El Ojo del Mundo

El Ojo del Mundo


Preludio. Cuervos

Página 4 de 71

Dav abrió la boca y volvió a cerrarla sin decir nada, pero dirigió una hosca mirada a Mat. No había forma de superar lo de un falso Dragón, y lo sabía. El padre de Egwene soltó una risita divertida.

—No soy un juglar, muchachos.

No conozco ningún relato de ese estilo. ¿Tam? ¿Te gustaría intentarlo a ti?

Egwene parpadeó. ¿Por qué iba a saber el padre de Rand historias de ese estilo si su padre no las sabía? El Consejo había elegido a maese al’Thor como portavoz de los granjeros de los alrededores de Campo de Emond, pero, que ella supiera, a lo único que se había dedicado era a la cría de ovejas y a plantar tabaco, como cualquiera de la región.

Maese al’Thor pareció sentirse incómodo y Egwene albergó la esperanza de que no supiese ninguna historia de ese estilo. No quería que nadie superase a su padre. Le gustaba el padre de Rand, desde luego, así que tampoco deseaba que se sintiese azorado. Era un hombre robusto, con algunas hebras grises en el cabello, de carácter tranquilo y callado, y le caía bien a casi todo el mundo.

Maese al’Thor acabó de esquilar la oveja y mientras le llevaban otra intercambió una sonrisa con Rand.

—Pues resulta —dijo— que sé una historia de esas características. Os relataré cosas sobre el verdadero Dragón, no de uno falso.

Maese Buie se irguió con tal rapidez que la oveja que trasquilaba casi se le escapó. Estrechó los ojos más de lo que los tenía habitualmente, que ya era decir.

—No permitiremos nada de eso, Tam al’Thor —gruñó con su voz chirriante—. No es apropiado para oídos decentes.

—Cálmate, Cenn —intervino el padre de Egwene en tono apaciguador—. Sólo es un relato. —Sin embargo, miró de soslayo al padre de Rand y resultó obvio que no estaba tan seguro como quería dar a entender.

—Ciertos relatos no se deberían contar —insistió maese Buie—. ¡Ciertas historias no deberían saberse! Repito que no es decente. No me gusta. Si no hay más remedio que hablarles sobre batallas, contadles algo de la Guerra de los Cien Años o de la Guerra de los Trollocs. Ahí tendrán Aes Sedai y trollocs, si hay que hablar de esos temas. O de la Guerra de Aiel.

Durante un instante Egwene tuvo la impresión de que el semblante de maese al’Thor cambiaba, que se tornaba más duro. Tanto como para que, en comparación, los de los guardias de mercaderes parecieran blandengues. Ese día no hacía más que figurarse cosas. Por lo general no se dejaba llevar por la imaginación de esa forma. Maese Cole abrió los ojos de golpe.

—Sólo va a contarles un cuento, Cenn. Sólo eso, hombre —dijo y volvió a cerrar los ojos. Nunca se sabía con certeza si maese Cole estaba dormido realmente.

—Todavía no has escuchado, olido o visto nada que te haya gustado, Cenn —comentó maese al’Dai, el abuelo de Bili. Era un hombre enjuto, de cabello ralo y blanco y tan viejo como maese Cole, si no más. Se veía obligado a caminar con bastón la mayor parte del tiempo, pero tenía los ojos vivos y despiertos, al igual que la mente. Y era casi tan rápido como maese al’Thor con las tijeras de esquilar—. Mi consejo, Cenn, es que rumies tu mala hiel en silencio y dejes que Tam cuente su historia.

Maese Buie cedió de mala gana, sin dejar de mascullar entre dientes. Tras asestar una mirada ceñuda al padre de Rand, se inclinó de nuevo sobre la oveja que esquilaba. Egwene sacudió la cabeza con sorpresa. A menudo había oído a maese Buie decirle a la gente lo importante que era en el Consejo y que todos los demás hombres le hacían caso siempre.

Los chicos se acercaron más a maese al’Thor y, formando un semicírculo, se sentaron en cuclillas. Cualquier relato que provocara una discusión entre los miembros del Consejo por fuerza tenía que ser interesante. Maese al’Thor no dejó de esquilar, aunque a un ritmo más lento. Obviamente, no quería correr el riesgo de hacerle un corte a la oveja por tener dividida su atención.

