo también le gustaba, y durante todo un verano fuimos inseparables. En mis pensamientos aún nos veo cogidos de la mano, caminando por la Zuider Amstellaan, él con su traje de algodón blanco y yo con un vestido corto de verano. Cuando acabaron las vacaciones de verano, él pasó a primero de la secundaria y yo a sexto de primaria. Me pasaba a recoger al colegio o yo a él. Peter era un muchacho hermoso, alto, guapo, esbelto, de aspecto serio, sereno e inteligente. Tenía el pelo oscuro y hermosos ojos castaños, mejillas marrón-rojizas y la nariz respingona. Me encantaba sobre todo su sonrisa, que le daba un aire pícaro y travieso.
En las vacaciones me fui afuera y al volver no encontré a Peter en su antigua dirección; se había mudado de casa y vivía con un muchacho mucho mayor que él. Este le hizo ver seguramente que yo no era más que una chiquilla tonta, y Peter me dejó. Yo lo amaba tanto que no quería ver la realidad y me seguía aferrando a él, hasta que llegó el día en que me di cuenta de que si seguía detrás de él, me tratarían de «perseguidora de chicos». Pasaron los años. Peter salía con chicas de su edad y ya ni me saludaba. Empecé a ir al liceo judío, muchos chicos de mi curso se enamoraron de mí, a mí eso me gustó, me sentí honrada, pero por lo demás no me hizo nada. Más adelante, Helio estuvo loco por mí, pero como ya te he dicho, nunca más me enamoré.
Hay un refrán que dice: «El tiempo lo cura todo». Así también me pasó a mí. Me imaginaba que había olvidado a Peter y que ya no me gustaba nada. Pero su recuerdo seguía tan latente en mí, que a veces me confesaba a mí misma que estaba celosa de las otras chicas, y que por eso él ya no me gustaba. Esta mañana comprendí que nada en mí ha cambiado; al contrario, mientras iba creciendo y madurando, también mi amor crecía en mí. Ahora puedo entender muy bien que yo le pareciera a Peter una chiquilla, pero de cualquier manera siempre me hirió el que se olvidara de mí de ese modo. Su rostro se me aparece de manera tan nítida, que ahora sé que nunca llevaré grabada en mi mente la imagen de otro chico como la de él.
Por eso, hoy estoy totalmente confusa. Esta mañana, cuando papá me besó, casi exclamé: «¡Ojalá fueras Peter!». Todo me recuerda a él, y todo el día no hago más que repetir la frase: «¡Oh, Petel[23], mi querido Petel!».
No hay nada que pueda ayudarme. Tengo que seguir viviendo y pedirle a Dios que si llego a salir de aquí, ponga a Peter en mi camino y que, mirándome a los ojos y leyendo mis sentimientos, me diga: «¡Ana, de haberlo sabido, me habría ido a tu lado hace tiempo!».
Una vez, cuando hablábamos de la sexualidad, papá me dijo que en ese momento yo no podía entender lo que era el deseo, pero yo siempre supe que lo entendía, y ahora lo entiendo del todo. ¡Nada me es tan querido como él, mi Petel!
He visto mi cara en el espejo, y ha cambiado tanto… Tengo una mirada bien despierta y profunda; mis mejillas están teñidas de color de rosa, algo que hacía semanas que no sucedía; tengo la boca mucho menos tirante, tengo aspecto de ser feliz, y sin embargo tengo una expresión triste, y la sonrisa se me desliza de los labios. No soy feliz, porque aun sabiendo que no estoy en los pensamientos de Petel, siento una y otra vez sus hermosos ojos clavados en mí, y su mejilla suave y fresca contra la mía. ¡Oh, Petel, Petel! ¿Cómo haré para desprenderme de tu imagen? A tu lado, ¿no son todos los demás un mísero sucedáneo? Te amo, te quiero con un amor tan grande, que era ya imposible que siguiera creciendo en mi corazón, y en cambio debía saltar a la superficie y revelarse repentinamente en toda su magnitud.
Hace una semana, hace un día, si me hubieras preguntado a cuál de mis amigos elegiría para casarme, te habría contestado que a Sally, porque a su lado todo es paz, seguridad y armonía. Pero ahora te diría que a Petel, porque a él lo amo con toda mi alma y a él me entrego con todo mi corazón. Pero solo hay una cosa: no quiero que me toque más que la cara.
Esta mañana, en mis pensamientos estaba sentada con Petel en el desván de delante, encima de unos maderos frente a la ventana, y después de conversar un rato, los dos nos echamos a llorar. Y luego sentí su boca y su deliciosa mejilla. ¡Oh, Petel, ven conmigo, piensa en mí, mi propio y querido Petel!
Miércoles, 12 de enero de 1944.
Querida Kitty:
Bep ya ha vuelto a la oficina hace quince días, aunque a su hermana no la dejan ir al colegio hasta dentro de una semana. Ahora Bep ha estado dos días en cama con un fuerte catarro. Tampoco Miep y Jan han podido acudir a sus puestos de trabajo; los dos tenían el estómago mal.
