El abanico de seda
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Flor de Nieve
Durante los días siguientes apenas podía quedarme sentada para que se me curaran los pies, como debía hacer, pues no paraba de pensar que estaba a punto de conocer a Flor de Nieve. Hasta mi madre y mi tía estaban nerviosas, y me daban consejos acerca de lo que Flor de Nieve y yo podíamos escribir en nuestro contrato, aunque ninguna de las dos había visto uno jamás. Cuando el palanquín de la señora Wang llegó a nuestra puerta, yo ya me había aseado y vestido con la ropa sencilla que llevábamos las muchachas del campo. Mi madre me bajó en brazos y me llevó fuera. Diez años más tarde, cuando me casara, también me esperaría un palanquín; la nueva vida que se abriría ante mí me asustaría y estaría triste por dejar atrás todo lo conocido. Sin embargo, en aquella ocasión estaba entusiasmada y muy nerviosa. ¿Qué impresión causaría a Flor de Nieve?
La señora Wang mantuvo abierta la puerta del palanquín; mi madre me dejó en el suelo y yo subí al reducido cubículo. Flor de Nieve era mucho más hermosa de lo que había imaginado. Sus ojos eran dos perfectas almendras. Tenía el cutis muy claro, lo cual indicaba que no había pasado tanto tiempo como yo al aire libre durante su primera infancia. A su lado colgaba una cortina roja, y una luz rosada bañaba su negro cabello. Llevaba una túnica de seda azul celeste con nubes bordadas. Por los bajos de su pantalón asomaban los zapatos que yo le había regalado. No dijo nada, quizá porque estaba tan nerviosa como yo. Me sonrió y yo le devolví la sonrisa.
Sólo había un asiento, de modo que tuvimos que apretujarnos las tres en él. Para que el palanquín estuviera equilibrado, la señora Wang se sentó en el medio. Los porteadores nos levantaron y enseguida cruzaron trotando el puente por el que se salía de Puwei. Era la primera vez que iba en palanquín. Los cuatro porteadores intentaban correr de modo que el balanceo fuera mínimo, pero con las cortinas echadas, el calor, mi nerviosismo y aquel extraño movimiento rítmico pronto empecé a marearme. Además, nunca me había alejado de mi casa, así que, aunque hubiera podido mirar por la ventanilla, no habría sabido dónde estaba ni cuánto camino quedaba por recorrer. Había oído hablar de la feria del templo de Gupo, por descontado. Las mujeres acudían allí cada año el décimo día del quinto mes para pedir hijos varones a la diosa. Se decía que en esa feria se congregaban miles de personas, idea que a mí me resultaba incomprensible. Cuando empecé a oír ruidos diferentes al otro lado de la cortina —los cascabeles de los carros tirados por caballos, los gritos de nuestros porteadores indicando a la gente «¡Apartaos del camino!», y las voces de los vendedores ambulantes que animaban a los clientes a comprar varillas de incienso, velas y otras ofrendas para poner en el templo—, supe que habíamos llegado a nuestro destino.
El palanquín se detuvo y los porteadores lo bajaron con un movimiento brusco. La señora Wang se inclinó hacia mí, abrió la portezuela, nos ordenó que nos quedáramos donde estábamos y se apeó. Cerré los ojos, agradecida de que hubiéramos dejado de movernos, y me concentré en calmar mi estómago. En ese momento una voz se hizo eco de mis pensamientos.
—Menos mal que nos hemos parado. Creía que iba a vomitar. ¿Qué habrías pensado de mí entonces?
Abrí los ojos y miré a Flor de Nieve. Su blanco cutis había adquirido el mismo tono verdoso que debía de tener el mío, pero su mirada era de sincera curiosidad. Alzó los hombros hasta pegarlos a las orejas en un gesto de complicidad y esbozó una sonrisa que significaba, como yo no tardaría en comprender, que se le había ocurrido algo que nos causaría problemas. A continuación dio unas palmadas en el cojín y dijo:
—Vamos a ver qué pasa ahí fuera.
