El abanico de seda
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El templo de Gupo
Cuando regresé a mi casa natal, mis padres se alegraron de verme. Y aún se alegraron más al ver los dulces enviados por mis suegros. Pero, si he de ser sincera, yo no me alegré de verlos a ellos. Me habían mentido durante diez años y en mi interior hervían emociones despreciables. Ya no era la niña pequeña cuyos sentimientos desagradables se llevaba el agua del río. Quería acusar a mi familia, pero por mi propio bien debía observar las normas de la devoción filial. Así pues, me rebelaba con discreción, aislándome emocional y físicamente.
Al principio mi familia no pareció reparar en mi cambio de actitud. Ellos se comportaban como siempre y yo hacía cuanto podía para rechazar sus tentativas de acercamiento. Mi madre quiso examinarme las partes íntimas, pero me negué alegando vergüenza. Mi tía me preguntó cómo lo había pasado en la cama con mi esposo, pero le di la espalda fingiendo timidez. Mi padre intentó cogerme la mano, pero le insinué que esas muestras de cariño no eran apropiadas para una mujer casada. Hermano Mayor buscaba mi compañía para compartir conmigo risas e historias, pero le dije que para eso ya tenía a su esposa. Hermano Segundo me miraba y guardaba las distancias; yo me limitaba a indicarle con recato que cuando se casara lo entendería. Sólo mi tío, con su mirada de desconcierto y su nerviosismo, me inspiraba cierta simpatía, pero tampoco le dije nada. Hacía mis labores. Trabajaba en silencio en la habitación de arriba. Me mostraba educada. Me mordía la lengua, porque todos ellos, excepto mi hermano menor, eran mayores que yo. Pese a ser una mujer casada, no estaba en posición de acusarlos de nada.
Sin embargo, no podía seguir actuando así mucho tiempo sin despertar sospechas. Para mi madre, mi comportamiento, pese a ser cortés en todo momento, era inaceptable. En aquella pequeña casa convivían varias personas y no estaba bien que yo llenara tanto espacio de lo que ella consideraba mi mezquindad.
Llevaba cinco días en mi casa natal cuando mi madre pidió a mi tía que bajara a buscar té. En cuanto nos quedamos solas, vino hacia mí, apoyó el bastón contra la mesa a la que yo estaba sentada, me agarró por el brazo y me hincó las uñas en la carne.
—¿Qué te pasa? ¿Te crees mejor que el resto de nosotros? —susurró con rabia—. ¿Te crees superior porque te has acostado con el hijo de un cacique?
Levanté la cabeza y la miré a los ojos. Nunca le había faltado al respeto, pero esa vez no disimulé la ira que sentía. Me sostuvo la mirada, creyendo que la dureza de su expresión me amilanaría, pero yo no me arredré. Entonces, con un rápido movimiento, me soltó el brazo, tomó impulso y me dio una fuerte bofetada. Volví la cabeza y luego la miré de nuevo a los ojos, y mi madre se sintió aún más ofendida.
—Deshonras esta casa con tu comportamiento —afirmó—. Eres una vergüenza.
—Una vergüenza —musité, a sabiendas de que mi madre se enfurecería aún más.
Entonces la agarré por el brazo y tiré de ella hacia abajo para que su cara y la mía quedaran a la misma altura. Su bastón cayó al suelo con estrépito.
—¿Estás bien, hermana? —preguntó mi tía desde el piso de abajo.
—Sí, trae el té cuando esté listo —respondió mi madre adoptando un tono desenfadado.
Las emociones que rugían en mi interior hacían que me temblara todo el cuerpo. Mi madre se dio cuenta y sonrió. Le clavé las uñas en el brazo, tal como ella me había hecho a mí. Bajé la voz para decir:
—Eres una mentirosa. Me habéis engañado. ¿Creíais que no descubriría la verdad acerca de Flor de Nieve?
—No te dijimos nada por piedad hacia ella —gimió—. Queremos mucho a Flor de Nieve. Ella era feliz aquí. ¿Por qué habríamos tenido que cambiar la opinión que tenías de ella?
