El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


59. Porter. Día 2 – 12:18

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Porter

Día 2 – 12:18

—Estás en tu casa —le dijo Porter a Watson mientras dejaba las llaves en una mesita cerca de la puerta principal—. Tienes permiso para husmear en el frigorífico. No sé muy bien lo que tengo ahí.

El recorrido desde la Cincuenta y uno hasta su apartamento lo habían hecho prácticamente en silencio. Watson había estado jugueteando en su asiento, y Porter hizo cuanto pudo para olvidar la cara del chaval que había disparado y matado a su mujer.

No funcionaba.

Hasta el último átomo de su cuerpo quería dar la vuelta y regresar, meterle al chaval la Beretta bajo la barbilla y apretar el gatillo hasta que la última bala hubiera salido de la recámara, y después emprenderla a golpes con lo que le quedara de la cabeza.

No estaba orgulloso de aquellos sentimientos. No los deseaba. No era un hombre violento, y Heather le habría echado un rapapolvo si supiera que albergaba un solo gramo de odio hacia aquel joven. Ella le diría que estuviese por encima de aquello, que no cediese a la ira. Le diría que la ira y el odio no la traerían a ella de vuelta, y que con tales pensamientos no conseguiría más que ennegrecerse el alma.

Y tendría razón, por supuesto. Heather siempre parecía tener razón, pero ser consciente de ello no cambiaba nada.

—¿Se encuentra bien? —Watson le miraba fijamente.

Porter asintió.

—Lo estaré. Solo necesito recobrar el aliento, recomponerme. —Vaciló, y a continuación añadió—: Gracias por bajar hasta allí conmigo.

—Lo que haga falta. ¿Es ella?

Hizo un gesto hacia una foto de la mesa.

Heather, tomada un año antes, más o menos.

Porter alargó el brazo y la cogió.

—Sí. Qué orgulloso de ella estaba aquel día. Siempre quiso ser escritora, garabateaba constantemente en un cuaderno. Envié uno de sus relatos cortos al Shirley Jackson Awards y ganó. Saqué esa foto justo después de la ceremonia de entrega de premios.

Porter agradeció que Watson no le pidiera más información.

—Vuelvo enseguida. Hazte algo de comer. —Volvió a hacerle un gesto con la barbilla hacia la cocina y le vio marcharse hacia allá.

Al entrar en el dormitorio le vibró el teléfono en el bolsillo, y se planteó dejar que la llamada fuese al buzón de voz, pero cambió de opinión. Un vistazo rápido a la pantalla le dijo que era Kloz. Pulsó el botón para descolgar y se llevó el móvil al oído.

—¿Sam?

—¿Sí?

—Tenemos un problema muy serio.

—¿Qué pasa?

—¿Te acuerdas de la huella que sacaste ayer de la vagoneta del túnel?

—Claro.

—Hay una coincidencia.

Porter se acercó al armario, se quitó la chaqueta y empezó con los botones de la camisa. El café estaba frío y pegajoso, y le llegaba hasta la mitad del brazo. Lo más probable era que tuviese que tirarla.

—Sam, la huella es de Watson. Solo que no es Watson. El nombre de la ficha de la base de datos de crímenes violentos del FBI es Anson Bishop. Acabo de hablar con el Laboratorio de Criminalística: a primera vista, su expediente parece estar en orden, pero cuando he empezado a escarbar me he encontrado con algunos agujeros. La ficha del ViCAP es falsa. No hay ningún Paul Watson. Es un alias de ese tal Anson Bishop. Sigo intentando juntar todas las piezas, pero ese chico tocó la vagoneta en algún momento antes de que tú bajases ahí con el equipo táctico. Eso significa que está implicado de alguna manera. Esto no es bueno, Sam, nada bueno. Sea quien sea ese tío, no pertenece a las fuerzas de la ley. ¿Dónde me dijiste que os lo encontrasteis Nash y tú?

—Ajá.

—Mierda. Está ahí contigo, ¿verdad?

Sip.

—¿Dónde estás? ¿Estáis solos?

Porter asomó la cabeza por la puerta del dormitorio y miró pasillo abajo, hacia la cocina.

—Sam, ¿estás ahí?

—¿Watson? —voceó Porter—. ¿Me queda alguna cerveza en el frigorífico?

—¿En tu apartamento? ¿Estás en casa?

—Sí, señor, es cierto.

Podía oír a Watson en la cocina o en el salón, pero no le respondía.

Porter se quitó los zapatos y salió del dormitorio sin hacer ruido, recorrió con la mirada el salón vacío y se dirigió hacia la puerta abierta de la cocina.

—¿Watson? —Porter levantó la mano muy despacio y soltó la cinta de cuero de la cartuchera. Los dedos se aferraron a la empuñadura de la Beretta cuando sacó el arma—. Ya sé que es temprano, pero la verdad es que me vendría fenomenal tomar algo que me tranquilice un poco.

Oía ligeramente a Klozowski, que le ladraba órdenes desde el otro lado de la línea.

—Mantenlo ahí, Sam. Ya tengo patrullas en camino.

—Claro, Kloz. Vente para acá. Watson y yo nos vamos a la relojería de su tío cuando salgamos de aquí; te puedes venir con nosotros.

—El coche más cercano está a cuatro minutos. ¿Dónde tienes al chico? ¿Lo ves? ¿Puede oírnos?

—Watson, como te estés comiendo todas las sobras de pizza, no me va a hacer ninguna gracia.

Apuntando con el arma, Porter entró de golpe por la puerta de la pequeña habitación.

Vacía.

El cuchillo grande se hundió en su muslo un momento antes de que viera a Anson Bishop con el rabillo del ojo.

—No se mueva —le susurró Bishop al oído desde detrás—. Tiene el cuchillo justo en la arteria ilíaca común, la más grande del sistema circulatorio pulmonar. Intente sacárselo y se desangrará en cuestión de segundos. Voy a ayudarle a echarse en el suelo. Suelte el arma.

—¿Quién eres…? —consiguió decir Porter, palabras que se deslizaron entre el rechinar de sus dientes.

—Suelte el arma. El teléfono también.

Porter hizo lo que le decía, y se quedó quieto mientras Bishop apartaba la pistola de una patada y después machacaba el móvil con la suela del zapato.

—¿Watson?

—Shhh, no hable —ordenó Bishop—. Ahora, despacito. Las rodillas primero; después tiéndase boca abajo…, eso es. Cuidado con el cuchillo.

Porter dejó que el joven lo ayudase. Podía sentir el peso del cuchillo en la pierna, pero Bishop sostuvo la hoja inmóvil con la mano libre hasta que él se encontró tumbado boca abajo sobre el suelo de parqué de su casa.

—Me imagino que su amigo ha enviado ayuda, así que no tendrá que esperar mucho. Si se fija, no hay demasiada sangre, y así seguirá mientras deje el cuchillo en la herida. Espere a que lleguen los profesionales; ellos sabrán cómo sacarlo. Después, un par de puntos y estará como nuevo. Lamento haber tenido que hacerle daño, sinceramente. Esperaba que dispusiéramos de más tiempo juntos; con lo bien que me lo estaba pasando. Como sucede con todo lo bueno, antes o después se tiene que acabar, y nos acercamos muy deprisa al final de la partida.

—¿Dónde está Emory?

Bishop sonrió.

—Por favor, dele recuerdos a Nash y a Clair. Si le sirve de algo, siento mucho lo de su esposa.

Porter giró la cabeza lo suficiente para verlo doblar la esquina y desaparecer por el pasillo. A lo lejos, las sirenas aullaban.

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