El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


1. Porter. Día 1 – 6:14

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Porter

Día 1 – 6:14

Ahí estaba otra vez, ese pitido incesante.

Le he quitado el sonido. ¿Por qué oigo las notificaciones de los mensajes? ¿Por qué suena siquiera?

Apple se ha ido a la mierda sin Steve Jobs.

Sam Porter se dio la vuelta hacia la derecha y tanteó a ciegas con la mano en la mesilla de noche, en busca del teléfono.

El despertador se estampó contra el suelo con ese ruido sordo característico de la electrónica china barata.

—A tomar por culo.

Cuando los dedos encontraron el móvil, forcejeó con el aparato para liberarlo del cable del cargador y se lo llevó a la cara, entornando los ojos frente a la pantalla, pequeña y luminosa.

LLÁMAME – URGENTE

Un mensaje de Nash.

Porter miró hacia el lado de su mujer en la cama, vacío salvo por una nota:

He ido por leche, vuelvo enseguida.

Besos,

Heather

Soltó un gruñido y echó un nuevo vistazo al teléfono.

6:15 de la mañana.

A tomar viento lo de amanecer tranquilo.

Porter se incorporó y marcó el número de su compañero. Lo cogió al segundo tono.

—¿Sam?

—Qué hay, Nash.

El otro hombre guardó silencio un instante.

—Lo siento, Porter. Le he dado vueltas a si te llamaba o no. He debido de marcar tu número una docena de veces, y no he sido capaz de llegar a hacer la llamada. Al final he decidido que lo mejor sería enviarte un mensaje, darte la oportunidad de no hacerme caso, ya sabes, ¿no?

—Está bien, Nash. ¿Qué tienes?

Otra pausa.

—Vas a querer verlo tú mismo.

—¿Ver qué?

—Ha habido un accidente.

Porter se rascó la sien.

—¿Un accidente? Somos de Homicidios. ¿Por qué acudimos a un accidente?

—Tienes que confiar en mí en esto. Querrás verlo —le repitió Nash. Había inquietud en su tono de voz.

Porter suspiró.

—¿Dónde?

—Cerca de Hyde Park, en la Cincuenta y cinco. Te acabo de enviar un mensaje con la dirección.

El teléfono le soltó un pitido muy alto en la oreja, y él se lo apartó de golpe.

Puto iPhone.

Bajó la mirada a la pantalla, se fijó en la dirección y continuó con la charla.

—Puedo estar ahí en unos treinta minutos. ¿Te parece?

—Claro —respondió Nash—. No nos vamos a ir a ninguna parte en un buen rato.

Porter colgó el teléfono, sacó las piernas por un lado de la cama y oyó los diversos crujidos que hizo su cuerpo de cincuenta y dos años en señal de protesta.

El sol ya había comenzado su ascenso, y la luz se asomaba al interior entre las persianas cerradas de la ventana del dormitorio. Qué curioso, lo callado y sombrío que parecía el apartamento sin Heather por allí.

He ido por leche.

Desde el suelo de parqué, el despertador parpadeaba boca arriba, y la pantalla rajada mostraba unos caracteres que ya no parecían números.

Hoy iba a ser uno de esos días.

Había habido un montón de esos días últimamente.

Porter salió del apartamento diez minutos después, vestido con sus mejores galas —un traje azul marino arrugado que compró en Men’s Wearhouse hace casi una década—, y bajó los cuatro tramos de escalera hasta el apretado vestíbulo de su edificio. Se detuvo ante los buzones, sacó el móvil y marcó el número de su mujer.

Te has puesto en contacto con Heather Porter. Como esto es el buzón de voz, lo más probable es que haya visto que eras tú quien llamaba y haya decidido que no quiero hablar contigo. Si estás dispuesto a rendirme un homenaje en forma de tarta de chocolate u otra ofrenda que consista en un surtido de delicias culinarias, envíame un mensaje de texto con los detalles, reconsideraré tu puesto en mi lista de amistades y quizá te responda más tarde. Si eres un comercial que pretende que me cambie de compañía telefónica, ya puedes ir colgando. AT&T será mi dueña durante al menos otro año. Los demás, por favor, dejadme un mensaje. Recordad que mi amoroso marido es un poli con problemas para controlar la ira y lleva una buena pistola.

Porter sonrió. Su voz siempre le hacía sonreír.

—Hola, Cariño, soy yo. Me ha llamado Nash. Ha pasado algo cerca de Hyde Park y he quedado con él allí. Luego te doy un toque, cuando sepa a qué hora estaré en casa. —Y añadió—: Ah, y creo que le pasa algo raro al despertador.

Guardó el teléfono en el bolsillo, empujó la puerta para cruzarla, y el aire fresco de Chicago le recordó que el otoño se estaba preparando para dejar paso al invierno.

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