El abanico de seda

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Años de cabello recogido » La verdad

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La verdad

En circunstancias normales el cuarto día después de la boda yo habría regresado a Puwei, con mi familia, pero tenía planeado desde hacía tiempo ir primero a casa de Flor de Nieve para pasar con ella el mes del rito de Sentarse y Cantar en la Habitación de Arriba. Ahora que estaba a punto de volver a verla, estaba más nerviosa que nunca. Estrené uno de mis trajes de diario: una túnica de seda verde claro y unos pantalones con un bordado de tallos de bambú. Quería causar buena impresión no sólo a cualquiera con quien me cruzara por Tongkou, sino también a la familia de Flor de Nieve, sobre la que tanto había oído hablar en los últimos años. Yonggang, la criada, me guió por los callejones de Tongkou. La niña llevaba en una cesta mi ropa, mi hilo de bordar, mi tela y el libro del tercer día que yo había compuesto para Flor de Nieve. Era una suerte que Yonggang me hiciera de guía, y sin embargo su compañía me molestaba. La criada era una de las muchas novedades a las que tendría que acostumbrarme.

Tongkou era mucho mayor y próspero que Puwei. Los callejones estaban limpios y no había gallinas, patos ni cerdos correteando a su antojo. Nos detuvimos ante una casa que era tal como Flor de Nieve la había descrito: de dos plantas, tranquila y elegante. Yo acababa de llegar a ese pueblo y no conocía sus costumbres, pero algo funcionaba exactamente igual que en Puwei: no gritamos desde la calle ni llamamos a la puerta para anunciar nuestra llegada, sino que Yonggang se limitó a abrirla y entró en la casa de Flor de Nieve.

La seguí y de inmediato me asaltó un extraño hedor, en el que un repugnante olor dulzón se mezclaba con el de excrementos y carne podrida. No sabía de dónde procedía, pero me pareció humano. Se me revolvió el estómago, pero aún me trastornó más lo que vieron mis ojos.

La sala principal era mucho más amplia que la de mi casa natal, pero con bastantes menos muebles. Vi una mesa, pero ninguna silla; vi una balaustrada tallada que conducía a la habitación de las mujeres. Aparte de esos pocos elementos —de una calidad muy superior a la de cualquier mueble de mi hogar—, no había nada. Ni siquiera chimenea. Estábamos a finales de otoño y hacía frío. Además, la habitación se veía sucia y con restos de comida por el suelo. Había varias puertas que debían de conducir a los dormitorios.

El interior de la vivienda no sólo no era lo que cualquier transeúnte habría esperado encontrar tras ver la fachada, sino que no se parecía en nada a como Flor de Nieve me lo había descrito. Sin duda me había equivocado de casa.

Cerca del techo había varias ventanas, todas cegadas, excepto una por la que entraba un solo haz de luz que atravesaba la oscuridad. Cuando mi vista se acostumbró a la penumbra, vi a una mujer acuclillada junto a una palangana. Llevaba la ropa sucia y raída, como una modesta campesina. Cuando nuestras miradas se encontraron, se apresuró a desviar la vista. Cabizbaja, se levantó y se colocó bajo el haz de luz. Tenía un hermoso cutis, pálido y terso como la porcelana. Juntó los dedos de las manos e hizo una inclinación.

—Bienvenida, Lirio Blanco, bienvenida. —Hablaba en voz baja, pero no por deferencia a mi recién adquirida posición, sino más bien con miedo—. Espera aquí. Voy a buscar a Flor de Nieve.

Me quedé pasmada. Así pues, no me había equivocado, me encontraba en la casa de mi laotong. ¿Cómo era posible? Cuando la mujer cruzó la sala en dirección a la escalera, vi que sus lotos dorados eran casi tan pequeños como los míos, algo asombroso tratándose de una sirvienta.

Agucé el oído. Oí a la mujer hablar con alguien en el piso de arriba y, a continuación, algo a lo que me costó dar crédito: la voz de Flor de Nieve, con tono obstinado y discutidor. Me sentía cada vez más consternada. Por lo demás, en la casa reinaba un silencio inquietante. Y en medio de ese silencio noté que me acechaba algo parecido a un espíritu maligno del más allá. Todo mi cuerpo reaccionó para defenderse de esa sensación. Se me puso carne de gallina. Temblaba dentro de mi traje de seda verde claro, que me había puesto para impresionar a los padres de Flor de Nieve, pero que no me protegía del húmedo viento que entraba por la ventana ni del miedo que me producía hallarme en un lugar tan extraño, oscuro, hediondo y aterrador.

Flor de Nieve apareció en lo alto de la escalera.

—Sube —dijo.

Me quedé paralizada, tratando de asimilar lo que veían mis ojos. De pronto algo me tocó la manga y di un respingo.

—No creo que a mi amo le guste que te deje aquí —dijo Yonggang con gesto de preocupación.

—Tu amo sabe dónde estoy —repuse sin pensar.

—Lirio Blanco. —La voz de Flor de Nieve traslucía una triste desesperación que jamás había percibido en ella.

En ese momento acudió a mi mente un recuerdo reciente. Mi madre me había dicho que, como mujer, no siempre podría evitar la indignidad y que tenía que ser valiente. «Te has comprometido de por vida —me había dicho—. Sé la dama que te hemos enseñado a ser.» Comprendí que no se refería al trato carnal con mi esposo, sino a esto. Flor de Nieve era mi alma gemela para toda la vida. Yo le profesaba un amor mayor y más profundo que el que jamás sentiría por mi esposo. Ése era el verdadero significado de la relación de dos laotong.

Di un paso y Yonggang emitió un débil gemido. Yo no sabía qué hacer, porque nunca había tenido criadas. Le di unas palmaditas en el hombro, vacilante.

—Vete. —Adopté el tono que suponía utilizaban las señoras, aunque no sabía exactamente cómo era—. No pasa nada.