—Si hubiera sabido la verdad, nada habría cambiado. Flor de Nieve es mi laotong.
Mi madre compuso un gesto porfiado y cambió de táctica.
—Todo cuanto hicimos fue por tu propio bien.
Le hinqué las uñas aún más fuerte.
—Querrás decir por vuestro propio bien.
Yo era consciente del dolor físico que le estaba causando, pero mi madre no dio muestras de ello, sino que adoptó una expresión amable y suplicante. Yo sabía que intentaría justificarse, pero jamás habría podido imaginar la excusa que me presentó.
—Tu relación con Flor de Nieve y la perfección de tus pies os garantizaban una buena boda a ti y a tu prima. Luna Hermosa merecía ser feliz.
Me indignó que desviara la conversación del tema que a mí me preocupaba, pero mantuve la compostura.
—Luna Hermosa murió hace dos años —dije con voz ronca—. Flor de Nieve vino a esta casa hace diez años. Y tú nunca encontraste el momento de hablarme de sus circunstancias.
—Luna Hermosa…
—¡No estamos hablando de Luna Hermosa!
—Tú la llevaste fuera. Si no lo hubieras hecho, ella seguiría con vida. Destrozaste el corazón a tu tía.
Debería haber supuesto que mi madre, como buen mono, tergiversaría los hechos. Aun así, la acusación era demasiado cruel. Pero ¿qué podía hacer yo? Era una buena hija. Dependía de mi familia hasta que quedara encinta y me marchara definitivamente a la casa de mi esposo. ¿Cómo una muchacha nacida bajo el signo del caballo iba a ganar la batalla contra un artero mono?
Mi madre debió de darse cuenta de que tenía ventaja, porque añadió:
—Si fueras una hija decente, me agradecerías…
—¿Qué debería agradecerte?
—Te he dado la vida que yo no pude tener por culpa de estos pies —afirmó señalando sus deformes extremidades—. Te vendé los pies y ahora has recibido la recompensa.
Sus palabras me transportaron a las largas horas de sufrimiento, cuando ella solía repetirme una versión de aquella promesa. Me di cuenta, horrorizada, de que durante aquellos espantosos días mi madre no me había demostrado su amor maternal. En realidad, el dolor que me había infligido tenía que ver con su egoísmo, sus deseos y sus necesidades.
Sentía una rabia y una decepción insoportables.
—Nunca volveré a esperar de ti la menor muestra de bondad —le espeté, y le solté el brazo con una mueca de asco—. Pero recuerda esto: me educaste para que algún día llegara a tener poder para controlar lo que ocurre en esta familia. Seré una mujer buena y caritativa, pero no creas que olvidaré lo que me has hecho.
Mi madre se agachó, recogió su bastón y se apoyó en él.
—Me compadezco de la familia Lu. El día que te marches de esta casa será el más feliz de mi vida. Hasta entonces, no vuelvas a comportarte como una estúpida.
—¿O si no qué? ¿No me darás de comer?
Mi madre me miró como si yo fuera una desconocida. Luego dio media vuelta y fue renqueando hasta su silla. Cuando llegó mi tía con el té, no dijimos nada.
Así fue como quedaron las cosas. Yo me mostré más amable con los demás: mis hermanos, mi tía, mi tío y mi padre. Quería borrar por completo a mi madre de mi vida, pero mis circunstancias me lo impedían. Tenía que permanecer en mi casa natal hasta que me quedara embarazada y estuviera a punto de dar a luz. E incluso cuando me instalara en el hogar de mi esposo, la tradición me obligaría a volver con mi familia varias veces al año. Con todo, intentaba mantener una distancia emocional con mi madre (aunque pasábamos muchos días en la misma habitación) comportándome como si hubiera madurado y ya no necesitara su cariño. Era la primera vez que lo hacía —en apariencia cumplía las tradiciones y las normas, liberaba mis emociones brevemente y luego me aferraba a mi resentimiento como un pulpo a una roca—, y la verdad es que funcionaba. Mi familia aceptó mi conducta, y yo seguí pareciendo una buena hija. Más tarde volvería a hacer algo similar, aunque por motivos muy diferentes y con resultados desastrosos.
