El Cuarto Mono
74. Porter. Día 2 – 17:12
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Porter
Día 2 – 17:12
El taxi se detuvo con un chirrido en Belmont Oeste, al este de Lake Shore Drive, enfrente de los apartamentos Belmont Edge. El taxista señaló con el pulgar hacia el edificio que tenían a la derecha.
—Ahí lo tiene. Yo creo que hemos batido el récord.
Porter se deslizó por el asiento y se asomó por la ventanilla. El edificio era bastante típico de aquella zona: ladrillo, construido probablemente a comienzos del siglo XX, con un escaparate en la planta baja y lo que parecía una vivienda en la segunda. Muchos de los propietarios de los comercios de aquella zona de la ciudad vivían en el mismo edificio de su comercio. Y si no lo hacían, los apartamentos se alquilaban por una pequeña fortuna. Estaban a tiro de piedra del lago Michigan, y las vistas de la orilla siempre suponían un extra. Las distancias a pie tampoco eran para morirse.
Porter alargó la mano al asa de la puerta y comenzó a bajarse.
—¡Oiga! —gritó el taxista—. ¡Me debe veintiséis dólares con veintidós centavos!
—No tengo dinero —respondió Porter—. Pero la Metropolitana de Chicago le da las gracias por su ayuda.
—¡Las narices me va a dar las gracias! —El taxista se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió su puerta.
Porter levantó una mano.
—Tranquilo, era una broma. Llamaré a mi compañero desde dentro y conseguiré algo en metálico. Deme un minuto.
El taxista estaba a punto de protestar cuando le cambió de golpe la cara y dijo:
—Le está sangrando la pierna.
Porter se miró el muslo, donde se había formado una mancha oscura de unos cinco centímetros de circunferencia.
—Mierda, creo que se me ha saltado un punto.
—¿De verdad le han apuñalado?
Porter se llevó la mano al muslo y lo presionó con delicadeza con la yema del dedo. Se le humedeció de sangre.
—Debería llevarlo de vuelta al hospital.
Le dijo que no con la cabeza.
—No me va a pasar nada.
El hombre asintió a regañadientes y se apoyó en el costado de su coche.
Porter se dio de nuevo la vuelta hacia el escaparate.
Antigüedades y Colecciones El Tiempo Perdido tenía pinta de estar a oscuras. Renqueó hasta la puerta principal y probó a abrirla… Cerrada. Se llevó las manos a ambos lados de la cara y se pegó al cristal.
—Está cerrado —le indicó el taxista a su espalda—. Tienen el horario puesto al lado de la puerta. Cierran a las cinco. Se nos han escapado por unos quince minutos.
Porter dio un paso atrás y vio el cartelito rojo donde indicaban el horario de apertura. Tenía razón. Volvió al escaparate y miró el interior. Las paredes estaban cubiertas de relojes. Había de todo, desde relojes pequeños digitales hasta relojes de pie. Los péndulos iban y venían incansables, algunos en un movimiento sincronizado, otros de forma independiente del grupo. Resultaba hipnótico. No quería ni imaginarse cómo sonaría ahí dentro a las horas en punto.
Porter dio un golpe con el puño en la puerta, retrocedió un paso y echó un vistazo al apartamento de la planta de arriba. ¿Viviría allí el propietario, tal vez?
—No pretendo decirle cómo hacer su trabajo, pero si tiene algo urgente que hacer ahí dentro, y me imagino que lo tiene, ya que está dispuesto a quedarse ahí en la acera dando golpes mientras se desangra, ¿no le parece que podría preguntar en la tienda de al lado? A lo mejor saben cómo localizar al encargado o al dueño.
Porter se dio la vuelta y siguió la dirección de la mirada del taxista. Una mujer salía de la tienda de al lado con tres bolsas de tintorería y casi se tropieza con el bordillo al rodear el parquímetro para llegar hasta el maletero de su coche.
Porter sintió que le daba un vuelco el corazón. Se aproximó al parquímetro que había delante del taxi y leyó el baremo de precios.
Setenta y cinco centavos la hora.
—¿Puede prestarme su móvil?
—Está de broma, ¿no?
La cara de Porter debió de decirle que no, porque el hombre se encogió de hombros, rodeó el coche hasta la puerta del conductor y sacó su móvil de un soporte en el salpicadero. Porter marcó un número.
—Klozowski —dijo la voz al otro lado.
—Kloz, soy Porter.
—¿Es que te han dado un número nuevo?
—Es una larga historia. ¿Estás cerca del tablón de pruebas?
—Claro, ¿por qué?
Porter respiró hondo.
—¿Qué importe en monedas encontramos en el bolsillo de la víctima del atropello?
—¿Te refieres a Kittner, también conocido como el que ya no es el CM? Setenta y cinco centavos. ¿Por?
Tenía los ojos clavados en la tintorería de al lado.
—¿Cuál era el número del recibo de la tintorería?
—¿Qué estás haciendo? ¿No deberías estar descansando?
—Kloz, necesito el número de ese recibo.
Entró por la puerta y se fue directo al mostrador.
Un hombre con sobrepeso, cabello oscuro, gafas y dos bolsas grandes de lavandería le miró con mala cara. El chico de detrás del mostrador no tuvo tantos escrúpulos.
—Eh, colega, póngase a la cola. —Entonces vio la mancha de sangre en los pantalones de Porter—. Mierda, ¿necesita un médico?
Porter se llevó la mano al bolsillo de atrás para sacar la placa y recordó por segunda vez que no la tenía.
—Soy de la Metropolitana de Chicago. Necesito que me mire el número de un recibo. —De nuevo habló al teléfono—. Kloz, ¿el número del recibo?
—Sí, claro, es el 54873.
Le repitió el número al dependiente, que le miró con suspicacia y lo tecleó en su ordenador.
—Deme un segundo.
El dependiente desapareció por una puerta camino de la trastienda.
A su espalda, Porter oyó que el hombre con sobrepeso dejaba caer al suelo las dos bolsas de ropa y soltaba un suspiro.
—Disculpe.
El hombre soltó un gruñido, pero no dijo nada.
El chico regresó con tres perchas envueltas en la misma bolsa. Las colgó en un gancho clavado al lateral del mostrador.
Porter retiró el plástico y dejó al descubierto un par de pantalones cortos de deporte de señora, una camiseta blanca de tirantes, calcetines y ropa interior, todo lavado y planchado. En otra bolsa anudada a las perchas había unas Nike de color blanco y rosa.
El chico señaló las zapatillas.
—Le dije al tío cuando las dejó que no limpiamos calzado, pero insistió en que lo conserváramos todo junto.
—¿Porter? Dime algo —dijo Kloz—. ¿Qué está pasando?
—Tengo la ropa de Emory.