El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


10. Porter. Día 1 – 9:23

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Porter

Día 1 – 9:23

—¿Carnegie y Emory? A esa familia le voy a regalar por Navidad un libro de nombres para bebés —dijo Nash—. ¿Y cómo demonios te las arreglas para ocultar a una hija y a tu novia en uno de los áticos más caros de la ciudad sin que tu mujer se entere?

Porter le lanzó las llaves y rodeó su Charger hasta la puerta del acompañante.

—Tú conduces; tengo que seguir leyendo este diario. Podría haber algo útil en él.

—Puto vago, cómo te gusta que te lleve tu chófer. Paseando a Miss Porter…

—Que te jodan.

—Voy a encender la manzana; tenemos que darnos prisa de la buena. —Nash pulsó un interruptor en el salpicadero.

Porter llevaba sin oír aquel término desde que era un novato. Solían llamar «manzana» a las sirenas magnéticas de los coches de policía camuflados. Hacía mucho que habían desaparecido del panorama, sustituidas por unas tiras de luces led en el borde del parabrisas, tan finas que ni las veías desde el interior.

Nash puso la palanca del cambio automático en la tercera posición sin levantar el pie del gas y giró hacia la verja de salida. El coche pegó un tirón y los neumáticos chillaron encantados al sentir la potencia.

—He dicho que podías conducir, no ponerte a jugar al Grand Theft Auto con mi buga. —Porter frunció el ceño.

—Conduzco un Ford Fiesta del 88. ¿Te haces una idea de lo que es eso? ¿De la humillación que siento cada vez que me subo, que oigo el chirrido de la puerta al cerrarla y arranco ese monstruoso motor de cuatro cilindros? Suena como un afilador eléctrico de lápices. Soy un hombre, necesito esto de vez en cuando. Dame ese placer.

Porter lo despachó con un gesto de la mano.

—Le hemos dicho al capitán que le llamaríamos después de hablar con Talbot.

Nash pegó un fuerte tirón del volante hacia la izquierda y adelantó veloz a un monovolumen pequeño que circulaba como es debido, dentro del límite de velocidad. Pasaron tan cerca que Porter vio los Angry Birds en la pantalla del iPad de la niña que iba bien sujeta en el asiento de atrás. La cría levantó la vista, sonrió al ver las sirenas y volvió a su juego.

—Le he enviado un mensaje desde Wheaton. Ya sabe que vamos a Flair Tower —dijo Nash.

Porter pensó en la niña del iPad.

—¿Cómo escondes a una hija durante quince años en el mundo actual? No puede ser fácil, ¿no crees? Registro civil aparte, ¿cómo mantienes algo así en secreto con internet? ¿Con todas las redes sociales? ¿La prensa? Talbot está en las noticias constantemente, sobre todo desde que puso en marcha ese proyecto nuevo a orillas del lago. Las cámaras le siguen a todas partes, a la espera de que vaya y la cague. Sería lógico pensar que alguien le hubiera sacado alguna foto, o algo similar.

—El dinero puede ocultar un montón de cosas —señaló Nash al doblar chirriando un recodo a la izquierda para reincorporarse a la autopista.

Porter suspiró y regresó con el diario.

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