De momento me ha dado por el baile y la danza y todas las noches practico pasos de baile con mucho empeño. Con una enagua de color violeta claro de Mansa me he fabricado un traje de baile supermoderno. Arriba tiene un lazo que cierra a la altura del pecho. Una cinta rosa ondulada completa el conjunto. En vano he intentado transformar mis zapatos de deporte en verdaderas zapatillas de baile. Mis endurecidos miembros van camino de recuperar su antigua flexibilidad. Un ejercicio que me encanta hacer es sentarme en el suelo y levantar las piernas en el aire cogiéndolas con las manos por los talones. Solo que debo usar un cojín para sentarme encima, para no maltratar demasiado la rabadilla. En casa están leyendo un libro titulado Madrugada sin nubes. A mamá le pareció un libro estupendo porque describe muchos problemas de los jóvenes. Con cierta ironía pensé que sería bueno que primero se ocupara de sus propias jóvenes…
Creo que mamá piensa que la relación que tenemos Margot y yo con nuestros padres es de lo mejor, y que nadie se ocupa más de la vida de sus hijos que ellos. Con seguridad entonces que solo se fija en Margot, porque creo que ella nunca tiene los mismos problemas o pensamientos que yo. De ningún modo quiero que mamá piense que para uno de sus retoños las cosas son totalmente distintas de lo que ella se imagina, porque se quedaría estupefacta y de todas formas no sabría de qué otra manera encarar el asunto; quisiera evitarle el dolor que ello le supondría, sobre todo porque sé que para mí nada cambiaría. Mamá se da perfecta cuenta de que Margot la quiere mucho más que yo, pero cree que son rachas.
Margot se ha vuelto más buena; me parece muy distinta a como era antes. Ya no es tan arisca y se está convirtiendo en una verdadera amiga. Ya no me considera para nada una pequeñaja a la que no es necesario tener en cuenta.
Es muy raro eso de que a veces yo misma me vea como a través de los ojos de otra persona. Observo lo que le pasa a una tal Ana Frank con toda parsimonia y me pongo a hojear en el libro de mi vida como si fuera ajeno.
Antes, en mi casa, cuando aún no pensaba tanto, de vez en cuando me daba la sensación de no pertenecer a la misma familia que Mansa, Pim y Margot, y que siempre sería una extraña. Entonces, a veces me hacía la huérfana como medio año, hasta que me castigaba a mí misma, reprochándome que solo era culpa mía el que me hiciera la víctima, pese a encontrarme tan bien en realidad. A eso seguía un período en el que me obligaba a ser amable.
Todas las mañanas, cuando oía pasos en la escalera, esperaba que fuera mamá que venía a darme los buenos días, y yo la saludaba con buenas maneras, ya que de verdad me alegraba de que me mirara con buenos ojos. Después, a raíz de algún comentario, me soltaba un bufido y yo me iba al colegio con los ánimos por el suelo. En el camino de vuelta a casa la perdonaba, pensaba que tal vez tuviera problemas, llegaba a casa alegre, hablando hasta por los codos, hasta que se repetía lo ocurrido por la mañana y yo salía de casa con la cartera del colegio, apesadumbrada. A veces me proponía seguir enfadada, pero al volver del colegio tenía tantas cosas que contar, que se me olvidaba lo que me había propuesto y mamá no tenía más remedio que prestar atención a los relatos de mis andanzas. Hasta que volvían los tiempos en que por la mañana no me ponía a escuchar los pasos en la escalera, me sentía sola y por las noches bañaba de lágrimas la almohada. Aquí las cosas son aún peores; en fin, ya lo sabes. Pero ahora Dios me ha enviado una ayuda para soportarlas: Peter. Cojo mi colgante, lo palpo, le estampo un beso y pienso en que nada han de importarme las cosas, porque Petel está conmigo y solo yo lo sé. Así podré hacer frente a cualquier bufido. ¿Sabrá alguien en esta casa todo lo que le puede pasar por la mente a una adolescente?
Sábado, 15 de enero de 1944.
Mi querida Kitty:
No tiene sentido que te describa una y otra vez con todo detalle nuestras peleas y disputas. Me parece suficiente contarte que hay muchas cosas que ya no compartimos, como la manteca y la carne, y que comemos nuestras propias patatas fritas. Hace algún tiempo que comemos un poco de pan de centeno extra, porque a eso de las cuatro ya estábamos todos esperando ansiosamente que llegara la hora de la comida y casi no podíamos controlar nuestros estómagos.
El cumpleaños de mamá se acerca a pasos agigantados. Kugler le ha regalado algo de azúcar adicional, lo que ha suscitado la envidia de los Van Daan, ya que para el cumpleaños de la señora nos hemos saltado los regalos. Pero de qué serviría realmente aburrirte con palabras duras, llantos y conversaciones acres; basta con que sepas que a nosotros nos aburren aún más.
Mamá ha manifestado el deseo, por ahora irrealizable, de no tener que verle la cara a Van Daan durante quince días. Me pregunto si uno siempre acaba reñido con toda la gente con la que convive durante tanto tiempo. ¿O es que hemos tenido mala suerte? Cuando Dussel, mientras estamos a la mesa, se sirve la cuarta parte de la salsa que hay en la salsera, dejándonos a todos los demás sin salsa, así como así, a mí se me quita el apetito, y me levantaría de la mesa para abalanzarme sobre él y echarlo de la habitación a empujones.
¿Acaso el género humano es tan tremendamente egoísta y avaro en su mayoría? Me parece muy bien haber adquirido aquí algo de mundología, pero me parece que ya basta. Peter dice lo mismo.
