El corazón helado

El corazón helado


Segunda parte: El hielo

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II
El hielo

El programa del Frente Popular empezaba con estas palabras: «La República concebida por los partidos que forman el Frente Popular, no es una república regida por motivos sociales o económicos de clase, sino un régimen de libertad democrática, inspirado en razones de interés público y progreso social».

Constancia de la Mora, Doble esplendor

(Nueva York, 1939 - México, 1944 - Madrid, 2004)

Una noche, en el café Gayango, estábamos tomando café Juan Tomás, jefe actual de «flechas», los aviadores Treviño y Bergali y el capitán Martínez, de la División. Llegó Díaz Criado […] Momentos después, en un coche llegó un policía, al que yo había visto mucho por la Comisaría, con una carpeta. Se sentó a su lado, abrió la carpeta, sacó unos papeles y empezó a leer nombres. Díaz Criado asentía: «Sí, sí. Bien. No, no, éste no; éste, si acaso, mañana». Recuerdo perfectamente que el policía, para que hiciera memoria, le aclaraba: «Aquél tiene un hermano cojo detenido también». «Sí, éste sí». «Éste es aquel que vio usted el otro día, que es gordo y calvo». «No, éste no. Esperaremos… O si no, también.» […]

Él decía que, puesto en el tobogán, le daba lo mismo firmar cien sentencias que trescientas, que lo interesante era «limpiar bien a España de marxistas». Le he oído decir: «Aquí en treinta años no hay quien se mueva».

Antonio Bahamonde, Un año con Queipo de Llano

(Memorias de un nacionalista)

(Barcelona - Buenos Aires, 1938 - Sevilla, 2005)

También tiene las piernas bonitas. Eso, que tenía unas piernas bonitas, fue lo primero que pensé cuando me dejó solo, mientras la veía avanzar, despedirse del maître, abrir la puerta y desaparecer tras ella.

Joder con mi padre, fue lo que pensé a continuación, un segundo antes de que mi cabeza se llenara de palabras, ideas, imágenes, recuerdos, sospechas, sensaciones contradictorias. Un momento, tuve que advertirme a mí mismo, un momento. Y llamé al camarero, y le pedí un whisky doble.

Cuando lo llevaba por la mitad, ya me había acordado de que yo no era mi hermano Julio, pero tampoco, ni muchísimo menos, mi hermano Rafa. Así que nada de escándalos, me dije, pobre papá, era su vida, yo no tengo por qué juzgarla, estaba en su derecho, pero qué cabrón, con ochenta y tres años, hay que joderse… Entonces me dio la risa, y sucumbí a una especie de euforia delegada, matizada por el asombro, un estupor purísimo, la única respuesta que podía dar a aquella noticia más que inesperada, tan incompatible con todo lo que yo sabía como con la expresión quebrantada y frágil del rostro de mi madre, mientras repetía que su marido y ella habían dormido juntos cuarenta y nueve años, cuarenta y nueve años en la misma cama, cuarenta y nueve años, ¿y ahora qué…? Aquel recuerdo me hizo daño hasta que comprendí que no tenía ninguna razón, ninguna legitimidad para invocarlo.

Pero, bueno, ¿y yo qué sé?, me pregunté, si yo no sé nada, y pensé en mi propio hijo, Miguel, que todavía no había cumplido cuatro años a mediados de noviembre de 2004, cuando me fui tres días a La Coruña, a un congreso que me apetecía lo mismo que tirarme por un balcón, porque mi padre acababa de salir del hospital y yo estaba preocupado, y sobre todo, muy cansado. Y sin embargo, me fui a La Coruña, sin ganas pero me fui, porque el organizador era amigo mío, por no dejarle tirado.

Voy a intentar arreglarlo para estar fuera sólo una noche, le dije a Mai antes de marcharme, a ver si pueden adelantarme la mesa redonda de la tercera jornada, y lo hice, hablé con la secretaria nada más llegar, pero luego, en la cena, conocí a una titular de Valencia con la que no había coincidido nunca y de la que había oído hablar mucho a mis colegas, mal a algunas mujeres, muy bien a los hombres en general, mejor que muy bien a algunos en particular. Yo, desde luego, me puse de parte de la rama masculina de la profesión, porque no sólo estaba buena, también era lista, divertida, estaba casada y muy segura de lo que quería.

—A mí es que los congresos me alteran mucho, ¿sabes? —me dijo después, en el bar al que unos pocos fuimos a tomar una copa—. Es un fenómeno curioso, yo salgo de casa bien, tranquila, pero cuando llego, es que no lo puedo evitar… Os miro a todos así, por encima, y pienso, a ver, a ver…, ¿a quién me voy a follar yo esta noche? Es lo que tiene la Física, tantos, tantos, tantos hombres, y tan pocas mujeres, ¿verdad? Yo no sé lo que harán las historiadoras del arte, añadió al final, me imagino que acabarán a navajazos…

Vino a por mí tan derecha que se me ocurrió que igual se había acostado ya con todos los demás congresistas, pero eso me dio lo mismo, porque en esas circunstancias nunca me ha importado saber que sólo soy una muesca en un revólver y porque, además, y aunque eso resultaba cada vez más raro, yo era el segundo más joven de todos los asistentes, ella incluida. Al día siguiente, en el desayuno, me di cuenta de que me había equivocado a mi favor, porque habíamos sido muchos los llamados y, aunque bastantes como para alinear un equipo de fútbol con sus correspondientes suplentes, no tantos los elegidos. Eso no alteró en absoluto mi percepción de la realidad pero me puso de buen humor, un estado de ánimo que se consolidaría definitivamente ante la cara de pena de la secretaria del congreso, mientras me decía que podría cambiarme de acto, pero no de día, porque uno de los invitados a mi mesa redonda llegaba el mismo viernes por la mañana. ¡Ah, pues entonces nada!, le dije, me quedo hasta el viernes por la tarde, como estaba previsto, no te preocupes. Mai me dijo algo parecido, no pasa nada, Álvaro, así te distraes, que te vendrá bien.

