El Ojo del Mundo
15. Extraños y amigos
Página 25 de 71
—Cuando los Hijos de la Luz hacen preguntas, patán de ojos grises, queremos recibir respuesta, o… —Se interrumpió al contenerlo el hombre de rostro enjuto, que le cortó el paso con un brazo. Bornhald alzó la cabeza en dirección a la entrada de la calle.
La guardia de la ciudad había llegado. Eran doce hombres con yelmos de acero redondeados y jubones de cuero tachonados, con barras en la mano que, al parecer, sabían cómo utilizar. Se detuvieron en silencio, vigilantes, a diez pasos de ellos.
—Esta ciudad ha perdido la Luz —gruñó el individuo que había hecho ademán de desenfundar la espada. Elevó la voz, para ser oído por la guardia—. ¡Baerlon permanece bajo la Sombra del Oscuro! —A un gesto de Bornhald, introdujo de golpe la hoja en la vaina.
Bornhald se volvió otra vez hacia Rand, con los ojos chispeantes de convicción.
—Los Amigos Siniestros no logran escapar de nosotros, jovenzuelo, ni siquiera en una ciudad situada al amparo de la Sombra. Volveremos a encontrarnos. ¡Puedes estar seguro de ello!
Giró sobre sus talones y se alejó a grandes zancadas, seguido por sus dos compañeros, como si Rand hubiera dejado de existir. Por un instante, al menos. Cuando arribaron otra vez al tramo frecuentado de la calle, la multitud volvió a abrirse ante ellos, de la misma manera aparentemente fortuita. La guardia vaciló, mirando a Rand y, llevándose las barras a los hombros, prosiguieron su marcha en pos de los tres individuos de capa blanca. Debían abrirse camino para avanzar y gritaban:
—¡Ceded paso a la guardia!
Pocos de los que se apartaban no lo hacían a regañadientes.
Rand todavía se mecía de pie, aguardando. El hormigueo era tan intenso que casi se estremecía; sentía como si el calor estuviera consumiéndolo. Mat salió de la tienda, mirándolo.
—No estás enfermo —concluyó—. ¡Estás loco!
Rand hizo acopio de aire y, súbitamente, todo se desvaneció como una pompa de jabón. Se tambaleó al recobrar su clara conciencia, apabullado por la realidad de su actuación. Se mordió los labios y cruzó la mirada con Mat.
—Creo que será mejor que regresemos a la posada —dijo balbuciente.
—Sí —acordó Mat—. Sí, yo también creo que será mejor.
La calle había comenzado a llenarse de nuevo y más de un viandante miraba a los dos muchachos, murmurando algo al oído de un compañero. Rand estaba seguro de que el incidente se haría público. Un insensato había intentado iniciar una pelea con los Hijos de la Luz. «Tal vez los sueños me están volviendo loco».
Ambos se extraviaron varias veces en las intrincadas calles, pero al poco toparon con Thom Merrilin, que hacía alardes de encabezar un gran cortejo él solo entre la multitud. El juglar dijo que había salido para estirar las piernas y respirar un poco de aire fresco, pero en toda ocasión que alguien posaba dos veces la vista en su colorida capa, anunciaba con voz resonante:
—Actúo en la posada de El Ciervo y el León, esta noche únicamente. —Fue Mat quien comenzó a informar de modo confuso a Thom del sueño y de su preocupación acerca de la conveniencia de contárselo o no a Moraine, pero Rand intervino a su vez, dado que existían algunas diferencias entre lo que los dos recordaban. «O quizá cada sueño era algo distinto», pensó, aunque en su mayor parte eran idénticos.
No habían avanzado apenas en sus explicaciones cuando Thom empezó a escuchar con suma atención. Al mencionar Rand a Ba’alzamon, el juglar los aferró por los hombros conminándolos a cerrar la boca, se irguió de puntillas para mirar el gentío sobre sus cabezas y luego los empujó hacia un callejón sin salida, en el cual no había más que unos cajones, donde se guarecía un perro del frío.
