El Ojo del Mundo

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40. El tejido estrecha su cerco

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—En la Corona y el León. —Recordó haber pasado delante de aquella posada mientras buscaba la Bendición de la Reina. Estaba en una zona alejada del establecimiento de maese Gill—. Dispongo de una cama allí, en el ático. —Tenía la sensación de que Elaida adivinaba que mentía, pero ella se limitó a asentir.

—¿No es ésta una gran casualidad? —insinuó—. Hoy han traído al infiel a Caemlyn. Dentro de dos días partirá hacia el norte y con él irá la heredera de la corona para completar su formación.

Y precisamente en esa coyuntura aparece en los jardines reales un joven de Dos Ríos que pretende ser un fiel súbdito de la reina…

—Soy de Dos Ríos. —Todos lo miraban, pero nadie le prestaba atención, a excepción de Tallanvor y los guardias, que ni siquiera pestañeaban.

—… con una historia calculada para atraer a Elayne y una espada con la marca de la garza. No lleva ningún brazalete ni escarapela para proclamar sus preferencias, sino una tela que encubre cuidadosamente la garza ante ojos inquisitivos. ¿Qué se deduce de ello?

La reina hizo señas al capitán general para que se hiciera a un lado y, cuando éste se apartó, examinó a Rand con semblante preocupado. Pero sus palabras fueron dirigidas a Elaida.

—¿De qué lo estáis acusando? ¿De ser un Amigo Siniestro? ¿Uno de los seguidores de Logain?

—El Oscuro está cobrando fuerza en Shayol Ghul —replicó la Aes Sedai—. La Sombra se cierne sobre el Entramado y el futuro pende de un delgado hilo. Este hombre es peligroso.

De improviso, Elayne se postró de rodillas ante el trono.

—Madre, os ruego que no le hagáis daño. Habría podido marcharse de inmediato si yo no lo hubiera contenido. Él quería irse. Fui yo quien lo obligó a quedarse. No puedo creer que sea un Amigo Siniestro.

Morgase realizó un ademán tranquilizador en dirección a su hija, pero no apartó los ojos de Rand.

—¿Es esto una predicción, Elaida? ¿Estáis leyendo el Entramado? Vos misma afirmáis que adquirís dicha facultad cuando menos lo esperáis y que la clarividencia os abandona tan velozmente como ha aparecido. Si esto es una predicción, Elaida, os ordeno que digáis claramente la verdad, sin envolverla, como es habitual en vos, en un halo de misterio del que nadie puede deducir si habéis dicho blanco o negro. Hablad. ¿Qué veis?

—Éste es mi augurio —respondió Elaida— y juro por la Luz que me es imposible imprimirle mayor claridad. De ahora en adelante Andor se sumirá en un camino de dolor y desgarramiento. La Sombra se teñirá más aún de negro y no puedo ver si la Luz renacerá después. Si el mundo ha derramado una lágrima, ahora estallará en sollozos. Éstas son mis predicciones.

La estancia se sumió en un tenso silencio, que sólo interrumpió la exhalación de Morgase, similar al jadeo de un moribundo.

Elaida continuó mirando a los ojos de Rand y tomó de nuevo la palabra, sin apenas mover los labios, con voz tan queda que él tenía dificultades en comprenderla, hallándose a dos palmos de distancia.

—Y también predigo esto: el dolor y la disgregación que se avecinan afectarán a la totalidad de la tierra y este hombre es una pieza central en todo el proceso. Obedezco a la reina —susurró— y por ello lo expreso claramente.

Rand sintió como si sus pies hubieran enraizado en el suelo de mármol. El frío y la dureza de la piedra remontaron sus piernas y transmitieron un escalofrío a su columna. Era imposible que alguien la hubiera oído aparte de él. Sin embargo, ella seguía observándolo y él sí la había escuchado.

—Soy un pastor —repitió, dirigiéndose a todos los presentes—. De Dos Ríos. Un pastor.

—La Rueda gira según sus designios —sentenció en voz alta Elaida, sin que él pudiera dilucidar si su tono contenía un matiz de burla o no.

—Lord Gareth —dijo Morgase—, necesito el consejo de mi capitán general.

—Elaida Sedai dice que es un hombre peligroso, mi reina —respondió el corpulento personaje, sacudiendo con energía la cabeza—, y, si le fuera dado añadir algo, opino que pediría su cabeza. Pero los demás podemos percibir con nuestros propios ojos todo cuanto ella predice. No hay ni un campesino en los alrededores que no afirme que las cosas van a empeorar, sin necesidad de escuchar ningún augurio. Por mi parte, creo que el muchacho se encuentra aquí por mero azar, aun cuando éste sea desafortunado para él. Para asegurarnos, mi reina, recomiendo que lo encierren en una celda hasta que lady Elayne y lord Gawyn hayan cubierto una buena parte de su viaje y que lo suelten entonces. A menos, Aes Sedai, que ampliéis vuestras predicciones respecto a él.