Sea como sea, a la guerra no le importan nuestras rencillas o nuestros deseos de aire y libertad, y por lo tanto tenemos que tratar de que nuestra estancia aquí sea lo más placentera posible.
Estoy sermoneando, pero es que creo que si sigo mucho más tiempo aquí encerrada, me convertiré en una vieja avinagrada. ¡Cuánto me gustaría poder seguir comportándome como una chica de mi edad!
Tu Ana.
Noche del miércoles, 19 de enero de 1944.
Querida Kitty:
No sé de qué se trata, pero cada vez que me despierto después de haber soñado, me doy cuenta de que estoy cambiada. Entre paréntesis, anoche soñé nuevamente con Peter y volví a ver su mirada penetrante clavada en la mía, pero este sueño no era tan hermoso ni tan claro como los anteriores.
Tú sabes que yo siempre le he tenido envidia a Margot en lo que respecta a papá. Pues bien, de eso ya no queda ni rastro. Eso sí, me sigue doliendo cuando papá, cuando se pone nervioso, me trata mal y de manera poco razonable, pero igualmente pienso que no les puedo tomar nada a mal. Hablan mucho de lo que piensan los niños y los jóvenes, pero no entienden un rábano del asunto.
Mis deseos van más allá de los besos de papá o de sus caricias. ¡Qué terrible soy, siempre ocupándome de mí misma! Yo, que aspiro a ser buena y bondadosa, ¿no debería perdonarlos en primer lugar? Pero si es que a mamá la perdono… Solo que casi no puedo contenerme cuando se pone tan sarcástica y se ríe de mí una y otra vez.
Ya lo sé, aún me falta mucho para ser como debería ser. ¿Acaso llegaré a serlo?
Ana Frank.
P. D.
Papá preguntó si te había contado lo de la tarta. Es que los de la oficina le han regalado a mamá para su cumpleaños una verdadera tarta como las de antes de la guerra, de moka. Era realmente deliciosa. Pero de momento tengo tan poco sitio en la mente para este tipo de cosas…
Sábado, 22 de enero de 1944.
Querida Kitty:
¿Serías capaz de decirme por qué todo el mundo esconde con tanto recelo lo que tiene dentro? ¿Por qué será que cuando estoy en compañía me comporto de manera tan distinta de como debería hacerlo? ¿Por qué las personas se tienen tan poca confianza? Sí, ya sé, algún motivo habrá, pero a veces me parece muy feo que en ninguna parte, aun entre los seres más queridos, una encuentre tan poca confianza.
Es como si desde aquella noche del sueño me sintiera mayor, como si fuera mucho más una persona por mí misma. Te sorprenderá mucho que te diga que hasta los Van Daan han pasado a ocupar un lugar distinto para mí. De repente, todas esas discusiones, disputas y demás, ya no las miro con la misma predisposición que antes. ¿Por qué será que estoy tan cambiada? Verás, de repente pensé que si mamá fuera distinta, una verdadera madre, nuestra relación también habría sido muy, pero muy distinta. Naturalmente, es cierto que la señora Van Daan no es una mujer demasiado agradable, pero sin embargo pienso que si mamá no fuera una persona tan difícil de tratar cada vez que sale algún tema espinoso, la mitad de las peleas podrían haberse evitado. Y es que la señora Van Daan tiene un lado bueno: con ella siempre se puede hablar. Pese a todo su egoísmo, su avaricia y su hipocresía, es fácil convencerla de que ceda, siempre que no se la irrite ni se le lleve la contraria. Esto no dura hasta la siguiente vez, pero si se es paciente, se puede volver a intentar y ver hasta dónde se llega.
Todo lo relacionado con nuestra educación, con los mimos que recibimos de nuestros padres, con la comida: todo, absolutamente todo habría tomado otro cauce si se hubieran encarado las cosas de manera abierta y amistosa, en vez de ver siempre solo el lado malo de las cosas.
Sé perfectamente lo que dirás, Kitty: «Pero Ana, ¿son estas palabras realmente tuyas? ¡Tú, que has tenido que tragarte tantos reproches provenientes del piso de arriba, y que has sido testigo de tantas injusticias!».
En efecto, son palabras mías. Quiero volver a examinarlo todo a fondo, sin dejarme guiar por lo que opinen mis padres. Quiero analizar a los Van Daan por mí misma y ver qué hay de cierto y qué de exagerado. Si yo también acabo decepcionada, podré seguirles los pasos a papá y mamá; de lo contrario, tendré que tratar de quitarles de la cabeza en primer lugar la idea equivocada que tienen, y si no resulta, mantendré de todos modos mi propia opinión y mi propio parecer. Aprovecharé cualquier ocasión para hablar abiertamente con la señora sobre muchos puntos controvertidos, y a pesar de mi fama de sabionda, no tendré miedo de decir mi opinión neutral. Tendré que callarme lo que vaya en contra de los míos, pero a partir de ahora, el cotilleo por mi parte pertenece al pasado, aunque eso no significa que en algún momento dejaré de defenderlos contra quien sea. Hasta ahora estaba plenamente convencida de que toda la culpa de las peleas la tenían ellos, pero es cierto que gran parte de la culpa también la teníamos nosotros. Nosotros teníamos razón en lo que respecta a los temas, pero de las personas razonables (¡y creemos que lo somos!), se podía esperar un mejor criterio en cuanto a cómo tratar a los demás.
