El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


69. Diario

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Diario

Barrí las fotos de la mesa, las cogí y me las metí en el bolsillo en el preciso instante en que padre y madre entraban en la cocina, a mi espalda.

—Qué olor tan atroz hay aquí —exclamó madre arrugando la nariz.

Padre señaló el frigorífico.

—Alguien se ha dejado la puerta abierta. Ya se estará estropeando todo, seguramente.

Seguía con la mano metida en las profundidades del bolsillo. Me daba miedo bajar la mirada; casi me esperaba ver cómo caían las fotos muy despacio al suelo, pero seguían bien guardadas y a salvo en mis pantalones.

Padre soltó un silbido.

—Menuda la que han liado aquí.

Y lo habían hecho. Todos los armarios y los cajones de la cocina estaban abiertos, y su contenido tirado por el suelo y por la encimera. En el salón, el sofá estaba destrozado. Habían rajado y destripado los cojines, y el relleno vagaba por la habitación como si fueran plantas de las que ruedan por el desierto pero de color blanco. Habían rayado la pantalla de la televisión con una X grande. Habían sacado de las estanterías los libros de la colección de la señora Carter y los habían hecho trizas, había páginas tiradas por doquier. No quedaba intacto ni un solo objeto.

—Esto no pinta nada bien —dijo madre—. Deberíamos irnos.

Padre echó un rápido vistazo por el pasillo, hacia el dormitorio principal, y regresó a la cocina.

—Fuera lo que fuese que buscaban, si estaba aquí lo tienen que haber encontrado. Han repasado todas las habitaciones, cualquier posible escondite.

—Quiero irme de aquí. —Madre se movía inquieta.

Oí el coche justo antes que padre, pero aun así él llegó antes que yo a la puerta mosquitera. Fui hasta él y vi que el Plymouth Duster verde dejaba la calle para girar por la entrada, hacia la casa. El sol matinal se reflejaba en el parabrisas, y me impedía ver el interior.

—¡Volved a casa, ya! —nos ordenó padre.

Salimos los tres disparados por la puerta principal y cruzamos el césped corriendo como locos, con madre a la cabeza y padre detrás de mí. Casi me esperaba que él se detuviese y se cobrase algún tipo de venganza por su Porsche, pero no lo hizo. Padre era muy listo, y no de los que se dejan dominar por la ira.

Subí a saltos los escalones de nuestra casa mientras el Plymouth se detenía con un derrape en algún lugar a nuestra espalda. Oí el chirriar de la puerta de un coche al abrirse, seguido de inmediato por el característico sonido metálico del cerrojo de un rifle. Retumbó la voz del señor Desconocido:

—¡Qué hay, vecinos! ¿Acaso nos echaban de menos?

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