Me distraje bastante, la verdad, tanto que no tuve tiempo para buscar una juguetería donde comprarle un regalo a mi hijo. Al final, en una tienda del aeropuerto encontré un camión con volquete, luces y sonido, que estaba bastante bien, y cuando ya me marchaba, vi en el escaparate de la tienda de al lado un chal estampado en tonos rojizos, con forro de terciopelo y unos flecos de seda muy largos, que parecía hecho aposta para mi mujer. Estaba tan seguro de que le iba a gustar, que se lo compré a pesar del precio, más de la mitad de la suma que yo había cobrado por la conferencia y la mesa redonda juntas. Mientras lo pagaba, estaba muy tranquilo, muy seguro de lo que hacía, de las razones por las que lo hacía, y de que la mala conciencia no estaba entre ellas. Le había llevado regalos a Mai muchas veces, al volver de viajes donde ni siquiera se me había pasado por la cabeza intentar ligar con nadie, y muchas otras no le había comprado nada, entre ellas un simposio en la Universidad de La Laguna durante el que no había llegado ni a deshacer la cama de mi habitación, aunque tampoco me lo había pasado tan bien como en La Coruña. Mi mujer no echaba de menos los regalos que no recibía y me agradecía los que le llevaba. Ninguno como aquel chal.

Por eso, aquella tarde, cuando Raquel me dejó solo con un whisky doble y aquella asombrosa revelación, pensé en Miguelito, que aún no había cumplido cuatro años cuando vio a su madre deshacer un envoltorio de papel rojo, brillante, y chillar primero, sostener después el chal entre los dedos como si fuera un milagro, abalanzarse sobre mí para cubrirme de besos, correr a colocarse delante de un espejo y mirarse en él durante mucho rato. Mi hijo no conservaría el recuerdo de aquella escena, era demasiado pequeño, pero tal vez la imagen de aquel chal sí llegaría a grabarse en su memoria, porque Mai lo cuidaba más que a sí misma y lo llevaba siempre puesto cuando salía arreglada de casa. Entonces, pensé, antes o después mi hijo averiguará que fue un regalo mío, muy escogido, muy especial, muy caro, y jamás se le pasará por la cabeza que su padre, que amaba tanto a su madre que no podía pasar de largo por delante de un escaparate donde había visto algo que ella deseaba, había dedicado los tres últimos días a follar como un descosido con una profesora titular de Valencia que se las sabía todas, incluida la mejor manera de olvidarle deprisa, tan deprisa como la había olvidado él.

Yo no sé nada, me dije, Miguel nunca sabrá nada, nunca podrá escuchar la pacífica voz de su madre, aquel acento ecuánime, objetivo, casi desdeñoso con los ritos por los que estaba atravesando de mi mano, mientras me decía que el mundo era un lugar inmenso, y la vida corta, pero muy larga también. La primera vez que la escuché, aquellas palabras penetraron en mis oídos, en mi memoria torturada por el suplicio asiático de los celos de Lorna, como un bálsamo perfumado y refrescante.

—No puedo esperar que nunca en tu vida te tropieces con otra mujer que te guste, Álvaro —y parecía tranquila, contenta, segura de lo que decía—. Hay tantas mujeres, y tantos hombres también, tanta gente… Y sin embargo lo que nosotros tenemos es importante, ¿no?, para mí es muy importante, demasiado como para echarlo a perder por una tontería, ¿no te parece?

—Pues no sé, sí… —contestaba yo, sin saber muy bien adónde me quería llevar con aquel discurso—, supongo que sí.

—Pues eso —y volvía a sonreír—. Yo siempre he pensado que las tonterías es mejor hacerlas, porque cuando se te quedan dentro, se van convirtiendo en cosas mucho más graves de lo que son en realidad. Por eso, lo único que te pido es que seas leal conmigo, que me quieras, que no me humilles, que no me desprecies, y las tonterías sin importancia que puedas llegar a hacer con otras me dan igual.

La primera vez que las escuché, recibí aquellas palabras como un bálsamo perfumado y refrescante, pero la segunda vez me gustaron menos, y la tercera le pregunté por qué hablaba siempre de mí, por qué nunca pronunciaba aquel discurso en primera persona.

—¡No me irás a decir ahora que eres celoso! —exclamó con un acento risueño, que no me consintió discernir si la idea le gustaba o le parecía inadmisible.

—No, no lo creo —respondí—. Creo que no soy celoso, pero preferiría mantener la duda intacta.

Mai se echó a reír y nunca volvió a sacar ese tema. Y cuando fuera un hombre, su hijo, mi hijo Miguel, no hallaría en su memoria el menor indicio de las nebulosas condiciones del pacto que su madre le propuso a su padre, y que él aceptó con una confianza, una tranquilidad crecientes, hasta el punto de que, porque la vida es así de rara, no sólo llegó a estar seguro de que la segunda persona del singular era la única que se ajustaba con precisión al discurso de su mujer, sino que incluso, a partir de cierto momento, despejó sin ninguna razón concreta aquella duda que pretendía preservar, al darse cuenta de que le daba mucha pereza preocuparse por el hecho de que Mai fuera de verdad o no a cenar con sus amigas cada vez que salía sola por la noche. Miguel nunca sabrá nada de esto, yo no sé nada de nada, me recordé a mí mismo, y logré convencerme sin demasiado esfuerzo.

Cuando dejé de encontrar en la copa un sabor distinto al del hielo fabricado con agua del grifo, miré a mi alrededor para descubrir que estaba a punto de quedarme a solas con los camareros, porque los comensales de la única mesa ocupada aparte de la mía se estaban levantando ya. Pagué la cuenta y me marché deprisa, pero al salir a la calle tuve que pararme a pensar qué iba a hacer a continuación. Encendí el móvil y me encontré con ocho llamadas perdidas con sus correspondientes mensajes, dos de Mai, tres de mi madre y tres de mis hermanos, una de Clara, dos de Rafa. Todas tenían que ver con lo mismo.