Espero haber adquirido una pizca de ese criterio y encontrar la oportunidad de ponerlo en práctica.
Tu Ana.
Lunes, 24 de enero de 1944.
Querida Kitty:
Me ha ocurrido una cosa —aunque en realidad no debería hablar de «ocurrir»— que me parece muy curiosa.
Antes, en el colegio y en casa, se hablaba de los asuntos sexuales de manera misteriosa o repulsiva. Las palabras que hacían referencia al sexo se decían en voz baja, y si alguien no estaba enterado de algún asunto, a menudo se reían de él. Esto siempre me ha parecido extraño, y muchas veces me he preguntado por qué estas cosas se comentan susurrando o de modo desagradable. Pero como de todas formas no se podía cambiar nada, yo trataba de hablar lo menos posible al respecto o le pedía información a mis amigas.
Cuando ya estaba enterada de bastantes cosas, mamá una vez me dijo:
—Ana, te voy a dar un consejo. Nunca hables del tema con los chicos y no contestes cuando ellos te hablen de él.
Recuerdo perfectamente cuál fue mi respuesta:
—¡No, claro que no, faltaba más!
Y ahí quedó todo.
Al principio de nuestra estancia en el escondite, papá a menudo me contaba cosas que hubiera preferido oír de boca de mamá, y el resto lo supe por los libros o por las conversaciones que oía.
Peter van Daan nunca fue tan fastidioso en cuanto a estos asuntos como mis compañeros de colegio; al principio quizás alguna vez, pero nunca para hacerme hablar. La señora nos contó una vez que ella nunca había hablado con Peter sobre esas cosas, y según sabía, su marido tampoco. Al parecer no sabía de qué manera se había informado Peter, ni sobre qué.
Ayer, cuando Margot, Peter y yo estábamos pelando patatas, la conversación derivó sola hacia Moffie.
—Seguimos sin saber de qué sexo es Moffie, ¿no? —pregunté.
—Sí que lo sabemos —contestó Peter—. Es macho.
Me eché a reír.
—Si va a tener cría, ¿cómo puede ser macho?
Peter y Margot también se rieron. Hacía unos dos meses que Peter había comprobado que Moffie no tardaría en tener cría, porque se le estaba hinchando notablemente la panza. Pero la hinchazón resultó ser fruto del gran número de huesecillos que robaba, y las crías no siguieron creciendo, y nacer, menos todavía. Peter se vio obligado a defenderse de mis acusaciones:
—Tú misma podrás verlo si vienes conmigo. Una vez, cuando estaba jugando con él, vi muy bien que era macho.
No pude contener mi curiosidad y fui con él al almacén. Pero no era la hora de recibir visitas de Moffie, y no se le veía por ninguna parte. Esperamos un rato, nos entró frío y volvimos a subir todas las escaleras.
Un poco más avanzada la tarde, oí que Peter bajaba por segunda vez las escaleras. Me envalentoné para recorrer sola el silencioso edificio y fui a parar al almacén. En la mesa de embalaje estaba Moffie jugando con Peter, que justo lo estaba poniendo en la balanza para controlar su peso.
—¡Hola! ¿Quieres verlo?
Sin mayores preparativos, levantó con destreza al animal, cogiéndolo por las patas y por la cabeza, y manteniéndolo boca arriba comenzó la lección:
—Este es el genital masculino, estos son unos pelitos sueltos y ese es el culito.
El gato volvió a darse la vuelta y se quedó apoyado en sus cuatro patas blancas.
A cualquier otro chico que me hubiera indicado el «genital masculino» no le habría vuelto a dirigir la palabra. Pero Peter siguió hablando como si nada sobre este tema siempre tan delicado, sin ninguna mala intención, y al final me tranquilizó, en el sentido de que a mí también me terminó pareciendo un tema normal. Jugamos con Moffie, nos divertimos, charlamos y finalmente nos encaminamos hacia la puerta del amplio almacén.
—¿Tú viste cómo castraron a Mouschi?
—Sí. Fue muy rápido. Claro que primero lo anestesiaron.
—¿Le quitaron algo?
—No, el veterinario solo corta el conducto deferente. Por fuera no se ve nada.
Me armé de valor, porque finalmente la conversación no me resultaba tan «normal».
—Peter, lo que llamamos «genitales», también tiene un nombre más específico para el macho y para la hembra.
—Sí, ya lo sé.
—El de las hembras se llama vagina, según tengo entendido, y el de los machos ya no me acuerdo.
—Sí.
—En fin —añadí—. Cómo puede uno saber todos estos nombres. Por lo general uno los descubre por casualidad.
—No hace falta. Se lo preguntaré a mis padres. Ellos saben más que yo y tienen más experiencia.
Ya habíamos llegado a la escalera y me callé.
Te aseguro que con una chica jamás hubiera hablado del tema de un modo tan normal.
Estoy segura de que mamá nunca se refería a esto cuando me prevenía de los chicos.
Pese a todo, anduve todo el día un tanto desorientada; cada vez que recordaba nuestra conversación, me parecía algo curiosa. Pero hay un aspecto en el que al menos he aprendido algo: también hay jóvenes, y nada menos que del otro sexo, que son capaces de conversar de forma natural y sin hacer bromas pesadas respecto al tema.
¿Les preguntará Peter realmente muchas cosas a sus padres? ¿Será en verdad tal como se mostró ayer?
En fin, ¡yo qué sé!
