El centenario de un paradigma
Ana Álvarez Guerrero
Hace 100 años, en un pueblo de poco más de 190 kilómetros cuadrados, nació una mujer única. Cruces, Cienfuegos, Cuba, 1921. Allí, donde se gestaba un movimiento patriótico para frenar la barbarie de la República Neocolonial, Manuel y Elena tuvieron a su primogénita: Melba Hernández Rodríguez del Rey.
Si estudió Derecho, defendió a los más humildes y se enroló en el clandestinaje fue porque primero aprendió de sus padres el sentimiento de solidaridad con los más pobres, estudió en una escuela que se llamaba Patria No.1 y tuvo una maestra excepcional, mensajera del Ejército Libertador, sobrina de un general de la contienda independentista de 1895.
Si recaudó fondos para la lucha revolucionaria, participó en el asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba y se vistió de verde olivo en la Sierra Maestra, en el Tercer Frente Oriental, fue porque primero su padre participó en la Huelga General de 1935, por ello fue preso y desde la cárcel le envió una carta con motivo de su cumpleaños número 14:
(…) “No he pretendido entristecerte el día que para ti debe ser todo alegría, si piensas en Martí y en la Patria que tiene derecho a ser digna, aceptarás con orgullo este sacrificio que afortunadamente no es de los mayores (…)”
Así, la Patria y la sucesión de hechos fortuitos la condujo a los amigos: Elda Pérez, Juan Manuel Márquez, Haydée y Abel Santamaría, Fidel. También a la guerra y la victoria.
Melba fue tan valiente como para confeccionar y distribuir periódicos acusatorios del régimen por circuitos de la capital, ir presa y no detenerse; convertir su casa en Centro Habana, Jovellar No.107, en un cuartel de complot donde se confeccionaron antorchas para la marcha del icónico 27 de enero de 1953, guardaron bonos y armas, y cosieron punto a punto uniformes militares.
Fue tan austera como para salir sola a Santiago de Cuba hacia una misión desconocida con una tierna caja de flores y unas maletas… repletas de armas, como para exigir su participación en las acciones del 26 de julio y “rescatar a Fidel”, cuando no lo llevaron a la tercera vista del juicio de la Causa 37/53, con la excusa de que estaba enfermo. La prueba de que no era cierto la escondía entre sus cabellos: una nota del acusado.
De Melba se sabe que cumplió prisión 7 meses en el reclusorio de mujeres de Guanajay porque fue junto a Haydée la única mujer asaltante al Moncada. También de su tenacidad, de cuando ayudó a convertir los manuscritos con zumo de limón en “La Historia me Absolverá”. Que fue integrante de la Dirección Nacional del M-26-7 y organizadora de los preparativos de la expedición del Granma.
Se conocen sus órdenes, medallas y distinciones, entre ellas: Heroína de la República de Cuba y del Trabajo, Orden Playa Girón y Ho Chi Minh.
Sus cargos dentro de la Revolución fueron multifacéticos: delegada del ministro del Interior en el reclusorio de mujeres de Guanajay, vicepresidenta del Consejo Mundial de la Paz, subdirectora administrativa del Instituto Cubano del Petróleo, embajadora en Vietnam y Camboya, secretaria general de la Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina, vicepresidenta de Aseguramiento, Promoción y Publicidad del Banco Popular de Ahorro, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba...
Pero hay otros detalles que poco se conocen. Nos los cuenta su sobrino, Manuel Enrique Montané, en vísperas de este aniversario, en la misma casa donde creció con ella:
Antes de ser rebelde, bordaba—como lo hacían las muchachas de la época— con hilos, lentejuelas y un aro.
Le tenía miedo a las ranas. Mientras estuvo en el penal con Haydée trataban de meterse temprano debajo de los mosquiteros porque allí pululaban. Alguna vez alguien le dijo que, si el general Batista lo hubiera sabido, con sapos las hubieran cogido más fácil en el Moncada.
Cuando salió de la cárcel ejerció como abogada de presas comunes, luchaba por la justicia de aquellas mujeres, víctimas de la sociedad, obligadas a la prostitución o a la legítima defensa contra hombres abusivos.
Tuvo un intenso amor con Jesús Montané Oropesa. Sus postales y cartas dedicadas destilan un romance apasionado.
No tuvo hijos, pero sí una devoción enorme por él y sus hijas, Celia y Carolina.
Fue “muy fuerte, muy dura de carácter”. También muy cariñosa.
La casa siempre fue una especie de unidad militar, primó la disciplina, hasta el punto de apagar la mayoría de las luces, por tal de ahorrar.
En su despacho están sus muertos: fotos de Abel, Renato, Boris Luis.
Fue muy estricta, le gustaba todo organizado, limpio. También cocinar y lo hacía muy bien.
Fidelista, a tope, siempre preocupada porque el Comandante apareciera impecable: uniforme planchado y justo, la barba arreglada. Se molestaba si no era así.
De Melba todavía hay muchas historias por contar. Están perfectamente conservadas cartas, fotografías, documentos escritos con su puño y letra. En #Cimarronas ya anotamos esa tarea: debemos descubrir la historia de mujeres como ella, trascendentales para la historia nacional, ejemplos a los que aspirar.