El Ojo del Mundo
20. Diseminados por el viento
Página 32 de 71
—He pasado el invierno en Saldaea, hombre. No porque yo lo quisiera, pero el río se heló pronto y el hielo tardó en fundirse. Dicen que se puede ver La Llaga desde las más altas torres de Maradon, pero eso no es nada. He estado allí antes y siempre corren rumores de que los trollocs han atacado granjas. Sin embargo, el invierno pasado, había granjas ardiendo cada noche. Ay, a veces pueblos enteros. Hasta llegaron a las mismas murallas de la ciudad. Y, como si eso no fuera bastante, la gente dice que aquello significa que el Oscuro está preparándose, que el Día Final está próximo. —Se estremeció, rascándose la cabeza como si sintiera allí un escozor—. Estoy ansioso por regresar a las tierras donde la gente cree que los trollocs no aparecen más que en los cuentos y que las historias que yo les cuento son mentiras de viajero.
Rand dejó de escuchar, pensando en Egwene y el resto. No le parecía justo que él se encontrara a salvo en el Spray cuando ellos todavía estaban a la intemperie en mitad de la noche. La cabina del capitán se le antojó menos acogedora que en un principio.
Advirtió, sorprendido, que Thom tiraba de él para hacerlo levantar. Después el juglar los empujó a él y a Mat hacia las escaleras, presentando disculpas al capitán Domon por la rudeza de esos patanes de campo. Rand subió sin decir nada.
Una vez que se hallaron en cubierta Thom miró en torno a sí para cerciorarse de que no podía escucharlo nadie.
—Podría haber pactado el pasaje por unas cuantas canciones e historias si no os hubierais dado tanta prisa en enseñar la plata —gruñó.
—No estoy tan seguro —replicó Mat—. Parecía que hablaba en serio al amenazarnos con tirarnos por la borda.
Rand caminó lentamente hacia la barandilla y se reclinó en ella para mirar el tramo de río, envuelto en sombras, que habían dejado atrás. No logró ver más que una masa oscura, sin distinguir siquiera los márgenes. Un minuto después, Thom le puso una mano en el hombro, pero él permaneció inmóvil.
—No puedes hacer nada al respecto, muchacho. Además, seguramente a estas horas estarán a buen recaudo con la…, con Moraine y Lan. ¿Se te ocurre algo mejor que ese par para dispersar a los trollocs?
—Yo intenté disuadirla de emprender este viaje —dijo Rand.
—Hiciste cuanto estuvo en tu mano, chico. Nadie podría exigirte más.
—Le dije que cuidaría de ella. Debería haberme esforzado más en ello. —El batir de los remos y el susurro de la jarcia componían una tétrica melodía—. Debería haberme esforzado más —musitó.