Tu Ana.
Viernes, 28 de enero de 1944.
Querida Kitty:
Últimamente he desarrollado una fuerte afición por los árboles genealógicos y las genealogías de las casas reales y he llegado a la conclusión de que, una vez comenzada la investigación, hay que hurgar cada vez más en el pasado y así descubrir las cosas más interesantes. Aunque pongo muchísimo esmero en el estudio de mis asignaturas del colegio y ya puedo seguir bastante bien las audiciones de la radio inglesa, todavía me paso muchos domingos seleccionando y ordenando mi gran colección de estrellas de cine, que ya está adquiriendo proporciones más que respetables. El señor Kugler me da una gran alegría todos los lunes, cuando me trae la revista Cinema & Theater. Aunque los menos mundanos de entre mis convecinos opinan que estos obsequios son un despilfarro y que con ellos se me malcría, se quedan cada vez más sorprendidos por la exactitud con que, después de un año, recuerdo todos y cada uno de los nombres de las figuras que actúan en una determinada película. Los sábados, Bep, que a menudo pasa sus días libres en el cine en compañía de su novio, me dice el título de la película que piensa ir a ver, y yo le nombro de un tirón tanto la lista completa de los actores principales, como las críticas publicadas. No hace mucho, mamá dijo que más tarde no necesitaré ir al cine, ya que ya me sé de memoria los argumentos, los actores y las críticas.
Cuando un día aparezco con un nuevo peinado, todos me miran con cara de desaprobación, y puedo estar segura de que alguien me preguntará qué estrella de cine se luce con semejante coiffure. Si contesto que se trata de una creación personal, solo me creen a medias. En cuanto al peinado, solo se mantiene durante media hora, porque después me canso tanto de oír los juicios de rechazo, que corro al cuarto de baño a restaurar mi peinado de rizos habitual.
Tu Ana.
Viernes, 28 de enero de 1944.
Querida Kitty:
Esta mañana me preguntaba si no te sientes como una vaca que tiene que estar rumiando cada vez las mismas viejas noticias y que, harta de tan poca variedad de alimento, al final se pone a bostezar y desea en silencio que Ana le presente algo nuevo. Sé lo aburrida que debes estar de mis repeticiones, pero imagínate lo harta que estoy yo de tantas viejas historias que vuelven una y otra vez. Si el tema de conversación durante la comida no llega a ser la política o algún delicioso banquete, mamá o la señora no tardan en sacar a relucir sus eternas historias de cuando eran jóvenes, o Dussel se pone a disertar sobre el amplio vestuario de su mujer, o sobre hermosos caballos de carrera, botes de remo que hacen agua, niños que saben nadar a los cuatro años, dolores musculares o pacientes miedicas. Cuando alguno de los ocho abre la boca para contar algo, los otros siete ya saben cómo seguir contando la historia. Sabemos cómo terminan todos los chistes, y el único que se ríe de ellos es quien los cuenta. Los comentarios de las antiguas amas de casa sobre los distintos lecheros, tenderos y carniceros ya nos parecen del año de la pera; en la mesa han sido alabados o criticados millones de veces. Es imposible que una cosa conserve su frescura o lozanía cuando se convierte en tema de conversación de la Casa de atrás.
Todo esto sería soportable, de no ser que los adultos tienen la manía de repetir diez veces las historias contadas por Kleiman, Jan y Miep, adornándolas cada vez con sus propias fantasías, de modo que a menudo debo darme un pellizco a mí misma bajo la mesa, para reprimirme y no indicarle al entusiasmado narrador el buen camino. Los niños pequeños, como por ejemplo Ana, bajo ningún concepto están autorizados a corregir a los mayores, sin importar las meteduras de pata o la medida en que estén faltando a la verdad o añadiendo cosas inventadas por ellos mismos.
Un tema al que a menudo hacen honor Kleiman y Jan es el de la clandestinidad. Saben muy bien que todo lo relativo a otra gente escondida o refugiada nos interesa sobremanera, y que nos solidarizamos sinceramente con los escondidos cuando son encontrados y deportados por los alemanes, de la misma manera que celebramos la liberación de los que han estado detenidos.
Hablar de ocultos y escondidos se ha convertido en algo tan común como lo era antes poner las zapatillas de papá delante de la estufa. En Holanda hay muchas organizaciones clandestinas, tales como «Holanda libre», que falsifican documentos de identidad, dan dinero a personas escondidas, preparan lugares para usar como escondite o dan trabajo a los jóvenes cristianos, y es admirable la labor noble y abnegada que realizan estas personas que, a riesgo de sus propias vidas, ayudan y salvan a otros. El mejor ejemplo de ello creo que son nuestros propios protectores, que nos han ayudado hasta ahora a sobrellevar nuestra situación y, según espero, nos conducirán a buen puerto; de lo contrario, correrán la misma suerte que todos los perseguidos. Jamás les hemos oído hacer alusión a la molestia que seguramente les ocasionamos. Ninguno de ellos se ha quejado jamás de la carga que representamos. Todos suben diariamente a visitarnos y hablan de negocios y política con los hombres, de comida y de los pesares de la guerra con las mujeres, y de libros y periódicos con los niños. En lo posible ponen buena cara, nos traen flores y regalos en los días de fiesta o cuando celebramos algún cumpleaños, y están siempre a nuestra disposición. Esto es algo que nunca debemos olvidar: mientras otros muestran su heroísmo en la guerra o frente a los alemanes, nuestros protectores lo hacen con su buen ánimo y el cariño que nos demuestran.