—He revelado cuanto he leído en el Entramado, capitán general —contestó Elaida. Después dedicó una fría sonrisa a Rand, que apenas rozó sus labios, retándolo a negar sus aseveraciones—. Unas semanas en prisión no le vendrán mal y ello me dará ocasión de proseguir con mis averiguaciones. —Sus ojos reflejaron un vivo anhelo, intensificando sus temores—. Tal vez una nueva predicción aclare los interrogantes.

Morgase reflexionó un rato, acodada en el trono y con el puño pegado a la barbilla. Rand habría rehuido su ceñuda mirada si hubiera sido capaz de realizar algún movimiento, pero los ojos de Elaida lo mantenían petrificado. Por último la reina tomó la palabra.

—Las sospechas están sofocando Caemlyn, tal vez todo Andor. El temor y la lúgubre suspicacia. Las mujeres denuncian a sus vecinas, acusándolas de ser Amigas Siniestras. Los hombres graban el Colmillo del Dragón en las puertas de personas que conocen desde hace mucho tiempo. Yo no pienso contribuir a ese clima.

—Morgase… —comenzó a decir Elaida.

—No pienso fomentar ese ambiente de recelo —la atajó la reina—. Cuando ascendí al trono juré administrar justicia a los poderosos y a los humildes y pienso mantenerla aun cuando sea la última persona de Andor que recuerde el significado de la palabra justicia. Rand al’Thor, ¿juras ante la Luz que tu padre, un pastor de Dos Ríos, te dio esta espada con la marca de la garza?

Rand trató de activar la salivación para lograr articular la respuesta.

—Lo juro. —Al recordar a quien hablaba, se apresuró a añadir—: Mi reina. —Lord Gareth enarcó una ceja, pero Morgase no pareció inmutarse.

—¿Y trepaste el muro del jardín para poder ver al falso Dragón?

—Sí, mi reina.

—¿Pretendes causar algún daño al trono de Andor, a mi hija o a mi hijo? —Su tono indicaba que la negación de los últimos dos supuestos lo llevaría a una más pronta absolución que el primero.

—No pretendo causar daño a nadie, mi reina. Y menos a vos o a vuestra familia.

—En ese caso te impartiré justicia, Rand al’Thor —prometió la soberana—. Primeramente, porque poseo la ventaja sobre Gareth y Elaida de haber escuchado el habla de Dos Ríos en mi juventud. No posees el físico propio de sus habitantes, pero, si un remoto recuerdo me sirve de algo, afirmaría que tu acento sí pertenece a esa región. En segundo lugar, nadie que tuviera tus cabellos y tus ojos pretendería proceder de Dos Ríos a menos que ello fuera cierto. Y la explicación de que tu padre te entregó una espada con la marca de la garza es demasiado absurda como para ser una mentira. En tercer lugar, el hecho de que una vocecilla interior me advierta de que a menudo la mejor mentira es demasiado ridícula para ser tomada como tal…, esa voz no constituye ninguna prueba. Te concedo la libertad, Rand al’Thor, pero te recomiendo que vayas con cuidado antes de allanar el palacio otra vez. Si alguien te encuentra nuevamente en este recinto, no saldrás tan bien parado.

—Gracias, mi reina —dijo con voz ronca. Sentía el disgusto de Elaida como un hierro candente en su mirada.

—Tallanvor —solicitó Morgase—, escoltad a este…, escoltad al invitado de mi hija a las puertas de palacio y haced gala de la cortesía debida. El resto de vosotros podéis salir también. No, Elaida, quedaos aquí. Y vos también, si no tenéis inconveniente, lord Gareth. Debo decir qué medidas tomar ante los Capas Blancas reunidos en la ciudad.

Tallanvor y los guardias envainaron de mala gana las espadas, dispuestos a desenvainarlas de nuevo en un instante. No obstante, para Rand fue un alivio que los soldados formaran en torno a él y comenzaran a salir de la estancia. Elaida escuchaba a medias las palabras de la reina, con la mirada clavada en su espalda. «¿Qué habría ocurrido si Morgase no hubiera retenido a la Aes Sedai en la sala?». Aquel pensamiento le hizo desear que los soldados caminaran más velozmente.

