El Cuarto Mono

El Cuarto Mono


79. Diario

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79

Diario

Vi a padre saltar por el aire con los brazos extendidos hacia la garganta del señor Desconocido. Con la boca abierta y la cara roja, padre ardía de furia.

Cuando el revólver se disparó, cuando el cañón del arma retrocedió y la bala salió volando, todo se ralentizó a mi alrededor. Pude ver el proyectil, cómo dejaba atrás la punta del arma. Vi la bala surcar el aire centímetro a centímetro. La vi penetrar en la frente de padre por encima del ojo izquierdo y dejar un punto rojo minúsculo. Vi la cara de impresión que se le puso, y acto seguido vi cómo la nuca le reventaba en una nube de neblina roja.

Padre cayó al suelo desplomado e inmóvil.

—¿Padre?

No reconocí mi propia voz; sonaba débil y frágil, distante, como si alguien gritase debajo del agua.

—Si yo…, yo le quité las balas.

El señor Desconocido sacó el tambor y lo volvió a meter.

—Un buen soldado siempre comprueba su arma antes de la batalla, chaval. —Apuntó con el arma a la señora Carter, que ahora estaba tirada en el suelo, a sus pies—. Levanta.

La señora Carter se puso en pie muy despacio.

Madre se quedó inmóvil, boquiabierta mientras respiraba hondo.

Yo tenía los ojos clavados en el cuerpo sin vida de padre. Sabía que estaba muerto, pero no me veía capaz de admitir aquel hecho. Esperaba que se levantase para acabar con el hombre que había amenazado su vida, este hombre que había invadido nuestro hogar.

Un grito me surgió de la garganta.

Fue un grito tan agudo y estridente que sentí la vibración muy dentro de mi ser. Se me fueron los dedos al bolsillo y agarraron la navaja, esa empuñadura tan reconfortante con los remaches metálicos templados al tacto, calientes incluso. Sujeté la navaja con una fuerza atroz, la saqué y desplegué la hoja con un solo movimiento fluido. Y estaba sobre él. Intentó levantar el arma, pero fui demasiado rápido. Alcé la navaja y hundí la hoja en la piel blanda de la papada, la empujé a través de la carne y el hueso hasta que le perforó la boca y atravesó la lengua. Cuando por fin se detuvo al incrustarse contra el cielo de la boca, tiré de la navaja para sacarla y le rajé el cuello, rasgué músculo, tendones y arterias. La sangre me salpicó en la cara, en el pelo y en los ojos. Me dio igual. Volví a rajarle. Cuando su cuerpo comenzó a desmoronarse en el suelo, lo dejé caer y le hundí la navaja en el pecho, una y otra vez. Lo apuñalé decenas, quizá cientos de veces. Lo apuñalé hasta que…

Abrí de golpe los ojos y de nuevo me encontré mirando fijamente el cuerpo sin vida de padre. No me había movido, ni un milímetro. Llevé la mano al bolsillo en busca de la navaja, pero no estaba allí. Madre me la había quitado. Los dedos no hallaron nada salvo la cajita de cerillas y las fotografías que me había llevado de la casa de los Carter.

—Saca la mano del bolsillo muy despacio, chaval —oí decir al señor Desconocido.

Sentí el cañón de su Magnum 44 apretado contra mi sien. Aún estaba caliente.

Dejé la caja de cerillas y las fotos, y saqué la mano.

El cañón me apretó más fuerte en la cabeza.

Resonó el disparo, y cerré los ojos con fuerza. Se me tensó el cuerpo a la espera de que la bala me atravesara el cráneo como había hecho con el de padre, me arrebatase la vida y me lanzase a una oscuridad en la que me volvería a unir a él.

No llegó la oscuridad.

El señor Desconocido se desplomó a mi lado; le salía humo de un agujero enorme en la parte de atrás de la cabeza.

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