El corazón helado
Tercera parte: El corazón helado
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III
El corazón helado
Dicen los viejos (sic) que en este país
hubo una guerra (sic),
que hay dos Españas que guardan aún
el rencor de viejas deudas.
[…] Pero yo sólo he visto gente
que sufre y calla, dolor y miedo,
gente que sólo desea
su pan (sic), su hembra (sic) y la fiesta (sic) en paz.
[…] Dicen los viejos (sic) que hacemos
lo que nos da la gana (sic);
y no es posible que así pueda haber
gobierno que gobierne nada (sic)
[…] Pero yo sólo he visto gente
muy obediente, hasta en la cama (sic),
gente que tan sólo pide
vivir su vida, sin más mentiras (sic) y en paz.
Libertad, libertad, sin ira libertad,
guárdate tu miedo y tu ira
porque hay libertad, sin ira libertad,
y si no la hay, sin duda la habrá (y sic).
Jarcha, Libertad sin ira (1977)
En las postrimerías del ocioso estío, ha regresado a mí este año, por dos vías distintas, un poema de Antonio Machado que desde hacía tiempo estaba ausente de mi ánimo: el soneto A Líster, jefe en los ejércitos del Ebro […] La poesía de circunstancias, sean éstas cualesquiera, puede ser pésima; pero, aparte de eso, toda poesía es de circunstancias: de circunstancias fueron las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, el Llanto de García Lorca por Ignacio Sánchez Mejías y el poema de Antonio Machado sobre el asesinato de García Lorca […] ¿Por qué, entonces, habrá tenido tan mala fortuna crítica? ¿Por qué, ahora, tiene que buscarle disculpa quien quiere ponderar sus quilates estéticos? […] Después de aquel momento, durante la guerra generalizada, Líster seguiría en campañas europeas, fiel a su vocación; y hoy, pasados tantos años, su lealtad podrá parecer un anacronismo; hoy, el soneto en que Machado quiso enaltecerle produce una cierta sensación de vago malestar. Hoy ¡se es tan avisado! ¡Se está tan por encima de ciertas cosas!
Francisco Ayala (1988)
Mai había dejado la casa recogida antes de marcharse, pero al entrar en el dormitorio me tropecé con una hormigonera en miniatura, de metal amarillo y ruedas de plástico, que estaba escondida en el quicio de la puerta. La recogí y la puse en su sitio, entre un camión de bomberos y un Ferrari rojo, en el estante donde mi hijo tenía desplegada su escudería, y los dedos me dolieron, me dolió el olor de aquella habitación, los dibujos del edredón a juego con los de las cortinas, la telaraña por la que yo mismo había condenado a Spiderman a trepar eternamente sin llegar nunca a alcanzar el techo. Salí de allí deprisa, sin hacer ruido, como si fuera de noche, en otro tiempo, pero Miguelito no estaba durmiendo en su cama y yo tampoco me sentí mejor. Mientras avanzaba por el pasillo hacia lo que ya era el dormitorio de mi exmujer, casi pude verle, ver a su madre, escuchar su voz, recuperar ruidos, risas, timbres, pisadas, ecos aún despiertos de mi primera vida. Recordé también cada palabra y cada pausa de la conversación que habíamos mantenido la noche anterior.
—¿Sí?
—Hola, Mai, soy Álvaro.
—Ya… Todavía reconozco tu voz.
Aquel diálogo había rematado uno de los días más crueles, más violentos y desagradables de mi vida, un día que podría haber sido el peor si no hubiera perdido ya la cuenta de los candidatos a aquel título. Creía que no ibas a volver, me dijo Raquel cuando me abrió la puerta, a las ocho de la tarde de aquel día nefasto, 30 de septiembre, viernes, que había empezado cuando la radio de su despertador se encendió sola, a las siete de la mañana.
—Tengo que irme a trabajar —me anunció, y estaba tan despierta como yo—. Ayer me pedí el día, porque me imaginaba que lo iba a necesitar, pero hoy… No tengo más remedio.
—Claro —esperó un momento por si yo quería añadir algo, pero no encontré nada más que decir.
Mientras la veía levantarse y salir por la puerta sin volverse a mirarme, recordé sus palabras, aquel brillante y aterrador diagnóstico de lo que me esperaba, yo sabía que iba a ser así, que tendría que ser así, pero no quería, y me imaginaba que los sábados por la mañana siempre hacía sol, y yo volvía de la calle con bolsas de la compra y ramos de flores que ponía en jarrones de cristal transparente… No me levanté para desayunar con ella. Debería haberlo hecho, pero estaba muy cansado. En la plaza de los Guardias de Corps no había dormido mucho mejor que en la calle Jorge Juan.
A las ocho y cinco volvió a entrar vestida de ejecutiva, con uno de sus trajes de chaqueta, y sus zapatos de medio tacón, y su maletín de piel marrón, pero aquella vez ya no la arrastré conmigo para arrugarle la ropa haciéndola rodar sobre las sábanas. Ella tampoco lo esperaba. Vino con un trozo de tostada en la mano, y se lo metió en la boca antes de sentarse a mi lado.
—¿Qué vas a hacer tú?
—¿Hoy? —era una pregunta estúpida, pero ella asintió con la cabeza igual—. Pues no sé… Debería ir a casa a ducharme y a cambiarme de ropa, pero no me apetece. Y luego… No lo sé, la verdad.
—Bueno, pues… —se inclinó sobre mí y me besó en los labios muy levemente, como si le diera miedo apretar su boca contra la mía—. Yo, cuando salga de trabajar, voy a estar aquí.
Me limité a mover la cabeza y se marchó sin decir nada más. Entonces me quedé solo, y en la quietud de los objetos, el silencio de una casa vacía, comprendí que mis sentidos habían vuelto a engañarme.
La segunda parte de mi vida no había empezado con la confesión de Raquel en un dormitorio ajeno y deshabitado, aquella extrañeza áspera pero también de algún modo consoladora por su propia y excepcional naturaleza. La segunda parte de mi vida no había comenzado aún, no comenzaría hasta que me levantara de aquella cama conocida, en la que había dormido muchas otras noches, para afrontar la rutina de los días laborables, esa cadena de preceptos fastidiosos y reconfortantes al mismo tiempo que Raquel había tenido la suerte de recuperar ya.
