El Cuarto Mono
20. Clair. Día 1 – 13:17
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Clair
Día 1 – 13:17
Clair se encontró de pie ante una escultura grande de acero inoxidable en el parque de A. Montgomery Ward. Según la placa, se llamaba «Anillo conmemorativo a ras de suelo». Ya lo había visto unas cuantas veces a lo lejos, al cruzar la calle Erie con el coche, pero ahora, desde tan cerca, no le quedaba más remedio que reconocer que no tenía ni puta idea de lo que se suponía que era aquel montón de metal. Para Clair, era como si Godzilla se hubiera zampado todo el acero inoxidable del inventario de una tienda de electrodomésticos antes de cagarlo en aquel parque tan impoluto.
Se protegió los ojos del sol y estudió los alrededores.
El parque no era muy grande, pero entendía el atractivo, en particular para una corredora como Emory. Un camino recorría el perímetro y bordeaba la orilla oeste del río. Localizó un parque de juegos con columpios a su izquierda y una zona grande vallada a su derecha. Dentro, no menos de diez perros corrían con sus dueños persiguiendo pelotas, Frisbees y a algún que otro niño pequeño.
Contó a doce personas allí dentro con los perros. En la otra punta del parque, seis adultos estaban repartidos por la zona de juegos en diversas poses de vigilancia infantil. Clair lanzó mentalmente una moneda al aire, decidió que había salido cara y echó a andar hacia los columpios.
Al acercarse, las diferentes madres y los dos hombres la miraron con cautela.
—¡Eh, hola! —dijo Clair con su tono más encantador.
No lo bastante encantador: los dos hombres pusieron una sonrisa forzada mientras lanzaban miradas nerviosas al resto del grupo. Tres de las madres cogieron a sus hijos de la mano. Una, incluso, escondió a su hija detrás de ella. Estaba claro que hacía falta un crío para que te invitaran a aquella fiesta privada: los adultos desconocidos que se paseaban a solas por el parque no eran bien recibidos. Clair estaba empezando a replantearse su decisión. Aquella gente tenía pinta de morder mucho más que los perros del otro extremo del parque. Mostró su identificación.
—Soy la detective Norton, de la Metropolitana de Chicago. Voy a necesitar su colaboración.
Detrás de ella se detuvieron entre chirridos tres coches patrulla y una furgoneta del Laboratorio de Criminalística, con las luces encendidas pero sin hacer sonar las sirenas. De ellos se bajó en tromba una docena de agentes. Se abrió la puerta de atrás de la furgoneta, y tres técnicos se unieron al grupo.
Una mujer vestida con unos pantalones negros de sport y un jersey gris sacó a su hija de un columpio y se acercó.
—¿Qué está pasando?
Clair sabía que si mencionaba al CM, aquel grupo agarraría a sus hijos y desaparecería por las ajetreadas calles del mediodía antes de que a ella le diese tiempo de hacer una sola pregunta. Ser imprecisa no es mentir, se dijo. Se me da bien ser imprecisa.
—Creemos que una chica desapareció ayer de este parque. Si nos pueden dedicar unos minutos, nos gustaría hacerles algunas preguntas.
No pasó un suspiro cuando todos se pusieron a hablar a la vez: primero entre ellos y después con Clair. Era incapaz de entender una sola palabra. Tres de los niños se echaron a llorar sin más razón que el simple hecho de que se los oyese más que a los adultos. Clair levantó las manos por encima de la cabeza.
—¡Necesito que todos guarden silencio, por favor!
Un cuarto niño empezó a chillar. En la otra punta del parque ladró un perro, seguido de otro, y de otros dos más a continuación. En cuestión de segundos, habían fundido sus voces en un caos de ruido ensordecedor.
—¡Basta! —gritó en el típico tono que se reservaba para los novios justo antes de poner fin a la relación y mandarlos a tomar viento.
Los adultos guardaron silencio, y los niños siguieron rápidamente su ejemplo, todos menos uno regordete que se encontraba cerca del balancín. Continuó llorando con unos sollozos enormes y pesados, con la cara roja y cubierta de una mezcla de mocos y lágrimas.
La mujer del jersey gris cogió a su hija y la hizo subir y bajar con delicadeza entre sus brazos.
—¿Se la llevaron de aquí? Hacemos todo lo que podemos para vigilar a los niños, como grupo. Este es un buen barrio, pero una ya nunca sabe con quién trata, hay mucho pirado por ahí. —Hizo una pausa de un segundo y se quedó boquiabierta—. Dios mío, ¿se han llevado a la niñita de los Anderson? No he visto hoy a Julie ni a su madre. Es una pequeña tan dulce. Espero que no le…
Clair levantó la mano.
—No es una niña.
Un murmullo de alivio recorrió el grupo entre susurros. La mujer del jersey gris lanzó a los demás una mirada en plan «yo me encargo de esto» y volvió a dirigirse a Clair.
—¿A quién, entonces?
Al parecer, aquella era la jefa de las madres, porque el grupo cedió ante ella. Hasta el llanto de los críos parecía empezar a decaer.
Clair cargó en la pantalla del móvil la foto que había recibido de Kloz y se la mostró a la mujer.
—Se llama Emory Connors. Tiene quince años. Creemos que vino ayer al parque hacia las seis de la tarde y fue secuestrada. ¿La reconoce?