Tenía más estima que nunca a Flor de Nieve. Nos escribíamos a menudo y la señora Wang hacía de correo. A mí me preocupaban sus circunstancias (si su suegra era amable con ella, cómo la trataba su esposo en la cama y si la situación había empeorado en su casa natal), y ella temía que yo no la quisiera como antes. Nos habría gustado vernos, pero ya no teníamos el pretexto de trabajar en nuestros ajuares para reunimos y sólo se nos permitía salir para las visitas conyugales.
Yo pasaba cuatro o cinco noches al año en la casa de mi esposo. Cada vez que me marchaba del hogar paterno, las mujeres de mi familia lloraban por mí. Siempre me llevaba comida, pues mis suegros no me alimentarían hasta que fuera a vivir definitivamente con ellos. Cada vez que iba a Tongkou, me animaba el trato que allí recibía. Cuando volvía a mi casa natal, las emociones de mi familia eran agridulces, porque cada noche que pasaba lejos de ellos me hacía parecer más valiosa y les recordaba que pronto los abandonaría para siempre.
Con cada viaje me volvía más atrevida. Miraba por la ventanilla del palanquín hasta que llegué a conocer bien el trayecto. El camino solía estar lleno de barro y baches. Estaba bordeado de arrozales y algún que otro campo de taro. En las afueras de Tongkou, un pino se retorcía sobre el sendero, como si saludara a los viajeros. Un poco más allá, a la izquierda, estaba el estanque del pueblo. El río Xiao serpenteaba detrás de mí. Enfrente, tal como había descrito Flor de Nieve, Tongkou se acurrucaba en los brazos de las colinas.
Cuando los porteadores me dejaban ante la entrada principal de Tongkou, los adoquines que yo pisaba formaban un intrincado dibujo que imitaba las escamas de los peces. Esa zona tenía forma de herradura, con el pabellón donde se descascarillaba el arroz a la derecha y un establo a la izquierda. Los pilares de la puerta, decorados con tallas pintadas, sostenían un ornado tejado con aleros que se elevaban hacia el cielo. En las paredes había frescos que representaban escenas de la vida de los inmortales. El umbral era alto, para indicar a los visitantes que Tongkou era el pueblo más importante del condado. Un par de bloques de ónice adornados con peces saltarines flanqueaban la puerta y ayudaban a desmontar a los visitantes que llegaban a caballo.
Detrás del umbral estaba el patio principal de Tongkou, amplio y acogedor, cubierto por una cúpula de ocho lados, tallada y pintada, que tenía un feng shui perfecto. Si traspasaba la puerta secundaria que había a la derecha, llegaba al salón principal de Tongkou, que se utilizaba para recibir a los visitantes comunes y para celebrar pequeñas reuniones. Más allá estaba el templo de los antepasados, que servía para acoger a los emisarios y a los funcionarios imperiales, así como para las celebraciones importantes, como las bodas. Los edificios más humildes, algunos de madera, se apiñaban detrás.
La casa de mis suegros se alzaba al otro lado de la puerta secundaria de la derecha. Todas las viviendas de esa zona eran majestuosas, pero la de mis suegros era particularmente bonita. Incluso ahora me alegro de vivir aquí. Es de ladrillo, de dos plantas, con la fachada enyesada. Bajo los aleros exteriores hay pinturas de hermosas doncellas y apuestos hombres estudiando, tocando instrumentos, practicando caligrafía, repasando las cuentas. Ésas son las cosas que siempre se han hecho en esta casa, de modo que esas pinturas ofrecen a los transeúntes información sobre el carácter de sus moradores y sobre cómo emplean su tiempo. Las paredes interiores están revestidas de las nobles maderas de nuestras colinas, y las habitaciones, ricamente ornamentadas con columnas, celosías y barandillas labradas.