Circulan los rumores más disparatados, y sin embargo se refieren a hechos reales. Así, por ejemplo, el otro día Kleiman nos informó que en la provincia de Güeldres se ha jugado un partido de fútbol entre un equipo formado exclusivamente por escondidos y otro por once policías nacionales. El ayuntamiento de Hilversum va a entregar a la población nuevas tarjetas de identificación para el racionamiento de alimentos. Para que al gran número de escondidos también les toque su parte (las cartillas con los cupones solo podrán adquirirse mostrando la tarjeta de identificación o al precio de 60 florines cada una), las autoridades han citado a la misma hora a todos los escondidos de los alrededores, para que puedan retirar sus tarjetas en una mesa aparte. Hay que andarse con muchísimo cuidado para que los alemanes no se enteren de semejantes osadías.
Tu Ana.
Domingo, 30 de enero de 1944.
Mi querida Kit:
Otra vez estamos en domingo. Reconozco que ya no me parece un día tan horrible como antes, pero me sigue pareciendo bastante aburrido.
Todavía no he ido al almacén; quizá aún pueda ir más tarde. Anoche bajé yo sola en plena oscuridad después de haber estado allí con papá hace algunas noches. Estaba en el umbral de la escalera, con un montón de aviones alemanes sobrevolando la casa; sabía que era una persona por mí misma, y que no debía contar con la ayuda de los demás. Mi miedo desapareció, levanté la vista al cielo y confié en Dios.
Tengo una terrible necesidad de estar sola. Papá se da cuenta de que no soy la de siempre, pero no puedo contarle nada. «¡Dejadme tranquila, dejadme sola!»: eso es lo que quisiera gritar todo el tiempo.
Quién sabe si algún día no me dejarán más sola de lo que yo quiero…
Tu Ana.
Jueves, 3 de febrero de 1944.
Querida Kitty:
En todo el país aumenta día a día el clima de invasión, y si estuvieras aquí, seguro que por un lado te impresionarían los preparativos igual que a mí, pero por el otro te reirías de nosotros por hacer tanto aspaviento, quién sabe si para nada.
Los diarios no hacen más que escribir sobre la invasión y vuelven loca a la gente, publicando: «Si los ingleses llegan a desembarcar en Holanda, las autoridades alemanas deberán hacer todo lo posible para defender el país, llegando al extremo de inundarlo si fuera necesario». Junto a esta noticia aparecen mapas en los que vienen indicadas las zonas inundables de Holanda. Como entre ellas figura gran parte de Ámsterdam, lo primero que nos preguntamos fue qué hacer si las calles de la ciudad se llenan con un metro de agua. Las respuestas a esta difícil pregunta fueron de lo más variadas:
—Como será imposible ir andando o montar en bicicleta, tendremos que ir vadeando por el agua estancada.
—Que no, que hay que tratar de nadar. Nos ponemos todos un gorro de baño y un bañador, y nadamos en lo posible bajo el agua, para que nadie se dé cuenta de que somos judíos.
—¡Pamplinas! Ya quisiera yo ver nadando a las mujeres, con las ratas mordiéndoles los pies. (Esto, naturalmente, lo dijo un hombre. ¡Ya veremos quién grita más cuando lo muerdan!).
—Ya no podremos abandonar la casa. El almacén se tambalea tanto que con una inundación así, sin duda se desplomará.
—Bueno, bueno, basta ya de bromas. Tendremos que hacernos con un barquito.
—¿Para qué? Tengo una idea mucho mejor. Cada uno coge del desván de delante una caja de las de lactosa y un cucharón para remar.
—Pues yo iré en zancos. En mis años mozos era un campeón.
—A Jan Gies no le hacen falta. Se sube a su mujer al hombro, y así Miep tendrá zancos propios.
Supongo que te habrás hecho una idea, ¿verdad, Kit? Toda esta conversación es muy divertida, pero la realidad será muy distinta. Y no podía faltar la segunda pregunta con respecto a la invasión: ¿Qué hacer si los alemanes deciden evacuar Ámsterdam?
—Irnos con ellos, disfrazándonos lo mejor que podamos.
—¡De ninguna manera podremos salir a la calle! Lo único que nos queda es quedarnos aquí. Los alemanes son capaces de llevarse a toda la población a Alemania, y una vez allí, dejar que se mueran.
—Claro, por supuesto, nos quedaremos aquí. Esto es lo más seguro. Trataremos de convencer a Kleiman para que se instale aquí con su familia. Conseguiremos una bolsa de virutas de madera y así podremos dormir en el suelo. Que Miep y Kleiman vayan trayendo mantas. Encargaremos más cereal, aparte de los treinta kilos que tenemos. Que Jan trate de conseguir más legumbres; nos quedan unos treinta kilos de judías y cinco kilos de guisantes. Sin contar las cincuenta latas de verdura.
—Mamá, ¿podrías contar los demás alimentos que aún nos quedan?
—Diez latas de pescado, cuarenta de leche, diez kilos de leche en polvo, tres botellas de aceite, cuatro tarros (de los de conserva) con mantequilla, cuatro tarros de carne, dos damajuanas de fresas, dos de frambuesas y grosellas, veinte de tomates, cinco kilos de avena en copos y cuatro kilos de arroz. Eso es todo.
