El Cuarto Mono
42. Porter. Día 2 – 4:58
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Porter
Día 2 – 4:58
Porter encontró un sitio para aparcar a tres manzanas de su apartamento y echó a andar hacia su edificio. Había estado sentado ante la casa de Talbot durante la mayor parte de la noche, y, aparte de Carnegie, que llegó dando tumbos poco más allá de las dos, no hubo movimiento. Ni el menor rastro de Talbot.
Tanto Clair como Nash le habían llamado ya; las partidas de búsqueda no habían encontrado ningún rastro de Emory, ni en el edificio de Ediciones Mulifax ni en las obras de Moorings Lakeside.
Callejones sin salida.
Había seguido leyendo el diario en su puesto de vigilancia en casa de Talbot: tampoco dio fruto alguno, seguía divagando sobre la infancia. Porter estaba empezando a pensar que aquello no era más que una novela inventada con el único objetivo de hacerle perder el tiempo.
Otro callejón sin salida.
Emory estaba perdida ahí fuera, y ellos no tenían nada.
Al llegar ante su edificio «seguro», Porter se encontró la puerta abierta de par en par y golpeando al viento. Había también una buena pila de excrementos frescos de perro al pie de los escalones, sin duda del pitbull del 2C. No culpaba al perro, pero no tendría el menor problema en coger al dueño y restregarle en ellos la cara regordeta que tenía si se lo encontraba allí fuera a solas. Todo el edificio sabía que el tío dejaba que el perro hiciera sus cosas allí mismo, en aquel lugar; y también sabían que el hombre jamás lo recogía.
Carmine Luppo.
Aquel antiguo vendedor de bañeras de cincuenta y tres años se tiraba todo el día sentado jugando a los videojuegos, y solo salía del edificio el tiempo necesario para cobrar su cheque por incapacidad laboral, reponer sus existencias de cecina de ternera y conseguir que su adorable perrito se cagara al pie de los escalones de la entrada.
El mes anterior, seis de los vecinos hicieron turnos para intentar cazarlo con las manos en la masa y, aun así, él consiguió esquivarlos a todos. Tenía el aspecto de pesar ciento ochenta kilos, o sea que no era precisamente alguien que se moviera con sigilo, pero, sin saber muy bien cómo, aquel montón de caca de perro aparecía como salido de la nada.
Ahora hablaban de instalar una cámara.
Porter sugirió que comprasen el dominio www.cacadeperrotv.com y lo retransmitiesen en directo, que quizá podrían cobrar por los anuncios.
Metió la llave en su buzón, sacó el montón de cartas y las fue pasando rápidamente. Tres facturas, publicidad de una tintorería y la Guía TV.
Se desprendió de todo menos de la Guía TV. Le encantaba. Nunca veía la tele, no le hacía falta: todo cuanto necesitaba lo obtenía de aquella revista. En lo que a él se refería, la tele perdió su lustre cuando cancelaron la serie El increíble Hulk en mayo de 1982. Acabó resultando un poco más difícil subir los tres tramos de escaleras que bajarlos, y se encontró casi sin aliento cuando por fin llegó ante su puerta. Heather era vegana, y le juraba que, si cambiaba de dieta, perdería algo de peso y recuperaría energía. Porter suponía que tenía razón, pero cuando la veía comerse una hamburguesa de judías con brotes mientras él se zampaba una buena carne roja de la de toda la vida, sabía con certeza que no sería él quien recorriese la senda vegana en un futuro cercano. Prefería cargar con su creciente barriga antes que prescindir de la carne de vacuno. Ya había interiorizado su decisión, había aceptado sus consecuencias, de ahí que la bolsa que llevaba en la mano contuviese dos Big Macs fríos y una ración grande de patatas fritas.
Con un verdadero prodigio de destreza digital, abrió la puerta del apartamento y se las arregló para entrar sin que se le cayese absolutamente nada. Dejó la bolsa del McDonald’s sobre la encimera, se quitó el abrigo y fue al dormitorio.
La nota de Heather aguardaba en un lado de la cama, allí donde él la había dejado por la mañana.
He ido por leche.
Porter se sentó junto a la nota y respiró hondo, cogió su móvil y llamó a Heather. Sonó su mensaje del buzón de voz, seguido de un pitido.
—Hola, Cariño —pronunció aquellas palabras con una voz mucho más débil de lo que él esperaba. Se le hizo un nudo en la garganta—. Ha sido un día de locos. Dudo que consiga dormir algo, pero lo voy a intentar de todas formas. Es esa chica, Emory Connors. Tengo que encontrarla. Solo tiene quince años, Cariño. Se la ha llevado el Cuarto Mono. Ese cabrón hijo de puta. Por eso ha llamado Nash esta mañana. Por eso me he marchado tan… —Se quedó sin aire. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y se las secó con la manga de la camisa.
Intentó sofocar el primer sollozo conforme llegaba, pero el segundo fue más apremiante. Se supone que los hombres hechos y derechos no lloran. Quería parar, pero un arrebato emocional le recorrió el cuerpo, agotado. Se le revolvió el estómago y cayeron las lágrimas, en voz baja al principio, después más alto, y más alto aún cuando por fin cedió, se derrumbó entre las manos y el móvil se le cayó a un lado.