Cuando llegué por primera vez, la sala principal estaba prácticamente igual que ahora: los muebles eran elegantes; el suelo, de madera; el aire entraba por las altas ventanas, y la escalera subía por la pared oriental hasta un balcón de madera decorado con una cenefa de rombos. En aquella época mis suegros dormían en la habitación más amplia de la parte trasera, en la planta baja. Cada uno de mis cuñados tenía su propia habitación alrededor de la sala principal. Al cabo de un tiempo sus esposas vinieron a vivir con ellos. Si no les daban hijos varones, acababan trasladándose a otras dependencias y las concubinas o las falsas nueras ocupaban su lugar en la cama de mis cuñados.
Durante mis visitas dedicaba las noches a tener trato carnal con mi esposo. Debíamos concebir un hijo varón y nos esforzábamos para lograrlo. Aparte de eso, apenas nos veíamos —él pasaba el día con su padre, y yo, con su madre—, pero con el tiempo acabamos conociéndonos mejor y eso hacía que nuestros empeños nocturnos resultaran más llevaderos.
Como ocurre en la mayoría de los matrimonios, la persona con la que era más importante que yo estableciera una relación era mi suegra. Enseguida comprobé que la señora Lu era una mujer muy convencional, tal como me había dicho Flor de Nieve. Me observaba con atención mientras yo realizaba las mismas tareas que hacía en mi casa natal: preparar el té y el desayuno, lavar la ropa de vestir y las sábanas, preparar la comida, coser, bordar y tejer por la tarde, y por último preparar la cena. Mi suegra me corregía y me daba órdenes continuamente. «Corta el melón en dados más pequeños —me decía mientras yo preparaba la sopa de melón—. Eso parece la comida de los cerdos.» O bien: «Tengo la menstruación y he manchado las sábanas. Frótalas bien hasta que queden limpias.» Cuando veía la comida que yo había traído de mi casa, la olfateaba y decía: «La próxima vez, trae algo que no huela tanto. Los olores de tu comida quitan el apetito a mi esposo y a mis hijos.» Cuando terminaba la visita, me enviaban de nuevo a mi casa natal sin darme las gracias ni decirme adiós.
Eso resume más o menos cómo era la vida que llevaba: ni muy mala ni muy buena, sino normal. La señora Lu era comprensiva; yo era obediente y me esforzaba por aprender. Dicho de otro modo, ambas sabíamos qué se esperaba de nosotras y hacíamos todo lo posible por cumplir con nuestras obligaciones. Por ejemplo, a los dos días del primer Año Nuevo después de mi boda, mi suegra invitó a todas las muchachas solteras de Tongkou y a todas las muchachas que, como yo, se habían casado con hombres del pueblo, y les ofreció té y golosinas. Se mostró educada y elegante. Cuando se marcharon, salimos con ellas. Ese día visitamos cinco casas y conocí a cinco nuevas nueras. Si no hubiera sido la laotong de Flor de Nieve, quizá habría escudriñado sus rostros tratando de adivinar cuál de ellas querría formar conmigo una hermandad de mujeres casadas.
La primera vez que Flor de Nieve y yo volvimos a encontrarnos fue el día de nuestra visita anual al templo de Gupo. Creeréis que teníamos mucho que contarnos, pero ambas estábamos muy apagadas. Atribuí su tristeza al arrepentimiento por haberme mentido durante tantos años y a su pobre boda. No obstante, yo también me sentía incómoda. No sabía cómo explicarle mis sentimientos hacia mi madre sin recordarle que ella también me había engañado. Por si aquellos secretos no bastaran para dificultar el diálogo, ahora además teníamos esposos y hacíamos con ellos cosas de las que nos avergonzábamos. Ya era bastante desagradable que nuestros suegros escucharan detrás de la puerta o que nuestras suegras examinaran las sábanas por la mañana. Sin embargo, Flor de Nieve y yo teníamos que hablar de algo, y parecía más seguro conversar acerca de nuestro deber de quedarnos embarazadas que ahondar en aquellos otros asuntos espinosos.