—Si por algún motivo tienes que marcharte, sal a la calle y pide ayuda —me aconsejó Yonggang, que estaba muy preocupada—. Aquí todo el mundo conoce a mi amo y a la señora Lu. Cualquiera te acompañará hasta la casa de tus suegros.

Le quité la cesta de las manos. Como seguía sin moverse, le indiqué por señas que se marchara. Ella dejó escapar un suspiro de resignación, hizo una pequeña reverencia, caminó de espaldas hasta la puerta, se dio la vuelta y salió.

Subí por la escalera, sujetando la cesta con una mano. Cuando me acerqué a Flor de Nieve, vi que las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Mi laotong, al igual que la otra mujer, llevaba prendas acolchadas de color gris, gastadas y remendadas. Me paré un escalón antes del rellano.

—Nada ha cambiado —dije—. Somos almas gemelas.

Ella me dio la mano, me ayudó a subir el último peldaño y me condujo a la habitación de las mujeres. En otros tiempos aquella estancia también debía de haber sido muy bonita. Parecía tres veces más amplia que la equivalente de mi casa natal. En lugar de una celosía con barrotes verticales, cubría la ventana una pantalla de madera delicadamente tallada. Por lo demás, la habitación estaba casi vacía; sólo había una rueca y una cama. La hermosa mujer a la que yo había visto abajo estaba sentada con elegancia en el borde de la cama, con las manos pulcramente entrelazadas sobre el regazo.

—Lirio Blanco —dijo Flor de Nieve—, te presento a mi madre.

Crucé la estancia, junté las manos y me incliné ante la mujer que había traído al mundo a mi laotong.

—Te ruego que disculpes nuestra pobreza —dijo la madre de Flor de Nieve—. Sólo puedo ofrecerte té. —Se levantó y añadió—: Tenéis mucho que contaros. —Dicho esto, abandonó la habitación con la sublime elegancia que proporciona un vendado de pies perfecto.

Cuatro días atrás, cuando salí de mi casa natal, yo había llorado de pena, alegría y miedo, todo a la vez. Ahora, sentada con Flor de Nieve en la cama de aquella habitación, vi en sus mejillas lágrimas de remordimiento, culpabilidad, vergüenza y turbación. Deseaba gritarle: «¡Cuéntame!», pero esperé a que ella hablara y me dijera la verdad, consciente de que cada palabra que saliera de sus labios le haría perder el poco prestigio que todavía conservaba.

—Mucho antes de que nos conociéramos —dijo por fin—, mi familia era una de las mejores del condado. Como ves —añadió señalando la estancia—, esta casa fue hermosa en otros tiempos. Éramos una familia muy próspera. Mi bisabuelo, el funcionario imperial, recibió muchos mou del emperador.

Yo la escuchaba atentamente, y mi mente no paraba.

—Cuando murió el emperador, mi bisabuelo cayó en desgracia y decidió retirarse aquí. Llevaba una vida tranquila. Cuando falleció, mi abuelo ocupó su lugar. Tenía muchos trabajadores y muchas criadas. También tenía tres concubinas, pero sólo le dieron hijas. Mi abuela tuvo por fin un hijo varón y se aseguró su lugar en la familia. Casaron a ese hijo con mi madre. Dicen que mi madre era como Hu Yuxiu, aquella mujer tan inteligente y adorable que sedujo a un emperador. Mi padre no era funcionario imperial, pero había estudiado los clásicos. Decían que un día sería el jefe de Tongkou, y mi madre así lo creía. También había quien vaticinaba un futuro diferente. Mis abuelos reconocían en mi padre la debilidad propia de los varones que crecen en una casa llena de hermanas y con demasiadas concubinas, mientras mi tía sospechaba que era cobarde y propenso a los vicios.

Flor de Nieve tenía la mirada perdida mientras rememoraba el pasado.

—Mis abuelos murieron dos años después de mi nacimiento —continuó—. Mi familia lo tenía todo: ropa lujosa, comida en abundancia, criados. Mi padre me llevaba de viaje; mi madre me llevaba al templo de Gupo. De niña vi y aprendí muchas cosas. Pero mi padre tenía que ocuparse de las tres concubinas de mi abuelo y casar a sus cuatro hermanas y a sus cinco hermanastras, las hijas de las concubinas. Además tenía que proporcionar trabajo, alimento y cobijo a los trabajadores del campo y a las criadas. Concertó la boda de sus hermanas y sus hermanastras. Intentó demostrar a todos que era un hombre importante. Cada vez hacía regalos más caros a las familias de los novios. Empezó a vender campos al gran terrateniente del oeste de nuestra provincia para comprar más seda y más cerdos con que obsequiar a los novios. Mi madre es una mujer muy hermosa, ya lo has visto, pero por dentro es como era yo antes de conocerte: mimada e ignorante de las tareas de las mujeres, con excepción del bordado y el nu shu. Y entonces mi padre… —Vaciló un momento, y soltó de corrido—: Mi padre se aficionó a la pipa.

Recordé el día que la señora Gao nos había incomodado hablando de la familia de Flor de Nieve. Había mencionado el juego y las concubinas, pero también había comentado que el padre se había aficionado a la pipa. Entonces yo tenía nueve años y pensé que se refería a que fumaba demasiado tabaco. Ahora comprendí no sólo que el padre de mi laotong había caído en las garras del opio, sino que todas las mujeres que se encontraban en la habitación de arriba aquel día, salvo yo, sabían muy bien de qué hablaba la señora Gao. Mi madre lo sabía, mi tía lo sabía, la señora Wang lo sabía. Todas lo sabían y se habían puesto de acuerdo para que yo no me enterara.

—¿Tu padre todavía vive? —pregunté tímidamente. Lo lógico era pensar que si hubiera fallecido, mi alma gemela me lo habría dicho, pero, puesto que me había contado tantas mentiras, también podía haberme engañado en eso.

