El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


65. Diario

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Diario

No recuerdo haberme dormido, pero me debí de quedar traspuesto en algún momento, porque me había tumbado boca arriba, y ahora estaba de costado con un charquito de saliva en la almohada, junto a mí. Aún llevaba puesta la ropa de la víspera con la excepción de las zapatillas de deporte, porque uno nunca debe tumbarse en la cama con los zapatos puestos, se quede o no sobre la colcha. Padre nos había dicho a madre y a mí que sería mejor que nos quedásemos vestidos para poder actuar con rapidez en caso de que el señor Desconocido regresara durante la noche.

Según el reloj de mi mesilla, eran casi las ocho.

Me levanté, me estiré y me dirigí a la puerta de mi cuarto.

La noche anterior había vuelto a colocar la silla debajo del picaporte. Estaba bastante seguro de que madre ya no querría hacerme daño, pero me imaginé que sería mejor pecar de cauteloso.

La silla crujió cuando la aparté, abrí la puerta y salí al pasillo.

Otra vez me encontré a padre dormido en el sofá. Quizá estuviera inconsciente. En el suelo, a su lado, había una botella vacía de ron especiado Captain Morgan, y roncaba bien fuerte.

La puerta del dormitorio de mis padres estaba cerrada. Lo más probable era que madre también estuviese profundamente dormida. Los dos se habían quedado despiertos hasta altas horas de la noche, discutiendo sobre nuestra situación. Quise quedarme con ellos, pero padre insistió en que descansara un poco. Creo que también quería hablar con madre a solas.

Aunque soy consciente de que escuchar a hurtadillas no es la conducta apropiada de un joven caballero en ciernes, lo hice de todas formas. Por desgracia, previeron mis actos, porque mantuvieron la voz baja y amortiguada, totalmente indescifrable desde mi posición. Imaginé que no habría acabado bien si madre había dormido sola en el dormitorio y padre había terminado en el sofá por segunda noche consecutiva. A menos, claro está, que hubiera decidido hacer guardia. De haberse asignado él la tarea, lo estaba haciendo fatal.

Si madre seguía en su cuarto, eso significaba que aún tenía que hablar con la señora Carter. Eso también estaba bien, pues quería tomar parte en aquella conversación, siempre y cuando me lo permitiesen.

Padre no tardaría en despertarse, probablemente, y sabía que de inmediato tendría un tremendo dolor de cabeza seguido por un apetito de semejantes proporciones, así que me dirigí a la cocina a preparar el desayuno. Veinte minutos después tenía en nuestra humilde mesa un plato de tostadas con un restregón de mantequilla, rodajas de naranja y una sartén de huevos revueltos con queso americano.

Como una niña al son del flautista de Hamelín, madre salió de su dormitorio con un bostezo y tomó asiento.

—¿Has hecho café?

En efecto, lo había hecho, así que le puse una taza delante y se la llené hasta el borde. Añadí dos terrones de azúcar y un poco de leche.

—Gracias.

Desde el sofá, padre soltó un gruñido y se despertó. Bajó los pies al suelo y se frotó los ojos, rojos y cargados de cansancio.

—¿Qué hora es? —Tenía la voz ronca, arenosa.

—Ocho cero siete —contesté—. ¿Le apetece un desayuno, padre?

Asintió, se levantó y se estiró delante de la ventana grande del salón.

—Dios mío.

Padre tenía la mirada fija en el exterior, pálido y boquiabierto.

—Ven a ver esto.

Madre y yo nos acercamos y nos unimos a él. Sentí como si tuviese el corazón agarrado en un puño y me apretasen.

El Dodge Aries de los Carter estaba de vuelta en la entrada de su casa. Tenía las dos puertas abiertas, y la ropa que con tanto cuidado había metido en el equipaje se encontraba desperdigada por el jardín y el camino. Y no solo por el jardín y el camino de los Carter, sino también por el nuestro. Vi una camisa colgando del almez del rincón de nuestra parcela. El rosal premiado de madre adornado con zapatillas de deporte y chanclas, y…

Cielo santo. El Porsche de padre. Habían bajado la capota negra, y la puerta del acompañante estaba entornada. Padre jamás se dejaría la capota quitada por la noche a menos que el coche estuviera en el garaje, y dejarse la puerta abierta era algo impensable, bajo ningún concepto.

Padre nos apartó y salió corriendo. Intenté impedírselo, temeroso de que quien hubiera hecho aquello (el señor Desconocido y su amigo, probablemente, pero no sería yo quien sacase conclusiones precipitadas) estuviese aún ahí fuera, pero no tuve la fuerza suficiente para retenerlo.

Al acercarme al coche me di cuenta de que no habían bajado la capota, sino que ya no estaba en su sitio. Alguien la había cortado con una cuchilla y había tirado los restos detrás del asiento del conductor.

Los daños no acababan ahí.

Las cuatro ruedas estaban pinchadas. Inspeccioné la que tenía más cerca y no me costó descubrir el lugar por donde la navaja había penetrado en el caucho. Había dos pinchazos justo en el flanco, lo cual eliminaba cualquier posibilidad de arreglar el neumático. Habría que sustituirlo. Di por sentado que los demás estarían en condiciones similares.

Ambos faros estaban machacados. El parachoques y el camino estaban cubiertos de trozos de cristal. Los pilotos traseros también habían sido destrozados. Alguien se había liado a patadas con ellos, o les había dado con un bate. Era difícil distinguirlo.

¿Cómo habían hecho todo aquello sin hacer ruido? Tendríamos que haber oído algo así, desde luego, ¿o no?

Habían garabateado unas palabras en la pintura, palabras gruesas, desagradables. ¿Y los asientos? La navaja que con tanta prisa había dado cuenta de la capota y de los neumáticos había llegado hasta el lujoso cuero negro, lo había rajado en finas franjas y había liberado un aluvión de relleno por el interior del coche.

Más o menos al mismo tiempo que padre, me percaté de que el capó delantero estaba ligeramente entornado, y ambos lo agarramos y lo levantamos. Habían soltado los cables que llegaban hasta la batería y después los habían invertido para asegurarse de que se estropeaban prácticamente todos los componentes eléctricos del coche. Aún se olía el azufre en el aire. Los daños de tal maniobra habrían sido instantáneos, pero el culpable se había tomado tiempo para apretar los cables en su posición invertida para causar el mayor destrozo posible. Sometida a tal esfuerzo, la batería había reventado, el ácido sulfúrico había reaccionado, se había salido por los orificios superiores de ventilación y había goteado por la rueda de repuesto y la caja de herramientas que padre guardaba en el maletero, bajo el capó de delante.

El capó trasero también estaba abierto. Faltaba el tapón del depósito del aceite del motor, igual que el del depósito del refrigerante. Ambas superficies estaban cubiertas con no menos de medio kilo de azúcar. No cabía duda de que lo habían echado en ambos depósitos.

Encontramos más azúcar en el borde del depósito del combustible.

Padre no podía sino quedarse mirando.

Tenía los ojos clavados en su amado Porsche, y le temblaban las manos en los costados.

El coche de madre no había quedado mucho mejor. Su Ford Tempo tenía las cuatro ruedas pinchadas y el capó abierto.

Eché un vistazo en busca del Plymouth verde, pero no había ni rastro de él.

Madre miraba hacia la casa de los Carter. La puerta principal estaba abierta.

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