Empezamos a hablar con sutileza de los elementos fundamentales que debían coincidir para que concibiéramos un hijo y sobre si nuestros esposos obedecían o no esos rituales. Todo el mundo sabe que el cuerpo humano es un trasunto en miniatura del universo: los ojos y las orejas son el sol y la luna, el aliento es el aire, la sangre es la lluvia. A su vez, esos elementos desempeñan un importante papel en el desarrollo de una criatura. Por ese motivo los esposos no deben tener trato carnal cuando llueve sobre el tejado, porque el bebé se sentiría atrapado. Tampoco deben hacerlo durante una tormenta, porque el bebé desarrollaría miedos e instintos de destrucción. Y no deben hacerlo cuando el esposo o la esposa están angustiados, porque ese desasosiego pasaría a la siguiente generación.
—Me han dicho que no hay que tener trato carnal cuando estás muy cansada —comentó Flor de Nieve—, pero creo que mi suegra no lo sabe. —Ella estaba extenuada. A mí me pasaba lo mismo durante las visitas conyugales; acababa agotada de tanto trabajar, de ser educada y de sentirme continuamente observada.
—Ésa es la única norma que mi esposo tampoco respeta —reconocí—. ¿Acaso no han oído decir que un pozo agotado no da agua?
Negamos con la cabeza desaprobando el carácter de nuestras suegras, pero también nos preocupaba la posibilidad de que nuestros hijos no fueran sanos o inteligentes.
—Mi tía me ha dicho cuál es el mejor momento para quedarse embarazada —añadí. Aunque todos sus hijos habían nacido muertos excepto Luna Hermosa, nosotras seguíamos confiando en la experiencia de mi tía en esos asuntos—. Debe haber armonía en tu vida.
—Ya lo sé. —Flor de Nieve suspiró—. Cuando las aguas están tranquilas, el pez respira sin esfuerzo; cuando deja de soplar el viento, el árbol se mantiene firme —recitó.
—Necesitamos una noche tranquila con una luna llena y brillante, que representa la redondez del vientre de una embarazada y la pureza de la madre.
—Y un cielo despejado —apuntó Flor de Nieve—, que indica que el universo está sereno y bien dispuesto.
—Y nosotras y nuestros esposos hemos de estar contentos, porque así la flecha podrá volar hacia su objetivo. Dice mi tía que en esas circunstancias hasta el más mortífero de los insectos sale para aparearse.
—Sé qué circunstancias son las que deben darse —repuso Flor de Nieve, y volvió a suspirar—, pero es difícil que todas ellas coincidan en el tiempo.
—Aun así debemos intentarlo.
Así pues, en nuestra primera visita al templo de Gupo después de nuestra boda, Flor de Nieve y yo hicimos ofrendas y rezamos para que sucedieran todas esas cosas. Sin embargo, pese a haber seguido las normas, no nos quedamos embarazadas. ¿Creéis que es fácil quedarse encinta acostándose con un hombre sólo unas cuantas veces al año? En ocasiones mi esposo estaba tan ansioso que su esencia no llegaba a entrar en mí.
Durante nuestra segunda visita al templo después de habernos casado, las oraciones que rezamos fueron más sentidas, y las ofrendas que hicimos, más generosas. Luego, como de costumbre, fuimos a visitar al vendedor de taro, que nos preparó nuestro postre favorito. A ambas nos encantaba aquel plato, pero ese día ninguna se lo comió a gusto. Comparamos nuestras tácticas e intentamos inventar nuevas estrategias para quedarnos embarazadas.