Las existencias parecen suficientes, pero si tienes en cuenta que con ellas también tenemos que alimentar a las visitas y que cada semana consumimos parte de ellas, no son tan enormes como parecen. Carbón y leña quedan bastante, y velas también.
—Cosámonos todos unos bolsillos en la ropa, para que podamos llevarnos el dinero en caso de necesidad.
—Haremos listas de lo que haya que llevar primero si debemos huir, y por lo pronto… ¡a llenar las mochilas!
—Cuando llegue el momento pondremos dos vigías para que hagan guardia, uno en la buhardilla de delante y otro en la de atrás.
—¿Y qué hacemos con tantos alimentos, si luego no nos dan agua, gas ni electricidad?
—En ese caso tendremos que usar la estufa para guisar. Habrá que filtrar y hervir el agua. Limpiaremos unas damajuanas grandes para conservar agua en ellas. Además, nos quedan tres peroles para hacer conservas y una pileta para usar como depósito de agua.
—También tenemos unas diez arrobas de patatas de invierno en el cuarto de las especias.
Estos son los comentarios que oigo todos los días, que si habrá invasión, que si no habrá invasión. Discusiones sobre pasar hambre, morir, bombas, mangueras de incendio, sacos de dormir, carnets de judíos, gases tóxicos, etcétera, etcétera. Nada de esto resulta demasiado alentador.
Un buen ejemplo de las claras advertencias de los señores de la casa es la siguiente conversación con Jan:
Casa de atrás: Tenemos miedo de que los alemanes, cuando emprendan la retirada, se lleven consigo a toda la población.
Jan: Imposible. No tienen suficientes trenes a su disposición.
Casa de atrás: ¿Trenes? ¿Se piensa usted que van a meter a los civiles en un coche? ¡De ninguna manera! El coche de San Fernando es lo único que les quedará. (El pedes apostolorum, como suele decir Dussel).
Jan: Yo no me creo nada de eso. Lo ve usted todo demasiado negro. ¿Qué interés podrían tener los alemanes en llevarse a todos los civiles?
Casa de atrás: ¿Acaso no sabe lo que ha dicho Goebbels? «Si tenemos que dimitir, a nuestras espaldas cerraremos las puertas de todos los territorios ocupados».
Jan: Se han dicho tantas cosas…
Casa de atrás: ¿Se piensa usted que los alemanes son demasiado nobles o humanitarios como para hacer una cosa así? Lo que piensan los alemanes es: «Si hemos de sucumbir, sucumbirán todos los que estén al alcance de nuestro poder».
Jan: Usted dirá lo que quiera, yo eso no me lo creo.
Casa de atrás: Siempre la misma historia. Nadie quiere ver el peligro hasta que no lo siente en su propio pellejo.
Jan: No sabe usted nada a ciencia cierta. Todo son meras suposiciones.
Casa de atrás: Pero si ya lo hemos vivido todo en nuestra propia carne, primero en Alemania y ahora aquí. ¿Y entonces en Rusia qué está pasando?
Jan: Si dejamos fuera de consideración a los judíos, no creo que nadie sepa lo que está pasando en Rusia. Al igual que los alemanes, tanto los ingleses como los rusos exagerarán por hacer pura propaganda.
Casa de atrás: Nada de eso. La radio inglesa siempre ha dicho la verdad. Y suponiendo que las noticias sean exageradas en un diez por ciento, los hechos siguen siendo horribles, porque no me va usted a negar que es un hecho que en Polonia y en Rusia están asesinando a millones de personas pacíficas o enviándolas a la cámara de gas, sin más ni más.
El resto de nuestras conversaciones me las reservaré. Me mantengo serena y no hago caso de estas cuestiones. He llegado al punto en que ya me da lo mismo morir que seguir viviendo. La Tierra seguirá dando vueltas aunque yo no esté, y de cualquier forma no puedo oponer ninguna resistencia a los acontecimientos. Que sea lo que haya de ser, y por lo demás seguiré estudiando y esperando que todo acabe bien.
Tu Ana.
Martes, 8 de febrero de 1944.
Querida Kitty:
No sabría decirte cómo me siento. Hay momentos en que anhelo la tranquilidad y otros en que quisiera algo de alegría.
Nos hemos desacostumbrado a reírnos, quiero decir a reírnos de verdad. Lo que sí me dio esta mañana fue la risa tonta, ya sabes, como la que a veces te da en el colegio. Margot y yo nos estuvimos riendo como dos verdaderas bobas. Anoche nos volvió a pasar algo con mamá. Margot se había enrollado en su manta de lana, y de repente se levantó de la cama de un salto y se puso a mirar la manta minuciosamente; ¡en la manta había un alfiler! La había remendado mamá. Papá meneó la cabeza de manera elocuente y dijo algo sobre lo descuidada que era. Al poco tiempo volvió mamá del cuarto de baño y yo le dije medio en broma:
—¡Mira que eres una madre desnaturalizada!
Naturalmente, me preguntó por qué y le contamos lo del alfiler. Puso una cara de lo más altiva y me dijo:
—¡Mira quién habla de descuidada! ¡Cuando coses tú, dejas en el suelo un reguero de alfileres! ¡O dejas el estuche de la manicura tirado por ahí, como ahora!
Le dije que yo no había usado el estuche de la manicura, y entonces intervino Margot, que era la culpable.