La clave de la afinidad de nuestros ocho caracteres era que ambas habíamos nacido en el año del caballo y, por tanto, probablemente teníamos espíritu aventurero. Flor de Nieve volvió a mirarme evaluando el alcance de mi valor, que, he de admitirlo, no era mucho. Respiré hondo y me senté a su lado; ella retiró la cortina. Entonces pude poner caras a las voces que había oído, pero por lo demás mis ojos captaron imágenes asombrosas. Los yao habían montado puestos decorados con piezas de tela de colores mucho más llamativos que los que jamás habían empleado mi madre o mi tía. Un grupo de músicos ataviados con trajes extravagantes pasó a nuestro lado, camino de un espectáculo de ópera. Un hombre caminaba cerca de allí con un cerdo atado de una correa. Nunca se me había ocurrido pensar que alguien pudiera llevar su cerdo a una feria para venderlo. Cada pocos segundos otro palanquín nos esquivaba; dedujimos que en ellos iban mujeres que acudían a hacer una ofrenda a Gupo. Había muchas por la calle —hermanas de juramento que al casarse se habían marchado de su pueblo y se reunían allí con motivo de la feria—; llevaban sus mejores faldas y unos tocados con complejos bordados. Caminaban juntas sobre sus lotos dorados, meneando las caderas. Había infinidad de imágenes hermosas que absorber, y todas se veían realzadas por un olor increíblemente dulce que llegaba hasta el palanquín, seducía mi olfato y calmaba mi estómago.
—¿Habías estado antes aquí? —preguntó Flor de Nieve. Negué con la cabeza, y ella continuó—: Yo he venido varias veces con mi madre. Nos lo pasamos muy bien. Visitamos el templo. ¿Crees que hoy iremos al templo? Yo creo que no, tendríamos que caminar demasiado, pero espero que pasemos por el puesto de taro. Mi madre siempre me lleva allí. ¿No lo hueles? El viejo Zuo, el dueño del puesto, hace los mejores dulces del condado. —¿Cómo podía ser que Flor de Nieve hubiera estado allí muchas veces?—. Lo hace así: fríe unos dados de taro hasta que quedan blandos por dentro pero duros y crujientes por fuera. Entonces derrite azúcar en un gran wok puesto al fuego. ¿Has probado el azúcar, Lirio Blanco? Es lo mejor del mundo. Una vez que se pone marrón, echa el taro frito y lo remueve hasta que queda bien recubierto. Después coloca los dados en una bandeja y la lleva a tu mesa, junto con un cuenco de agua fría. No te imaginas lo caliente que está el taro recubierto de azúcar derretido. Si intentaras comértelo así, te harías un agujero en la lengua; por eso hay que coger un trozo con los palillos y sumergirlo en el agua. ¡Crac, crac, crac! Ese es el ruido que hace el azúcar cuando se endurece. Cuando le hincas el diente, notas el crujido de la capa de azúcar, lo crocante del taro frito y por último el interior blando. Mi tía tendría que llevarnos allí, ¿no estás de acuerdo?
—¿Tu tía?
—¡Pero si hablas! Creía que sólo sabías escribir palabras bonitas.
—Quizá no hable tanto como tú —repuse con voz queda, un tanto dolida. Ella era la bisnieta de un funcionario imperial y mucho más culta que la hija de un vulgar campesino.
Flor de Nieve me cogió una mano. La suya tenía un tacto seco y caliente, señal de que tenía el chi muy alto.
—No te preocupes. No me importa que hables poco. Yo siempre me meto en líos por hablar demasiado, porque no pienso las cosas antes de decirlas. En cambio, tú serás una esposa ideal, pues siempre elegirás tus palabras con cuidado.
¿Lo entendéis? Allí mismo, el primer día, nos comprendimos la una a la otra, pero ¿impediría eso que cometiéramos errores en el futuro?
La señora Wang abrió la portezuela del palanquín.
—Venid, niñas. Está todo arreglado. Sólo tendréis que dar diez pasos para llegar a vuestro destino. Si os hiciera andar más, rompería la promesa que he hecho a vuestras madres.
