El Cuarto Mono
92. Porter. Día 3 – 8:24
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Porter
Día 3 – 8:24
Cuando volvió a abrir los ojos, Porter se encontró de nuevo en una habitación de hospital. Parecía la misma en la que había estado antes… ¿Qué hora era? Buscó un reloj, o su teléfono, pero no vio ni uno ni otro. La luz del sol entraba a raudales por la ventana y calentaba la manta sobre su cama. ¿De verdad había dormido toda la noche?
—¿Dónde está el maldito botón para llamar a la enfermera? —Buscaba palpando con las manos entre las sábanas, pero solo consiguió enredarse la vía intravenosa alrededor de la cabeza.
—Es que no se te puede dejar solo un minuto —dijo Nash, entrando con un vaso de una máquina de café y un paquete de regaliz Twizzlers—. Ya estoy viendo los titulares: «Detective escapa de asesino en serie para estrangularse él solo en la cama del hospital».
—No escapé. Nunca tuvo intención de matarme. —Porter tenía la voz ronca.
Nash alargó la mano en busca de un vaso de plástico que había en la mesilla de noche y se lo dio.
—Toma, prueba con esto. La enfermera lo ha traído hace cinco minutos.
—¿Qué es?
—Hielo machacado.
Porter cogió el vaso, se lo llevó a los labios, lo inclinó y se derramó agua helada por la barbilla y el pecho.
—Vale, a lo mejor ha sido hace más de cinco minutos. Supongo que se habrá fundido.
Nash metió la mano debajo de la cama y sacó el botón de llamada. Lo presionó una vez.
—Le pediré que traiga más.
Porter levantó la sábana y estudió la pierna recién vendada. Tenía magulladuras y raspones nuevos en los brazos. Le contó a Nash lo sucedido con Talbot.
—Quizá Watson, o Bishop, o como narices se llame nos haya hecho un favor.
Porter arqueó las cejas pero no dijo nada.
—Encontramos una caja con documentación en el apartamento de Bishop, y tenía suficiente información para implicar a veintitrés delincuentes distintos que actuaban en el área de Chicago y alrededores. ¿Y sabes qué es lo que tienen en común todos ellos?
—¿A Talbot?
—A Talbot.
—Me lo dijo Bishop.
Nash soltó un bufido.
—Si me hubieras preguntado por él hace una semana, te habría dicho que ese tío tenía posibilidades de convertirse en nuestro próximo alcalde.
—Podría haberlo sido, de no haber pasado esto.
—Aunque hay algo que me sigue mosqueando. ¿Cómo ha financiado Bishop todo esto? Le envió trescientos mil a Kittner por tirarse delante del autobús. ¿De dónde sacó tal cantidad de dinero? —preguntó Nash.
—Quizá la encontrase debajo del gato.
—¿Qué gato? —Nash frunció el ceño.
—Tienes que leer el diario.
Nash le dio un sorbo al café.
—Creo que me voy a esperar a que hagan la película.
Porter vio los Twizzlers.
—¿Me das uno de esos?
Clair Norton asomó la cabeza por la puerta.
—No me fastidies, ¿te han dado la misma habitación?
—Hola, mamá osa.
Se acercó y lo envolvió en un abrazo.
—Tú, cabrón, estás mal de la olla. Casi me están dando ganas de esposarte a la cama para que no vuelvas a salir corriendo.
Nash levantó la cabeza de golpe.
—Si él no quiere, yo me apunto.
Clair cogió el vaso de hielo ya vacío y se lo tiró.
—Pervertido.
—Sí, un orgulloso y destacado miembro del club.
Clair se volvió hacia Porter.
—¿Estás listo para una visita?
Porter se encogió de hombros.
—Si ya me las apaño con vosotros dos, creo que estoy listo para lo que sea.
Clair le estiró las sábanas y sonrió.
—No te muevas de aquí. Vuelvo enseguida.