—Acabo de salir del restaurante —le dije a mi mujer, que me respondió a la primera—, he encendido el teléfono porque dentro no había cobertura, y me he encontrado con que soy el hombre más buscado de Madrid.

—Sí —ella se echó a reír—. Es tu madre, que quiere saber si puedes ir al notario con ella y con tus hermanos el jueves por la tarde, a las seis, para abrir oficialmente el testamento de tu padre.

—Joder —protesté—, ¿y para qué? Si ella debe de tener una copia, si seguro que ya lo sabe todo…

—¡Ah! De eso no tengo ni idea. Son cosas de tu madre, ya sabes.

—¿Y a ti te viene bien ir el jueves?

—A mí no me ha invitado, Álvaro. Vais sólo los hijos. Los yernos y las nueras no vamos a heredar, como nos podemos figurar.

—¿Te lo ha dicho así?

—Con esas mismas palabras.

—Qué propio —y los dos nos reímos a la vez—. Bueno, pues tendré que poder, a ver qué remedio…

En aquel momento, me di cuenta de que todavía no podía hablar con mi madre, afrontar con serenidad su voz delgada pero firme, aquella punta de dolorida impertinencia con la que sin duda me pincharía para reprocharme el esfuerzo que le costaba siempre dar conmigo, hay que ver, Álvaro, hijo, ¿dónde te metes?, me paso la vida persiguiéndote. Mi madre era una mujer dura, pero yo tampoco sabía cuánto, ni cómo, ni para qué, más allá de la inflexible práctica de la disciplina que nos había impuesto cuando éramos niños y que había alternado siempre con arrebatos de un cariño intenso, combinados en una proporción muy diferente de la forma de querer a sus hijos que había desarrollado su marido. Mi padre parecía mucho más blando pero también más despreocupado que su mujer excepto cuando se encolerizaba, para abandonarse a unas explosiones de furia que nos aterraban a todos y a ella también. En la pausa que Mai aprovechó para contarme lo que había hecho durante el día, y que la profesora de Miguelito estaba muy contenta de cómo trabajaba en el colegio, aunque no le gustaba que fuera tan pegón y que se peleara en el recreo con otros niños, me pregunté si mi madre sabría algo de todo esto, si Raquel no sería la última de una larga serie de amantes cuya existencia ella habría podido conocer o no, si las infidelidades de su marido le habían dolido siempre o sólo antes, o tal vez nunca, si las había aceptado como una contrapartida inevitable de su matrimonio o le habían hecho sufrir toda su vida.

—… y yo le he dicho que no —seguía diciendo mi mujer—, que por supuesto que no, que nosotros no estimulamos de ninguna forma la agresividad del niño, aunque ya sabes lo que pienso, Álvaro, que es culpa tuya, porque como a ti te hace tanta gracia que sea tan bruto, y sólo le compras dinosaurios y robots de esos cargados de misiles…

—Ya —admití, sin pararme a discutir los archisobados criterios pedagógicos de la educadora más ñoña que había conocido en mi vida—. Lo tendré en cuenta… Oye, Mai, ¿por qué no me haces un favor?

—Que llame a tu madre —pude percibir su sonrisa sin verla—. Es eso, ¿no?

—Sí, gracias, es que…, estoy muy liado, ¿sabes? Tengo que pasarme por el museo todavía, no sé a qué hora voy a llegar a casa… Llámala y le dices a todo que sí, a ver si se queda tranquila y me deja en paz de una vez.

Tendría que pasarme por el museo pero de verdad, pensé cuando paré un taxi. Le pedí al conductor que me llevara a la calle Jorge Juan, y tuve que consultar el número del portal en el llavero que llevaba apretado en la mano izquierda desde que salí del restaurante. Eso debe de estar entre Velázquez y Núñez de Balboa, más o menos, ¿no?, supuso en voz alta, y le contesté que no tenía ni idea, que era la primera vez que iba por allí. Pero me equivocaba.

Reconocí el portal antes de entrar, y sentí un golpe de sudor frío, instantáneo, como una advertencia húmeda y helada en el centro de mi espalda.

Es verdad, pensé, entonces es verdad, y en ningún momento había pensado que pudiera ser mentira, pero todo había sido tan raro, mi encuentro con Raquel, la comida de aquel día, la noticia que me había dado, su manera de dármela, que en realidad no había dejado de enfrentarme a ella como si no fuera otra cosa que una nueva hipótesis, otra versión de mi padre, asombrosa, imprevista y risueña en principio, quizás amarga, dolorosa después, más conmovedora en todo caso que cualquiera de las teorías que yo mismo había elaborado y barajado para explicarme un misterio que, y en eso su amante llevaba razón, ahora dejaba definitivamente de ser tal para revelarse como una historia sencilla, vulgar, repetida. La imagen de aquel anciano fuerte, poderoso hasta el final, empeñándose en subir al último tren que pasaría por su última estación, aferrándose a la vida con unas fuerzas que ya no tenía, las manos desolladas, la piel congestionada, los dientes apretados por el esfuerzo, desplazó en aquel momento otras ideas, otras imágenes, no sólo el rostro de su mujer, también la perspectiva de su insatisfacción, su incapacidad para aceptar la realidad, las previsibles humillaciones que los ochenta y tres años de su cuerpo habrían decretado sobre la insobornable fortaleza de su espíritu. Entonces, mientras entraba en el portal, y cruzaba el vestíbulo, y esperaba el ascensor, no pensé en nada de eso. Sólo en mi padre, en que había sido un hombre mucho más extraordinario de lo que llegaríamos a ser sus hijos. Y me emocioné al calcular cuánto.

La llave que me había dado Raquel abrió sin dificultad la puerta acorazada, más que blindada, del Ático E, que compartía con el F el ala derecha del edificio y la misma superficie que, en el ala izquierda, se repartían el doble de apartamentos. Mi corazón volvió a desbocarse cuando entré en un gran recibidor cuadrado y vi, al fondo, un salón descomunal, y mucho más lejos aún, una terraza que parecía precipitarse en el aire, como si estuviera a punto de echarse a volar sobre el cielo de la ciudad. Entonces sonreí, y volví a experimentar un sentimiento cercano a la euforia, pero más definido.