Habíamos dormido muy juntos, abrazados a ratos, y habíamos echado un polvo furioso, sin hablar, a las cuatro o las cinco de la mañana, en un momento en el que nuestros insomnios coincidieron, pero eso no nos puso las cosas más fáciles cuando sonó el despertador. Volví a mirarlo y comprobé que ya eran las diez menos veinte. No podía quedarme el día entero en la cama, y me dije que lo más sensato sería empezar por el principio.
Debería haber llamado a Mai. Eso es lo primero que tendría que haber hecho aquel día, y fue lo último que hice. No me arrepentí. Tú eres el único bueno, Álvaro, me había dicho Raquel, pero eso no era verdad del todo. Para mi mujer, para mi hijo, yo era el malo, siempre lo sería. Por eso tendría que haberla llamado, tendría que haber ido a la que en teoría seguía siendo mi casa, pero me duché en la que todavía era la casa de Raquel, registré los cajones de su armario y acabé encontrando una camiseta azul marino lo bastante grande para mí. Luego me senté a desayunar en la mesa de la cocina y sucumbí al encanto de un espejismo retrospectivo, la dulzura de una escena que nunca había visto, la felicidad del aire que rodeaba el cuerpo de Raquel mientras yo lo imaginaba sin ser todavía capaz de recordarlo con precisión, apenas unas horas después de haberlo abandonado por primera vez, cuando creía que nada estaba en juego, casi nada, mi libertad y su piel perfecta, aterciopelada como la de un melocotón poco común.
Debería llamar a Mai, pero no me apetecía. Necesitaba llamar a Fernando, pero no podía. Si no puedo ni decirlo en voz alta, si no me lo puedo creer ni yo, ¿cómo voy a contárselo a nadie? Mis propias palabras flotaban como un eco amargo sobre las flores que Raquel no había colocado en ningún jarrón de cristal transparente y no era sábado por la mañana, aunque el sol entrara por la ventana con una vocación de alegría irritante, casi cruel. Terminé con la que solía ser mi única taza de café del desayuno y empecé con la que aquel día sería la segunda. Habría una tercera.
Yo era un hombre corriente, razonable, incluso vulgar, sin otra extravagancia que una aversión morbosa a los entierros, y mi vida una apacible llanura de tierras cultivadas que no solía exigir excesos de mis ojos, ni de mi conciencia. Es una historia muy larga, muy antigua, y para vivir aquí, hay cosas que es mejor no saber, incluso no entender. También podía no hacer nada. Siempre se puede no hacer nada, aprender a vivir sin preguntas, sin respuestas, sin furia y sin piedad. Siempre se puede no vivir y hacer como que se vive, al menos aquí, en España, un territorio inmune a la ley de la gravedad, la excepción a la ley de la causa y el efecto, el país donde nadie ve nunca una manzana que se cae de un árbol, porque todas las manzanas están ya en el suelo desde el principio y eso es lo más práctico, lo más sabio, lo más cómodo, lo mejor para todos, mientras las manos sean más rápidas que la vista, mientras las paradojas más elementales de la óptica jueguen a favor de quien maneja las lentes, mientras el prestigio moderno de la gente pequeña que hace lo que sea por sobrevivir oponga su transparente actualidad al caduco prestigio de los hombres y las mujeres admirables, tan anticuados por otra parte, tan inservibles en realidad, tan fastidiosos en su abnegación, en su terquedad, en la esterilidad de su sacrificio, porque si se hubieran estado quietos, si se hubieran dado por vencidos, si no se hubieran jugado la vida en vano tantas veces, tampoco habría pasado nada. Que no serían admirables, sólo eso, pero los habríamos comprendido igual. ¿Cómo no íbamos a comprenderlos, si a nosotros la ley de la gravedad no nos afecta?
Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Porque, para vivir aquí, hay cosas que es mejor no saber, incluso no entender. Pero yo te quiero, y confío en ti, y sé que serás un hombre digno, bueno, valiente, tan valiente como para perdonar a tu madre, que te querrá siempre y por eso nunca podrá perdonarse del todo. Yo te habría querido, abuela, yo habría sido un hombre mejor si hubiera podido quererte a tiempo, si hubiera podido leer esta carta sin haber tenido que robarla antes. A lo mejor estoy equivocada, pero siento que estoy haciendo lo que tengo que hacer, y lo hago por amor. Yo te quiero, abuela, y nunca te he visto, pero te quiero, y tú nunca me has conocido, pero te quiero, y jamás me has tocado, jamás me has abrazado, jamás me has besado, pero te quiero, te quiero, de verdad y de repente, te quiero.
Españolita que vienes al mundo, te guarde Dios. Ni Dios ni amo. Ni siquiera el derecho a saber quién eres tú, porque para vivir aquí, lo mejor es no saber nada, incluso no entenderlo, dejarlo todo como está y las ramas del manzano perpetuamente desnudas, los frutos en el suelo, dispuestos con cuidado, esa astucia ventajosa y mezquina que complace al escenógrafo acostumbrado a trabajar sin testigos, porque los que aún no son cadáveres, ya están muertos de miedo. Ni siquiera el derecho a saber quién soy yo, porque en aquella época ser hijo de según quién era difícil, de alguien como tu abuela, hasta peligroso. Por amor o por cálculo, para proteger a una niña especial o las propias espaldas, lo mejor es no saber, o aún mejor, que nadie sepa, y en eso se resumen tantos años, dos, tres generaciones enteras, casi un siglo de dolor y de soberbia. En ese punto confluyen las estrategias de la preocupación y del prestigio, la memoria de los vencedores y la de los vencidos, intereses distintos y un solo resultado para los hijos, para los nietos de todos.
Españolito que vienes al mundo, vengas de donde vengas, nunca confíes en que te guarde Dios. Guárdate tú solo de las preguntas, de las respuestas y de sus razones, o una de las dos Españas te helará el corazón.
