El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


67. Diario

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Diario

La hierba aún estaba húmeda con el rocío de la mañana y tenía un tacto esponjoso bajo la suela de los zapatos. Me dirigí hacia la casa de los Carter sin pensármelo demasiado, y, aunque no podía oírlos, sabía que mis padres venían apenas unos pasos detrás de mí. Me esperaba que uno de los dos me dijera que me detuviese, que aguardase o que me situara detrás de ellos, pero tal indicación nunca se produjo. Supuse que padre se encontraría en estado de shock, y no podía sino imaginarme lo que se le estaría pasando a madre por la cabeza.

Al pasar junto al coche de los Carter me di cuenta de que no estaba ni mucho menos en las mismas condiciones que el Porsche de padre. Sí, lo habían inutilizado por completo, pero los daños no eran algo tan personal. No habían rajado los asientos ni machacado los faros o el parabrisas. Habían limitado el destrozo a los elementos que impedirían el funcionamiento del vehículo, y ahí se habían detenido. Con el Porsche de padre, no solo habían atacado el coche, le habían atacado a él. Le enviaban un mensaje.

La bolsa de aseo que con tanto cuidado había preparado yo estaba abierta de cuajo, y el contenido desperdigado por el porche de la entrada de los Carter: medicamentos, cepillos de dientes, desodorante…, alguien había aplastado de un pisotón el tubo de pasta de dientes y la había esparcido por la tarima. Las hormigas estaban entusiasmadas, y ya se entregaban al laborioso proceso de llevársela hacia alguna colonia oculta en algún lugar debajo de las tablillas del porche. Sentí ganas de pisotearlas, pero me lo pensé mejor.

—Intenten no pisar la pasta de dientes. No queremos dejar huellas de zapatos —dije en voz muy baja.

Padre gruñó a mi espalda. Estoy seguro de que agradecía mi advertencia, pero tampoco podía culparle por no ofrecerme sus elogios.

Tanto la puerta mosquitera como la interior estaban abiertas. Se veía hasta la cocina.

Me volví hacia la calle para confirmar que el Plymouth verde no había regresado y, acto seguido, entré.

El charco de bourbon estaba seco y plagado de hormigas muertas y borrachas. La senda iba disminuyendo hasta una fila india y desaparecía bajo el fregadero de la cocina. Alguien había barrido los cristales y los había dejado en un montoncito en el rincón opuesto.

Había seis fotografías desplegadas en orden sobre la mesa de la cocina, unas fotos que no había visto nunca, pero que no obstante me resultaban familiares. Fotografías de madre y la señora Carter desnudas en la cama.

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