Estábamos cerca de un puesto de artículos de papel decorado con cintas rojas, pareados de la buena fortuna, símbolos de doble felicidad carmesíes y dorados e imágenes pintadas de la diosa Gupo. Delante había una mesa donde se amontonaban diversas mercancías de colores chillones. A ambos lados del puesto, que estaba protegido del barullo de la calle por tres largas mesas colocadas en los costados, se abrían sendos pasillos por donde entraban los clientes. En el centro había una mesita con tinta, pinceles y dos sillas. La señora Wang nos indicó que escogiéramos un trozo de papel donde escribir nuestro contrato. Como cualquier niña de mi edad, yo estaba acostumbrada a decidir ciertas cosas (qué hortaliza cogería del cuenco después de que mi padre, mi tío, Hermano Mayor y los otros miembros de la familia hubieran metido sus palillos en él, por ejemplo), pero en ese momento me sentí incapaz de decidirme; mis manos querían tocar todas las mercancías, mientras Flor de Nieve, que sólo tenía siete años y medio, utilizaba el sentido crítico, con lo que daba muestras de mayor madurez.
La señora Wang dijo:
—Recordad, niñas, que hoy lo pago todo yo. Esto sólo es una decisión. Tendréis que tomar otras, así que no os entretengáis demasiado.
—Sí, tiíta —repuso Flor de Nieve hablando por las dos. A continuación me preguntó—: ¿Cuál te gusta?
Señalé una hoja de papel grande que, por su tamaño, parecía la más apropiada, dada la importancia de la ocasión.
Flor de Nieve pasó el índice por el borde dorado.
—El oro es de mala calidad —sentenció. Acto seguido levantó la hoja y la examinó a contraluz—. El papel es delgado y transparente como un ala de insecto. ¿No ves cómo lo atraviesa la luz del sol? —Dejó la hoja en la mesa y me miró con esa franqueza que la caracterizaba—. Necesitamos algo que demuestre eternamente el valor y la perdurabilidad de nuestra relación.
Yo apenas entendía sus palabras; Flor de Nieve hablaba un dialecto ligeramente distinto del de Puwei, pero ésa no era la única razón. Yo era ordinaria y estúpida; ella era refinada y ya superaba los conocimientos de mi madre e incluso los de mi tía.
Me empujó hacia el interior del puesto y me susurró:
—Lo mejor siempre lo guardan ahí detrás. —Y añadió con naturalidad—: ¿Qué te parece éste, alma gemela?
Era la primera vez que alguien me pedía que mirara algo y expresara mi opinión, y lo hice. Pese a mi escaso refinamiento, me di cuenta de la diferencia entre la hoja que yo había elegido y la que me estaba enseñando Flor de Nieve, más pequeña y con unos adornos menos chabacanos.
—Examínala —dijo.
Cogí la hoja, cuyo peso noté de inmediato, y la miré a contraluz, como había hecho ella con la otra. El papel era tan grueso que sólo lo atravesaba un pálido resplandor rojizo.
No hizo falta que dijéramos nada, era evidente que estábamos de acuerdo, así que tendimos la hoja al comerciante. La señora Wang pagó por ella y para que redactáramos nuestro contrato en la mesa que había en el centro del puesto, Flor de Nieve y yo nos sentamos una frente a la otra.
—¿Cuántas niñas crees que se habrán sentado en estas sillas para redactar sus contratos? —preguntó Flor de Nieve—. Hemos de redactar el mejor contrato que se haya escrito jamás. —Frunció un poco el entrecejo y me consultó—: ¿Qué crees que deberíamos poner?
Pensé en lo que me habían aconsejado mi madre y mi tía.
—Somos niñas —contesté—, y debemos obedecer las normas…
—Sí, sí, lo de siempre —me interrumpió Flor de Nieve con cierta impaciencia—, pero ¿no quieres que esto hable de nosotras dos?
Yo me sentía muy insegura, mientras que ella parecía saber muchas cosas. Había estado allí en otras ocasiones, mientras que yo nunca había salido de mi pueblo. Ella sabía lo que había que escribir en nuestro contrato, y yo sólo podía confiar en lo que mi tía y mi madre imaginaban que debíamos poner en él. Todas las propuestas que yo formulaba sonaban como preguntas.
—¿Seremos laotong para siempre? ¿Siempre seremos sinceras? ¿Haremos las tareas domésticas juntas en la habitación de arriba?
Flor de Nieve me observó con la misma franqueza con que lo había hecho en el palanquín, y yo no supe qué estaba pensando. ¿Había dicho algo inoportuno? ¿Lo había expresado de un modo incorrecto?