Mi corazón estaba helado, y ardía.
También podía no hacer nada, pero no me salía de los cojones.
Hubo una tercera taza de café, y hubo una cuarta. Después llamé a mi hermano Julio. Cuando salí a la calle, me sentí extraño dentro de mi cuerpo, como si no estuviera muy seguro de ser yo, de ser el hombre que dejaba de andar al llegar a la esquina, y miraba a su izquierda, y levantaba la mano para parar un taxi, y pronunciaba una dirección con la voz alta, clara, que reconocía sin dificultades como su propia voz. Ese hombre era yo, más y menos que antes, el mismo y distinto, pero ya no volvería a ser otro. Eso era lo único que sabía con certeza.
Julio me había citado en una cafetería que estaba en el primer tramo del Paseo de La Habana, muy cerca de su oficina. Al llegar hasta allí, estaba convencido de que ya no podía pasarme nada demasiado grave, pero unas horas más tarde, cuando crucé otra vez la Castellana, estaba tan furioso, tan triste, tan destrozado, que decidí volver andando. La caminata me sentó bien, pero los nudillos de los dedos y la mitad derecha de la cara empezaron a dolerme en la misma proporción en la que fui recuperando la calma, y a mitad de camino, el dolor me obligó a detenerme. Entré en un bar, me tomé una copa y ya no encontré ningún taxi libre. Estaba demasiado cansado para seguir andando y me metí en el metro, pero era ya muy tarde, tanto que Raquel no tuvo tiempo de recuperarse en los minutos que transcurrieron desde que llamé al portero automático hasta que la encontré esperándome con la puerta abierta y los ojos húmedos, una expresión indescifrable al fondo, mucho más allá de lo que yo lograba ver en ellos.
—Creía que no ibas a volver —me dijo, y pensé que me hablaba como si fuera un soldado que volvía de la guerra.
—Pero he vuelto —dije yo, y había vuelto de la guerra.
Ella me abrazó y yo la abracé, ella me besó y yo la besé, y percibí el calor, el placer, el eco pálido de una antigua alegría. Yo amaba a Raquel Fernández Perea, y eso, que había llegado a serlo todo, era ahora muy poco, pero era también lo único que tenía.
—¿Qué te ha pasado, Álvaro? —sin dejar de abrazarme, Raquel separó su cabeza de la mía, me miró, frunció el ceño—. Te has dado un golpe en el ojo, ¿no? —acercó un dedo tembloroso a mi cara y me tocó el párpado sin apretar—. Lo tienes hinchado y un poco rojo.
—No es nada, es que… He estado hablando con mis hermanos, con los mayores —hice una pausa, y empecé a reírme sin saber muy bien de qué me reía—. Me he pegado con Rafa. Tiene gracia, ¿sabes?, porque hace veinte años que no me pego con nadie y creía que él iba a hacerlo mejor que yo, pero no, ya ves, al final él ha sido el que ha cobrado más, deben de haberle dado un montón de puntos… —volví a reírme y Raquel no me siguió—. Por lo demás, he bebido bastante, pero… Me tomaría otra copa. ¿Tú quieres?
—Pero, esto… —se separó de mí, me cogió de las manos, protesté y se fijó en mis nudillos hinchados, despellejados—. Madre mía… Pero, háblame, dime, ¿qué es lo que has hecho? —estaba muy asustada, y mi sonrisa no la tranquilizó—. ¿Estás borracho, Álvaro?
—Un poco, sí, pero…, bien, nada grave.
—¿Cómo que un poco?
—Estoy bien, Raquel, de verdad… Voy a tomarme otra copa, porque tengo que llamar a Mai. Ahora mismo vuelvo.
Me fui a la cocina con el móvil en la mano, y allí, con movimientos lentos, parsimoniosos de puro inseguros, puse sobre la encimera un vaso, una bandeja de hielo, una botella de whisky. No me va a sentar bien, pronostiqué, no me iba a sentar bien, no había comido. Y sin embargo, el primer sorbo me calentó por dentro, me asentó dentro de mi cuerpo, gobernó la audacia de mis dedos mientras se movían con una seguridad ficticia sobre el teclado del teléfono.
—¿Sí?
—Hola, Mai, soy Álvaro.
—Ya… Todavía reconozco tu voz.
—¿Cómo está el niño?
—Bien. Pregunta por ti.
—Me gustaría verle.
—Bueno, sí, de eso ya hablaremos.
—Claro, pero yo había pensado…
Hasta ahí, todo fue bien. Hasta ahí había logrado cumplir mis objetivos, encajar la dureza de su voz con serenidad, replicar con frases cortas, desprovistas de agresividad pero también de cualquier complicidad que pudiera resultar equívoca. Hasta ahí todo había ido bien, pero estaba más borracho de lo que creía, me atasqué en los puntos suspensivos y Mai aprovechó mi vacilación.
—Tú no tienes nada que pensar, Álvaro. No pensaste en él cuando te fuiste de casa, así que ahora no me vengas con rollos. Verás al niño cuando lo diga el juez.
—No creo que tengamos que llegar a eso, Mai… —percibí la condición pastosa, confusa, de mi voz, y procuré hablar más claro, más despacio—. Deberíamos ser capaces de arreglarlo…
—¿Como personas civilizadas? ¡Vete a la mierda, Álvaro!
Creí que había colgado, pero podía escuchar su respiración al otro lado de la línea, agitada al principio, como un jadeo, entrecortada después, progresivamente sorda, el eco de su furia, su amargura, y estuve a punto de decirle que lo sentía, y habría sido verdad, era verdad que lamentaba su dolor, un sufrimiento más, otro cadáver que cargar sobre mis hombros en la desolación de aquel desierto donde nada crecía. Estuve a punto de decirle que lo sentía, pero ella estalló a tiempo para ahorrarme los insultos que mi compasión habría merecido.