Thom miró a la gente que pasaba afuera antes de volverse hacia Mat y Rand. Sus ojos azules se clavaron en los de los otros, antes de desplazarse nuevamente hacia la boca del callejón.
—No pronunciéis jamás ese nombre en donde os pueda escuchar un desconocido. —Su voz era baja, pero imperativa—. Ni aunque sólo exista la más remota posibilidad de ser oído. Es un nombre sumamente peligroso, aun cuando no estén merodeando cerca los Hijos de la Luz.
—Podría contaros algo acerca de los Hijos de la Luz —bufó Mat, mirando con ironía a Rand.
Thom pasó por alto el comentario.
—Si solamente uno de los dos hubiera tenido ese sueño… —Se tiró con fuerza del bigote—. Explicadme todo lo que recordéis de él, con todo detalle. —Mantuvo su cautelosa vigilancia mientras escuchaba.
—… enumeró los nombres de los hombres que dijo habían sido utilizados —dijo por último Rand, creyendo que lo había referido todo—. Guaire Amalasan, Raolin Perdición del Oscuro…
—Davian —agregó Mat, interrumpiéndolo—. Y también Yurian Arco Pétreo.
—Y Logain —finalizó Rand.
—Nombres peligrosos —murmuró Thom. Sus ojos parecían perforarlos con más atención que antes—. Casi tan peligrosos como el otro, se mire como se mire. Todos muertos, salvo Logain. Y algunos fallecidos hace muchísimo tiempo. Raolin Perdición del Oscuro hará casi dos mil años. Pero peligrosos de todos modos. Será mejor que no los pronunciéis en voz alta ni aunque os halléis a solas. La mayoría de la gente no los reconocería, pero si llegaran a oídos de la persona menos indicada…
—Pero ¿quiénes eran? —inquirió Rand.
—Hombres —musitó Thom—, hombres que agitaron los Pilares del Cielo y destruyeron los cimientos del mundo. —Sacudió la cabeza—. No importa. Olvidadlos. Ahora no son más que polvo.
—¿Los…, se sirvieron de ellos, tal como dijo él? —preguntó Mat—. ¿Y los mataron?
—Podría decirse que la Torre Blanca acabó con ellos. Sí, podría decirse. —Thom frunció los labios y luego sacudió la cabeza—. Pero ¿servirse de ellos…? No, no veo por qué. La Luz sabe bien que la Sede Amyrlin es un nido de conspiraciones; sin embargo, en este caso yo diría que no fue responsable.
—Dijo tantas cosas —añadió Mat, estremeciéndose—. Cosas descabelladas. Todo eso sobre Lews Therin el Verdugo de la Humanidad y Artur Hawkwing. Y el Ojo del Mundo. ¡En nombre de la Luz! ¿Qué significa eso?
—Una leyenda, tal vez —repuso lentamente el juglar—. Una leyenda tan importante como el Cuerno de Valere, al menos en las Tierras Fronterizas. Allá arriba, los jóvenes van en busca del Ojo del Mundo de la misma manera que los de Illian van a la caza del cuerno. Quizá sea un mito.
—¿Qué hacemos, Thom? —inquirió Rand—. ¿Se lo contamos a ella? No quiero padecer más sueños como éste. A lo mejor ella pueda atajarlos.
—Tal vez no te gustaría lo que ella haría —gruñó Mat.
Thom los examinó pensativo, retorciéndose los bigotes.
—En mi opinión, debéis mantener la calma —dictaminó finalmente—. No se lo digáis a nadie, por ahora al menos. Siempre podéis cambiar de idea, pero, una vez que se lo hayáis contado, no podréis echaros atrás y estaréis supeditados a ella aún más de lo que os halláis. —Se enderezó súbitamente—. ¡El otro chico! ¿Habéis dicho que había tenido el mismo sueño? ¿Tendrá el suficiente juicio como para mantener la boca callada?
—Me parece que sí —respondió Rand.
—Íbamos a la posada para avisarle —dijo Mat al mismo tiempo.
