El Cuarto Mono
88. Porter. Día 2 – 17:33
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Porter
Día 2 – 17:33
Porter se detuvo justo antes de alcanzar el rellano de la tercera planta. El pequeño espacio de sesenta centímetros por metro veinte estaba cubierto de polvo y de envoltorios desechados de comida rápida. Las paredes estaban pintadas de color verde lima.
Oyó una voz.
Bate en mano, subió los últimos escalones barriendo de un lado a otro con la luz de la linterna, en una oscuridad cada vez más impenetrable.
—¿Es que se ha cansado ya, Sam?
A la voz le siguió un crujido rápido y estático; después, silencio.
—¿Dónde estás, Bishop? —dijo Porter, y su voz le sonó más alto de lo que esperaba al rebotar el eco de sus palabras por el hormigón.
—Ya sé que no está en forma, pero vamos, hombre, que he visto a ancianitas con su andador subir un tramo de escaleras más rápido que usted.
—Que te jodan.
—Quizá le venga bien el ejercicio, quemar un poco de esa panza. —Crujido.
Porter localizó la radio al llegar al rellano: una Motorola negra pequeña con una antena de goma que estaba de pie, apoyada en la contrahuella del primer escalón del siguiente tramo de escaleras.
Cuando Bishop volvió a hablar, un pequeño led rojo se encendió al ritmo de su voz.
—¿Qué le parece una cancioncilla para pasar el rato? ¿Le apetece, Sam?
Porter cogió la radio. La voz de Bishop canturreaba entre crujidos.
—«Ganso, ganso, ganso, ¿hacia dónde iré sin descanso? Arriba y abajo, y por todas las habitaciones, donde vi a un viejo que no quería rezar sus oraciones. Lo agarré de la pierna izquierda ¡y lo tiré por los escalones!». ¿Se ha preguntado alguna vez por el origen de esa cancioncilla para niños, Sam? A ver, es un poco siniestra para los críos, pero cantársela, se la cantamos. Cómo disfrutaba mi madre cantándomela siempre que subíamos o bajábamos un tramo de escaleras.
Porter presionó el botón de la radio y se llevó el micrófono a los labios.
—Voy a por ti, chalado de mierda.
—¡Sam! —respondió la voz de Bishop—. Por fin lo ha conseguido. Estaba empezando a preocuparme por usted.
—¿Dónde estás, Bishop?
—Muy cerca, Sam. Quería esperarle. Sabía que lo resolvería. Usted es el más listo de esa panda suya de tarados. Ha hecho falta un poquito de ayuda, pero lo ha conseguido. Estoy muy orgulloso de usted.
—He encontrado los ojos. ¿Emory sigue viva?
Bishop suspiró.
—Lamento mucho no haber tenido tiempo para envolvérselos. Temía que una rata los encontrase antes de que usted llegara y se largase con un suculento bocado entre los dientes. Tampoco podía hacer demasiado al respecto, pero me alegro de que llegara usted antes.
Porter se percató de que los tenía que haber tapado con algo. No había pensado en las ratas.
—¿Dónde estás?
Bishop contuvo la risa.
—Ah, me temo que todavía le queda un trecho. El ascenso no puede ser fácil con esa herida. Lo lamento sinceramente. Espero no haberle hecho demasiado daño, pero tuve que improvisar. Usted y sus amigos me han puesto en un verdadero aprieto. —Cortó la comunicación por un segundo y prosiguió—: Será mejor que aumente el ritmo, Sam. No nos queda mucho tiempo. Con herida o sin ella, aún tiene mucha escalera por delante.
Porter empezó a subir de nuevo. Se le había agarrotado la pierna por quedarse quieto, aun por un momento tan breve. Obligó a los músculos a responder y apretó los dientes cuando llegó el dolor. A cada paso sentía como si volviese a tener el cuchillo en el muslo, atravesando músculo y tejido adiposo.
—Déjame hablar con ella. Eso me lo debes. Déjame comprobar que sigue viva.
Recibió por respuesta un ruido estático, y a continuación resonó la voz de Bishop en el minúsculo altavoz.
—Me temo que Emory no se puede poner ahora mismo.
Porter dobló el recodo de la cuarta planta y continuó subiendo; le ardían los pulmones.
—Y bien, ¿lo ha terminado? —preguntó Bishop.
—¿Terminar el qué?
—Ya sabe qué.
—¿Esa especie de diario tuyo?
—No se burle de mí, Sam. Jamás se burle usted de mí. Burlarse es una maldad, una maldad por la que no siento mucho aprecio.