Al cabo de un instante cogió un pincel y lo mojó en la tinta. Aquel día, Flor de Nieve había descubierto todos mis defectos; por otra parte, ya sabía, por nuestro abanico, que mi caligrafía no era tan perfecta como la suya. Sin embargo, cuando empezó a escribir, comprobé que había aceptado mis propuestas. Mis sentimientos se enroscaban en su hermosa caligrafía, expresando un único pensamiento compartido por ambas.
Creímos que los sentimientos manifestados en aquella hoja de papel durarían para siempre, pero no podíamos prever las complicaciones que nos esperaban. Sin embargo, recuerdo casi todas las palabras. ¿Cómo no iba a recordarlas? Esas palabras quedaron grabadas en mi corazón.
Nosotras, la señorita Flor de Nieve de Tongkou y la señorita Lirio Blanco de Puwei, seremos sinceras la una con la otra. Nos consolaremos con palabras amables. Aliviaremos nuestros corazones. Susurraremos y bordaremos en la habitación de las mujeres. Practicaremos las Tres Obediencias y las Cuatro Virtudes. Seguiremos los preceptos del confucianismo recogidos en las Enseñanzas para mujeres y nos comportaremos como verdaderas damas. Hoy, nosotras, la señorita Flor de Nieve y la señorita Lirio Blanco, hemos hablado con sinceridad. Hemos sellado nuestro vínculo. Durante diez mil li seremos como dos arroyos que confluyen en un solo río. Durante diez mil años seremos como dos flores del mismo jardín. Nunca nos alejaremos, nunca habrá ni una sola palabra cruel entre nosotras. Seremos almas gemelas hasta el día de nuestra muerte. Nuestros corazones están contentos.
La señora Wang nos contemplaba con solemnidad mientras firmamos en nu shu al pie de la hoja.
—Estoy satisfecha con esta unión de laotong —anunció—. Como ocurre en el matrimonio entre un hombre y una mujer, los buenos se emparejan con buenos, los hermosos con hermosos y los inteligentes con inteligentes. Pero, a diferencia de lo que ocurre en el matrimonio, esta relación conservará un carácter exclusivo. —Soltó una risotada y añadió—: Nada de concubinas. ¿Entendéis lo que quiero decir, niñas? Se trata de una unión de dos corazones que ni la distancia, las discrepancias, la soledad o las diferencias de posición social podrán romper; tampoco podréis permitir que otras niñas (ni más adelante otras mujeres) se interpongan entre vosotras.
Volvimos sobre nuestros pasos hasta el palanquín. Durante muchos meses caminar había sido una agonía, pero en ese momento me sentía como Yao Niang, la primera mujer que se vendó los pies. Cuando Yao Niang bailó sobre un loto dorado, parecía flotar en una nube. Una inmensa felicidad amortiguaba cada paso que yo daba.
Los porteadores nos llevaron hasta el centro de la feria. En esa ocasión, cuando nos apeamos, nos encontramos en pleno mercado. Vi los muros rojos, las tallas decorativas doradas y el tejado de tejas verdes del templo en lo alto de una cuesta no muy pronunciada. La señora Wang nos entregó una moneda a cada una y nos dijo que compráramos algo para celebrar ese día. Yo nunca había tenido ocasión de elegir nada para mí ni la responsabilidad de gastar dinero. En una mano tenía la moneda; en la otra, la mano de Flor de Nieve. Traté de pensar qué podría querer mi amiga, pero alrededor había tantas cosas hermosas que me sentí aturullada.
Por fortuna Flor de Nieve volvió a tomar las riendas.
—¡Ya sé qué podemos comprarnos! —exclamó. Dio un par de pasos rápidos, como si fuera a echar a correr; entonces renqueó y se detuvo—. A veces no me acuerdo de los pies —añadió con una mueca de dolor.
Al parecer, los míos se habían curado un poco más deprisa que los suyos, y lamenté no poder explorar todo lo que nos habría gustado.
—Iremos despacio —propuse—. No es necesario que lo veamos todo hoy…
—… porque vendremos aquí todos los años durante el resto de nuestra vida —terminó Flor de Nieve, y me dio un apretón en la mano.
