El Cuarto Mono
12. Emory. Día 1 – 9:29
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Emory
Día 1 – 9:29
La oscuridad.
Se arremolinaba a su alrededor como las corrientes del océano más profundo. Fría y callada, reptando por su cuerpo con el tacto de un desconocido.
—Em —susurró su madre—. Tienes que levantarte. Vas a llegar tarde a clase.
—No —gruñó ella—. Un ratito más…
—Levántate ya, cariño, no te lo voy a repetir.
—Me duele mucho la cabeza. ¿Me puedo quedar en casa? —Su voz sonaba tenue y distante, saturada y cargada de sueño.
—No me voy a inventar por ti otra excusa para el director. ¿Por qué tenemos que pasar por esto todos los días?
Pero aquello no encajaba. Su madre había muerto hacía mucho tiempo, cuando ella solo tenía tres años. Su madre no estaba allí en su primer día de colegio. Jamás la había enviado a clase. Ella había recibido clases en casa la mayor parte de su vida.
—¿Mamá? —dijo en voz baja.
Silencio.
Le dolía muchísimo la cabeza.
Trató de forzar los párpados para abrir los ojos, pero estos le plantaron batalla.
Le dolía la cabeza, le palpitaba. Oía el golpeo de los latidos de su corazón, el ritmo rápido y marcado detrás de los ojos.
—¿Estás ahí, mamá?
Escudriñó la oscuridad a su izquierda en busca de los números iluminados en rojo de su despertador. Sin embargo, allí no había ningún reloj; su habitación estaba absolutamente a oscuras.
Por lo general las luces de la ciudad proyectaban un resplandor en el techo de su cuarto, pero esas también estaban apagadas.
No veía nada.
No es tu habitación.
La idea le vino rápido, una voz desconocida.
¿Dónde?
Emory Connors trató de incorporarse, pero sintió un mazazo de dolor en el lado izquierdo de la cabeza que le obligó a tumbarse de nuevo. Se llevó una mano a la oreja y se topó con un vendaje. Humedad.
¿Sangre?
Entonces recordó el pinchazo.
Había sido él, le había pinchado algo.
¿Quién era?
Emory no lo sabía. No podía recordarlo. Pero sí se acordaba del pinchazo. La había rodeado con el brazo desde atrás y le había clavado la aguja en el cuello. Un líquido frío le corrió bajo la piel.
Ella había intentado darse la vuelta.
Había querido hacerle daño. Eso era lo que le habían enseñado a hacer, en todas aquellas clases de defensa personal que su padre había insistido en que tomase. Castiga y lesiona. Dale duro en las pelotas, cielo. Esa es mi niña.
Ella quiso darse la vuelta con una patada bien colocada y un puñetazo en la nariz o en la tráquea, o quizá en un ojo. Quiso hacerle daño antes de que él se lo pudiera hacer a ella, quiso…
No se dio la vuelta.
Por el contrario, su mundo se oscureció, y la engulló el sueño.
Me violará y me matará, pensó mientras se le escapaba la consciencia. Ayúdame, mamá, pensó cuando todo se volvió negro.
Su madre se había ido. Estaba muerta. Y ella estaba a punto de unirse a su madre.
Estaba bien, era algo bueno. Le gustaría volver a ver a su madre.
Sin embargo, aquel hombre no la había matado. ¿Lo había hecho?
No. Los muertos no sienten dolor, y la oreja le iba a reventar.
Se obligó a incorporarse.
La sangre se le fue de la cabeza, y casi vuelve a perder el conocimiento. La habitación le dio vueltas durante un segundo antes de asentarse.
¿Qué le habría inyectado?
Había oído hablar de chicas a las que drogaban en fiestas y discotecas, que se despertaban en lugares desconocidos, con la ropa desmadejada y sin recordar nada de lo sucedido. Ella no había ido a ninguna fiesta; estaba corriendo en el parque. Él había perdido a su perra. Qué triste parecía allí de pie con la correa, llamándola a voces.
¿Bella? ¿Stella? ¿Cómo se llamaba la perra?
No era capaz de recordarlo. Tenía el pensamiento nublado, cargado de un humo que le estrangulaba las ideas.
—¿Por dónde se ha ido? —le preguntó ella.
El hombre tenía el ceño fruncido, rozando las lágrimas.
—Ha visto una ardilla y ha salido corriendo detrás de ella, por allí. —Señaló hacia el este—. Nunca se había escapado. No lo entiendo.
Emory se dio la vuelta al seguir su mirada la de los ojos de él.
Entonces notó el brazo alrededor del cuello.
El pinchazo.
—Hora de dormir, preciosa —le susurró al oído.
No había ninguna perra. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?
Tenía frío.
Algo le retenía abajo la muñeca derecha. Emory tiró y oyó el tintineo del metal contra el metal. Alargó la mano izquierda y exploró el acero liso alrededor de la muñeca, la cadenita delgada.
Unas esposas.
Encadenadas a lo que fuera aquello en lo que estaba tumbada.
Tenía la muñeca derecha esposada a algo. La izquierda la tenía libre.
Respiró hondo. El aire estaba viciado, húmedo y frío.
Que no te entre el pánico, Em. No te permitas ceder ante el pánico.
Sus ojos trataron de adaptarse a la oscuridad, pero estaba todo muy negro, absolutamente. Las yemas de los dedos acariciaron la superficie de la cama.
No, una cama no. Otra cosa.
Era de acero.
Una camilla de hospital.
Emory no estaba segura de cómo lo sabía, pero lo sabía, sin más.
Oh, Dios, ¿dónde estaba?
Sintió un escalofrío al percatarse por primera vez de que estaba desnuda.
Vaciló un instante, bajó la mano y se palpó entre las piernas. No estaba dolorida.
Si la hubiera violado, lo sabría, ¿no?
No estaba segura.
Solo había tenido relaciones sexuales en una ocasión, y le había dolido. No es que fuera doloroso, solo incómodo, y solo al principio. Su novio, Tyler, le había prometido que sería delicado, y lo fue. Se terminó rápido, también era su primera vez. Eso había sido tan solo unas pocas semanas atrás. Su padre le había dejado ir al baile de comienzo de curso en el instituto Whatney Vale. Tyler había pagado por una habitación en el centro estudiantil del campus, e incluso se las había arreglado para conseguir una botella de champán en alguna parte.
Dios mío, la cabeza.
Volvió a levantar la mano y palpó con cautela el vendaje. Tenía la oreja completamente envuelta. Algún tipo de esparadrapo lo mantenía en su sitio. Con suavidad, fue retirando el vendaje.
—¡Joder!
Sintió el aire frío como la hoja de una cuchilla.
Tiró del vendaje igualmente, y lo forzó hasta que pudo meter la mano bajo la tela.
Se le saltaron las lágrimas cuando sus dedos rozaron lo que le quedaba de oreja, una herida irregular en el mejor de los casos, con puntos y muy sensible.
—No…, no…, no… —lloró.
Su voz rebotó contra las paredes, y el eco regresó para burlarse de ella.