El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


7. Porter. Día 1 – 7:48

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Porter

Día 1 – 7:48

Había empezado a caer una llovizna. Los escalones de losetas estaban húmedos y resbaladizos cuando Porter y Nash salieron a toda prisa de la residencia de los Talbot de regreso hacia su coche, en la acera. Ambos se lanzaron al interior del vehículo y cerraron las puertas a su espalda, mirando el cielo amenazante.

—Esta mierda no nos viene bien, hoy no —se quejó Porter—. Si empieza a llover, Talbot podría suspender su golf, y lo perderemos.

—Tenemos un problema mayor. —Nash iba tocando la pantalla de su iPhone.

—¿Otra vez el capitán Dalton?

—No, peor. Alguien lo ha tuiteado.

—¿Que alguien ha hecho qué?

—Poner un tuit.

—¿Qué cojones es un tuit?

Nash le pasó el móvil.

Porter leyó aquella letra minúscula.

@CMFOREVER ES EL CUARTO MONO?

La frase iba seguida de una fotografía de su víctima de aquella mañana con el autobús, boca abajo contra el asfalto. La arista del autobús urbano apenas se veía en un extremo.

Porter frunció el ceño.

—¿Quién le ha filtrado la foto a la prensa?

—Joder, Sam. De verdad, tienes que ponerte al día. Nadie ha filtrado nada. Alguien ha sacado una foto con el móvil y la ha subido ahí para que todo el mundo la vea —le explicó Nash—. Así es como funciona Twitter.

—¿Todo el mundo? ¿Cuánta gente es «todo el mundo»?

Nash estaba tocando de nuevo la pantalla.

—La postearon hace veinte minutos, y ya hay tres mil docientos doce que la han marcado como favorito. La han retuiteado más de quinientas veces.

—¿Postear? ¿Retuitear? Qué coño es eso, Nash. Habla en cristiano.

—Significa que ya está ahí subida, Porter. Que se ha hecho viral. El mundo ya sabe que está muerto.

Sonó el teléfono de Nash.

—Y ahora es el capitán. ¿Qué le digo?

Porter arrancó el motor, metió la marcha y bajó veloz por la Noroeste hacia la 294.

—Dile que estamos siguiendo una pista.

—¿Qué pista?

—La de los Talbot.

Nash parecía desconcertado.

—Pero si no son los Talbot… Están en casa.

—No son esos Talbot. Vamos a charlar con Arthur. Estoy dispuesto a jugármela a que la mujer y la hija no son las únicas mujeres que hay en su vida —dijo Porter.

Nash asintió y cogió la llamada. Porter oyó cómo gritaba el capitán por el altavoz minúsculo. Tras un minuto repitiendo «Sí, señor», Nash tapó el teléfono con la mano.

—Quiere hablar contigo.

—Dile que estoy conduciendo, que no es seguro hablar por el móvil al volante. —Pegó un volantazo hacia la izquierda para rodear una furgoneta que iba muy por debajo de sus ciento cuarenta por hora.

—Sí, capitán —dijo Nash—, le pongo en el manos libres.

La voz del capitán pasó de oírse bajito y con un sonido metálico a retumbar con un volumen muy fuerte cuando el iPhone se conectó al sistema de manos libres por Bluetooth del coche.

—… de vuelta en la comisaría en diez minutos para que podamos montar un equipo y ponernos al frente de esto. Tengo a todas las televisiones y a los reporteros de los periódicos colgados del cuello.

—Capitán, soy Porter. Usted conoce la secuencia temporal de ese tío tan bien como yo. Estaba a punto de enviar la oreja por correo esta mañana. Eso significa que se llevó a la mujer hace un día o dos. La buena noticia es que nunca las mata enseguida, así que podemos estar seguros de que sigue viva… en alguna parte. No sabemos cuánto tiempo le queda. Si tenía pensado salir corriendo a enviar el paquete, es muy probable que no le dejara agua ni comida. Un ser humano medio puede vivir tres días sin agua y tres semanas sin comida. El tiempo corre para ella, capitán. En el mejor de los casos, creo que tenemos tres días para encontrarla; quizá menos.

—Por eso os necesito aquí de vuelta.

—Tenemos que seguir esto primero. Hasta que descubramos a quién tiene, estaremos dando vueltas sin ir a ninguna parte. Necesita tener algo: deme una hora y, con un poco de suerte, podré darle un nombre que ofrecer a la prensa. Usted póngales ahí una foto de la chica desaparecida y ellos darán un paso atrás —dijo Porter.

El capitán guardó silencio un instante.

—Una hora. No más.

—Eso es todo cuanto necesitamos.

—Mira con cuidado por dónde pisas cuando te acerques a Talbot. Tiene mucho trato con el alcalde —respondió el capitán.

—Entendido, con guante de seda.

—Vuelve a llamarme después de hablar con él. —El capitán colgó el teléfono.

Porter aceleró en la rampa de acceso a la 294. Nash metió Wheaton en el GPS.

—Estamos a cuarenta y cinco kilómetros.

El coche iba cogiendo velocidad conforme Porter pisaba el acelerador un poquito más.

Nash encendió la radio.

… aunque la Metropolitana de Chicago no ha hecho todavía ningún comunicado, se especula con la posibilidad de que el peatón atropellado esta mañana por un autobús municipal en Hyde Park sea en realidad el Cuarto Mono. Una cajita fotografiada en el escenario cuadra con las que este asesino ya envió en el pasado. El apelativo de «el Cuarto Mono» se lo puso Samuel Porter, detective de la Metropolitana de Chicago y uno de los primeros en reconocer su conducta y su firma.

—Eso no es verdad; no se me ocurrió a mí eso de…

—¡Shhh! —le interrumpió Nash.

Los cuatro monos proceden del templo Tosho-gu de Nikko, en Japón, que cuenta con tres monos tallados sobre la entrada. El primero se tapa los oídos; el segundo, los ojos; el tercero, la boca, y representan el proverbio «No escuches el mal, no veas el mal, no pronuncies el mal». El cuarto representa «No hagas el mal». El patrón del asesino se ha mantenido constante desde su primera víctima, Calli Tremell, hace cinco años y medio. Dos días después de su secuestro, la familia Tremell recibió una oreja suya por correo. Dos días después de eso, recibieron sus ojos. Dos días más tarde llegó la lengua. Su cuerpo fue hallado en Bedford Park dos días después de la fecha del matasellos del último paquete, con una nota agarrada en la mano que simplemente decía «No hagas el mal». Más adelante se descubrió que Michael Tremell, padre de la víctima, había estado implicado en una trama de juego clandestino para enviar millones de dólares a cuentas en paraísos fiscales…

Nash apagó la radio.

—Siempre se lleva a una hija o hermana para castigar al padre por algún tipo de delito. ¿Por qué esta vez no? ¿Por qué no se ha llevado a Carnegie?

—No lo sé.

—Deberíamos poner a alguien a revisar las finanzas de Talbot —sugirió Nash.

—Buena idea. ¿A quién tenemos?

—¿Matt Hosman?

Porter asintió.

—Haz esa llamada. —Se metió la mano en el bolsillo del pecho, sacó el diario y lo lanzó al regazo de Nash—. Después, lee esto en voz alta.

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