—Hay que ver, qué cabrón eres, papá —dije en voz alta, en presente y sólo para mí, como si él estuviera ausente, pero vivo aún—. Qué hijo de puta…

Porque aquel ático no era más lujoso, pero sí el doble de grande que el que mi hermano Rafa había intentado endosarme un par de años antes.

—Acabamos de terminar la rehabilitación de un edificio histórico, magnífico, en la mejor zona del barrio de Salamanca —me anunció por teléfono—. Es una casa muy especial, me gustaría enseñártela.

—¿Para qué? —le pregunté—, si no voy a comprarme ningún piso.

—Bueno, eso es lo que piensas ahora, pero ya verás…

Su insistencia me mosqueó mucho, porque no me fiaba un pelo de él ni de sus fantásticas iniciativas de empresario del antifaz, pero no pude evitar que una tarde fuera Mai quien descolgara.

—Pues a mí me apetece, Álvaro —me dijo luego—, aunque sea sólo por curiosidad. No nos cuesta ningún trabajo, ¿no? Quedamos con Rafa un sábado por la mañana, lo vemos y ya está.

Lo que vimos se parecía mucho más a una suite de lujo de esos hoteles que salen en las películas que a una casa donde pudiera vivir una persona normal. Tenía un salón enorme, un dormitorio inmenso con forma de ábside, un cuarto de baño con más mármol que un mausoleo persa, un jacuzzi del tamaño de una piscina mediana, y una cocina americana, ridícula, escondida dentro de un armario.

—Es impresionante, desde luego —concluyó Mai, afirmando con la cabeza como si estuviera hablando en serio.

—¿Impresionante? —pregunté yo, pero mi hermano no quiso acusar mi escepticismo.

—Podríais quedároslo —sugirió en cambio.

—¿Quedárnoslo? —volví a preguntar.

—Sí —y esta vez Rafa me respondió—, os lo podéis permitir…

Entonces me pasó un brazo por el hombro, malo, me dije, y empezó a intentar liarme por el más obvio de los principios.

—Porque tú estás ahorrando, ¿verdad, Álvaro?

Eso era verdad. Cuando volví de Estados Unidos me encontré con que mi padre había adquirido la costumbre de repartir parte de sus beneficios con nosotros, una cantidad considerable en sí misma que, al dividirse entre cinco, solía oscilar entre dos y tres millones de pesetas por hijo. Los míos me los había ido guardando, él era sumamente escrupuloso y jamás perjudicaba a un hermano para beneficiar a otro, pero lo invertí todo en la casa. Después, hasta que Mai se quedó embarazada, me fui gastando aquel dinero año tras año, en viajes larguísimos y espléndidos que mi futura paternidad interrumpiría a la fuerza en unos pocos meses. Entonces pensé que sería mucho más sensato comprar algo en la playa, un apartamento o una casa pequeña en algún lugar que con el tiempo se convertiría en el paraíso infantil y privado del niño que iba a nacer, y le pedí a mi padre que me guardara mi parte hasta que le dijera lo contrario.

Nos lo estábamos tomando con calma. A Mai le gustaba el norte, a mí no, Miguelito todavía era muy pequeño y la casa que mis padres tenían en La Moraleja, mucho jardín, mucho servicio, mucha piscina, muy grande y demasiado cómoda como para renunciar a ella todavía, pero llevaba tres años ahorrando, eso era verdad, y ya estaba cerca del final del camino. Aquel año, mi padre había repartido lo mismo que los otros, pero nos había advertido que iba a haber más. Acababa de vender su participación en una empresa que nunca le había gustado en unas condiciones tan ventajosas que había decidido repartir beneficios con sus hijos a partes iguales. Todos lo sabíamos, pero quizás Rafa era el único que conocía la cifra exacta que íbamos a recibir.

—Ya ves —me dijo al salir, antes de empeñarse en invitarnos a una copa—, entre lo que tienes ahorrado y lo que papá te va a dar un día de éstos, tienes de sobra para la entrada. Lo compras, lo pones a la venta, le sacas el doble de lo que te ha costado, porque te lo voy a dejar a precio de coste, eso por descontado, y con lo que ganes, pagas el resto y te compras lo que quieras en la playa que quieras.

—Sí, pero es que yo —intenté negarme—, yo no…

—Ya, tú no sabes nada de negocios —se me adelantó él—, lo sé, pero éste es el más limpio, el más fácil y rápido que te van a proponer en tu vida. Clara se va a quedar con otro, no creas, y Julio porque Verónica no le deja, que si no…

—Mira, Rafa, olvídame.

—Muy bien —aceptó con cara de pena, como si se compadeciera sinceramente de nosotros—. Allá tú, como quieras…

No dijo nada más excepto que nos invitaba a las copas de todas formas, y cuando llegué a casa ya se me había ocurrido que igual había hecho una tontería.

—Mira, tu hermano Rafa me tiene hasta los cojones, no te digo más —bramó mi padre desde el otro lado del teléfono—. Y eso que se lo tengo dicho, ¿eh?, que no es la primera vez, que estoy harto de advertírselo, que no os líe, que no sea tan chorizo, joder… Pero nada, no me hace ni caso. Necesitará dinero, claro, como siempre, porque andará metido en setenta negocios a la vez, y a mí no me habrá contado ni la mitad… En mi vida he conocido a nadie a quien le guste el dinero más que a tu hermano, y mira que tiene poca gracia para gastárselo.