—¡No me da la gana de ser una persona civilizada! ¿Me oyes? ¡No me da la gana! Porque me has destrozado, me has hecho polvo, ¿te enteras? Eres un cabrón, un hijo de puta falso y mentiroso, y yo no me merecía esto, no me lo merezco. Yo te quería, Álvaro, te quería, y ahora sólo quiero que te mueras, que te pudras con esa… —escuché el principio de los sollozos, su final, el silencio de una calma aparente—. Lo siento. No debería haberte hablado así. Me he pasado la vida criticando a las mujeres que… Lo siento, de verdad. Estoy muy mal.
—No pasa nada —prefería la mínima apariencia de superioridad moral que me daban sus gritos, sus insultos, y sin embargo no aproveché las ventajas estratégicas de aquella tregua, no pude hacerlo, estaba demasiado borracho, demasiado dolido, y magullado, demasiado cansado—. Me gustaría ir a casa, Mai. Tengo que recoger algunas cosas.
—Claro. Pero preferiría no verte, así que… Mañana por la mañana, temprano, cuando Miguel se levante, nos vamos a la sierra, a pasar el fin de semana. Puedes venir a casa a partir de las once. Cuanto antes te lo lleves todo, mejor.
—Te llamo el lunes, entonces, para ver cómo está el niño y…
—Vale.
La conversación no había durado más de dos o tres minutos, pero al interrumpirla estaba tan agotado como si acabara de realizar un ejercicio físico desmesurado, destinado a salvar mi propia vida. Me acabé la copa sin medir las consecuencias, y todo el alcohol que había bebido inundó de golpe la cámara de paredes acolchadas en la que se había convertido mi cabeza. Fui al baño a mojármela y, al salir, tropecé con el hombro en una de las paredes del pasillo, pero ese golpe no me dolió tanto como la mirada de Raquel, que me esperaba sentada en el borde de una butaca, inclinada hacia delante, los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos.
El amor de mi vida me miraba como miraría al director de la cárcel un preso que espera noticias de su indulto. Eso me dolió, y me dolió su angustia, me dolió su miedo, pero nada tanto como la discrepancia entre la escena que estaba viviendo y la que Mai estaría imaginando, música de violines y niños rubios, regordetes, tan graciosos con sus alas postizas de plumas pegadas sobre un cartón, flores cayendo del techo y una luz tenue, matizada, envolviendo a una pareja que baila, que gira, que sonríe, y se besa, y vuelve a sonreír, un anuncio de colonia ni muy cara ni muy barata, de esos que acaparan las pausas publicitarias de la televisión cada año, en Navidad. Eso era lo que estaba imaginando Mai y eso era lo que tendría que estar viviendo yo, la versión más edulcorada y más cursi, la más ñoña y primeriza, de una buena historia de amor, la mejor que había tenido en mi vida. Eso era lo que me tendría que estar pasando y yo también era capaz de imaginarlo, porque lo recordaba, recordaba los tiempos de la alegría, aquellos días en los que el suelo se resquebrajaba de puro placer con la risa de Raquel, y esas sonrisas hondas, luminosas, que eran la expresión de un júbilo pequeño e íntimo, su manera de decirme que estaba contenta conmigo, que se alegraba de verme, de tenerme cerca, que celebraba mi presencia en su vida, que le gustaba, que me quería. Aquella mujer era esta mujer, pero su compañía ya no era suficiente para que aquel hombre siguiera siendo yo.
—¿Te duele? —me preguntó ella entonces, señalando hacia su propio ojo, y yo hice un gesto ambiguo con los labios, como si hasta eso me diera igual—. ¿Quieres tomarte algo? Debo de tener ibuprofeno por ahí. Es bueno.
—No… —y estuve a punto de confesarle que agradecía el dolor, porque me mantenía despierto, me hacía compañía—. No merece la pena.
Me desplomé en el sofá e intenté calcular cuánto tiempo duraría la resaca, el pantano de silencio en el que nos habíamos quedado atrapados, la espesura de los muros que asfixiaban la espontaneidad de todos los gestos, todas las palabras, y el sigilo de Raquel, su cautela, esa forma de andar de puntillas sobre las sílabas, sobre las miradas, sobre las caricias. Ella sabía que iba a ser así, que tendría que ser así, lo sabía todo, desde el principio, quizás también lo que yo estaba pensando cuando la miré, y vi que me miraba.
—Ven aquí —le pedí—, ven conmigo.
No sonaban los violines. No caían flores del techo ni una pareja de niños rubios y regordetes, tan graciosos con sus alas postizas de plumas pegadas sobre un cartón, revoloteaban sobre nuestras cabezas. La luz, directa y amarilla, la ponían tres bombillas de sesenta vatios, pero Raquel se sentó a mi lado, me abrazó, aplastó la cabeza contra mi hombro y la besé como solía besar a mi hijo. Estaba borracho y no sabía cuánto tiempo iba a durar la resaca.
—¿No me vas a contar lo que ha pasado?
—No —respondí—. Ahora no… Es que no me apetece, Raquel, no quiero hablar de eso… Prefiero esperar y contártelo todo junto, cuando se acabe todo esto.
—¿Qué es todo esto, Álvaro? —su voz temblaba, y yo no quería que empezara otra vez, no quería que llorara otra vez, no iba a poder soportarlo.
—No eres tú —le dije, y quizás no me había explicado bien pero me aburrió la simple idea de intentar hacerlo mejor—. Lo que quiero decir es que… Estoy aquí contigo, Raquel, he bebido mucho, y quiero estar bien, tranquilo. Estoy hasta los huevos de conversaciones transcendentales, ¿sabes? Estoy harto de secretos, y de culpas, y de llantos. No puedo más, en serio, no me apetece seguir…
—Vale, vale —lo dijo en un murmullo, pero enseguida elevó la voz hasta un tono de solicitud bastante conseguido—. Estoy pensando que es mejor que no tomes nada ahora, ¿sabes?, porque ya son las ocho y media, y te va a venir mejor un analgésico cuando te metas en la cama, ¿no te parece?
Asentí con la cabeza y no se me ocurrió nada más que decir, aunque su última frase, tan vulgar, tan rutinaria, tan cargada de sentido común como la decisión de una madre experta y responsable, había logrado conmoverme.