Mamá siguió hablándome de descuidos y desórdenes, hasta que me harté y le dije, de manera bastante brusca:
—¡Si ni siquiera he sido yo la que ha dicho que eras descuidada! ¡Siempre me echáis la culpa a mí de lo que hacen los demás!
Mamá no dijo nada, y menos de un minuto después me vi obligada a darle el beso de las buenas noches. El hecho quizá no tenga importancia, pero a mí todo me irrita.
Como por lo visto atravieso en este momento un período de reflexión y dejo vagar mi mente por esto y aquello, mis pensamientos se han dirigido naturalmente hacia el matrimonio de mi padre y mi madre. Me lo han presentado siempre como un matrimonio ideal. Sin una sola pelea, sin malas caras, total armonía, etcétera, etcétera.
Sé unas cuantas cosas sobre el pasado de mi padre, y lo que no sé lo he imaginado; tengo la impresión de que mi padre se casó con mi madre porque la consideraba apropiada como esposa. Debo admitir que admiro a mi madre por la manera en que asumió el papel de esposa suya, y nunca, que yo sepa, se ha quejado ni demostrado celos. No puede ser fácil para una esposa afectuosa saber que nunca será la primera en el corazón de su marido, y mi madre lo sabía. Sin duda mi padre admiraba la actitud de mi madre y pensaba que tenía un carácter excelente. ¿Por qué casarse con otra? Mi padre ya había dejado atrás su juventud, y sus ideales estaban rotos. ¿En qué clase de matrimonio se ha convertido? No hay peleas ni discrepancias, pero no es precisamente un matrimonio ideal. Mi padre respeta y quiere a mi madre, pero no con la clase de amor que yo concibo para un matrimonio. Mi padre acepta a mi madre tal como es, se enfada a menudo pero dice lo menos posible, porque es consciente del sacrificio que ha tenido que hacer mi madre.
Mi padre no siempre le pide su opinión sobre el negocio, sobre otros asuntos, sobre la gente, sobre cualquier cosa. No le cuenta nada, porque sabe que ella es demasiado emotiva, demasiado crítica, y a menudo demasiado parcial. Mi padre no está enamorado. La besa como nos besa a nosotras. Nunca la pone como ejemplo, porque no puede. La mira en broma, o con expresión burlona, pero nunca con cariño. Es posible que el gran sacrificio que mi madre ha hecho la haya convertido en una persona adusta y desagradable hacia quienes la rodean, pero eso con toda seguridad la apartará aún más del camino del amor, hará que despierte menos admiración, y un día mi padre, por fuerza, se dará cuenta de que si bien ella, en apariencia, nunca le ha exigido un amor total, en su interior ha estado desmoronándose lenta pero irremediablemente. Mi madre lo quiere más que a nadie, y es duro ver que esa clase de amor no es correspondido.
Así pues, ¿debería compadecer más a mi madre? ¿Debería ayudarla? ¿Y a mi padre?… No puedo, siempre estoy imaginando a otra madre. Sencillamente no puedo. ¿Cómo voy a poder? Mi madre nunca me ha contado nada de sí misma, ni yo le he preguntado. ¿Qué sabemos ella y yo de nuestros respectivos pensamientos? No puedo hablar con ella; no puedo mirar afectuosamente a esos fríos ojos suyos, no puedo. ¡Nunca! Si tuviera tan solo una de las cualidades que se supone que debe tener una madre comprensiva —ternura o simpatía o paciencia o algo—, seguiría intentando aproximarme a ella. Pero en cuanto a querer a esta persona insensible, este ser burlón… cada día me resulta más y más imposible.
Ana Mary Frank[24].
Sábado, 12 de febrero de 1944.
Querida Kitty:
Hace sol, el cielo está de un azul profundo, hace una brisa hermosa y yo tengo unos enormes deseos de… ¡de todo! Deseos de hablar, de ser libre, de ver a mis amigos, de estar sola. Tengo tantos deseos de… ¡de llorar! Siento en mí una sensación como si fuera a estallar, y sé que llorar me aliviaría. Pero no puedo. Estoy intranquila, voy de una habitación a la otra, respiro por la rendija de una ventana cerrada, siento que mi corazón palpita como si me dijera: «¡Cuándo cumplirás mis deseos!».
Creo que siento en mí la primavera, siento el despertar de la primavera, lo siento en el cuerpo y en el alma. Tengo que contenerme para comportarme de manera normal, estoy totalmente confusa, no sé qué leer, qué escribir, qué hacer, solo sé que ardo en deseos…
Tu Ana.
Lunes, 14 de febrero de 1944.
Querida Kitty:
Mucho ha cambiado para mí desde el sábado. Lo que pasa es que sentía en mí un gran deseo (y lo sigo sintiendo), pero… en parte, en una pequeñísima parte, he encontrado un remedio.
El domingo por la mañana me di cuenta (y confieso que para mi gran alegría) de que Peter me miraba de una manera un tanto peculiar, muy distinta de la habitual, no sé, no puedo explicártelo, pero de repente me dio la sensación de que no estaba tan enamorado de Margot como yo pensaba. Durante todo el día me esforcé en no mirarlo mucho, porque si lo hacía él también me miraba siempre, y entonces… bueno, entonces eso me producía una sensación muy agradable dentro de mí, que era preferible no sentir demasiado a menudo.