—Pero, entonces… —intervine yo, un tanto sorprendido por su vehemencia—, esos áticos no valen…

—Esos áticos valen un dineral —me interrumpió—, por supuesto que sí, pero una barbaridad, eso es lo que valen, y por eso se los ha quedado él. Ha vendido tres, dos pequeños a una distribuidora de cine norteamericana, que los va a usar para alojar a las estrellas que vengan a estrenar películas a Madrid y para blanquear dinero de paso, me imagino, y otro grande, a un directivo del Banco de Santander que lo quiere para ir allí a acostarse con su amiguita, porque si los has visto, ya te habrás dado cuenta de que para eso es para lo que están pensados, más que otra cosa.

—Pues, mira…, no se me había ocurrido, pero ahora que lo dices…

—Total, que ya ha ganado dinero, pero todavía tiene otros tres y no le va a resultar nada fácil encontrar un comprador en poco tiempo. A la larga sí, a la larga los vendería y ganaría una fortuna, pero debe de tener prisa, vete a saber por qué, y los millonarios no crecen en los árboles, por cierto… Por eso ha pensado en vosotros, en el tonto de tu cuñado Curro, que le dijo que sí hasta que hablé yo con tu hermana, y en ti. Con Julio no se atreve, y Angélica todavía debe la mitad de la hipoteca, pero Clara, y tú, pues eso… Ahora se queda con todo lo que os voy a dar, y va cobrando el resto poco a poco hasta que yo me muera, claro, y entonces, seguro que todavía no habéis encontrado comprador… —resopló, como si ya estuviera cansado de repetir aquel discurso y pensé que seguramente así era—. Mira, tú llámale y le dices de mi parte que lo de Jorge Juan no, pero que le compras a precio de coste un chalé de los que está haciendo en Arroyomolinos para familias normales, con dos sueldos, dos hijos y un perro, ya verás como no quiere ni oír hablar del tema. Y ya verás como, al final, el que tiene que quedarse a la fuerza con uno de esos dichosos áticos soy yo, como si lo viera…

Nunca llamé a mi hermano para comprarle un chalé en Arroyomolinos, pero mi padre sí debió de hablar con él, porque Rafa no había vuelto a ofrecerme ningún chollo cuando estuve en condiciones de rematar por mi cuenta aquella conversación.

—Por eso no querías que compráramos aquí, ¿verdad, papá?

Recorrí la inmensidad de aquel salón medio vacío mientras reconocía los muebles, tres sofás de piel blanca, una mesa baja con tapa de cristal, otra de comedor que parecía navegar con sus ocho sillas en una zona separada del resto por tres peldaños, y las tumbonas de teca de la terraza, idénticas a las que yo había visto en el ático que mi hermano nos enseñó. Te quedaste con los muebles del piso piloto, concluí, hiciste bien, total, para qué ibas a gastar más dinero… Y sin embargo hallé otros detalles reconocibles, las plantas maduras, bien cuidadas, y los grabados, abstractos y enmarcados con buen gusto que decoraban las paredes. Era evidente que allí no vivía nadie, no era eso para lo que aquellos áticos estaban pensados, recordé, pero en un estante, encima de la televisión, había algunos libros leídos, y en la mesa baja, un cenicero de cristal, limpio pero usado.

El cuarto de baño fue muchísimo más revelador. En unos ganchos cromados, junto a la puerta, encontré dos albornoces, uno blanco, más grande, y otro de color salmón, más pequeño. Sobre la encimera en la que estaban empotrados los lavabos había dos cepillos de dientes, un tubo de dentífrico, varios tarros de distintas cremas, un bote de espuma de afeitar y un estuche de pañuelos de papel. Debajo, en los cajones, encontré una caja de tampones, otra de analgésicos, un neceser lleno de cosméticos, un paquete de discos de algodón y dos tipos distintos de maquinillas de usar y tirar, unas rosas, otras azules, todo normal, como los geles, los champús y una manopla de fibra vegetal, muy usada, que vi a través de la mampara que aislaba la ducha del resto. Hasta ahí todo fue bien, pero cuando me acerqué al jacuzzi, que era más grande que el que Rafa nos había enseñado y estaba semirrodeado por una pared de cristal que ofrecía una vista espectacular, me encontré con que el borde estaba repleto de velas a medio consumir, todas iguales, blancas, pequeñas y encerradas en unos pequeños fanales transparentes. Qué horror, pensé al verlas, qué cosa más cursi, qué horterada, y antes de terminar de pensarlo, me encontré con que la cara me ardía.

Aquel calor no era más que un pálido reflejo del incendio que acababa de desatarse en mi interior, una catástrofe fulgurante, instantánea, donde el pudor atizaba a la excitación y era a su vez implacablemente alimentado por ella, para que yo pudiera escuchar el crujido de las ramas que se desgajaban de los árboles, el chisporroteo de las cortezas resinosas, el susurro de las púas en llamas, y oler el fuego, verlo avanzar por las laderas de un monte imaginario, que era yo y estaba ardiendo de una culpa inocente, que no había hecho nada para merecer, y de una vergüenza infinita que sin embargo no era capaz de apagar todos los focos, siéntese, por favor, perdóneme, no le he ofrecido nada, ¿quiere tomar un café?, y Raquel Fernández Perea, que era mucho más guapa de lo que parecía, encendiendo la última vela antes de zambullirse desnuda en el agua con su cuerpo de treinta y cinco años y su piel de melocotón, esas piernas tan bonitas y las caderas levemente más anchas de lo que parecía exigir la estrechez de su cintura, para que mí padre la rodeara con sus brazos mientras pensaba que su hijo Álvaro era un gilipollas que no tenía ni idea de lo que era horrible, ni cursi, ni hortera en este mundo. Esa nueva sensación, la conciencia de no ser más que un pardillo, el ingenuo y fortuito espectador de una complejidad que no estaba a mi alcance, se sobrepuso a la excitación y a la culpa, a la vergüenza y al asombro, sin matizar la formidable confusión a la que todo lo que un instante antes era yo había quedado reducido sin remedio. Y esto no es nada, me dije, seguro que esto no es nada.