Debía de dar gusto vernos: dos laotong el día de su primera excursión, que intentaban andar como antes de que les vendaran los pies y a las que sólo la euforia impedía caerse, y una anciana ataviada con un traje chabacano que les indicaba a voces: «¡Si no os portáis bien, nos vamos a casa ahora mismo!» Por suerte no tuvimos que ir muy lejos. Flor de Nieve me hizo entrar de un empujón en un puesto donde vendían artículos de costura.
—Somos dos niñas en nuestros años de hija —dijo Flor de Nieve, al tiempo que su mirada recorría un arco iris de hilos—. Hasta que nos casemos y abandonemos nuestra casa natal, estaremos en la habitación de las mujeres, nos visitaremos, bordaremos juntas y cuchichearemos. Si compramos bien, tendremos material para compartir durante años.
En el puesto de artículos de costura advertimos que teníamos las mismas ideas. Nos gustaban los mismos colores, pero elegimos además unos cuantos hilos que, pese a no entusiasmarnos, nos convenían para crear los detalles de una hoja o la sombra de una flor. Pagamos con nuestras monedas y regresamos al palanquín con las compras en la mano. Una vez en su interior, Flor de Nieve suplicó a la señora Wang que le concediera otro capricho.
—Por favor, tiíta, llévanos al puesto del vendedor de taro. ¡Por favor, tiíta, por favor!
Suponiendo que Flor de Nieve empleaba ese tratamiento para ablandar la severidad de la señora Wang, y envalentonada una vez más por el coraje de mi laotong, me uní a sus ruegos.
—¡Por favor, tiíta, por favor! —imploré.
La señora Wang no podía negarse, con una niña a cada lado tirándole de una manga y suplicando otro capricho, algo que sólo les estaba permitido a los primogénitos varones.
Al final cedió, no sin advertirnos que aquello no podía repetirse.
—Sólo soy una pobre viuda, y si gasto mi dinero en dos niñas inútiles mi reputación se verá perjudicada. ¿Acaso queréis ver cómo me hundo en la pobreza? ¿Queréis verme morir sola? —Dijo estas palabras con su brusquedad habitual, pero en realidad todo estaba listo para nosotras cuando llegamos al puesto. Habían preparado una mesita, con tres pequeños barriles por asientos.
El propietario sacó un pollo vivo y lo sostuvo en alto.
—Siempre elijo lo mejor para ti, señora Wang —dijo el viejo Zuo.
Al cabo de unos minutos apareció con una cazuela que tenía en la base un compartimiento para el carbón. En el recipiente borbotaba un caldo hecho con jengibre, cebolletas y el pollo que habíamos visto poco antes, troceado; además, puso en la mesa un cuenco con salsa de jengibre, ajo, cebolletas y aceite. Completaba la comida una fuente de guisantes salteados con dientes de ajo enteros. Comimos con fruición, pescando deliciosos trozos de pollo con los palillos, masticando con deleite y escupiendo los huesos en el suelo. Pese a que todo estaba riquísimo, yo reservé un hueco para el plato de taro que Flor de Nieve había mencionado antes. Y comprobé que era verdad cuanto me había contado: el azúcar caliente crujía al entrar en contacto con el agua y el taro se rompía en mi boca revelando diferentes y deliciosas texturas.
Cogí la tetera, como hacía en mi casa, y serví el té para las tres. Cuando la dejé en la mesa, Flor de Nieve suspiró y me lanzó una mirada de reprobación. Había vuelto a hacer algo mal, pero no sabía qué. Flor de Nieve puso una mano sobre la mía y la guió hacia la tetera, y juntas la hicimos girar hasta que el pico dejó de apuntar a la señora Wang.
—Es de mala educación dirigir el pico hacia alguien —me explicó Flor de Nieve con gentileza.
Debería haber sentido vergüenza, pero sólo sentí admiración por la buena crianza de mi laotong.