—Esto no es más que un relato —empezó, sin hacer caso del gesto ceñudo de maese Buie—, ya que nadie sabe todo lo que pasó. Pero ocurrió de verdad. ¿Habéis oído hablar de la Era de Leyenda?

Algunos de los chicos asintieron, aunque con recelo. Egwene también asintió a despecho de sí misma. Había oído decir a los adultos «quizás en la Era de Leyenda» cuando no creían que algo hubiese ocurrido realmente o cuando dudaban que algo se pudiera hacer. Era otra forma de decir «cuando a los cerdos les crezcan alas». O al menos eso era lo que ella creía.

—Fue hace más de tres mil años —continuó el padre de Rand—. Había grandes ciudades llenas de edificios más altos que la Torre Blanca, y ésta es más alta que cualquier cosa salvo una montaña. Máquinas movidas por el Poder Único transportaban a la gente de un lado a otro más deprisa que un caballo a galope, y también se cuenta que había máquinas de transporte por el aire. No existían enfermedades en ninguna parte. Ni había hambre. Ni guerras. Y, entonces, la mano del Oscuro tocó el mundo.

Los chicos dieron un brinco; de hecho, Elam se cayó. Se incorporó, abochornado, e intentó fingir que no se había ido al suelo. Egwene contuvo la respiración. El Oscuro. Tal vez se debía a que había pensado en él hacía un rato, pero en ese momento le pareció especialmente aterrador. Esperaba que maese al’Thor no dijera su nombre. «No nombrará al Oscuro», pensó, pero no por ello dejó de temer que lo hiciera.

Maese al’Thor les sonrió a los chicos a fin de paliar la impresión ocasionada por sus palabras, pero continuó.

—En la Era de Leyenda ni siquiera se tenía memoria de la guerra, o eso es lo que se dice; pero, una vez que el Oscuro tocó el mundo, se recordó rápidamente. No fue una guerra como esas entre dos naciones sobre las que habéis oído hablar a los mercaderes cuando vienen por lana y tabaco. Aquella guerra abarcó todo el mundo. Vino a llamarse la Guerra de la Sombra. Había tantos seguidores de la Luz como seguidores de la Sombra; y, además de incontables Amigos Siniestros, estaban los ejércitos de Myrddraal y de trollocs, más numerosos que todos los que salieron a borbotones de La Llaga durante la Guerra de los Trollocs. Y estaban aquellos a los que se llamó los Renegados, Aes Sedai que se habían pasado a la Sombra.

Egwene tuvo un escalofrío y se alegró de ver que algunos chicos se rodeaban a sí mismos con los brazos. Las madres utilizaban a los Renegados para asustar a sus hijos cuando eran malos: «Si no dejas de mentir, Semirhage vendrá por ti», «Lanfear está al acecho para llevarse a los niños que roban». Egwene se alegraba de que su madre no hubiera hecho eso. Un momento. ¿Las Renegadas habían sido Aes Sedai? Esperaba que maese al’Thor no fuera diciendo eso por ahí o el Círculo de Mujeres pasaría a visitarlo. En cualquier caso, algunos de los Renegados eran hombres, así que tenía que estar equivocado.

—Esperáis que os hable de la gloria de la batalla, pero no lo haré. —Durante un instante su voz sonó severa, pero sólo fue un momento—. Nadie sabe nada sobre esas batallas, salvo que fueron atroces. Tal vez las Aes Sedai tengan ciertos registros o documentos; pero, de ser así, no permiten que nadie los vea salvo otras Aes Sedai. ¿Sabéis algo sobre las grandes batallas durante el encumbramiento de Artur Hawkwing y a lo largo de la Guerra de los Cien Años? ¿Que había cien mil hombres en cada bando? —Le respondieron anhelantes asentimientos con la cabeza. También de Egwene, aunque el suyo no tuvo nada de anhelante. Todos esos hombres intentando matarse unos a otros no suscitaban su interés, como les ocurría a los chicos—. Bien —continuó maese al’Thor—, esas batallas se habrían considerado escaramuzas en la Guerra de la Sombra. Ciudades enteras fueron destruidas, arrasadas hasta sus cimientos. Y los campos del entorno de las ciudades no salieron mejor parados. Allí donde se libraba una batalla sólo quedaba devastación y ruinas. La guerra se prolongó años y años por todo el mundo. Y, poco a poco, la Sombra empezó a ganar. La Luz se vio obligada a retroceder más y más, hasta que pareció que la Sombra lo conquistaría todo. La esperanza se fue desvaneciendo como la niebla al salir el sol. Pero la Luz contaba con un líder que nunca se rindió, un hombre llamado Lews Therin Telamon. El Dragón.