Ella asintió con la cabeza.

—¿Está abajo? —inquirí, pensando en el extraño y desagradable olor que impregnaba la sala principal.

No respondió. Se limitó a arquear las cejas, y yo interpreté ese gesto como una afirmación.

—La situación empeoró con la hambruna —prosiguió—. ¿Lo recuerdas? Tú y yo todavía no nos conocíamos, pero hubo una mala cosecha, seguida de un invierno extremadamente crudo.

¿Cómo podría haberlo olvidado? En aquella época, en mi casa sólo comimos gachas de arroz con nabos secos. Mi madre administraba las provisiones con prudencia, mi padre y mi tío apenas probaban bocado, y todos habíamos sobrevivido.

—Mi padre no estaba preparado para algo así —admitió Flor de Nieve—. Fumaba su pipa y se olvidaba de nosotros. Un día, sus concubinas se marcharon. Quizá regresaron a sus hogares natales. O murieron en la nieve. No se supo más de ellas. Cuando llegó la primavera, sólo mis padres, mis dos hermanos, mis dos hermanas y yo vivíamos en la casa. De puertas afuera todavía llevábamos una vida elegante, pero en realidad los acreedores empezaban a visitarnos con regularidad. Mi padre vendió más campos. Al final sólo nos quedó la casa. Pero a él le importaba más su pipa que su familia. Antes de empeñar los muebles (no te imaginas lo bonitos que eran, Lirio Blanco), se le ocurrió venderme a mí.

—¿Como criada? ¡No!

—Peor aún. Como falsa nuera.

Aquello era, a mi juicio, la pesadilla más espantosa de toda niña: que no le vendaran los pies, que la criaran unos desconocidos tan inmorales que no les importaba no tener una nuera auténtica, y que la trataran peor que a una criada. Yo era bastante mayor para comprender que las falsas nueras se convertían en meros objetos que cualquier varón de la casa podía utilizar para satisfacer sus apetitos sexuales.

—Fue la hermana de mi madre quien nos salvó —prosiguió—. Cuando tú y yo nos hicimos laotong, buscó una unión pasable para mi hermana mayor. Mi hermana ya nunca viene aquí. Después mi tía colocó a mi hermano mayor de aprendiz en Shangjiangxu. Ahora mi hermano pequeño trabaja en los campos para la familia de tu esposo. Mi hermana pequeña murió, ya lo sabes…

A mí no me interesaba la vida de unas personas a las que no conocía y sobre las que sólo había oído contar mentiras.

—Y a ti ¿qué te pasó?

—Mi tía cambió mi futuro con tijeras, tela y alumbre. Mi padre se opuso, pero ya conoces a tía Wang. ¿Quién se atreve a decirle que no una vez que ha tomado una decisión?

—¿Tía Wang? ¿Te refieres a nuestra tía Wang, la casamentera?

—Es la hermana de mi madre.

Me llevé los dedos a las sienes. El día que conocí a Flor de Nieve y fuimos juntas al templo de Gupo, ella se había dirigido a la casamentera llamándola tiíta. Yo pensé que lo hacía por cortesía y respeto, y con el tiempo me acostumbré a llamarla también así. Ahora me sentí muy necia.

—No me lo habías dicho.

—¿Lo de tía Wang? Eso es lo único que creía que sabías.

«Lo único que creía que sabías.» Intenté asimilar esas palabras.

—Tía Wang había adivinado cómo era mi padre —continuó Flor de Nieve—. Sabía que era un hombre débil. A mí también me conocía bien. Sabía que no me gustaba obedecer, que no prestaba atención, que era una inútil en el arte de las labores domésticas, pero que mi madre podía enseñarme a bordar, a vestirme, a comportarme delante de un hombre, a dominar nuestra escritura secreta. Mi tía no es una mujer como las demás; es una casamentera y por tanto tiene mentalidad de comerciante. Comprendía lo que nos esperaba a mi familia y a mí. Empezó a buscarme una laotong con objeto de que esa relación difundiera por el condado la idea de que yo era una muchacha educada, fiel, obediente…

—Y digna de una buena boda —concluí. Eso también podía aplicarse a mí.

—Buscó por todo el condado, viajó hasta mucho más allá de su territorio, hasta que el adivino le habló de ti. Cuando te conoció, decidió unir mi destino al tuyo.

—No lo entiendo.

Flor de Nieve sonrió con tristeza.

—Tú ibas hacia arriba; yo, hacia abajo. Cuando nos conocimos, yo no sabía nada. Se suponía que tenía que aprender de ti.

—Pero si fuiste tú quien me lo enseñó todo a mí. Siempre has bordado mejor que yo. Y dominabas el nu shu a la perfección. Me enseñaste a vivir en una familia distinguida…

—Y tú me enseñaste a sacar agua del pozo, lavar la ropa, cocinar y limpiar la casa. He intentado enseñar a mi madre, pero ella está anclada en el pasado.

Yo ya había comprendido que la madre de Flor de Nieve se resistía a olvidar un pasado que nunca podría recuperar, pero tras oír a mi laotong contar la historia de su familia pensé que también ella veía las cosas a través del feliz velo de la memoria. Había convivido con mi alma gemela muchos años y sabía que ella concebía el reino interior de las mujeres como un lugar hermoso y libre de preocupaciones. Quizá Flor de Nieve pensaba que se obraría algún milagro y que las cosas volverían a ser como antes.

—Aprendí de ti todo cuanto necesitaba saber para afrontar mi nueva vida —prosiguió—, aunque nunca he limpiado tan bien como tú.

Cierto, nunca me había superado en eso. Yo siempre había pensado que ése era su recurso para no ver la modestia con que vivíamos, pero entonces me di cuenta de que para ella era más fácil deslizarse por el aire, por encima de las nubes, que admitir la indignidad que tenía ante los ojos.