El dormitorio, sin embargo, no ofrecía ninguna señal particular a simple vista. Tenía las paredes estucadas en un tono amarillo anaranjado que entonaba muy bien con el de mi espíritu, y una forma de ábside achatado que prestaba a la cama, cuadrada, de dos metros por dos metros, una irreverente apariencia de altar, reforzada por la presencia de dos nichos recubiertos por molduras de escayola blanca, muy pretenciosos y bastante feos para mi gusto, que estaban situados justo encima de las mesillas. Éstas, de perfil curvo y líneas sencillas, sí me parecieron bonitas, como la cómoda a juego que estaba adosada a una de las paredes laterales. El único elemento perturbador del mobiliario era una televisión plana, inmensa, colgada en la pared del fondo a la altura idónea para verla desde la cama. Debajo, en un carro metálico con ruedas, había un vídeo, un DVD y un montón de películas muy bien ordenadas.

—Ya verás, Alvarito —me dije mientras las miraba—. Ya verás.

Pero no vi nada todavía. Antes me senté en la cama, comprobé que el colchón no era de agua, experimenté un considerable y absurdo regocijo al percibir su vulgar estructura de muelles, y me consentí a mí mismo volver a pensar que los ricos eran muy horteras, sin sentir esta vez nada especial al formular una idea tan clamorosamente sustentada por el espacio que me rodeaba. Luego, me pregunté cuál sería el lado de mi padre, concluí que lo más lógico sería que se hubiera reservado el mismo que ocupaba en su lecho matrimonial, comprobé que sobre la mesilla situada a la derecha reposaban dos mandos a distancia, y empecé por los cajones de la otra, donde no encontré nada, sólo un folleto de instrucciones del radio despertador digital que se correspondía con el modelo que estaba encima, al lado de la lámpara.

El reloj estaba en hora, y la alarma activada. Pulsé el botón por curiosidad y me encontré con que el aparato estaba programado para encenderse a las siete de la mañana. Luego ella se queda de vez en cuando a dormir aquí, deduje, y aquel indicio de normalidad, la imagen de una mujer joven que se levantaba para ir a trabajar de la cama que unas horas antes había compartido con un hombre que podría ser su padre, y hasta su abuelo, me pareció una monstruosidad, pero me acordé a tiempo de que Raquel Fernández Perea no era una pobre huérfana abandonada e indefensa, sino una chica lista que ganaba un sueldo, seguramente considerable, en una institución de nombre laberíntico que se dedicaba a hacer crecer el dinero de los demás. Entre las razones que la hubieran llevado a liarse con uno de sus clientes no era previsible que se contaran la miseria, la necesidad de protección o la incapacidad para defenderse por sí misma. La verdad es que, para trabajar con un horizonte científico tan amplio, eres muy novelero, Álvaro, recordé, tienes mucha imaginación, para ser físico.

En el primer cajón de la mesilla de la derecha había tres objetos. El más pequeño era un pastillero cuadrado, de plata, con la superficie rayada, muy parecido, si no idéntico, al que mi padre llevaba siempre encima. Lo mismo ocurría con el portaminas de acero, muy sencillo, muy estilizado, como todos los que llevaba enganchados en el bolsillo de la chaqueta en todas las imágenes suyas que podía recordar. El tercero era un consolador de goma de color morado, que parecía relleno de una especie de gel, y olía a jabón, plástico bien lavado.

—Hostia, papá…

Raquel Fernández Perea, que es mucho más guapa de lo que parece, desnuda sobre una pila de almohadas, con sus piernas bonitas abiertas de par en par, ofrece una perspectiva insólita, obscena y encantadora de su cuerpo levemente desproporcionado, la piel perfecta, siéntese, por favor, perdóneme, no le he ofrecido nada, ¿quiere tomar un café?, mientras su vientre tiembla apenas, menos desde luego que las manos del anciano que empuña un cilindro de goma de color morado que desaparece despacio en su interior para que ella agradezca la atención con una sonrisa que deja ver sus dientes separados.

La sangre se agolpaba en mis sienes como si estuviera a punto de reventarme las venas, y al respirar no hacía otra cosa que inyectar oxígeno en un fuego del que ya no podía distinguir nada excepto el calor, las llamas que me cercaban, que prendían en mi ropa, que me ahogaban en humo con una minuciosa e implacable precisión. Te voy a decepcionar, Álvaro, es una historia vulgar, sencilla, los seres humanos somos muy sencillos, y tenía razón, tanta que encendí primero la televisión, luego el DVD, y me encontré exactamente con lo que esperaba, la mujer era morena y llevaba un corsé rojo y negro que le dejaba los pechos al aire, los hombres, porque eran dos, llevaban traje oscuro y corbata, pero ambos tenían la bragueta abierta y la polla fuera, no vi nada más, volví a apagar los dos aparatos en el orden inverso a aquel en el que los había encendido, primero el DVD, luego la televisión, para ahorrarme la destemplanza sórdida y mecánica de las escenas que vendrían a continuación, y no pude evitar hacer un chiste, modelo ejecutivo, papá, pensé para mí mismo, al acordarme de lo nervioso que le ponía mi resistencia a ponerme una corbata, al fin y al cabo, siempre ha sido lo tuyo. Ése era el chiste, pero no me hizo gracia.

No me apetecía estar más tiempo allí, husmeando en la intimidad de aquel anciano que ahora me parecía tan débil, tan frágil, tan desvalido como un animal callejero, desahuciado, un pobre hombre que estaba muerto y solo, en ninguna parte. Aquélla fue la primera vez en mi vida que me sentí responsable de mi padre, más adulto que él, más capaz de tomar decisiones, de resolver problemas, de ampararle y protegerle como él había hecho conmigo cuando yo era niño. Has tenido que morirte, papá, pensé, has tenido que morirte para necesitarme, y la dureza de aquella conclusión me estremeció.