En los meses siguientes hice cuanto pude por complacer a mi suegra cuando visitaba a la familia Lu. En mi casa natal intentaba mostrarme tan agradable como podía. Pero tanto en un sitio como en el otro me lanzaban miradas que yo interpretaba como amonestaciones por mi infecundidad. Un par de meses después la señora Wang me trajo una carta de Flor de Nieve. Esperé a que la casamentera se hubiera marchado y entonces desdoblé la hoja. Mi laotong había escrito en nu shu:
Estoy embarazada. Vomito todos los días. Mi madre dice que eso significa que el bebé está cómodo dentro de mi cuerpo. Espero, que sea un varón. Deseo que lo mismo te ocurra a ti.
No podía creer que Flor de Nieve se me hubiera adelantado. Mi posición social era más elevada que la suya y daba por hecho que me quedaría embarazada antes que ella. Me sentí tan humillada que no comuniqué la buena noticia a mi madre ni a mi tía. Sabía cómo reaccionarían: mi madre me criticaría y mi tía se alegraría demasiado por Flor de Nieve.
La siguiente vez que visité a mi esposo y tuvimos trato carnal, lo rodeé con las piernas y los brazos y lo retuve sobre mí hasta que se quedó dormido con el miembro flácido dentro de mí. Permanecí largo rato despierta, respirando acompasadamente, pensando en la luna llena que brillaba en el cielo y aguzando el oído por si oía moverse el bambú detrás de nuestra ventana. Por la mañana él se había apartado de mí y dormía tumbado de costado. Yo sabía qué debía hacer. Metí una mano bajo la colcha y le sujeté el miembro hasta que se endureció. Cuando me pareció que mi esposo estaba a punto de abrir los ojos, retiré la mano y cerré los míos. Dejé que volviera a poseerme y, cuando se levantó y vistió para iniciar su jornada, yo me quedé inmóvil. Oímos a su madre en la cocina, empezando a realizar las tareas que me correspondían. Mi esposo me miró una sola vez, como advirtiéndome de que me atuviera a las consecuencias si no me levantaba pronto y me ponía a trabajar. No me gritó ni me pegó, como habrían hecho otros esposos, sino que salió de la habitación sin despedirse de mí. Un momento después oí las voces apagadas de mi marido y su madre en la cocina. Nadie vino a buscarme. Cuando por fin me levanté, me vestí y entré en la cocina, mi suegra me sonrió feliz y Yonggang y las otras muchachas intercambiaron miradas de complicidad.
Dos semanas más tarde, cuando volvía a estar en mi cama, en el hogar paterno, me desperté con la sensación de que los fantasmas de zorro sacudían la casa. Conseguí llegar hasta el orinal, medio lleno, y vomité. Mi tía entró en la habitación, se arrodilló a mi lado y me secó el sudor de la cara con el dorso de la mano.
—Ahora sí nos vas a abandonar —dijo, y por primera vez desde hacía mucho tiempo la gran cueva de su boca se abrió y dibujó una amplia sonrisa.
Esa tarde, me senté, cogí tinta y pincel y escribí una carta a mi laotong. «Cuando este año nos veamos en el templo de Gupo, ambas estaremos redondas como la luna.»
Como imaginaréis, mi madre fue tan estricta conmigo durante aquellos meses como lo había sido durante el vendado de mis pies. Supongo que sólo pensaba en todo lo que podía salir mal. «No subas por las colinas —me advertía, como si alguna vez me hubiera estado permitido hacerlo—. No pases por un puente estrecho, no te sostengas sobre una sola pierna, no mires los eclipses, no te bañes en agua caliente.» No había ningún peligro de que yo hiciera nada de eso; en cambio, las restricciones en la alimentación eran otro asunto. En nuestro condado estamos orgullosos de nuestros platos, muy condimentados, pero no me dejaban comer nada aderezado con ajo, pimientos o pimienta, porque esos ingredientes podían retrasar la expulsión de la placenta. Tampoco me permitían comer cordero, que podía perjudicar la salud del niño, ni pescado con escamas, porque podía provocar un parto difícil. Me prohibían cualquier alimento que fuera demasiado salado, demasiado amargo, demasiado dulce, demasiado ácido o demasiado picante, de modo que no podía comer judías negras fermentadas, melón amargo, crema de almendras, sopa con especias ni nada que fuera remotamente sabroso. Me alimentaba de sopas insípidas, verduras salteadas con arroz y té. Yo aceptaba esas limitaciones, consciente de que mi valía dependía enteramente del niño que crecía dentro de mí.