—Pero tu casa es mucho más grande y difícil de limpiar que la mía, y tú sólo eras una niña en tus años de cabello recogido —argumenté para hacerla sentir mejor—. Tú tenías…

—Una madre que no podía ayudarme, un padre adicto al opio y unos hermanos y hermanas que se marchaban uno tras otro.

—Pero vas a casarte…

De pronto me acordé del último día que la señora Gao entró en mi casa, cuando fue a la habitación de arriba y yo presencié su discusión con la señora Wang. ¿Qué había dicho del compromiso matrimonial de Flor de Nieve? Intenté recordar lo que sabía acerca del acuerdo, pero Flor de Nieve casi nunca hablaba de su futuro esposo ni nos enseñaba los regalos que le enviaba su futura familia política. Sí, habíamos visto algunas piezas de seda y algodón en que estaba trabajando, pero ella siempre decía que no eran nada especial, sólo prendas de diario que bordaba para sí.

En mi mente empezó a formarse una idea aterradora: Flor de Nieve iba a casarse con el hijo de una familia muy humilde. Sólo faltaba por saber cuan humilde era.

Creo que ella adivinó mis pensamientos, porque dijo:

—Mi tía hizo cuanto pudo por mí. Mi futuro esposo no es un campesino.

El comentario me dolió un poco, porque mi padre era un campesino.

—Entonces, ¿qué es? ¿Comerciante? —Era un oficio deshonroso, sí, pero quizá con esa unión la vida de Flor de Nieve podría mejorar.

—Me casaré con un hombre de Jintian, como dijo tía Wang, pero la familia de mi esposo… —Vaciló otra vez y por fin dijo—: Son carniceros.

Waaa! ¡No podía haber un matrimonio peor! El esposo de Flor de Nieve debía de tener dinero, pero se ganaba el sustento con una actividad impura y repugnante. Recordé todo lo que habíamos hecho durante el último mes, mientras preparábamos mi boda. Sobre todo recordé que la señora Wang había permanecido al lado de Flor de Nieve, ofreciéndole consuelo y apaciguándola. Entonces me vino a la memoria el día en que la casamentera nos contó «La historia de la esposa Wang» y comprendí, con gran pesar, que esa historia no iba dirigida a mí, sino a Flor de Nieve.

No sabía qué decir. Había oído retazos de la verdad desde los nueve años, pero había decidido no creerla ni admitirla. Ahora pensaba: «¿Acaso no es mi deber procurar que mi laotong sea feliz? ¿Conseguir que olvide esos problemas? ¿Hacerle creer que todo irá bien?»

La abracé.

—Al menos nunca pasarás hambre —dije, aunque con el tiempo descubriría que en esto me equivocaba—. A una mujer pueden ocurrirle cosas mucho peores —añadí, pues no lograba imaginar nada peor.

Apoyó la cara sobre mi hombro y rompió a llorar. Al cabo de un rato me apartó con brusquedad. Tenía los ojos anegados en lágrimas, pero no vi tristeza en ellos, sino una intensa rabia.

—¡No quiero que me compadezcas!

No era compasión lo que yo sentía, sino tristeza y desconcierto. La carta que mi alma gemela me había escrito me había impedido disfrutar de mi boda. Su ausencia durante el rito de la lectura de los libros del tercer día me había herido profundamente. Y ahora, esto. Bajo la perplejidad fermentaba la sensación de que Flor de Nieve me había traicionado. Habíamos pasado muchas noches juntas, y sin embargo nunca me había contado la verdad. ¿Por qué? ¿Acaso porque en el fondo era incapaz de aceptar su destino? ¿Porque, como siempre se evadía de todo, creía que podría evadirse de la realidad? ¿Acaso creía de verdad que nuestros pies dejarían de tocar el suelo y nuestros corazones volarían como los pájaros? ¿O quizá me había ocultado la verdad con la intención de guardar las apariencias, creyendo que este día nunca llegaría?

Tal vez debí enfadarme con ella por haberme mentido, pero no era enojo lo que sentía. Creía que me había correspondido un futuro especial y eso me había vuelto tan egocéntrica que me había impedido ver lo que tenía delante. ¿Acaso no había sido fallo mío, como laotong, no plantearle las preguntas pertinentes acerca de su pasado y su futuro?

Yo sólo tenía diecisiete años. Había pasado los diez últimos sin salir apenas de la habitación, rodeada de mujeres que veían un futuro concreto para mí. Lo mismo podía decirse de los hombres de la casa. Sin embargo, de todas esas personas —mi madre, mi tía, mi padre, mi tío, la señora Gao, la señora Wang e incluso Flor de Nieve—, la única a quien podía culpar era mi madre. La señora Wang quizá la engañara al principio, pero más adelante mi madre había descubierto la verdad y decidido ocultármela. Lo que yo pensaba de ella se mezclaba con la súbita revelación de que sus esporádicas muestras de afecto, que ahora veía como parte del engaño, no habían sido más que una forma de mantenerme en el buen camino para lograr una boda que beneficiara a toda mi familia.

Me sentía absolutamente confundida, y creo que mi confusión fue uno de los factores que desencadenaron los sucesos posteriores. No entendía lo que me ocurría. No sabía qué era lo que de verdad importaba. No era más que una niña ignorante que creía saber algo porque se había casado. No sabía cómo resolver la situación, así que lo enterré todo en lo más hondo de mí. Pero mis sentimientos no desaparecieron, no podían desaparecer. Era como si hubiera comido carne de un cerdo enfermo y ésta hubiera empezado a envenenarme poco a poco.

Todavía no me había convertido en la señora Lu a la que hoy día todos respetan por su elegancia, compasión y poder. Sin embargo, tan pronto entré en la casa de Flor de Nieve sentí algo nuevo en mi interior. Pensad otra vez en ese trozo de carne de cerdo enfermo y entenderéis a qué me refiero. Tenía que fingir que no estaba enferma ni infectada, de modo que me apliqué con tesón a esa tarea.