Sam se secó la frente con el hombro de su camisola de hospital.
—Pues tu madre se burló de ti al final. ¿Cómo te sentó eso?
—Así que lo ha terminado.
—Sí, lo he terminado.
—Mi madre era una mala bruja que se merecía lo que fuera que le sucediese —dijo Bishop.
—Suena como si tu madre fuese una fiera en la cama. Tenía a todo el mundo comiendo de la palma de su mano. Las más macizas siempre están locas.
—Ya veo lo que intenta hacer, y no le va a funcionar, así que póngale fin a las pullas ahora mismo —le soltó Bishop en respuesta.
—¿No volvieron, entonces? ¿Te dejaron ahí?
Sonaron varios clics en la radio, como si Bishop estuviera pulsando el botón de hablar una y otra vez, en una rápida sucesión, como si fuese un tic nervioso.
—¿Se acuerda de las cerillas? Quemé la casa hasta los cimientos, con la gente de Talbot dentro, achicharrándose. Se me ocurrió aprovechar aquella gasolina que el señor Desconocido y Smith habían echado por todas partes. Los bomberos llamaron a protección de menores, y me llevaron a un sitio que llaman «centro de rehabilitación». Me pasé dos semanas allí antes de que me asignaran mi primera familia de acogida. Nadie tenía la menor idea de que yo había iniciado el fuego. Si madre volvió a por mí alguna vez, yo no me enteré.
—Suena como si se hubiese largado hacia el atardecer con esa tal señora Carter y no quisiera tener que cargar con el mocoso de su hijo en esa fantasía suya en plan Thelma y Louise. Jamás tuvieron ninguna intención de llevarte.
—Estaba mejor sin ellas.
—¿Con los servicios sociales? Sí, supongo que tienes razón. Si de verdad sucedió la mitad de lo que escribiste, creciste en una casa bien jodida.
—Esa boca, Sam, esa boca.
—Cierto, no pronuncies el mal. Lo siento. Lo último que querría es violar una de las normas de tu bendito padre.
Quinta planta.
—Tu madre quería que tu padre muriese ese día, lo había planeado. Lo suyo con él había terminado. ¿Quién se estaba tirando al rubio? ¿Tu madre o la señora Carter? ¿Las dos? Demonios, seguro que ese tío se las cepillaba a las dos mientras tú te toqueteabas la picha en el rincón.
—Esa boca, Sam.
—Que te den por culo, Bishop. «Demonios» no es una palabrota.
Bishop respiró hondo.
—Maldecir en cualquiera de sus fórmulas es señal de una mentalidad débil, y yo sé que usted es cualquier cosa menos una persona de mentalidad débil. Seguro que ya tiene ideado un plan para arreglar las cosas con el tipo que disparó a su mujer. ¿Cómo se llamaba? ¿Campbell? Salió usted de allí tan tranquilo y tan magnánimo, pero yo vi la ira arder detrás de su mirada, el odio.
—No todos buscamos venganza.
Bishop contuvo la risa.
—Si le encerrase con él y le asegurase a usted que hiciera lo que hiciese no tendría repercusiones, ¿no le haría daño al chico? ¿No le metería una bala entre ceja y ceja? ¿No sacaría un cuchillo y lo rajaría del cuello a la ingle para verlo desangrarse? No se engañe usted, Sam. Todos lo llevamos dentro.
—Pero nosotros no lo llevamos a la práctica.
—Algunos sí lo hacemos, y el mundo es un lugar mejor gracias a eso.
Porter dejó escapar una risita.
—A lo mejor tu madre no habría salido corriendo sin ti si no fueras un crío llorón tan gilipollas. Quizá los tres te hubieran incluido en su maravilloso plan. Podrías haber disfrutado de una vida con tu nuevo papi y tus dos mamis, y lo que cojones fuese que tenían escondido en las cajas de seguridad.
Bishop soltó una risa suave.
—Seguro que sus amigos de la Cincuenta y uno tienen planeado dejar abierta la celda de Campbell esta noche y dejarle entrar a usted por la puerta de atrás para que pueda mantener una bonita charla en privado con él. Y si lo encuentran colgado de las vigas por la mañana, ¿de verdad le iba a importar a alguien? Nadie derrama una sola lágrima por alguien como ese tío. Usted se lo merece, ¿verdad? Por lo que le hizo, ¿no?
—¿Cuál era su auténtico nombre? El del rubio.
Bishop no respondió de primeras, pero su voz sonó poco después con un crujido en el altavoz.
—Franklin Kirby.
—Tu madre y la señora Carter planeaban huir con Franklin Kirby desde el principio.
