El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


77. Diario

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Diario

Yo abrí la puerta: no lo hizo padre, ni madre, y tampoco la señora Carter, desde luego, sino yo. La abrí para encontrarme al señor Desconocido de pie en nuestros escalones vistiendo la misma chaqueta que llevaba en aquella primera visita hacía apenas unos días. Le chorreaba el sudor por la frente, y se lo limpiaba con un pañuelo blanco que llevaba en la mano izquierda. En la derecha, los dedos regordetes agarraban la empuñadura del Magnum 44 que me había encontrado el día antes en la guantera. El cañón me apuntaba a la cabeza.

—Qué tal, amigo. Espero que todo te haya ido bien.

Detrás de él, el señor Smith se acunaba la mano herida, envuelta en el trozo de tela que ya estaba empapado; un charquito de sangre se le estaba formando en la punta del zapato y en el suelo a su alrededor; entre el brazo y el costado sujetaba un rifle sin mucha firmeza. Tenía manchas en la cara, hervía de ira.

—Voy a destripar a tu puto padre por esto. —Levantó la mano ensangrentada por si acaso yo no sabía a qué se refería con «esto», la agitó y lanzó gotitas de sangre por los tablones blancos de nuestro impoluto porche. A madre no le iba a hacer ninguna gracia.

—Calma, calma —dijo el señor Desconocido—. No es necesaria tanta hostilidad. No podemos culpar a esta buena gente simplemente por defender su hogar.

—Y los cojones que no puedo.

El señor Desconocido se volvió a secar el sudor; tenía empapado el cuello de la camisa.

Podía oler la gasolina, los vapores que emanaba el porche en una fina niebla. Unos churretes goteaban por el revestimiento exterior de la casa. En el camino de entrada había cuatro latas de gasolina.

—¿Por qué lleva puesta una chaqueta si tiene tanto calor?

Era una pregunta sencilla, algo que a mí me daba la sensación de que requería una respuesta al margen de las presentes circunstancias. Hay veces en que me cuesta avanzar si tengo asuntos abiertos que me inquietan.

Los labios del señor Desconocido se alargaron hasta formar una sonrisa.

—Eso digo yo, por qué. Qué jovencito tan interesante eres, ¿eh? Tan inquisitivo. ¿Y si te dijera que es mi chaqueta preferida, que la tengo hace más años de los que tú llevas danzando por aquí? ¿Y si te dijera también que es mi chaqueta de la suerte y que me ha dado la sensación de que hoy iba a ser de esos días en los que te va a hacer falta la suerte, y que por eso la he sacado del armario, me la he puesto, y que le zurzan al calor? ¿Qué me dirías tú a eso?

—Le diría que es una chaqueta muy fea, y que seguramente apesta de tanto que está sudando.

La sonrisa del señor Desconocido permaneció tal cual, pero se le oscureció la mirada.

—Estoy pasando por una especie de déjà vu con esta charlita nuestra, hijo, de modo que te haré la misma pregunta que te hice la primera vez que te vi. Así podremos cerrar el círculo. ¿Están tus padres en casa?

Sabía perfectamente que estaban, así que consideré estúpida la pregunta. Asentí de todas formas y empujé un poquito la puerta para que se abriese.

La señora Carter se encontraba unos pasos detrás de mí. Padre estaba detrás de ella, rodeándola con un brazo por la cintura y con el otro por los hombros. Le sujetaba uno de los cuchillos de la cocina contra el cuello, con la punta afilada presionándole en la yugular. La señora Carter tenía la cabeza un poco ladeada para apartarla del cuchillo, con los ojos clavados en el hombre ante la puerta.

—Lisa —asintió el señor Desconocido—. Mis condolencias por tu marido.

Ella no dijo nada. Tenía los puños esposados y retorcidos sobre el sostén.

El señor Desconocido miró más allá, hacia madre, inclinada hacia el lateral del sofá con las manos en los costados.

—Encantado de volver a verla, señora.

Madre soltó una risita, pero no contestó nada.

El señor Desconocido se guardó de nuevo el pañuelo en el bolsillo y apuntó a padre con el Magnum 44.

—Suelte el cuchillo.

Padre hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿qué? —le preguntó el señor Desconocido.

—Los documentos están en una caja de seguridad. Mi hijo sabe dónde ha escondido las llaves la señora Carter, así que va a ir a por ellas mientras el resto esperamos aquí. Yo voy a mantener el cuchillo donde está, y si usted o su amigo intentan algo que me parezca remotamente amenazador, le corto el cuello. Será rápido. Lo tengo justo en la arteria. Dispáreme y se la abro según me voy al suelo. Hágale daño a mi mujer o a mi hijo y dela por muerta. Y si lo hago, no quedará nadie vivo que le pueda decir en qué banco está la caja de seguridad.

El señor Smith abrió la boca para ir a protestar, pero el señor Desconocido lo silenció con una mano en alto.

—¿Y cómo sabemos nosotros que el chaval no va a salir corriendo a llamar a la policía?

Padre se encogió de hombros.

—Porque nosotros hemos matado a Simon; a todos nos va algo en ello. Irá a por las llaves y estará de vuelta en menos de media hora.

La mirada del señor Desconocido se posó en la señora Carter.

—Esta gente está como una puta cabra —le dijo la señora Carter—. A él lo han matado, y a mí me han tenido atada en el sótano durante casi una semana.

Tenía el cuchillo muy apretado contra el cuello, el leve movimiento que hizo al hablar bastó para que corriera una gota de sangre por la hoja.

El señor Desconocido se volvió de nuevo hacia padre.

—De manera que su hijo se larga corriendo a alguna parte mientras todos los demás nos quedamos aquí apuntándonos con las armas los unos a los otros hasta que regrese con las llaves de la caja de seguridad. Llegado ese momento, usted me entrega a Lisa y yo me voy y le dejo a usted y a su familia vivir tan tranquilos durante el resto de sus vidas. Nadie más tiene que morir, ¿no? ¿Y qué nos impide matarlos a todos en cuanto tengamos el nombre del banco?

Padre se encogió ligeramente de hombros.

—Digo yo que en algún momento tendremos que confiar los unos en los otros.

El señor Desconocido se lo pensó por un segundo y, acto seguido, hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, no me gusta ese plan.

Apuntó a padre con el 44 a la altura de la cabeza.

—¡No está cargada! —chillé—. ¡Le quité las balas!

Padre empujó a la señora Carter hacia el hombre, con las manos…

El Magnum se disparó con un rugido ensordecedor.

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