Mi esposo y mis suegros estaban encantados, por supuesto, y empezaron a prepararse para mi llegada. Mi hijo nacería a finales del séptimo mes lunar. Yo iría al templo de Gupo con motivo de la fiesta anual para suplicar a la diosa que me concediera un varón, y luego continuaría el viaje hasta Tongkou.
Mis suegros estaban de acuerdo en que realizara ese peregrinaje (habrían hecho cualquier cosa por asegurarse un heredero), con la condición de que pasara la noche en una posada y no me cansara en exceso. Vino a recogerme un palanquín que había enviado la familia de mi esposo. Me planté ante el umbral de mi casa natal y acepté las lágrimas y los abrazos de todos. A continuación subí al palanquín y los porteadores se pusieron en marcha. Sabía que en los años venideros regresaría a mi pueblo natal para la Fiesta de la Brisa, la de los Fantasmas, la de los Pájaros y la de la Cata, así como cualquier otra celebración que pudiera haber en mi familia natal. No se trataba de una despedida definitiva, era sólo temporal, como lo había sido para Hermana Mayor.
Flor de Nieve, que estaba más avanzada en su embarazo, ya vivía en Jintian, de modo que pasé a recogerla. Tenía el vientre tan abultado que me extrañó que su nueva familia le permitiera viajar, aunque fuera para rogar a la diosa que le concediera un hijo varón. Era gracioso vernos mientras intentábamos abrazarnos con aquellos vientres enormes y sin parar de reír. Ella estaba más hermosa que nunca y emanaba una sincera felicidad.
Flor de Nieve no paró de hablar durante todo el trayecto; me contó los cambios que había experimentado su cuerpo, cómo disfrutaba cuando el bebé se movía en su interior y lo amables que eran todos con ella desde que se había instalado en la casa de su esposo. Acariciaba un trozo de jade blanco que llevaba colgado del cuello para que el bebé tuviera la piel tan clara como esa piedra y no heredara la tez rojiza de su esposo. Yo también llevaba un colgante de jade, pero no para proteger a mi hijo del color de la piel de mi esposo, sino de la mía, pues, aunque pasaba el día entero dentro de casa, la tenía más oscura que mi laotong.
En los años anteriores nuestras visitas al templo habían sido muy breves: hacíamos reverencias ante la diosa y tocábamos el suelo con la frente mientras rezábamos. Esa vez, en cambio, entramos orgullosas, sin disimular nuestra redondez, mirando a las otras futuras madres para ver quién estaba más gorda, quién tenía la barriga alta y quién la tenía baja, y al mismo tiempo procurando controlar nuestra mente y nuestra lengua para no transmitir a nuestro hijo ninguna idea innoble.
Avanzamos hacia el altar, donde había un centenar de pares de zapatos de recién nacido. Ambas habíamos escrito poemas en sendos abanicos que íbamos a ofrecer a la diosa. El mío expresaba mis deseos de tener un hijo varón que prolongara el linaje de los Lu y honrara a sus antepasados. Terminaba con estas palabras: «Diosa, tu bondad es una bendición. Vienen muchas mujeres a suplicarte que les des un hijo varón, pero espero que escuches mis ruegos. Por favor, concédeme mi deseo.» Cuando lo redacté me pareció adecuado, pero ahora imaginé qué habría escrito Flor de Nieve en su abanico. Seguro que estaba lleno de palabras cariñosas y memorables decoraciones. Recé para que la diosa no se dejara impresionar demasiado por la ofrenda de Flor de Nieve. «Por favor, escúchame a mí, escúchame a mí, escúchame a mí», suplicaba para mis adentros.
