El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


39. Diario

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Diario

El gato ya no olía, y fue una grata sorpresa. Al aproximarme, le di un toquecito a los restos peludos con la punta del zapato. Una colección de moscas echó a volar, y un par de bichos salió pitando de los restos. La escasa carne que quedaba tenía el aspecto de la cecina podrida, con pelo blanco y negro apelmazado. El cráneo parecía más pequeño, como si lo hubieran reducido los elementos. Era una bobada, por supuesto. Los gatos no encogen, aun en contacto con el agua, pero parecía más pequeño, desde luego, y eso desafiaba aquella lógica. Algo se había llevado la cola del gato. ¿Por qué querría la cola, de entre todas las cosas? La madre naturaleza y sus bichitos nunca dejaban de sorprenderme.

Tiré de la carretilla, y los paquetes amontonados de forma tan precaria amenazaron con caerse cuando una de las ruedas rebotó sobre una raíz que sobresalía del suelo. Al tocarlo, el contenido me pareció un poco blandengue, como la superficie de un globo de agua. Se me metió en la cabeza la imagen de mi propio dedo, que atravesaba una de las bolsas y se hundía, y me maldije por no haberme tomado un instante para coger un par de guantes. Pensé en ir corriendo a casa a por unos, pero me di cuenta de que padre, probablemente, preferiría que llevara a cabo la tarea con las manos desnudas. Si me pusiera guantes, estos podrían acumular pruebas, o generarlas, y entonces entraría en juego la cuestión de cómo deshacerse de ellos. No me los podría llevar a casa y arriesgarme a que la persona menos indicada los encontrase (y no digamos ya la enorme mancha del señor Carter que se estaba secando en el suelo de nuestro sótano), ni tampoco podía tirarlos al lago y arriesgarme a que alguien se los encontrara y le llevaran hasta mí. Padre me contó una vez que la policía era capaz de sacar huellas del interior de un par de guantes. Lo mejor sería ir sin ellos y lavarme las manos para eliminar cualquier mugre que se pudiera acumular.

Dejé caer el asa del carrito al llegar a la orilla y estudié las inmediaciones del lago. Podría haber por allí pescadores, bañistas u otros espectadores, ninguno de los cuales estaba invitado a mi particular fiesta. Sin embargo, el lugar parecía tranquilo: no había un alma en el agua ni por la orilla.

Convencido de estar solo, saqué la navaja, abrí la hoja y cogí el primer paquete. Lo rajé y volví la cabeza cuando surgió el olor pútrido y me hizo cosquillas en la nariz.

Pues bien, padre, a ver si es verdad que los pececitos disfrutan de un suculento bocado. Lancé el paquete hacia el centro del lago con todas las fuerzas que fui capaz de reunir. Jamás entraría en el equipo de fútbol americano del instituto, pero aquello recorrió una respetable distancia antes de entrar en el agua y desaparecer bajo la superficie.

—¡Mecachis en la mar! —maldije. Se me había olvidado pegarle las piedras con la cinta adhesiva.

Observé el lago esperando a ver cómo volvía a salir a flote el paquete envuelto en plástico, pero no llegó a suceder. Pasaron unos minutos, y el agua se quedó quieta.

Me volví hacia la carretilla y conté no menos de treinta paquetitos más. Iba a necesitar piedras, muchas piedras. Comencé a apilarlas junto a la carretilla. Cuando tuve las suficientes, las fijé a los paquetes con la cinta de embalar, con dos vueltas para asegurarme de que no se soltaran. A continuación, de uno en uno, rajé los paquetes para abrirlos y los lancé hacia el centro del agua. El peso añadido limitó mi alcance, pero aun así llegaron lo bastante lejos. Ya había nadado allí antes (y estaba bastante seguro de que jamás lo volvería a hacer después de aquel día), y sabía que el fondo caía de manera significativa a unos metros de la orilla. Desconocía la profundidad que tenía el lago en el centro, pero yo apenas podía adentrarme unos tres metros antes de que el agua me llegase por la barbilla: otro paso más y me vería obligado a nadar o a hundirme. Los paquetes estaban aterrizando a una distancia de entre cuatro y seis metros, y se estaban hundiendo hasta el fondo, seguro.

Tardé cerca de cuarenta minutos en completar mi encargo. Cuando vi por fin vacío el carrito, los hombros y la espalda se me quejaban por el ejercicio, y tenía la navaja brillante y rojiza. Sumergí la hoja en el agua y la limpié con el índice y el pulgar, froté hasta que el metal quedó reluciente. Me la guardé en el bolsillo y eché un último vistazo al lago. Me sentía bastante confiado respecto a que ninguno de los paquetes fuera a aparecer flotando, pero mentiría si dijera que aquel primer paquete no me preocupaba. Quizá me volviese a dar un paseo hasta allí un poco más tarde, aquel mismo día, para comprobarlo bien.

Dejé caer en la carretilla lo que quedaba de cinta, levanté el asa y eché a andar de vuelta por el camino hacia casa, donde me esperaba el hogar de los Carter.

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