La mujer alargó la mano hacia el teléfono.
—¿Puedo?
Clair asintió y se lo entregó.
La frente se le arrugó al fijarse bien en la pantalla. Entrecerró los ojos y se volvió hacia el grupo.
—¿Martin?
Los dos hombres se encontraban en la parte de atrás del grupo. El de la derecha, que vestía unos pantalones caqui y una camisa de color celeste, se subió las gruesas gafas por el puente de la nariz y se acercó. La mujer le entregó el teléfono.
—Es ella, ¿verdad?
Afirmó con la cabeza.
—Dios mío, ya te dije que algo iba mal. Teníamos que haber llamado a la policía.
Clair recuperó el teléfono y se lo enganchó con un clip en el cinturón. Acto seguido se sacó del bolsillo de atrás un cuadernillo de notas y un bolígrafo.
—¿Martin? ¿Cómo se apellida, Martin?
—Ortner. Martin R. Ortner. —Empezó a deletrearlo, pero ella le hizo un gesto con la mano y le dio a entender que no era necesario.
—¿Y usted? —preguntó, volviendo a dirigir la mirada a la mujer.
—Tina Delaine —dijo ella—. La mayoría de nosotros viene por aquí un par de veces a la semana. Sin embargo, en esta época del año intento salir a diario. Ya sabe, mientras siga haciendo bueno. Es mejor que estos críos quemen aquí todas las energías, en vez de hacerlo en casa.
Clair tomó nota de los niños. Aparte de unos pocos que no se separaban de sus madres, se arremolinaban alrededor de los columpios. Todos menos el crío del balancín, que estaba ocupado limpiándose los mocos de la cara con el jersey. ¿Dónde estarían sus padres? Se dio la vuelta hacia Tina Delaine.
—¿Qué es lo que vieron?
Tina tomó la voz cantante.
—Esa chica corre por aquí casi todos los días. Ayer, cuando dobló aquel recodo, la perdí de vista entre los árboles. Suele aparecer por el otro lado unos segundos después, pero ayer no lo hizo. Se lo dije a Martin, y decidimos ir a ver si le había pasado algo. Íbamos por la mitad del camino hasta allí cuando salió un hombre de entre los árboles, con ella en brazos. Nos dijo que la había visto torcerse un tobillo e irse al suelo, y que se había dado un golpe en la cabeza al caerse. Nos dijo que la conocía, y que se la llevaba al hospital, que eso sería más rápido que llamar a una ambulancia. Antes de que pudiésemos responderle, se marchó corriendo, la metió en el asiento del acompañante de su coche y salió pitando.
—¿Y no llamaron ustedes a la policía? —le preguntó Clair con el ceño fruncido.
—Es que nos dijo que la conocía —respondió Martin con voz débil.
—¿Qué tipo de coche conducía?
Tina frunció los labios.
—Un Toyota blanco.
Martin hizo un gesto negativo con la cabeza.
—El coche no era blanco. Era beige.
—No, tenía un Toyota blanco. Estoy segura.
—Seguro que no era blanco. Era beige, o quizá plateado. Y no conducía un Toyota. Yo creo que era un Ford, un Focus o un Fiesta.
—¿Dónde estaba aparcado?
Martin señaló hacia una pequeña hilera de aparcamientos al final de la calle Erie.
—Ahí mismo, justo debajo de esa farola.
Clair miró hacia allá. No vio ninguna cámara de seguridad.
—Vale, todos ustedes, quédense aquí un minuto. Voy a enviar a uno de los agentes para que les tome declaración.
—¿Nos van a hacer eso del dibujante? —preguntó Tina—. ¡Siempre he querido hacer eso!
—¿Y una rueda de reconocimiento? —intervino Martin.
—Por favor, limítense a esperar aquí —les dijo Clair antes de darse la vuelta y salir con paso airado hacia el grupo de agentes de policía.
El teniente Belkin la reconoció y le hizo un gesto para que se aproximara.
—Tengo agentes preguntando arriba y abajo por Erie y por Kingsbury. ¿Qué historia es esta?
Clair le hizo un gesto inclinando la cabeza hacia la brigada de madres.
—Esos dos que ves ahí delante dicen que la ven corriendo por el parque con regularidad. Ayer, la chica siguió el camino que se mete detrás de esos árboles, desapareció durante demasiado rato y luego un tío la sacó en brazos. Tal vez estuviese inconsciente. Les dijo que la chica se había caído y se había hecho daño en la cabeza, que se la llevaba al hospital. Les dijo que la conocía.
Belkin se quitó la gorra y se pasó la mano por el cabello rubio que ya le clareaba.
—Jesús, ¿y se la llevó así como así? ¿Se fijaron bien en él?
—Le vieron meterla en un Toyota o en un Ford blanco, beige o tal vez plateado —dijo Clair—. Si tienen tan mala memoria con el vehículo vas a necesitar mucha suerte para sacarles una descripción física. Yo solo he hablado con los dos de delante. También tenemos que preguntar a toda esa gente del parque de los perros. Tráete a alguien para acá y asegúrate de que nadie intente escabullirse.
Belkin señaló a dos de los agentes que estaban agrupados delante de la furgoneta del Laboratorio de Criminalística y le dio instrucciones a su equipo.
Clair se lo agradeció con un gesto de asentimiento y se apartó para llamar a Porter e informarle. No era mucho, pero algo sí era.