—¿Quieres que salgamos? —me propuso después de un silencio demasiado largo, como eran de repente todos los silencios—. Podríamos ir al cine. Eso igual te entretiene.
—Ya he ido hoy al cine —le contesté.
—¿Sí? —se separó de mí y se me quedó mirando, muy asombrada—. ¿Cuándo?
—A las tres, o a las tres y media, no estoy muy seguro… Había estado hablando con Julio y no tenía ganas de comer, y en la calle hacía calor, y faltaban más de dos horas para mi cita con Rafa, y… No sabía adónde ir. He visto un cine y he entrado.
—¿Y qué has visto?
—No lo sé —y era verdad—. No me acuerdo. Me he salido antes del final, y… Tampoco miraba a la pantalla.
—¿No has comido? —negué con la cabeza—. Pues entonces voy a hacer algo para cenar.
Casi pude escuchar la campana, medir su alivio, y el mío, cuando uno de los dos encontró algo que hacer. Raquel cocinaba muy bien y siempre hacía demasiada comida, pero aquella noche agradecí el exceso. Necesitaba comer, y aún más la doméstica mansedumbre de aquella escena, sus opiniones sobre las espinacas, y el pescado, y las patatas hervidas.
—¿A que no parece que sea congelada? La lubina, digo… —negué con la cabeza y seguí comiendo—. Es por la mayonesa, también, porque la mayonesa de bote lo estropea todo, le da un sabor falso a cualquier plato, es como si le contagiara los conservantes al pescado, a la verdura, bueno, y los espárragos, ya, no digamos. Comer espárragos buenos con mayonesa de bote es un crimen, y una tontería, además, porque no se tarda nada en hacerla, y no hay color, la verdad. Lo del puré de patatas instantáneo lo entiendo mejor, porque… —se calló, me miró, se mordió el labio inferior como si pretendiera partirlo por la mitad—. Ya estoy diciendo tonterías otra vez, ¿no?
—No. ¿Qué pasa con el puré de patatas instantáneo?
—¿Te interesa de verdad?
—No. Pero me gusta oírte hablar.
—Como si lloviera…
—Sí. Pero también me gusta oír llover.
Y siguió lloviendo, llovió mucho, durante mucho tiempo, toda la noche llovió sobre los purés de patatas y las alcachofas, sobre las tortillas de patatas duras, blandas, con cebolla y sin cebolla, sobre las virtudes y los inconvenientes de los recetarios antiguos y modernos, sobre la milagrosa condición del chocolate, y el fracaso del primer postre difícil que una Raquel Fernández Perea de diecisiete años intentó en la cocina de la casa de sus padres, y las Sachertorte que ahora le salían mejor, pero de verdad, de verdad, sin exagerar ni un pelo, que las que se compran en Viena. Sobre todo esto llovió y siguió lloviendo, por dentro y por fuera, sobre sus palabras y sobre las mías.
La voz de Raquel hilaba una lluvia templada y mansa que resbalaba sobre las verdades, sobre las incertidumbres, pero era capaz de cabalgar el tiempo, de empujar hacia delante los minutos, de aligerar su peso y dar al plomo una consistencia ligera, espumosa, casi aérea, como la del almíbar del que me hablaba mientras caía la lluvia de sus labios, esa lluvia que a veces la hacía sonreír a ella, y a veces me hacía sonreír a mí, y hasta obraba el prodigio de devolver a algunos instantes la corteza crujiente y dulce de aquellos días en los que siempre era ahora porque sólo existía un adverbio de tiempo, o a lo mejor era sólo que yo estaba borracho y llovía, y siguió lloviendo.
Llovió toda la noche, aquella noche rara en la que ya se habían agotado todos los secretos, todas las culpas, todas las lágrimas, y sólo quedaba el silencio, su ferocidad, la hostilidad discreta pero implacable de una espada sin filo y sin aristas. Yo estaba borracho y no sabía cuánto tiempo iba a durar la resaca, pero Raquel hablaba, su voz llovía sobre mí, sobre la cápsula de ibuprofeno que me llevó a la cama antes de tumbarse a mi lado, sobre mis párpados, sobre mi cuerpo y sobre el suyo, y siguió lloviendo, llovió toda la noche, sobre nuestro sueño, largo y profundo al fin, llovió, y amaneció tarde un sábado radiante, una mañana que parecía hecha para el sexo y la pereza. Las sábanas estaban tibias, las persianas entornadas, y Raquel desnuda, su piel dorada, suave, sin la menor imperfección, ningún accidente en la superficie mullida y tersa de su vientre, un escote inmaculado y las caderas que tenían el poder de sacar al planeta de su órbita. Raquel Fernández Perea estaba desnuda y me miraba con sus ojos grandes de un color extraño, verdosos pero oscuros. Raquel, pensé, Raquel, y me gustaba pensarlo, Raquel.
—Me tengo que ir —dije al final, y habíamos logrado follar como si ninguno de los dos sintiera la obligación de estar callado, pero ninguno de los dos había pronunciado tampoco una sola palabra.
—¿Adónde?
—A ver a mi madre.
—No vayas, Álvaro.
Antes, al decir que me iba, la había asustado sin querer, pero ahora estaba mucho más asustada, tanto que me cogió de una mano y la apretó muy fuerte, como si no estuviera dispuesta a dejarme marchar.
—No vayas —repitió, sin aflojar la presión—. ¿Por qué? ¿Para qué? Si ya lo sabes todo, y todo es verdad, eso sí que te lo juro por lo que tú quieras, que todo lo que te he contado es verdad. Déjalo, Álvaro, por favor, no vayas. Si no va a servir de nada, nada sirve de nada y yo ya me he equivocado bastante, ya me he equivocado yo por los dos, en serio, si llego a saber… No vayas, Álvaro, hazme caso, que sé de lo que hablo. No vayas, no vayas…
Me acerqué a ella, la besé en los labios, liberé mi mano de la suya, me levanté, empecé a vestirme despacio.
—No vayas, Álvaro.
—Te quiero, Raquel.