—¡Quiera la Luz que no lleguemos demasiado tarde! —Con la capa ondeando en torno a los tobillos y los parches de colorines agitados por el viento, Thom abandonó el callejón, mirando hacia atrás sin detenerse—. ¿Y bien? ¿Se os han pegado los pies al suelo?
Rand y Mat se apresuraron a seguirlo, pero él no aguardó a que le dieran alcance. En aquella ocasión no se paró ante la gente que miraba su capa ni ante los que lo saludaban reconociéndolo como un juglar, sino que surcaba las populosas calles tan velozmente como si estuvieran vacías, con tal premura que Rand y Mat debían apresurar el paso para no perderlo de vista. De este modo llegaron a la posada en la mitad de tiempo del que hubiera sospechado Rand.
Cuando entraban, Perrin salía precipitadamente, tratando de echarse la capa a la espalda mientras corría. Estuvo en un tris de caer de bruces en su esfuerzo por no tropezar con ellos.
—Iba a salir a buscaros —dijo jadeante, una vez que hubo recobrado el equilibrio.
—¿Le has contado a alguien lo del sueño? —le preguntó Rand, agarrándolo del brazo.
—Di que no lo has hecho —lo instó Mat.
—Es muy importante —intervino Thom.
Perrin los miró confundido.
—No, no lo he hecho. Ni siquiera he salido de la cama hasta hace menos de una hora. —Abatió los hombros—. He cogido un tremendo dolor de cabeza intentando no pensar en ello y ya os imagináis que ni se me ha ocurrido hablar al respecto. ¿Por qué se lo habéis contado? —preguntó, señalando al juglar.
—Teníamos que hablar con alguien o, de lo contrario, nos íbamos a volver locos —dijo Rand.
—Ya te informaré más tarde —añadió Thom, mirando a la gente que entraba y salía de la posada.
—De acuerdo —asintió Perrin lentamente, todavía perplejo. De pronto, se dio una palmada en la frente—. Casi me habéis hecho olvidar por qué quería veros, y no es que me molestara quitármelo de la cabeza. Nynaeve está adentro.
—¡Diantre! —exclamó Mat—. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? Moraine…, el transbordador…
—¿Crees que una insignificancia como una barcaza hundida podría detenerla? —resopló Perrin—. Obligó a Alta Torre a prestarle el servicio. No sé cómo volvió a cruzar el río, pero, según ella, estaba escondido en su dormitorio y no quería ni acercarse a la orilla. El caso es que ella lo intimidó para que buscase una barca lo bastante grande para hacer la travesía ella y el caballo, navegando con remos. Y tuvo que remar él mismo. Sólo le dio tiempo para ir a buscar a uno de sus ayudantes.
—¡Luz! —musitó Mat.
—¿Y a qué ha venido? —inquirió Rand, haciéndose acreedor de una mirada burlona por parte de Mat y Perrin.
—A buscarnos —respondió Perrin—. Está con…, con la señora Alys, en estos momentos, y está tan frío el ambiente allí que hasta podría nevar.
—¿No podríamos irnos a otra parte mientras tanto? —preguntó Mat—. Mi padre dice que sólo un idiota pone la mano en un avispero a menos que no le quede más remedio.
—No puede hacernos volver —lo atajó Rand—. Lo sucedido en la Noche de Invierno le habría tenido que abrir los ojos. Si todavía no lo ha hecho, deberemos hacérselo ver nosotros.
Mat, que había ido enarcando las cejas mientras hablaba Rand, dejó escapar un quedo silbido al final.
—¿Has intentado alguna vez hacerle ver a Nynaeve algo que ella no quiere observar? Yo sí. Lo que es por mí, me quedaría en la calle hasta la noche y me escabulliría adentro entonces.
—Por lo que pude observar a esa joven —apuntó Thom—, no creo que pare hasta haber dicho lo que tenga que decir. Y, si no puede hacerlo pronto, es capaz de armar un alboroto y llamar el tipo de atención que ninguno de nosotros quiere atraer.
Aquella intervención los dejó desarmados. Después de intercambiar unas miradas, inspiraron profundamente y se encaminaron hacia adentro como si hubieran de enfrentarse a los mismísimos trollocs.