El Ojo del Mundo

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32. Cuatro Reyes en tinieblas

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Cuando las primeras gotas de lluvia le golpearon la cara, un rayo se descargó en el cielo, y Rand se paró en seco. Los hombres de Gode todavía estaban allí, tendidos con los pies encarados hacia el orificio.

—¿Qué es? —inquirió Mat—. ¡Válgame la Luz! ¡Casi no veo ni mi propia mano!

—Nada —respondió Rand. «Suerte. La misma gracia de la Luz…, ¿no es cierto?». Turbado, condujo con cuidado a Mat entre los cadáveres yacientes—. Sólo el rayo.

Sin más iluminación que la que descargaba de forma intermitente el cielo, tropezaba en los baches mientras se alejaban tambaleantes de la posada. Dado que Mat casi pendía de él, cada trompicón amenazaba con derribarlos a ambos pero, a pesar de su precario equilibrio y sus jadeos, corrían.

Miró una vez atrás. Una vez, antes de que la lluvia arreciara y formara una ensordecedora cortina que ocultó la imagen del Carretero Danzarín. Un relámpago dibujó la silueta de un hombre apostado en la parte trasera de la posada, que blandía el puño hacia ellos o hacia el cielo. No sabía si era Gode o Hake, si bien no habría podido decidir cuál de ellos era peor. El aguacero se convirtió en un diluvio: los aislaba con una pared de agua. Apresuró el paso en la noche, alertando el oído entre el fragor de la tormenta para detectar el sonido de una posible persecución.

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