El Cuarto Mono
17. Emory. Día 1 – 9:31
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Emory
Día 1 – 9:31
Emory iba a vomitar.
El vómito le ascendía por el fondo de la garganta, espeso y repugnante. Lo retuvo y encogió el gesto ante el regusto nauseabundo.
Respiró hondo, y el aire se le trababa entre los sollozos.
¡Le había cortado una oreja! Pero ¿qué coño? ¿Por qué…?
La respuesta le sobrevino al instante, y volvió a coger aire con tal fuerza y tan rápido que silbó antes de toser con otro sollozo. Las lágrimas se le acumulaban en los ojos y le goteaban en las rodillas. Intentaba secárselas de las mejillas, pero llegaban más, ácidas y saladas.
Tenía hipo entre las respiraciones entrecortadas.
El cuerpo se le sacudía con violentos espasmos. Le goteaban los mocos de la nariz y se le mezclaban con las lágrimas. Justo cuando pensaba que ya se había terminado, una mezcla de temor, dolor e ira invadía su mente, y el patrón se reproducía de nuevo, y apenas se atenuaba un poco cada vez.
Cuando por fin se le pasó el ataque, cuando fue capaz de inhalar bien y retener el aire, se vio sentada en absoluto silencio. Tenía el pensamiento dolorosamente en blanco y acallado, el cuerpo achacoso, los músculos doloridos, la cara hinchada y roja. Rozó las esposas con los dedos en busca de algún tipo de mecanismo de apertura, con la esperanza de que no fuesen unas esposas de verdad, sino de esas que venden en los sex-shops o en las jugueterías: su amiga Laurie le había hablado de ellas, de que su novio quería utilizarlas y que ella le había dicho que nanay, ni hablar.
No había ningún mecanismo de apertura, y la pieza que le rodeaba la muñeca estaba tensa; no se iban a abrir sin una llave. Podría intentar forzar la cerradura, pero para ello tendría que encontrar algo que utilizar como ganzúa, y eso supondría ponerse a explorar.
¿A quién pretendía engañar? No tenía ni idea de cómo abrir una cerradura con una ganzúa.
Las esposas tenían una cadena inusualmente larga, de al menos medio metro, de esas que veías en las cárceles de las películas, donde llevan a los malos con grilletes en los tobillos y les hacen arrastrar los pies por un pasillo oscuro. Aquellas esposas estaban diseñadas para permitir cierta libertad de movimientos, pero no mucha.
Había oído hablar del Cuarto Mono. Todo el mundo en Chicago había oído hablar de él, y quizá en el mundo entero. No solo sabía que era un asesino en serie, sino también que torturaba a sus víctimas antes de matarlas, y que enviaba trozos de su cuerpo por correo a los familiares. Primero una oreja, después…
Emory se llevó la mano libre a los ojos. La habitación estaba a oscuras, pero aún distinguía unas leves siluetas. No le había tocado los ojos.
Todavía no. Ya tendrá tiempo de hacerlo, quizá cuando regrese.
El corazón le palpitaba con fuerza en el pecho.
¿Cuánto tiempo pasará antes de…?
No podía pensar en aquello. Simplemente, no podía.
La idea de que alguien le sacase los ojos, de que lo hiciese mientras ella seguía viva…
Y la lengua también, cariño. Que no se te olvide la lengua. Le encanta arrancar la lengua en tercer lugar y enviarle ese cachito de carne a papi y a mami. Ya sabes, justo antes de que, por fin…
Aquella voz en su cabeza le resultaba extrañamente familiar.
¿Es que no te acuerdas de mí, cariño?
Entonces lo supo; así, por las buenas, lo supo, y despertó su ira.
—Tú no eres mi madre —dijo Emory indignada—. Mi madre está muerta.
Dios. Se estaba volviendo loca. Hablaba sola. ¿Sería la inyección? ¿Qué le había pinchado? ¿Estaría teniendo alucinaciones? Quizá todo aquello no fuese más que una especie de sueño muy desagradable, un mal colocón. Podría estar…
Cariño, deberías tratar de dejar para más tarde las explicaciones del mal trago. ¿Para cuando tengas más tiempo, quizá? Yo creo que ahora mismo deberías concentrarte en encontrar una forma de salir de aquí. Ya sabes, antes de que vuelva. ¿No te parece?
Emory se sorprendió asintiendo.
Yo solo quiero lo mejor para ti.