Le había dicho muchas veces que la quería, pero esas palabras nunca habían significado tanto como aquella mañana, cuando me fui a ver a mi madre por mí, pero también por ella, para comprarle el sol de otros sábados por la mañana, para llegar a verla entrando por la puerta con bolsas de la compra y ramos de flores, para regalarle jarrones de cristal transparente donde colocarlas. Para poder vivir conmigo, para poder vivir con ella, para poder vivir, y no hacer como que vivía, le dije que la quería, y me marché.
Fui hasta la calle Hortaleza andando para hacer tiempo, y llegué a las once menos veinte, pero llamé por teléfono desde el portal para asegurarme de que no había nadie arriba. Mai había dejado la casa recogida antes de marcharse, pero al entrar en el dormitorio me tropecé con una hormigonera en miniatura, de metal amarillo y ruedas de plástico. Cuando la dejé en su sitio y volví a entrar, vi la maleta de los viajes largos encima de la cama y sentí otra vez un espejismo de humedad, el clima de la tristeza, como si al otro lado de las cremalleras y de las hebillas hubiera algo más que ropa, memoria inerte de mi cuerpo, un paisaje ajeno que mis ojos pudieran contemplar desde un lugar distinto al que ahora ocupaban en mi rostro.
Una maleta cerrada puede llegar a ser un objeto tan triste como un sueño cumplido, desprovisto de las ilimitadas esperanzas que caben en ella cuando aún permanece abierta sobre una cama. La expectativa de la felicidad es más intensa que la propia felicidad, pero el dolor de una derrota consumada supera siempre la intensidad prevista en sus peores cálculos. Eso pensé yo, eso sentí mientras abría aquella maleta para enfrentarme a la impecable geometría de mis camisas dobladas, una perfección atroz en su ambivalencia, las manos de Mai doblándolas cientos de veces por los mismos sitios, diez, cinco, un año antes, las manos de Mai doblándolas la noche anterior, quizás esa misma mañana, una sola imagen y dos significados antagónicos. Yo me había preparado para eso, lo había imaginado muchas veces, me había hecho fuerte para soportarlo, porque la alegría no tiene precio. La tristeza tampoco lo tiene, pero mientras buscaba con cuidado, levantando los picos de la ropa para no desafiar al orden antes de tiempo, adiviné que allí dentro no iba a encontrar lo que necesitaba.
Mi único traje gris, el de las tesis y las oposiciones, seguía colgado en un extremo de la barra vacía, con su correspondiente camisa blanca de vestir, y la corbata que usaba siempre guardada aún en el bolsillo izquierdo de la americana. Hacía más de un año que no me lo ponía. Álvaro, hijo, podías haberte puesto una corbata, el día del entierro de mi padre, el día de su funeral, el día que quedamos en la notaría para repartirnos su herencia y muchos otros días, banquetes, aniversarios, cumpleaños. Álvaro, hijo, podías haberte puesto una corbata, sí, pero no me he dado cuenta, sí, pero se me ha olvidado, sí, tienes razón, lo siento mucho, mamá.
Hoy voy a ponerme una corbata, mamá. Al salir de la ducha, me pregunté si merecía la pena, pero eso ya no tenía importancia. Me vestí por orden y sin ganas, como cuando tenía nueve, diez, once años, y subía al escenario del salón de actos del colegio en todas las fiestas de fin de curso, para recoger el premio de cálculo mental, hecho un hombrecito. Yo no soy como mis hermanos, ni siquiera me parezco a ellos. Aquella mañana de sábado, con sol y sin Raquel, al mirarme en el espejo con su ropa, con su aspecto y mi ojo derecho morado ya del todo, pensé en ellos tal y como nos habíamos encontrado el día anterior, Julio, Rafa, Angélica, y me di cuenta de que jamás nos habíamos parecido menos.
—¡Coño, Álvaro, podías haber avisado! No te puedes imaginar la que se ha liado, y claro, todo el mundo cree que yo sabía que…
Mi hermano Julio había venido hacia mí sonriendo, pero antes de acabar la frase se paró en seco, entornó los ojos, y con los labios todavía entreabiertos, sosteniendo las palabras que ya no iba a pronunciar, me cogió por los hombros y me miró.
—No tienes buena cara —murmuró—. ¿Qué te pasa?
Cuando Raquel me contó que nunca se había acostado con mi padre, no había pensado en ellos. La verdad no era sólo demasiado fea, demasiado brutal, y sucia, y amarga. También era demasiado mía. Era mi amor lo que estaba en juego, era mi vida, el amor de mi vida, el futuro que iba a comenzar cuando el pasado lo hizo saltar por los aires. No había sido un estallido limpio, furioso, alegre como el olor de la pólvora en las fiestas de los pueblos, en las pasiones que fulminan con justicia la pobreza de una existencia inútil, en las batallas de las guerras justas. No. Había sido más bien una implosión, una detonación sorda, silenciosa, controlada a distancia por la rígida voluntad de algunas mujeres, algunos hombres muertos. Así se había venido todo abajo, mi amor, mi vida, el amor de mi vida, como un gran edificio que desaparece en un instante y hace mucho ruido, y levanta mucho polvo, y fabrica en el suelo un agujero tan grande como su perímetro, pero nada más, ni un solo cascote fuera del terreno previsto, delimitado por las vallas. Así había sido, así había creído yo, había sentido yo que había sido, y todo era asunto mío, sólo mío, desde el principio, desde que mi madre envió al hijo equivocado a aquella entrevista en la que todo pareció acabarse, aquel despacho donde todo empezó sólo para poder acabar después. Eso había sido todo, una pura coincidencia, una cadena de acontecimientos triviales, casuales, una serie de accidentes sin ninguna relación lógica entre sí al margen de la fatal necesidad de mi presencia en todos ellos. Raquel era asunto mío, era mía y nada más que mía, mía y de ningún otro hombre que hubiera tenido el mismo apellido, mía siempre, para siempre y todavía.