Quería honrar a la familia de mi esposo siendo caritativa y bondadosa con las personas que se hallaban en peor situación. No sabía cómo hacerlo, por supuesto, porque eso no estaba en mi naturaleza.

Flor de Nieve debía casarse al cabo de un mes, de modo que ayudé a ella y a su madre a limpiar la casa. Quería que estuviera presentable cuando llegaran los emisarios del novio, pero no había forma de hacer desaparecer el hedor que impregnaba las habitaciones. Aquel repugnante olor dulzón procedía del opio que fumaba el padre de Flor de Nieve. Y los otros malos olores, como ya habréis deducido, los despedían sus excrementos. Ni quemando incienso o vinagre, ni abriendo las ventanas incluso en aquellos fríos meses, lográbamos disimular la inmundicia de aquel hombre y de sus hábitos.

Pronto aprendí cómo era la vida en aquella casa, con dos mujeres aterrorizadas por un hombre que no salía de su habitación de la planta baja. Las oía hablar en voz baja y encogerse de miedo cuando él las llamaba. También vi a aquel hombre, tumbado sobre su propia suciedad. Pese a ser pobre, era arrogante e irascible como un niño malcriado. En otros tiempos debía de maltratar a su esposa e hija, pero ahora no era más que un drogadicto aturdido, al que era mejor dejar solo con su vicio.

Intenté ocultar mis emociones. En aquella casa ya se habían vertido suficientes lágrimas; sólo faltaba que yo me pusiera a llorar. Pedí a Flor de Nieve que me enseñara los regalos que le había enviado la familia del carnicero. Pensaba que quizá no sería tan mala al fin y al cabo. Había visto las piezas de seda en que trabajaba mi laotong. Debía de ser una familia más o menos próspera, aunque fuera espiritualmente impura.

Abrió un baúl de madera y fue depositando con delicadeza todas sus labores sobre la cama. Vi los zapatos de seda azul celeste con las nubes bordadas que había terminado el día que murió Luna Hermosa. Vi una túnica que tenía esa misma seda en la parte delantera. A continuación sacó cinco pares de zapatos de tallas diferentes confeccionados con la misma tela, pero con otros bordados. De pronto comprendí que Flor de Nieve había hecho todo aquello con la túnica que llevaba el día que nos conocimos.

Examiné otras prendas del ajuar. Allí estaba la tela azul lavanda con ribete blanco del traje de viaje que llevaba cuando tenía nueve años; con ella había confeccionado camisas y zapatos. También vi el tejido añil y blanco, mi favorito, del que había cortado tiras que luego había cosido a túnicas, tocados, cinturones y adornos para las colchas. Flor de Nieve había recibido poquísimos regalos de su familia política, pero había aprovechado la tela de sus prendas viejas para confeccionar un insólito ajuar.

—Serás una excelente esposa —dije, admirada de lo que mi alma gemela había conseguido hacer.

Ella rió por primera vez. Yo siempre había adorado el sonido de su risa, aguda y seductora. Reí con ella, porque todo aquello… superaba cualquier cosa que hubiera podido imaginar, superaba todo lo bueno y lo malo del universo. La situación en que se encontraba era terrible y trágica, extraña y sorprendente a la vez.

—Tus cosas…

—Ni siquiera son mías —aclaró Flor de Nieve después de respirar hondo—. Mi madre me hacía ropa con lo que quedaba de su ajuar para que la llevara cuando iba a visitarte. Ahora he vuelto a utilizarla para presentarme ante mi esposo y mis suegros.

¡Claro! Entonces recordé haber pensado que cierto bordado era demasiado sofisticado para ser obra de una niña tan pequeña, o haber cortado algún hilo suelto de su puño cuando ella no miraba. ¡Qué ingenua había sido! Me ruboricé, me llevé las manos a las mejillas y reí aún con más ganas.

—¿Crees que mi suegra lo notará? —preguntó Flor de Nieve.

—Si yo no lo noté, no creo que… —La risa no me dejó terminar la frase.

Quizá sólo las niñas y las mujeres le vean la gracia. Se nos considera completamente inútiles. Aunque nuestra familia natal nos quiera, somos una carga para ella. Cuando nos casamos, nos presentamos ante un hombre al que jamás hemos visto, nos acostamos con él y nos sometemos a las exigencias de nuestras suegras. Si tenemos suerte, engendramos hijos varones y aseguramos nuestra posición en la casa de nuestro esposo. Si no, nos enfrentamos al desprecio de nuestra suegra, a las burlas de las concubinas de nuestro marido y a la cara de decepción de nuestras hijas. Recurrimos a artimañas femeninas —de las que las niñas de diecisiete años no saben casi nada—, pero eso es lo único que podemos hacer para alterar nuestro destino. Vivimos para satisfacer los caprichos y placeres de los demás, y por eso lo que habían hecho Flor de Nieve y su madre era casi inconcebible. Habían recuperado la tela que en su día la familia de Flor de Nieve enviara a su madre como regalo de boda, la tela con que ésta había confeccionado el ajuar de una elegante doncella y que más tarde había utilizado de nuevo para vestir a su hermosa hija; ahora habían vuelto a retocarla para anunciar las virtudes de una joven que iba a casarse con un impuro carnicero. Todo aquello era obra de mujeres —obra que los hombres consideran meramente decorativa— y se servían de ella para cambiar el curso de sus vidas.

No obstante, hacía falta mucho más. Flor de Nieve tenía que presentarse en su nuevo hogar con ropa suficiente para vestirse durante muchos años y de momento tenía muy pocas prendas. Me puse a pensar qué podíamos hacer en el mes que nos quedaba.

Cuando llegó la señora Wang para el rito de Sentarse y Cantar en la Habitación de Arriba de Flor de Nieve, me la llevé a un rincón y le supliqué que fuera a mi casa natal.

