El Esquinazo
Sergio Bufano • TiempoDeLectura3min
El relámpago iluminó la avenida vacía y todos, durante dos segundos, esperaron el golpe del trueno. Llegó como si quisiera arrasar con edificios y cristales, fue creciendo y estalló para envolver a los escasos clientes de la pizzería. El mozo se acercó a la puerta vaivén y la trabó con una silla para impedir las bruscas bocanadas de viento helado que se colaron en el local. El Polaco mordió su porción y la tragó casi sin masticar mientras miraba hacia la calle a través de la ventana. Comía porque hay que hacerlo. Bebió el último sorbo de vino y llamó al mozo; ya no vendrían y era mejor irse de este lugar. Afuera la lluvia continuó como siempre, golpeando el pavimento y humedeciendo paredes ya mojadas desde una semana atrás.
Recibía el vuelto cuando los vio entrar, sacudiéndose las gotas, escapando del agua, tirando el aliento en las manos moradas de frio.
—Esta vez no te fallé-dijo el otro mientras le presentaba a la muchacha, una rubia de cuerpo indefinible bajo el impermeable. Le dio la mano sin mirarla, y sin hablar la tomó del brazo para salir a la calle. El gesto fue tan natural como si la conociera de toda la vida.
En la puerta se separaron del amigo caminaron juntos las cuatro cuadras necesarias para llegar al hotel. El trámite fue breve y poco después estaban en una habitación con espejo en el techo.
—¿Cómo te llaman...? –preguntó.
—Pelusa.
—Escuchame, Pelusa, hace cinco días que duermo en colectivos, que voy y vengo en colectivos vacíos, dormitando, muerto de frio. Casi me agarran en dos oportunidades, tengo mucho sueño, muchísimo sueño y sólo quiero dormir.
—No hace falta ese discurso. Yo también vine a dormir –respondió ella.
—Bien, si todo está claro, me acuesto –dijo el Polaco mientras tiraba su ropa en una silla, se metía en la cama y alisaba los pliegues de la almohada. Se tapó cuidadosamente y se acomodó como si fuera a permanecer allí toda su vida.
Pelusa apagó la luz, se desvistió y también se acostó guardando distancias. El ruido de la lluvia que llegaba de afuera la inquietó; nada más pesado que tener que acompañar a los que andaban en la calle, acosados y sin casa. En este mes le había tocado tres veces y en todas ellas la sensación de desamparo era igual. Cada semana otro pedido de auxilio, con la consiguiente cita nocturna, los riesgos de un hotel cualquiera, el inhóspito sentimiento de huérfanos en una ciudad que se parecía mucho a un baldío.
Escuchó un ruido a su lado y vio la cara del Polaco que se iluminaba con la llama del fósforo; después quedó la brasa del cigarrillo perdida en la oscuridad.
—¿No te podés dormir? –preguntó.
—No –fue toda la respuesta y otra vez la lluvia la única presencia a través de la ventana.
Quizás fuera necesario decirle algo, posiblemente necesitara ayuda; es probable que detrás de esa tosquedad hubiera un tipo que pidiera una mano. Pero le dio la espalda y trató de imaginarse en otra ciudad, llena de sol, de caminatas libres, donde el tiempo y particularmente las noches transcurrieran lejos de la muerte.
Se imaginó en esa misma cama pero lejos de allí, de la noche, se imaginó en una siesta acalorada, de ventiladores en el techo, de otro cuerpo junto a ella, no éste, otro cuerpo que trasmitiera ternuras, que hablara otro idioma en el que las palabras significaran alegría. Se trasladó a un país donde nunca oscurecía y se sintió acariciada por el calor, el sosiego, la luz; y de pronto se dio cuenta que detestaba la lluvia y las noches porque con ellas se involucraba la muerte. Que detestaba a ciudad recorrida por sobretodos grises, encorvados bajo los paraguas húmedos. Quería irse, esa noche hubiera querido irse, despegarse y atravesar el tiempo y olvidar esa incertidumbre incrustada en la garganta.
—Dar el esquinazo –dijo en voz alta.
—¿Cómo…? –preguntó el Polaco.
—No, perdoná, estaba soñando…
La madrugada entró despacito, salpicada por la 1lovizna, iluminando dos ceniceros cargados de colillas apretadas por el insomnio y el silencio. Buenos Aires mostraba un cielo plomizo, de nubes bajas, con niebla empujada del sur.
Día de perros, dijo una señora al subir a un colectivo. Tiempos de perros, contestó el chofer.
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