—Basta.
Cuando estés a salvo. Hasta entonces…, esto es un aprieto muy serio, Em. No te voy a poder hacer una nota y sacarte de esta. Esto es mucho peor que el despacho del director.
—¡Cállate!
Silencio.
El único sonido era el de su propia respiración y el del bombeo de su sangre en la oreja, caliente y con punzadas de dolor bajo el vendaje.
Justo donde tenías la oreja, cariño.
—No, por favor. Cállate…
Será mejor que lo aceptes ya. Acéptalo y pasa página.
Emory bajó las piernas por el costado de aquella cama improvisada. Las ruedas chirriaron cuando la camilla rodó unos centímetros antes de chocar contra una pared y detenerse. Casi retiró los pies al tocar el cemento frío. Le ponía los pelos de punta no saber qué tenía debajo, pero quedarse quieta a la espera de que regresara su secuestrador no era una opción que estuviera dispuesta a considerar. Tenía que encontrar una salida.
Sus ojos forcejeaban contra la oscuridad en su intento de adaptarse y captar la más tenue luz, pero no había la suficiente, así de sencillo. Se llevó la mano a la cara, y apenas era visible a menos que la tuviera tocando prácticamente la nariz.
Emory se obligó a ponerse en pie y a hacer caso omiso de la sensación de mareo y del dolor en la oreja. Respiró hondo para mantener el equilibrio y se agarró al borde de la camilla, justo por debajo del punto donde estaban enganchadas las esposas, y permaneció inmóvil hasta que se le pasaron las náuseas.
Qué oscuro estaba. Demasiado oscuro.
¿Y si te caes, cariño? ¿Y si intentas andar, te tropiezas con algo y te caes? ¿Estás segura de que esto es inteligente? ¿Por qué no te vuelves a sentar y te aclaras las ideas? ¿Qué te parece eso?
Emory hizo caso omiso de la voz y estiró el brazo con timidez, la mano izquierda extendida en la oscuridad, los dedos buscaban a tientas. Al no hallar nada, dio un paso hacia el cabecero de la camilla, hacia la pared contra la que se apoyaba. La mano derecha en la camilla, la izquierda extendida. Un paso, después otro, después…
Los dedos encontraron la pared, y Emory casi retrocedió de un salto. La superficie áspera tenía un tacto húmedo y mugriento. Pasó la mano por ella con precaución, localizó una ranura y siguió el borde con la yema del dedo, trazando una horizontal hasta que encontró otra ranura, esta vertical. El patrón se repetía unos treinta centímetros más abajo. Rectángulos.
Bloques de hormigón ligero.
Ya sabes, donde hay una pared, suele haber otra. A veces hay una puerta o una ventana o dos. ¿Algún inconveniente con un paseo por el perímetro? ¿Averiguar en qué clase de lío te has metido? Aunque estás atada a esa camilla tan molesta…, no estás en condiciones de moverte.
Emory tiró de la camilla hasta que se movió el armazón y rodó un par de centímetros con un chirrido de las ruedas. Hizo fuerza con la mano en la barandilla. Con solo agarrarse a la estructura metálica, aferrarse a algo, ya se sentía un poco más a salvo. Era una tontería, estaba claro, pero…
Es una muleta. ¿No es así como se le llama?
—Que te den por culo —masculló.
Con la mano izquierda en la pared y la derecha tirando de la camilla, avanzó centímetro a centímetro, arrastrando los pies. Iba contando por el camino en un intento de trazar un mapa mental de aquel espacio. Dio doce pasos antes de encontrar el primer rincón. Emory calculó que la primera pared tendría unos tres metros de largo.
Continuó a lo largo de la segunda pared. Más bloques de hormigón ligero. Recorrió la pared con los dedos, de arriba abajo, en busca de un interruptor de la luz, una puerta, cualquier cosa, pero no encontró nada; solo más bloques.
Emory se detuvo un segundo y miró hacia arriba. No pudo evitar preguntarse… ¿Qué altura tendría la habitación? ¿Tendría algún techo?
Pues claro que tiene techo, cariño. Los asesinos en serie son gente lista; no eres la primera chica que trae a su circo. ¿A cuántas se ha llevado ya? ¿A cinco? ¿Seis? A estas alturas es probable que haya convertido sus rutinas en toda una ciencia. Estoy segura de que esta habitación está bien sellada. Pero deberías seguir explorando. Me gusta esto. Es mucho mejor que sentarse a esperar a que vuelva. Eso es una locura. Esto tiene un objetivo. Demuestra iniciativa.