—Necesito ciertas cosas… —dije.

Aquella mujer siempre había sido muy crítica conmigo. Además, había mentido, no a mi familia sino a mí. Nunca me había inspirado mucha simpatía, pero hizo lo que le pedí porque, al fin y al cabo, ahora yo gozaba de una posición superior a la suya. Volvió de mi casa al cabo de varias horas con dos cestas; una contenía mis golosinas de boda, unos trozos de carne de cerdo que mis suegros me habían regalado y hortalizas del huerto, y la otra, la tela que yo tenía pensado cortar cuando regresara al hogar paterno. Nunca olvidaré cómo se comió aquella carne la madre de Flor de Nieve. Le habían enseñado a comportarse como una dama y, pese a lo hambrienta que estaba, no se lanzó sobre la comida como habría hecho cualquiera de mi familia, sino que desprendía pequeños trozos de carne con los palillos y se los llevaba con delicadeza a la boca. Su contención y compostura me enseñaron algo que siempre he tenido presente: aunque esté desesperada, debo conducirme en todo momento como una mujer educada.

Todavía no había terminado con la señora Wang.

—Necesitamos muchachas para el rito de Sentarse y Cantar —dije—. ¿Puedes traer a la hermana mayor de Flor de Nieve?

—No. Sus suegros no la dejarán volver a esta casa.

Traté de digerirlo. Jamás había oído que semejante cosa fuera posible.

—Pues necesitamos muchachas —insistí.

—No vendrá nadie, Lirio Blanco —me confió la señora Wang—. Mi cuñado tiene muy mala reputación. Ninguna familia permitirá que una niña soltera traspase este umbral. Quizá tu madre y tu tía, que ya conocen la situación…

—¡No!

Todavía no estaba preparada para verlas, y a Flor de Nieve no le serviría de nada su compasión. Lo que necesitaba mi laotong era la compañía de muchachas desconocidas.

Yo tenía algunas monedas que me habían regalado por mi boda. Deslicé unas pocas en la mano de la señora Wang y dije:

—No vuelvas hasta que hayas encontrado a tres muchachas. Paga a sus padres la cantidad que consideres oportuna. Diles que yo me hago responsable de sus hijas.

Estaba convencida de que, como esposa de la mejor familia de Tongkou, podría conseguir lo que quisiera, y sin embargo lo que estaba haciendo era muy arriesgado, porque mis suegros no tenían ni idea de que utilizaba su posición de ese modo. No obstante, la señora Wang evaluó la situación. Ella necesitaba seguir haciendo negocios en Tongkou y estaba a punto de cosechar los frutos de haberme introducido en la familia Lu. No quería poner en peligro su posición, pero ya se había saltado muchas normas para beneficiar a su sobrina. Al final resolvió mentalmente la ecuación, asintió con la cabeza y se marchó.

Al día siguiente regresó con tres crías, hijas de unos campesinos que trabajaban para mi suegro. Dicho de otro modo: eran niñas como yo, pero que no habían disfrutado de mis ventajas.

Fue un mes agotador. Enseñé a cantar a las niñas. Las ayudé a buscar palabras bonitas para describir a Flor de Nieve —a quien no conocían de nada— en sus libros del tercer día. Si no sabían un carácter, yo se lo escribía. Si se dedicaban a perder el tiempo cuando debían confeccionar las colchas, las llevaba aparte y les susurraba que sus padres las castigarían si no realizaban bien las tareas para las que las habían contratado.

¿Recordáis cómo se sentía mi hermana mayor durante los ritos nupciales? Estaba muy triste por tener que marcharse de su casa natal, pero todos consideraban que iba a hacer una buena boda. Las canciones que entonó no eran ni demasiado trágicas ni demasiado alegres, y reflejaban lo que iba ser su futuro. Por mi parte, había tenido sentimientos encontrados acerca de mi matrimonio. También estaba triste por tener que abandonar mi casa natal, pero al mismo tiempo me sentía emocionada porque mi vida iba a cambiar para mejor. En mis canciones había elogiado a mis padres por haberme criado y les había dado las gracias por lo mucho que habían trabajado por mí. El futuro de Flor de Nieve, en cambio, se vislumbraba sombrío. Era algo que nadie podía negar ni cambiar, de modo que nuestras canciones estaban impregnadas de melancolía.

—Madre —cantó Flor de Nieve un día—, padre no me plantó en una colina soleada. Viviré para siempre en la sombra.

Y su madre contestó:

—Ciertamente, es como plantar una flor hermosa en un muladar.

Las tres niñas y yo no podíamos sino estar de acuerdo, y alzamos nuestras voces al unísono para repetir ambas frases. Así es como hacíamos las cosas: con sentimiento, pero a la manera tradicional.

Hacía cada vez más frío. Un día, vino el hermano menor de Flor de Nieve y tapó las celosías con papel, aunque eso no impidió que la humedad siguiera entrando en la casa. Teníamos los dedos rígidos y enrojecidos a causa del frío. Las tres niñas campesinas no se atrevían a quejarse. Como no podíamos continuar de aquella manera, propuse que nos trasladáramos a la cocina, donde podríamos calentarnos junto al brasero. La señora Wang y la madre de Flor de Nieve se plegaron a mi deseo, demostrando una vez más que yo tenía poder.

El libro del tercer día que había escrito para Flor de Nieve tiempo atrás estaba lleno de espléndidas predicciones acerca de su futuro, pero aquellas frases ya no eran pertinentes. Empecé de nuevo. Corté un trozo de tela añil para confeccionar las tapas, entre las que coloqué varias hojas de papel de arroz que cosí con hilo blanco. En las esquinas de la primera hoja pegué recortes de papel rojo. En las primeras páginas escribiría mi canción de despedida; en las siguientes presentaría a mi laotong a su nueva familia, y las últimas las dejaría en blanco para que ella escribiera lo que quisiera y guardara las muestras de sus bordados. Molí tinta en el tintero de piedra y cogí el pincel. Dibujé los trazos de nuestra escritura secreta con gran esmero. No debía permitir que mi mano, tan temblorosa a causa de las emociones de aquellos días, estropeara los sentimientos que pretendía expresar.