Uno de los chicos dejó escapar una ahogada exclamación de sorpresa. Egwene estaba demasiado estupefacta, con los ojos como platos, para fijarse cuál de ellos había sido. Hasta se olvidó de fingir que ofrecía agua a los hombres. ¡Pero si el Dragón había luchado por la Sombra!

No sabía mucho del Desmembramiento del Mundo —casi nada, a decir verdad—, pero al menos había algo que todo el mundo sabía: ¡el Dragón había luchado a favor de la Sombra!

—Lews Therin reunió hombres, los Cien Compañeros y un pequeño ejército. Lo que en aquel entonces se consideraba pequeño, se entiende. Diez mil hombres. Ahora no nos parecería un ejército pequeño, ¿verdad? —Sus palabras parecían una invitación a la risa, pero en la queda voz de maese al’Thor no había el menor atisbo de hilaridad. Hablaba de un modo que parecía que hubiese estado presente allí. Desde luego, Egwene no se rió, como tampoco ninguno de los chicos. Escuchó e intentó acordarse de respirar—. Sólo con una remota esperanza de éxito, Lews Therin atacó el valle de Thakan’dar, el corazón de la propia Sombra. Cientos de miles de trollocs cayeron sobre ellos. Trollocs y Myrddraal. Los trollocs viven para matar. Un trolloc puede desmembrar en pedazos a un hombre sólo con sus manos. Los Myrddraal son la muerte. Los Aes Sedai que combatían por la Sombra descargaron fuego y rayos sobre Lews Therin y sus hombres. Los que seguían al Dragón no morían uno a uno, sino de diez en diez, de veinte en veinte o de cincuenta en cincuenta. Bajo un cielo atormentado, alterado, en un lugar donde nada crecía ni volvería a crecer, lucharon y murieron. Pero no retrocedieron ni cedieron. Combatieron todo el camino a Shayol Ghul. Y si Thakan’dar es el corazón de la Sombra, Shayol Ghul es el corazón del corazón. Todos los hombres de aquel ejército perecieron, así como la mayoría de los Cien Compañeros, pero en Shayol Ghul sellaron de nuevo, con el Oscuro dentro y a los Renegados con él, la prisión que el Creador había hecho para el Oscuro. Y el mundo quedó a salvo de la Sombra.

Se hizo el silencio. Los chicos miraban a maese al’Thor con los ojos muy abiertos. Y brillantes, como si lo estuvieran viendo todo: los trollocs, los Myrddraal, Shayol Ghul. Egwene tuvo otro escalofrío. «El Oscuro y los Renegados están encerrados en Shayol Ghul, confinados lejos del mundo de los hombres», enunció para sus adentros. No recordaba lo que seguía, pero le sirvió de ayuda. Sólo que si el Dragón salvó el mundo, entonces ¿cómo se explicaba que lo hubiera destruido?

Cenn Buie escupió. ¡Escupió! ¡Como cualquier apestoso guardia de mercader! Egwene dudó que pudiera pensar en él como «maese Buie» a partir de ese día.

Ni que decir tiene que aquello sacó a los chicos de su embeleso. Intentaron mirar a cualquier sitio salvo donde se encontraba el sarmentoso hombre. Perrin se rascó la cabeza.

—Maese al’Thor —empezó lentamente—, ¿qué significa «el Dragón»? Si a alguien se lo llama «el León», quiere decir que se supone que es como un león. Pero ¿qué es un dragón?

Egwene lo miró de hito en hito. Nunca se le habría ocurrido esa idea. Tal vez Perrin no era tan lerdo como parecía.

—No lo sé —admitió el padre de Rand—. Y dudo que lo sepa alguien. Quizá ni siquiera las Aes Sedai. —Soltó la oveja que había estado esquilando e hizo una seña para que le llevaran otra. Egwene cayó en la cuenta de que había acabado hacía rato, pero sin duda no había querido interrumpir el relato. Maese Cole abrió los ojos y sonrió.