Para su sorpresa, Elayne y Gawyn intercambiaron unas palabras junto a la puerta y luego caminaron a su lado. Tallanvor también evidenció su asombro. El joven oficial miró alternativamente a los hijos de la reina y la puerta, que en aquel momento se cerraba.

—Mi madre —señaló Elayne— ha ordenado que se lo escoltara hasta la salida, Tallanvor. Con la cortesía debida. ¿A qué aguardáis?

Tallanvor miró con el rostro ceñudo la puerta tras la cual la reina consultaba a sus consejeros.

—A nada, mi señora —respondió con acritud, antes de ordenar a la escolta que emprendiera la marcha.

Las maravillas de palacio discurrieron ante Rand sin que él les prestara atención. Estaba atónito, aturdido por tantos pensamientos que se agolpaban en su cabeza sin darle tiempo a retenerlos. «No posee el físico propio de sus habitantes. Este hombre es una pieza central en todo el proceso».

La escolta se detuvo. Parpadeó, sorprendido de hallarse en el gran patio al que daba el palacio, de pie junto a las altas puertas doradas, que resplandecían bajo el sol. Aquellas puertas no se abrirían para dar paso a un solo hombre, a buen seguro no a un intruso, aun cuando la heredera de la corona solicitara un trato de huésped para él. Tallanvor corrió el cerrojo de una boca de salida, una puertecilla alojada en una de las hojas.

—Es costumbre —explicó Elayne— escoltar a los huéspedes hasta las puertas, pero no mirar cómo se alejan. Es el placer de la compañía de un invitado lo que debe recordarse y no la tristeza de la separación.

—Gracias, milady —dijo Rand, tocándose el pañuelo que rodeaba su cabeza—. Por todo. En Dos Ríos es costumbre que los invitados traigan un pequeño regalo. Me temo que no tengo nada para entregaros. Aunque —añadió secamente—, según parece, os he enseñado algo acerca de la gente de Dos Ríos.

—Si le hubiera dicho a mi madre que te encontraba atractivo, sin duda te habría encerrado en una celda. —Elayne lo honró con una deslumbrante sonrisa—. Adiós, Rand al’Thor.

Observó, boquiabierto, cómo se alejaba aquella joven versión de la belleza y majestad de Morgase.

—No intentes intercambiar palabras con ella —rió Gawyn—. Siempre saldrás perdiendo.

Rand asintió distraídamente. «¿Atractivo? ¡Luz, la heredera del trono de Andor!». Se estremeció, intentando aclarar sus ideas.

Gawyn parecía estar aguardando algo. Rand lo miró un momento.

—Milord, cuando os he dicho que era de Dos Ríos habéis mostrado sorpresa, al igual que todos los demás: vuestra madre, lord Gareth, Elaida Sedai… —Un escalofrío le recorrió nuevamente la columna. No sabía cómo concluir; ni siquiera estaba seguro qué lo había movido a sacar a colación aquella cuestión. «Soy hijo de Tam al’Thor, aunque no haya nacido en Dos Ríos».

Gawyn asintió como si hubiera estado esperando que él plantease el tema. Sin embargo, parecía dubitativo. Cuando Rand abrió la boca para retomar la pregunta no formulada, Gawyn le ofreció la respuesta.

—Envuélvete la cabeza con un shoufa, Rand, y parecerás la viva imagen de un Aiel. Es curioso, ya que madre piensa que al menos hablas como un habitante de Dos Ríos. Me habría gustado poder llegar a conocernos más, Rand al’Thor. Que la Luz te acompañe.

«Un Aiel».

Rand permaneció parado, mirando cómo Gawyn regresaba al interior del palacio hasta que una impaciente tos de Tallanvor le recordó dónde se encontraba. Se deslizó por la puertecilla, que Tallanvor cerró de golpe no bien hubo separado los talones. Afuera ya no quedaban más que desperdicios diseminados por el pavimento y algunas personas que se afanaban en sus quehaceres una vez terminada la diversión. No logró distinguir si llevaban distintivos rojos o blancos.

«Un Aiel».

Advirtió con un sobresalto que se encontraba justo enfrente de las puertas del palacio, en el preciso lugar en que Elaida lo localizaría sin dificultad cuando hubiera terminado de departir con la reina. Arrebujándose en la capa, emprendió un rápido trote, adentrándose en las calles del casco viejo. Con frecuencia miraba hacia atrás para comprobar que no lo seguía nadie, pero el trazado curvilíneo le impedía ver a mucha distancia. No obstante, recordaba con demasiada precisión los ojos de Elaida, a quien imaginaba vigilándolo. Al llegar a las puertas de la nueva ciudad, corría como una centella.

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