Transcurridos los treinta días, empezó el Día de los Lamentos. Flor de Nieve se quedó en el piso de arriba. Su madre se sentó en el cuarto peldaño de la escalera que conducía a la habitación de las mujeres. Nosotras ya teníamos preparadas las canciones. Pese a la amenaza de la ira del padre de Flor de Nieve ante cualquier ruido, elevé la voz para cantar mis sentimientos y mis consejos.

—Una buena mujer no debe aborrecer los defectos de su esposo —canté, recordando «La historia de la esposa Wang»—. Ayuda a mejorar a tu familia. Sirve y obedece a tu marido.

La madre y la tía de Flor de Nieve cantaron:

—Para ser buenas hijas, debemos obedecer. —Al oír sus voces nadie habría puesto en duda la devoción y el afecto que se profesaban—. Debemos recogernos en la habitación de arriba, ser castas, mostrarnos recatadas y perfeccionar las artes de las mujeres. Para ser buenas hijas, debemos abandonar el hogar. Ése es nuestro destino. Cuando nos vamos a la casa de nuestro esposo, se abren ante nosotras nuevos mundos, a veces mejores y a veces peores.

—Disfrutamos juntas de los felices años de hija —recordé a Flor de Nieve—. Pasó el tiempo y nunca nos separamos. Ahora seguiremos juntas. —Evocando los primeros mensajes intercambiados en nuestro abanico y lo escrito en nuestro contrato de laotong, añadí—: Seguiremos hablándonos al oído. Seguiremos eligiendo nuestros colores, enhebrando nuestras agujas y bordando juntas.

Flor de Nieve apareció en lo alto de la escalera y su voz llegó hasta mí.

—Creía que volaríamos juntas como dos aves fénix, eternamente. Ahora soy como una criatura muerta que yace en el fondo de un estanque. Dices que seguiremos juntas, como antes. Te creo. Sin embargo, el umbral de mi casa nunca podrá compararse con el tuyo.

Bajó despacio por la escalera y se sentó junto a su madre. Creíamos que la veríamos llorar, pero no derramó ni una lágrima. Entrelazó un brazo en el de su madre y escuchó con educación cómo las niñas del pueblo entonaban sus lamentos. La observé sin entender su aparente falta de emoción, cuando hasta yo, que había estado muy contenta porque iba a hacer una buena boda, había llorado en aquella ceremonia. ¿Acaso abrigaba sentimientos encontrados, como me había ocurrido a mí? Sin duda echaría de menos a su madre, pero ¿echaría de menos a aquel despreciable padre o añoraría despertar cada mañana en una casa vacía que le recordaba la desgracia de su familia? Casarse con un carnicero era terrible, pero ¿era peor que la vida que había llevado hasta entonces? Además, Flor de Nieve había nacido bajo el signo del caballo, como yo. Sus ansias de libertad y aventuras eran tan fuertes como las mías. Sin embargo, aunque éramos almas gemelas, nacidas bajo el signo del caballo, yo siempre tenía los pies en el suelo y era realista, fiel y obediente, mientras que su caballo tenía alas que querían elevarla por el aire y luchar contra cualquier cosa que pudiera frenarla, pese a tener una mente que perseguía la belleza y el refinamiento.

Dos días más tarde, llegó la silla de flores de mi laotong. Tampoco esta vez lloró ni se rebeló contra lo inevitable. Se entretuvo un momento con el pequeño grupo de mujeres que se habían congregado y luego subió al palanquín, escasamente decorado. Las tres niñas a las que yo había contratado ni siquiera esperaron a que hubiera doblado la esquina para marcharse. La madre de Flor de Nieve entró en la casa y yo me quedé sola con la señora Wang.

—Pensarás que soy una vieja despreciable —dijo ésta—, pero debes saber que nunca mentí a tu madre ni a tu tía. Pocas veces se le presenta a una mujer la oportunidad de cambiar su destino o el de otra persona, pero…

Levanté una mano para impedir que enumerara sus excusas, porque lo que yo necesitaba saber era otra cosa.

—Durante los años que fuiste a mi casa para examinarme los pies…

—¿Quieres saber si es verdad que eras especial?

Asentí. Ella me miró con fijeza.

—No es fácil encontrar una laotong —admitió—. Tenía a varios adivinos recorriendo el condado en busca de alguien a quien pudiera unir con mi sobrina. Por supuesto, habría preferido a alguien de una familia más próspera, pero el adivino Hu te encontró a ti. Tus ocho caracteres encajan con los de mi sobrina. Aunque no hubiera sido así, él habría venido igualmente a mí porque, sí, tus pies eran muy especiales. Tu suerte estaba destinada a cambiar, tanto si te convertías en la laotong de mi sobrina como si no. Ahora espero que su destino haya cambiado también gracias a su relación contigo. Dije muchas mentiras para que Flor de Nieve tuviera una vida mejor. Nunca te pediré perdón por eso.

Contemplé el pintarrajeado rostro de la señora Wang mientras sopesaba sus palabras. Quería odiarla, pero no podía. Ella había hecho todo lo posible por la persona a quien yo más quería en el mundo.

Como la hermana mayor de Flor de Nieve no podía entregar los libros del tercer día, fui yo en su lugar. Mi familia natal me envió un palanquín y no tardé en llegar a Jintian. No había adornos ni estridentes sonidos de una banda nupcial que hicieran sospechar que ese día sucedía algo especial en el pueblo. Me bajé del palanquín en un callejón de tierra, delante de una casa con el tejado bajo y un montón de leña arrimado a la pared. A la derecha de la puerta había algo que parecía un gigantesco wok empotrado en una plataforma de ladrillos.