En el pastillero había una pastilla blanca, pequeñita, otras redondas y un poco más grandes, también blancas, y dos azules, que me parecieron raras, porque no recordaba haber visto nunca comprimidos de ese color. Me guardé una en el bolsillo, devolví el pastillero al cajón de la mesilla, lo cerré, y procuré dejarlo todo igual que me lo había encontrado, aunque antes de salir me di cuenta de que tendría que volver pronto, porque no podía compartir aquel secreto con mis hermanos, y muchísimo menos con mi madre. Al fin y al cabo, todos habíamos tenido la suerte de que ella me mandara a mí, precisamente a mí, que parecía el hijo equivocado, a entrevistarme con la última amante de su marido. Entonces me acordé de la reunión que había convocado para el jueves siguiente, y calculé que debería desprenderme de todo antes, tirar las películas, el consolador, las velas, el despertador, los cosméticos del cuarto de baño, los libros leídos, y aquél me pareció un trabajo feo, sucio, sentí una punzada de tristeza en el umbral de aquella puerta por la que tendría que volver a entrar antes de que pasaran tres días y me pregunté cuándo la habría atravesado él por última vez, cómo se encontraría, cuánto tiempo le quedaría antes de morir.

Qué putada, papá, qué putada que te hayas muerto así, con una amante de treinta y cinco años y tantas ganas de vivir, qué putada. El aire del exterior me sentó bien, pero no entibió la gélida corteza de mi melancolía, ni solidificó el estado gaseoso que mantenía todas y cada una de mis terminales nerviosas al borde de la ebullición. La calle Villanueva, además, estaba sorprendentemente despejada.

—¡Miguelito!

Mi hijo vino trotando por el pasillo, se estrelló contra mí con la misma desprevenida alegría de un toro que ve abierta la puerta del chiquero, y me hizo reír. Era verdad que era muy bruto, y también era verdad que a mí me hacía mucha gracia que fuera así.

—¿Cómo te has portado hoy? —le pregunté, después de cogerle en brazos y darle muchos besos para aspirar el aroma de su cabeza, una conmovedora amalgama de olor a tiza, goma de borrar y ketchup—. ¿Bien? —él asintió con la cabeza, muy serio—. Mamá me ha contado que tu profe dice que trabajas bien pero que te pegas mucho.

—Yo no —negó ahora, más serio aún—. Es Adrián, y Tito también, en el recreo, pum, pum…

—¿Ellos te pegan y tú te defiendes, verdad? —le pregunté, y me sonrió—. Entonces te vas a merecer un premio, por lo de trabajar tan bien, digo… ¿O no?

Mai estaba en la cocina, dándole vueltas al contenido de una sartén con una cuchara de madera.

—¡Álvaro, qué pronto has llegado!

—Sí —admití, y cerré la puerta.

—El niño está…

—El niño está viendo Peter Pan —la interrumpí, colocándome detrás de ella—. Se la acabo de poner. Es su peli favorita, ya sabes, y no creo que sea peligrosa, porque salen unos piratas, pero son muy simpáticos.

—Pero ¿no se la habías escondido…? Álvaro… —dejó escapar una risita nerviosa—. Álvaro, ¿qué haces?

—Nada —tenía la mano derecha dentro de su sujetador, la mano izquierda debajo de su falda, y la besaba en el cuello, muy despacio—. Bueno… Esto —y moví todos los dedos a la vez—. Le he levantado el castigo, pobrecito…

—¿Y por qué?

—¿Que por qué? —repetí, imitándola, mientras me apretaba contra ella—. ¿Tú qué crees?

—Álvaro…, estoy haciendo croquetas para cenar… Y la bechamel se me va a llenar de grumos…

Aquella noche cenamos una pizza cuatro estaciones de tamaño familiar con pan de ajo de regalo, y me di cuenta de que mi hijo interpretaba aquel menú imprevisto como parte del premio que yo, en un arrebato de graciosa e injustificada magnanimidad, había decidido otorgarle. Ya verás, me dije mientras le miraba con una punta de compasión anticipada, ya verás la próxima vez que pintes en la pared y tenga que volver a esconderte la película, pero se portó muy bien, se comió todo lo que tenía en el plato y se dejó llevar a la cama sin rechistar por un padre abrumado por su arbitrariedad.

Cuando volví al salón, Mai estaba viendo una película. Puse un par de copas, me senté a su lado, ella se recostó contra mí, como de costumbre, y logré mantener la compostura unos diez minutos.

—¡Álvaro! —tenía la camiseta en las axilas, el sujetador desabrochado, la falda arrugada en la cintura, y un acento indeciso entre el regocijo y el escándalo, que me permitió comprender que estaba contenta pero un poco asustada también—. ¿Qué te pasa hoy? Estás imposible, en serio…

—No lo sé —contesté, mientras me la sentaba encima—. Será la primavera.

Pero no era la primavera. Y cuando terminé, no estaba más tranquilo que antes de llegar a casa.

El todo puede ser mayor, menor o igual que la suma de las partes, todo depende de la interacción que se establezca entre estas últimas. Pensad bien en lo que acabo de decir porque ésta es una frase muy importante, y lo es en sí misma y porque desemboca en esta otra, sólo podemos afirmar con certeza que el todo es igual a la suma de las partes cuando las partes se ignoran entre sí.

Eso les decía yo a mis alumnos, y ellos tomaban apuntes con mucho afán y una sombra de escepticismo en la mirada, preguntándose de qué iba yo y por qué les soltaba tantos rollos si ellos no estaban estudiando filosofía, joder, pero a mitad de curso, los más listos habían descubierto ya que la física era también un sistema de pensamiento, que tenía sus propias reglas, y que éstas no podían desarrollarse sin más con las herramientas de la aritmética. Porque dos y dos no son necesariamente cuatro, no siempre, no en todas las circunstancias, no por fuerza, no a toda costa. Cuando lo comprendáis, les decía, estaréis en condiciones de comprender muchas cosas más. Y sin embargo, el hábito de obtener un cuatro de la suma de dos y dos estaba demasiado arraigado en el mecanismo de sus conocimientos como para que lograran desalojarlo sin resistencia, yo lo entendía, y procuraba no ser demasiado severo con ellos. Tampoco lo fui conmigo cuando volví al picadero de mi padre y tuve la sensación de que todo era un montaje.