Cuando me contó que nunca se había acostado con mi padre, no había pensado en ellos. La verdad había quemado la tierra, la había arrasado como una helada en primavera para dejarme solo, nadie detrás, nadie a un lado, nadie al otro, la silueta borrosa y encogida de Raquel en un punto aún lejano, lateral, del horizonte. Y sin embargo, al margen de esa sombra, estaban allí, mi madre, mis hermanos, cabecitas recortadas en el árbol genealógico que seguía colgado en una esquina del salón de La Moraleja, un indicio, y ni siquiera el más ridículo, del fervor por las manualidades en el que la señora de la casa había entretenido sus ocios durante una temporada. Antes había sido la restauración de muebles antiguos, después fue el punto de cruz, cuadritos y más cuadritos, y tapetes, y toallas, y sábanas de cuna con las iniciales de los nombres de todos sus nietos, letras mayúsculas, cursivas o no, cabalgando animales, viajando en barco, sirviendo de mascota o escondite a niños vestidos de azul o niñas vestidas de rosa. El cuarto de mi hijo estaba repleto de los frutos del tiempo libre de su abuela, pero antes le había dado por los árboles genealógicos y había hecho docenas, para sus hijos, para sus yernos y nueras, para sus amigos. El más grande se lo había quedado ella, y había pintado las ramas, las hojas, con tintas especiales de brillos metálicos y el pulso impecable de un miniaturista. Allí estábamos todos, nuestras cabecitas recortadas formando un extraño dibujo, un árbol de copa moderadamente frondosa que se estrangula en el centro para desparramarse en la abundancia de las ramas inferiores, nada por aquí, nada por allá, y de repente, la familia Carrión Otero, mis padres y mis hermanos, ¿para qué más?, siete, y luego catorce, y luego veintiuno, bajas y altas conyugales, nacimientos y más nacimientos y por fin una muerte, que nunca arrancaría una sonrisa humillante de puro completa de la cartulina dorada que servía de fondo.
Aquella mañana, Raquel se había ido a trabajar para dejarme a solas en el umbral del resto de mi vida. Yo me senté en la mesa de la cocina y me tomé un café, y luego otro, y otro más, y fumé mucho, fumé de una manera obsesiva, incesante, mientras pensaba en mi padre y pensaba en mí, en asuntos graves y en detalles triviales, hasta que aquel marco tan historiado se instaló en mi memoria con su cargamento de hojas verdes y caras sonrientes, los espacios vacíos que mi madre había previsto a su pesar para futuros matrimonios de sus hijos, y aquellos comentarios que sonaban a advertencia y no dirigía a nadie en particular, aunque los hacía siempre con los ojos clavados en los de Julio, su hijo predilecto a pesar de todo. A mí, dejadme de líos porque no pienso volver a hacerlo, así que el que no quepa, se queda fuera…
Mi padre ya estaba fuera de nuestra vida, pero mi madre jamás quitaría su foto de aquel árbol. Raquel ya estaba dentro de mi vida, pero nadie recortaría jamás su cara de una foto para pegarla en el lugar que le correspondía. Yo nunca me he parecido a mi padre, soy el único de sus hijos que nunca se ha esforzado en parecérsele. Tampoco me parezco a mis hermanos, pero quizás ellos no han conocido nunca el significado exacto de ese verbo. El que no quepa, se queda fuera. Yo ya estaba fuera, pero seguía estando dentro, siempre lo estaría, igual que Teresa González Puerto, que era maestra, muy buena, y quería mucho a su marido, y tocaba el piano mal, muy mal, pero le gustaba tocarlo, pobrecilla. Para su hijo, mi abuela había muerto el 2 de junio de 1937, cuando más viva estaba. Para mis hermanos, tal vez también para mi madre, yo empezaría a morir en el instante en el que lograra levantarme de aquella mesa en la que fumaba y bebía café de una manera incesante, obsesiva, para intentar volver a estar vivo otra vez.
Había pasado el tiempo, mucho tiempo. Es una historia larga, muy larga y muy antigua, no la entenderías y, además, creo que no te conviene saberla. Cuando Raquel me la contó, los grandes episodios me abrumaron tanto que no advertí los cabos sueltos. Mi abuelo se encontró con tu padre un día, en un café de París, y lo invitó a su casa, empezó a ir por allí, y como era tan simpático y todo el mundo le cogió cariño, pues enseguida se hizo como de la familia… Entre el tercer y el cuarto café, volví a pensar que tendría que llamar a Mai, que eso era lo primero que debería haber hecho aquella mañana, pero marqué el número de Raquel para escuchar el espectro de su antigua voz, un hilo angustiado, quebradizo.
—Hola, Álvaro —pero adiviné que iba a seguir hablando—. ¿Te…? —hizo otra pausa—. ¿Ha pasado algo?
En los resquicios de sus palabras pude presentir dos respuestas, las dos temidas, una indeseable y la otra no, me voy o no me voy, te dejo o no te dejo, vuelvo a casa o no vuelvo, adiós o hasta luego, Raquel.
—No pasa nada —opté por una fórmula abreviada—, pero me gustaría saber una cosa. Acabo de darme cuenta… Cuando tu abuelo se encontró con mi padre en París, ¿de qué se conocían?
—De Torrelodones, claro —y estaba mucho más tranquila—. Mi familia veraneaba allí antes de la guerra. Tenían una casa…
—Ya, ya, eso lo sé. Pero en Torrelodones, aun siendo un pueblo, habría muchos niños, ¿no? Y mi padre, antes de la guerra, era pequeño, porque nació en el 22. Por eso, he estado pensando que es raro que tu padre lo reconociera, después de tantos años.
—Sí, pero su madre, o sea, tu abuela Teresa, era amiga de todos ellos. De mi abuelo no tanto, porque también era el más joven, pero había sido amiga de su hermano Mateo, y de su cuñado, de los dos que fusilaron. Ellos eran socialistas, del mismo partido que ella, iban a las reuniones de la Casa del Pueblo en verano, y luego, no sé… El caso es que mi abuelo conocía a tu abuela, y no reconoció a tu padre por ser él, sino por ser su hijo. No sé si me entiendes…
—Sí, claro que te entiendo.