Continuó desplazándose por la habitación. La camilla se opuso de nuevo cuando Emory giró en la esquina, y pegó un tirón a la estructura, hacia ella, furiosa.
Oye, se me acaba de ocurrir algo. ¿Y si te estuviera observando? ¿Y si tiene cámaras?
—Está demasiado oscuro.
Las cámaras infrarrojas graban en la oscuridad como en pleno día. Es probable que tenga los pies apoyados en lo alto de alguna mesa, en alguna parte, viendo Tele-Emory con una enorme sonrisa de oreja a oreja en la cara. La chica desnuda en una caja. La chica desnuda intentando salir de la caja. La última tardó treinta minutos en aventurarse tan lejos por la habitación. Esta va que se sale…, ha llegado hasta ahí en veinte. Qué emocionante. Qué entretenido.
Emory dejó de moverse y se quedó mirando a la oscuridad.
—¿Estás ahí? ¿Estás… observándome?
Silencio.
—¿Hola?
A lo mejor es tímido.
—Cierra la boca.
Me la juego a que tiene los pantalones por los tobillos y la minga fuera, con un letrero de «No molestar» en la puerta. Tiene puesto Tele-Emory a Oscuras, y la fiesta no ha hecho más que empezar. Esta seguirá con nosotros. ¿Habéis visto qué bote ha pegado?
—Ahora sé que no eres mi madre; ella jamás habría dicho eso —dijo Emory.
Pues yo creo que está observando. ¿Por qué si no te ha quitado la ropa? Los hombres son unos pervertidos, cariño. Todos ellos. Cuanto antes te des cuenta de eso, mejor.
Emory se dio la vuelta en un lento círculo y escrutó la oscuridad con la cara orientada hacia arriba.
—Aquí no hay cámaras. Vería el puntito rojo.
Cierto. Porque todas las cámaras tienen un puntito rojo. Unas lucecitas rojas intermitentes que se ven a un kilómetro de distancia. Tengo muy claro que, si yo fuera un fabricante de cámaras, jamás me plantearía hacer una sin su puntito rojo intermitente. Estoy segura de que hay un comité de supervisión que comprueba todas y cada una de ellas para asegurarse…
—¡¿Por qué no te callas de una puta vez?! —gritó Emory. Se sonrojó entonces. Joder, estaba discutiendo consigo misma.
Yo solo digo que no todas las cámaras tienen el puntito rojo, nada más. No hace falta ponerse de uñas.
Emory soltó un suspiro de frustración y volvió a estirar la mano hacia la pared. Se imaginó mentalmente la habitación como un cuadrado gigantesco. Había comprobado dos paredes sin dar con la puerta. Eso le dejaba otras dos.
Comenzó a avanzar muy poco a poco por la tercera pared, tirando de la camilla, siguiendo con los dedos el ya conocido patrón de los bloques de hormigón ligero, abriendo una senda a través de la espesa capa de polvo. Ninguna puerta.
Quedaba una pared.
Tiró de la camilla, más furiosa ahora que asustada, contando los pasos. Cuando llegó a doce y sus dedos dieron con el rincón, se detuvo. ¿Dónde estaba la puerta? ¿La había pasado por alto? Cuatro esquinas, cuatro giros a la izquierda. Sabía que había descrito una vuelta completa. Porque la había dado completa, ¿verdad?
¿Era posible que la habitación no tuviese puerta?
Bueno, yo diría que eso es un diseño lamentable. ¿Quién hace una habitación sin una puerta? Seguro que has pasado por delante de la abertura y no te has dado cuenta.
—No me la he saltado. No hay puerta.
¿Y cómo has entrado tú, entonces?
En lo alto, por encima de ella, un clic retumbó sobre las paredes. Sonó sobre ella una música tan alta que sintió como si alguien le clavara cuchillos en los oídos. Se llevó de golpe las manos a ambos costados de la cabeza, y sintió que un relámpago de dolor la recorría cuando la mano izquierda impactó contra la piel sensible allí donde antes tenía la oreja. Las esposas se le clavaron en la otra mano. Se inclinó hacia delante y chilló de dolor. Aun así no pudo aislarse de la música: una canción que ya había oído antes. Mick Jagger aullando algo sobre el diablo.