A mi llegada debería haberse celebrado un banquete. No lo hubo. Las mujeres más importantes del pueblo deberían haber salido a recibirme. Lo hicieron, pero la tosquedad de su dialecto, pese a que sólo estaban a unos pocos ti de Tongkou, concordaba con el desagradable carácter de la gente de Jintian.

Cuando llegó el momento de leer los sanzhaoshu, me condujeron a la sala principal. A primera vista la casa se parecía a aquella donde yo había nacido. De la viga central colgaban pimientos puestos a secar. Las paredes eran de ladrillo basto y no estaban pintadas. Yo confiaba en que el parecido con mi hogar se reflejara también en sus moradores. Aquel día no conocí al esposo de Flor de Nieve, pero sí a su suegra, y he de decir que era una mujer muy malcarada. Tenía los ojos muy juntos y los labios delgados que caracterizan a las personas de mentalidad cerrada y espíritu mezquino.

Flor de Nieve entró en la sala, se sentó en un taburete junto a sus libros del tercer día y esperó en silencio. Yo tenía la impresión de que había cambiado al casarme, pero ella estaba igual que siempre. Las mujeres de Jintian se apiñaron alrededor de los sanzhaoshu y empezaron a toquetearlos con sus sucias manos. Hablaban entre sí de las puntadas de los bordes y de los recortes de papel, pero ninguna hizo ni un solo comentario acerca de la calidad de la caligrafía ni de los sentimientos expresados. Al cabo de unos minutos tomaron asiento.

La suegra de Flor de Nieve se dirigió hacia un banco. No le habían vendado los pies tan mal como a mi madre, pero tenía unos andares extraños, que revelaban su baja extracción social aún mejor que los sonidos guturales que salían de su boca. Se sentó, miró con desdén a su nueva nuera y a continuación posó su severa mirada en mí.

—Tengo entendido que te has casado con el hijo de la familia Lu. Tienes mucha suerte. —Sus palabras eran educadas, pero por la forma en que las pronunció parecía que yo me hubiera bañado en estiércol—. Dicen que mi nuera y tú domináis el nu shu. Las mujeres de nuestro pueblo no practican ese pasatiempo. Sabemos leerlo, pero nos gusta más oírlo.

No la creí. Esa mujer era como mi madre: no sabía nu shu. Recorrí la habitación con la mirada evaluando a las otras mujeres. No habían hecho ningún comentario sobre la caligrafía porque seguramente no sabían nada de ella.

—No necesitamos ocultar nuestros pensamientos en unos garabatos escritos sobre papel —prosiguió la suegra de Flor de Nieve—. Todas estas vecinas saben cómo pienso. —La frase fue recibida con unas risitas nerviosas. La mujer levantó tres dedos para mandar callar a sus amigas—. Nos haría gracia oírte leer los sanzhaoshu de mi nuera. Será interesante saber lo que una muchacha venida de una casa importante de Tongkou tiene que decir acerca de mi nuera.

Todas las palabras que pronunciaba eran despectivas. Yo reaccioné como lo haría cualquier muchacha de diecisiete años. Cogí el libro del tercer día que había escrito la madre de Flor de Nieve y lo abrí. Recordé su refinada voz e intenté imitarla cuando leí:

—«Presento esta carta a tu noble familia tres días después de tu boda. Soy tu madre y llevamos tres días separadas. La desgracia golpeó a nuestra familia, y ahora tú te has casado y te has ido a un pueblo difícil donde la vida es dura.» —A continuación, siguiendo la tradición de los libros del tercer día, la madre de Flor de Nieve se dirigía a la nueva familia de su hija—. «Espero que seáis compasivos con el modesto ajuar de mi hija. Todas sus prendas son sencillas. No os burléis de ella, por favor.» —El texto continuaba refiriendo la mala suerte que había tenido la familia de Flor de Nieve, su pérdida de posición social y la pobreza en que vivían, pero mis ojos pasaron por encima de los caracteres escritos como si no existieran, e improvisé—: A una mujer honrada como nuestra Flor de Nieve le corresponde una buena casa. Merece una familia decente.

Dejé el libro. La habitación estaba en silencio. Entonces cogí mi libro del tercer día y lo abrí. Busqué con la mirada a la suegra de mi laotong. Quería que supiera que mi alma gemela siempre tendría en mí a una protectora. Luego, mirando a Flor de Nieve, canté:

—«Somos dos niñas que se han casado y se han marchado de su casa natal, pero nuestros corazones siempre permanecerán unidos. Tú bajas y yo subo. Tu familia sacrifica animales. La mía es la mejor del condado. Estás tan cerca de mí como mi propio corazón. Nuestros futuros están unidos. Somos como un puente sobre un ancho río. Caminamos juntas.» —Quería que la suegra de Flor de Nieve me oyera y entendiera mis palabras, pero ella me miraba con desconfianza, los delgados labios apretados en una mueca de desagrado.

Cuando hube terminado de leer, añadí estas palabras:

—No expreses tu tristeza cuando otras personas puedan verte. No dejes que tus ojos viertan lágrimas. No des a la gente maleducada motivos para reírse de ti ni de tu familia. Obedece las normas. Borra las arrugas de tu frente. Seremos almas gemelas para siempre.

Flor de Nieve y yo no tuvimos ocasión de hablar. Me condujeron a mi palanquín y regresé a mi casa natal. Cuando me quedé sola, saqué nuestro abanico de su envoltorio y lo abrí. Ya había tres pliegues llenos de frases que conmemoraban momentos que para nosotras habían sido especiales. Era lógico, porque habíamos vivido más de una tercera parte de lo que en nuestro condado se consideraba una larga vida. Repasé todos aquellos momentos. Cuánta felicidad. Cuánta tristeza. Cuánta intimidad.

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