Cuando regresamos al palanquín, los porteadores dormían bajo las varas. La señora Wang los despertó con sus palmadas y su potente voz, y no tardamos en ponernos en marcha. Esa vez, la casamentera dejó que nos sentáramos juntas, aunque de ese modo el palanquín no estuviera equilibrado y a los porteadores les resultara más trabajoso avanzar. Cuando recuerdo aquel día, me doy cuenta de que éramos jovencísimas: dos niñitas que reían por cualquier cosa, que elegían hilo para bordar, que se cogían de la mano, que lanzaban miradas furtivas detrás de la cortina cuando la señora Wang se quedaba dormida y que veían pasar el mundo por la ventanilla. Estábamos tan absortas que esa vez ninguna de las dos se sintió mareada por el zarandeo del palanquín.
Ése fue nuestro primer viaje a Shexia y al templo de Gupo. La señora Wang volvió a llevarnos al año siguiente e hicimos nuestras primeras ofrendas en el templo. Nos acompañó allí casi todos los años hasta que terminó nuestra etapa de hija. Después de casarnos seguimos encontrándonos en Shexia siempre que las circunstancias lo permitían; hacíamos ofrendas en el templo para tener hijos varones, íbamos a comprar hilo para continuar nuestras labores, rememorábamos nuestra primera visita y nos deteníamos a comer taro caramelizado en el puesto del viejo Zuo antes de emprender el viaje de regreso.
Llegamos a Puwei al anochecer. Ese día yo no sólo había entablado una nueva amistad fuera de mi familia, sino que además había firmado un contrato por el que me convertía en la laotong de otra niña. No quería que ese día tan especial terminara, pero sabía que acabaría en cuanto entrara en mi casa. Imaginaba el momento en que bajaría del palanquín y me quedaría mirando cómo los porteadores se llevaban a Flor de Nieve por el callejón, mientras ella deslizaba una mano entre las ondeantes cortinas para despedirse antes de doblar la esquina.
Entonces descubrí que mi felicidad iba a prolongarse un poco más.
Nos paramos y bajé del palanquín. La señora Wang ordenó a Flor de Nieve que se apeara también.
—Adiós, niñas. Dentro de unos días vendré a recoger a Flor de Nieve. —Se asomó por la portezuela del palanquín, pellizcó las mejillas de mi laotong y añadió—: Pórtate bien. No protestes. Aprende con los ojos y los oídos. Haz que tu madre se enorgullezca de ti.
¿Cómo podría explicar lo que sentí cuando nos quedamos las dos ante la puerta de mi casa natal? Nunca había sido tan feliz, pero sabía qué me esperaba dentro. Pese a que yo tenía mucho aprecio a mi familia y mi hogar, sabía que Flor de Nieve estaba acostumbrada a algo mejor. Y ella no había traído ropa ni artículos de tocador.
Mi madre salió a recibirnos. Me dio un beso, rodeó con un brazo a Flor de Nieve y la guió hacia el interior de la casa. Durante mi ausencia, mi madre, mi tía y Hermana Mayor habían trabajado de firme para ordenar la sala principal. Habían retirado todos los trastos y la ropa y guardado los platos. El suelo de tierra apisonada estaba recién barrido y lo habían rociado con agua para asentarlo más y refrescarlo.
Flor de Nieve conoció a todos mis familiares, incluido Hermano Mayor. Cuando sirvieron la cena, limpió sus palillos metiéndolos en su taza de té; aparte de ese pequeño detalle, que denotaba un refinamiento al que nosotros no estábamos acostumbrados, hizo cuanto pudo para ocultar sus sentimientos. Sin embargo, yo empezaba a conocerla y comprendí que estaba poniendo al mal tiempo buena cara.
Para mí era evidente que mi alma gemela se sentía horrorizada por cómo vivíamos mi familia y yo.
Había sido un largo día y estábamos muy cansadas. Cuando llegó la hora de acostarse, volvió a invadirme la aprensión, pero las mujeres de mi familia también habían trabajado de firme en el piso de arriba. Habían aireado la ropa de cama y organizado en pulcros montones todo el revoltijo de artículos relacionados con nuestras actividades cotidianas. Mi madre nos ofreció un cuenco de agua fresca para lavarnos y dos mudas de ropa, una mía y una de Hermana Mayor —todo recién lavado—, que Flor de Nieve podría ponerse mientras fuera nuestra invitada. Dejé que ella se aseara primero, pero apenas se mojó los dedos, sospechando, creo, que el agua no estaba lo bastante limpia. Sostuvo la camisa de dormir a cierta distancia de su cuerpo, examinándola como si fuera un pescado podrido en lugar de la prenda de vestir más nueva de Hermana Mayor. Miró alrededor, vio que la estábamos observando y, sin decir palabra, se desvistió y se puso la camisa de dormir. Nos metimos en la cama. Esa noche, como ocurriría en el futuro siempre que Flor de Nieve se quedara en mi casa, Hermana Mayor durmió con Luna Hermosa.