—El Dragón. A buen seguro suena feroz, ¿no os parece? —comentó antes de que los párpados se le cerraran de nuevo.

—Supongo que sí —dijo el padre de Egwene—. Pero todo eso ocurrió hace muchísimo tiempo y muy lejos, y no tiene nada que ver con nosotros. Bueno, jovencitos, habéis disfrutado de vuestro descanso y de un relato. Volved al trabajo. —Mientras los chicos se levantaban de mala gana, añadió—: Hay montones de muchachos de las granjas a los que no creo que conozcáis aún. Siempre es bueno conocer a los vecinos, así que entablad relación con ellos. No quiero veros trabajar juntos hoy; ya os conocéis todos. Hala, marchaos.

Los chicos intercambiaron miradas sorprendidas. ¿Acaso habían creído que los dejaría volver juntos para seguir adelante con la trastada que planeaban, fuera cual fuera? Todos, pero en especial Mat y Dav, que intercambiaron ojeadas entre ambos, llevaban una expresión cabizbaja al marcharse. Egwene pensó seguirlos, pero los chicos empezaban a dispersarse y tendría que haber ido en pos de Rand para enterarse de más cosas. Torció el gesto. Si él se daba cuenta, a lo mejor pensaba que era una cabeza de chorlito, como Cilia Cole. Además, quedaban esas lejanas tierras; tierras que Egwene estaba firmemente decidida a visitar.

De repente reparó en los cuervos; había muchos más que hacía un rato. Aletearon y alzaron el vuelo desde los árboles, en dirección a las Montañas de la Niebla. Encogió los hombros. Tenía la sensación de notar la mirada de alguien clavada en la espalda. De alguien o…

No quería volverse, pero lo hizo y alzó la vista a los árboles que había más allá de los hombres que esquilaban. Más o menos a medio camino de la copa de un gran pino localizó un cuervo solitario posado en una rama. Mirándola fijamente. ¡A ella! Sintió frío en la boca del estómago. Ansiaba echar a correr, pero en cambio se obligó a sostener aquella mirada e intentó imitar la expresión impávida de Nynaeve. Al cabo de un momento el cuervo lanzó un áspero graznido y saltó de la rama; las negras alas lo llevaron hacia el oeste, en pos de los otros.

«A lo mejor empiezo a dominar esa clase de mirada», pensó; al momento se sintió ridícula. Tenía que evitar dejarse llevar por la imaginación. Sólo era un ave. Y ella tenía cosas importantes que hacer, como ser mejor aguadora que nadie. Y la mejor aguadora no se asustaría por unas aves ni por ninguna otra cosa. Cuadró los hombros y reanudó su camino entre la gente a la par que buscaba a Berowyn. Aunque ahora era para ofrecerle un cacillo de agua. Si era capaz de hacer frente a un cuervo, podía hacer lo mismo con su hermana. O eso esperaba.

Egwene tuvo que llevar agua de nuevo al año siguiente, lo que para ella fue una gran decepción, pero, una vez más, trató de ser la mejor. Si había que hacer algo, entonces más valía hacerlo lo mejor posible. Y esa actitud debió de funcionar, porque al año siguiente le permitieron ayudar con la comida… ¡Un año antes de lo habitual! Entonces se marcó una nueva meta: ser la muchacha más joven a la que le permitieran trenzarse el cabello. No creía realmente que el Círculo de Mujeres lo aceptara, pero una meta fácil no era realmente una meta.

Dejó de querer escuchar relatos contados por los adultos, aunque sí le habría gustado oírlos de un juglar. Y le siguió gustando leer sobre tierras lejanas de extrañas costumbres y soñar con verlas. También a los chicos dejaron de interesarles los relatos. Egwene creía que tampoco leían mucho. Todos crecieron, convencidos de que su mundo jamás cambiaría, y muchas de aquellas historias pasaron a ser recuerdos agradables mientras que otras las olvidaron, o casi. Y si descubrieron que algunos de esos relatos en realidad habían sido algo más que cuentos… En fin. ¿La Guerra de la Sombra? ¿El Desmembramiento del Mundo? ¿Lews Therin Telamon? ¿Qué podía importar nada de eso en la actualidad? Y, de todos modos, ¿qué había ocurrido realmente en aquel entonces?

Ir a la siguiente página

Report Page