—Sí.
—Tu padre no formaba parte de ese plan.
Bishop no dijo nada.
—¿Cómo es que tu madre y la señora Carter conocían siquiera a Kirby?
Porter se dedicaba ahora a darle conversación. Ni Kirby ni los Carter ni los padres de Bishop le importaban una mierda, pero sabía que mientras mantuviese a Bishop charlando, no le estaría haciendo más daño a Emory. Y tenía que evitar que le hiciese daño a Emory.
Bishop volvió a hacer clic en el micrófono: cinco veces, una docena de veces.
—Kirby trabajaba con Simon Carter en el departamento de operaciones de la empresa de contabilidad. Creo que era el responsable de las salidas de dinero. Lo más probable es que planeasen entre los dos dividirse los fondos y conservar la documentación como garantía de que nadie iría a por ellos.
—Nadie iba a perseguir unos pocos millones de dólares y arriesgarse a que se filtrara una información que podría tumbar todo su negocio.
—Correcto.
—Pero, de alguna manera, Kirby le traicionó con la ayuda de tu madre —dijo Porter—. Y a su socio también. Lo mató así, por las buenas.
—Simon Carter maltrataba a su mujer. Ella vio una posible salida y la aprovechó. Yo creo que madre accedió a ayudarla a ella, y el otro hombre fue un daño colateral.
Porter sintió un hilillo templado en la pierna y bajó la mirada; otra vez le estaban sangrando los puntos. Se presionó el muslo con la mano y continuó subiendo.
—Viste el nombre de Talbot en las furgonetas y lo relacionaste, ¿no?
La radio se quedó en silencio.
—¿Bishop?
—Padre me enseñó a afrontar todas las situaciones con un plan meditado a fondo. A los dieciséis ya tenía varias identidades falsas. Es fácil hacerte con ellas cuando entras en el sistema de los servicios sociales. Empecé a conocer a una buena cantidad de futuros criminales desde el preciso instante en que puse el pie en mi primera residencia de menores. Eso sí, me mantuve limpio; evité las peleas y las drogas. Me concentré en una sola cosa y acabé consiguiéndola: trabajar para Talbot. Fui paciente. Comencé como becario y fui ascendiendo. Siempre se me dieron bien los ordenadores, un don, supongo. No me costó entrar en el departamento de informática. Seguí el rastro de los pasos de Simon Carter. Él lo había puesto fácil: ¿todos los documentos que robó? Hizo copias de seguridad en los propios servidores de la compañía y las dejó allí, delante de sus narices, bajo el nombre de clientes fantasma. En un plazo de dos años, tenía todo lo que él había reunido y más. El señor Carter había recopilado información sobre decenas de criminales de toda la ciudad que se remontaba cerca de veinte años. No solo tenía registros detallados de sus delitos, sino que además tenía registros contables de prácticamente cada dólar que cambiaba de manos. Esa era mala gente, Sam. Había de todo, desde el juego hasta la explotación sexual; todos ellos relacionados, todos ellos trabajando juntos en esa red clandestina de malicia que respiraba como un ser vivo. Me pasé los días trabajando para Talbot y las noches juntando todas las piezas.
—¿Vivías por tu cuenta a los dieciséis?
—Vivía en el West Side, en un piso de alquiler que estaba vacío. Compartía el apartamento con otros cinco chicos a los que había conocido en el sistema de acogida de menores. Cualquier cosa era mejor que las residencias de los servicios sociales. No me interrumpa, Sam, es de mala educación.
—Perdón.
Bishop prosiguió:
—Todos esos criminales vinculados como en una tela de araña, todos y cada uno, y resulta que había un hombre en el centro, un hombre que tenía mano en todo ello.
—Talbot.
—Tal vez fuera el socio de Kirby quien apretó el gatillo contra mi padre, pero detrás de aquel revólver se encontraba toda esta gente —dijo Bishop con solemnidad—. Y Talbot más que ningún otro.
—¿A cuántos has matado? —preguntó Porter casi sin resuello al doblar el recodo de la novena planta.
—Ya no soy tan puro, Sam, pero hice lo que había que hacer.
—Mataste a personas inocentes.
—Nadie es inocente.
—Déjame hablar con Emory —le volvió a pedir Porter.
Décima planta.
—Oiga, ¿quiere oír algo divertido?
—Claro.
Un grito surgió tanto de arriba como del minúsculo altavoz que Porter tenía en la mano, un grito de dolor tan espeluznante y desgarrador que lo sintió en su propia piel.
—Será mejor que se dé prisa, Sam. Vamos, vamos.