Mi laotong y yo dejamos los abanicos en el altar con la mano derecha, mientras con la izquierda cogíamos uno de los pares de zapatos de niño y los escondíamos en una manga de la túnica. Luego salimos rápidamente del templo, confiando en que no nos pillaran. En el condado de Yongming las mujeres que quieren tener un hijo sano roban un par de zapatos del altar de la diosa. Lo hacen sin ningún reparo, pero fingiendo que no quieren que las descubran. Como sabéis, en nuestro dialecto las palabras «zapato» y «niño» se pronuncian igual. Cuando nacen nuestros hijos, llevamos otro par al altar —eso explica que siempre haya zapatos para robar— y hacemos ofrendas para dar las gracias a la diosa.
Salimos del templo y nos dirigimos a la tienda de hilos. Como hacíamos desde hacía doce años, buscamos colores adecuados para elaborar los bordados que habíamos imaginado. Flor de Nieve me mostró una selección de verdes para que yo los examinara. Había verdes tan brillantes como la primavera, pálidos como la hierba marchita, parduscos como las hojas a finales de verano, intensos como el musgo después de la lluvia, apagados como el momento antes de que los amarillos y los rojos del otoño empiecen a adueñarse del paisaje.
—Mañana —dijo Flor de Nieve—, antes de regresar a casa, nos detendremos junto al río. Nos sentaremos y contemplaremos cómo las nubes pasan por el cielo, oiremos cómo el agua acaricia las piedras y bordaremos y cantaremos juntas. Así nuestros hijos nacerán con un gusto elegante y refinado.
La besé en la mejilla. Cuando no estaba con Flor de Nieve, a veces dejaba que mi mente divagara hacia regiones oscuras, pero en ese momento la amaba como siempre la había amado. ¡Cuánto había echado de menos a mi laotong!
La visita al templo de Gupo habría quedado incompleta sin una parada en el puesto de taro. El anciano Zuo sonrió exhibiendo sus encías desdentadas cuando nos vio llegar embarazadas. Nos preparó una comida especial, cuidando de seguir todas las normas que exigía nuestra dieta. Saboreamos cada bocado. Al final nos sirvió nuestro plato preferido, el taro frito cubierto de azúcar caramelizado. Flor de Nieve y yo éramos como dos niñitas risueñas; no parecíamos dos mujeres casadas a punto de dar a luz.
Esa noche, en la posada, después de ponernos las camisas de dormir, Flor de Nieve y yo nos tumbamos en la cama, cara a cara. Era la última noche que pasaríamos juntas antes de ser madres. Habíamos aprendido muchas lecciones sobre lo que debíamos y no debíamos hacer y sobre cómo esas cosas podían afectar a los bebés que estaban a punto de nacer. Si a mi hijo podía afectarle oír palabras vulgares o sentir el roce del jade blanco sobre mi piel, seguro que también podía percibir en su cuerpecito el amor que yo sentía por mi laotong.
Flor de Nieve me puso las manos en el vientre. Yo puse las mías sobre el suyo. Estaba acostumbrada a notar las patadas de mi hijo contra mi piel, sobre todo por la noche. Ahora sentí cómo el bebé de Flor de Nieve se movía dentro de ella. No habríamos podido estar más cerca la una de la otra.
—Me alegro de estar contigo —dijo, y pasó un dedo por el sitio donde mi bebé empujaba con un codo o con una rodilla.
—Yo también me alegro.
—Siento a tu hijo. Es fuerte como su madre.
Sus palabras me hicieron sentir llena de orgullo y de vida. Su dedo se detuvo, y una vez más posó sus tibias manos sobre mi vientre.
—Lo querré tanto como te quiero a ti —agregó. Entonces, como solía hacer desde que éramos niñas, me puso una mano en la mejilla y la dejó descansar allí hasta que ambas nos quedamos dormidas.
Faltaban dos semanas para que yo cumpliera veinte años, mi hijo no tardaría en nacer y la vida real estaba a punto de empezar.