Desapareció por la puerta y regresó unos segundos después empujando a una adolescente en una silla de ruedas. Tenía la cabeza y la muñeca vendadas y una palidez mortecina en la piel, pero aun así era inconfundible.
—Hola, Emory —saludó Porter en voz baja.
—Hola.
Porter se volvió hacia los demás.
—¿Podéis dejarnos un minuto?
Clair agarró a Nash de la mano y tiró de él hacia la puerta.
—Vamos a buscar algo de desayuno.
Nash lanzó una sonrisa a Porter y a Emory.
—Creo que le gusto.
Cuando la puerta se cerró a su espalda, la mirada de Porter regresó a Emory. Teniendo en cuenta por lo que había pasado, su aspecto era bueno. Por las pocas imágenes que había visto de ella, era evidente que Emory había perdido peso. Tenía la cara delgada y unas arrugas que por lo general no aparecen en la piel de una chica como ella hasta diez años después, más o menos. Porter sabía que eso se debía a la deshidratación y que desaparecerían con el tiempo. Sin embargo, sus ojos la delataban. No había en ellos la mirada de una cría de quince años; eran los ojos de alguien mucho mayor, alguien que había visto cosas que jamás debería haber visto.
—Bueno —dijo Porter.
—Bueno.
Porter señaló la mesilla de noche.
—Te ofrecería algo, pero ya no me queda siquiera hielo picado. En comparación con la media de las habitaciones de hospital, esta no está nada bien surtida.
Emory señaló la bolsa de la vía intravenosa que llevaba en la silla de ruedas.
—Ya me he traído yo el aperitivo, pero gracias de todas formas.
Porter se apoyó para incorporarse y sentarse. Era como si le diese vueltas la habitación.
—Vaya.
—¿Analgésicos?
Porter se pasó la lengua por los labios agrietados.
—Creo que me han dado algo bueno en este viaje.
Emory levantó la muñeca.
—Los que me dieron para esto eran buenos, y para la oreja también. Les he pedido que retrasaran mi dosis de esta mañana para poder venir a verle.
Porter miró al suelo.
—Siento mucho no haberte encontrado antes, Emory. Yo…
Pero ella ya le estaba haciendo un gesto negativo con la cabeza, y le puso la mano en el brazo.
—No se haga eso. Usted me encontró. La detective Norton me ha contado todo lo que ha hecho en estos últimos días, y no sé por dónde empezar a darle las gracias.
Emory siguió la dirección de la mirada del detective hasta su muñeca vendada.
—Me la operaron anoche. Hay algunos nervios dañados, y me rompí el escafoides, ese huesecillo de debajo del pulgar, pero conservaré la movilidad. Perderé algo de sensibilidad, pero podré utilizar todos los dedos como es debido, y el médico dice que me quedará bien. —Movió los dedos de forma alternativa para demostrárselo e hizo una mueca cuando sintió que el dolor la invadía.
—¿Y la oreja?
Porter no sabía muy bien por qué lo había preguntado. En condiciones normales, jamás habría hecho una pregunta como esa a no ser que ella le hubiera dado antes la oportunidad. Le echó la culpa a las medicinas.
—Creo que van a hacer que me crezca una nueva.
—¿Qué?
—Esta mañana he visto a un médico que me ha dicho que es capaz de utilizar cartílago de las costillas para hacerme una oreja nueva en el brazo —le explicó Emory—. Va a tardar cerca de tres meses, pero me ha dicho que no se podrá distinguir de la original.
Porter se volvió a echar sobre los almohadones.
—Fijo que esa mierda que me han chutado es de la buena. He creído oírte decir que te iban a hacer crecer una oreja en el brazo.
Emory soltó una risita. Qué bueno era oírlo.
Porter la miró, se fijó en aquellos ojos en los que había unas experiencias que no les correspondían, vio a la chica que había detrás de aquella mirada y supo que se iba a recuperar.
—¿Por qué no hablamos de tu madre? He oído hablar mucho de ella estos últimos días. Podemos comparar nuestras notas.
Emory sonrió.
—Eso estaría bien.