Llevaba dos días y medio trabajando con un método cercano al anonadamiento, una sobrecarga voluntaria de esfuerzo que me había sentado bien, no sólo porque desde el día que conocí a Raquel no había hecho nada más que elaborar hipótesis fallidas, sino porque, además, después de pasar la tarde entera en el museo, discutiendo con los obreros y supervisando el montaje de mi exposición, llegaba a casa de noche, y lo bastante cansado como para que Mai recuperara la serenidad. Lo mío era distinto, simple agotamiento físico y, tal vez, el alivio de saber algo más.

—Había pensado en consultarle una cosa a tu mujer —aproveché el primer cambio de clase de la mañana del martes para llamar a mi cuñado Adolfo—, pero creo que prefiero hablar contigo.

—¿De hombre a hombre?

—Pues… sí.

—A ver —el tono zumbón, malicioso, tras el que se protegía, me hizo sonreír—. Que no sea muy difícil. Y, si puede ser, muy masculino tampoco.

—Bueno, me temo que masculino sí es, pero difícil no… Verás, la semana pasada, uno de esos días que llovió tanto, tuve que ir a La Moraleja a recoger el correo de mi madre. Iba a cuerpo, con un jersey, me puse perdido de agua, y Lisette me dio una gabardina de papá. Y en un bolsillo había un pastillero de esos de plata que usaba él siempre, con una pastilla blanca, redonda, pequeñita…

—Cafinitrina —me interrumpió él, ignorando que no me estaba contando nada que yo no supiera—. Tu padre tenía que llevarla siempre encima, porque ya había tenido un infarto y antes un par de amagos.

—Vale. Luego había otras pastillas también blancas, y también redondas pero un poco más grandes, que no sé lo que son.

—Yo tampoco —Adolfo se echó a reír—, vete a saber… Igual es paracetamol, para el dolor de cabeza. O no. Si son redondas, seguramente serán alguna clase de estatina, para el colesterol. Tu padre tenía el colesterol alto, no mucho, desde luego, pero lo bastante para cuidárselo.

—Ya… Y luego había otras pastillas, que son las que me mosquearon, de color azul cielo intenso —miré el comprimido que tenía entre los dedos e intenté ser más preciso—, no sé si me entiendes, o sea, no exactamente azul celeste…

—Y de forma romboidal —completó él.

—Sí —admití.

—Viagra.

—¿Seguro?

—Hombre, yo no soy farmacéutico, pero con esas señas… Casi que sí.

—Y mi padre… —lo estaba esperando desde el principio, pero la naturalidad de mi cuñado me desconcertó por un momento—. ¿Mi padre podía tomar viagra?

—No es que pudiera, Álvaro. Es que la tomaba, me lo estás diciendo tú.

—¿Y no era peligroso?

—Bueno… —se paró un momento, como si acabara de tomarme en serio y necesitara encontrar un tono diferente para seguir hablando conmigo—. Es como todo, no sé qué decirte. Desde luego, quien formuló la viagra no estaba pensando en un paciente de sus características, pero… Tu padre era un hombre muy fuerte, Álvaro, y aunque parezca un contrasentido, porque se murió de un infarto, también era un enfermo cardíaco privilegiado, porque no era hipertenso, porque no era diabético… Y así y todo, los ambulatorios están hasta arriba de abuelos de la edad de tu padre, enfermos cardíacos que sí son diabéticos, que son hasta hipertensos, y que se ponen de viagra hasta el culo, y además alegremente, por su cuenta, sin ningún control, porque saben que sus médicos nunca se la recetarían, aunque eso ahora está cambiando, claro, y más que va a cambiar. Los especialistas se han dado cuenta de que prohibírsela no sirve de nada, de que la van a seguir tomando igual, y ahí los tienes, y a ver quién les quita lo que están bailando. ¿Que si renunciaran a la viagra quizás, sólo quizás, podrían vivir más tiempo? Por supuesto. ¿Que podrían correr menos riesgos, tener menos fatiga, menos arritmias? Claro que sí. ¿Que podrían tener más calidad de vida? Eso ya no. Eso ya depende de lo que cada uno entienda por calidad de vida, y yo, desde luego, me quedo con la definición de los abuelos. Yo, cuando me llegue la hora, pienso tomarla. Esto son dos días y luego nada, y si me equivoco, si resulta que al final la carne resucita, prefiero resucitar empalmado, no vaya a ser que me caiga la breva de ir a parar por error al paraíso musulmán y me encuentre con que me tocan treinta vírgenes para mí solo.

—Pues mira, no lo había pensado —reconocí cuando dejé de reírme.

—Es que eres diez años más joven que yo, pero ya lo pensarás, no creas que no… Ahora en serio, Álvaro. La primera conversación, digamos íntima, que tuve con tu padre fue sobre esto. Yo acababa de liarme con tu hermana, era la tercera o la cuarta vez que iba a su casa, él me sacó el tema y a mí me pareció normal. Todavía le quedaban dos años para cumplir los ochenta, era un hombre fuerte, sano, tenía curiosidad, era lógico, ¿no? A mí me pareció lógico, por lo menos. No me preguntó si podía tomarla, pero eso estaba flotando en el ambiente y yo me adelanté. Si te apetece probarla, Julio, aunque sólo sea una vez, para ver qué pasa, le dije, avísame antes. No es nada grave, no te va a hacer daño, pero conviene calcular bien la dosis, eso es muy importante, y a tu edad es mejor hacer las cosas con cabeza. Por supuesto, me contestó, por supuesto. Y nunca me avisó, pero eso también es normal, ¿no?, porque yo era el novio de su hija, y luego su marido, y él no sabía qué grado de confianza podía tener conmigo sin incluir a Angélica, y a lo mejor no le apetecía nada que se supiera, seguramente tendría sus motivos.

—Sí —admití—, sí, todo eso lo entiendo, pero… ¿y la viagra no pudo provocarle el infarto?

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