Mi madre nos deseó buenas noches a las dos. Luego se inclinó, me besó y me susurró al oído:
—La señora Wang nos ha dicho lo que teníamos que hacer. Sé feliz, pequeña, sé feliz.
De modo que allí estábamos, acostadas una al lado de la otra y arropadas sólo con una delgada colcha de algodón. Éramos muy pequeñas. Pese a lo cansadas que estábamos, no podíamos parar de cuchichear. Flor de Nieve me interrogó acerca de mi familia. Yo también le hice preguntas sobre la suya. Le conté cómo había muerto Hermana Tercera. Ella me explicó que su hermana pequeña había muerto de un catarro. Me hizo preguntas acerca de nuestro pueblo y le conté que Puwei significaba «aldea de gran hermosura» en el dialecto local. Ella me dijo que Tongkou significaba «aldea de la boca de madera» y que, cuando fuera allí a visitarla, comprendería por qué se llamaba así.
La luz de la luna se colaba por la celosía e iluminaba su rostro. Hermana Mayor y Luna Hermosa se quedaron dormidas, pero nosotras seguimos charlando. Hablar del vendado de los pies se considera impropio de una dama, y las mujeres saben que esa clase de conversaciones no hace más que inflamar las pasiones de los hombres. Pero nosotras éramos niñas y el proceso de vendado todavía no había terminado, de modo que no era un recuerdo, como lo es ahora para mí, sino un suplicio que formaba parte de nuestra vida. Flor de Nieve me contó que se había escondido de su madre y había suplicado a su padre que se apiadara de ella. Él había estado a punto de ceder, lo cual la habría condenado a vivir como una vieja criada en el hogar de sus padres o a servir en otra casa.
—Sin embargo, cuando mi padre empezó a fumar su pipa —prosiguió—, olvidó la promesa que me había hecho. Mientras estaba distraído, mi madre y mi tía me subieron a la habitación de las mujeres y me ataron a una silla. Por eso llevo un año de retraso en el vendado, igual que tú. —Eso no significaba que, una vez decidido su destino, ella lo aceptara. Al contrario, los primeros meses se había rebelado y en una ocasión incluso se arrancó los vendajes casi por completo—. Pero mi madre me vendó de nuevo y me ató aún más fuerte a la silla.
—No puedes oponerte a tu destino —observé—. Estamos predestinados.
—Eso dice mi madre. Sólo me desataba para obligarme a caminar hasta que se me rompieran los huesos y para que pudiera utilizar el orinal. Yo no dejaba de mirar por la celosía. Observaba los pájaros que pasaban volando. Seguía la trayectoria de las nubes que viajaban por el cielo. Contemplaba la luna y la veía crecer y menguar. Pasaban tantas cosas al otro lado de mi ventana que casi me olvidaba de lo que estaba pasando dentro de la habitación.
¡Cómo me asustaban esos sentimientos! Flor de Nieve tenía las ansias de independencia propias de los nacidos en el año del caballo, sólo que su caballo tenía unas alas que la llevaban volando hasta muy lejos, mientras que el mío era lento y pesado. No obstante, la sensación que noté en la boca del estómago —una sensación de transgresión y rebeldía— me produjo un estremecimiento de emoción que con el tiempo acabaría convirtiéndose en un profundo anhelo.
Flor de Nieve se arrimó más a mí, hasta que nuestras caras quedaron muy juntas. Me puso una mano en la mejilla y dijo:
—Me alegro de que seamos almas gemelas. —Cerró los ojos y se durmió.
Tumbada junto a ella, contemplé su rostro iluminado por la luna; mientras sentía el delicado peso de su manita en mi mejilla y oía cómo su respiración se tornaba más profunda, me pregunté cómo podía conseguir que mi laotong me quisiera como yo ansiaba que me quisieran.