Mi abuela Teresa, su cabecita recortada, sonriente, estaba dentro pero estaba fuera, estaba dentro y fuera a la vez, y yo era el único que lo sabía. O no. Tampoco pude extraer ningún estímulo del último café, apenas dos dedos de un líquido ya tibio y demasiado denso, un poso áspero, terroso, en mi paladar saturado. Mi abuela Teresa, su cabecita recortada, sonriente, tal vez yo era el único que lo sabía, tal vez no, quizás Rafa y Angélica lo habían sabido siempre, desde siempre, quizás mi madre no se había enterado nunca del destino de su suegra, pero sabía lo demás, tenía que saberlo.
Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. ¿Y por qué? ¿Para qué? Veinticuatro horas antes de que Raquel me hiciera esas mismas preguntas y se las contestara a sí misma, si no sirve de nada, nada sirve de nada, para intentar disuadirme de emprender la visita que cerraría el círculo, yo me las hice también. ¿Y por qué? ¿Para qué? No eran muy originales. Estaban respaldadas por un clamor multitudinario, tan cerrado que se diría unánime, millones de voces callándolas a la vez durante décadas enteras, un silencio más estruendoso que cualquier grito. ¿Por qué? ¿Para qué? En las preguntas, la estrategia de los vencedores confluía con la de los vencidos. En las respuestas, si no sirve de nada, nada sirve de nada, también.
¿Por qué? ¿Para qué? Por mí, para mí, un mal hijo que presta oídos a la versión del enemigo, Álvaro el ingrato, el traidor, un buen profesor, un buen padre, un buen hijo, un buen ciudadano. Quizás no tuviera derecho a pensar sólo en mí, pero aquello ya no tenía que ver con la figura, con la memoria de mi padre. Era mi propia identidad, mi propia memoria la que me empujaba, y ellos también estaban allí, sus cabecitas sonrientes, recortadas y pegadas en la misma cartulina. Quizás no tuviera derecho a pensar sólo en mí, pero pensar en mí era pensar en ellos, en todos nosotros, recién lavados, peinados y vestidos para posar ante una cámara, en la foto de los sucesivos carnés de familia numerosa que mamá guardaba en el mismo altillo donde estaban también las carpetas con las notas y el libro escolar de cada uno. Fotos individuales, fotos de grupo, una familia, mi familia. Todavía estaba a tiempo de salvarla, de consagrar su imagen ejemplar y risueña, de ahorrarles el disgusto de saber quiénes eran. O no. Quizás ya lo sabían, y ni siquiera les importaba. El verbo creer es un verbo especial, el más ancho y el más estrecho de todos los verbos.
Ya no quedaba café, pero seguí fumando, pensando, en el verbo creer, en el verbo saber, en el verbo querer, solo y en la compañía de los otros dos. Pensé en la palabra generosidad, en la palabra responsabilidad, en la palabra egoísmo. Pensé en el orden y en el caos, en el pasado y en el futuro, pensé en Teresa, pensé en Raquel. Qué mala suerte, abuela, qué mala suerte, Álvaro, qué mala suerte, amor mío, que mala suerte hemos tenido, qué mala suerte seguimos teniendo, qué mala la que tendremos. Cómo empezar a vivir así, cómo poder con todo esto. Nunca estaremos solos, tú y yo nunca podremos vivir juntos y solos, porque siempre habrá demasiada gente alrededor, vivos o muertos, contigo y conmigo, acostándose con nosotros, levantándose con nosotros, comiendo, bebiendo, andando con nosotros. Aquella película en la que cuatro memos fabricaban un cañón que mataba a los fantasmas. Y tanto amor, y que no sirva de nada.
¿Por qué, para qué? Por mí, porque sí. Porque la reflexión es enemiga de la acción y ya no podía pensar más. Porque estaba atrapado en un laberinto perverso que tenía muchas salidas y ninguna buena. Generosidad, responsabilidad, egoísmo. Julio cogió el teléfono enseguida, y me saludó con un tono jocoso y preocupado a la vez que no fui capaz de explicarme en aquel momento. Luego, mientras salía a la calle, y cruzaba la plaza, y levantaba una mano en el aire para parar un taxi sin estar muy seguro de que el hombre que hacía todas esas cosas fuera yo, comprendí que Mai había hablado. Entonces me di cuenta de que había pasado por alto una cuestión muy importante, y la necesidad de proteger a Raquel, de buscarle una coartada, cualquier excusa que minimizara su intervención en aquella historia fea, sucia, triste, me prestó la clase de serenidad que puede llegar a reunir un bombero dispuesto a salvar la vida cuando advierte que está cercado por las llamas. Y sin embargo, no fui capaz de contestar deprisa a la pregunta con la que me recibió mi hermano.
—Vamos a sentarnos a una mesa —propuse a cambio—. Tengo que hablar contigo.
Ya se lo había advertido antes, por teléfono, pero él me siguió sin decir nada.
—En primer lugar, me he ido de casa, pero eso ya lo sabes, ¿no?
—Claro que lo sé —y sonrió, como si no hubiera escuchado el preámbulo de mi frase anterior—. Mai llamó ayer a Angélica y, como te puedes figurar, a la media hora ya lo sabía hasta mamá. A mí me cayó una bronca tremenda, encima. Tú tenías que saberlo, Julio, seguro que lo sabías, él siempre te ha tapado a ti y tú, ahora, le habrás tapado a él, porque todos los hombres sois iguales, todos unos cerdos, etcétera… Por eso te he dicho antes que podías haber avisado, macho.
—Ya —sonreí—. Lo siento. ¿Y qué es lo que ha contado Mai exactamente?
—A Angélica, no lo sé. A mí me cayó un chorreo de la hostia porque tú habías dejado a tu mujer por otra más joven.
—No es más joven. Mai no le lleva ni un año.
—Pues para tu hermana, como si estuviera acabando el bachiller. Y eso es lo único que sé.
—Ya, bueno… —miré el reloj, era casi la una, pedí una cerveza—. Raquel tiene treinta y seis años, pero… Es una mujer especial.
—Me lo imagino —y se echó a reír.